Hermione y su madre pasaron junto a las altas palmeras del espacioso vestíbulo situado en la planta superior del Westerly Inn. Ella y George habían reservado una habitación con vistas al río para aquella tarde, y habían convocado a sus padres, a sus hermanos y a los padrinos para reunirse allí antes del ensayo general. A juzgar por las voces que se oían dentro, algunos de ellos ya habían llegado.
—Vaya, es preciosa, cariño —dijo su madre al entrar.
Los ventanales integrales ofrecían una vista magnífica del río y de las montañas que se alzaban en la distancia. Un cuarteto de cuerda tocaba música melódica de fondo.
—Sal a ver las vistas —insistió Hermione.
Condujo a su madre hasta las puertas dobles que daban a un balcón, pues estaba segura de que le encantarían las flores que había en las grandes macetas. Hermione no conocía el nombre de aquellas grandes flores violetas, pero estaba segura de que su madre se lo diría.
Mientras abría la puerta para dejar pasar a su madre, divisó a su padre y a Harry acercarse. Por el modo en que su madre se aferró a su brazo, supo que ella también los había visto.
—No me apetece nada hablar con él ahora.
—Sabes que vas a coincidir con él en algún momento mañana o pasado. Sin ir más lejos, durante la sesión fotográfica de la boda.
—Ya lo sé, cariño. Pero ahora no tengo ganas.
—Está bien, me lo llevaré a otra parte.
Su madre salió al balcón y Hermione cerró la puerta tras ella.
Le habría encantado que su madre no se sintiera incómoda cuando aparecía su padre. Hermione sabía que la ruptura de su matrimonio tenía algo que ver con el hecho de que su madre se hubiera enamorado de otro hombre. No es que ella se lo hubiera confesado, pero no era difícil imaginarlo, puesto que empezó a ver a otro hombre poco después de la separación y se casó con él a los seis meses de divorciarse.
Hermione había aprendido a querer a su padrastro, Richard. Pero desde su muerte siete años atrás había albergado secretamente la esperanza de que sus padres se reconciliaran. Suspiró. Sabía que tenía que enfrentarse a la realidad. Su madre estaba convencida de que su padre jamás la perdonaría por haberlo traicionado. Y quizá estaba en lo cierto. ¿Cómo podía sobrevivir una relación a este tipo de traición?
—Hermione —la saludó su padre, acercándose a ella con los brazos abiertos. Hermione sonrió y lo abrazó.
—Papá, me alegro tanto de volverte a ver. —Lo abrazó con fuerza—. ¿Qué tal el vuelo desde Liverpool?
—Largo, como siempre.
—Hola, hermanita.
Volvió la vista y vio a Harry acercarse a ellos. Le sonrió y se abalanzó en sus brazos. Harry le dio un abrazo de oso que casi la dejó sin respiración.
—Hola, hermanito.
Harry había estado trabajando en Australia durante el último año y lo había echado muchísimo de menos. Había regresado la semana anterior, pero, como vivía en Gales, aún no lo había visto. Hermione y George habían pospuesto la boda un par de semanas para hacerla coincidir con el regreso de Harry. Hermione estaba encantada de que todo hubiera salido tan bien. De haberse casado un par de meses después, ya se le habría notado la barriga. Le dio un fuerte beso y lo tomó del brazo.
Fred entró en la habitación y echó un vistazo alrededor en busca de George o de sus padres. Quería mencionarles que había invitado a Juliet antes de que ella llegara. Barrió la estancia con la mirada, divisando a su paso a una docena de invitados más o menos, y luego posó la vista en tres personas que había junto a las puertas del balcón. Un hombre mayor y una pareja abrazándose. Cuando se separaron y vio que se trataba de Juliet, se le agarrotó el cuerpo. El hombre le deslizó el brazo alrededor de la cintura. Sintió un arrebato de ira y celos al contemplar la escena. Estaba atónito. ¿Cómo demonios conocía Juliet a aquella gente? Apretó los puños. Estaba claro que aquella mujer no necesitaba conocer a un hombre antes de seguirlo a su habitación y hacerle el amor. De hecho, ¿no era eso lo que había hecho con él mismo, un completo desconocido, hacía sólo un par de meses?
—Eh, George, ¿qué tal estás? —lo saludó la mujer que había visto con Juliet la noche en que se conocieron, acercándose a él. ¿Qué demonios hacía aquella mujer allí? ¿Por qué la habría invitado Juliet?
—No soy George. Soy su hermano, Fred.
—¿Fred? Claro, ¿cómo no?
Fred prefirió pasar por alto su tonillo de burla y miró en dirección a Juliet.
—Luna, ¿te llamabas así, no? —le dijo, señalando a Juliet—. ¿Quién es ese tipo?
Luna miró hacia donde apuntaba Fred y sonrió.
—Ah, claro, aún no conoces a su familia. Es su hermano, Harry. Y el hombre mayor es su padre.
Se sintió infinitamente aliviado. Pero luego se preguntó, confuso, por qué habría invitado Juliet a toda su familia y a su amiga a su cita. Se volvió hacia Luna.
—¿Y qué haces tú aquí? —le preguntó en tono afable.
—Bueno, soy la mejor amiga de la novia y su dama de honor. No me lo perdería por nada del mundo.
Fred enarcó las cejas ante aquella asombrosa coincidencia. —¿Conoces a Hermione Granger?
Luna le dio un golpecito en el brazo con el puño.
—Vaya, George, hoy estás de guasa, ¿eh?
—Ya te he dicho que no soy George. Soy Fred, su hermano gemelo. Somos idénticos.
Luna estalló en carcajadas, pero Fred concentró toda su atención en Juliet, que, al verlo, se acercó a él, cimbreando suavemente sus caderas y hechizándolo con aquella sonrisa luminosa suya.
—Hola.
Su murmullo grave y sensual le recordó las cálidas sábanas y su piel desnuda. Lo miró con ternura, con aquella mirada cálida y resplandeciente tan suya.
—Hola —la saludó, con una delicadeza en la voz que transmitía claramente que estaba enamorado de ella. Luna soltó una carcajada.
—Vaya, y tú intentándome convencer de que no eras George. Sólo hace falta veros. Parecéis un par de tortolitos de luna de miel. ¡Mira qué forma de miraros...!
Juliet miró a su amiga de soslayo, con una sonrisa divertida en los labios.
—¿De qué demonios hablas, Luna?
—Nada, tu amorcito, que intentaba convencerme de que su nombre es Fred. —Luna se acercó a ella—. Creo que intenta tenderte una trampa para volver a revivir aquella fantasía.
Juliet soltó una risita. —Ya lo hemos hecho.
Luna repasó a Fred con la mirada y luego sonrió picaramente.
—Pues ya me lo puedes estar explicando.
Juliet le pegó un manotazo en el brazo.
—Luna, eres terrible. No lo sonrojes.
Agarró a Fred del brazo y lo alejó de Luna, riendo por lo bajo.
—Si intentas raptarme de la fiesta —dijo—, creo que deberías aguardar a que concluyan las celebraciones. El la agarró por la cintura.
—Haré todo lo posible para esperar hasta entonces. —La tomó de los brazos y la atrajo hacia sí— Pero para lo que no puedo esperar es para esto.
Un leve murmullo de aprobación recorrió la pequeña multitud que los rodeaba cuando Fred la tomó entre sus brazos y la besó con toda la pasión del alma. Juliet se deshizo en sus brazos. Movió su boca al ritmo de los suaves y dulces labios de él. Fred notó que la sangre le hervía y pensó que la espera le costaría más de lo que imaginaba. La amiga de Juliet, Luna, contuvo el aliento.
—Oh, Dios mío —dijo—. Vaya, hola, señora Weasley, señor Weasley. ¿Han tenido buen viaje? —preguntó Luna.
Hermione se tensó un poco, nerviosa ante la expectativa de conocer a los padres de George, sobre todo después de aquella extraña muestra de afecto en público. Intentó zafarse de sus brazos, pero George la sostuvo con fuerza.
—Muy guapa, querido —opinó aquella señora mayor, probablemente la madre de George—. Pero, dime, George, ¿por qué besa tu hermano a tu prometida?
Fred se tensó. Luego soltó a Juliet y deslizó las manos hasta sus hombros mientras se apartaba de ella. Hermione levantó la mirada y vio que George estaba blanco como el papel. Jamás lo había visto así.
—George, ¿qué ocurre? —susurró.
—¿Hermione? —murmuró él con voz quebrada.
—¿Qué? —preguntó, notando un nudo en el estómago. ¿Qué diantre le pasaba?
Fred sacudió la cabeza. —Yo no soy George.
Hermione lo miró atónita. Lo que oía no tenía sentido. Se le heló la sangre. El comentario de la madre de George, un comentario en el que ni siquiera había reparado, resonó en su memoria. ¿Por qué besa tu hermano a tu prometida? Empezó a dar vueltas en la cabeza a aquellas palabras. No tenían sentido, pero no auguraban nada bueno.
Estaba demasiado atemorizada para pensar siquiera en las consecuencias. Lentamente se dio la vuelta, en dirección a las voces. Una mujer mayor muy elegante la miraba con sus intensos ojos azul grisáceos llenos de curiosidad. Iba cogida del brazo de George, un George con la cara desencajada.
¡George! Sintió que se mareaba. Pensó que iba a vomitar. Volvió la cabeza hacia atrás para contemplar al hombre al que acababa de besar. George. ¿Fred?
—Oh, Dios —dijo con voz apenas perceptible, intentando agarrarse al suave tejido de lana de las mangas del traje de Fred.
Miró a un George y a otro. Sintió que iba a desmayarse. De repente, toda la situación se aclaró. El hombre que la tenía entre sus brazos, el hombre que acababa de besarla apasionadamente y al que había correspondido con un beso igual de ferviente no era su adorado prometido, sino un completo desconocido.
—Oh, Dios —balbuceó de nuevo, al recordar al amante de sus fantasías. «Un completo desconocido.»
Se le llenaron los ojos de lágrimas. El aire alrededor de ella se tornó denso. Le costaba trabajo respirar. Las luces parecieron apagarse y las rodillas comenzaron a flaquearle. Notó que la agarraban mientras se sumía inconsciente en una agradable oscuridad.
A Fred se le encogió el corazón y sintió que su cuerpo flojeaba mientras deslizaba su brazo bajo las piernas de aquella mujer inconsciente y la levantaba en sus brazos. La cabeza de ella reposó en su hombro. No daba crédito a lo ocurrido. Juliet era Hermione, la prometida de George.
Luna fue corriendo hacia él. Tomó la mano de Hermione entre las suyas y empezó a darle golpéenos frenéticos.
—Oh, no, se ha desmayado —exclamó, agarran do a Fred del brazo—. Busquemos algún sitio donde tumbarla.
Luna empezó a abrir camino, pero George les barró el paso. Con las manos firmemente apoyadas en las caderas, se inclinó hacia ellos ligeramente.
—¿Qué demonios estabas haciendo? —preguntó con ojos iracundos.
Fred se enfrentó a la furia de su hermano, apenas contenida, intentando aplacar la ira que él mismo sentía. Se había enamorado de Juliet (Hermione, se recordó para sus adentros) y ahora descubría que iba a casarse con su hermano. ¿Cómo podía no enfadarse con el hombre que iba a arrebatarle la felicidad?
—George, no sabía que era tu prometida —farfulló entre dientes—. ¿Crees que la habría besado de haberlo sabido? —preguntó impaciente.
Luna les puso una mano en el hombro a cada uno y los apartó.
—Escuchadme bien los dos —los reprendió—. Ahora mismo en quien hay que pensar es en Hermione. Luego ya arreglaréis vuestras diferencias.
George lanzó una mirada iracunda a su hermano y, extendiendo los brazos, dijo: —Es mi prometida. Yo la llevaré.
A regañadientes, Fred colocó a Juliet (Hermione) en brazos de su hermano. La cabeza le quedó colgando, apoyada en el torso de George. Al contemplar aquella imagen lo embriagó un ataque de celos. Apareció entonces un hombre alto vestido de esmoquin, restregándose las manos con nerviosismo.
—¿Se encuentra bien la señorita Granger? —preguntó con franca preocupación, a juzgar por el tono de su voz.
Luna abrió paso al hombre a través de la multitud que los rodeaba.
—George, ¿te acuerdas del señor Lupin, el director del catering!
George asintió con la cabeza, sin apartar del todo la mirada de su hermano. Luna volvió la vista hacia el señor Lupin.
—¿Hay algún sitio donde podamos tumbarla?
—Sí, claro —dijo, señalando en dirección a la puerta— Caballeros, por favor, síganme.
Los condujo hacia los ascensores y luego a través de una puerta, hasta el ascensor del servicio. Introdujo una llave y pulsó el botón de llamada. George daba golpecitos con el zapato en el suelo mientras esperaban. Al final se abrieron las puertas y entraron. El señor Lupin los llevó hasta el vestíbulo del hotel y, desde allí, a través de un pasillo. Abrió una puerta, encendió la luz y los invitó a pasar.
—Es mi despacho. Ahí hay un sofá. —Los condujo hasta el sofá de cuero granate y observó cómo George tumbaba en él a Hermione—. Iré a buscar un poco de agua. ¿Quieren que llame a una ambulancia? George palideció. Parecía un espectro.
—No, señor Lupin —intercedió Luna, poniendo su mano sobre el brazo de George—. Se pondrá bien.
Lo dijo más para tranquilizar a George que al señor Lupin. George la miró como un náufrago a quien de repente le lanzan una cuerda de salvamento. Luna le hizo un gesto con la cabeza y volvió la vista hacia el señor Lupin.
—Sólo necesitamos alejarla de todo ese revuelo unos instantes. Si es tan amable, traiga un poco de agua y tal vez un par de bebidas más fuertes para George y Fred. —Por supuesto —dijo, saliendo a toda prisa por la puerta y cerrándola a sus espaldas. George volvió a mirar a Fred con ira. —¿Por qué diablos estabas besando a mi novia? —le preguntó.
Fred estuvo a punto de espetar que la quería, que ella también lo amaba y que estaba en su pleno derecho de besarla, pero se mordió la lengua. Recordó la primera vez que habían estado juntos, cuando ella le había confesado que su fantasía era hacer el amor con un desconocido, y cayó en la cuenta de que Hermione había creído en todo momento que él era George.
El día anterior le había dicho que lo amaba, creyendo que se lo decía a George. El corazón se le partió en dos y un dolor devastador le recorrió todo el cuerpo. Respiró hondamente y suspiró.
—Ya te lo he dicho. No sabía que era tu prometida —respondió con voz sosegada y segura, aunque no se sentía de ninguna de las dos maneras—. Pensaba que era una mujer a la que había estado... viendo.
Luna los miró a uno y a otro, con sus ojos verdes abiertos como platos. George preguntó en tono de burla:
—¿Pretendes que me crea que Hermione tiene una doble y que da la casualidad que sales con ella?
—No, la conocí aquí.
A George se le heló la sangre. Miró a su hermano con mirada reconcentrada.
—¿Cuándo exactamente?
—Hace dos meses. El día que vine a verte antes de tu reunión con Hogwarts Associates.
Luna contuvo el aliento.
De repente todo le pareció claro como el agua. La expresión de George se ensombreció como una tormenta eléctrica. A Fred no le hubiera sorprendido que un rayo hubiera salido de sus ojos y lo hubiera fulminado. Fred se atusó los cabellos. ¡Menudo lío! La mujer con la que deseaba casarse más que ninguna otra cosa en el mundo estaba enamorada de su hermano e iba a contraer matrimonio con él al día siguiente.
Pero el hecho de que Fred tuviera el corazón partido no implicaba que su hermano tuviera que sufrir. «Dios mío, ¿cómo voy a explicarle a George que me he acostado con su prometida? Su relación nunca se repondrá de algo así.»
—¿Dónde la conociste?
—En este mismo hotel. Había venido a una boda —aclaró, señalando con la cabeza a la amiga de Juliet..., de Hermione—. Estaba aquí con Luna. Luna abrió aún más los ojos y asintió con la cabeza.
—¿Cuántas veces la has visto? —quiso saber George.
—Sólo esa vez... y ayer.
—¿Ayer? —bramó George. Luna se tapó la boca con el puño, como si estuviera siendo testigo de un cataclismo.
—Ya te lo he dicho, no tenía ni idea...
—¿Pero es que eso tiene alguna importancia? —gritó George.
Luna agarró a George por la muñeca.
—Tranquilízate. Así no vas a solucionar nada. —Le acarició el brazo para que se sosegara—. Escucha, George, ¿por qué no vas a la lavandería y pides una toalla o algo que humedecer para ponérselo en la frente a Hermione?
George respiró profundamente y asintió con la cabeza.
—Sí, buena idea. Fred se quedó mirando a la mujer inconsciente que yacía en el sofá.
La mujer a quien amaba. La prometida de su hermano. Parecía tan frágil y pálida allí tumbada, en contraste con la piel granate del sofá. Toda aquella situación había resultado desconcertante para lodos ellos, desde luego, pero Hermione no le parecía el tipo de mujer que se desmayaba a la ligera.
—¿Por qué se habrá desmayado? —se preguntó Fred.
—Probablemente porque está...
La frase de Luna tuvo un final abrupto. Fred pilló a George fulminándola con la mirada.
—Está muy estresada —respondió George entre dientes—. Luna, ven conmigo a la lavandería. La cogió por el codo y la condujo hacia la puerta.
Al notar el frío en la frente, Hermione recobró la conciencia.
—Hermione. —Una voz ronca pronunció su nombre—. Hermione, ¿te encuentras bien?
Era la voz de George.
Estaba confusa, parecía tener que abrirse camino entre una cortina gris oscuro en medio de una noche tormentosa. Pero lo logró. Abrió los ojos y se encontró con el rostro preocupado de George. Sus sensuales labios dibujaban una delgada línea. Luna asomó la cabeza por detrás.
—Ha abierto los ojos —le dijo Luna a alguien que había tras ella. Sonrió a Hermione y, en medio de aquel aturdimiento, ésta notó los dedos de Luna entrelazarse con los suyos—. ¿Te encuentras bien, cariño?
Luna le apretó la mano y Hermione le devolvió el apretón, aferrándose a ella para regresar a la realidad. Se le cerraron los ojos de nuevo al tomar aire. Alguien le llevó un vaso a los labios.
—Dale un trago, Hermione —dijo Luna.
Notó el líquido frío e insípido en su boca y luego deslizarse por su garganta. Abrió los ojos, concentran do la mirada en el vaso y asiéndolo entre sus manos. Se inclinó hacia delante y bebió un poco más de agua Luna, sin apartar las manos del vaso, lo inclinó hacia delante y se lo retiró de la boca cuando Hermione le indicó que lo hiciera. Al volver a alzar la vista, Hermione vio a dos George mirándola. —Ostras, veo doble —dijo.
La cabeza empezó a darle vueltas. Sintió un pinchazo en las sienes. Uno de los dos George le cogió la mano.
—No, cariño, no ves doble. Este es...
Sus labios continuaron moviéndose, pero las palabras se las tragó el ruido ensordecedor que se apoderó de sus oídos. George parecía preocupado, pero Hermione no entendía lo que le decía.
Pestañeó un par de veces, intentando deshacerse de la niebla que se apoderaba de ella, pero entonces volvió a caer en aquella maravillosa y acogedora oscuridad.
Enfadada, Luna golpeó a George en el brazo.
—¿Sois idiotas o qué? ¿Qué intentáis hacer? ¿Asustarla? No es una buena idea desconcertarla en su... —omitió el estado al notar la mirada asesina de George—... situación —remató.
—¿De qué situación se trata? —preguntó Fred, con el ceño fruncido.
Está embarazada, le habría gustado gritar a Luna, pero George la había llevado aparte unos momentos antes y le había prohibido explicarle a Fred nada acerca del bebé. Y aunque Luna no estaba de acuerdo, a menos a largo plazo, había pensado que añadir otra complicación más a una situación ya de por sí bastante tensa no era buena idea.
George podría haberle retorcido el pescuezo a su hermano sin más. Y si Fred descubría lo del embarazo y sumaba dos más dos... Lo que necesitaba era que entrasen en razón.
Los dos se disputaban el mismo trofeo. Parecían prepararse para competir. Los hombres y sus egos...
—La situación es que está a punto de casarse —farfulló George entre dientes—. ¿O acaso lo has olvidado?
Luna apretó los puños. —Ya basta, chicos. Ahora mismo vuestra única preocupación debería ser Hermione. Si se despierta y vuelve a veros a los dos aquí, probablemente caiga en coma, así que sugiero que uno de los dos se vaya.
George se acomodó en su butaca. —Es mi prometida. Yo me quedo. Mojó la toalla en un vaso de agua, la escurrió y se la colocó de nuevo a Hermione sobre la frente, dándole la espalda a Luna y a Fred. Fred cruzó los brazos y entrecerró los ojos. Luna los miró a uno y a otro, se dirigió hacia el hermano de George y lo tomó del brazo con firmeza.
Así que aquél era Fred, el hombre de los sueños de Hermione.
—Creo que deberías irte —dijo con dulzura y recurriendo a su tono más persuasivo—. Sólo hasta que consigamos que vuelva en sí. Fred se relajó.
Miró el cuerpo sin fuerzas de Hermione y se pasó la mano por el cabello. Tenía una melena larga, castaña y algo salvaje. Luna sintió una oleada de calor. No podía evitar pensar que, dejara a quien dejase, Hermione iba a hacer un gran favor a las mujeres solteras del mundo, pues eran dos hombres de lo más turbadores.
Fred asintió. —Vale, de acuerdo.
—Sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entregó—. No andaré lejos. Llámame al móvil en cuanto se despierte. Quiero hablar con ella.
Luna cogió la tarjeta y lo acompañó hasta la puerta. —Lo haré. Te lo prometo.
Compadecía profundamente a Fred. Debía de ser un golpe terrible. Imaginaba en qué estaría pensando. Recordó cuando Hermione le había explicado que George había hecho realidad su fantasía. Hermione se había emocionado tanto que el rostro le resplandecía de felicidad. Pero ahora resultaba que el desconocido de sus fantasías no era George.
Luna sintió un escalofrío. Se imaginó en el papel de Hermione y sintió un cosquilleo en el estómago. No podía evitar pensar en lo terriblemente excitante e ilícita que era toda aquella situación. Evidentemente, Fred tal vez no compartiera su opinión, y desde luego George no la compartía en absoluto.
Posó de nuevo la vista en Hermione, que seguía tumbada, ajena por completo a la realidad. No le extrañaba que no quisiera recuperar la consciencia. Luna no recordaba haber vivido un momento tan emocionante desde que... Empezó a divagar. Se perdió en sus recuerdos. De hecho, nunca había vivido un momento tan emocionante.
Sobrevivimos a la primera semana de cuarentena.
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Volvere ;)
