George dio unos golpecitos en las mejillas a Hermione. Estaba fría. Se le encogió el corazón al verla así, tan frágil.
—¿Hermione? —la llamó, remetiéndole el cabello por detrás de las orejas e intentando reanimarla una vez más dándole palmaditas en las mejillas—. Hermione, despierta, cariño.
—Huummm —murmuró Hermione, abriendo muy despacio los párpados—. ¿George?
Hermione se pasó la mano por la frente, cogió la compresa húmeda y se la apartó. George la cogió y la colocó en la bandeja que había en la mesa, junto al sofá.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Hermione llevándose las manos hasta las sienes para masajeárselas.
—Te has desmayado —le explicó, acariciándole la mejilla y sonriéndole.
—No digas tonterías, yo nunca me desmayo —le reprochó ella, echando un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde estoy?
—Estamos en el despacho del director del catering —explicó George, tomándole la mano y dándole unas palmaditas—. No pasa nada, estamos los dos solos —la tranquilizó; el sonido repentino de alguien aclarándose la garganta le recordó que la amiga de Hermione se encontraba a su espalda—. Y Luna —añadió.
—¿Luna? —preguntó Hermione, buscando con la mirada a su amiga.
—Estoy aquí, Hermione —contestó Luna, asomándose por encima del hombro de George—. Estás bien, cielo. Sólo has tenido un pequeño sobresalto.
Luna echó a George una mirada rápida y le hizo un gesto con la cabeza. —Cuéntaselo —le dijo a George, articulando para que le leyera los labios.
—Hermione, nunca te he hablado de mi hermano.
Hermione le apretó la mano.
—Fred —dijo Hermione en un susurro. Los ojos empezaron a ponérsele vidriosos.
Luna apartó a George y se arrodilló junto al sofá. Le arrebató la mano de Hermione a George.
—Hermione, no, intenta no perder la conciencia, cielo —dijo, cogiendo la compresa y refrescándole las mejillas—. Cariño, no pasa nada. George tiene un hermano y se llama Fred.
Luna dio unas palmaditas de aliento a su amiga, en la mano. George las contemplaba indefenso, sintiendo un nudo en el estómago al imaginarse a Hermione en los brazos de su hermano. Le torturaba pensar que Hermione había mantenido relaciones sexuales con Fred, más aún, saber que el niño era hijo suyo.
—Escúchame, Hermione. Fred es el hermano de George su hermano gemelo. Pero no pasa nada —aclaró Luna, articulando claramente cada sílaba. Miró a George como diciéndole «sigúeme la corriente o mira y no hagas nada»—. Hermione, ¿oyes lo que te digo?
No hubo respuesta.
—Hermione —la increpó Luna bruscamente.
—Sí —respondió Hermione casi sin fuerzas.
—Todo va bien, porque George entiende lo sucedido. Sabe que pensabas que Fred era él. ¿No es así, George? —preguntó, haciéndole un gesto de asentimiento con la cabeza como retándolo a contradecirla.
—Claro que lo entiendo, Hermione —dijo George, acariciándole el hombro—. Sé que pensabas que era yo. No te culpo de nada. —Se inclinó hacia ella, aguardó hasta que Hermione lo enfocó con los ojos y repitió—: No te culpo de nada.
Y no lo hacía. Era culpa de Fred, no de su dulce e inocente Hermione. Hermione sacudió la cabeza.
—¿De verdad? —preguntó con voz trémula.
—De verdad —reafirmó él.
Hermione estalló en sollozos.
—¿Qué diantre está pasando? —preguntó Fred irrumpiendo en la habitación.
Contemplar a la mujer que amaba llorando desconsoladamente en el sofá hizo que le aflorara el instinto protector.
—Fred, no pasa nada —lo tranquilizó Luna, interponiéndose ante él para frenar su impulso—. Simplemente está descargando la tensión. Esto ha sido un golpe muy duro para ella.
—Bienvenida al club —rezongó Fred, observando a su hermano sostener a Hermione entre sus brazos. Le invadió un terrible deseo de apartar a George y abrazarla—. Quiero hablar con ella.
—No es el mejor momento —intervino George con sequedad.
Hermione se apartó de su prometido y clavó la mirada en sus manos. George le tendió un pañuelo y se sonó. Se inclinó hacia George, apoyándole la mano en el hombro, y le susurró algo que Fred no alcanzó a oír. Detestó la intimidad que compartía con su hermano.
—No creo que sea buena idea, Hermione. Al menos, por ahora —respondió George, pero ella le susurró algo más y él le preguntó—: ¿Estás segura?
Hermione asintió con la cabeza y volvió a fijar la vista en sus manos.
—Dame un minuto —dijo, extrayendo otro pañuelo de la caja que había en la mesa, junto a ella, y enjugándose los ojos.
Tomó varias respiraciones para tranquilizarse.
Finalmente miró a Fred. Cuando sus ojos se toparon, sintió un ligero temblor, que desapareció repentinamente, pero fue regresando poco a poco.
—Fred, me gustaría hablar contigo.
—Gracias, Hermione —dijo él, sonriéndole de forma tranquilizadora, pese al desaliento que sintió al ver cómo lo miraba: como a un completo extraño.
George se inclinó sobre Hermione y le susurró algo al oído. Ella lo miró con dureza.
—Pero no creo que...
George volvió a acercársele y le murmuró algo más; Hermione asintió con la cabeza. George se puso en pie y salió a grandes zancadas por la puerta, lanzando a Fred una mirada de advertencia a su paso. Luna le dio unas palmaditas en el brazo a Fred y siguió a George. Cerró la puerta tras de sí con un ligero portazo. Fred se acercó al sofá.
Percibió la mirada de pánico de Hermione al aproximarse a ella. Le alargó la mano.
—Hola, me llamo Fred. Soy el hermano gemelo de George.
Ella se quedó mirando su mano como si sintiera miedo de tocarla. Al final, le tendió la suya, con vacilación, y Fred le dio un apretón suave, pero firme.
—¿Qué tal estás? —preguntó Fred.
—He tenido momentos mejores.
Se sentó junto a ella, con las manos entre las rodillas. Ahora que tenía por fin un momento para hablar con ella a solas, no sabía qué decirle. ¿Por qué no nos escapamos juntos y nos casamos? parecía una pregunta totalmente fuera de lugar.
—Así que mañana vas a casarte con mi hermano...
—Ese era el plan —confirmó Hermione.
¿Por qué habría dicho «era»? ¿Se lo estaría replanteando? ¿Sería posible que lo quisiera más a él que a George? Sintió un arrebato de esperanza, pero éste no tardó en desvanecerse al preguntarse si era lícito huir con la prometida de su hermano.
—Escucha, tengo que saber algo —dijo Hermione, alzando la vista hacia él y toqueteándose los dedos—. Ese beso... en el salón de baile, hace un momento... ¿Era la primera vez?
—¿La primera vez? ¿A qué te refieres?
—Cuando..., cuando te he besado de ese modo ¿te ha sorprendido? ¿Te has visto como implicado sin quererlo?
—A ver si lo entiendo. ¿Me preguntas si cabe la posibilidad de que nos hayamos conocido esta noche y que haya sido la primera vez que me has besado... confundiéndome con George, claro..., y que yo te haya correspondido a ese beso ardiente aunque sabía que eras mi futura cuñada y era algo totalmente fuera de lugar? Hermione lo miró con un atisbo de esperanza.
—No, Hermione. No era la primera vez. Te conocí hace más de dos meses, en este mismo hotel, cuando me llevaste a mi habitación y me hiciste el amor..., aunque entonces yo pensaba que te llamabas Juliet y eras una mujer fascinante, capaz de hacer realidad tus fantasías sexuales.
Hermione se puso roja como un tomate.
A Fred le fastidiaba un poco que hubiera podido sugerir tal cosa, así que decidió volver las tornas contra ella.
—Es mi turno. Ahora quiero que tú me digas algo. Y sé honesta. ¿Realmente me tomaste por George la noche en que nos conocimos o buscabas de verdad a un desconocido con quien dar rienda suelta a tu fantasía? ¿Sentiste un hormigueo al encontrar al gemelo de tu novio y orquestaste nuestra aventura sabiendo que yo no pondría en peligro mi relación con mi hermano por una mujer? Hermione se estremeció al oír la palabra «aventura» pero sintió un arrebato súbito de indignación.
—Por supuesto que no. Yo nunca haría algo así.
—Vale, pues yo tampoco. Su indignación fue desvaneciéndose.
—Lo siento, no debería haber preguntado eso —dijo, apretando sus diminutos puños en el regazo—. Simplemente prefería pensar que no había ocurrido.
—Pero sí ha ocurrido, Hermione —replicó Fred con delicadeza—. Nuestro tropiezo en el vestíbulo ayer y nuestro primer encuentro, en el que quisiste que encarnase tu fantasía de pasar una noche de sexo con un desconocido. Y el ascensor.
—¡El ascensor! —gimoteó Hermione, enterrando la cara entre las manos—. Oh, Dios mío, me da tanta vergüenza... Ni siquiera te conozco.
Los labios de Fred esbozaron una débil sonrisa.
—De eso se trataba, ¿no?
Hermione parecía a punto de romper a llorar de nuevo. Fred le tocó el hombro y se le encogió el corazón al notar que ella se tensaba.
—Escucha, Hermione, lo que ocurrió, ocurrió. Ahora ya no podemos hacer nada para cambiarlo. Y por mucho que deteste la idea, mañana vas a casarte con George —dijo Fred, sintiendo un dolor agudo en el pecho, como una puñalada. Pero sabía que no podía interponerse en la felicidad de su hermano. Al fin y al cabo, cuando Hermione le había dicho que lo quería, en realidad se lo había dicho a George. Estuvo a punto de faltarle el aire, pero hizo acopio de todas sus fuerzas y sonrió—. Cielo, tenemos que olvidar lo ocurrido.
Ella sacudió la cabeza y dijo: —No es tan sencillo.
—¿Qué quieres decir?
Hermione cogió otro pañuelo y se sonó la nariz. Luego dejó el puñado de pañuelos que tenía en la mano sobre la mesa. Le dio un sorbo al agua y depositó bruscamente el vaso en la mesa.
—Tengo que decirte algo. George me ha pedido que no lo hiciera. Decía que sólo complicaría más las cosas..., pero las cosas ya están bastante complicadas, así que... prefiero decírtelo.
—¿Qué ocurre?
Hermione respiró hondo y lo miró fijamente, con seguridad. Le tomó la mano y le dio unas palmaditas suaves. Al notar sus dedos y caer en la cuenta de que le había cogido la mano sabiendo que era Fred y no George, Fred sintió un torbellino de sensaciones erráticas.
—¿Qué tienes que decirme? Ella le apretó la mano suavemente.
—Fred, estoy embarazada.
Fred sintió un vuelco en el corazón.
—Ah..., ya entiendo —dijo, apartando la mano de ella y echando de menos al instante su calidez, pero necesitando un poco de distancia—. Enhorabuena.
Hermione apoyó la mano en su manga.
—No, no lo entiendes. Cuando te tomé por George aquella primera vez, cuando..., cuando tú y yo...
—¿Hicimos realidad tu fantasía? —preguntó él, sintiéndose ligeramente mareado. Hermione asintió.
—Exacto. George y yo no..., no habíamos... intimado desde hacía varios meses; Se quedó helado.
—Madre mía. ¿Intentas decirme que...? —se apagó la voz, la cabeza empezó a darle vueltas, no parecía encontrar las palabras.
Ella asintió. —Sí, Fred —contestó, clavando la vista en sus propias manos mientras se las frotaba con fuerza—. Vas a ser padre.
Padre.
¡Qué mareo! La prometida de su hermano, la mujer a quien él amaba, llevaba en su seno a su hijo. Sintió un ataque de euforia, seguido de otro de consternación. Iba a ser padre. Todo lo demás pareció perder importancia.
La tomó de la mano. —¿Es hijo mío? —preguntó con un ligero tono de pavor. Ella lo buscó con la mirada y asintió. Fred la estrechó con fuerza. —Hijo mío —dijo, sonriendo de oreja a oreja.
Hermione frunció el ceño. —Me parece que no estás entendiendo bien la situación. Se supone que voy a casarme con tu hermano mañana y él piensa... —Abrió los ojos como platos, sin acertar a concluir la frase—. Oh, Dios.
—¿Qué piensa él?
A Hermione se le perdió la mirada
—¿Hermione? —la increpó Fred, temiendo que fuera a desmayarse de nuevo. De repente Fred cayó en la cuenta de que se había desmayado porque estaba embarazada—. ¿Hermione? ¿Quieres que te traiga una bebida? Ah, no, espera, no puedes beber alcohol. ¿Quieres un poco de agua? —le preguntó tomándola de la mano y apretándosela—. Hermione, ¿me oyes?
—¿Qué? —preguntó ella, fijando la mirada en él.
—¿Qué cree George?
—¿No lo entiendes? —preguntó Hermione sacudiendo la cabeza—. Yo pensaba que él creía que era hijo suyo... porque yo creía que era hijo suyo. Pero él lo ha sabido siempre. — Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Y eso significa... Oh, Dios mío —exclamó, enterrando la cara entre las manos.
—¿Te refieres a que sabía que era hijo mío desde el principio?
—No —sollozó ella—. El pensaba que me había acostado con un desconocido — farfulló—. Creyó que había salido y había tenido una aventura de una noche con un extraño... y me había quedado embarazada —dijo, agarrando a Fred por las solapas y estrujando la tela entre sus puños—. Y de todos modos me pidió que me casara con él — añadió, con las mejillas llenas de lágrimas y la voz reducida a un leve susurro—. Debe de quererme tanto...
—Puedes estar segura.
Hermione miró en dirección a la puerta al oír la voz de George. Estaba en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos del pantalón y la corbata aflojada.
—¿Cuánto...? —preguntó Hermione, respirando con dificultad—. ¿Cuánto rato llevas ahí?
—El suficiente para saber que lo has entendido todo —contestó, acercándose a ella y arrodillándose junto al sofá, apartando a Fred de un empujón. George la cogió de la mano—.Te conozco, Hermione. Estás replanteándote la boda. Seguro que quieres posponerla o quizá incluso cancelarla, pero no lo hagas.
La invadió un sentimiento de culpa. George la conocía tan bien... La besó en las manos y al notar el roce de sus labios la embriagó un tierno sentimiento de amor. Lo cogió de la mejilla y lo miró fijamente a los ojos.
—George, eres tan dulce, tan bueno. No puedo creer que quisieras casarte conmigo aun pensando que te había engañado. —Al pronunciar aquellas palabras se sintió repentinamente horrorizada y apartó la mano de él—. ¡Caray! Pero es que te he engañado...
George le asió la mano y se la llevó a los labios. —¿Qué otra cosa podía hacer? No quería perderle —explicó, posando delicadamente la mano en su barbilla y levantándole la cara para encontrarse con su mirada—. Hermione, cásate conmigo mañana. Finjamos que nada de esto ha ocurrido. Finjamos que el niño es mío. Reúnete conmigo en el altar y conviértete en la esposa de George Weasley.
A Hermione se le humedecieron los ojos; empezó a llorar y las lágrimas resbalaron lentamente por sus mejillas. Se movió adelante y atrás y se llevó la mano a la loca.
—No —dijo con voz débil. Le acarició la mejilla y añadió—: No puedo. Necesito tiempo para meditar todo esto. Y también para hablar con Fred y ver qué quiere hacer. También es su hijo. George frunció los labios.
—Maldita sea, ya sé que es su hijo. ¿Es que no ves que me corroe saberlo?
Hermione se apartó de él, asombrada por la brusquedad de su tono, y dejó caer los puños sobre su regazo. A George se le suavizó la expresión de la cara.
—Lo siento, cariño —se disculpó, acariciándole la mejilla con dulzura—. Mira, Fred podrá mantener el contacto con el bebé, visitarlo cuando quiera y, cuando el niño sea mayor, podrá pasar las vacaciones con él, si es que a Fred le apetece ejercer de padre.
—Claro que me apetece. Por si no os habéis dado cuenta, sigo en esta habitación.
George clavó los ojos en Fred, que estaba sentado en una de las butacas frente al sofá.
—¿Y podría saberse por qué sigues aquí? —le preguntó con tono desafiante.
—Tengo derecho a estar.
—¡Y un cuerno! Ya has causado suficientes problemas.
—Déjalo —suplicó Hermione—, por favor. —Cogió a George de la manga y le dijo—: George, lo siento. No puedo casarme contigo mañana. Necesito tiempo para pensar en todo esto. Todos lo necesitamos. George la miró con ternura.
—Yo no tengo que pensar en nada. Quiero casarme contigo independientemente de quién sea el padre del niño que llevas dentro. —La calidez de sus palabras hizo que Hermione se estremeciera—. Hermione, te quiero.
Hermione le puso la mano en el brazo. —Entonces deberías estar dispuesto a esperarme y esperar a que decida lo que considero mejor para mí y para el bebé..., y para el padre del bebé.
A George se le contrajo tanto el rostro que Hermione pensó que iba a partírsele.
—Maldita sea, Hermione. No pretendo ser duro, pero para Fred sólo has sido una aventura de una noche, una desconocida con la que se acostó. Dudo que quiera casarse contigo, ¿verdad, Fred?
Se hizo el silencio. George y Hermione se volvieron a mirar a Fred.
—¿Verdad, Fred? —lo provocó George con dureza.
Fred se inclinó hacia delante, con las manos enlazadas entre las rodillas.
—George —dijo con mucho sosiego—. Creo que deberías escucharla y darle tiempo. George palideció.
Luna vaciló en el pasillo mientras George y Fred sacaban a Hermione del despacho. Rodeó a su amiga por los hombros con gesto protector.
—Yo te llevo a casa, cielo. No te preocupes por la fiesta. Le he dicho a todo el mundo que no te encontrabas bien.
—Mi madre estará preocupada...
—Le he dicho que era una jaqueca, que con todo el estrés de organizar la boda y la vergüenza de besar al hermano de George y todo eso te había entrado dolor de cabeza. Lo ha entendido.
Hermione asintió con gratitud y dejó que Luna la condujera hasta el ascensor. Esta pulsó el botón de bajada y descendieron al aparcamiento. Fred y George iban tras ellas.
—Te acompaño hasta el coche —se ofreció George.
—No, vosotros quedaos aquí. Necesita un poco de espacio —ordenó Luna, pulsando el botón de subida para enviarlos arriba—. Además, George, tienes que acudir a la fiesta y atender a tus invitados. Fred se acercó a Hermione.
—Vale, entonces iré yo...
—No, tú ve a hablar con tus padres mientras que George se ocupa de los demás invitados.
Un ding indicó que el ascensor había llegado. Las puertas se abrieron y Luna condujo a Hermione al interior.
—Te llamaré mañana, Hermione, y hablaremos de todo —dijo George desde la puerta.
—Todos hablaremos —apostilló Fred.
Mientras las puertas se cerraban, Luna observó cómo los dos hermanos se miraban con rencor, con los brazos cruzados, mientras esperaban al otro ascensor.
Fred descolgó el teléfono de golpe para detener el zumbido constante. El despertador indicaba que eran las diez y cincuenta y cuatro de la mañana.
Había tomado demasiadas copas la noche anterior y tenía una resaca espantosa.
—¿Sí, qué pasa?
—¿Fred? —preguntó una voz femenina. No era Hermione.
—¿Quién es?
—Soy Luna, la amiga de Hermione.
Fred se enderezó de golpe, con las sábanas enredadas en las piernas.
—¿Qué ocurre? ¿Hermione está bien?
—Sí, sí, está bien. Anoche estuve con ella. Yo..., esto..., me gustaría hablar contigo, si es posible, sobre todo lo sucedido. ¿Te apetece que quedemos para comer?
—Claro. Pero no en el hotel. Este sitio está infestado de amigos y familiares.
Fred cogió su reloj de la mesilla de noche, metió la mano por la correa metálica y ajustó el cierre.
—De acuerdo. ¿Conoces el restaurante Blue Moon, en Nepean Street, cerca de Bank? Seguramente la gente de fuera se quedará cerca del hotel o por la zona del mercado.
Fred sacó un bolígrafo y un bloc de notas del cajón de la mesilla de noche y apuntó las señas del restaurante.
—Lo encontraré. Si te parece, quedamos a la una y así nos saltamos la hora punta.
—De acuerdo. Nos vemos ahí.
Fred llegó a aquel restaurante de estilo francés a la una menos cinco. Estaba decorado con mesas redondas pequeñas, sillas de hierro forjado y un montón de plantas. Pidió un café, que le sirvieron cinco minutos después, justo cuando Luna entraba por la puerta.
—Vaya, veo que lo has encontrado sin problemas.
Luna le pidió a una camarera que pasaba por allí un refresco y echó un vistazo al menú. Otra camarera le trajo la bebida, y ambos pidieron sandwiches.
—Fred, no quiero que malinterpretes lo que voy a decirte. No pretendo ponerme de parte de nadie ni daros ventaja a ninguno de los dos. He venido para ayudar a Hermione.
Fred arqueó las cejas. —¿Hermione necesita ayuda?
—Necesita tomar una decisión fundamental que afectará al resto de su vida y a la de su pequeño, por no mencionar a la tuya y la de George. Quiere tomar la decisión correcta para todos. Y aunque tú eres el padre del niño, George la quiere.
—Yo también la quiero —espetó él, dándole un sorbito a su café. Luna se inclinó hacia delante, apoyando sus manos enlazadas sobre la mesa.
—¿De verdad? ¿O lo dices sólo por el niño? Fred apartó la taza y se inclinó hacia ella.
—Me enamoré de ella aquella primera noche. Me di cuenta más tarde, pero es amor. Ella lo escudriñó con los ojos.
—¿Estás seguro de que no fue sólo porque se acostó contigo?
—¿Bromeas? Esa es la situación perfecta para la mayoría de los hombres. Una mujer que sólo quiere pasar una noche de sexo salvaje y luego no volverte a ver. Nada de ataduras ni quebraderos de cabeza. Como Juliet, me dejó claro que era una aventura de una noche..., pero, claro, todo formaba parte de su fantasía.
—Quizá la deseabas porque sabías que no podía tenerla.
—Luna, tú conoces a Hermione. Seguro que sabes lo fácil que es quererla. Créeme si te digo que quiero pasar el resto de mi vida con ella. Luna asintió.
—Pero te frenas, porque te inquieta la idea de robarle la novia a tu hermano. Fred se aferró al borde de la mesa
—No es algo para tomárselo a broma.
Luna apoyó la barbilla en su mano. —Entonces, de acuerdo, hay algunas cosas que deberías saber.
