Fred caminaba de un lado a otro en su suite del hotel mientras esperaba la llegada de su hermano, aún furioso por lo que Luna le había revelado. Cuando por fin George llamó a la puerta, la abrió airado.

—Hay algunas cosas que el otro día se te olvidó contarme sobre ti y Hermione. George miró a su hermano imperturbable mientras cerraba la puerta a su espalda.

—¿Como qué?

—Como que la noche que yo conocí a Hermione tu relación con ella estaba acabada.

George se dirigió hasta el mueble bar y sacó una botellita de whisky.

—¿Te lo ha dicho Hermione? —preguntó, poniendo boca arriba un vaso sobre el aparador y echando dentro un par de cubitos de hielo de la cubitera que Fred había llenado una hora antes. Los cubitos resonaron al caer en el vaso.

—¿Es cierto? —preguntó Fred.

—No —contestó George, vertiendo el líquido de color ámbar sobre los hielos, que crepitaron.

—No me mientas, George —dijo Fred, apoyándose en el tocador y mirando fijamente a su hermano.

George le sostuvo la mirada.

—No te miento —repitió con voz sosegada e imperturbable.

—Iba a romper contigo —le informó Fred con los brazos cruzados.

Según Luna, ella y Hermione estaban hablando precisamente de eso cuando él la había visto por primera vez fuera de la sala del banquete aquella noche. Por eso parecía infeliz. Su desconsiderado hermano la había desatendido, tal como había hecho con todas sus novias anteriores. Y según Fred, si George era tan estúpido como para no entender lo que tenía con Hermione, no se merecía conservarla.

Iba es la palabra clave. Pero no lo hizo —replicó George sentándose en el brazo del sofá y dándole un sorbo a su bebida.

—Claro, porque pensó que yo era tú. El hecho de conocerme aquella noche te salvó. Si no me hubiera presentado allí, ahora no estaríais juntos.

—Parece que olvidas algo, hermanito —dijo George, haciendo girar los cubitos en su vaso y con la vista clavada en el líquido—. En este momento no estamos exactamente juntos, cosa que también debo agradecerte.

—No te desvíes del tema. ¿Iba Hermione a dejarte o no?

George suspiró. —Sí.

Dejó el vaso sobre la mesa de centro, y luego se dirigió hacia la ventana y se quedó contemplando la vista.

—Porque la habías desatendido —continuó Fred, acercándose al sofá y cogiendo su bebida, que estaba en una esquina de la mesa.

Le dio un trago y notó el whisky deslizarse por su garganta.

—Le dedicaba todo el tiempo que podía...

—La habías abandonado.

George volvió la vista hacia Fred.

—Está bien. ¿Y qué? —preguntó, regresando junto a la mesa para coger su bebida —Ahora todo eso ha cambiado.

—Ah, ¿sí? ¿Cuánto tiempo has pasado con ella durante las últimas tres semanas? Has estado dos semanas en París. Y antes de eso estuviste en Toronto varios días. Te has atrevido a dejarla aquí, embarazada y organizando la boda sola.

—Precisamente intentaba dejar todos los cabos atados para poder delegar más trabajo en mi personal y dedicarle más tiempo. ¿Es todo?

—No. ¿Qué me dices del hecho de que no le pidieras que se casara contigo hasta
después de saber que estaba embarazada?

George se quedó helado.

—¿Qué tiene eso de malo?

—Que quizá no se lo habrías pedido si no hubiera estado embarazada.

A George se le tensó la mandíbula. —Ni siquiera era hijo mío.

—Fantástico, así que actuabas por galantería. Eso no significa que la quieras —opinó Fred, sentándose en el sofá.

Por primera vez durante la conversación, George mostró un atisbo de rabia. Resopló enfadado y la mirada se le ensombreció. Su rostro adquirió una expresión amenazante. —No pongas en duda mi amor por Hermione.

Fred se inclinó hacia delante. —La quieres tanto que pensabas mentir para retenerla.

—¿De qué diablos hablas? —preguntó George lanzando una mirada asesina a su hermano.

—Hablo del hecho de que le pidieras a Hermione que no me dijera nada del bebé. ¿Pensabas ocultármelo para siempre? ¿Criarlo como si fuera tuyo? Nadie iba a pensar que se parecía más a mí que a ti, eso desde luego.

—Hermione estaba bajo mucha presión —explicó George caminando de un lado para otro—. No quería complicar más las cosas.

—Entonces, ¿tenías previsto contármelo más adelante?

George tuvo la dignidad de poner cara de culpabilidad.

—No lo creo —continuó Fred—. Óyeme bien. Si de verdad la quieres, la ayudarás a tomar la decisión más conveniente para ella. Le permitirás que recopile tanta información como necesite.

George se detuvo en seco. —¿Qué quieres decir con eso?

—Hermione ya te conoce. Lleva saliendo contigo más de un año. Sabe lo que es estar contigo todos los días. Ahora, para estar en igualdad de condiciones, debes dejarla que me conozca a mí, que descubra lo que es estar conmigo cada día. Sólo entonces podrá tomar una decisión con conocimiento de causa.

George entrecerró los ojos. —¿Qué es exactamente lo que sugieres?

—Sugiero que venga y pase conmigo unos meses en Surrey. Sin ti. De ese modo podremos conocernos.

—Estaría loco si aceptara algo así —gruñó George, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.

—Sí, loco de amor. Supongo que para ella eso contará a tu favor.


George iba atusándose el pelo pensativo mientras conducía por la autopista 417 de camino a casa de Hermione.

¿Qué diantre era lo que había ocurrido?

El día anterior estaba planeando la boda con la mujer a la que amaba, esperando verla avanzar hasta el altar vestida de blanco, y hoy, el día de su supuesta boda, todo se había ido al traste... por culpa de Fred.

Ahora tenía que quedarse sentadito y con los brazos cruzados mientras Fred invitaba a Hermione a pasar con él un mes. Al menos, había conseguido rebajar la propuesta inicial de su hermano de prolongar la estancia varios meses. Conociendo a Hermione, seguro que aceptaría la invitación. Querría darle esa oportunidad a Fred, el padre del bebé (a George se le encogió el alma al pensar en ello). Iría a Surrey y Fred la tendría enterita para él durante todo un mes, ejerciendo su influencia sobre ella, convenciéndola de que era mejor hombre para ella.

Sinceramente, George temía perderla. Sin embargo, haberse opuesto a algo así no habría tenido sentido. Fred le expondría su idea a Hermione con o sin el consentimiento de George. Si George le dejaba claro a Hermione que no quería que se marchase, seguramente ella lo tomaría en su contra. Fred había señalado que, si Hermione quería de verdad a George, pasar un mes con él no haría que sus sentimientos cambiaran. En lo más profundo de su corazón, George sabía que amaba a Hermione y que ese amor sobreviviría a todo.

Aparcó en la plaza de visitantes del edificio de apartamentos de Hermione y entró por la puerta principal con la llave que Hermione le había dado. Subió en ascensor hasta la planta donde se encontraba el apartamento, avanzó con paso decidido hasta su puerta y llamó. Al instante entreabrió la puerta la madre de Hermione, con cara de incertidumbre.

—Vaya, hola..., esto...

—Necesito ver a Hermione —dijo George.

Ella asintió con la cabeza y lo dejó pasar. —Entra —lo invitó, se dio la vuelta y gritó—: Hermione. Tienes visita. Estaba claro que no sabía si se trataba de George o de Fred.

Hermione apareció por la puerta de la cocina.

—Hola, Hermione.

—George —dijo, acercándose a él corriendo.

Su madre desapareció discretamente por el pasillo Hermione lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la cabeza en su pecho. Al sentir su abrazo, George notó cómo una ola de calor le recorría el cuerpo. Era el calor de estar en casa, el calor de estar con la persona a la que más amaba en el mundo. Con su Hermione. Cerró los ojos y dejó que ese sentimiento lo embriagara.

—¿Cómo has sabido que era yo? —preguntó.

Ella se separó un centímetro y lo buscó con la mirada. Le acarició la nuca. —Por el pelo. Lo llevas más corto que tu hermano.

—Vaya —respondió él, decepcionado por el hecho de que ella sólo lograra distinguirlos por algo tan superficial como el peinado.

Hermione le acarició la solapa de su americana de lana. —Y, además, yo te ayudé a elegir este traje —le dijo, levantándole la corbata y dejando que se deslizara entre sus dedos—. Con la corbata a juego.

George recordó el día que habían ido juntos de compras. Después habían comido en un pequeño restaurante con vistas al Támesis y habían compartido risas mientras contemplaban la puesta de sol, las vistas y disfrutaban de una magnífica comida juntos, deleitándose en la novedad de su relación. Aquella noche habían hecho el amor por tercera vez. Sintió un pinchazo en el corazón al pensar que quizá ya no podría volver a tocarla así.

—Pero, sobre todo, por la voz —prosiguió ella.

—¿Por la voz? —preguntó él, asombrado, puesto que todo el mundo afirmaba que él y Fred tenían el mismo timbre.

La miró a los ojos, húmedos por el brillo de las lágrimas sin derramar. —¿Te refieres a que Fred te llamaba de otro modo? —le preguntó, creyendo recordar que se había referido a ella como Julieta.

Hermione sacudió la cabeza.

—No, no tiene nada que ver con eso —contestó, poniendo la mano sobre su pecho. Su calidez hizo que a George se le acelerara el corazón—. Cuando me llamas por mi nombre, hay una ternura y una familiaridad que no se aprecia cuando lo pronuncia un extraño. Y tu hermano es un desconocido para mí. —Apoyó la cabeza sobre su pecho y lo estrechó entre sus brazos—. George, lo siento tantísimo... No pretendía hacerte daño. Cuando él y yo... —continuó entre sollozos—, pensaba que eras tú... fingiendo ser un desconocido.

Fingiendo ser un desconocido. De modo que ella sí había notado una diferencia entre él y Fred. La abrazó con fuerza, acariciándole la cabeza.

—No pasa nada, amor mío —murmuró. La apretó contra sí y sus labios se fundieron en un beso lleno de ternura y amor.

George notó cómo el corazón de Hermione latía junto al suyo y lo embriagaba una sensación indescifrable de plenitud. Allí era donde ella debía estar, entre sus brazos, en su vida.

Sonó el portero automático. —Ese debe de ser Fred.

Hermione miró nerviosa en dirección a la puerta. —¿Fred? ¿Qué hace aquí?

—Tenemos que hablar contigo de un asunto.


A Fred se le heló el corazón al ver a Hermione en la puerta, mirándolo como si fuera un extraño.

—Hola, Fred. Detestaba lo duro que sonaba su nombre en sus labios. Hermione retrocedió para dejarle pasar.

George estaba dentro, de pie. Hermione caminó junto a él, rozándolo con el brazo. Había intimidad entre ellos. Fred sintió un ataque de celos al apreciar la cercanía existente entre su hermano y Hermione. El año y medio de experiencias y amor compartidos era evidente.

Mientras Fred le exponía a Hermione la idea de que pasara un mes con él en Surrey para conocerlo, ella no dejaba de observar a George para medir su reacción y buscar su apoyo.

Fred no quería autoengañarse. Iba a ser duro convencerla de que lo eligiera a él, probablemente imposible, pero tenía que intentarlo. La quería con toda su alma. No quería herir a su hermano (Fred habría dado lo que fuera por que aquella situación no se hubiera producido jamás), pero no sería bueno para ninguno de ellos que Hermione se casara con el hombre equivocado. Y por mucho que Fred la quisiera, tenía que saber que ella también lo quería de verdad.


Hermione se aferró a su bolso mientras observaba los frondosos y altos árboles que flanqueaban la pequeña carretera privada por la que conducía Fred.

Vaya lío.

Ella y George habían mantenido una relación formal durante el último año y medio y habían estado a punto de casarse, y ahora tenía que afrontar el hecho de que estaba embarazada de Fred. Iba a instalarse un mes con él para sopesar la posibilidad de pasar juntos el resto de sus vidas. Era prácticamente un desconocido.

Había estado a punto de romper con George hacía dos meses, y el suceso que la había hecho cambiar de opinión con respecto a su relación, en realidad, había resultado estar ocasionado por una confusión de identidades. Ahora Hermione era consciente de que tenía que replantearse toda su relación con George. Esperaba que aquel mes le diera un poco de perspectiva, en lugar de confundirla aún más.

Fred entró en un claro y aparcó frente a una casa de cedro de aspecto acogedor, con un enorme ventanal en la fachada. Un encantador jardín iluminado por tulipanes rosas y morados y altos lirios amarillos y malvas rodeaba el prado delantero. Aquel idílico refugio aislado sería su hogar durante el mes que se abría por delante. Imaginarse pasando todo un mes sola con Fred la hacía sentir incómoda. Estaba claro que entre ellos había química, pero ¿tendrían suficientes cosas en común para convivir? Sin embargo, eso era exactamente lo que tenía que dilucidar en aquel tiempo.

Fred abrió la pesada puerta de roble y esperó a que ella entrara. Una vez dentro de la casa, se encontraron en la cocina, una amplia y bonita estancia con armarios de madera de arce y una larga encimera que lindaba con un espacioso salón en el que había un par de sofás y una mecedora. La luz del sol entraba por todas partes. Era muy acogedor.

Un gato con pelaje de color carey y un anillo blanco en la punta de la cola se acercó rápidamente hasta Fred y se refregó contra sus piernas. Fred lo tomó en sus brazos y lo rascó detrás de las orejas. El gato ronroneó de placer. —Este es Sam.

Hermione sonrió con franqueza. —Vaya, hola, Sam —lo saludó, acariciándolo—. Pareces muy buen chico.

Sam entrecerró sus ojos de color gris y apoyó la cabeza en el hombro de Fred. —En realidad es una gata. Sam es la abreviatura de Samantha.

—¿Samantha?

—Bueno, cuando se presentó ante mi puerta, empapada y desvalida, no sabía si era un gato o una gata, así que pensé que Sam funcionaría en cualquiera de los dos casos.

Dejó a Sam en el suelo y la gata los siguió mientras cruzaban la puerta de la cocina para ir al salón.

—¿Vives aquí siempre?

—Tengo un ático en la ciudad, pero paso mucho tiempo aquí en verano y algunos fines de semana en invierno. Descansar por estos montes es una experiencia magnífica.

La condujo hasta el salón de estar y señaló una puerta a la derecha que daba al patio.

—Hay una piscina climatizada en la parte posterior.

A través del vidrio Hermione vio una bonita piscina con forma de haba cuyas aguas refulgían por efecto de la luz del sol.

—Ven, voy a enseñarte tu habitación.

Hermione lo siguió a través de un pasillo hasta llegar a un dormitorio situado a la derecha.

—¿Mi habitación? —le preguntó. Le había preocupado que intentara convencerla de que durmieran juntos.

—Sí, tu habitación. No me malinterpretes. Me encantaría que te instalaras en mi dormitorio y en mi cama, pero pensé que no te sentirías cómoda —aclaró, señalando hacia el otro extremo del pasillo—. Mi habitación está allí. Ven si quieres, cuando tú quieras. O, si te apetece que yo acuda a la tuya, no tienes más que decirlo. Tú eres la que manda, Hermione. Cualquier cosa que quieras o que necesites no tienes más que pedirla.

Hermione entró en su habitación. En el centro había una cama de matrimonio cubierta con un edredón con un estampado abstracto azul zafiro y algunos tonos en fucsia.

George dejó sus maletas junto a un armario alto de madera clara de arce. Hermione se sentó en la cama y acarició el cobertor de algodón denso, asombrada de su tacto sedoso.

—¿Sabes? Todo esto es muy extraño. No te conozco en absoluto. Somos dos completos extraños y, pese a ello, acabamos de irnos a vivir juntos...

El se apoyó en el tocador. —Bueno, no somos exactamente dos extraños, Hermione. Hemos compartido momentos muy íntimos.

—Sí, pero yo creía que eras... George.

Hermione le dio la espalda. No quería pensar en George y el dolor que le había causado. Toqueteó el ribete de la funda de la almohada.

—Ya sabes lo que pensaba. Pero la verdad es que te conocí de verdad el jueves y estamos a domingo... —dijo ella, señalando a su alrededor—. Y aquí estoy.

—Precisamente por eso no quiero que te sientas presionada a hacer nada más que pasar un tiempo conmigo. Y tampoco quiero que te agobies con eso, así que iré a la oficina cada día entre semana. De ese modo tendrás tiempo para ti misma —aclaró Fred con una sonrisa—. Pero, si te apeteciera pasar más tiempo conmigo, sólo tienes que decírmelo y me las apañaré para estar aquí siempre contigo.

A Hermione le costaba creer lo diferentes que eran aquellos dos hermanos gemelos. George casi no encontraba tiempo para dedicarle y Fred, que apenas la conocía, estaba dispuesto a dejar de lado su trabajo, sin previo aviso, para estar con ella.

—Gracias —dijo.

Fred sonrió. —Un placer —replicó, poniéndose en pie—. ¿Quieres que te ayude a deshacer el equipaje?

La idea de que Fred la ayudara a desempaquetar su ropa, la interior incluida, la incomodó.

—No, ya lo hago yo.

Fred levantó la maleta más grande y la colocó sobre un bonito y amplio sillón situado junto a la ventana.

—Entonces te dejo para que te instales. —Se encaminó hacia la puerta, pero, antes de alcanzarla, se detuvo y añadió—: Hermione, quiero advertirte algo —dijo, dando media vuelta para mirarla cara a cara con ademán serio—. Aunque no quiero presionarte, soy un hombre y te deseo. —Se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Su fragancia picante y masculina la envolvió—. Es cierto que oficialmente nos conocimos el jueves, pero tengo la sensación de conocerte desde siempre. Y la realidad es que hemos compartido momentos muy íntimos, más íntimos de los que comparten muchas parejas en años —continuó, con una sonrisa en los labios—. A fin de cuentas, has compartido tus fantasías sexuales más profundas conmigo.

Hermione notó que se sonrojaba. Fred le alzó la barbilla y ella se perdió en sus profundos ojos azules. Sintió un arrebato de calor, en parte debido a las hormonas que segregaba en abundancia a causa del embarazo, pero sobre todo por encontrarse tan cerca de aquel hombre tan viril y sensual.

—Hermione, imagina encarnar tu fantasía conmigo en este momento —le sugirió, acariciándole tiernamente los brazos y poniéndole la piel de gallina—. Imagina cuan real sería ahora, ya que tal como tú misma has dicho, soy un desconocido de verdad.

Hermione se sobrecogió al imaginar las fuertes y viriles manos de Fred desabrochándole el vestido, sus dedos apartando la tela y acariciándole la piel mientras dejaba al descubierto sus turgentes senos. Se le erizaron los pezones al imaginar sus labios cubriéndolos y su lengua jugueteando con ellos.

Un desconocido de verdad tocándola de aquella forma tan íntima. Sería in increíblemente sensual. No daba crédito a lo excitada que se sentía ante el mero pensamiento de acostarse con Fred, sabiendo que era un extraño mientras la tocaba, le daba placer y la llevaba al orgasmo. Le habría gustado ponerse en pie y desgarrarse la ropa allí mismo.

Fred le besó la mano, provocándole un cosquilleo en todo el brazo, y se puso en pie. —Te dejaré que lo medites —concluyó, antes de salir por la puerta.

A Hermione continuaba abrasándola la excitación. Aunque era un desconocido, sabía por su propia experiencia que la complacería como nadie más lo había hecho. Sería un amante tierno, aventurero, completamente entregado en su forma de hacer el amor y salvajemente apasionado. Parte de ella deseaba notar sus manos deslizándose sobre su piel. De hecho, toda ella lo deseaba, salvo su cabeza.

Con el cuerpo palpitándole como lo hacía, ¿cómo iba a poder reprimir el deseo de acostarse con él? Recordó el episodio del ascensor, recordó las manos de Fred agarrándola por las caderas mientras la penetraba. Recordó el rostro de Fred reflejado en la pared de espejo, desfigurado por el placer mientras se corría dentro de ella, tras haberla llevado a un orgasmo demoledor.

¿Cuánto tiempo sería capaz de resistir?


Denme Reviews y amor.

Gracias a los que se toman el tiempo de comentar. Espero estén bien y a salvo en esta cuarentena.