Hermione pasó una noche de exquisita tortura soñando con Fred. El hecho de sentirse continuamente excitada por su alteración hormonal no jugaba a su favor.

Fred preparó una deliciosa tortilla de jamón y queso para desayunar, que sirvió acompañada de té de hierbas. Durante todo el almuerzo, Hermione le lanzó miradas furtivas de deseo. Lo observó llevarse el tenedor a la boca, atraparlo entre sus carnosos labios y deslizados por el tridente de metal, y sintió desatarse en su interior un torbellino. Al sorprenderla mirándolo, Fred sonrió, con un destello en sus ojos de un color azul intenso.

—¿Por qué no me cuentas algo sobre ti, Hermione?

Hermione lo miró por encima de su té mientras se lo bebía a sorbitos. Dejó la taza de cerámica roja sobre la mesa.

—Bueno, trabajo por cuenta propia... como asesora informática. Mi especialidad es concebir cursos para empresas de software que quieren vender un producto y necesitan formar a sus clientes —explicó, dubitativa, porque no quería aburrirlo con historias de la vieja Hermione, alguien muy distinto al personaje de Julieta que él conocía.

Fred sonrió. —¿Y qué haces en tu tiempo libre? Aparte de tener fantasías sexuales, claro.

Hermione notó que se sonrojaba. —Bueno..., me gusta bastante leer. —«¡Qué aburrida soy!», pensó para sus adentros—. Y... también me gusta bailar. —¡Lo había soltado! Aquella afición echaba para atrás a muchos hombres. La mayoría de ellos detesta bailar—. A veces también hago punto y ganchillo. —«Dios mío, voy de mal en peor... ¿En qué demonios estoy pensando?»

—Pues eso resultará muy útil con el bebé.

Toda la inseguridad que sentía al descubrir a la auténtica Hermione a ojos de Fred se desvaneció al recordar que llevaba dentro un hijo. Un hijo de Fred. Fred le sonrió cálidamente, como si le leyera el pensamiento.

—Si te apetece, mañana te llevo de compras y escogemos algunas madejas de lana juntos.

—¿De verdad? No se imaginaba a George entrando con ella en una tiendecita de lanas, examinando juntos las estanterías de madejas de colores vivos. Y, sin embargo, por algún motivo que desconocía, sí podía imaginarse haciéndolo con Fred y le parecía perfectamente... cotidiano.

—Luego podríamos regresar, sentarnos juntos frente a la chimenea y quizá ver una película.

Muy cotidiano. Le encantaba aquella sensación. Tuvo que recordarse que Fred era casi un desconocido. Se movió incómoda en su silla. Debería sentir este tipo de cosas con George, el hombre del que llevaba enamorada más de un año, el hombre con quien había estado a punto de casarse.

—Fred, ¿por qué George nunca me había hablado de ti?

—¿Qué quieres decir?

—Si te soy sincera, nunca me ha hablado mucho de su familia, pero..., no sé, sois gemelos. Me habría parecido normal que me hubiera comentado algo sobre ti. Pensaba que los hermanos gemelos compartían un vínculo muy íntimo. Fred asintió con la cabeza.

—George y yo estamos muy unidos, pero mi hermano es muy competitivo por naturaleza. Hermione puso los ojos en blanco.

—¿Qué me vas a contar a mí? Hermione había contrastado ese aspecto de la personalidad de George en su forma de hacer negocios y en cómo buscaba lograr el éxito, pero también lo había detectado en otros rasgos de su personalidad, como la vez en que jugaron una partida de minigolf con Luna y su novio de entonces. George no dejó de darle instrucciones a Hermione en cada hoyo para asegurarse de que lo hiciera lo mejor que pudiera porque quería ganar a toda costa.

—De niños, siempre competía conmigo —continuó Fred—, en las notas de la escuela, en los deportes..., en cuestión de chicas.

Hermione enarcó las cejas en gesto de curiosidad. —¿Te robaba las novias?

—No, más bien al revés.

—¿Se las robabas tú? —le preguntó ella asombrada, pues eso explicaría que George no le hubiera presentado a su hermano Fred.

—En realidad, no. Simplemente..., sus novias acababan gravitando hacia mí. George es un gran tipo, no me malinterpretes, pero su intensidad asustaba a muchas chicas que lo único que buscaban era divertirse,

—Y tú eres el divertido —conjeturó Hermione. Fred se encogió de hombros.

—Supongo que eso lo hacía sentirse un poco inseguro. Luego, cuando mi primer juego de ordenador se hizo muy popular e hizo que mi empresa saltara a la fama, se lanzó a hacer negocios con el ánimo de superarme. Yo le aseguré que sólo había sido un golpe de suerte (tener la idea oportuna en el momento oportuno), pero él se lo tomó como un desafío personal, Por la forma en que se comporta, me sorprende que hallara tiempo para pedirte que salieras con él —añadió sonriendo—. Pero seguro que te encontraba tan irresistible como te encuentro yo.

Hermione se sonrojó por el cumplido y jugueteó con su cuchara.

—¿Cómo os conocisteis? —quiso saber Fred.

—En una conferencia. De hecho, en el avión. Nos sentaron juntos en el vuelo a Sydney y luego tropezamos recogiendo el equipaje. Cuando descubrimos que nos dirigíamos al mismo hotel, decidimos compartir un taxi.

—¿Fue la conferencia sobre técnicas de concepción de sitios web?

Hermione asintió con la cabeza.

—Vaya, estuve a punto de asistir. Si lo hubiera hecho, tal vez nos habríamos conocido allí.

—Pero tú y yo vivimos en ciudades distintas. Probablemente me hubiera decantado por George, de todos modos.

Fred la tomó de la mano. —Hermione, yo nunca permitiría que algo tan trivial como la distancia nos mantuviera alejados.

Hermione notó un escalofrío que le recorría la columna. Ojalá George tuviera sentimientos tan intensos hacia ella... Vivían en la misma ciudad y apenas lograba verlo.

—¿Y qué me dices de ti? Sé que tienes un hermano. ¿Tienes alguna hermana? — preguntó Fred.

—No, sólo a Harry. Pero no nos hemos visto mucho. Mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña y Harry se fue con papá.

Fred le apretó la mano. Hermione se sintió reconfortada. —Lo siento. Tuvo que ser muy duro para ti.

Hermione asintió. —Lo fue. Echaba mucho de menos a Harry y a mi padre. De hecho, había echado de menos formar parte de una familia.

Sintió una punzada en el corazón al dejar que aquellas emociones afloraran en su interior.

Fred se inclinó hacia ella. —Y ahora quieres asegurarte de que tu hijo no sufra el mismo destino. No quieres que crezca sin un pudre, ¿no es así?

Hermione asintió con la cabeza, incapaz de articular una palabra. Fred la rodeó con el brazo. —Hermione, yo siempre estaré ahí. Siempre, te lo prometo.

Después de desayunar, llevaron los platos a la cocina. Fred los metió en el lavavajillas, pero Hermione insistió en] fregar la sartén. Al final, Fred accedió y desapareció unos minutos. Regresó cuando Hermione estaba limpiando la encimera.

—Vaya, ya está todo listo, por lo que veo. Bien. Tengo una sorpresa para ti. Hermione se secó las manos en el paño de cocina que colgaba del asa del horno.

—¿Qué clase de sorpresa?

—Ven. Te la mostraré.

La tomó de la mano, transmitiéndole su calidez y la condujo al salón. Había un paquete sobre el sofá, envuelto en papel dorado y un gran lazo rojo. Encima se podía ver una tarjeta con su nombre escrito en mayúsculas, «HERMIONE».

Lo cogió. —Venga, ábrelo.

Hermione deshizo el lazo y desenvolvió el paquete, su interior encontró una caja larga y delgada con una ventanilla de celofán. Recorrió con la vista la forma vagamente cilindrica y de color morado traslúcido del objeto que había en su interior. Tenía un bulto en un lado.

—¿Qué es? —preguntó, mientras repasaba el pequeño bulto y el abrupto cambio de dirección en el extremo con forma de zeta, como el glande de un pene masculino.

—Es un vibrador.

Se le cayó de las manos, rebotó en el sofá y se estampó en el suelo. Hermione se puso coloradísima.

Fred estalló en carcajadas. —No pasa nada, Hermione. No estoy sugiriendo nada raro. Simplemente quería que te quedara claro que hablo en serio cuando digo que no quiero presionarle para que te acuestes conmigo. No quiero que vengas a mí porque te sientes frustrada sexualmente. Sólo tienes que venir si de verdad quieres estar conmigo.

Fred se agachó y recogió la caja del suelo. El vibrador. Hermione se lo quedó mirando, sin saber muy bien si tomarlo de su mano o aguardar a que él lo dejara en algún sitio. La idea de tocarlo al mismo tiempo que Fred le parecía excesivamente íntima, sobre todo teniendo en cuenta lo que iba a hacer con él... y lo que él sabía que iba a hacer con él. Probablemente se la había imaginado usándolo.

Se sonrojó aún más. —En realidad..., nunca he utilizado uno.

—¿De verdad? ¿Una mujer con fantasías sexuales tan vivas? Pues déjame que te enseñe cómo se hace.

—¡No! —gritó ella, apartándose ligeramente.

—No quiero decir de verdad... —aclaró él entre risas—. Sólo te indicaré cómo funcionan los botones. Abrió la caja y sacó de ella aquel artilugio. Le quitó el molde de plástico transparente con el que iba protegido y sostuvo en alto aquella cosa morada—. Esta parte es evidente — señaló, indicando la forma se pene que conformaba el grueso del aparato. Dio unos golpecitos al bulto que se curvaba en uno de los lados. Deslizó el dedo por él, hasta el punto en que se estrechaba y se convertía en una punta pequeña de aspecto delicado. Le dio unos golpecitos—. Esto es para estimular el clítoris. Mira, déjame la mano. Hermione se apartó al ver que Fred intentaba tomarle la mano derecha, pero luego se dio cuenta de que se estaba comportando como una niñata y le permitió cogérsela y colocar su dedo en la punta de aquello. Era blanda y flexible. —No lo muevas —le indicó Fred, mientras pulsaba un botón cerca de la base.

Se oyó un ligero runruneo y Hermione empezó a notar la vibración en su dedo. Leve, delicada. Se imaginaba notándola contra su clítoris. Sintió un calor repentino en la matriz y se le endurecieron los pezones, que quedaron apretados contra su sujetador de encaje.

Fred señaló la hilera de cuatro botones, indicando con el dedo el segundo empezando por arriba. —Con éste se cambia la vibración —explicó, presionándolo.

La vibración aumentó, lanzando un cosquilleo por todo el dedo y el brazo de Hermione. Fred le colocó el dedo en la punta del pene. Por todos los santos, estaba empezando a considerar aquella cosa como un pene. Por vergüenza, debería haber retirado la mano, pero la fascinación le impedía apartarla. Permitió que Fred le condujera el dedo por aquel pene largo y morado, diseñado exclusivamente para dar placer a las mujeres. Se maldijo al notar que los pezones se le ponían aún más duros e intentaban escapar de su prisión de puntilla.

—¿Ves? También puedes notar la vibración en el tronco.

Hermione contuvo el aliento al imaginar tener aquel largo y placentero pene dentro de ella, notando la vibración en toda su vagina. Al constatar su embelesamiento, Fred la miró con un destello divertido en los ojos.

—Y mira esto —dijo, pulsando el tercer botón. El pene empezó a describir círculos. Hermione apartó el dedo asustada, pero mantuvo la vista fija en aquella cosa que se movía dando vueltas y más vueltas. —Está diseñado para llegar al punto G. La mujer de El escondrijo secreto me dijo que ayuda a tener orgasmos muy intensos.

—¿Qué es El escondrijo secreto?

—Una tienda —contestó Fred, apagando el vibrador. Se detuvo el movimiento en espiral—. Está especializada en artículos sexuales para mujeres.

¿Quería decir con ello que había hablado sobre aquel artilugio con una mujer en una tienda? Hermione nunca se atrevería a hacer algo así. Pero lo encontraba admirable. Ojalá ella se tomara la sexualidad de forma tan relajada.

—Tienen toda una colección de juguetes sexuales, ropa interior e incluso literatura erótica. Compré un par de libros para que los leyeras y vieras si te gustaban. Están en la mesilla. Hermione vio los libros en la mesilla que había junto al sofá. Cogió el que estaba arriba.

—¿Amor virtual?

—Como trabajas con ordenadores, pensé que te gustaría todo este tema de la realidad virtual —contestó él con una sonrisa—. En la primera escena, a la mujer la secuestra un pirata. Recuerdo que mencionaste algo sobre un pirata el primer día que pasamos juntos.

¡Que el cielo la amparara! Aquel extraño sabía demasiadas cosas acerca de ella... Incluso más que George, al menos en ese aspecto.

—Puedes leer el libro para despertarte el gusanillo y utilizar esto mientras yo estoy en el trabajo, así nunca lo sabré —dijo Fred guiñándole el ojo— ...a menos que me lo cuentes...

—Vaya, para no querer presionarme en materia de sexo, no paras de hacerme pensar en el tema.

—Hermione, el sexo es sano. Quiero que encuentres una vía de escape para liberarte sexualmente. Yo puedo ser esa vía, pero, como ya te he dicho, no quiero que acudas a mí sólo por eso. Si hacemos el amor, quiero que sea porque quieres hacer el amor conmigo. ¿Está claro?

Hermione asintió con la cabeza.

—¿No te das cuenta de que si quisiera meterte prisa para llevarte a la cama... —dijo, cogiendo aquel artilugio mientras hablaba y agitándolo delante de ella— …no te regalaría algo así? Te daría los libros y aguardaría a que te sintieras tan excitada que no tuvieras otro modo de consolarte más que conmigo... Sin embargo, —continuó, acercándose un paso a ella— debo añadir que soy un hombre y te deseo, de modo que no dejes que la vergüenza te impida venir a mí.

Cuando Fred se fue a trabajar, Hermione guardó los libros y aquella cosa en el cajón de la mesilla de noche y se olvidó de su existencia. O para ser más precisos, intentó olvidarse de su existencia. En los días que siguieron, abrió el cajón varias veces y se quedó mirando embelesada aquel artilugio. Una vez incluso lo sacó del cajón y sopesó la posibilidad de probarlo, pero ¿qué ocurriría si Fred regresaba a casa temprano por algún motivo inesperado? Se moriría de vergüenza si él llegaba mientras lo estaba utilizando, aunque la puerta estuviera cerrada. Lo más probable es que él lo oyera.


Cinco días después de instalarse en casa de Fred, Hermione estaba sentada en el salón junto a la encimera donde comían, con la cabeza apoyada en la mano, contemplando cómo Fred preparaba una cena deliciosa. Estaba tan arrebatadoramente sexy con aquella camisa gris con los tres botones superiores desabrochados y el varonil vello asomándole por el cuello. Se le marcaba un torso bien definido. Se había deshecho de la corbata instantes después de regresar a casa del trabajo. Los pantalones de pinzas de color gris marengo que llevaba, remarcaban su esbelta cintura. Fred se negaba a que ella preparara la cena, esgrimiendo el embarazo como excusa para que se sentara y se relajara, mientras bebía un cóctel de arándanos en una copa de vino y lo observaba.

En los últimos días Hermione se había descubierto observándolo atentamente en varias ocasiones, contemplando a un desconocido con una cara familiar. Por entonces ya comenzaba a apreciar las diferencias entre Fred y George. De hecho, notaba más diferencias que semejanzas. George detestaba cocinar y, cuando lo hacía, seguía la receta al pie de la letra o preparaba algo precocinado. Fred parecía especiar los platos de forma instintiva, echando una o dos pizcas de hierbas de varios botes etiquetados a mano. En el alféizar de la ventana de la cocina tenía plantadas hierbas frescas en macetitas.

Fred la pilló mirando absorta las plantas. —¿Te gusta cocinar, Hermione?

Hermione hizo una mueca, paseando la mirada por la cocina de gourmet de Fred. Cacerolas con base de latón colgaban del techo, sobre la encimera de mármol se apilaban electrodomésticos de aspecto complicado, y junto al fogón de seis quemadores y el doble horno había bonitos utensilios de cerámica.

—Obviamente, no tanto como a ti. Cocino porque tengo que comer, pero eso es todo. Me encanta hacer pasteles, pero son una tentación demasiado irrefrenable, así que no lo hago muy a menudo. Sólo en vacaciones. Hornear galletitas de Navidad era una de las pocas tradiciones de la infancia que recordaba haber con partido con Harry.

Siempre que su hermano las visitaba durante las vacaciones, los tres horneaba galletitas de formas divertidas y las espolvoreaba por encima con azúcar glas y de colorines. A Harry lo que más le gustaban eran las bolas plateadas de azúcar, mientras que Hermione prefería las verdes y rojas brillantes.

Fred sonrió. Los ojos le centellearon. —Te imagino perfectamente en esta cocina, con la cara manchada de harina mientras ayudas a nuestro hijo o hija a cortar formas divertidas de la masa de galletas.

Hermione se llevó la mano a la barriga. Sintió la vida que crecía en su interior y la recorrió una oleada de calor. La emocionó pensar en ese día.

—¿Y qué harías tú? —preguntó.

—Preparar el pavo, por supuesto.

Se le empañaron los ojos al imaginar aquella adorable escena familiar, a su hijo riendo mientras la harina volaba por los aires al caerse el paquete al suelo, y a Fred soltando carcajadas mientras cogía al pequeño en brazos y le daba vueltas en el aire, tal como su padre había hecho con ella... antes de marcharse. Una familia feliz. Unas Navidades unidas. Sintió un pinchazo en el corazón. Era lo que más deseaba en el mundo. Por lo que sabía de Fred hasta el momento, estaba segura de que sería un padre fabuloso. Y un marido maravilloso.

—¿Por qué no escoges una película y la vemos después de cenar? —sugirió Fred.

—De acuerdo —contestó Hermione. Descendió del taburete y se dirigió a la estantería que recorría la pared, junto a la inmensa pantalla de alta definición. Recorrió con el dedo el lomo de las fundas de los DVD. A juzgar por su colección, Fred no tenía el mismo gusto en cine que George o, para ser más exactos, tenía un gusto más variado. A George le encantaban los thrillers de ciencia ficción y las películas cuyo argumento giraba en torno al espionaje militar. A Fred también parecían gustarle, pero tenía asimismo comedias, películas de misterio, de fantasía, dramas y algunas cintas de autor.

Hermione detuvo el dedo sobre Corre, Lola, corre, una película alemán de montaje rápido y sincopado en la que la protagonista repite los mismos cuarenta y cinco minutos intentando salvar la vida a su novio varias veces, gracias lo cual aprende cosas sobre ella misma y sobre la gente que la rodea. Continuó revisando la colección y se detuvo en una cinta antigua titulada Me enamoré de una bruja, con Kim Novak y James Stewart, una película ambientada en Nueva York, sobre una bruja que lanza un hechizo a un hombre del que acaba enamorándose y por el cual pierde sus poderes. Era una de sus películas preferidas.

Paternity, con Burt Reynolds, también formaba parte de la colección. A Hermione se le encendieron las mejillas al recordar que aquella película había sido la detonante de su fantasía de querer acostarse con un desconocido. Había una escena curiosa en la que Burt Reynolds encarnaba exactamente esa fantasía con la protagonista para que el sexo entre ambos resultara más emocionante. De hecho, Hermione nunca había fantaseado con acostarse con un desconocido real, sino con echarle un poco de pimienta a su vida sexual con George, fingiendo ser extraños. Sacó la carátula de la película y miró el reverso, sin prestarle excesiva atención.

Pensaba en tener sexo con un desconocido de verdad, un desconocido que empezaba a convertirse en alguien muy familiar. ¿Por qué no? Fred le había explicado que George había decidido darle la oportunidad de conocerlo. George sabía que existía una alta probabilidad de que Hermione y Fred mantuvieran relaciones sexuales. Lo sabía porque lo había debatido con él. Al principio, George se había opuesto taxativamente, pero había acabado por ceder cuando ella había argumentado que, para ser justa, tenía que explorar también esa faceta de su relación con Fred. En realidad, no tenía previsto acostarse con él, porque ambos sabían que eran perfectamente compatibles en la cama.

Dentro de poco, Fred dejaría de ser un desconocido.

Y eso era algo bueno, pero una voz en su interior la instaba a no dejar pasar la oportunidad de acostarse con un auténtico desconocido, la única oportunidad real que tendría en su vida y que poco a poco se le escapaba de las manos.

—Imaginaba que te gustaría esa película, no sé por qué... —comentó Fred.

Hermione lo miró. Estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina y sostenía una cazuela humeante entre las manos, que llevaba protegidas con unas manoplas.

«¿Cómo se las apañaba este hombre para estar tan sexy en el papel de cocinero?», se preguntó Hermione.

Devolvió la película a la estantería. Fred arqueó una ceja y sonrió de manera cómplice.

El buey stroganoff que había preparado estaba absolutamente delicioso. Después de la cena, se acomodaron en el sofá a ver una comedia que Hermione había seleccionado rápidamente, sin prestar mucha atención, salvo al hecho de que no fuera Paternity. Sam trepó al sofá y se enroscó a su lado. Por desgracia, escogió American Pie 2, a la que, con los nervios, confundió con American Beauty.

Resultó ser una película sobre adolescentes universitarios en busca de sexo. Durante la escena en la que dos jóvenes fingen ser lesbianas para excitar a los chicos, Hermione se descubrió lanzando miradas furtivas en dirección a Fred, preguntándose si él también compartiría aquella fantasía. ¿Acaso no les gustaba a todos los hombres ver a dos mujeres en acción? Sin duda, el director de la película así parecía creerlo. Un personaje oculto en la ventana retransmitía de forma fortuita lo que veí a través de las ondas de radio y todos los hombres del condado parecían babear al imaginarse esa situación.

Aunque la película no incluía sexo explícito, hacia el final de la cinta, Hermione no podía dejar de pensar otra cosa. El cuerpo se lo pedía. Le dolían los pezones de la excitación. Le apetecía un revolcón. Le apetecía un revolcón con Fred. Quería vivir la experiencia de mantener relaciones con un desconocido, pero con un desconocido del que no sintiera temor, como Fred. Se moría de ganas de acostarse con Fred, fuera un desconocido o no. Tomó aire para intentar aplacar la revolución hormonal que tenía lugar en su interior.

Cuando los títulos de crédito comenzaron a aparecer en la pantalla, Fred agarró el mando y apagó el DVD. Activó un CD de Diana Krall. El sensual jazz empezó a hipnotizarla. Le dio el último sorbito al zumo de arándanos y naranja y se repantingó en los cojines del sofá, acariciando distraídamente a Sam, que ronroneaba de felicidad.

—Dame la copa, voy a rellenártela.

—Ponme agua, por favor.

Fred cogió la copa y se dirigió a la cocina. Hermione levantó sus agujas de hacer punto e inspeccionó los cinco centímetros de lana de color azul turquesa claro que había tejido. Juntos, habían elegido el hilo y el punto, el día anterior, y ella había empezado a tejer el jersey esa misma mañana. No apreció ningún error evidente, de modo que leyó las instrucciones para seguir tejiendo. Fred regresó momentos después con un vaso de agua fría y un refresco de cola. Se sentó a su lado.

—Fred, tú sabes mucho más de mí que yo de ti.

Fred se enlazó las manos tras la nuca. —¿Qué quieres saber? ¿Cómo me gano la vida? ¿A qué escuela fui? —preguntó, dándole un sorbo al refresco.

—Me gustaría conocer tus fantasías sexuales.

Fred estuvo a punto de atragantarse. Depositó el vaso en la mesa y se volvió para mirarla a la cara. —¿Mis fantasías sexuales?

Hermione acabó la vuelta del punto y dejó las agujas sobre la mesilla lateral. —Bueno, tú conoces las mías, al menos algunas de ellas.

Fred alzó una ceja y sus labios esbozaron una sonrisa demoledora. —¿Tienes más? Cuenta, cuenta.

—Tú primero.

—Bueno, tengo una en un ascensor por la que siento debilidad...

Hermione sonrió. —Sí, yo también —se acercó a él—. Pero hablo en serio. ¿Qué tipo de fantasías tienes tú, como hombre, quiero decir? Apuesto lo que sea a que te gustaría hacer un trío con dos mujeres. La miró con una calidez que a Hermione le resultó turbadora. —Sólo si las dos fueran como tú.

—Va, venga, no me hagas la pelota.

—Si me dejaras, te haría otras cosas...

Ella le dio un golpecito en el hombro. —Eres terrible —bromeó, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—. ¿Pretendes que me crea que si dos mujeres espectaculares con unas buenas tetas... —dijo, describiendo con un gesto unos pechos generosos—... se desnudaran y empezaran a besarse delante de ti y acariciarse mutuamente no te excitarías?

—Claro que me excitaría. No estoy muerto. ¿Y tú?, ¿Te excitarías?

—¿Si me excitaría viendo a dos mujeres? —repitió ella, sonrojándose—. No lo sé.

—Apuesto lo que sea a que sí, pero no me refería eso. ¿Te excitaría estar con dos hombres?

—¿Te refieres a verlos... juntos? —preguntó Hermione repiqueteando con el dedo.

—No, me refiero a hacer un trío con ellos. A que los dos te acariciaran. A que te besaran los pechos, uno cada uno. O uno te acariciara aquí... —dijo deslizándole la mano por encima de la barriga y dibujando un círculo alrededor de uno de sus senos. Hermione se le endurecieron aún más los pezones. Fred deslizó la otra mano hacia abajo y le envolvió el pubis—...mientras el otro te lame aquí.

Hermione notó que sus músculos internos empezaban a contraerse. Deseaba que Fred la tocara por dentro.

—Suena bastante excitante —confesó, apartándole la mano de sus partes bajas y colocándosela alrededor de la cintura—. Pero sigues sin contarme tus fantasías.

Fred se dejó caer suavemente sobre ella y le rozó los labios, un roce que disparó un torbellino de sensaciones en el interior de Hermione.

—La única fantasía que tengo es que una mujer guapísima llamada Hermione, una mujer a la que tengo en mucha estima, me mire a los ojos y me diga: «Fred, quiero hacer el amor contigo» —confesó, apartando la mano de su pecho para acariciarle la mejilla con la yema de un dedo—. Y que esa mujer sepa que soy yo y no un personaje de su imaginación. Que me haga sentir que quiere estar conmigo.

Sus labios volvieron a encontrarse y sus bocas se fundieron en una larga caricia. Hermione sintió un cosquilleo por todo el cuerpo. Se le hincharon los senos, anhelantes de notar sus manos sobre ellos, con más intensidad esta vez.

—Fred, yo...

—Hermione, yo no soy mi hermano. Somos dos personas completamente distintas.

—Ya lo sé —replicó ella, acariciándole la mejilla y deleitándose con el tacto de su pelo ondulado al resbalar entre sus dedos y con la nostalgia que reflejaban sus ojos—. Lo supe la primera vez que estuvimos juntos, aunque entonces pensaba que era un juego. Ahora sé que todo aquello ocurrió porque eres un hombre muy distinto y muy excitante. —Alzó su boca en busca de un beso. Fred le acarició los labios con dulzura—. Fred, quiero que me hagas el amor.

Con ojos ardientes, Fred deslizó las manos bajo sus piernas y la levantó en el aire. Mientras la llevaba en volandas al dormitorio, Hermione empezó a ponerse nerviosa.

—Fred, espero... —titubeó dubitativa.

—¿Qué ocurre, cielo?

—Espero no decepcionarte. Fred se detuvo en seco.

—¿Por qué dices eso? ¿Cómo puedes siquiera insinuar que podrías decepcionarme?

—No sé, yo también me estaba haciendo pasar por una extraña. En realidad no soy así.

Fred sonrió. —Me juego lo que quieras a que sí eres así. De hecho, apuesto a que ésa eres la auténtica tú cuando eliminas tus barreras.

—¿Y si no es así?

La besó con una delicadeza que poco a poco dio paso a una necesidad imperiosa. Ahondó en su boca y las lenguas de ambos se enroscaron rítmicamente.

Fred se apartó de ella, dejándola casi sin aliento, y dijo: —Nunca podrías decepcionarme. De hecho, ¿por qué no te quedas tumbada y dejas que sea yo quien se encargue de todo?


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