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Quimera
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Goten consultó nervioso su reloj una vez más. Tan sólo cinco minutos habían transcurrido desde la última vez que revisó.
Tan sólo cinco minutos restaban para la hora acordada. Y Trunks solía ser muy puntual.
Le había pedido que se reunieran en ese viejo café que habían descubierto por casualidad en sus pasados días de estudiantes. Era tranquilo y estaba apartado de las calles principales de la Capital del Oeste, lejos del rumor inclemente de los vehículos y del bullicio incesante de teléfonos con sus llamadas estridentes.
Este era un lindo lugar, con bonitas y pequeñas mesas en la calle, muy íntimo.
Se preguntó si después de este día volvería a ir alguna vez con Trunks. Si acaso él lo perdonaría.
Lo había llamado esa misma mañana con voz titubeante; no por miedo a asumir en voz alta lo que tenía que decirle, sino por esa inevitable sensación de rompimiento que se había instalado en el centro de su pecho.
¿Lo perdonaría Trunks alguna vez?
¿Cómo podía ser perdonado, si en realidad no se arrepentía de nada? No le daba ni un ápice de remordimiento la forma obscena en que se dejó morir la noche anterior en brazos de Mai, ni como la tomó con fuerza sobre el escritorio de madera del departamento de ella, entre el revoltijo de papeles y libros que volaron con violencia al suelo.
No tenía vergüenza de cada una de las arremetidas que lo llevaron más y más profundo dentro de Mai, cerca de su corazón. No se arrepentía de la sensación de las manos pequeñas de ella, jalando su pelo con fuerza, repitiendo su nombre una y otra y otra vez.
No volvería un solo paso atrás sobre las palabras tiernas que se dijeron, ni sobre la risa impúdica de Mai mientras, desnuda, se burlaba de su sonrojo de niño ante el toque más íntimo. No podía evitarlo con ella.
Era la quimera con la que tantas veces soñó desde que era un mocoso, la culminación de sus fantasías de adolescente y el deseo ardiente y frustrado de su vida como hombre. La amaba, la amaba con desesperación.
En un intento fútil y ridículo de engañarse a sí mismo se dijo que con una vez bastaría para satisfacer sus anhelos fantasiosos y ya; que no necesitaría más de esa piel sobre la suya ¡Que mentira tan tonta! Porque él sabía bien que una vez que la tocara, como realmente quería tocar a Mai, nunca más podría alejarse de ella. Y así habían pasado las últimas semanas.
Le bastaron sólo algunos momentos del primero de esos encuentros para darse cuenta de que había sido inevitable. Echó a andar hacia atrás la memoria y se vio a sí mismo buscándola siempre, buscándola toda la vida; con sutileza, con torpezas, con miradas furtivas y anhelantes en cada momento, pero en silencio.
Y solo al besarla sin miramientos, en ese mismo instante, se sintió encontrado. Allí supo, y se atrevió a creer, que Mai también lo había buscado toda la vida en ese silencio culpable que imponía sobre ambos el amor de Trunks.
Porque Trunks había amado a Mai, y Mai había intentado quererlo, pero sobre el corazón no hay imperio y no hubo un "nosotros" para ellos dos.
Pero sí para Goten. Sí para ese amor tan inmenso que estaba sintiendo hoy como el primer día que la vio.
Sin embargo, sí había una única cosa de la que arrepentía: de no haberlo confesado antes a Trunks. Tendría que haber sido más valiente y confesado hace años que estaba enamorado de Mai. Porque Trunks era brillante, apabullante y brillante, y se lo había preguntado no una, sino muchas veces. Y Goten siempre lo negó, temeroso de traicionarlo. Lo negó porque en cada pregunta podía ver ese resquicio de esperanza en Trunks, esa forma en que sus ojos azules e impenetrables se aferraban al recuerdo de Mai.
Pero ya no podía seguir mintiendo, porque Mai se le salía por la piel. Y seguir en silencio frente a Trunks ahora que ya había cruzado el umbral de lo irreal con ella, le parecía más atroz que guardar en secretos sus anhelos fantasiosos.
Se distrajo ante el sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa. Sonrió sin poder evitarlo a la pantalla.
Ya no había forma alguna de negarlo frente a Trunks. Era imposible, si con un simple "¿Vendrás hoy?" en la pantalla fría de un teléfono la euforia lo consumía.
Tardó medio segundo en responderle. Mai sonrió con la misma avidez en su corazón del otro lado de la pantalla.
Cuando Goten se giró en su silla para ubicar al mesero, vio a Trunks doblando en la esquina en su impecable traje de oficina, con una mano enfundada en el bolsillo y la otra sosteniendo el teléfono pegado a la oreja.
Los cinco minutos habían pasado volando. Trunks era muy puntual.
Goten sintió fuego atenazando su corazón. Era ahora o nunca.
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FIN
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Y con esto cierro estas tres mini historias de esta pareja. Creo que Goten y Mai fueron los últimos que me robaron el corazón con tanta fuerza. Si alguien llega a leer estas historias, no puedo más que dar las gracias por haberse detenido en este lugar y dedicarle unos minutos a estos dos.
Un abrazo inmenso,
Pau.
(PD: Annita y Pame, si por alguna de las casualidades del universo llegan a pasar por acá, sepan que las amo y las pienso siempre. Soy ingrata, ermitaña en mis comunicaciones y no las merezco para nada, pero están siempre en mi corazón en la lista de las personas más lindas que he conocido en esta vida.)
