Este fic participa en el reto «Tropos, tropos everywhere» del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. El tropo sorteado fue Bromance.

Advierto que el fic se trata de un AU en el que Blaise Zabini tiene… un secreto, por decirle así, que cambia el rumbo del personaje respecto al canon.

Y ese personaje pertenece a JK Rowling.

Beta: Milenrrama


Fugitivo


«Tendría derecho a matarlo y absolutamente nadie me lo recriminaría».

Se habría echado a reír ante tal pensamiento de no ser porque un viento invernal le está helando la cara. Da una patada al suelo; le está costando esfuerzo abrirse paso entre los montones de nieve que nadie se ha molestado en retirar del camino principal. El jardín mismo está ahogado por un blanco en el que destaca una única decoración: un abeto navideño que parece ofensivamente alegre para la situación que vive actualmente el mundo mágico.

Llama a la puerta y a los pocos segundos le abre él. Totalmente confiado, sin molestarse en preguntar antes de quién se trata. Debe ser el único adolescente de Gran Bretaña que no piensa en su seguridad.

—Lo saben —dice Theodore.

—¿Qué? —responde Blaise y mueve un poco la puerta; un gesto que revela que está dispuesto a dejarlo entrar. Ya que no va a hacerle preguntas íntimas ni a ponerle una varita ante los ojos, Theodore se anima a pasar.

—Es sobre tu padre. —Theodore se pasa la mano por la cara; ahora que se encuentra en una casa caliente, las mejillas antes congeladas han empezado a arderle.

—Mi padre… —empieza Blaise.

—Era un hijo de muggles.

Blaise retrocede un poco, hasta acabar apoyado en una mesita de recibidor que alguien, seguramente su madre, ha decorado con cientos de lucecitas mágicas que cambian de color rojo a verde.

Theodore siempre ha bromeado con la madre de Blaise y su mala suerte con los maridos, pero al esposo número tres seguramente lo mató de verdad. Luego se casó con el señor Zabini, que no sabía contar los meses, aunque su familia sí. Cuando Zabini se convirtió en marido fallecido número cuatro, llevaron el caso de la ilegitimidad de Blaise ante el Wizengamot para negarle la herencia.

—Algún mortífago aburrido se ha dedicado a desempolvar los viejos casos del Ministerio y ha encontrado todo lo referente al juicio —explica Theodore—. Así que lo saben. —Las lucecitas cambian del verde al rojo—. Mi padre estaba hecho un basilisco esta mañana, me ha pegado una bronca tremenda por ser tu amigo. Como si yo tuviera que saber quién es secretamente un sangre sucia…

—Sangre mestiza, no te pases.

—Vendrán a buscarte. —En el instante en que pronuncia esas palabras su corazón se acelera tanto como lo ha hecho horas antes, mientras su padre trasteaba por su despacho y despotricaba al viento.

«¿Y si te acusan de ser un traidor a la sangre qué hago, hijo? ¿Cómo te rescato de esta?».

Pero Theodore no se preocupa precisamente por sí mismo: piensa en Blaise. El arrogante de Blaise que le ameniza las tardes de aburrimiento intenso en la escuela; excepto cuando entra en bucle con sus comentarios despectivos contra los sangre sucia que rondan por Hogwarts, como si su cerebro hubiese entrado en repentina conexión con el de Draco Malfoy.

«Ahora entiendo muchas cosas». Las lucecitas navideñas vuelven al color verde.

—¿Y qué hago? —dice Blaise, enderezándose. Clava una mirada decidida en él, pero sus manos están temblando—. No van a dejarme volver a Hogwarts

—Será una suerte si llegas a Año Nuevo —contesta Theodore—. ¿Dónde está tu madre?

—De vacaciones con sus galeones, como cada año.

Lo dice con amargura, al tiempo que sus manos siguen mostrando lo asustado que está. Eso anima a Theodore a acercarse a él y pasarle el brazo por el hombro, hasta atraerlo hacia sí, consolándolo con esos gestos tan simples que tuvo que aprender lejos de su propio hogar.

—Pues deberías irte con ella. Yo te ayudaré —dice Theodore.

—¿Cómo?

Puede que Blaise suene sorprendido, pero él lo había decidido mucho antes de entrar en la casa. Por eso los bolsillos de su abrigo están encantados para contener en ellos todo lo que se necesita para ayudar a un fugitivo de la ley.

La ley mortífaga, en cualquier caso. La de su padre.

—Lo que oyes —dice Theodore, deshaciéndose de su abrazo para sacar los documentos—. Tengo un plan.

—¿Los has robado de tu casa? —pregunta Blaise, evidentemente preocupado.

—Los he duplicado. Mi padre tiene los originales, así que no sabe que los llevo conmigo. Vendedores de trasladores —dice Theodore, levantando los pergaminos—. Andan estafando a sangre sucia y traidores a la sangre desde que empezó todo esto; entregándoles transportes a otros países a un precio exorbitado. Creo que tu mejor opción sería seguir los pasos de tu madre y largarte del país.

—Yo soy inglés, no debería verme obligado a abandonar mi hogar. —Por un instante, Blaise parece olvidar que está metido en un enorme aprieto.

—No sé si te has dado cuenta, pero el Señor Oscuro va para largo. Sé que algún idiota en Hogwarts decía que Harry Potter iba a volver a la escuela para salvarlos a todos, pero a lo mejor ese chico ya se está pudriendo en algún rincón. Nadie le ha visto un pelo desde julio y mira que el suyo era bastante reconocible.

—A ver si voy a tener que preguntarte por qué te has fijado tanto en el cabello de Potter.

—Ahora te toca escucharme, no hablar. Vamos a pasar años metidos en este lío, así que lo mejor que puedes hacer es irte con tu bendita y absolutamente no asesina madre.

—Vale, sólo un pequeño detalle… —Blaise atrapa uno de los documentos al azar—. Si tú tienes este informe es que los mortífagos saben que se están vendiendo trasladores, ¿no es así?

—Lo es, pero nadie ha dicho que esos vendedores se queden con todo el dinero que consiguen.

—Ah… —A Blaise parece contrariarle esa falta de nobleza.

—¿Qué esperabas? Las prisiones del terror y los ataques indiscriminados no se financian solos. —Blaise separa un informe de los demás—. Este vende en Wiltshire.

—¿Dónde la Mansión Malfoy?

—No seas absurdo; es un pueblo cercano. Cuatrocientos galeones por un traslador a Francia.

—¡Nos ha jodido!

—Me vas a deber mucho dinero cuando esto acabe.

—Más bien se lo voy a deber a tu padre.

—¿Quién te ha dicho que sea pasta robada? —Él no caería tan bajo: en sus bolsillos solo lleva los ahorros de toda una vida.

—Sigo sin entender por qué me ayudas tanto —dice Blaise.

—Te he soportado siete años, tampoco es plan de dejar que te maten antes de llegar a mi récord de paciencia con una persona.

—¿Cuál es ese récord?

Él solo responde en su cabeza.

«Diez años».

Así que, tras recoger las pertenencias de Blaise, se aparecen en el pueblo que indican los documentos. Se trataba de una localidad muy pequeña, situada a los pies de una colina en la que hay un enorme dibujo de un caballo blanco.

La tienda del vendedor de trasladores está camuflada para parecer una relojería muggle. Theodore espera que les abra un tipo como los que suelen rondar por su casa: altos, rudos, enfundados en negro, nada de alma en la mirada; por eso se sobresalta un poco cuando lo que encuentra al otro lado de la puerta es una delicada anciana de aspecto hogareño.

—¿Qué deseáis? —pregunta la mujer, con un tono que recuerda a una abuela diciéndole a su nieto si quiere galletitas con leche.

—Venimos a por un traslador —responde Blaise; Theodore le da un suave codazo. «¿Qué sutileza es esta?».

—Adelante. —La anciana ni se inmuta.

Entran en una habitación que parece un taller, con un par de mesas sobre las que se distribuyen diferentes mecanismos y herramientas. Sobre ella hay una serie de relojes que dan una hora distinta, aunque Theodore se fija en que las manecillas de los minutos van al mismo ritmo. «Diferentes usos horarios», deduce, y supone que cada uno de ellos puede llevar a un país distinto.

—¿Qué demonios…?

Está tan preocupado observando los relojes que no se ha fijado en los chicos sentados en un rincón de la habitación, ocupando sillas como aquel que espera que llegue el tren. A uno de ellos lo reconoce inmediatamente: es Wood, ese maldito capitán de Gryffindor que tendía a quedarse con la victoria cuando Harry Potter no estaba alterando el curso de la competición con alguna locura de las suyas.

Wood no se altera al verlos: la chica que está a su lado sí.

—Vosotros. —Katie Bell los señala como si ambos tuvieran algo que ver en esa maldición que la dejó fuera de la escuela durante seis meses.

«Aunque a lo mejor escuchar a Malfoy mientras se jactaba de estar metido en líos oscuros y no avisar a nadie sí que fue contribuir un poco» piensa Theodore, al tiempo que Bell se endereza rápidamente. Por simple precaución, Theodore se pone la mano en el pantalón; Bell responde buscando su propio bolsillo. Ahora sabe de dónde pueden venir los hechizos.

—¿Qué es esto, una encerrona? —Oliver Wood es más precavido que acusador. Él lleva tiempo lejos de Hogwarts y no ha visto nada de lo ocurrido allí este año.

—Dos Slytherin que han venido a acabar el trabajo de los Carrow —dice Bell, que mantiene la mano en el bolsillo.

—¿Cuándo he trabajado yo para los Carrow? —le espeta Theodore. Él no tiene tiempo para los hermanos, ni para Snape, ni para el profesor que quiera perder el tiempo convirtiendo Hogwarts en un reino de terror. Sólo le preocupa su propio bienestar y el de algunas otras personas.

Entonces, cuando Bell levanta el dedo hacia Blaise, se acuerda que de este no se puede decir lo mismo.

—Mira que te dije que dejases a esos críos de tercero en paz —le dice Theodore por lo bajo.

—Era nuestra obligación mantener el orden —responde Blaise, a la defensiva.

—Pero si lo único que hacían era estropear las paredes…

No hay mucho tiempo más para hablar: Bell ha sacado la varita.

—Por favor, no quiero peleas en mi establecimiento —dice la anciana, tan afable como antes—. ¿Puedo recomendar que toméis el traslador que queráis y abandonéis mi casa sin mucho ruido?

En ese instante, un pequeño reloj de cucú dala hora. La chica se sobresalta, Wood se pone en pie de un salto y Theodore tiene que empujar a Blaise para que el rayo azul que sale disparado de la varita de Bell no le dé en plena cara.

El hechizo pasa rozando la oreja de Theodore y va a estrellarse contra un reloj de péndulo que se encuentra situado justo al lado de la puerta. Sus manecillas empiezan a dar vueltas como locas.

Theodore se fija en el contorno que hay dibujado alrededor del cristal que esconde el péndulo: es una serpiente de madera que en ese instante se retuerce como si estuviera cobrando vida.

—Por Merlín. Habéis activado mi sistema de defensa. —La vieja niega con la cabeza y se sienta en una silla—. Ahora os va a atacar.

La serpiente se retuerce con más fuerza al tiempo que se agranda, abandonando el marco para caer en el suelo. Su cuerpo sigue siendo de madera y, cuando abre la boca, sus dientes son afiladas astillas.

—Pues de puta madre —dice Blaise.

A Bell le da tiempo de apartarse antes de que la serpiente decida ir a por ella; la criatura hunde los dientes en una mesa y logra romperla por la mitad con un simple golpe de mandíbula.

Theodore mira la puerta, pero descubre que lo que quedaba del reloj de péndulo ha caído de costado y está bloqueándola. Cuando saca la varita e intenta apartarlo el mueble no se mueve ni un centímetro.

Coge la manga de Blaise, cierra los ojos y trata de aparecerse. Tampoco funciona: la casa debe contar con hechizos que lo impiden.

—Yo de vosotros probaría por ahí —dice la anciana, señalando el escaparate de cristal de la tienda.

—¡O podría decirle a la serpiente que parase! —le espeta Blaise. En ese instante el animal de madera está tratando de arrinconar a Wood contra una pared.

—No se detendrá hasta que haya expulsado a los intrusos de mi casa —responde la anciana.

—Toca un traslador —le dice Theodore a Blaise. Bell está echando un hechizo tras otro contra la serpiente, sin mucho éxito—. Tú vete del país.

—¿Y te dejo aquí con todo este marrón? —replica Blaise.

—No seas imbécil, estamos en este lío por tu…

En ese instante, la serpiente se gira y avanza contra ellos. Theodore se queda detenido, incapaz de reaccionar: su mente se concentra, de manera extraña, en los ojos de la criatura, que parecen dos pedazos de metal dorado similares a los del péndulo.

La serpiente clava los dientes en la pierna de Blaise. El crujido que se produce a continuación recuerda a un trozo de madera rompiéndose, aunque por el grito de su amigo resulta fácil adivinar que es el hueso lo que acaba de hacerse papilla.

—¡Joder! —grita Blaise. La mueca de dolor de su amigo se ve reflejada en los ojos dorados de ese engendro de madera. A unos centímetros de la cabeza hay una marca de chamusquina que probablemente ha producido un hechizo de Bell.

Cuando reacciona, Theodore lo hace sin pensar demasiado. Aprieta la varita como si fuera un cuchillo y hunde la punta en uno de los ojos de la serpiente.

Reducto.

El ojo explota; algunos fragmentos le alcanzan la mano y duele más que cualquier azotaina que le haya dado su padre.

La serpiente suelta a Blaise y retrocede. Se podría decir que está asustada, porque no intenta volver a atacarlos: se centra de nuevo en la pareja que forman Bell y Wood.

—¡Oliver! —exclama Bell.

Blaise está en el suelo. Intentando ignorar los latigazos de dolor que van de sus dedos a su brazo, Theodore lo coge por las axilas.

—¡Para, para! —gimotea él cuando Theodore lo estira.

—Ojalá pudiera dejarte aquí. —Pero no va a hacerlo.

Señala con la varita al escaparate. No calcula bien el hechizo y los cristales salen disparados en todas direcciones. Theodore consigue taparse la cara con la manga, aunque la vieja no tiene la misma suerte.

—Eso ha dolido —dice la mujer, al tiempo que se quita un fragmento de la pierna con una tranquilidad pasmosa.

Theodore se gira, intentando comprobar dónde están Bell, Wood y la criatura; pero entonces Blaise grita otra vez de dolor y decide que ya ha tenido suficiente de la tienda, la vieja y su serpiente. Con otro movimiento de varita aparta la mesa de exhibición del escaparate, dando vía libre para huir hacia la calle.

Una calle donde ya hay varios muggles curiosos. «El Ministerio se va enterar de esto», piensa.

Arrastra a Blaise por los restos del escaparate; los cristales se rompen bajo sus pies.

En cuanto llega a la acera piensa en el primer lugar que se le ocurre. En ese instante nota que alguien lo coge del codo, pero él sólo puede preocuparse por agarrar bien a Blaise mientras la aparición tira de ambos.

Cuando vuelve a caer, lo primero que ve es hierba blanca. Al alzar la cabeza, contempla el contorno del caballo que ha vislumbrado mejor bajo la colina.

La persona que lo tenía cogido del codo lo suelta. Se vuelve bruscamente y descubre que es la maldita de Bell. Se ha quedado tendida en el suelo y se sacude como si le estuviera dando un ataque.

—A lo mejor ha sufrido una despartición —dice Blaise, jadeando; pero la mano de Bell está extendida hacia Theodore y eso le permite ver que se le están marcando unas venas negras, mucho más gruesas de lo normal.

—¿Y Wood? —pregunta Blaise.

—Se habrá quedado en la casa.

—¿Qué hacemos?

—Nos largamos.

«Y la dejamos aquí». La piel de Bell se ha puesto del mismo color que la hierba blanca, lo que hace que el negro de las venas se destaque más. La forma que tiene de sacudirse le recuerda a los niños que vio en la escuela bajo las varitas de los Carrow. Estaban sufriendo tanto que apenas podían emitir los mismos sonidos guturales que ahora se le escapan a Bell.

Seguro que es lo mismo que su padre ha provocado sobre otras personas.

Se vuelve para mirar a Blaise. Tal vez su cara de asco no viene dada especialmente por los mismos recuerdos que tiene él, pero algo le dice que su amigo siente lo mismo: un desasosiego que le impide abandonar a la chica.

Theodore endereza como puede a Bell y coge la mano de Blaise.

«A lo mejor se nos muere por el camino».

Pero Bell no se muere. Theodore consigue hacer que los tres se aparezcan de nuevo, esta vez en un bosque.

Encuentran refugio bajo un conjunto de árboles que ofrecen, a sus pies, una especie de gruta en la que pueden esconderse. Theodore no se atreve a mirarse la mano; se niega a constatar que se ha quedado sin dedos, o sin palma, o lo que sea que el ojo de la serpiente pueda haberse llevado por delante.

No tiene nada que hacer excepto quedarse quieto, sintiendo las respiraciones aceleradas de Blaise y de esa chica herida por vaya Merlín a saber qué. Con la mano que tiene sana rebusca en los bolsillos, para saber si cuenta con algo que los ayude en esa situación, pero sólo encuentra oro. Sería posible sobornar a un sanador con eso, pero acercarse a San Mungo incluso para buscar a alguien dispuesto a aceptarlo puede ser un riesgo.

Sus ideas se desvanecen cuando mira la pierna de Blaise. Ha soportado dos apariciones; una tercera quizás sea demasiado. Su pantalón está cubierto de sangre y la carne que asoma entre la tela es roja y blanca; ese último es el color que más ganas de vomitar le provoca a Theodore, ya que le hace pensar en el hueso roto.

Con la varita, conjura tres mantas. Una la usa para atar la pierna de Blaise: es lo único que le parece remotamente útil para la hemorragia. La otra la pone encima de Bell y la última se la entrega a su amigo.

Permanecen un buen rato en una calma fingida, porque lo único que está tranquilo es el bosque que los rodea. A Theodore hace un buen rato que la mano ha dejado de dolerle, pero sabe que no es buena señal; tampoco que parte del brazo se le haya quedado rígido. Intentar moverlo le provoca una serie de agudas punzadas por toda la piel, como si alguien estuviera divirtiéndose clavándole agujas en la extremidad. La tercera vez que intenta cambiar de postura para acomodarse un poco mejor no puede evitar jadear.

—Deberías ir a San Mungo —dice Blaise. A Theodore no le gusta lo débil que suena su voz.

—¿Después de lo que hemos hecho en la tienda? Ya debemos tener a todo el Ministerio buscándonos. —Si es que al Ministerio le importa que se haya roto el Estatuto del Secreto.

—Sigo sin entender por qué te has metido en todo esto por mí…

—Por Merlín.

Su brazo vuelve a quejarse cuando Theodore busca impulsarse hacia Blaise. «No molestes», parece decirle su propio cuerpo, mientras consigue sentarse a su lado. Su amigo está tan derrotado que deja caer su cabeza contra su hombro, sin necesidad de que Theodore lo anime a hacerlo

—A ver, ¿tan complicado te parece creer que tienes alguien a tu lado dispuesto a preocuparse? —pregunta Theodore.

—Has estado en mi casa. —Blaise aprovecha para echarle la manta sobre los hombros, cubriéndolos a ambos—. Dime lo que viste.

—Las decoraciones de navidad más feas de la historia.

—Un hogar vacío.

Su propia casa no es un paraíso del amor y la comprensión, pero que Blaise pronuncie esas palabras le duele más que recordar lo que él mismo tiene.

—Un hogar vacío que nunca has aprovechado para montar fiestas —dice Theodore—. Tienes razón, me he equivocado ayudándote…

—Creo que lo haces por tu padre.

—¿Qué? —replica Theodore, aunque tiene una vaga idea de a lo que se refiere.

—Tú eres listo, siempre lo has sido. Demasiado para tragarte las mierdas que nos han enseñado desde niños. Creo que te has cansado y estás dando un golpe en la mesa de la mejor forma que se te ocurre.

Está empezando a anochecer y al frío ya habitual de diciembre se le está uniendo el de la noche. Theodore se da cuenta de que la mano que todavía siente le tiembla un poco y se aprieta más contra Blaise, buscando su calor.

—¿Cuántas personas crees que habrán llegado a esa conclusión? —pregunta Theodore, al tiempo que señala el cuerpo caído de Bell—. ¿Lo ha hecho ella?

—No.

—Porque nadie me ve en realidad. Sólo soy uno más de Slytherin; otro apellido. Y oye, a mí me funciona, los Carrow han pasado olímpicamente de mi cara todo el año. Deja que tu padre permanezca una temporadita en la cárcel, ríete de algún chiste que suelte Malfoy y ya estás camuflado por completo… excepto para ti. Tú me has visto siempre.

—¿Y?

—Y por eso estoy aquí, con el culo congelado y probablemente manco de por vida. Pero no te preocupes, Zabini, a ti también te veo. A los dos nos han funcionado los chistes sobre nacidos de muggles, aunque no tenía ni idea de que podían llegar a dolerte.

El silencio los envuelve. A Theodore le sirve para constatar que Bell sigue respirando y que Blaise está sorbiendo por la nariz más de lo que es normal. Quizás el frío hace que moquee o tal vez la humedad que siente caer en ese instante sobre su hombro provenga de él, pero Theodore no va a decir nada sobre lágrimas. Se limita a usar su mano sana para buscar sus dedos y, cuando los encuentra, le da le mejor apretón que puede, a pesar de lo congelado y cansado que se nota.

—Mi madre solía decir que cada dolor es como una piedrecita en el corazón —le cuenta Theodore—, y que hay que ir con mucho cuidado porque, a la larga, va a hacer que te pese más de lo que tu cuerpo puede soportar.

—Tu madre era una mujer dramática —responde Blaise, riéndose con un hipido—. ¿Le preguntaste si podías coger una de esas piedras y lanzársela a alguien a la cabeza?

—No, porque en algo tienes razón: hace tiempo que le habría dado a mi padre con ellas.

Una de las cosas que Theodore más aprecia de sí mismo, sin contar su hermosura, es su memoria. Recuerda cómo eran las cosas antes de que su madre muriese, esos siete años de tregua que su padre se dio a sí mismo. Al fallecer ella, volvió al pasado: se acabaron los juegos y los cuentos infantiles antes de irse a la cama. Ahora tocan charlas sobre la sangre pura y los libros escritos por magos genocidas de hace siglos.

Quién diría que una mentalidad así puede conducir a la cárcel.

—¿Quería dar un golpe en la mesa? Sí —admite Theodore—, pero no es por eso que estoy aquí.

Porque todo lo que recuerda habrían sido un montón de piedras en el corazón, pero por suerte que tenía un amigo como Blaise para ir soltándolas de una en una. Con él solo hay Quidditch, grajeas de todos los sabores, escapadas ilegales a los Terrenos y cervezas robadas de las Cocinas. Y si el resto de alumnos quiere amargarse todas esas experiencias porque hay nacidos de muggles corriendo por los pasillos de Hogwarts, allá ellos.

—Pues me alegro de no ser una simple forma de decir «que te jodan» a tu padre —dice Blaise—. Ahora, si puedes inclinarte un poco hacia la derecha y ser mejor cojín para mí, veré si puedo dormirme.

—Qué poca gracia tienes. —Pero lo hace y deja que él se duerma usándolo como si fuera una cama. Qué remedio, cuando ni siquiera sabe qué hacer para aliviarle un poco el dolor que debe estar sintiendo en la pierna. Le pasa los brazos por el pecho y lo abraza un poco más, en un intento de pensar que, por lo menos así, probablemente no se le morirá de frío mientras sigue pensando como salir de esta.

El cansancio vence todos los planes estupendos que puede crear; él también se duerme y, cuando despierta, Katie Bell lo está mirándolo intensamente.

Se endereza rápidamente y eso hace que la cabeza de Blaise resbale de su pecho y acabe dándose contra una rama; se despierta con un quejido.

—Tranquila, Bell. —Lo único que se le ocurre es levantar una mano: la otra ya la da por perdida—. No pretendíamos hacerte daño, ni ahora ni antes…

—Os creo. —Cuando alza la mano de la varita, Theodore comprueba que ya no hay venas negras—. Algo de vuestra conversación escuché anoche.

—¿Estabas despierta?

—Resulta difícil dormir cuando una maldición te tiene presa, ¿no? —La varita acaba dirigida a la pierna de Blaise. Katie murmura algo y un hilo plateado sale de la punta para enroscarse alrededor de su herida.

—Así que nunca te curaron del todo —dice Theodore.

—Ni lo harán. Por lo menos encontré cierta vocación en esos meses que pasé en San Mungo. —Katie extiende la mano—. Déjame verte.

Theodore ha hecho bien en no mirarse: tiene toda la piel de la mano inflada y enrojecida y varias heridas en los nudillos, aunque lo más preocupante son las puntas de los dedos, que han empezado a volverse púrpuras.

—Podré salvarla —dice Katie; Theodore comprueba que, una vez retirado el hilo plateado de la pierna de Blaise, la herida ha sido reemplazada por piel tierna y suave.

Su amigo la mueve con un suspiro e intenta ponerse de pie mientras Katie se ocupa de su mano. En ese momento, Theodore se fija en los ojos ligeramente húmedos de la chica.

«Si Wood no está bien, imagino que no se lo perdonará. Un poco cobarde para una Gryffindor, ¿no?». Aunque supone que no puede culparla, porque duda de hasta qué punto debe ser consciente de sí misma cuando la maldición la atrapa. «La hiciste buena, Malfoy».

Cuando acaba de sanarlo, Theodore puede mover los dedos, aunque le cuesta todavía más que a Blaise enderezarse. El sol sólo es una luz anaranjada en la distancia, que alarga las sombras de los árboles y no acaba de disipar el frío que parece haber calado hasta en sus huesos.

—Lo mejor que puedes hacer es buscar a otro vendedor de trasladores —le dice a Blaise, rescatando lo último que se le ocurrió antes de que el sueño lo venciera—. Tengo un par más anotados.

—¿Ibais a huir del país? —pregunta Katie, guardándose su varita.

—Él. Yo me quedo…

—Deberías venir conmigo.

A pesar de la escasa luz del sol, distingue los ojos enrojecidos de Blaise. Lo hacen pensar, de una forma absurda, en las lucecitas navideñas de su casa, cambiando de repente de color como si quisieran advertir de algo.

—No. Ya has visto que al Señor Osc… A Quién-No-Debe-Ser-Nombrado. —Se desprende de las palabras que pertenecen a su padre y que a Katie no le harían mucha gracia—, no le importa que se le escapen un mago o dos, pero mi padre me buscará aunque sólo sea por molestar. Si no estamos juntos, es mejor.

—¿Y qué vas a hacer, volver a casa?

—Lo que haga es cosa mía, pero tú puedes irte en compañía. Imagino que no estabas en esa tienda de trasladores por nada. —Theodore mira a Katie.

Ella alza la barbilla.

—Me quedaría a luchar, pero mi maldición se dispara por cualquier cosa. No quiero ser un estorbo.

«Y ahora se justifica como buena Gryffindor. Aunque…».

—Entonces Wood no iba a coger ese traslador. Te estaba ayudando.

Eso ya no lo responde: Theodore imagina que hay límites y su apellido sigue siendo una frontera. A lo mejor se fía de dos chicos que la han salvado, pero tampoco es cuestión de revelarle qué se mueve clandestinamente en el país.

—No importa —dice Theodore, al tiempo que rebusca en sus bolsillos, hasta sacar los galeones y los documentos—. Yo probaría el de Inverness. Tierras Altas, bosques espesos, escoceses de acento incomprensible: los mortífagos no deben ni asomarse.

—Theo… —empieza Blaise.

—Como me des la charla me desaparezco. Coge el dinero y vete.

Se quedan los dos quietos, mirándose como pueden en esa poca luz. Katie quiere coger el dinero, pero Theodore aparta la mano; es para Blaise.

No está preparado para el abrazo de oso que le da su amigo.

—Tampoco es plan de que me mates, el dinero ya es tuyo —dice Theodore, aunque también lo estrecha a él—. Ten cuidado con esa chica, a lo mejor está más resentida por su maldición de lo que parece. —Eso se lo susurra al oído.

—Y tú no acumules tanto en tu corazón. Volveremos a vernos.

Qué promesa más tonta. No hay nada que indique que el Señor Oscuro vaya a perder. Lo único que parece abrirse ante ellos es la separación.

Nota un picor en los ojos. No ha querido pensar en ese momento hasta ahora, pero cuando Blaise se separa de él, Theodore ya siente que le falta algo. Por un instante, se ahoga imaginando el futuro: comentarios que morirán en su cabeza sin que pueda compartirlos, tardes frente a sillas vacías, silencios que nunca va a romper una voz que desea escuchar.

La soledad de estar rodeado de aquellos que no te ven.

Blaise coge el dinero y se gira: Theodore comprende, como él, que no tiene mucho sentido alargar la despedida. Katie no coge la mano de Blaise, sino que le agarra la manga del abrigo, como si tuviera miedo a compartir más intimidad.

—Suerte —les dice Theodore.

—Suerte.

«La última palabra que me va a dirigir», piensa Theodore, cuando los dos se desvanecen.

Una piedrecita en su interior.

Se queda en el bosque. El sol empieza a alzarse entre los árboles y escucha el trinar de unos pájaros que, al igual que un solitario arbolito de navidad en un jardín, le parecen demasiado alegres para los tiempos en los que se encuentran.

Vuelve a rebuscar en su abrigo y saca más documentos. No se lo ha dicho a Blaise ni a Katie Bell, pero los mortífagos también espían las redes de ayuda que emplean a los vendedores de trasladores, esperando una presa por la que les valga la pena volar por los aires esa fuente de ingresos. No será un supuesto sangre pura caído en desgracia ni una chiquilla que tuvo la mala suerte de toparse con un collar maldito, pero algún día chicos como Wood intentarán exiliar a un aliado de Potter y entonces acabarán con sus huesos en Azkaban.

«¿Cuánto me daría gente como Wood por una información así? ¿Un puesto en la resistencia a pesar de tener un apellido de mortífago, tal vez?».

«Voy a aportar mi granito de arena para fastidiar a mi padre», le diría a Wood, si es que lo encuentra, o a quién sea que trabajaba con él.

Para sí mismo se guardará las verdaderas razones.

«Voy a lograr que mi mejor amigo regrese».


NA.

Este fic estuvo guardado mucho tiempo en mi ordenador como "el dichoso fic de los tropos" (por usar una palabra suave). La verdad es que no le tenía confianza, no sabía bien cómo transmitir el tropo y me estuve dando cabezazos en la pared con él durante unos días. Probablemente sin Milenrrama no hubiese visto la luz, así que gracias miles a él. ¿Se habría perdido la humanidad si no llego a superar mi bloqueo? Pues ya me lo diréis.

Sé que algunos a lo mejor también me dirés "es que mi headcanon de Zabini y Nott...", pero os vais a ganar una mirada de basilisco virtual XD Esta es una interpretación mía de los dos personajes que no tiene mucho en cuenta el fanon. Mi prioridad aquí era intentar plasmar lo que es un Bromance, una cosa complicada porque descubrí que varias personas podían tener ideas distintas sobre el tropo. Así que no me ha quedado más remedio que intentar mostrar lo que para mí es una amistad de verdad: entrega desinteresada, comprensión, ayuda y abrazar a la otra persona cuando lo necesita. Lo que debería ser también una relación amorosa, vamos, que todas esas cosas en FF a veces no se estilan entre parejas. Pero que no os engañen, las únicas relaciones que valen la pena son las que tienen de eso, ¿verdad?

(Respuesta: sí).

Un fic sin reviews sí que es una piedrecita en el corazón, pero de todas formas os agradezco haber leído esta cosa :)