Esta historia participa en el reto Tropos, tropos everywhere del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
Trope: Un trio que realmente es un trio
Tropo: Un triangulo amoroso que realmente es un triangulo
Nota: si tu comentario será solo limitarte a decir que "tres son multitud" ahórratelo, por favor y fingimos que lo dejaste.
Los observas desde el dintel. Te pierdes en la piel pálida expuesta y la tinta que la recorre. En el tiempo que ha estado con ustedes ya se ha hecho dos tatuajes más, dice que así guarda los momentos de su vida. A ti te parece ridículo, pero para él es una forma de recordar. Suspiras mientras ves su rostro de paz recargado sobre el pecho ajeno.
Su cabello alborotado está siendo acariciado. Mierda. Levantas un poco más la mirada y te encuentras un par de ojos de color esmeralda brillando bajo la luz tenue que entra por las cortinas mal cerradas. Te agarraron con las manos en la masa. Una sonrisa ligera y una ceja alzada. Es una pregunta silenciosa. No te juzga, pero en su rostro notas la duda. A veces tú también te preguntas si lo han estado haciendo bien, si funcionará. Suspiras.
Caminas lentamente a la cama deshaciéndote de la camisa en el camino. Al llegar al borde, reptas sobre el colchón y te quitas los zapatos sin desabrochar como el salvaje que eres. Bajo tu peso el colchón entre ambos se hunde y el que duerme abre los ojos somnoliento al sentir tu mano apoyarse en sus rodillas.
Hace un año no habrías sonreído. Hace dos no le habrías besado. Hace seis ni obligado le hubieses dicho «te quiero», hoy haces todo antes de posar tu mano sobre su rostro y pasar la yema de tus dedos sobre el párpado de su ojo ciego, ese que oculta al mundo bajo un parche que te da risa.
Notas como tiembla. Y sientes la mano del que te ha encontrado observándoles posarse sobre tu hombro. Lo miras, sin dejar de tocar la cara de Vaisey. Una expresión de genuina sorpresa tiñe el rostro del salvador del mundo mágico. Te encoges de hombros. «El necesita escucharlo, tú no. Yo menos», dices sintiéndote de repente violento, fuera de ti. Tu no eres el de las palabras, pero después de la discusión de esa mañana sabes que es necesario.
Esa mañana descubriste que no es que no sepas querer, si no que lo haces a tu manera. Pero, después de sentir cómo las lágrimas de Vaisey cayeron sobre ti, cálidas y saladas te replanteaste cómo funcionan las cosas en esa relación. Sus reclamos ante tus desplantes y el gemido amargo que escapó de sus labios después del «no me quieres» te persiguieron durante horas. No eres de palabras. Creíste que lo sabía. Creíste que demostrabas tu aprecio, ahora veías que no.
Vaisey necesitaba que se lo gritaras a la cara y no iba a servir solo recordar su café favorito, saber donde besarlo por las mañanas o llevarle vino cuando escribe canciones en la mesa de la cocina. Al parecer tampoco le parecía una muestra de amor escucharlo cantar a alaridos en el salón sin quejarte. Vaisey no era Harry. Y ahí estabas despertándolo de madrugada para decirle lo que quería escuchar.
Ignoraste a Harry. Para centrarte en el otro, el que llegó después. Ese que te causaba migrañas cuando no era capaz de cerrar la boca y aún parecía tener esperanza en la vida. El que llegó a ponerlos en movimiento con su aura de constante vitalidad, aún en sus días más grises. «Te quiero», repetiste. Dos palabras que ardían en tu pecho después de decirlas. Y lo besaste otra vez. Lo besaste como nunca lo habías hecho antes. Vaisey cantará después en una canción que ese ha sido el mejor beso de su vida porque no le supo a amor, ni a tragedia; fue gloria y aceptación.
Mientras lo besas escuchas la respiración de Harry, quien carraspea; sin darte cuenta te has movido para besar mejor a Vaisey y lo estás aplastando. Rompes el beso. Por un instante temes que Harry se sienta dolido, no podrías con ello; pero no pasa. Una caricia suya te tranquiliza, él entiende los silencios. Te quita de encima y como pueden se acomodan los tres sobre la cama. Uno a cada lado, sientes el calor de sus cuerpos sobre tu piel eternamente fría.
«¿Y para mi no hay "te quiero"? ¿Ya viste que no te mueres si lo dices en voz alta?», se burla Harry en tu oído riéndose antes de besarte la mejilla y recostarse contra ti como solo él sabe hacerlo. Ahogas una risa y tus hombros tiemblan. «No prometo decirlo seguido, pero los quiero. A mi manera», escupes pellizcándole la espalda para que deje de reírse de ti. El gesto solo le hace cosquillas y aumenta sus risas.
Sonríes al techo. No quieres verles las caras, prefieres imaginarlas. «Así te queremos, Theodore. Aunque estés pendejo», te dice Harry entre los últimos remanentes de su risa. Sientes sus dedos apartándote el flequillo y por fin lo miras, con un gesto señala al hombre que yace al otro lado de ti . Giras el rostro para encontrarte con un solo ojo brillando con intensidad.
«¿Por eso te comes los chocolates que no me gustan del paquete? ¿Por eso dejas notas con frases de libros complicadísimos que no entiendo entre mis canciones? ¿Por eso ahora siempre hay galletas de nuez en tu alacena? ¿Por eso...», pregunta y pregunta. Hay demasiados «¿Por eso...?» que quiere confirmar, que necesita confirmar. Porque aunque nunca te había arrancado las palabras del pecho te has pasado desde que Harry lo trajo de la mano a sus vidas haciendo cosas para él. Por él.
Esa noche mientras Vaisey pregunta y tú te limitas a decir que sí y enrojecer; Harry es feliz. Por fin los dos obtusos con los que comparte cama se han dado cuenta de que se quieren tanto como los quiere él a ambos, con sus maneras o falta de ellas. El amanecer los encuentra enredados entre las sábanas, con las sonrisas más amplias y las dudas más ligeras.
Sus manos entrelazadas y la tranquilidad que les ha traído esa noche harán que Vaisey por fin cante de amor, que Harry dude si ha sido buena idea y Theodore aprenda que dos palabras hacen la diferencia.
