Tu regreso en Abril.

Declaimer: Your lie in April no me pertenece sino a su respectivo autor.

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Otra vez, otra vez se encontraba en ese mes, en esa estación donde aprendió a amar, a salir a adelante y donde nuevamente perdió todo lo que más amo. Aunque la verdad, no sentía ningún sentimiento negativo cuando miraba las flores caer o pasaba cerca de las vías del tren.

Kaori se había llevado una parte de él, pero también hizo que una mejor surgiera. La rubia, esa a la cual una vez le dijo que era la personificación de la libertad lo hizo sentir libre, libre del dolor, libre del pasado, libre de cualquier sufrimiento y le entregó una vida nueva.

Antes de conocerla había perdido también el sentido de la vida, pero ahora todo era distinto. Se convirtió en un pianista de renombre a pesar de sus escasos diecinueve años, viajaba en repetidas ocasiones al extranjero a dar conciertos, incluso de vez en cuando tocaba con la orquesta nacional. Era maravilloso.

Continuó viviendo solo en la que siempre fue su casa, no quiso dejarla, es el único hogar que conoce y en el cual compartió con ella, aunque fuese unas horas de la noche. Qué nervioso estaba ese día, no sabía qué hacer al tener a la chica de sus sueños con ropa mojada y utilizando su propia ropa.

Recordaba que cuando puso el femenino uniforme de Kaori a secar no pudo evitar sentir el aroma dulce de ella, uno que también quedó impregnando en su propia camisa.

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Cuando volvió a ver a Subaki, ella se le confesó nuevamente, le pidió incluso una oportunidad para estar juntos, le prometió incluso que esperaría a que sus sentimientos cambiaran, le dijo que se esforzaría por convertirse en una mujer que él amara, pero no pudo.

Quería a su amiga de la infancia, le tenía un aprecio que no se acabaría nunca, pero no la amaba, no como amaba a Kaori y eso no sería justo para la castaña. Ella merecía algo mejor, merecía ser amada, alguien que pensara en ella día y noche, que fuese su razón de vivir, pero él no podría darle eso. Sabía que Kaori siempre estaría ahí.

Afortunadamente lo aceptó y las cosas volvieron a la normalidad más pronto de lo que pensó.

Decidió quedarse solo por tantas razones, muchas de ellas tenían relación con la rubia, pero había otras más personales. Se sentía pleno, satisfecho estando solo él, su música y los recuerdos de ella. No era una especie de masoquista ni mucho menos, pero cuando conoces a un ser como Kaori, que compite hasta con el más bello ángel, con la persona más pura, te das cuenta que no existe persona alguna que pueda si quiera hacerte sentir una milésima parte de lo que ella lo hizo sentir con simples palabras. No había nadie como ella, ni tampoco estaba interesado en encontrar a otra similar, sabía perfectamente que todas las personas son especiales en sí mismas, somos seres irrepetibles después de todo.

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Una vez más llegó de uno de sus viajes a Europa. Se había independizado de su padre a pesar de seguir viviendo en su casa, pero ahora él se hacía responsable de todo. Cada vez que salía, sin importar que nadie lo recibiera, había decidido hacer una rutina.

-Estoy en casa.

Eran las tres simples palabras que pronunciaba mientras acomodaba sus zapatos. Nunca obtenía respuesta, nunca.

-Bienvenido a casa.

Tres simples palabras lo recibieron y todo a su alrededor se congeló. Esa voz, esa voz él la conocía perfectamente porque la tenía grabada a fuego en su alma. Creyó que era otro de sus salvajes sueños donde volvía a verla, creyó que ya se había vuelto loco. No habló, solo se volteó y su corazón latió más fuerte que nunca recordándole que estaba vivo.

Frente a él estaba Kaori, la misma Kaori que se había ido hacía ya casi cinco años atrás. Vistiendo esta vez una camisa suya que ahora más bien lucía como un vestido en ella.

-Oye, oye, amigo A, no me digas que ya me olvidaste. – comentó con molestia y un poco de dolor reflejado en sus ojos.

¿Olvidarla? Su vida entera es una constante espera para poder verla nuevamente. Kousei simplemente se movió por inercia y la abrazó fuertemente. Necesitaba verificar si era real, si no había muerto él también. Gracias al cielo. Pudo tocar carne y hueso, pudo tocarla a ella, tan delgada como siempre, tan pequeña como la jovencita de catorce años que era en comparación a él de diecinueve.

-Jamás. Te dije que no te olvidaría ni aunque me muera- murmuró él en su oído con una voz aún más varonil que antes.

Aún envuelta en los brazos masculinos, ella se atrevió a hablar:

-Vaya, estás enorme Kousei. Eres todo un adulto ya- sus mejillas se sonrojaron y el peli azul pudo sentir un calor emanar de ella.

No entendía bien lo que sucedía, Kaori se sentía tan viva.

-Si. Crecí mucho. ¿Qué haces aquí Kaori?

-No lo sé. En donde estaba simplemente nos dijeron que era un día especial. Podíamos estar veinticuatro horas con nuestras personas especiales y…de un momento a otro aparecí aquí en tu casa.

Esa explicación sonaba algo irracional, pero qué importaba, todo en ella lo era aún estando viva. ¿Cómo no creer las palabras de la mujer que le mostró un milagro en el techo del hospital mientras simuló tocar un piano que él mismo vio? No importaba, ella estaba ahí con él nuevamente.

-Te he extrañado mucho Kaori.- le confesó separándose lentamente. Seguía sonrojada, pero no era para menos. Kousei se volvió un chico en demasía atractivo.

-Lo siento. En esa carta te dije tantas cosas…pero aquí – dijo tocando su pecho- sentí todas y cada una de tus respuestas.

-Te amo Kaori.

Soltó de pronto el mayor con una sonrisa tan tierna que sus piernas le temblaron. La sensación de estar viva al menos por ese lapso de tiempo la inundó. Todo su ser se estremeció y las lágrimas aparecieron en su rostro.

-Kousei…también te amo.

Ahí estaba de nuevo esa sonrisa angelical. Así ella desapareciera, el simple hecho de verla durante todas esas horas, le daba fuerzas suficientes para levantarse todos los demás días de su vida hasta que la volviera a ver nuevamente allá en el cielo.

-Entonces, si estarás aquí por un tiempo, preparé algo para cenar.

Kaori lo miraba impresionada, su espalda era ancha y estaba muchísimo más alto que ella. Cuando la abrazó su cabeza apenas tocó su pecho. Cuando despertó miró cautelosa la casa, al morir supo que quizá su gran amor empezaría una nueva vida al lado de la castaña, pero era extraño, la casa lucía más como la habitación de un chico.

Kousei notó la incomodidad de ella, así que, con una pequeña sonrisa y un nuevo abrazo, la sentó en el desayunador y le susurró:

-Descuida. La única dueña de esta casa eres tú. Nadie más.

No solo se refirió al edificio, sino también a sí mismo. Kaori se quedó en su corazón y en su ser como si de su propia casa se tratara.

Esta vez, ella correspondió un poco más tranquila. No había pesares ni remordimientos. Esa noche era para ellos dos nada más.

El joven preparó una comida deliciosa que, para su sorpresa, acompañó con canelés de postre. Luego de que ella falleciera, adquirió la manía de comerlos seguido de la tienda de sus padres. Decidieron comer en la recámara del chico, sería más cómodo.

Kousei se sentí en la cama y la atrajo hacia sí mismo sentándola en sus regazos. No sabía si era por su edad, pero ahora Kaori le parecía tan tierna, tan tímida, la chica brusca no estaba, solo el sonrojo.

-¿Tienes miedo de mí? – un atisbo de inseguridad lo invadió.

-N-No…es solo que…están tan grande que no puedo evitar pensar que estoy con un adulto.

-Soy un adulto ahora.

-E-Entonces…¿te gusta hacer cosas de adultos?

Una bombilla en él se encendió al notarla aún más sonrojada. No pudo evitar reír tiernamente. Sin duda alguna Kaori siempre sería un ser único.

-Si, me gusta. Pero me gustas más tú. Déjame adorarte de la forma en que te sientas más cómoda.

Él no estaba pensando en hacer con ella esas cosas de adultos, jamás. Apenas unas cuantas horas de su llegada, tras una ausencia de años, lo último que quería de ella era eso. El amor que sentía por Kaori era tan puro como ella, no se detenía en banalidades así, era eterno como ella. Él solo podría si Kaori se lo pedía pues jamás haría algo que ella no quisiera.

El temor se esfumó de inmediato. Podía confiar en su amado ciegamente. Decidió recostarse en su pecho y disfrutar del calor del cuerpo masculino.

-Por cierto, ¿cómo estás Subaki y Watari?

-Subaki está en la universidad. Ella está comprometida ahora. Y Watari…él bueno, se volvió un gran futbolista. Sale con muchas mujeres.

-¡Lo sabía! Prefiero una persona más devota – comento indignada.

-Me tienes a mí.

-Sí. – luego de un silencio en el cual ambos únicamente se dedicaron a amarse el uno al otro, la chica tomó la palabra- Oye Kousei…¿ya diste tu primer beso?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

-No.

-¿Te gustaría…que fuese conmigo?

-Es lo que más deseo en la vida.

Dicho esto se acercó lentamente a ella, la tomó suavemente del rostro y chocó sus labios con los de ella. Era un beso tímido, inexperto, pero cargado de tantas emociones. Todo a su alrededor se esfumó, el beso mágico los transportó a su lugar especial. El agua cálida los recibió, el aroma a primavera y flores de cerezo los envolvió.

Era de otro mundo, inexplicable, irracional, fuerte, puro, su amor era más fuerte que cualquier cosa que existiera porque no fueron dos personas, fueron dos almas que se enamoraron.

-Mi música, mi música ha sido siempre para ti sabes. Eres mi más grande musa- nuevamente halagaba a su diosa. Era eso, su amor, su diosa, su inspiración, lo más perfecto que pudo existir jamás.

-Toca para mí Kousei.

Acatando su solicitud, la llevó alzada hasta el piano. Una vez ahí la sentó sobre él mientras se acomodaba.

-Esta, la compuse después de que te fuiste.

Los largos dedos del muchacho acariciaban suavemente las teclas y la melodía que emitían era suave y armoniosa. Kaori se sintió muy feliz, Kousei amaba el piano nuevamente. Era una con él y eso solo significaba que se amaba a sí mismo también.

Se recostó aún sobre la tapa del instrumento y sus miradas se encontraron. Celeste y gris se transmitían todo lo que sentían y más. Celeste y gris se comían, se acariciaban, se tocaban, se besaban, se hacían uno solo.

Kousei detuvo su melodía para acariciar su sedoso cabello. Dios…cómo podía existir una mujer tan hermosa, era casi un sacrilegio para la humanidad haber creado tan bello ser y él se sentía tan dichoso.

-Kousei…-llamó ella sintiéndose adormecida por tan dulces caricias – tú, ¿eres mío?

-Si. – al notar la tristeza en los ojos de la rubia nuevamente comprendió el pesar que sentía- Soy tuyo porque libremente lo decido. No soy infeliz – continuó mientras acercaba nuevamente soy labios a los de ella- no eres una cadena para mí, eres mi luz, mi libertad. Estoy completo y por eso deseo ser tuyo por la eternidad. ¿Y tú Kaori?

-Por supuesto. He sido tuya desde la primera vez que te oí tocar. No vayas con prisa Kousei, allá en el cielo tenemos toda la eternidad para estar juntos. Disfruta esta vida tanto como pueda, hazlo por los dos, yo no me iré y te estaremos esperando.

-¿Estaremos?

-Sí. Ella y yo.

Los ojos celestes se agrandaron. No podía ser más bendecido. Su amada madre estaba con su ángel.

Esa noche se amaron en cuerpo, ambos descubrieron una forma nueva de conectarse a través de la carne. Exploraron el cuerpo del otro, se amaron como solo ellos podían. La pureza con la que sonreía agitada, la dulzura de sus mejillas sonrojadas, qué dichoso era. Jamás creyó que alguien como él mereciera esto. Su regalo del cielo, Kaori, la isma que volvió una noche de abril para convertirse en su esposa.

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Bueno, este ha sido mi primer fic de esta pareja. Es un tributo a ambos que espero les guste, algo así como mi regalo de día de muertos atrasado.

Amo esta serie y a estos chicos, me parecen lo más perfecto que se ha creado y su autor es simplemente un maestro. Hace años que la vi y así vea un fragmento hace que todo de mí se mueva, es un placer dedicarle mis lágrimas a tan bella obra y espero que esta historia los haga sentir, aunque sea un poquito de todo lo que nos transmite.

¡Besos y nos leemos!