Los primeros días fueron bastante confusos, porque Takeru no comprendía cómo leer libro tras libro, hora tras hora, iba a ayudarlo a luchar contra esos devoradores de los que Hikari hablaba. Por si fuera poco, no bastaba con una rápida lectura ignorante a las palabras que los volúmenes pudieran contener, pero para explicar todo aquello, el niño debía ir parte por parte.
Al principio Hikari le dio un libro, y le dijo que leyese todo lo que pudiera sin respirar, desde cierta página. Eso significaba que no podía tomar aire mientras estuviera leyendo. Takeru leyó una página entera y dos párrafos de la siguiente, descansó cinco minutos y volvió a comenzar. Así estuvo toda la mañana. Debía leer, leer y leer en voz alta y sin respirar. Al cabo de unos días, era capaz de leer dos páginas enteras sin tomar aliento. Cada vez leía más rápido, aunque la velocidad no bastaba si no se pronunciaban bien las palabras.
—Para, empieza otra vez —ordenaba la bibliotecaria si escuchaba que su alumno se trababa con la lengua, se atragantaba o, simplemente, no pronunciaba bien, por el motivo que fuese.
Aunque desconocía cómo estos ejercicios iban a ayudarlo a luchar contra los monstruos, él seguía realizando sus deberes y pronto sus minutos de descanso pasaron de cinco a uno. El único incentivo que le hacía seguir esforzándose era la sonrisa de la muchacha que percibía cuando ella creía que no la estaban observando. Una sonrisa de satisfacción. Porque sus sonrisas eran también la única pista que tenía de que estaba mejorando. Pese a todo, al cabo de un mes un nuevo ejercicio le pilló por sorpresa, dándole uno de los más desagradables sustos de su vida.
—¿Cuál fue el primer libro que leíste en esta biblioteca?
—Fue un cuento.
—¿Cómo se llamaba?
—No lo recuerdo.
Hikari suspiró, quizá mostrando su decepción.
Pero la cosa no terminó ahí, pues de un momento a otro, Takeru era interrumpido por preguntas como "¿Qué ponía en el cuarto párrafo de la página que estás leyendo?", "¿Cómo termino el libro de ayer?", o "Recita de nuevo todo lo que has leído sin ver el libro".
¿Cómo pretendía que hiciese memoria para todo eso, que se acordase incluso de cuantos puntos y comas tenía una hoja escrita? Esos ejercicios fueron los peores, porque no conocía la respuesta a ninguna de sus preguntas.
—¿Y tú sabes cuantos puntos tenía la página? —interrogó Takeru, a modo de contraataque. Era imposible que Hikari lo supiese.
—Veintiún puntos —respondió —de los cuales siete marcan el final de un párrafo, diez el final de una frase y once el final de una oración.
Y todo esto lo dijo con echar un solo vistazo al libro que estaba leyendo. Tan sorprendido dejó a Takeru, que este fue corriendo a contar los puntos que había en la hoja.
—No te distraigas y vuelve a empezar.
Varias semanas se sumaron a los extraños ejercicios que se le habían mandado hacer y, como resultado, sus esfuerzos fueron dando frutos poco a poco.
—¿Cuál fue el quinto libro que leíste ayer?
—Desventuras de la Araña de los Hilos de Oro.
—¿Y qué decía el último párrafo?
—Lo mismo que decía el primero —recitó—: "Aquella soleada mañana, los hilos se derretían como la miel. El mantenimiento de los hilos de oro se le encargaba a la araña, pero esta vez, no había araña sobre el resquicio de la ventana."
Acto seguido y sin darle tiempo a respirar, Hikari le tendió un libro. Sin necesidad de oír ninguna explicación, Takeru comenzó a leer y a leer todo lo que pudo hasta que se le acabó el aliento. En total había leído tres hojas seguidas sin parar.
—Muy bien —premió Hikari, ya a la hora del cierre, cuando los rayos de sol se iban desvaneciendo y el cielo se regocijaba en su arrebol—. Ya es hora de cerrar, ve a casa.
El abuelo de Takeru nunca preguntó nada sobre las excursiones del muchacho, que desaparecía por la mañana y no volvía hasta la noche, pero tan acostumbrado estaba a ver desaparecer a su nieto dentro del bosque, unos cuantos años atrás, que no se preocupaba mucho por sus salidas mientras estas estuvieran acompañadas de llegadas.
Sin embargo, Takeru sí que se preguntó dónde dormía Hikari por la noche. ¿Se quedaba a dormir en la biblioteca o tenía su propia casa? Ella a menudo mostraba una cara adormilada, aunque nunca le había dado muchas vueltas, pero ahora le daba más vueltas que nunca. ¿Qué ocurría con la biblioteca cuando él se iba a dormir? ¿Volvía a ocultarse como comúnmente lo había hecho hasta que Takeru la invocó? Solo había una manera de averiguarlo.
Cuando el abuelo se fue a dormir y sus ronquidos retumbaron por cada madera de la casa, Takeru se puso sus calcetines y se calzó las botas de montaña que su madre le había regalado por navidad. Intentando hacer el menor ruido posible, caminó poco a poco hasta la entrada, abrió con mucho cuidado la puerta de madera, que crujía a cada movimiento, y la cerró con la misma delicadeza hasta escuchar el "clack" de los puntos de cierre. Luego caminó despacio por el camino de piedra y grava hasta pisar la fresca hierba de la noche. Cuando el sonido de sus pisadas se vio amortiguadas, corrió hacia el bosque.
Sabía que era peligroso caminar por aquel lugar a oscuras y, aunque se había llevada la linterna de su mesita de noche, sintió el impulso de dar media vuelta y volver a casa, pero se contuvo. Pese a la poca luminosidad, recordaba bien el camino, resultado de haberlo recorrido varias veces durante aquellas semanas de verano. El bosque en sí no daba miedo, simplemente era silencioso, silencioso y observador. Takeru sintió un escalofrío solo de pensar que el bosque observaba todos sus movimientos, en silencio, como extrañado, o quizá algo molesto de que él estuviera allí aquella noche, como diciéndole "no puedes estar aquí ahora".
El zascandileo de unas pisadas llamó su atención y lo puso rígido como una piedra. ¿Y si era un lobo? Apuntó con la linterna hacia el lugar, con el corazón a mil, pero no vio nada, solo una mata de césped unos cuantos arbustos que le cortaban el camino. ¿Se había equivocado de lugar? Las pisadas volvieron a resonar cuando el foco de la linterna apuntó algo más lejos. Un rabo, el foco de luz había apuntado a un rabo de zorro que corría en dirección contraria. ¡Que susto! Realmente había creído que detrás d aquellos arbustos se encontraba un monstruo…
—Perdona, ¿puedes apagar esa linterna? Me está deslumbrando.
Takeru dio un brinco y, por pura inercia, presionó el botón de su linterna para apagarla junto a un "Lo siento". Y el bosque, como si hubiese soltado un suspiro de alivio tras tanta tensión, comenzó a iluminarse.
Entonces el grito desgarrador de mujer resonó por todo el bosque, un grito que encogió el corazón de Takeru y lo hizo latir más rápido. El traqueteo de unas pisadas se escuchó en la lejanía, acercándose a paso rápido. Un perro negro, monstruoso, de ojos rojos, saltó de entre los arbustos y con la misma velocidad volvió a perderse. Takeru soltó un chillido desgarrador, cayendo al suelo de culo y dejando caer su linterna. Él no debería estar allí. Debería estar durmiendo en la casa del abuelo. Se levantó entre temblores y echó a correr con la intención de salir del bosque, pero árboles y más árboles aparecían a su paso. Se había perdido. Primero gimoteó y, según se le iban acumulando las emociones, comenzó a llorar desconsoladamente.
—¡No hagas ruido! —murmuró la voz de antes.
¿Cómo podía ser que le estuviese hablando la misma voz? ¿Le había acompañado, o quizá Takeru no había hecho más que correr en círculos? ¿O quizá le hablaba el propio bosque?
—¿Qué haces aquí?
—Bi… —Takeru hipó—. Biblio…
—Ah, buscas la biblioteca.
De repente Takeru lo vio más claro. Para él, era la primera vez que se percataba de ese camino tan evidente, para otro, quizá, la respuesta era que alguien había hecho evidente ese camino. Caminó por aquella ruta entre temblores hasta que, a lo lejos, vio las luces encendidas del edificio. ¡Allí era! El niño comenzó a correr hacia el lugar que, según se iba acercando, parecía bullir de actividad.
El interior estaba iluminado, las puertas cerradas, pero la biblioteca abierta. Al entrar y comprobar el lugar, lo que vio le dejó sin hipo. En una de las sillas estaba sentado un zorro de tres colas y, aunque costase creerlo, estaba leyendo un libro posado sobre una mesa. Los ojos ambarinos de la criatura giraron levemente para escrutar al chiquillo que lo observaba y este apartó la mirada al instante. Al retroceder chocó contra algo.
—Perdón —dijo mientras se disculpaba ante… ¿Nadie? ¿Quién había allí?
El aire se onduló y pequeñas motas de color comenzaron a dibujar la silueta de aquel cuerpo que había provocado su choque. Un hombre verde, de orejas puntiagudas y enormes colmillos lo miraba extrañado. Takeru perdió el aliento. ¿Era un monstruo?
Se frotó bien los ojos, poco a poco, lo que para él parecía imperceptible, cobró lucidez y un montón de criaturas de aspectos extraños comenzaron a llenar la biblioteca. No, no era así. Aquellas criaturas ya estaban en la biblioteca desde antes de que él llegara, tan solo había comenzado a percibirlas ahora. Los libros volaban de un lado a otro, viajando desde su estantería hacia una mesa o desde una mesa hacia su estantería. El zorro de antes abrió la boca para bostezar, cerró el libro y este flotó hasta guardarse en su sitio.
—Estoy buscando "Las Leyes del Reino Perdido" —murmuró un hombre con cabeza de perro, sentado frente al zorro. Pronto pudo apreciarse cómo otro de los libros salía de su sitio y volaba hasta la mesa, abriendo sus tapas y moviendo sus hojas mientras escuchaba las peticiones de su lector—: Capítulo seis.
—Pero bueno —Desde su espalda se acercó un hombre bajito, lleno de arrugas, de largas y alargadas orejas, dos largos incisivos y una pequeña barba blanca de chivo—, mira a quien tenemos aquí.
¡Aquel hombre tenía aspecto de rata! Takeru había aprendido que los devoradores solían adoptar dos formas esenciales, la de la cucaracha y la de la rata.
—¡¿Eres un devorador?! —interrogó Takeru.
—Sh —silenciaron algunas criaturas.
—Pero bueno —contestó el hombre rata—, ¿qué modales son esos?
—Si eres un devorador no puedes estar en esta biblioteca —dijo Takeru con determinación.
—Vaya, vaya, pequeño pero matón —El hombre se mesó la barba—, pero cuidado, que yo sepa, eres tú el que está molestando. Tal vez deberías comerte tus palabras.
¿Comerse sus palabras? ¿Estaba intentando hacer algún juego de palabras relacionado con las… "palabras"? Ya vería con quien se enfrenta.
—No soy un simple niño, no deberías "juzgar a un libro por su portada" —contestó.
Ahí estaba, seguramente le habría cerrado la boca con aquella frase. Un juego de palabras solo podía ser contrarrestado con otro juego de palabras. El hombre soltó una carcajada.
—Me gusta tu respuesta, por ello te daré un consejo: "Aplícate el cuento".
—Sh —volvieron a susurrar las criaturas del lugar.
Unos rápidos pasos se acercaron al sitio donde Takru y el hombre rata estaban teniendo su discusión. La silueta de Hikari dobló la esquina.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunto Hikari.
—¡Hikari! —chilló Takeru—. ¡Este hombre rata se ha colado en la biblioteca!
Y otro "sh", esta vez, con la suma de la bibliotecaria y el hombre rata.
—Takeru, él es el director de la biblioteca —aclaró la joven—, se llama Gard.
Los ojos del muchacho se abrieron enormemente, como dos platos. El hombre rata, por su parte, soltó una carcajada y otro "¡Sh!" todavía más fuerte volvió a escucharse.
—Y dime, Hikari, ¿es este el Warden que me habías mencionado estar entrenando durante el día?
—Él es, sí —contestó—. Perdona Takeru, no tenía pensado que visitaras la biblioteca ha estas horas de la noche. Al menos, no mientras estuvieses en tu periodo de formación como Warden.
—No importa —contestó el niño—. No sabía que por la noche la biblioteca se llenaba de monstruos.
Muchos ojos se posaron sobre él.
—Takeru —corrigió Hikari—, son nuestros invitados, los lectores.
El muchacho se arreboló.
—¿Qué importa? —restó importancia Gard—. Mírale, si está claro que este muchacho está preparado para enfrentarse a lo que sea.
El niño asintió.
—¡Haré lo que sea para luchar contra los devoradores!
Un montón de miradas volvieron a apartarse de sus objeticos de lectura durante unos segundos para escrutar al pequeño.
—Y dime, Hikari, ¿este niño tiene ya en su poder un libro de hechizos propio?
—Todavía no, no quise darle ninguno hasta haber terminado su formación. Se suponía que en su primera visita a la biblioteca nocturna le daría el libro.
—Bueno, esos son buenas noticias —dijo el hombre con una sonrisa de oreja a oreja—, ya que esta es su primera visita.
—Ciertamente —contestó la mujer mientras, con aquella mirada entrecerrada, observaba con cierto recelo a su director. Aunque en otras circunstancias esto hubiese provocado un ambiente de desconfianza, a Takeru le resultó una escena de lo más divertida. La cara de la bibliotecaria hablaba por si sola: "Te conozco" decía.
—Perfecto, entonces acompáñame, jovencito, mientras dejamos que la bibliotecaria haga su trabajo.
Ya era la tercera vez que Takeru pisaba aquella sala oscura. La primera vez fue cuando quiso ocultarse de los trasgos y la segundo cuando Hikari le pidió que le mostrase el libro que le había ayudado a echarlos. Desde entonces, se le tenía prohibido entrar en aquella sala, ya que tenías libros de extrema importancia que, bajo ningún concepto, debían salir de allí. Por eso, se sintió especial cuando, oficialmente, el propio director le abrió las puertas del cuarto, que se iluminó en el acto en señal de cálida bienvenida.
—Antes que nada, ¿Hikari te ha comentado los tres factores a tener en cuenta antes de escoger un libro de hechizos?
—Sí —contestó Takeru—. Le oí mencionar una vez algo sobre la lealtad de un libro y pregunté que era eso. Me dijo que los libros de los hechiceros son como sus guardianes. Guardan toda la información que el mago les proporciona y no deja que otros la roben.
—Eso es correcto —aplaudió el viejo.
—Para ello —siguió Takeru, regocijándose en la sonrisa de satisfacción del hombre— cada libro cuenta con tres requisitos especiales: Velocidad, Ingenio y Lealtad.
—¿Y sabes qué representa cada requisito?
—Hikari me dijo que a los libros de hechiceros no les gusta que se escriba sobre sus hojas, que ya lo hacen ellos por su cuenta. La velocidad indica cuán rápido escribe un libro la información que le proporciona el mago.
—Exacto —premió Gard—. ¿Conoces el libro de referencia que representa la velocidad?
—¿Libro de referencia?
—Los tres libros de referencia son libros que pertenecieron a tres hechiceros legendarios. Ellos alcanzaron la cúspide de su requisito, por eso se los utiliza como ejemplo de lo que puede conseguir un libro cuando alcanza su máximo potencial —explicó el hombre rata—. El libro que referencia la velocidad perteneció a un mago llamado Edward Stake y su libro llevaba por título "Rugido de Relámpago". El libro escribía tan rápido que en muchas ocasiones terminaba las frases antes de que el propio Edward pudiese pronunciarlas.
—¿En serio? —A Takeru se le iluminaron los ojos solo de pensarlo.
—Eso cuenta la leyenda, al menos, pero prosigue. ¿De que trata el segundo requisito, el del ingenio?
—Ah, sí —recordó el niño—. A ver, los libros de los hechiceros contienen hechizos. Algunos los descubre el propio mago y los apunta, pero otros los crea el propio libro por cuenta propia. Estos son los llamados Hechizos de Ingenio y son únicos para cada mago. Eso significa que no pueden ser copiados a no ser que el mago de su autorización, los deje en legado o se fuerce su robo, ya que son hechizos creados para un mago en específico.
—Muy bien. Pues el libro de referencia del ingenio es el conocido "Peón en Blanco y Negro" que le pertenecía a un sacerdote llamado Gao Lao. Este libro es, a día de hoy, el que más conjuros de ingenio tiene en su repertorio. Gao Lao legó todos estos conjuros a los magos, pasando de generación en generación hasta llegar a la nuestra. Por eso no debe sorprenderte que los primeros conjuros que aprendas o te enseñen pertenezcan a este libro.
—¿Y qué conjuros son esos?
—Bueno… Hay uno que te permite iluminar hasta la noche más oscura, otro que permite crear pequeñas nubes de tormenta…
—¡¿Y hay uno para lanzar fuego?!
—¿Fuego? —el hombre soltó una risotada—. De esos hay muchos, ¿pero realmente crees que los Warden aprenden fuego, considerando que son los guardianes de la biblioteca?
—Oh.
—Los devoradores… Esos usas magia de fuego y agua —procedió Gard—. Son los dos elementos que más dañan al papel. Los Warden preferimos utilizar el viento y la tierra. El viento para comunicarnos y la tierra para protegernos. Sin embargo, eso no significa que no puedas aprender fuego. Claro está, con el debido cuidado. Y ahora dime, ¿cuál es el tercer requisito?
—La lealtad. Los hechizos de los magos más poderosos suelen ser "coliciados" —explicó.
—Querrás decir "codiciados", que viene de la codicia.
—¡Eso! ¡Son codiciados! Así que un libro protegerá mejor o peor sus secretos cuanto más alto sea el nivel de lealtad.
—Eso es. El tercer libro del que te hablaré es el referente de la lealtad, pertenecía a Dasha, una bestiaria, y se titulaba "El Mundo de los Secretos". Según se contaba, este libro tenía en su interior los conocimientos de todas las criaturas habidas y por haber. Como comprenderás, era muy "codiciado", por ello estaba cubierto de enredaderas, las cuales crecían desde el núcleo de su portada y se cerraban alrededor del libro para impedir que nadie lo abriese sin el consentimiento de su dueña. Si se intentaba forzar su apertura, a estas cepas les crecían espinas, con la cuales el libro repartía latigazos mortales a sus agresores.
—¡¿Mortales?!
—Sí, Takeru, mortales. El libro no podía ser abierto por absolutamente nadie. Claro, esto era un gran problema porque, con la muerte de su bruja, el libro permanecería cerrado eternamente. No obstante, cuenta una leyenda que la bruja original dejó un legado antes de su muerte. Al parecer, todos los que cumpliesen los requisitos que Dasha considerase correctos, podían abrir el libro y estudiar su interior —Gard, entonces, miró profundamente a Takeru mientras, deslizando un dedo por la estantería de la habitación, sacaba aquel libro verde cubierto de enredaderas y se lo mostraba al muchacho—. "El Mundo de los Secretos", Takeru, es el libro que abriste tú.
Capítulo 3: El Mundo de los Secretos.
