La Mitología Griega relata que Afrodita Diosa del deseo nació de una mezcla de sangre y semen del titán Cronos y espuma de mar después de que Zeus lo castrase y arrojase sus atributos, que fueron a caer en la costa. Llego al mundo ya adulta, desnuda e infinitamente apetecible.
Zeus, temeroso de que el irresistible atractivo de la Diosa ocasionase disputas en el Olimpo, la casó con el deforme y malhumorado Dios Herrero, Hefesto y juntos formaron una curiosa y desigual pareja. Sin embargo, Afrodita no mantuvo sus votos nupciales, ya que se aburría como esposa de Hefesto y cometió adulterio repetidamente y con varios hombres.
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Era mitológica
Una figura femenina inhumanamente hermosa se encontraba en la isla de Citerea, un lugar verdaderamente hermoso y pacífico situado en las proximidades de Chipre, que ni aun así podía rivalizar con la belleza natural e infinitamente más divina de la mujer. Era la perfección reencarnada en un solo ser.
Luminosos rayos de fina luz caían sobre la Diosa, definiendo aun más la completa redondez de sus exuberantes caderas, lo estrecho de su pequeña cintura y gran amplitud de sus pechos perfectamente proporcionados. Su blanca piel, sin ninguna marca en ella, brillaba ante la luz que la golpeaba y sus largos rizos tan dorados como el mismo sol eran agitados suavemente por el viento.
A su alrededor abundaba una rica vegetación verde que decoraba el lugar con coloridas flores y frondosos árboles de largas raíces. Afrodita estaba sentada sobre una roca contemplando como el inmenso mar golpeaba violentamente la orilla. Cerró las brillantes estrellas azules que conformaban los zafiros de sus ojos.
Y soltó un profundo suspiró que descargaba un poco de la gran molestia que la embargaba en aquellos momentos, a la par que abrazaba sus torneadas piernas contra su pecho. Miró distraídamente como algunas gaviotas tomaban vuelo para después surcar el inmenso azul del cielo el cual se mostraba claro y despejado, muy diferente al paisaje que había contemplado en la madrugada.
El viento agito la delgada tela de su vestido blanco haciendo que este se alzara por encima de su muslo dejando a la vista sus piernas completamente. Afrodita jugo con sus pies cubiertos con sandalias doradas mientras pensaba en el problema que la había traído a su lugar de origen en primer lugar.
Al inicio le había parecido genial tener toda la atención de los Dioses del Olimpo, la hacía sentir importante y querida pero después de un tiempo aquello se torno rutinario y aburrido, comenzó a molestarle que todo el mundo cuando la mirará viera solo una cara bonita o aun peor un objeto que podían usar una y otra vez.
Eso no le gustaba, todos los hombres querían estar con ella y la seguían a todas partes, solo porque deseaban acostarse con ella en el lecho, gozaría de aquellas atenciones si al menos se basarán en parte a su personalidad, que en verdad las personas desearán su compañía.
Porque la verdad nadie sabia quién era ella en verdad, ya que ni siquiera se molestaban en intentar entablar una conversación con ella, simplemente un par de halagos y coquetería para luego acostarse y repetir desde el principio. Por esa situación es que se había tomado un tiempo y se alejo de todos refugiándose en aquel lugar que tanta calma le traía.
Nunca le había gustado mucho estar sola, pero en este momento lo necesitaba, ser acosada las 24 horas por todos los Dioses era molesto. Suspiro y miro tristemente el horizonte, abrazando sus piernas con más fuerza. En ese momento un crujido a sus espaldas la hizo voltearse rápidamente.
Un hombre se había caído sobre unos arbustos detrás de ella, parpadeo algo confundida pues en esa isla no habían humanos por lo que podía recordar. Con curiosidad se levanto y camino hacia el hombre que ya se levantaba del suelo.
-¿Te encuentras bien?-Pregunto Afrodita apoyando sus manos sobre sus rodillas para estar más o menos a la altura en la que se encontraba el hombre. Este se sobresalto cuando le hablo, la miro con rotunda sorpresa antes de caer de espaldas de forma graciosa.
Afrodita lado la cabeza confundida, un hombre normal hubiera quedado embobado con su belleza casi hechizado más bien, no hubiera reaccionado de aquella forma tan sorprendida, en ese momento reparo en el inmenso poder y brillo que irradiaba el hombre, uno muy parecido al suyo propio.
Hay fue cuando abrió inmensamente los ojos al reconocerlo, él era un Dios, pero no se parecía a los demás Dioses que había visto antes, los cuales eran sumamente apuestos y atractivos a la vista. No, él no era sí, solo bastaba un vistazo para ver que este Dios carecía de belleza, en otras palabras era feo, bastante feo en su opinión.
Poseía una barba corta y un cabello despeinado, traía el pecho descubierto dejando a la vista todos los indicios de daños graves en su piel, causados con el tiempo por el sol y el exterior. Lo único que lo hacían ver débil era su postura, bastante encobada, y sus brazos que estaban algo deformes por unas grandes quemaduras.
Afrodita se quedó mirando sus brazos por mucho tiempo, al Dios no le paso desapercibido como lo miraba y repentinamente se sintió muy avergonzado, sabia que su aspecto no era agradable a la vista, después de todo tenía que vivir con ello todos los días de su vida.
Pero sentirse juzgado por la mirada de una Diosa tan Hermosa como era Afrodita, era un golpe muy duro a su autoestima. Estuvo a punto de salir corriendo para alejarse de aquella vergüenza que había pasado pero la dulce voz de Afrodita lo mantuvo en su lugar.
-¿Como obtuviste esas quemaduras?-Pregunto la Diosa de la belleza sintiendo mucha curiosidad como pena ante la gravedad de aquellas marcas. El Dios parpadeo confundido, tardando algunos segundos en responder.
-L-Las gané trabajando..con el hierro en la forja-Respondió con un tono de voz bajo. Afrodita frunció los labios y estirando una mano toco levemente un brazo, estremeciendo al Dios al sentir el suave toque de sus dedos.
-Deben de dolerte mucho-Menciono ella mirando preocupada las marcas, acariciando levemente una de las miles de quemaduras y cicatrices que tenía el Dios. Este trago duro antes de hablar.
-Esto...es la muestra de mi sufrimiento y amor por lo que hago...Las quemaduras son una representación de mi vida y mi experiencia en mi trabajo...No me da vergüenza mostrarlas, aunque... es algo rudo que no dejes de mirarlas-Dijo el Dios tímidamente pues no sabia cual sería su rección ante esto. Inmediatamente Afrodita alejo su mano como si quemara.
-¡Lo siento! ¡No fue mi intención!-Se disculpo la Diosa avergonzada.
-No..no importa...-Dijo el Dios restándole importancia -De todas formas...ya estoy acostumbrado-Murmuro bajando la mirada. Afrodita lo miro con cierta pena.
-Eres Hefetro ¿Verdad?-Dijo con tono amable, el Dios Herrero la miro.
-Es Hefesto en realidad-Corrigió el tímidamente.
-¡Si! Hefesto ¡Eso dije!-Dijo Afrodita sonriéndole. Hefesto se sonrojo y bajo la mirada -¿Y se puede saber que hacías por aquí? Porque por lo que se ningún Dios viene a este lugar-Pregunto. El Herrero se sonrojo violentamente, luego suspiro.
-Te...estaba siguiendo...llevo todo el día mirándote-Respondió Hefesto avergonzado. Afrodita abrió mucho los ojos, no sabía si sentirse espantada por aquel tipo de acoso o estar alagada por despertar tanta admiración en alguien como para motivarlo de aquella manera -Su-supongo que...no querrás verme..no te culpo. Ya me voy-Dijo para después levantarse con la intención de irse del lugar.
-¡Espera!-Grito Afrodita tomándolo del brazo, deteniendo su andar, cuando un sorprendido Hefesto se volvió hacia ella, la Diosa se sintió repentinamente intimidada, ahora parado podía verlo en toda su altura y era un hombre verdaderamente grande y musculoso.
-Ya...ya que me has estado viendo todo este tiempo ¿Porque no te quedas un poco más? Me gustaría tener a alguien con quién hablar-Dijo la Diosa. Hefesto la miro sorprendido como si no diera crédito a lo que escuchaban sus oídos, limitándose a asentir. Afrodita sonrío.
-¡Qué bien!-Celebro con una inocente sonrisa en el rostro, llevó a Hefesto hasta el lugar donde había estado sentada anteriormente. Allí, sentados, comenzaron a hablar de muchos temas. Afrodita contaba todo tipo de cosas desde los diferentes vestidos que poseía hasta la gran atención que levantaba a donde sea que fuera, mientras que Hefesto la escuchaba con mucha atención.
-Artemisa es una envidiosa...siempre quejándose de lo que hago o dejó de hacer, es muy molesta y cuando le dije que debía utilizar algo de maquillaje para resaltar su belleza ¡Y se enojo conmigo! Cuando lo único que quería hacer yo era ayudarla-Contó Afrodita mientras que el Dios escuchaba atentamente en silencio, la Diosa se llevo una mano a los labios -¡Oh, lo siento! Esta platica debe parecerte de lo más aburrida. Debes pensar que soy una superficial-Dijo algo apenada. Hefesto negó.
-Para nada. Eres sincera, aunque talvez solo deberías tratar de tener más tacto al decir las cosas-Dijo el Herrero.
-Si, puede que tengas razón-Concordó Afrodita y luego suspiro -Pese a todo no soy una Diosa relevante en el Olimpo, por lo menos tu eres importante. Todos los Dioses te necesitan para que hagas sus armas...¿Pero que hago yo? Andar como una tonta por el Olimpo siendo perseguida por los hombres-Dijo con molestia.
-Eso no es cierto. Tú eres muy importante-Estuvo en desacuerdo Hefesto. Afrodita enarco una ceja.
-¿En cerio?...¿En que?-Cuestiono mirándolo fijamente.
- Eres la Diosa de la sexualidad y la reproducción...lo que quiere decir que sin ti, la obra más grande hecha por nuestro padre no podría prosperar. Gracias a ti los humanos tienen un futuro, de lo contrario no podrían prosperar y se extinguirían. Sin humanos tanto Ares como Athena se quedarían sin titulo y no tendrían nada que hacer. En mi opinión eres una de las Diosas más importantes-Dijo Hefesto.
Afrodita se quedó impresionada, nunca había imaginado que alguien pensará así de ella, la consideraba importante, con un papel que desempeñar, no solo un cuerpo y una cara bonita. No sabía qué decir. Hefesto viendo que Afrodita se mantenía callada se preocupo. Talvez se había pasado en sus palabras, como a veces le ocurría: se dejaba llevar por sus opiniones y no decía las cosas de la mejor manera. Repasando mentalmente sus palabras, no encontró nada raro.
-¿He dicho algo malo?-Preguntó Hefesto para romper el silencio -Si fue así, discúlpame no quería ofenderte...-El Herrero no pudo terminar ya que un cálido beso de Afrodita en su mejilla lo callo. Cuando se separo lo miro directamente a lo ojos.
-Gracias-Dijo Afrodita sonriéndole sinceramente. Hefesto trago duro sintiendo sus mejillas arder -Te lo agradezco...eres muy diferente a los demás Dioses-Comento alegremente.
-Si, losé-Dijo Hefesto. Afrodita negó con la cabeza.
-A lo que me refiero es que pese al efecto que causo en ti, no me coqueteas ni te me lanzas encima, sino que te tomas la molestia de hablar conmigo y conocerme, eso me gusta de ti-Dijo la Diosa. La expresión avergonzada del Herrero le causo gracia -Soy la Diosa del deseo y la lujuria también, se reconocer esos sentimientos en las demás personas-Río levemente ante el bochorno del otro -Eres muy dulce Hefesto-Sonrió y el Herrero sonrío igual.
Desde aquel primer encuentro con el Dios Herrero, la vida de la Diosa se había desarrollado con perfecta tranquilidad. Por primera vez Afrodita consideraba que tenía un verdadero amigo y confidente con el cual relacionarse en el Olimpo sin que hubiera sexo de por medio y eso le gustaba, porque Hefesto estaba con ella porque le agradaba, disfrutaba su compañía.
Todos los días pasaban gran parte de su tiempo juntos siendo gratificante para ambos. Y rápidamente el amor había penetrado en el corazón del Dios de la Forja, que estaba cada vez más embelesado con la presencia de la Diosa del amor, pues ella lo aceptaba como era, no lo miraba con asco y repulsión como lo hacían los demás Dioses sino que lo veía directamente a los ojos y le dedicaba una sonrisa sincera.
Debido a la apariencia de Hefesto que este pasará tanto tiempo al lado de Afrodita no causaba revuelo entre los demás Dioses, aunque si hubiera sido otro ya habría despertado varios rumores y muchos estarían encolerizados de que alguien acaparará tanto la atención de una Diosa tan deseada como lo era Afrodita. Pero nadie se sentía amenazado por Hefesto.
Zeus veía con buenos ojos aquella relación cada vez más fuerte y estable, una verdadera amistad como pocas en el Olimpo. Lo que le había dado una excelente idea. Ya estaba cansado de que cientos de Dioses acudieran a el pidiendo la mano de Afrodita en matrimonio y aun más cansado de las peleas que se desataban a causa de ella.
Pero al ver al Dios Herrero convivir tan estrechamente todos los días al lado de Afrodita sin perturbar a ninguna otra divinidad ya tenía al esposo perfecto para la Diosa del Amor, un matrimonio que no causaría una guerra civil en el Olimpo, porque los demás Olímpicos no verían a Hefesto como un amenaza y por ende era la mejor opción para ser su esposo.
Ya tenía tomada su decisión y no creía que Afrodita se negará, porque al fin y al cabo Hefesto la trataba tan bien y ella se veía feliz con el, eso no podía negarse. Y mejor se apresuraba con anunciarles a todos sobre el compromiso antes de que se desatarán más problemas sobre quién la desposaría. Y exactamente como lo espero Afrodita no mostró resistencia alguna y mansamente acepto su compromiso con el Dios Herrero, el cual no podía estas más encantado de tener a la tan hermosa y deseada Diosa para él.
El ritual de matrimonio se llevó a cavo y no hubo ninguna revuelta ni guerra como hubiera temido Zeus en otras circunstancias, sino más bien risas y convivencias. Todos parecían estas disfrutando de la celebración, al parecer había tomado la decisión correcta al elegir a Hefesto y Hera por su pare lo había secundado en ella, feliz por su hijo.
A las dos horas de la fiesta, ya todos estaban extasiados, a tan punto que parecía que Dionisio estaba haciendo de las suyas. Pero Afrodita ya se había cansado de las insinuaciones de todos los Dioses que poco o nada le importaban ahora su condición de casada, así que le había pedido a su nuevo esposo retirarse sin más preámbulo, y él estuvo de acuerdo.
Ya en el palacio que sería el hogar que compartirían por el resto de la eternidad, Afrodita se permitió respirar profundamente alejada del todo el ajetreo que ahora reinaba el Monte Olimpo. Y mientras se acostaba en la suave cama repleta de pétalos de rosa, pudo sentir el ardiente deseo en la mirada de su esposo, sonrío ante lo tiernamente apenado que se veía.
-Hefy...ven...-Lo llamo de forma cariñosa desde la cama, alzando una mano hacía él. El Herrero tragó visiblemente nervioso pero obedeció de inmediato caminando hasta ella, tomando su mano. La rubia sonrío, mientras jalaba de él hasta tenderlo sombre la cama.
-Yo... bueno... antes no...-Decía Hefesto pero los labios de la Diosa sobre los suyos le impidieron decir nada. Sin dejar de besarlo, se colocó a horcajadas sobre él. Mientras que el Herrero sólo suspiraba y la abrazaba. Ni siquiera fue consciente del momento en que Afrodita comenzó a apartar sus ropas, hasta que sintió sus manos deslizarse delicadamente por sus brazos.
No opuso resistencia y estaba ahora sentado sobre la cama mientras que ella finalmente se deshizo de su vestido. En ese momento Hefesto fue plenamente consciente de su propia desnudez y la de su esposa. Se impresionó bastante, no solo por la irreal perfección del cuerpo de Afrodita sino que tampoco había antes había visto a una mujer desnuda, y aunque le avergonzaba, sus ojos no podían evitar recorrer la femenina figura de la Diosa.
Afrodita era hermosa, y aunque varias veces deseó que ella se interesara en él más allá de una relación de amistad, la situación era totalmente sorprendente para el Herrero, quien no se imaginó estar en esas circunstancias con ella. Afrodita se colocó junto a él, conteniendo una pequeña carcajada cuando observó que se cubría el pecho con sus manos.
-¿No crees que exageras?-Lo besó suavemente -Actúas tan nervioso...que me das ternura querido-Dijo causando un fuerte sonrojo en el Dios, para entonces darle otro beso, mientras sus manos tomaban las de él para apartarlas.
Una vez que su todo su torso quedo a la vista, la sonrisa de Afrodita desapareció dando paso a una mirada de profunda tristeza. Hefesto cerro los ojos fuertemente mientras la Diosa trazaba con la yema de sus dedos las líneas de piel cicatrizada que cruzaban por su anatomía, emitiendo un profundo suspiro cuando los rojos labios de ella presionaron contra el tejido lastimado, besando y acariciando todas ellas, como si de alguna manera eso compensará el dolor por el que había pasado.
Y si ella lo besaba así con cada herida que se hiciera, Hefesto sabía que no tendría nada de que preocuparse en un futuro. La boca de Afrodita comenzó un camino en descenso. En ese momento lo único que le importaba al Herrero era sentir los besos y las caricias de su esposa. Entonces comenzó a subir, pasando por su cuello hasta llegar a la boca de Hefesto, dándole besos profundos y pasionales.
-Estás muy tenso…-Dijo en susurro.
-¡Oh, Afrodita!...-Gimió él cuando las manos de su esposa le propinaron suaves caricias a lo largo del pecho.
-Relájate-Susurró en su oído.
-Afrodita… es sólo que… yo… no…-Pero sus palabras fueron cortadas cuando una de las suaves manos de la Diosa intentó tocar su intimidad, entonces sus piernas se cruzaron de modo defensivo. Afrodita le dirigió una sonrisa graciosa.
-¡Deja de sorprenderte!-Comenzó a reír -Estás demasiado nervioso. Ni que fueras…-Corto sus palabras.
Sus ojos azules se abrieron con sorpresa, ahora comprendía el nerviosismo. Si bien era más que obvio que cientos de hombres habían pasado por el lecho de Afrodita, todos eran hombres con cierta experiencia sexual, así que en realidad, Hefesto era el primer hombre virgen que Afrodita tenía el placer de poseer.
-Está bien… todo estará bien-Dijo en susurro tranquilizador plantándole otro beso.
Las temblorosas manos de Hefesto se aferraban a sus caderas mientras correspondía el beso. En medio del besó apasionado Afrodita lo recostó sobre la cama, colocándose sobre é se acomodo, subiéndose a las piernas de su esposo, mientras lo miraba, tomo el pene con su mano, y lo coloco en la entrada de su vagina, Hefesto estaba nervioso y ella intento tranquilizarlo dedicándole una suave sonrisa.
-Solo relájate… Y deja que tome la iniciativa-Le dijo a lo que el Herrero asintió. La Diosa finalmente se dejo deslizar, mientras introducía la virilidad de su esposo en su interior.
El Dios ahogo varios gemidos, al sentir como su pene era apretado por la vagina de la Diosa, y una vez Afrodita introdujo todo el pene del Herrero en su interior, empezó a moverse, tomando las manos de su esposo las entrelazo con las suyas. El Herrero disfruto del cuerpo y la intimidad con su esposa, luchando contra sí mismo para controlar su frenesí en ese momento, estaba bastante excitado, dedicándose a besar sus pechos y su cuello.
-Te amo Afrodita...-Gimió Hefesto mientras sus manos exploraban la anatomía de ella.
-Y-Yo también te amo...-Dijo Afrodita sumida en medio de la sensación, sin prestar verdadera atención a lo que decía. Esto hizo que Hefesto empezara a moverse con una fuerza mucho mayor, desequilibrando el vaivén de movimientos, y ahora él marcaba el ritmo. Besándola en la boca.
Ella gemía y se aferraba a su esposo como si la vida se le fuera en ello y arqueó la espalda debido al orgasmo que se le manifestaba. El Herrero después de un par de movimientos terminó eyaculando con una gran fuerza e intensidad y Afrodita se estremeció por completo, al sentir como su vagina se inundaba llena del semen de su esposo.
Ella se quedo quieta, totalmente exhausta, encima del musculoso pecho del Herrero, sus piernas aun temblaban, la sensación había sido excesivamente placentera. Hefesto la envolvió en sus brazos depositando un suave beso en su cabeza, la Diosa sonrío sintiendo una sensación cálida en su corazón. No era para nada común que después del sexo su amante la abrazara contra si con tanto amor.
Normalmente el hombre se levantaba y se iva prometiendo volver después, pero este no era el caso. Hefesto continuaba propinándole suaves caricias inocentes, sin la intención de repetir lo ocurrido hace unos momentos, simplemente lo hacía para demostrarle cariño, no pasión, no lujuria, puro cariño y ¿Porque no? También amor.
Sus fuertes brazos la estrechaban contra si con tanto cuidado, mientras que sus ásperas manos la acariciaban con la misma delicadeza que emplearías para tocar los pétalos de una flor, admirando su suavidad y calor. Sonrío pasando su pequeña mano por el fornido pecho, plantándole un beso, haciéndolo estremecerse. Emitió una suave risa.
Quizás tenerlo como esposo sería más divertido de lo que pensó. Ambos se entregaron a los brazos de Morfeo cayendo en un profundo sueño, sumidos en un cálido abrazo. Y así siguieron pasando los días y las noches...juntos...envueltos en el calor del otro y Afrodita si era sincera consigo misma comenzó a desarrollar una mayor cantidad de sentimiento hacía Hefesto, lo que había comenzado con pena, se volvió lástima, luego aprecio, este cambio a afecto, de afecto a cariño y de cariño al amor.
Y pasar las noches en los fuertes brazos de su Herrero era maravilloso, disfrutaba tanto pasar su tiempo junto a él. Y su presencia y mimos siempre eran lo que necesitaba luego de haber pasado otra interminable reunión aburrida con los demás Dioses, para lo que según ellos ''Resolver los problemas que nos afligen a todos''
Bufó, aquellos temas no podrían preocuparle menos, era casi imposible creer lo mucho que se aburría con esas reuniones obligatorias, porque claro Zeus nunca aceptaba una negativa cuando los mandaba a llamar, lo único que evitaba que callera dormida a mitad de una reunión era la cálida mano de Hefesto sosteniendo la suya, lo que la hacia por lo menos intentar prestar atención.
Era feliz pero lamentablemente para los recién casados, la Diosa de la lujuria, el deseo y la sexualidad no era capaz de soportar el estilo de vida que tenía su nuevo esposo. Hefesto era un Dios permanentemente trabajando en su fragua, por lo que no tenía tanto tiempo como quisiera para dedicarle a su amada esposa.
Estaba tan feliz de tenerla y se sentía tan mal por descuidarla. Por eso decidió compensarlo de la única forma que se le ocurrió, siempre le traía de la forja riquísimas y exquisitas joyas de todos los colores, tamaños y diseños posibles, incluyendo un cinturón que duplicaba el efecto que tenía sobre los hombres. Esto era casi como una burla hacía los demás Dioses.
Pero Afrodita siempre requirió de constante adoración y atención, por lo que no pudo rechazar el afecto mostrado por otros hombres y cometió adulterio, el cual siempre procuró mantener en secreto, no exactamente porque le avergonzara ese hecho, porque todos en el Olimpo eran infieles, sino porque no quería herir a su tan amoroso y buen esposo, que la amaba con locura.
No pudo resistirse a los avances del apuesto Ares, y no dudó en entregarse a él como su amante. La pareja contaba con la ayuda de Alectrión, uno de los efebos de Ares, para que vigilase y nadie los descubriese. Pero un día Alectrión se quedó dormido, y cuando Apolo pasó con el Carro Solar para efectuar el amanecer, los pilló juntos en el lecho, y no dudó en contarle a Hefesto todo lo que había visto.
Éste, furioso y sumamente dolido por la traición, forjó una red de oro tan fino que resultaba invisible incluso a ojos de los Dioses, y la depositó en el lecho de Ares. Esa noche, cuando la pareja volvió a encontrarse, la red se cerró sobre ellos, dejándolos atrapados. Entonces, Hefesto hizo acto de presencia y llamó a todos los Dioses para que se burlarán de ellos. Fueron varios los que comentaron que no les importaría estar atrapados en la red con tal de estar junto a la bella de Afrodita.
Ésta suplicó perdón a su marido con lágrimas en los ojos profundamente humillada y apenada por sus actos. Al ver la gran pena en las gemas azules de su mirada el corazón de Hefesto se contrajo y el arrepentimiento lo golpeo fuertemente, después de todo, no había querido herir a su esposa, pero si admitía que deseaba venganza, pues se había entregado en cuerpo y alma a su matrimonio y ella le había pagado llevando a otros hombres a su lecho, cuando Afrodita había sido y seguiría siendo la única para él.
Entonces su mirada se poso en Ares, el ceño del Herrero se frunció visiblemente llegando a la conclusión de que el culpable real de aquella situación no era otro sino el Dios de la Guerra, pues era muy conocido que no había mujer que se resistiera a sus encantos y Afrodita no era la excepción, además que este le podía proveer un cuerpo viril y perfecto, todo de lo que carecía el suyo, sin contar el hecho de que había descuidado a su esposa con su trabajo en la forja.
Bajo la cabeza, reconociendo ese hecho, él también había tenido parte de la culpa, no podía esperar que una Diosa tan activa y vivaz como lo era Afrodita se conformará con una vida esperándolo siempre sola en su palacio. Así que cuando su esposa lo miro directamente a los ojos y rogó perdón nuevamente se lo concedió sin más preámbulos.
Aunque pretendía llegar a las manos con Ares, no fue necesario porque, humillado de que alguien como él lo hubiese puesto en evidencia ante los demás Dioses, se exilió en su tierra natal, Tracia. Las demás Deidades abandonaron los aposentos una vez Afrodita fue liberada de la red por Hefesto junto a Ares, dándole la suficiente privacidad al matrimonio para resolver sus problemas.
-Hefy...Hefy...¡Lo siento tanto!-Lloró Afrodita. La Diosa se puso de rodillas frente a su esposo, lágrimas plagadas de culpabilidad recorrieron sus mejillas rosadas. El semblante del Herrero se contorsiono en una profunda mueca de tristeza, mientras se agachaba para sujetar suavemente a su esposa de sus delgados brazos, poniéndola de pie.
- Afrodita..no...no hagas eso...-Pidió el Herrero en voz baja, casi amenazando con romperse. La Diosa lo abrazo desconsolada y Hefesto rompió en llanto mientras se aferraba a ella -¡Amor mío, perdóname por mis actos! ¡Nunca debí haberte humillado frente a los demás Dioses!..pero es que...¡Estaba tan molesto!..¡Me sentí traicionado!-Confeso. La rubia se aparto de él, acunando su rostro entre sus manos.
-¡Y tienes todo el derecho de sentirte así!...Has sido un esposo devoto y cariñoso y yo te dí la espalda...Lo siento...lo siento...lo siento...-Murmuro Afrodita una y otra vez mientras repartía besos a lo largo del rostro de su marido.
-También a sido mi culpa...-Reconoció con los ojos cerrados, disfrutando de la suave caricia de sus labios -Te descuide y lo lamento...tienes derecho a entretenerte...no deseo que seas infeliz a mi lado-Murmuro. Afrodita paro sus besos, observándolo con asombro.
-Hefesto...¿Estas diciendo que...?-No se atrevió a terminar la pregunta. El Dios sonrío tristemente.
-Si-Asintió -Puedes estar con otros hombres...y yo...no me interpondré...siempre y cuando de vez en cuando pases algo de tiempo con tu feo y cojo esposo-Dijo forzando una sonrisa. Afrodita derramo más lágrimas abrazándose a él.
-No digas eso...yo te quiero Hefy...-Susurro la Diosa mientras su marido la abrazaba con fuerza -Deseo estar contigo...lo de Ares no significa nada, es solo sexo y ya...pero contigo me siento amada, apreciada...siento que en verdad valgo algo más que un simple rostro bonito...siento que puedo ser yo misma...y aunque pueda yacer con otros hombres, tu eres al único al que amo...el único que me importa y el único con el que hago el amor...-Le aseguro. Hefesto sonrío, le acarició la mejilla y la besó en la frente.
-Eres hermosa, siempre lo he pensado-Dijo el Herrero a lo que Afrodita sonrío pero el Dios continuo -Se que piensas que lo digo por tu belleza, y si...eres preciosa, pero yo me refiero a todo lo bello que llevas dentro...hablo de tu verdadera belleza-Murmuro colocando una mano en el pecho de la Diosa, encima de su corazón, ella lo miro con sorpresa -La que llevas en el interior, con tus miedos y en tus bellos sentimientos...eso me enamoro de ti, tu esencia...la cual me cautivo...porque cuando eres como yo aprendes a ver la belleza oculta-Le dijo.
-Hefy...-Murmuro Afrodita conmovida para después besar los labios de su marido -Quiero que tengamos un hijo...-Dijo contra sus labios. Los ojos de Hefesto se abrieron con sorpresa mientras un sonrojo adornaba sus mejillas.
La Diosa sonrío con ternura volviendo a unir sus labios. Las hábiles manos del Herrero se aferraron a la pequeña cintura de su esposa con fuerza, pero siempre con delicadeza, atrayéndola hacía su cuerpo. La Diosa poniéndose de puntillas rodeo su cuello, profundizando el beso, un beso que reflejaba todo el amor que había entre ellos, transmitiéndoles a ambos ese divino sentimiento.
Afrodita tuvo una descendencia bastante numerosa, a pesar de que la mayoría fue concebida fuera del matrimonio. Pero de todos sus hijos e hijas, se destaca Eros ''El Dios del Amor'' cuya paternidad se le atribuye a Hefesto, como símbolo del amor romántico puro que este le profesa a la Diosa del Deseo. Siendo este el único hijo de ambos, pero los demás Dioses dudaban del hecho de que fuera Hefesto el padre de Eros, creyendo que en realidad era hijo de Ares con Afrodita.
Pero esto al matrimonio no le importo, lo importante era que ellos conocían la verdad y esta era que Eros no solo era el Dios del Amor sino que también representaba el amor que sentían sus padres entre ellos, siendo él mismo el fruto de dicho afecto.
Afrodita se encontraba en el lujoso jardín que poseía su brillante templo, solo una simple y delgada tela cubría su perfecto cuerpo, brillantes joyas adornaban sus muñecas y sus sandalias eran de oro, siempre vistiendo lo mejor. Una sonrisa adornaba sus labios mientras sus finos dedos acariciaban las rojas hebras del corto cabello carmesí de la cabeza apoyada en su regazo. Esa persona dejaba que la Diosa le propinara suaves caricias, relajándolo.
-Mamá...-Llamo Eros captando la atención de su madre que detuvo sus caricias.
El joven Dios poseía una delicada belleza que contrastaba con la de su madre, sus cabellos eran tan rojos como las brasas del averno, su piel morena y perfecta, acompañada de finas facciones y una melodiosa voz. Vestía con un tradicional traje Griego que dejaba al descubierto gran parte de su pecho, y tanto su cuello como sus muñecas estaban cubiertos por joyas y gemas preciosas.
-¿Qué sucede?-Pregunto Afrodita maternalmente.
-¿Cuando llegará Papá?-Cuestiono curioso.
-Se un poco más paciente, tu padre es un Dios muy ocupado-Dijo su madre acariciando nuevamente sus cabellos. Eros suspiro profundamente.
-Si losé...solo es que...lo extraño...no me parece justo que pase tanto tiempo lejos de nosotros-Se quejo de forma infantil. Afrodita río ante esto.
-Te entiendo, yo también creó lo mismo. Pero su trabajo en la forja es muy importante-Dijo la Diosa en tono conciliador. Eros hizo una mueca inconforme, pero el sonido de unos pasos acercándose capto su atención, rápidamente su mueca fue sustituida por una sonrisa.
-¡Papá!-Grito cuando lo avistó en la lejanía. Se levanto del regazo de su madre y fue hasta su padre para saludarlo alegremente.
-Eros-Pronunció Hefesto abrazando cariñosamente a su hijo -Cada día estas más grande muchacho, ya eres un auténtico Dios-Dijo con una sonrisa, haciendo que el niño se sonrojara con un poco de vergüenza, pero sin quitar la sonrisa de sus labios.
Afrodita sonrío al ver a su marido junto a su hijo, los Dioses podían decir que no había similitud alguna entre ellos y que Eros era el vivo retrato de Ares pero cuando se les veía con atención era más que obvio lo mucho que ambos se parecían.
Poseían el mismo brillo en los ojos, la misma sonrisa sincera, la misma forma franca de hablar y lo que más le gustaba, tenían la misma tendencia a sonrojarse, hasta por el más mínimo cumplido. Ambos esposos intercambiaron una mirada repleta de sentimiento, como prometiendo tener una mejor conversación cuando estuvieran solos en sus aposentos.
-¡Oh! ¡¿Qué es eso?!-Pregunto Eros con emoción notando el arco y flechas que llevaba su padre. El Herrero sonrío observando a su hijo.
-Eres el Dios del amor, ya es hora de que cumplas como tal-Dijo Hefesto ante la mirada curiosa de Eros -Toma-Dijo haciéndole entrega del arco y flechas. El joven Dios las tomo con algo de nerviosismo.
Y bajo las instrucciones de su padre, tomó una de las flechas hechas de oro para luego tirarla y clavarla en el tronco de un árbol cercano. La flecha desapareció poco después en un polvo de oro, haciéndolo abrir los ojos con sorpresa, repitió la acción, pero esta vez utilizando una flecha de plomo la cual después de clavarse se desvaneció en una nube de cenizas.
-¡Bien hecho hijo!-Exclamo Hefesto dándole una palmada en el hombro, la cual lo hizo tambalearse un poco. Eros sonreía de forma emocionada -Con estas flechas podrás hacer que los mortales se enamoren, si quieres formar una pareja solo tienes que dispararles dos flechas de oro, pero si no quieres que estén juntos solo tira una de plomo-Explico -¿Entiendes?-Pregunto a lo que Eros asintió con ánimo apretando el arco entre sus manos, Hefesto sonrío -Se que harás un gran trabajo-Aseguro revolviendo sus cabellos rojos.
-¡Gracias Papá!-Exclamo Eros con las mejillas sonrojadas. Hefesto le sonrió en respuesta.
-¿Y porque no vas a practicar un poco tu puntería? Algo me dice que los demás Dioses estarán encantados en ayudarte con eso-Propuso el Herrero.
-¡Si!-Asintió Eros para luego salir del palacio con una gran sonrisa plasmada en su rostro. Entonces el Dios se volvió hacía su esposa que lo esperaba con los brazos abiertos. Él sonrío y se acerco a ella envolviéndola en un abrazo, fundiéndose en un amoroso beso.
-Te extrañe...-Dijo Afrodita contra sus labios.
-Yo más-Murmuro Hefesto causándole una sonrisa a su esposa para luego besarse de nuevo.
Puede que su matrimonio estuviese muy lejos de ser perfecto, pero ambos eran felices y mientras existiera el amor que se sentían el uno por el otro no importaba lo que pasara, ni lo que sucediera. Poco importaba lo que pensarán o dijeran los demás Dioses del Olimpo, e incluso lo que intentará Ares. Ni la guerra o el adulterio podrían separarlos. Porque lo que ellos tenían, era amor verdadero.
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Espero que haya sido de tu agrado.
Esta historia fue contada según mi versión de los hechos, por lo que no esta tan apegada a las leyendas de la Mitología Griega.
Quise colocar a Eros como hijo de Hefesto, pero la verdad es que nadie sabe quién es su padre biológico, incluso si fuera hijo de Ares, para mi, creó que Hefesto sería su figura paterna. Y pienso que Afrodita al final si amaba a su esposo, no como generalmente lo pintan.
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Ellos me hacen feliz XD
