Capítulo 1: El hombre de la señora Hudson

Cinco minutos. Cinco minutos más hubieran sido suficientes para lamentarse por el resto de su vida. Por fortuna, casi tan pronto como esas palabras salieron de su boca –"eres una máquina"— se arrepintió de haberlas dicho. Sherlock era muchas cosas, muchas de ellas nada halagadoras, pero no importaba, no para alguien que había pasado el último año y medio conociendo cada uno de sus matices y sombras, cada uno de sus colores. Sabía que Sherlock hacía las cosas a su manera y muchas veces decía cosas hirientes, a veces para alejar a los demás (y John tenía sus teorías al respecto); a veces, o eso parecía, para autoconvencerse.

Así que, armado de toda su paciencia hacia Sherlock, John verificó que la señora Hudson estaba bien, salió y tomó un taxi hacia Bart's a toda prisa (por primera vez consiguió uno en la primera oportunidad). Su conciencia lo martilleaba y la culpa lo hacía sentirse pequeño. Una voz en su interior le decía que quien tenía que sentir culpa era Sherlock, que incluso si pedía disculpas por lo que le había dicho, el detective no lo iba a entender, pero esos pensamientos se evaporaron en cuanto llegó al laboratorio y lo encontró vacío.

—¿Sherlock?

La sangre se le heló ante el silencio y su instinto se erizó junto con los vellos de sus brazos.

Apenas estaba dando un paso atrás cuando su espalda chocó contra alguien. Alguien que soltó un grito. Se dio la vuelta al instante, con la mano dispuesta para sacar el arma, oculta en su espalda baja.

—John.

Pálida y asustada. Desde que la conocía, había lucido de muchas formas, incluso furiosa y con el corazón roto, pero jamás en tal estado de pánico.

—Molly, ¿qué pasa?

—John —repitió, como si su presencia ahí constituyera una señal del apocalipsis.

Eso le confirmó su presentimiento.

—¿Qué pasa?, ¿dónde está Sherlock?

—No lo sé —respondió rápidamente, pero su mirada la delató. Su mirada que se dirigió, apenas por un segundo, hacia el techo del laboratorio.

John abrió mucho los ojos y no pudo más que temerse lo peor. Ni siquiera lo pensó. Como acto de reflejo salió corriendo por el pasillo y se asomó por la ventana que daba hacia la calle. Primero miró hacia el último piso y luego hacia la azotea, donde vio una cabellera negra asomarse. Sherlock, pensó. Sherlock, idiota, ¿qué haces?

Solo ese atisbo de cabello bastó para que esquivara a Molly, prácticamente saltara hacia las escaleras y las subiera como no recordaba haber corrido ni siquiera para salvar su propia vida en la guerra. Con el corazón desbocado, abrió la puerta que daba a la azotea y se encontró con esa escena escalofriante.

Cinco minutos hubieran hecho la diferencia entre escuchar la voz de Moriarty, cargada de veneno, y no hacerlo.

—Tus amigos morirán si tú no saltas.

Todas las cosas que pasaron por su mente en esos segundos serían indescriptibles. Todos los amigos de Sherlock, todos ellos amigos de John. Sherlock. Sherlock.

Mientras el cerebro de John luchaba por reaccionar, la respuesta de su amigo fue una rigidez en la espalda y un ligero movimiento que apenas dejó ver a Moriarty detrás de él. Lo que sí pudo hacer John fue escuchar claramente: una sola palabra en voz de Sherlock como respuesta.

Tus amigos morirán.

—John.

Su corazón se comprimió.

—No solo John –respondió Moriarty—. Todos.

—La señora Hudson.

Más por instinto de batalla que por realmente tener un plan, John despertó: sacó su arma, quitó el seguro y apuntó.

—Todos.

—Lestrade.

Desde ese ángulo no tenía espacio para un buen tiro, pues Sherlock cubría a Moriarty, así que se preparó en caso de que surgiera una oportunidad de oro. Hasta ahora siempre las habían tenido, Sherlock y él. "Una vez más, por favor," pensaba, "una oportunidad más".

—Tres balas, tres tiradores, tres víctimas. No hay manera de detenerlos ahora.

El rostro de Sherlock se desencajó. John apretó el arma.

—Tus únicos tres amigos en el mundo morirán. A menos que mi gente te vea saltar. Puedes arrestarme, puedes torturarme. Puedes hacer lo que quieras conmigo –susurró, aunque en la cabeza de John todo sonó fuerte y claro—, pero nada va a evitar que tiren del gatillo. Tus únicos tres amigos en el mundo morirán. A menos que…

—Me suicide para completar tu historia –terminó Sherlock.

Esas tres palabras fueron suficientes para John. Esas tres palabras lograron romperle el corazón en mil pedazos y dejarlo sin aire, sin nada.

—¡Sherlock! –gritó.

Los dos hombres al borde del techo se separaron de un salto. Moriarty logró soltarse del agarre de Sherlock y se alejó de él algunos pasos, hacia el centro de la azotea. Sherlock se quedó cerca del borde, sosteniéndose de él con las manos como si en cualquier momento sus fuerzas fueran a flaquear.

Más tardaron en acomodarse en sus nuevas posiciones que John en apuntarle a Moriarty, justo entre los ojos.

—John… —dijo Sherlock. En su voz ya se escuchaba la resignación.

—Oh, no, no, no, no —fue todo lo que dijo. Ya no podía apretar el arma o los dientes ni un milímetro más—. Ni siquiera lo pienses.

—¡Oh, miren quién está aquí! La mascota –sonrió Moriarty, desdeñosamente.

—No habrá suicidios –dijo John.

Moriarty solo amplió su sonrisa y alzó las cejas.

—Oh, pero eso es algo que Sherlock tiene que decidir. Suicidio u homicidio —canturreó, girando su atención de nuevo hacia el detective, como si no hubiera un arma apuntándole.

John retuvo el aliento. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Vamos, ya. Hazlo —ordenó Moriarty, con los ojos como cuchillos, como si John no estuviera ahí, listo para matarlo—. Tu muerte es lo único que puede detener a mis hombres, porque yo no lo voy a hacer.

Por alguna extraña conexión que había desarrollado con el cerebro de Sherlock, John lo supo. Un brillo intenso pasó por los ojos del detective. Esperanza. John se acercó a Moriarty por un lado, con el arma, sin dejar que su mano temblara ni un milímetro. Sherlock se acercó por el otro.

Moriarty entornó los ojos.

—¡¿Qué?, ¿qué?! ¿De qué me perdí?

Sherlock habló, con cierto aire de triunfo.

—Dices que tú no lo harás, lo que quiere decir que sí puedes detener a los asesinos. Hay un código o una palabra o un número. No tengo que morir si te tengo.

John tragó y asintió, más para sí mismo que para los otros dos, que ni siquiera le prestaban atención.

Moriarty pareció divertido ante la idea.

—Oh… ¿crees que puedes hacerme detenerlos?, ¿crees que puedes obligarme?

John no quería mostrar duda, no cuando las palabras de Sherlock sonaban tan seguras, pero la indiferencia de Moriarty era turbadora.

—Sí —respondió Sherlock—. Y tú también lo crees.

—Sherlock, ni tu hermano ni la reina, ni nadie podría obligarme a hacer algo que no quiera hacer.

John odió esa voz. Como si estuviera llena de… compasión.

—Sí, pero yo no soy mi hermano, ¿recuerdas? Yo soy tú. —Eso dejó sin respiración a John por unos segundos, antes de que Sherlock continuara—. Preparado para todo, para quemar. Preparado para hacer lo que la gente ordinaria no haría. Quieres que te salude en el infierno y no te voy a decepcionar.

Moriarty ladeó la cabeza, con su aire de superioridad y grandes ojos llenos de victoria.

—Nah, solo hablas de más. Nah, eres ordinario. Ordinario. Aburrido. Estás del lado de los ángeles.

—Oh —respondió Sherlock con fiereza, mirando de reojo a John—. Quizás esté del lado de los ángeles, pero no pienses ni por un segundo que soy uno de ellos.

Moriarty pareció reflexionarlo. Miró a Sherlock fijamente, sin prestar la más mínima atención al arma que tendría como rehén a cualquier otro ser humano.

De repente asintió.

—No, no lo eres. Ya veo. No, no eres ordinario. No. Eres yo. Eres yo. Gracias, Sherlock Holmes. Gracias. Bendito seas. Mientras yo esté vivo nada les pasará a tus amigos… Tienes una saluda. Buena suerte.

Bang, un parpadeo.

El cambio fue tan repentino que John no lo vio venir. Apenas tuvo tiempo de mirar cómo Sherlock intentaba detenerlo, pero fue imposible. Había parpadeado como reflejo por la explosión de pólvora y, para cuando sus párpados subieron, Jim Moriarty yacía muerto en el techo del hospital.

Supo entonces que la otra arma, la suya, la que había estado en sus manos, había caído, si bien lo supo solo por el ruido de ésta al chocar contra el suelo apenas después del cuerpo de Moriarty. Podrían haber pasado segundos o minutos. Solo había silencio.

¿Había… había terminado?

El siguiente sonido que escuchó fue un jadeo de Sherlock. Al mirarlo, su corazón se detuvo un segundo. El detective tenía las manos en el cabello y lo jalaba hacia atrás con desesperación. Su rostro estaba sudado, sus ojos acuosos y pintado en su cara estaba el pánico puro que solo había visto en él durante el incidente de Baskerville. Al seguir la mirada alterada de Sherlock hacia su propio cuerpo, John entendió por qué.

Había un haz de luz apuntando directamente a su corazón.

Sherlock dio un paso hacia atrás, acercándose al borde del edificio nuevamente.

—Sherlock. No —escuchó su voz, quebrándose sin que él lo quisiera.

—John... necesito que... necesito que veas.

—No.

—Necesito que le digas a todos que fui un fraude. A la señora Hudson, a Lestrade, a Molly, a quien te escuche...

—Sherlock, NO. Basta. Detente, por mí, por favor.

Pero ese argumento pareció solo encender más a Sherlock, quien miró con ojos desesperados el láser. John lo siguió, intentando acercarse al borde del techo y, así, a él.

—Pero es solo un truco —dijo, con la voz cortada también, dando otro paso hacia atrás.

—Sé lo que estás haciendo y sé que no...

—No vas a morir por un truco, ¿o sí, John? Si fuera tan inteligente podría salvarnos ahora. Y no puedo.

—Cuando nos conocimos… lo sabías todo, hasta lo de mi hermana…

—¡Nadie podría ser tan inteligente! —gritó, casi histérico, al subirse justo al borde.

—Tú sí —soltó, en una voz tan ahogada que casi muere en su garganta.

—John.

—Es tarde —le dijo—. No me vas a salvar de que me disparen convenciéndome de que eres un fraude, ¿y sabes por qué? Porque hasta mi último aliento voy a sostener que eres real.

El pecho de Sherlock se contrajo bajo su camisa y una risa ahogada salió de él. Solo era un paso. Solo tenía que girarse, dar un paso y caer al vacío. John lo vio girarse lentamente, pero antes de que se diera la vuelta por completo, él ya había subido a su lado. Sherlock lo miró, confundido, antes que su mirada se centrara en el láser rojo que seguía a John incluso hasta ahí, ahora por su espalda.

—Yo no importo —explicó John.

—La señora Hudson, Lestrade… —espetó Sherlock, torpemente.

John colocó su brazo izquierdo sobre el antebrazo contrario de Sherlock y la mano derecha la usó para tapar los labios del hombre más exasperantemente necio que había pisado Londres.

—Lo sé.

—Voy a saltar —susurró Sherlock contra su mano.

—Lo sé.

John sabía que no quedaba mucho tiempo antes de que el francotirador se cansara de la tensión y tirara del gatillo; aun sobre esa tensión, Sherlock le arrancó una sonrisa con su afirmación, su típico berrinche infantil.

—No hay nada que puedas hacer para evitarlo —agregó, frunciendo el ceño.

—Lo sé.

John bajó la mano que había posado sobre los labios de Sherlock y la aferró a su otro antebrazo. Así, lo sostuvo unos segundos antes de abrazarlo por la cintura con todas sus fuerzas.

—John… —susurró Sherlock, claramente confundido.

—Tal y como no puedo evitar que saltes —dijo en voz baja, grave y ronca—, tú tampoco puedes evitar que yo lo haga.

—No puedes —respondió Sherlock en un hilo de voz, tomándolo por los hombros para separarlo y mirándolo a los ojos con pánico.

—Sí, sí puedo. Voy a saltar contigo.

Sherlock abrió la boca, como si quisiera decir algo. Luego miró hacia el cuerpo de Moriarty y en la dirección general en la que debía estar el francotirador que apuntaba a John. Entonces, asintió.

John exhaló todo el aire que había contenido y sonrió. Sintió cómo Sherlock movía su pierna derecha y se acercaba al final del edificio. Entonces John se sostuvo de su cintura y se alzó para plantarle un beso, fuerte y decidido en los labios. La boca de Sherlock se abrió aún más y sus ojos miraron a John con una mezcla de adoración e incredulidad.

Antes de que el francotirador pudiera cumplir su labor, Sherlock abrazó a John por los hombros con gran fuerza y John se aferró a su cintura de igual manera. Cuando Sherlock dio el último paso, John se dejó ir, siguiéndolo igual que siempre. Con él hasta el final. Cerró los ojos cuando el viento de la caída hizo que el abrigo de Sherlock golpeara su rostro.

~o0000o~

Solo una vez había sentido justo esto: en Afganistán. Estar a punto de morir y saberlo. Aquella vez su último pensamiento fue "Dios mío, por favor, déjame vivir". Esta vez fue diferente. Sintió una paz inmensa en su interior que solo fue interrumpida por un dolor agudo y punzante en su antebrazo. Antes de tocar el piso, todo se volvió negro.

Cerró los ojos y se dejó morir.

~o0000o~

Todo estaba oscuro.

Eso tenía sentido, porque estaba muerto. Cerró los ojos. Eso no tenía sentido. Porque estaba muerto.

Sin embargo, además de sentirse confundido, mareado y con náuseas, no tenía otros síntomas de muerte. Sacudió la cabeza. Qué rayos estaba pensando, la muerte no tenía síntomas. Si tenía síntomas quería decir que estaba vivo, ¿pero cómo?

Abrió los ojos de nuevo. Seguía oscuro. Movió su mano izquierda ligeramente. Encierro. ¿Dónde? ¿Podía moverse?

Un ruido lo estremeció. Como las garras de un gato rasgando una pizarra. De pronto mucha luz y sus ojos luchando contra ella. ¿Sherlock?

—¿Sherlock?

—Ya te han identificado, vámonos.

Sabía que algo estaba mal en esa escena, pero no lograba atinar a qué. En automático, como si su cuerpo respondiera más a las órdenes de Sherlock que a las propias, levantó el torso y luego evaluó sus alrededores para encontrar la mejor forma de obedecer. Entonces se dio cuenta de que estaba en una bolsa, sobre una mesa y que el ruido espantoso había sido un cierre, ahora abierto. Sacó las piernas y puso los pies en el suelo. Estaba descalzo. Fue entonces cuando notó que también estaba desnudo.

Antes de que pudiera decir una palabra, Sherlock le pasó una toalla.

—Límpiate y ponte esto, rápido.

No sabía qué debía limpiarse, pero al pasarse la toalla por la cara, ésta resultó bañada en sangre. Su corazón se aceleró y un jadeo salió de su boca sin que pudiera filtrarlo. Realmente estaba confundido.

—El cuello y los hombros también –agregó Sherlock.

Hasta entonces se le ocurrió a John alzar la vista y ver qué hacía el detective. Se estaba vistiendo a toda prisa. Intentó imitarlo, pero su "a toda prisa" terminó en "torpemente", a pesar de que toda su atención se concentró en ponerse apenas dos prendas: unos pantalones deportivos y una playera de mangas largas, demasiado grande para su tamaño.

Cuando terminó, Sherlock ya estaba esperándolo, pulcramente ataviado en un traje, si bien más sencillo que los que acostumbraba usar.

—Vamos.

Seguir a Sherlock era fácil; en teoría solo tenía que seguir sus instintos. Un pie tras otro, un pie… No se dio cuenta de que en realidad estaba intentando mover ambos pies al mismo tiempo hasta que Sherlock lo tomó por el brazo y comenzó a guiarlo, como un bastón de lujo. John soltó una risita. Su bastón de lujo. Sherlock lo miró, al parecer intentando regañarlo, pero al final una ligera arruga en la comisura de su boca lo delató. John soltó más risitas.

Salieron a un patio, donde solo dieron dos pasos para entrar en una ambulancia. Sherlock ayudó a John a recostarse en la camilla y él se desparramó en la banca dispuesta para los paramédicos, tal cual solía hacerlo en el sillón de dos plazas del departamento de la calle Baker.

John se volteó sobre su costado para verlo mejor y sonrió. La naturalidad de aquella pose lo tranquilizó al grado de que cerró los ojos una vez más, sin preocuparse si vivía o moría.

~o0000o~

El segundo despertar no fue tan agradablemente confuso como el primero. Despertó porque la sed lo estaba matando. Le dolía el cerebro, que parecía palpitar dentro de su cráneo haciéndose diez veces más grande y luego diez veces más pequeño. Su cuerpo estaba débil y su mente más. No entendía nada de lo que estaba pasando.

—Bebe.

Ante la voz de Sherlock, obedeció con los ojos medio cerrados. El agua simple le supo a gloria y bebió lo más que debía. Se arrepintió casi de inmediato, cuando el último trago le causó arcadas y lo dejó vomitando el agua y al parecer nada más. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había metido algo en su estómago?

~o0000o~

El tercer despertar fue más normal.

Excepto por el hecho de que Sherlock Holmes le estaba ofreciendo ibuprofeno.

—¡Jesús bendito! –exclamó, levantándose de un salto.

—¿Qué? –gruñó Sherlock, frunciendo el ceño y entornando los ojos, como si estuviera analizando la situación para entender qué de toda la escena podría provocar esa reacción.

—Estás vivo.

Eso causó que rodara los ojos.

—Obviamente. Toma esto.

No fue sino hasta que las pastillas habían pasado por su garganta que John cayó en cuenta.

—Estoy vivo también.

—No seas idiota, John —pidió Sherlock en su tono de siempre, como si no hubieran…

—¡Saltamos de un maldito edificio, Sherlock!, ¿cómo es que estamos vivos?

—John, tranquilo, todo está bien...

—¡No, no está bien! —bufó.

Eso hizo que Sherlock se irguiera y se tensara, observando a John ávidamente por unos segundos.

—¿Sher…?

—Pensaste que íbamos a morir —interrumpió, en voz muy seria.

John lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza, igual de insoportablemente inteligente que la primera.

—¿Qué? Sherlock, no sé si te habrás dado cuenta pero saltamos de un maldito edificio hacia el pavimento. Obviamente no esperaba que fuéramos a tomar té con la reina después, ¿cómo…?

—Pensaste que íbamos a morir.

John suspiró profundamente, se frotó el puente de la nariz y lo miró, intentando tomarlo con paciencia.

—Sí, Sherlock.

—No entendiste el plan, pensaste que íbamos a morir —repitió, como si fuera una máquina descompuesta—. Y aun así saltaste.

John jamás pensó que Sherlock fuera a caer en su propio pecado: ese de enunciar lo obvio. Sin ganas de echárselo en cara, se limitó a responder, porque el detective parecía realmente afectado ante esa noticia.

—Sí, Sherlock.

Su respuesta afirmativa solo pareció contrariarlo mucho más. Una mueca de dolor cruzó por su rostro y se alejó un paso.

—¿Por qué? —preguntó, con la voz más aguda que de costumbre.

Entonces fue que John vio cómo la situación había dado la vuelta contra él radicalmente. Ahora era él quien debía dar explicaciones. Tragó e intentó imaginar que el calor que sentía en las mejillas no tenía que ver nada con que el color rojo hubiera llegado a ellas; volvió a tragar y miró hacia el piso para evitar ver a los ojos a su amigo.

—De acuerdo, esta vez voy a elegir echarte en cara que estás haciendo preguntas muy obvias.

Sherlock echó el rostro hacia un lado, frunció la boca y puso ese gesto. Ese en el que sus pensamientos pasaban por sus ojos a una velocidad desbocada de mil y uno por segundo. Después de unos instantes, resopló con frustración. Su siguiente frase la dijo en una voz demasiado vulnerable, una que John solo había escuchado en Baskerville.

—Creo… creo que no sé si entiendo.

John suspiró profundamente y, con una ligera molestia en la garganta, susurró sus siguientes palabras.

—Está bien si no quieres entender, Sherlock.

Y ahí estaba. Algo que John podría expresar, si se le permitía la metáfora, como una especie de manija que dejaba en manos de Sherlock. Podía cerrar la puerta con toda tranquilidad y ponerle seguro para siempre, sin que nadie regresara a husmear los vergonzosos acontecimientos previos a la caída. O podía abrirla y dejar salir cosas que, había que decirlo, en manos de ambos podrían llegar a ser peores que aquéllas de la caja de Pandora.

La llave estaba en manos del detective. Su respuesta no tardó en venir.

—Pero sí quiero entender —gruñó, con los puños cerrados al grado de que sus uñas se veían visiblemente clavadas en las palmas de sus manos.

Aquella respuesta no era la que John creía que recibiría, aunque sí en la que tenía esperanzas. El color volvió a sus mejillas.

—Oh —dijo, aunque en cuanto soltó la exclamación se sintió tremendamente estúpido—. Bien. Entonces… bien.

Él no sabía de qué otra forma reaccionar y Sherlock respondió con silencio, así que parecía que ahora la llave la tenía él.

—Vamos… —sugirió John, aclarando su garganta, intentando tomar las riendas antes de que la puerta que Sherlock acababa de abrir les dejara caer todo su peso encima—. Vamos a tomarlo con calma, ¿sí? Poco a poco.

La única respuesta que obtuvo fue un gesto en la cara del detective, que bien podía haber sido positivo o negativo. Para calmarse, se acercó a él y lo abrazó. Necesitaba asegurarse de que estaba vivo. De que estaban vivos. Para su sorpresa, Sherlock puso los brazos alrededor de sus hombros y por unos segundos que le supieron a poco, estuvieron abrazados como en la azotea del edificio de Bart's, con la diferencia de que esta vez…

—¿Sherlock?

—¿Mmm? —respondió éste, sin cuidado.

—¿Dónde rayos estamos?

~o0000o~

En esencia, tras una escueta explicación de Sherlock, John tenía en claro no más de tres cosas: la primera, Mycroft era un cabrón y habría que darle un puñetazo en cuanto lo viera porque no solo estaba enterado de todo, sino que era cómplice de primera mano y había proporcionado la… "estancia"; segundo, dicha estancia se encontraba todavía en Londres, pero darle una dirección exacta requería demasiado esfuerzo de parte de Sherlock. (2.2. Decirle exactamente cómo era que seguían vivos también era pedir mucho, además de que "era tan obvio con toda la información que John tenía que incluso su cerebro limitado lo entendería eventualmente".)

Tercero, y probablemente lo más importante, si hubiera llegado cinco minutos después, hubiera visto a Sherlock saltar sin ninguna explicación. Él habría desaparecido de su vida quién sabe por cuánto tiempo, quizás para siempre, y John nunca se hubiera perdonado y probablemente hubiera terminado tirándose de un edificio sin trucos mágicos que lo salvaran. Era un panorama bastante feo.

—Bien —dijo, intentando darle buena cara al asunto—, ¿y cuál es el plan?

—Demasiado largo para explicar. El resumen sobre tu intervención es: te quedas aquí, yo destruyo toda la red de Moriarty —respondió el detective, tan campante, antes de tirarse en una silla y poner su típica "pose de pensar", con las manos en señal de plegaria, pegadas a su nariz.

—Con dos cojones —susurró John, antes de plantarle cara con firmeza.

Sherlock se limitó a mirarlo de reojo, hasta que notó que John no estaba de broma, sino realmente enfurecido.

—¿Qué?

—Pensé que estos años te habrían dado una idea, ya sabes, del hecho de que NO SOY UN PUTO ADORNO.

Sherlock frunció el ceño.

—Estoy perfectamente consciente de que no eres un adorno.

—¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué ahora quieres que sea tu esposa trofeo y me quede en casa para hacerte de comer mientras tú vas a trabajar?

—No quiero que me hagas de comer —respondió Sherlock, confundido pero con un amago de sonrisa, de esos tan extraños en él que John atesoraba. El maldito sabía cómo ganar de la manera más sucia y vil...

—No es el punto —respondió, llevándose las manos a la cintura para evitar soltarle un golpe—. No voy a quedarme quieto sin hacer nada mientras tú sales a hacer quién sabe qué cosas.

Cualquier sombra de sonrisa se esfumó.

—El plan está cuidadosamente diseñado para que la intervención de una persona eche abajo la red de Moriarty completa. Si se cometiera un solo error... —explicó, entrecerrando los ojos de esa forma que hacía que surgieran arrugas alrededor de ellos.

—Sherlock —respondió John, casi en un suspiro, negándose a considerar un insulto que Sherlock creyera que él podía cagarla y arruinar todo. Después de todo, estábamos hablando del mismo Sherlock que lo había declarado idiota a horas de conocerlo—. Puedo ayudarte.

El rostro de Sherlock mostró que no estaba muy convencido de ello.

—La inclusión de otra persona en ese plan requeriría de una adaptación meticulosa...

—Lo cual tú y tu prodigiosa mente seguro podrán hacer sin problema alguno —interrumpió John, alzando una ceja—. Aunque, si fuera necesario, estoy seguro de que podría pedirle ayuda a Mycro...

—Puedo hacerlo yo mismo —interrumpió de inmediato.

Era casi gracioso, cómo John había aprendido a manipular el ego del detective como nadie. Sabía que involucrar a su hermano en ese asunto le pegaría duro.

—Bien, pues está hecho. Mañana mismo empezarás a adaptar ese plan tuyo y nos aseguraremos de que nadie salga herido por culpa de ese loco... si no es que ya salió alguien herido. Oh por dios, ¿están bien la señora Hudson y Lestrade?

Sherlock asintió.

—Mycroft lo verificó —dijo, con un gesto de disgusto en el que se leía que había intentado hacerlo él, personalmente, pero no lo habían dejado salir de aquel escondite.

—Muy bien, entonces a descansar.

—No es de noche —aclaró Sherlock—. Y sé lo que hiciste.

—¿Qué hice? —respondió con su mejor mirada de inocencia y las manos en su espalda.

Sherlock sonrió de lado.

—Obvio.

—Aun así voy a trabajar contigo —respondió, con su propia sonrisa de superioridad.

—Bien. Empecemos. Pásame el laboratorio.

Por instinto, John estaba acostumbrado a pasarle a Sherlock las cosas más ridículas, así que primero hizo amago de moverse y luego reflexionó.

—¿El qué?

Los ojos de Sherlock brillaron.

~o0000o~

John no era bueno calculando el tiempo al estar despierto, no sin un reloj. Sus épocas de estudiante de medicina lo habían acostumbrado a controlar el tiempo que pasaba dormido, pero eso no ayudaba en esa situación. Si quería adivinar, diría que habían pasado de cinco a siete horas desde que había despertado y Sherlock lo había puesto a trabajar como su ayudante —esclavo— en el laboratorio portátil que al parecer Mycroft había dispuesto para él. Fue entonces que la puerta de aquella habitación en lo que parecía ser una bodega abandonada se abrió y entró luz por ella. Luz que no parecía ser de un atardecer…

—Buenos días —saludó una voz femenina.

Sherlock, con la mirada puesta en las reacciones que cuidadosamente estaba provocando en su laboratorio, respondió con un gruñido. Al parecer no se trataba de ningún peligro, así que John, como siempre intentando reparar el daño, suspiró y retornó el saludo.

—¿Buenos días?

—Me alegra ver que ya están despiertos —dijo la mujer, ignorando su saludo y, a decir verdad, con muy poca alegría.

—Anthea —la reconoció por fin John, una vez que sus ojos se acostumbraron a la luz proveniente del exterior.

Por supuesto que Mycroft enviaría a su eterna aliada para echarles un vistazo. Eso entre otras cosas, dedujo, cuando tras ella entraron dos hombres con traje que cargaban varios paquetes.

—Aquí hay comida —explicó la asistente, señalando con celular en mano unas bolsas de plástico con el logotipo de un restaurante de comida rápida que Sherlock toleraba cuando tenía hambre tras un caso.

Ante una orden silenciosa, el hombre de traje que cargaba esas bolsas las dejó sobre la silla, ya que Sherlock estaba ocupando la única mesa disponible y era obvio que no iba ni a intentar moverse.

—Cambios de ropa para diez días, a su conveniencia —explicó entonces Anthea. A su siguiente señal, el segundo hombre arrastró dos maletas y las dejó junto a la cama en la que John había estado inconsciente.

—Gracias —respondió John, pero nadie le respondió. Aparentemente los buenos modales solo corrían en la sangre de una persona en esa bodega.

—Teléfonos para esta semana. Cada dos o tres semanas, o cuando la situación lo requiera, se les harán llegar nuevos.

Eso sí lo hizo alzar las cejas.

—Woah, ¿en serio?

El primer hombre, el que había traído la comida, sacó dos dispositivos negros y brillantes y los dejó sobre la cama, tras haber echado un vistazo alrededor y no encontrar otro lugar.

—Y aquí están los diarios de hoy —finalizó Anthea, con un tono que no incitaba a preguntas, reclamos o conversación alguna.

John estiró la mano y recibió la bolsa blanca en la que Anthea (¿o sus esclavos propios?) había colocado un pesado fajo de periódicos. Cuando logró que la mujer hiciera contacto visual con él por unos segundos, aprovechó para preguntar.

—Ey, antes de irte, ¿podrías explicarme qué es todo esto? ¿Y qué pasará si necesitamos algo más?

Los hombres de traje salieron por donde habían venido. Anthea lo miró con un gesto lleno de disgusto.

—Entonces, ustedes lo consiguen —respondió.

—¿Con qué dinero? Ni siquiera tengo la ropa con la que… —explicó, alzando los brazos para dejar en claro que aquella ropa estaba diseñada para una persona tres o cuatro tallas más grande que él. "Una persona promedio", hubiera dicho Sherlock.

—Hay dinero suficiente en las bolsas de cada cambio de ropa —explicó entonces para su sorpresa el mismo que había hablado en su cabeza, todavía con la mirada fija en su experimento y con los brazos cruzados.

—Oh, entonces supongo que… —La puerta se cerró de un portazo y Anthea había desaparecido—. Gracias…

Después de unos minutos de silencio, en los que John esperaba que alguien le explicara el plan mientras dicho alguien no se movía ni un milímetro, decidió sentarse en la cama y echarle un vistazo a los teléfonos y a los periódicos. Éstos últimos todavía estaban calientes, dentro de su bolsa, como si hubieran salido de la prensa en ese instante. Y fue entonces que cayó en cuenta.

—Sherlock –gruñó—. Hace unas horas dijiste que no era de noche y obviamente acaba de amanecer.

—Y tú me manipulaste para inmiscuirte en el plan —respondió, monótono—. Además ya habías dormido muchas horas. Era aburrido.

John intentó calmarse y respirar profundo.

—¿Y tú dormiste algo desde la última vez que te vi caer inconsciente?

—Irrelevante. No lo necesito y hay mucho trabajo por hacer.

—Tomaré eso como un no y te mandaré a tomar una siesta ante las primera señales de psicosis por falta de sueño.

Sherlock frunció el ceño y los labios. Por un momento John se preguntó si podría salir ileso al llamarle a aquel gesto un "puchero".

—Nunca he manifestado un síntoma tan vulgar.

—No, cariño, pasa que siempre tienes un grado de psicosis y es difícil para ti identificar cuando va en aumento —respondió, no sin cierto filo.

Después del silencio que siguió, John se resignó a no conseguir más respuestas por un rato y decidió distraerse con algo más. Estiró la mano hacia los periódicos, pero antes de que pudiera alcanzarlos, ambos celulares sonaron a la vez y John los tomó. No fue difícil distinguir cuál sería el de Sherlock, ya que su marca favorita era inconfundible y extremadamente cara. El dispuesto para John era un Nokia, muy parecido al que Harry le había regalado, pero obviamente de generación más reciente. Silbó ante el lujo.

Tras darle un par de vueltas para intentar familiarizarse con los botones, abrió el aparato que le correspondía y encontró un mensaje de un número desconocido. Solo decía una palabra:

"Gracias".

Alzó la ceja.

De nada, suponía. En realidad, pensaba, se sentía bien que en todo aquel embrollo alguien se tomara un segundo para agradecerle algo, aunque no supiera exactamente qué. Además, se hubiera sentido mil veces mejor si ese alguien hubiera sido Sherlock, pero esa imagen era demasiado ridícula y... agridulce.

¿Qué diría el mensaje que le había llegado a él? Alcanzó el otro equipo, curioso, pero lo encontró protegido por contraseña. Gruñó.

—Pásame el teléfono —ordenó el detective casi al instante.

John se lo tiró a la cabeza, pero toda la satisfacción se fue cuando Sherlock logró atraparlo sin dificultades. Malditos reflejos.

Cuatro dígitos de contraseña después, Sherlock resopló y guardó el teléfono en el bolso de su pantalón sin mayor cuidado.

—¿Qué decía?

—Mycroft —fue toda su respuesta, como si esa palabra le dijera exactamente qué contenía el mensaje.

—¿Cómo supiste la contraseña?

—Mycroft es demasiado obvio —respondió, con una miradita desdeñosa en su dirección.

Después de eso, John esperó más conversación, mientras su mente le daba vueltas al mensaje. "Gracias". Tras unos minutos, no había avanzado mucho en descifrarlo. ¿Gracias por qué, exactamente, Mycroft? Decidió sacar los periódicos de la bolsa en la que estaban envueltos y entonces se llevó el titular de su vida.

—Oh, mierda…

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Falso genio detective mata 'bloguero' y se suicida

Lon, U.K.— La tarde de ayer fueron llamadas las fuerzas del orden al hospital San Bartholomew, donde fueron encontrados los cuerpos sin vida del famoso detective privado Sherlock Holmes y su constante acompañante, el doctor John Watson. Las primeras versiones de testigos en el lugar indican que el detective lanzó al que se refería como 'su bloguero' del techo del hospital, para luego tirarse él mismo. El también capitán de las fuerzas de la reina fue identificado esta misma noche por Harriet Watson, hermana del hoy occiso, mientras que el cuerpo del detective amateur lo fue por el detective inspector G. Lestrade, actualmente bajo investigación, quien arribó inmediatamente al lugar del crimen.

Una fuente cercana, que no quiso que se diera a conocer su nombre por temor a represalias, nos indicó que el detective siempre había dado señales de psicopatía y que más de un miembro de New Scotland Yard, donde se sabe trabajó los últimos años, no confiaba en él. "Esperábamos que en cualquier momento él hubiera proporcionado el cadáver que estuviéramos revisando", dijo la fuente. Esta vez, por lo menos, parece que fue así, con el cadáver de su compañero de departamento y supuestamente amigo.

Decimos "por lo menos" pues todavía están por investigarse las decenas de crímenes en cuyas pesquisas presuntamente participó el detective de manera extraoficial, todo esto traído a la luz por Richard Brook, hecho famoso hace algunos días por sus declaraciones EN EXCLUSIVA para este periódico. Recordemos que Brook señaló ser un actor contratado por Holmes para representar a su enemigo, Jim Moriarty [...].

Saltan de la fama a la muerte detective y 'bloguero'

Apenas hace unas semanas comentábamos la fulminante fama adquirida por el autodenominado "detective consultor" Sherlock Holmes en las arenas del crimen del reino. Esta mañana hemos amanecido con una oscura noticia: Sherlock Holmes ha muerto. Quizás a algunos no les resulte tan sorpresivo, tomando en cuenta el reciente escándalo relacionado con Richard Brook, el actor que afirmó haber sido contratado por el detective para armar una historia alrededor de él en la que se le presentara como un héroe. Sería difícil afirmar, sobre todo tras los resultados de nuestra última encuesta (ver versión en línea) que la gente no esperaba un resultado similar a este ante la serie de mentiras, dichos y desdichos relacionados con el detective aficionado.

Sin embargo, la historia dio un giro inesperado y oscuro el día de hoy, que nos deja más preguntas que respuestas: además del detective, ha habido una víctima más. Mejor conocido como su "bloguero" personal, el también doctor John Watson, quien compartía un departamento en la calle Baker con el hoy fallecido detective, se cuenta como víctima mortal. Las primeras investigaciones no son concluyentes, a pesar de que algunas fuentes claman que se trata de un asesinato-suicidio, en vistas del descubrimiento de la falsedad del "héroe". En rueda de prensa, el detective inspector Timothy Dimmock ha declarado que se están llevando a cabo las investigaciones pertinentes, lo cual no nos dice nada. ¿Eran cómplices acaso? ¿Decidieron morir juntos cuando su charada se vio descubierta? ¿Se trató de un acto mutuo y consciente, de un accidente o, como algunas fuentes declaran, del último gran asesinato de una mente psicópata?

En cualquier caso, la sociedad clama respuestas. Necesitamos explicaciones, no solo sobre la muerte del señor Watson, sino también para los familiares y amigos de todas aquellas personas cuyos asesinatos fueron investigados con la intervención de Sherlock Holmes. Necesitamos que nos digan quién era realmente, más que nunca, después del final que tuvo.

'Dúo' pierde vida trágicamente

Esta tarde se extinguió de manera trágica la vida del detective consultor Sherlock Holmes, al caer su cuerpo del techo del hospital San Bartholomew, de donde se presume que se lanzó quitándose la vida junto con su compañero John Watson, conocido por ser el bloguero oficial del detective, con quien compartía su trabajo, su departamento de la calle Baker y su vida. Se sabe que vivían juntos desde hacía año y medio, que trabajaban juntos en los casos en los que tomaba el detective y eran buenos en lo que hacían. Sin embargo, todo esto se puso en duda recientemente, tras la investigación de una reportera que "trajo a la luz" la existencia de Richard Brook, un supuesto actor que afirmaba haber sido contactado por Sherlock Holmes para una especie de farsa y quien desde entonces no ha podido ser contactado para dar mayores declaraciones.

En esta redacción queremos hacer la temeraria —en estos momentos— afirmación de que creemos en Sherlock Holmes y John Watson. Que sabemos que Moriarty es real —y aportaremos las pruebas respectivas— y que confiamos en que sea esclarecido lo que a partir de ahora llamaremos el asesinato de los compañeros [...].

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John terminó de leer las primeras planas de los periódicos con las orejas rojas y sin muchas ganas de examinar las páginas interiores.

—OK, la gente ya está hablando.

Sherlock (¿cómo había llegado ahí?) resopló a sus espaldas.

—Nadie tiene la más mínima idea de lo que pasó.

—Ni siquiera yo —asintió John—. Pero todos quieren ser los que adivinen... por la primicia y eso.

—El más cercano a los hechos es el tercero y no me hagas hablar de su pésima redacción y uso agravante de adjetivos.

John puso una mueca.

—¿Estás consciente de que ése es el que insinúa que tú y yo éramos...?

—¿Tu punto? —preguntó sin cuidado, ya cuando iba de regreso hacia el experimento.

John sacudió la cabeza, con la boca entreabierta.

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Pasó un rato tirado en la cama mientras Sherlock vaciaba, tras medirlos minuciosamente, ciertos polvos misteriosos en ciertas cápsulas. John aprendió más cosas sobre este nuevo celular de las que se había molestado en aprender con el anterior. Una lástima que fueran a cambiárselo tan seguido, cuando apenas estaba acostumbrándose a él. Incluso, no sin cierta emoción, había descubierto la manera de entrar a internet desde él y había googleado palabras al azar. Después había googleado su nombre, pero los encabezados que aparecieron en las noticias lo hicieron arrepentirse inmediatamente. Por un minuto estuvo tentado a revisar su correo personal o el blog, pero inmediatamente se arrepintió. Aunque Sherlock no le explicara ni un punto del plan, algo que entendía claramente es que éste dependía de que estuvieran muertos. Suponía que un muerto no revisaba sus cuentas de correo electrónico desde la tumba. Aunque probablemente sí había aplicaciones para eso...

Se sobó la barbilla y, con esos pensamientos, supo que había llegado demasiado lejos.

—OK, suficiente. No puedo seguir intentando ayudarte en este... plan, caso o como quieras llamarlo, si no tengo respuestas.

Sherlock terminó de armar su cápsula, con toda tranquilidad, para luego sentarse con la espalda bien recta.

—Bien. Pregunta —respondió, magnánimo.

"¿En serio?", pensó John, pero se mordió la lengua para evitar preguntar lo obvio. De la emoción casi salta de la cama y sobre Sherlock, pero también en eso pudo contenerse.

Tenía tantas preguntas que necesitaban respuesta urgente, que solo pudo decir una que ni siquiera le había parecido tan imperiosa hasta que salió de su boca, con un dejo de angustia.

—¿Hiciste que Harry identificara mi "cadáver"?

—Irrelevante para el caso —desestimó Sherlock—. Siguiente pregunta.

—¡Responde! —ordenó John con su mejor voz de mando, grave, fuerte y ligeramente enojada.

Sherlock lo miró de reojo y asintió.

—Sí.

—OK... —Respiró profundamente—. ¿Por qué?

—Cualquier otra persona que no fuera un familiar directo habría despertado sospechas. Necesitábamos atestiguar irrefutablemente que se trataba de tu cadáver.

—¿Y cómo pudo? ¿Cómo no se dio cuenta...? Oh dios, ¿estaba ebria?

Sherlock "respondió" encogiendo los hombros.

—Jesús bendito, Sherlock, hiciste que mi hermana... Dios, espero que Harry no lo tome como pretexto para beber más.

—Como incentivo para entrar en AA —dedujo, con toda seriedad.

—Vaya, gracias —dijo, sarcástico—. Y solo tuviste que matarme para lograrlo.

—No te...

—Irrelevante —interrumpió John, entre dientes—. ¿Cómo salimos vivos de ahí?

—Con el plan D.

—¿Y cuál era...? ¡¿Plan D?! Sherlock, ¿cuántos planes...?

—Los planes A, B y C fueron desechados conforme las circunstancias se fueron revelando. El código que Moriarty me había dado era una trampa, había francotiradores siguiéndolos y...

—¿Y?

Sherlock se acomodó en su silla, como si de repente aquel pequeño espacio le quedara muy grande.

—Y no estaba solamente yo en el techo —gruñó, mirándolo a los ojos.

Increíblemente, John se sintió sonreír. Sí, definitivamente en algún momento entre su tierna infancia y su actual vejez, como por ejemplo cuando decidió invadir Afganistán, había perdido la cordura.

—Bien. Este plan... D, ¿de qué se trataba?

—D.2, en realidad. Una variación del plan C.3. —John solo movió la muñeca y agitó la mano, incitándolo a continuar—. Fingir mi... nuestras muertes con ayuda de Molly.

—¡¿Molly?! Jesús bendito —comentó en voz baja, intentando no interrumpir la explicación que con tanto esfuerzo había logrado.

—Y de Mycroft y su gente —soltó en un gruñido.

John sacudió la cabeza.

—Aun con el gobierno británico de nuestro lado, caímos de un edificio, Sherlock.

—Caímos sobre colchón, John. Pensé que sería obv...

—¿Es en serio?

Rodó los ojos.

—Por supuesto que es en serio, ¿tendrías todos tus huesos completos de no haber sido así?

John negó ligeramente con la cabeza, concentrado en otro detalle.

—Pero no recuerdo nada...

—Reacción normal.

—¿A qué?

—A los beta bloqueadores.

—¿Beta...? ¡¿me produjiste un paro cardiaco para fingir mi muerte?!

Ante eso, el otro resopló, con indignación.

—Por supuesto que no. No era una dosis letal, si lo hubiera sido ambos lo sabríamos para estos momentos.

Eso no ayudó a que el gesto de John se tornara más amigable, al contrario.

—¿Y digamos que, solo por coincidencia, cargabas una dosis de beta bloqueadores suficiente para noquear a un hombre de mi tamaño?

—En realidad a uno del mío, pero recalculé dosis la necesaria para ti en el camino.

—¡¿En el camino?! —repitió, porque parecía condenado a repetir de por vida todos los sinsentidos de Sherlock—. ¿Mientras íbamos cayendo? Espera... ¿pensabas usarla en ti?

—Solo si alguien intentaba pasar por encima del truco de la pelota.

—¿La pelota?

—Obvio, John —regañó Sherlock, antes de lanzarse a su maleta, sacar la mitad de la ropa y dar con una pelota pequeña y dura. Se la colocó en la axila e hizo que John le tomara el pulso.

—¿Pensabas engañar con esto a quien te revisara el pulso?

—Esperaba que no fuera... personal médico capacitado y en sus cinco sentidos —murmuró—, pero siempre hay algo, una situación que no se controla. Si al bajar observaba algo extraño: beta bloqueadores, plan C.3.

—Si tu amigo salta contigo y no tiene idea del plan y su estado de consciencia lo arruinaría: beta bloqueadores. Plan D.2.

—Técnicamente, no sabía que no entendías el plan, pero sabía que serías malo fingiendo tu muerte —explicó, sin asomo de arrepentimiento.

—Me drogaste —concluyó John—. Realmente fuiste y prácticamente me indujiste un paro cardiaco para que no arruinara tu plan. No pudiste explicarme la situación desde el principio, podríamos...

Sherlock succionó su labio inferior y su boca se hizo una línea.

—¡No quería provocarte un paro! ¡No sabía que tenía hombres armados para ese momento! ¡Pensé que solo me quería a mí...! ¡No sabía que se iba a disparar! ¡No sabía que el código era falso! ¡No sabía…!

Verlo en tal histeria fue como una cubetada de agua fría para su enojo. Fue peor verlo soltar las palabras "no sabía" con tanta angustia. Sherlock no sabía. No sabía algo que podía haber terminado con la vida de todos sus seres queridos.

—Ey... ey... —susurró, acercándose más a él—. Está bien... e-está bien.

Con movimientos torpes puso la mano en su hombro y le dio palmaditas.

Sherlock se hiperventiló por unos segundos. Luego, con la palma de la mano de lleno en la cara, pareció calmarse. John quería lanzarse sobre él y asfixiarlo en un abrazo, pero sabía que su amigo no era muy dado a los gestos físicos, así que se limitó a apretar su hombro para darle ánimos y demostrarle que estaba ahí, junto a él, que juntos irían contra el mundo.

—A partir de ahora no más planes que me involucren de los cuales no esté enterado, ¿OK? —susurró—. Es más, agrega a eso todos los planes que solo te involucren a ti. Tendrás que decirme todo.

Sherlock resopló.

—Aburrido.

—Esa es la vida para ti —replicó, con una sonrisa ligera.

John tenía muchas preguntas más, pero de momento ver a Sherlock con los ojos realmente llorosos (realmente, no por sus trucos usuales) lo detuvo y se quedaron en silencio un rato, hasta que John comenzó a cabecear y se dio cuenta de que estaba muy cansado; no podían culparlo: ¡lo habían casi matado hacía pocas horas!

—OK, hora de comenzar —declaró el detective.

Con la mirada decidida, dio un paso hacia la puerta.

—No, definitivamente no. Llevo como doce horas despierto después de, aparentemente, haber sido drogado hasta las uñas. Lo menos que merezco es un par de horas de sueño. Y tú, tú... ¿cuántas horas llevas despierto? ¿Más de 48?

Sherlock entrecerró los ojos pero no respondió.

—Siesta. AHORA —ordenó John.

—Solo hay una cama —argumentó.

—Dormiré en el piso, sobre la mesa si es necesario, dormiré después de ti, pero vas a dormir. YA. Cualquier cosa que haya esperado un día puede esperar dos.

—No necesariamente...

—Ya.

Por amplios que fueran los ademanes y nutridos los gruñidos de Sherlock, al final terminó metiéndose en la cama. Tan pronto como su frente tocó la almohada, se quedó dormido, para preocupación de John, boca abajo. Al acomodarlo se arriesgaría a despertarlo y que no volviera a dormir hasta que su estado de psicosis le provocara alucinaciones, así que John decidió conformarse con mover un poco la almohada para ayudarlo a respirar.

Se sentó en la silla, donde comenzó a dejar que el agotamiento lo alcanzara hasta hacerlo dormitar por unos minutos, con la cabeza colgando. Después, a regañadientes, se hizo un hueco en el pedazo de cama que no ocupaba Sherlock con su... largo cuerpo y se dejó dormir, más por agotamiento que por tener la paz mental que necesitaba para hacerlo tranquilamente.

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Al parecer había subestimado la capacidad de Sherlock para dormir. Eso o el detective había estado durmiendo peor que de costumbre en los últimos días, porque John se despertó antes que él. Y John había estado drogado. Con un gesto preocupado, quitó el cabello de la frente de Sherlock y la tocó: nada fuera de lo usual. Sherlock estaba frío hasta en sus mejores días. Miró su celular, cubriendo la pantalla para que el brillo no molestara a Sherlock. Marcaba las 4:18 a.m., pero como había ido a dormirse realmente temprano el día anterior no importaba, se sentía repuesto. Además, por muchos años esa había sido su "hora usual"; claro que era mejor despertarse por voluntad propia, sin clarines martilleando su tímpano.

Después de unos minutos de sentirse como un pervertido por mirar a Sherlock dormir, solo por el hecho de disfrutar su respiración, pensó que sería mejor dejarlo descansar. Entonces decidió levantarse de la cama e ir a... explorar su "residencia temporal". Por lo que había entendido, ésta era la bodega a la que Mycroft lo había llevado para intimidarlo el día que se había mudado con Sherlock. Claro que podía haber decenas de bodegas que Mycroft tuviera a su disposición para atormentar gente, todas con la misma y vaga descripción.

Sherlock y él estaban confinados a un cuarto en la parte de atrás que parecía haber sido utilizado por un velador en las buenas épocas de aquel sitio. A juzgar por el polvo, en el siglo XIX. El cuarto era pequeño y realmente, para cualquier persona mirando la bodega por fuera, pasaría desapercibido. Dentro de éste cabía una cama —pensada para el escape de una sola persona, Sherlock, pero eso no quería ni analizarlo—, una mesa de laboratorio, una silla y un espacio para entrar y salir que en esos momentos estaba casi totalmente ocupado por dos grandes maletas. Una puerta casi desvencijada, a la izquierda, daba a un baño. Estrictamente baño, sin ducha ni bañera. John exploró el pequeño espacio. Ni siquiera había un espejo donde pudiera verse la cara, pero no lo echó mucho en falta, tomando en cuenta que lo más probable era que se viera como una reverenda mierda. De todos modos se echó agua en el rostro para lavarse, se enjuagó la boca y las axilas, y se sintió la barba de varios días. Más adelante, cuando Sherlock estuviera despierto, buscaría el jabón, el rastrillo y la pasta de dientes que seguramente venían en las maletas para mejorar su limpieza; de momento cualquier cosa servía para hacerlo sentir más humano.

Tras terminar de observar lo poco que tenía el baño, salió hacia la bodega. Además de grande, vacía y húmeda, no había muchas más palabras con las que describirla. Las goteras del techo dejaban caer de repente chorritos de agua que resonaban en el vacío, pero nada más había de interesante. Escuchó la voz de Sherlock grabada ya en su cabeza, murmurando "aburrido". Y sí que lo sería, en otras circunstancias.

Mientras daba una vuelta de reconocimiento por la bodega, más por estirar las piernas y cambiar de paisaje que por otra cosa, se dio cuenta de algo. No tenía a nadie en el mundo, nadie fuera de ese lugar con quien pudiera hablar con libertad o a quien pudiera visitar. Lo más fuerte fue darse cuenta de que no le importaba, que de alguna manera sentía que Sherlock era suficiente. Ellos contra el mundo. Se detuvo, descolocado. Era un pensamiento idiota, pero muy honesto. Demasiado. Tragó y trató de controlar su respiración conscientemente.

Estaba solo con Sherlock y eso estaba... bien.

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—¿Y bien?, ¿cuál es la primera parte del plan? ¿Qué haremos? —preguntó John más tarde, una vez que usando su pura necedad había logrado que Sherlock comiera algo de comida para llevar, ya fría.

—Iremos por el de la señora Hudson. Es lento, no debe haberse movido todavía.

John asintió.

—Bien, ¿cómo?

Sherlock señaló vagamente con la cabeza las píldoras que había estado formando la tarde anterior.

—Bien, Sherlock, vas a tener que darme más que eso. No puedo leer los pensamientos como tú, ¿sabes?

Sherlock gruñó y no se dignó a repetirle por enésima vez que no leía los pensamientos, simplemente observaba y deducía.

—Es grande, es peligroso y no es completamente estúpido. Pero debido a su diabetes necesita dosis diarias de insulina, que optó por tomar en pastillas por su trauma infantil con las agujas.

—Y vamos a cambiar la insulina por algo que lo tumbe... —dedujo John en voz alta.

Sherlock alzó las cejas, lo que equivalía a no tener que decir "obviamente".

—Bueno, digamos que a ese lo tenemos, ¿y luego?

—Luego vamos por el tuyo.

John tragó visiblemente. El suyo. Era difícil creer que hubiera tenido un asesino a sueldo tras sus talones, pero era aún peor recordar claramente el láser apuntando sin tremores.

—¿Por qué no el de Lestrade? —reclamó en cambio—. Después de todo, yo ya estoy muerto.

Sherlock sonrió de lado. "Buena pregunta", decía ese gesto. Y era bueno que John reconociera sus gestos, porque Sherlock evitaba las explicaciones como si fueran la peste.

—Está en Scotland Yard, infiltrado. Difícilmente hará un movimiento que lo ponga en la mira antes de tener nuevas órdenes. El tuyo me preocupa más. Es más peligroso.

—¿Por qué? —preguntó John, pero al instante cerró la boca de golpe—. Oh, diantres, ¿lo vio todo? ¿Sabe que estamos vivos?

Sherlock hizo una mueca de disgusto.

—No es totalmente imposible.

—Oh rayos, oh rayos, por eso debemos detener a los tiradores… si saben que estás vivo, toda la red de Moriarty…

Sherlock negó.

—Impreciso. Debemos detener a los francotiradores por lo que leíste en los periódicos ayer.

John frunció el ceño y trató de no interpretar eso de ninguna forma que refiriera a algo amoroso.

—¿Porque saltamos juntos? —preguntó, confundido.

Esta vez Sherlock sí rodó los ojos.

—Déjame replantearlo. Por lo que no leíste ayer en los periódicos.

—¿Que íbamos a tomar té con la reina tras la caída? —intentó, perdido.

Sherlock resopló.

—Deja de ser deliberadamente obtuso. Dime algo, ¿dónde está Moriarty?

—Muerto —respondió de inmediato. Luego—. Oh.

—Oh —asintió Sherlock.

—Nadie habla de eso. ¿Dónde está su cadáver? Pensé que Mycroft…

Sherlock negó.

—Para cuando fue seguro revisar el área, el cadáver ya no estaba. La única persona de Moriarty que estaba en los alrededores era tu tirador. Después de asegurarnos de que la señora Hudson esté bien, iremos contra el tuyo. Porque es el más interesante.

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Poniéndolo en perspectiva, John suponía que era hasta gracioso. Sherlock estaba dando un paso fuera de la bodega cuando la pequeña mano de Anthea lo empujó de nuevo hacia adentro. John, a pesar de saber que en una pelea cuerpo a cuerpo ella saldría perdiendo, decidió no intervenir (porque una parte de sí dudaba de salir triunfante; después de todo él era solo un soldado y ella seguramente estaba entrenada en siete artes marciales). La única respuesta de Sherlock ante el contacto físico fue fruncir el ceño y esperar explicaciones.

La orden de Anthea también sería muy graciosa. Después, mucho después. En ese momento ver entrar en la bodega a una mujer menuda y pequeña, con rasgos latinos, fue un poco escalofriante.

Sherlock entrecerró los ojos.

—No va a tocarme el cabello —gruñó, como si de inmediato comprendiera la razón de la presencia de esa mujer, cosa que John no hizo, así que tuvo que preguntar.

—¿Sherlock?

Éste gruñó de nuevo.

Anthea sonrió, perturbadora.

—Sherlock, John, la señora López. No habla inglés —explicó, cuando la única respuesta de la señora López fue mirar hacia arriba, a la cara a ambos hombres, desorientada.

—No va a tocarme el cabello —repitió Sherlock, ahora en español.

John sonrió. Tendría que haber adivinado que Sherlock hablaba español. Pero eso seguía sin explicar la escena.

Anthea no se inmutó.

—Sabe que no debe obedecer otras órdenes que las del señor Holmes.

—Yo soy el señor Holmes —desafió Sherlock, con la boca curvada hacia un lado.

Anthea no se dignó a responder a eso y lo mandó sentar en la única silla del lugar. La señora López se acercó, abriendo ahora una gran bolsa que llevaba cargando en un hombro y se dispuso a trabajar.

Fue entonces que John se dio cuenta de lo que se trataba todo aquello.

—Oh dios mío.

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A pesar de las quejas iniciales de Sherlock, lo más que hizo mientras la señora trabajaba en su cabello fue gruñir. John esperaba fuego. Y, bueno, algo así obtuvo.

—Oh dios mío —repitió por enésima vez en las últimas horas.

Sherlock gruñó de nuevo.

—Oh dios mío —repitió John—. Eres pelirrojo.

Sherlock gruñó de nuevo.

—¿Por qué eres pelirrojo?, ¿por qué es pelirrojo? —repitió, mirando a Anthea, quien ni siquiera levantó la vista de su Black Berry para responderle—. ¿Eso no llama demasiado la atención?

Entendía, aunque nadie se había dignado a explicarle, que Sherlock, tan llamativo y... característico como siempre había sido, necesitaba un cambio radical de apariencia antes de salir a Londres en busca de los tiradores. Lo que no entendía era por qué carajo tenía que ser pelirrojo.

Cuando Anthea no respondió, se giró hacia Sherlock y repitió la pregunta. Estaba acostumbrándose a esto de parecer loro.

—¿Eso no llama demasiado la atención? —inquirió, señalando su cabello.

Sherlock suspiró.

—Exactamente —respondió por fin, con voz cortante—. Es un rasgo distractor. Si se le pide una descripción a alguien que me vea, dirá "pelirrojo". No pondrá atención alguna en lo demás. Obviamente.

—Eso es genial.

Sherlock sonrió de lado.

John parpadeó.

—Espera, lo tenías planeado.

—Obviamente.

—¿Por qué pelirrojo?, ¿por qué no rubio?, ¿por qué no broncearte o algo?

Sherlock le lanzó una mirada de fastidio.

—Se analizaron todas las posibilidades. Esta se creyó la más afortunada —dijo, con un gesto casi de asco.

—Pero a ti no te gusta, ¿por qué?

A Sherlock se le coloreó el rostro, pero no respondió ni hizo otros gestos. De manera sorpresiva, Anthea abrió la boca para algo que no fue dar información indispensable.

—El señor Holmes es pelirrojo.

John tardó unos segundos en asimilar eso. Pensó en preguntarle a Sherlock si era de familia, si se pintaba el cabello de negro, pero entonces comprendió que hablaba de Mycroft. De todos modos, quiso saber si Sherlock se teñía. Sin embargo, decidió que no se arriesgaría al fuego ahora que estaban tan bien.

Unos minutos de silencio después, cuando la señora le había enseñado algunas cosas sobre maquillaje a Sherlock (que John no entendió, porque todo había sido en español), éste se levantó de la silla y todos en la habitación voltearon a ver a John.

—¿Qué? Oh... oh... No. No, no, no, no, no.

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Una par de horas antes de mediodía, cuando todos se habían ido, John se rehusó a mirar el espejo que les había dejado la señora. Tenía a su lado una serie de "accesorios" que ya había aprendido a quitarse y ponerse. En ese momento se los había quitado y no pensaba ponérselos hasta que la necesidad apremiara. Sherlock lo miraba desde una esquina de la habitación, como evaluándolo: tenía los brazos cruzados y una mano en la barbilla. Incluso pelirrojo era muy guapo; no como John, cuyo cambio de look lo había dejado sintiéndose más ridículo de lo normal.

Por varios minutos, John acomodó y reacomodó las cosas, hasta que no pudo más con su incomodidad.

—¡¿Qué?! —le preguntó a Sherlock, quien llevaba gran rato sin moverse, solo observándolo.

Sherlock avanzó hacia él, con un gesto de concentración. Con todos los comentarios (burlas) que esperaba sobre su nueva apariencia, la petición que siguió lo desconcertó.

—Define calma.

John resopló.

—¿Qué? —preguntó, descolocado—. Debe ser lo opuesto a ti —decidió responder, señalando con la mano a Sherlock, de pies a cabeza.

Sherlock frunció el ceño.

—Esa definición no esclarece mi duda.

—¿Qué duda? —preguntó, tras un parpadeo.

—¿Cuánta calma debo tener?

—¿Con qué? —preguntó John, realmente perdido.

Sherlock respiró profundo.

—Espabila, John, "vamos a tomarlo con calma", ¿cuánta calma?

La comprensión le llegó junto con una ola de calor en las mejillas.

—Ah... oh, vaya. Esa calma... ¿puedo preguntar a qué se debe la duda?

—Me gustaría besarte —respondió Sherlock, directamente—. ¿Eso abarca los estándares de calma?

—Los "estándares de calma" abarcan no más y no menos de lo que tú quieras hacer, Sherlock —respondió con una sonrisa escapista.

Eso debió parecerle una idea brillante a su detective, porque su rostro se iluminó y terminó de recorrer los centímetros que los separaban.

El corazón de John se aceleró, como no le había pasado con un primer beso desde hacía bastantes ayeres. Tuvo el impulso de cerrar los ojos, pero lo reprimió porque no quería perderse de eso. Eso. Ese momento en el que Sherlock se inclinó ligeramente y lo tomó del rostro con ambas manos. Por unos segundos ambos dudaron que aquello fuera a pasar finalmente, cuando Sherlock detuvo su rostro a un centímetro del de John; pero pasó. Sherlock terminó de inclinarse para juntar sus labios.

Fue solo eso: un toque, juntos por unos segundos. Sherlock se retiró casi al instante y miró a los ojos a John, como esperando un desastre inminente. Él solo atinó a sonreír hipnotizado y, aprovechando que en su descuido Sherlock había bajado sus brazos, John levantó los propios y se sostuvo de sus hombros para alzarse sobre las puntas de los pies y besarlo de nuevo. Esto pareció darle seguridad a Sherlock, pues lo ayudó en su lucha por mantenerse a la altura, sosteniéndolo por la cadera con ambas manos.

John se sentía alto. Como... físicamente alto, a la altura de Sherlock, pero también como si estuviera drogado y solo le importara dejarse invadir así por este hombre, este loco por el que haría lo que fuera, incluso torcerse el cuello de aquella manera para perseguir sus labios, incluso saltar de un edificio. Acarició su barbilla con los pulgares y alcanzó la comisura de sus labios. Sherlock los abrió lentamente y así mismo los saboreó John: parte por parte, cada milímetro nuevo que se abría a él. Un besito en el labio superior, uno en el inferior, uno que casi choca con sus dientes antes de encontrar su lengua. Cuando quiso darse cuenta, sus ojos estaban cerrados y su cuerpo concentrado en el olor de Sherlock, perturbado por el tinte pero no menos atractivo; el sabor ligeramente amargo de su saliva, y la suavidad de su rostro al tacto.

Fue el mismo Sherlock quien los alejó y lo obligó a abrir los ojos tras el sonido de succión que hicieron sus bocas al separarse.

Sherlock era incluso más hermoso tras un beso: tenía una cara de ligera confusión que nunca había visto en él. John seguía sonriendo ante la novedad y todo parecía indicar que tardaría un rato en acostumbrarse a ese nuevo estado suyo. Para celebrarlo, se acercó otra vez y le plantó otro beso antes de separarse y ponerse de nuevo sobre sus pies firmes.

Para sorpresa de John, aquel beso no solo lo había afectado bastante a él, que seguía flotando y sonriendo como estúpido, totalmente ignorante de cualquier situación extraña en la que estuviera metido en ese momento. Sherlock, por su parte, parecía no tener palabras. Tras algo así como un minuto de silencio, y mientras ambos seguían mirándose frente a frente, por fin logró articular una oración.

—Eso fue inesperado.

—Sí —confirmó John en un susurro.

—Y no tuvo calma —agregó, con el ceño fruncido.

—Nop.

Sherlock lo miró con los ojos tan maravillados que John solo pudo dejar salir de su cuerpo una risita de felicidad que de otra manera le hubiera explotado dentro. Se preguntaba si Sherlock estaba sintiendo la misma anticipación que él por lo que vendría en su relación, por los cambios y las peleas (con otros y entre ellos), por las reconciliaciones (solo entre ellos), por los momentos de calma y los de arrebato. Si tendría cada vello de su cuerpo, como él, erizado en un intento por decirle que estaba dispuesto a todo por este hombre.

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—¿Y a qué vino todo eso? —preguntó John, mientras preparaba una mochila de emergencia para llevarla consigo por si algo los detenía y no podían volver a este sitio.

Sherlock también estaba haciendo una, que incluía más productos de su laboratorio que artículos de higiene, así que John guardó un par de cosas para Sherlock en su mochila, resignado. Ante su pregunta, el detective se irguió y lo miró.

—Dejaste que tocara tu cabello.

John resopló de risa contenida y rodó los ojos hacia arriba para intentar ver sus propios mechones. Quizás él no tenía la vanidad que Sherlock con su cabello, pero también le había costado. Desde el ejército solo había tenido cortes militares. Antes de eso siempre había puesto comodidad sobre moda y nunca había tenido las largas cabelleras ochenteras o noventeras. Tampoco había pensado en pintarse el pelo, jamás, ni siquiera cuando entendió que había llegado la hora de las canas y que después de "algunos cabellos" seguiría "algunos mechones" y luego toda su cabeza se volvería blanca. No le molestaba, ni dañaba su ego. Era algo natural, que simplemente estaba pasando. Ahora no tenía una sola cana en su cabeza, aunque tampoco tenía un cabello de su tono natural (rubio sucio, como decía su madre).

Se pasó las manos por la cabeza, con nerviosismo. Ahora su cabello era tan negro como lo había sido el de Sherlock esa mañana, peinado hacia arriba en lugar de su preferencia por aplastarlo. Sus cejas habían adquirido el mismo tono oscuro y en su nariz descansaban unos lentes que se había negado a usar por años. También le habían dejado la barba, que ahora cubría alguna de sus arrugas. El maquillaje que le habían enseñado a aplicar había cubierto el resto y lo hacía ver extraño. Ridículo, en resumen.

—Sí, bueno —respondió, restándole importancia al asunto.

Una vez más no supo cuándo había llegado Sherlock a su lado, por esa capacidad suya de ser sigiloso cuando lo deseaba, pero de repente estaba ahí. John cerró la mochila y lo miró.

—Gracias por acompañarme —susurró, antes de inclinarse a darle un beso en la frente.

Luego se retiró hacia la puerta con pasos grandes y torpes, de forma totalmente opuesta a la había llegado.

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Después del cabello, la siguiente sorpresa llegó al salir y encontrar el "auto" que Anthea les había dejado para su transporte personal.

—¿Describirías esto como un golpe de ironía o de genialidad? —preguntó, antes de saltar al lado derecho para conducir.

Sherlock abrió la puerta de atrás y se escurrió en el asiento antes de responder.

—¿Qué importa? De todas formas tendrás que ahorrarte la horrible entrada de blog esta vez.

John intentó molestarse, pero solo le salió una risa. Arrancó el motor del taxi londinense donde se transportarían. Había cosas que no cambiaban.

~o0000o~

El primer día de trabajo comenzó difícil para John: tenían que volver a la calle Baker y fingir que no habían vivido juntos ahí durante un año. Estaba seguro de que sus vecinos los reconocerían pero, para su sorpresa, pudieron llegar a la acera opuesta al 221 sin que nadie gritara al verlos. Su encuentro más cercano fue con una mujer alta que pasó a su lado con pañoleta, lentes oscuros y paraguas, quien ladeó la cabeza hacia ellos, antes de subirse a un auto. Quizás Sherlock tenía razón y las personas nunca observaban absolutamente nada.

Su destino, sin embargo, no era la puertita marcada con el 221B, que había visto tantas de sus aventuras antes de que... murieran. Su destino era el edificio de enfrente. John iba preparado con un arma que había encontrado en su maleta. No era la suya, pero era algo y le agradecía a Mycroft que hubiera pensado en dársela. Así podía proteger a Sherlock de lo que fuera que les esperara en ese departamento.

Como si no fuera ilegal, Sherlock sacó una alicata, la metió en el cerrojo y entró como si estuviera en su casa. John tragó y miró a los lados. A nadie le pareció extraño que dos hombres en camisetas, jeans y zapatos deportivos entraran allí. La verdadera trampa podría estar al subir las escaleras. El departamento tendría una vista perfecta de la casa de la Señora Hudson. John sacó el arma y la preparó. Quiso haberle dicho a Sherlock que esperara a que él limpiara la habitación, pero para cuando tuvo tiempo de ver, éste ya había subido hasta el descanso de las escaleras, a toda prisa.

A pesar de que John casi se muere del infarto corriendo tras él, no pasó nada. El departamento que buscaban estaba vacío y le dió a Sherlock la oportunidad perfecta para encontrar todos los frascos de insulina y de otras pastillas del departamento y cambiarlos por su nueva producción. Hasta ahí era todo lo que sabía del plan, para el resto iba con la corriente. Sin embargo, esto parecía demasiado conveniente.

—¿Dónde puede estar?

Sherlock, que estaba destapando con los guantes puestos un frasco que había encontrado sobre un sillón, no levantó la vista para responder.

—Siguiendo a la señora Hudson, por supuesto –respondió.

Esto alarmó ligeramente a John, pero si Sherlock estaba tranquilo era porque ella no corría peligro, ¿no?

—¿Y dónde está la señora Hudson?

—En nuestro funeral —respondió, tan campante.

John casi se ahoga con su saliva.

—¡¿En nuestro funeral?! Jesucristo.

Sherlock alzó la ceja, sacó todas las pastillas, las metió en una bolsa y metió las nuevas en el frasco. Procedió hacia el baño, sin responder más.

—Vaya —murmuró John, más para sí mismo que por cualquier atención que Sherlock pudiera prestarle—. Si de algo estaba seguro era de que no faltaría a mi propio funeral.

—Todavía podemos llegar, si nos apresuramos —gritó Sherlock, desde el baño.

—¿Tienes oído de halcón o qué diablos?

Sherlock se rió tan fuerte que se escuchó en todo el departamento. John sonrió y miró hacia el piso.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que ese día había reído más que ningún otro en los últimos tiempos. ¿Quién iba a decir que estar muerto sería tan divertido?

~o0000o~

Cuando salieron, estaba lloviendo a cántaros y el ruido cubría todos los demás sonidos de la ciudad. Antes de caminar a la izquierda, hacia donde estaba estacionado el taxi, vieron que a la derecha había dos hombres con obvias señales de estar armados.

—Mierda —maldijo John, perdiendo todo el color.

Sherlock le estaba dando órdenes antes de que terminara de calcular qué tan rápido podía disparar.

—Iré por la otra calle y abordaré el taxi en la esquina de atrás. Sigue derecho y da vuelta.

John casi lo aferra por el brazo.

—No. Eso te haría caminar directo a ellos.

—Soy invisible —respondió Sherlock—. No pueden verme.

John apretó los dientes y quiso seguir discutiendo, pero el tiempo se les agotaría rápido y los hombres los notarían. Sherlock cruzó la acera, pasó por el restaurante al lado del 221B y caminó directamente hacia los hombres.

Con el alma en un hilo, John se dio la vuelta y procuró no mirar atrás. Solo tenía por seguro que si escuchaba un disparo no sería responsable de sus actos.

Llegó al taxi, subió como el conductor e hizo exactamente lo que Sherlock le había dicho. Miró de reojo hacia los hombres. Seguían ahí, pero Sherlock no. Eso lo puso más nervioso, aunque intentó respirar profundo y calmarse. En la calle de atrás de Baker, Sherlock le hizo la parada y se subió, empapado.

Por un momento John creyó que había demasiado aire en sus pulmones. El tremendo alivio casi lo hizo chocar contra un poste.

—¿Estás bien?

—Perfectamente —respondió Sherlock—. Invisible —agregó, moviendo las manos a modo de explicación.

—Quizás seas invisible para esos imbéciles que no saben lo que pasa frente a sus ojos… —comenzó John, apretando el volante entre sus dedos.

—Lo soy.

—Pero no eres invencible —espetó.

Tras varios segundos de silencio, Sherlock acercó su rostro al respaldo de John. Varias gotas de agua cayeron desde su cabello cuando susurró:

—Lo sé.

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Vivieron en la bodega mientras esperaban, en condiciones que John definitivamente no creía demasiado humanas. Tenían ropa, dinero y comida, sí, pero el simple proceso de darse un baño comenzaba con llenar un cubo de agua del lavabo. Eso hacía las mañanas muy incómodas para John y, por lo que veía en su cara, tampoco a Sherlock lo hacían feliz.

Por cinco días, Sherlock y John persiguieron al hombre de la señora Hudson en horarios aparentemente azarosos. Sherlock solo podía observar de lejos, porque al parecer incluso los asesinos de Moriarty tenían guardaespaldas o secuaces siguiendo sus pasos. A pesar de que se arriesgaban a que los hombres armados los detectaran, solo así veía de primera mano los avances de los síntomas provocados por las nuevas pastillas, según le explicó. (Además, sospechaba John, si tenía que pasar más tiempo del necesario en la bodega, iba a volverse psicópata. Y Sherlock también.)

—Sigo sin entender por qué no podemos noquearlo de una vez por todas —susurró John mientras fingía analizar una manzana antes de meterla a su canasta en el súper mercado hasta el cual habían perseguido al tirador.

Sherlock resopló y miró con desconfianza la pequeña despensa de frutas, verduras y pescado que John había reunido.

El hombre de la señora Hudson se fue mucho antes que ellos llegaran a la caja, pero eso no importaba, Sherlock ya tenía su información.

—Tres botellas de agua. La sed ha aumentado un 40%. Tiene una adicción a las frituras, pero esta vez no ha comprado. Le está preocupando su consumo de sal. Cree que su presión arterial está afectada por los ligeros mareos. Su doctor lo confirmará, por supuesto. Idiotas.

John sonrió.

—Maravilloso —dijo, en un acto que tenía un equilibrio perfecto entre la costumbre y la novedad.

Sherlock le devolvió la sonrisa, como si estuviera tan orgulloso de John como John se sentía de él.

Esa noche Sherlock no sonrío mucho más, porque John lo obligó a cenar un filete, pero tampoco se quejó cuando John le dejó un beso en los labios antes de ir a dormir.

~o0000o~

Las noches se habían convertido en otro pequeño ritual en la bodega, aunque ese definitivamente le gustaba mucho más que los baños por la mañana. Y es que había tenido a Sherlock en su cama todos esos días; a veces dormía como un muerto, sin moverse ni medio centímetro hasta 3 horas después, cuando despertaba. A veces dormía como un niño y daba tantas vueltas que enredaba a John en las sábanas y entre sus piernas. Esas noches eran las mejores, aunque no durmiera tranquilo; sentirlo totalmente quieto a su lado lo asustaba, además de impedirle dormir.

Irónicamente, aquellas noches en las que dormía muy quieto eran provocadas por un hecho placentero: besos nocturnos. Eso era nuevo. Muy nuevo y estimulante. Aunque al principio era incómodo hasta pensar en compartir el pequeño espacio de la cama con Sherlock, conforme pasaron los días se le hizo más natural levantar la sábana y acostarse con él, o invitarlo a entrar ahí con él.

Ya otras veces habían dormido en el mismo lugar, sí, pero nunca… juntos. Y esto era estar juntos. Definitivamente. Si cabían dudas, habían zarpado la noche que se habían quedado viendo, frente a frente sobre sus costados, hasta que Sherlock había extendido su mano y lo había acariciado.

Se besaban cada noche, unos minutos, antes de quedarse dormidos. Y eso a John lo asustaba por momentos, por el parecido que tenía todo aquello a una rutina de viejo matrimonio. Pero no por asustarlo le gustaba menos. Al contrario, su corazón se agitaba felizmente cada vez que ocurría.

Y lo mejor de todo fue descubrir que no tenía que ser Sherlock quien iniciara los besos, que él también podía acurrucarse muy cerca y besarlo antes de rendirse a la noche. Hubiera sido perfecto, de no ser por lo quieto que dormía Sherlock después. Y sí, John entendía lo extraño que era preferir que su acompañante de cama rodara entre las sábanas al dormir.

Pero a esas alturas las cosas más raras ya eran cotidianas.

~o0000o~

El martes de la semana siguiente Sherlock frunció el ceño al ver de reojo cómo el hombre de la señora Hudson saludaba con un gesto a sus guardaespaldas, situados, como siempre, al final de la calle. Estaba sudando, más de lo apropiado para un hombre de su peso que hacía una caminata de cinco calles desde el subterráneo, el cual había tomado para ver a su doctora.

—Tiene una nueva prescripción. Pero es lento, todavía no la compra. Mañana por la mañana será.

John asintió, como si supiera de qué hablaba.

~o0000o~

Muy temprano, con las brisas del amanecer, Sherlock llevó a John desde la bodega hasta un estacionamiento vacío en una zona decadente de los suburbios. Una vez ahí, le dijo que cambiarían de vehículo.

—Mierda, Sherlock —expresó John, cuando vio su nuevo transporte—. No estoy seguro de poder manejar esto.

—Tendrás que hacerlo —respondió Sherlock por toda palabra de ánimo.

—Fabuloso —gruñó.

Justo se estaba abrochando el cinturón de seguridad cuando su celular sonó. Miró la pantalla, desconcertado.

—Responde —ordenó Sherlock, cómodamente tirado en la banca de atrás—. Y pregunta cuál es su emergencia.

—Mierda, ¡Sherlock!

La emergencia era que le faltaba el aire y sentía un dolor punzante en su brazo —sugestión, murmuró Sherlock—. Estaba sudando frío y tenía asco. Por supuesto, era una llamada que habían interceptado del hombre de la señora Hudson.

John, por más que odiara al hombre, dejó que su médico interno se hiciera cargo y le gritó instrucciones mientras intentaba, al mismo tiempo, maniobrar la gran ambulancia que Sherlock les había conseguido para esta misión.

—Una ambulancia estará con usted en cinco minutos. No se preocupe, todo saldrá bien —dijo, antes de colgar, pues de otra forma no podría haber seguido conduciendo.

Sherlock iba muy tranquilo en la parte de atrás. John le gritó.

—Podrías haber respondido tú, hacer algo.

—Imposible —explicó—. Podría haber reconocido mi voz.

—¡¿Y la mía no?!

—La tuya es más común y tiene la jerga médica. Útil.

—Fantástico, me alegra ser útil para ti —escupió, mientras luchaba por mantener el control del volante de esa cosa.

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A pesar de todo, John tenía que admitir que el plan era brillante, como siempre con Sherlock. Las dosis de veneno no podían tirar al hombre de la señora Hudson de repente sin hacer sospechar a sus vigilantes, pero tras una semana de síntomas que fueron en aumento y visitas al doctor, lo más normal del mundo era que llegara una ambulancia a su llamado.

Los guaruras no se acercaron, solo vigilaron a distancia, entre los vecinos y personas que pasaban por ahí y querían ver "al muerto", "al herido", "al suicida".

—¿A qué hospital lo llevarán? —gritó uno de los guaruras, desde el escondite que daba la pequeña multitud.

—¿Es que nadie va a ir con él? —preguntó una voz femenina ligeramente grave.

John fingió no escuchar y Sherlock también. Subieron la camilla en la ambulancia y arrancaron.

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Huyeron a toda prisa, con la seguridad de ir en un vehículo al que nadie detendría. Otro perfecto disfraz en Londres que hacía que John se sintiera más que agradecido de tener al gobierno británico de su lado. Mientras John manejaba la ambulancia y le gritaba a Sherlock, éste observaba que nadie los siguiera.

Oh, ¿y mencioné que John le gritaba a Sherlock?

—¡¿Y quién creías que iba a reanimar al hombre si le daba un paro?!

—Tú.

—¡¿Y cómo si yo tengo que manejar porque al señorito no se le da la gana?!

Tras un silencio en el que Sherlock desapareció de lo poco que se veía por el espejo retrovisor, tuvo su respuesta.

—No se trata de gustos sino de hechos: no manejo.

—Oh, bueno, aquí tienes otro hecho: sin atención médica ese hombre realmente puede morir.

—No.

—¿No? Sherlock, ni tú puedes controlar la biología con tu necedad…

Sherlock se asomó hacia el asiento de adelante con una jeringa vacía entre los dedos.

—Antídoto, ¿contento?

John respiró profundamente, en parte de alivio y en parte para no soltar el volante y golpear a Sherlock.

—Espero que realmente sepas lo que haces.

—Excepto por la parte donde saltaste conmigo, todo ha estado perfectamente calculado.

John resopló. Oh, eso sí que lo hacía sentir seguro...

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Cuando "el de la señora Hudson", más conocido como Janik Dusan, despertó, tenía un arma apuntándole a la cabeza y las manos y pies atados a una silla. Tan concentrado estaba en el dolor de todo su cuerpo y en el arma que no notó inmediatamente quién lo había atrapado hasta que escuchó esa voz. Sherlock tenía razón: podía haberla reconocido en cualquier parte. Inmediatamente apretó los puños.

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—Tienes dos opciones —le dijo Sherlock, con esa voz profunda que causaba escalofríos.

El hombre de la señora Hudson alzó la vista y bufó. John cortó cartucho.

—La primera —continuó Sherlock—. Es una confesión amplia, seguida de una muerte rápida. La segunda es un silencio terco acompañado de una larga tortura. ¿Elección?

—Sherlock Holmes —dijo el hombre—. Debí adivinarlo.

Esta vez fue el turno de Sherlock de soltar un resoplido.

—No, no debías. Ahora, tu elección.

El hombre los analizó a ambos. Estaba sudado y debilitado.

—¿No se supone que tú eres uno de los ángeles? —negoció—. Esas son las opciones que esperaría del jefe, no de ti. Uno esperaría que me ofrecieras un programa de testigos protegidos, de...

—No. Soy. Un. Ángel. El hecho de que esté con ellos no me hace uno. Mis opciones no cambiarán, así que elige ya y no me hagas perder el tiempo.

—No vas a obtener mucho de mí. Yo solo soy el que dispara —explicó, aparentemente vencido.

—¿Cuándo? —intervino Sherlock, dispuesto a exprimir hasta la más mínima información que pudiera.

—Cuando llegue la orden.

—¿De quién?

—Del jefe.

—¿Cómo?

—Mensaje.

—¿Dónde está tu jefe?

El hombre se rió. Una auténtica carcajada que hizo que John apretara la pistola. Si el hombre se reía porque sabía que Moriarty estaba muerto, entonces lo que Sherlock pensaba…

—¿Tú crees que yo lo sé? Jamás me lo dirían. Y si lo supiera no podría decirlo, moriría antes de abrir la boca.

Sherlock entrecerró los ojos, en apariencia tranquilo. John sabía que por dentro tenía muchas más reacciones al saber que el equipo de Moriarty no sabía que éste había muerto. Ni, obviamente, que ellos sí que estaban vivos.

—¿Quién es tu contacto?

—Un hombre —respondió Dusan, cansado.

—Un hombre —repitió Sherlock, con sorna.

En su rol intimidante, John le acercó la pistola al rostro.

—Nombres —ordenó Sherlock.

El hombre se rió de nuevo. John empezaba a sospechar que era su manera de lidiar con su nerviosismo, pero no era una buena manera de lidiar con Sherlock. El detective frunció el ceño, fue hacia su laboratorio y, cuando regresó, hizo a un lado a John.

—Esto puede ayudarte a recordar.

Una aguja se clavó en el brazo del hombre de la señora Hudson. John apretó los dientes en un gesto de dolor empático, más por los recuerdos de sus pacientes que por la persona en sí.

Al poco rato el hombre perdió el color y empezó a sudar.

—¿Puedes revertir esto?

—Si quiero —respondió Sherlock, encogiéndose de hombros.

John no quiso ni saber qué le estaba pasando al cuerpo de ese tipo.

—El hombre de Moriarty —soltó, tras un gemido de dolor—. Era todo, el hombre de Moriarty, así lo llamaban todos.

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No dijo mucho más; de ahí en adelante todo lo que intentaba confesar, Sherlock lo descartaba casi inmediatamente como "obvio" o "irrelevante". John quería sentir compasión por él, pero entonces recordó que la señora Hudson había estado a punto de morir en sus manos y solo sintió rencor. Sherlock no lo mató, ni le pidió a John que lo hiciera, lo cual en cierto modo era un alivio. Sin embargo, sospechaba que si todavía no estaba muerto era solo porque Sherlock creía que sabía algo más.

Cualquier interrogatorio tendría que esperar a que se repusiera del segundo casi-ataque que Sherlock le había provocado en menos de 24 horas.

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Sherlock y él estaban discutiendo a unos metros del secuestrado acerca del ligero tema de qué querían (o no, en el caso de Sherlock) comer cuando la figura se abalanzó sobre él a toda velocidad y lo arrojó al piso antes de ir por Sherlock.

John quiso levantarse de inmediato, pero una punzada de dolor en su costado lo detuvo.

—Oh.

Tenía un cuchillo. Error de principiantes. Aunque estaba seguro de que Sherlock había buscado, pero este hombre trabajaba para Moriarty, por Dios, probablemente podía habérselo tragado.

Sherlock era ágil, así que logró esquivar las primeras dos embestidas y no dejó que el cuchillo se acercara a él. Pero no iba a aguantar mucho más, no cuando parecía más preocupado por voltear a ver a John que por defenderse. Carajo, Sherlock, concéntrate, pensaba John, mientras desenfundaba su arma intentando no pensar en la herida que estaba justo arriba de ésta.

Dusan lanzó a Sherlock al piso, algunos metros lejos de él. John apretó los dientes y sacó el arma: estaba llena de sangre. Eran segundos apenas los que tardaría el hombre en llegar a Sherlock y lastimarlo. Ni siquiera lo pensó.

El hombre gimió de dolor cuando la bala entró por su cabeza. Prosiguió el silencio que siempre parecía venir tras el estruendo de un arma de fuego. Sin embargo, quizás solo eran sus oídos, porque en algún momento indefinido pudo escuchar claramente su respiración agitada. Tardó un segundo más en escuchar la voz de Sherlock.

—¡Vámonos!

No supo cómo se levantó tan rápido, pero lo hizo y siguió a Sherlock hasta la salida más próxima.

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Primera parte, escrita marzo-abril 2013.

Edición: agosto-septiembre 2020.

NA: Hola... no sé si alguien por ahí todavía lee Johnlock en español. Si hay alguien ahí y se manifiesta seguiré subiendo la historia aquí (son solo tres capítulos en total). Si te encuentras aquí y ves esta historia incompleta, visita mi perfil en como Loredi en Archiveofourown, donde ya está completa.

Gracias por leer :)

Lore