Resultó que Sherlock sí podía manejar (¿o habría aprendido en ese momento? Mejor ni pensarlo). De hecho, podía manejar vehículos pesados, como ambulancias. Entonces John tenía razón: no lo hacía porque no quería. Y quizás por molestarlo. Gimió bajito. Causó que Sherlock casi chocara.

—¿Estás bien?

—Sí —gruñó John—. Es molesto y aparatoso, pero nada grave en cuanto pare la sangre.

Sherlock se quedó callado después de eso, hasta que pudo estacionarse en un lugar que John no reconoció (cerca del Támesis, dedujo, porque apestaba). Casi de inmediato, el detective se pasó a la parte de atrás de la ambulancia. John ya tenía a su lado lo necesario para la curación; solo maldecía la ropa de paramédico, por mancharse tan fácilmente con la sangre, mientras intentaba sacársela sin éxito.

—¿Qué hago? —preguntó Sherlock. Su mirada iba y venía entre John y todos los materiales.

Ya en otras ocasiones John había salido herido. Más de una vez, Sherlock también estaba herido y él tenía que curarlo antes de poder pensar en sus propias lesiones. Otras veces Sherlock salía intacto y entonces se olvidaba de John. En resumen, la mayoría de las veces John terminaba curando sus heridas en solitario y comparándose con un perro que las lamía mientras se escondía en su habitación. El cambio en su relación parecía haber aumentado la preocupación en Sherlock por él y realmente no sabía si eso sería bueno o malo.

John suspiró.

—Ayúdame a desinfectar.

~o0000o~

Después de todo, no era malo tener un ayudante con sangre fría para suturar la herida. Eso no hizo el proceso más agradable, pero dentro de todo podría haber sido peor. Sherlock era meticuloso y limpio. Y clavaba la aguja para dar los puntos con la certeza de un cirujano. Eso estaba bien, porque John no podría haber hecho eso con su mano dominante, pues la herida estaba justo del lado izquierdo.

Cuando terminaron, John exhaló y se recargó en la pared de la ambulancia, sudoroso y jadeante. Y ahí terminó eso.

Sherlock recibió un nuevo mensaje para acudir a otra de las "locaciones secretas", donde cambiarían de "automóvil". Para variar, John viajó en el asiento del copiloto, adormilado por las pastillas que Sherlock lo había obligado a tomar. Sí, lo había obligado. Había sido ridículo.

—Espero que sea un autobús de dos pisos —susurró.

—¿Eh? —contestó Sherlock, sin quitar los ojos del camino.

Todo en aquella situación era tan ridículo que John solo pudo reírse. Para su sorpresa, en lugar de compartir su risa, Sherlock lo miró con preocupación.

—Eso fue una locura —murmuró John, todavía de buena gana.

Sherlock no respondió. Cuando John levantó la vista hacia él, vio al detective con el cabello revuelto y sudoroso, pálido y perdido en sus pensamientos de esa manera que hacía que sus ojos parecieran vagabundos. Le preocupaba un poco que Sherlock se perdiera en sus pensamientos mientras iba manejando, pero lo dejó ser mientras él mismo descansaba. Después de unos minutos, se hartó del silencio.

—Fue astuto el tipo, ¿ah? —dijo, por decir algo.

—No —respondió Sherlock de inmediato.

—¿Eh?

Sherlock siguió mirando hacia el frente, nuevamente con su "pose de pensar", con la diferencia que esta vez aferraba el volante. Cuando John se había resignado a que no recibiría explicaciones, Sherlock por fin se removió en su asiento.

—Estaban dentro de la bodega.

John casi se muere del susto; incluso el sueño se le fue.

—¿Cómo? ¡¿Quiénes?!

—Los que lo vigilaban, los guardaespaldas, pero ellos no nos habían seguido. Tampoco llevaba consigo mecanismos de rastreo —reflexionó, en ese tono que dejaba implícito que no lograba entender algo—. Su ataque fue una distracción. Los otros buscaban algo —explicó al aire.

—¿A nosotros?

Sherlock negó.

—No, algo que probablemente tenemos, o que pensaban que teníamos.

—¿El código?

—El inexistente código. U otra cosa más importante.

John tragó saliva amarga.

—¿Y aun así decidiste sacarme de ahí y dejarlos buscar a su antojo? ¡Pudimos haberlos detenido! Si ahora tienen lo que buscaban…

Sherlock lo calló con una mirada de soslayo. Tras un silencio incómodo entre ambos, en el que John se sofocaba, Sherlock volvió a hablar.

—Decidí sacarte de ahí porque había un mecanismo para hacer explotar la bodega.

John abrió tanto los ojos que le ardieron un poco. Se sintió como en una película de James Bond y al mismo tiempo bastante idiota por haber pensado que Sherlock pondría su bienestar por encima de un caso.

—¿Los… hiciste explotar?

—No quería hacer algo tan drástico y potencialmente llamativo, pero no podía arriesgarme a que encontraran lo que estaban buscando y lo divulgaran entre la red de Moriarty.

John asintió, intentando procesar y entender sin mucho éxito. Al final decidió, como siempre, simplemente seguir la corriente.

—¿Y ahora?

Sherlock se llevó la mano al rostro y respiró profundamente.

—Ahora esperemos que su desaparición no llame la atención de nuestros otros tiradores antes de que lleguemos a ellos. Debemos apresurarnos.

John asintió de nuevo.

—¿Y luego de ellos?

Sherlock resopló por la boca.

—Luego de ellos tendremos muchos regalos atrasados de Moriarty para entretenernos, no te preocupes.

John no supo si esa era la respuesta que esperaba.

~o0000o~

No fue un autobús de dos pisos. Resultó un auto de lujo color azul oscuro. Sin reclamar, Sherlock se subió al asiento del piloto y John se acomodó en el del copiloto, intentando no molestar su herida recién cosida.

La distancia que recorrieron fue ridícula. Apenas unas calles lejos del lugar donde habían recogido el auto, Sherlock se detuvo en el lugar marcado por el GPS incluido. John agachó la cabeza para ver por el parabrisas el alto edificio. Habían aparcado frente a un hotel de lujo.

—¿Sherlock? ¿Esto no es algo… muy llamativo?

Sherlock hizo un gesto de disgusto con la boca.

—Exclusivo y privado. Y demasiado grande para ser un lugar en el que Sherlock Holmes se escondería si su tipo de escondites son bodegas suburbanas.

"Oh, ya veo", pensó John.

—O sea que un muerto podría entrar y el staff seguiría como si nada —fue lo que dijo.

~o0000o~

En la cajuela del automóvil venían dos maletas y dos maletines a juego. Sherlock bajó las primeras y se las entregó a un botones muy solícito que los guió hasta el vestíbulo del hotel. Los maletines los llevó en el brazo y abrió uno para sacar una identificación. La señorita de la recepción la recibió con una sonrisa y después de verificar en sus registros, asintió.

—¿Los señores Johnson?

—Sí —confirmó Sherlock.

—Por supuesto, su habitación está lista.

John empezó a incomodarse mientras la mujer confirmaba su registro en aquel hotel. Después de todo, apenas había tenido tiempo de cambiarse de ropa antes de cambiar de auto. Ahora tanto Sherlock como él llevaban pantalones de vestir y camisas. John estaba seguro de que eso era una mala idea. En cualquier minuto podía abrirse su herida y la camisa blanca iba a cambiar de color y eso sí que iba a llamar la atención de unos cuantos.

Afortunadamente, nada pasó. El botones los acompañó en el ascensor hasta el sexto piso y les mostró su habitación rápidamente (la cocineta, el baño, la recámara, el teléfono de servicio y fin).

Una vez que el botones se fue, no sin una propina que él le extendió al ver que Sherlock ya lo estaba ignorando, John se acercó a la cama.

—Debo entender que "los Johnsons" no son hermanos, ¿eh? —murmuró, al ver que además de la cama matrimonial no había ni otra cama ni paso a otra habitación.

Sherlock no respondió, así que John se dejó caer en la cama exhausto, mas con cuidado de no molestar su herida. Entonces se giró hacia un lado y frunció el ceño.

—¿Y eso?

Sherlock se tensó.

—¿Qué?

John resopló. No era tan idiota como para creer que Sherlock no había escaneado la habitación desde el primer paso que había dado ahí. Estaba seguro de que había visto lo mismo que él. Si no quería hablar de ello era por algo. Le picó la curiosidad.

—Obviamente —remarcó John—. Eso —señaló.

En la mesa de la recámara había un gato chino con la pata alzada, saludándolos como si les diera la bienvenida. Y John hubiera pensado que aquello era parte de la decoración, de no ser porque definitivamente ese gato tan hortera no vendría incluido en la decoración de un hotel de lujo como ése.

Sherlock confirmó sus sospechas cuando evitó verlo a los ojos y se dio vuelta hacia el baño. John suspiró y se levantó para analizar al gato. Sí, definitivamente, si no era el mismo, era igual al que Sherlock había llevado a casa una vez, durante el caso de los contrabandistas, apenas un tiempo después de que se conocieran.

John recordaba al gato porque Sherlock pocas veces compraba cosas. De hecho, prácticamente nunca lo hacía. A veces lanzaba dinero a los taxistas o a los meseros, pero no pisaba Tesco para comprar comida, jabón, rastrillos o cosas esenciales que sabría dios de dónde sacaría si John no las comprara. Por ello, la llegada de ese gato había sido una sorpresa y más cuando, en lugar de tirarlo en cualquier sitio como hacía con toda posesión suya, Sherlock lo había puesto en las manos de John y había dicho "ponlo por ahí".

John le dio un empujoncito al dichoso gato para que empezara a moverse y a saludarlo. Sonrió. Era ridículo y feo, pero entretenido. Sherlock salió del baño, lo observó jugar con el gato y regresó a su encierro. John suspiró de nuevo y caminó hasta la puerta del baño; se recargó en ella y lo llamó.

—¿Qué? —respondió el detective desde dentro.

—¿Mycroft trajo esto?

—Mycroft no levanta su trasero de ninguna superficie si no hay pastelillos de por medio.

John se rió bajito.

—Bien. Anthea lo trajo. ¿Hay alguna razón para eso?

Sherlock abrió la puerta. Sus labios formaban una línea.

—Es la idea de Mycroft de jugarme una broma.

John frunció el entrecejo.

—¿Por qué?

Sherlock se tornó serio y avanzó hacia la cama, haciendo a John a un lado.

—La habitación, el gato…

—OK, con lo del a habitación asumo que… sabe.

Sherlock asintió.

—¿Y lo del gato?

Después John culparía al cansancio por la alucinación que siguió: parecía que Sherlock estaba nervioso.

—Nada.

—¿Nada? —preguntó con sospecha.

—Es estúpido.

—Invadí Afganistán, prueba mi capacidad para las estupideces.

—Fueelprimerregaloquetedi —dijo, en una exhalación.

—¿Fue el…? Oh, ¡oh!

—No lo sabías —afirmó Sherlock.

Esta vez fue su turno de abrir y cerrar la boca, con nerviosismo.

—Bueno, no eres lo que se llama claro, Sherlock. Me lo tiraste a la cara y dijiste "ponlo por ahí"… Oh, claro. Eso es sherlockiano para "toma, te traje un regalo", ¿no?

Sherlock torció la boca en un gesto que podría haber sido una sonrisa. O un rictus de dolor.

—No acostumbro dar regalos. Es difícil seguir las costumbres dictadas por la sociedad.

John asintió. Luego lo pensó mejor.

—¿Por qué me trajiste un regalo si apenas nos conocíamos?

El rictus de dolor volvió, recargado.

—Oh dios —dijo John—. ¿Desde entonces…?

—¡No! —interrumpió Sherlock—. No digas tonterías. Fue simplemente una muestra de mi… aprecio.

John sonrió.

—Yo también te aprecio mucho, Sherlock —dijo, empujando la pata del gato nuevamente.

~o0000o~

John estaba intentando acomodar las almohadas en una buena posición para su maltratado cuerpo cuando Sherlock dejó caer sobre la cama un iPad que dios sabía de dónde había sacado. John intentó reñirle por tratar aparatos tan caros con tan poco cuidado, pero sabía que sería en vano. Además, sospechaba que a Mycroft no se le había movido un solo pelo al tener que reponer los teléfonos que habían perdido en la explosión de la bodega. Tampoco al comprarle a Sherlock un juguete nuevo para sus investigaciones.

—No lo entiendo –gruñó Sherlock, con una mano en el cabello.

—Eso es nuevo —susurró John, antes de mirar la pantalla del iPad—. Veamos, ¿qué tenemos aquí? Es una foto.

Sherlock no se dignó a responder a eso, solo entrecerró los ojos.

—¿Qué más, John?

—Es una foto de un jardín, con muchas personas… oh, ¿es esa la señora Hudson con ese ramo de flores?

—Sí. ¿Dónde está, John?

—¡Ah! —reflexionó en voz alta— ¿El funeral?

Sherlock asintió.

—Dime qué es extraño.

—¿Además del hecho de que estoy viendo una foto de mi funeral?

Sherlock rodó los ojos.

John clavó la vista en la imagen e intentó verla como lo haría el detective. Claro, no tenía idea de cómo lo haría, pero la intención era lo que contaba, ¿no? Analizó a todas las personas, intentando reconocerlas en la pantalla.

—Uhm… ese es el que seguía a la señora Hudson —señaló al sujeto, en el fondo.

Sherlock asintió.

—¿Y?, ¿a quién más reconoces?

—Lestrade, obviamente. Dimmock… Algunos otros policías. ¿El de Lestrade está ahí?

Sherlock apuntó con su dedo.

—Tercero a la derecha, cubriendo parcialmente a las mujeres con la manta del club de fans.

John fijó la vista en él e intentó aprenderse de memoria todas las facciones de ese hijo de puta. Tan concentrado estaba que no notó el resoplido de frustración que Sherlock dejó salir.

—¿Qué ocurre?

—¡Piensa, John, piensa!

John se rascó la cabeza.

—Si todos los tiradores estaban ahí, vigilando, ¿dónde está el tuyo?

—¿Sería demasiado pedir que esté de vacaciones en Hawaii porque cree que ya estoy muerto?

Sherlock bufó.

—Ridículo. Debería estar aquí, ¿dónde está?

John analizó la fotografía de nueva cuenta e intentó localizar a todos los hombres desconocidos. Sherlock pasó su mano por la tableta y cambió de fotografía: pasó una y otra a toda prisa. Fotos de varios ángulos y a diferentes horas del servicio funerario. Fotos de la gente entrando y saliendo del cementerio.

—¿Dónde está? —gruñó, con los dientes apretados.

John detuvo a Sherlock en una fotografía y señaló un hombre alto y sin cabello.

—¿Qué tal él? Parece esconder algo.

—Periodista encubierto —murmuró Sherlock, antes de cambiar de foto.

—¿Él? —señaló John a un cincuentón regordete.

—Caso resuelto del 2007, lo suficientemente agradecido como para ir a mi funeral.

—¿Él? —preguntó John, antes de rendirse, señalando a un jovencito con lentes oscuros que parecía huir de la cámara.

—Club de fans, apenado de ser parte de él con el resto de esas mujeres —explicó con desdén, señalando al grupo femenino—. ¿Dónde está?

Sherlock se dejó caer en la cama. John analizó las fotografías, por curiosidad y no por otra cosa. Ya estaba convencido de que Sherlock había buscado y rebuscado. Si su ojo entrenado no lo había encontrado, mucho menos lo haría el de John, que no sabía exactamente qué buscaba, para empezar.

Un tirador mortal, seguro, pero… ¿joven o viejo?, ¿exmilitar o entrenado por su cuenta?, ¿imponente o resguardando su inseguridad tras el arma como hacían muchos?

—¿Dónde está? —repitió Sherlock, en pleno berrinche.

—Lo encontraremos —susurró John, dándole palmaditas en una pierna para tranquilizarlo—. Mientras lo hacemos, siempre podemos ir por el de Lestrade.

~o0000o~

Esa noche Sherlock estuvo dando vueltas en la cama hasta altas horas de la madrugada, cuando por fin decidió levantarse. Más tarde, al parecer agotado de sus propias deducciones, se dejó caer sobre su lado del colchón y se quedó dormido, aunque no por eso disminuyeron sus movimientos caóticos.

John durmió bien, consciente de la presencia en movimiento de Sherlock en la habitación. Intentó ayudar a su cuerpo a recuperarse; solo una noche de buen sueño en una cama decente era todo lo que necesitaba. Y quizás un desayuno completo al día siguiente, para reponer la sangre que había perdido. Eso sería suficiente, pensaba entre sueños.

~o0000o~

Para su mala fortuna, solamente logró lo primero. En sus planes estaba pedir servicio a la habitación y desayunar abundantemente con Sherlock en la cama. Quizás otras cosas después, pero después del desayuno.

Despertó con el grito de "¡mierda!" que soltó Sherlock antes de colgar el teléfono.

—¿Qué pasa? —murmuró John, de pie casi al mismo instante.

—Nada, quieto —ordenó, nada calmado él mismo.

—Sherlock, ¿qué pasa?

Sherlock lo ignoró. Comenzó a colocarse un saco, mucho más feo de los que solía usar, (disfrazado, al fin).

—Ey, ey, alto… —gruñó John—. Por lo menos espera a que me vista antes de salir corriendo atrás de ti…

—No —respondió, esta vez dedicándole toda su atención—. Tú te quedas. Necesitas recuperarte.

—No soy un adorno, ¿recuerdas? Voy contigo —murmuró, haciendo amago de levantarse.

Sherlock apretó los puños.

—No es necesario. No hay peligro. Tenemos todo su departamento vigilado, pero necesito entrar y revisar yo mismo, los estúpidos fotógrafos de Mycroft son unos inútiles, no entienden…

—Sherlock —lo detuvo John—. Paso por paso, ¿quieres?

El detective suspiró y comenzó su explicación, rápida y al punto.

—El hombre de Lestrade cambió su horario de hoy en el trabajo. Tenía planeado revisar su departamento hoy más tarde, pero salió de él temprano y volverá antes de lo previsto. Y por lo visto, Mycroft no pensó informarme de ello hasta ahora. Ahora es tarde. Tengo el tiempo justo para ir, observar y salir de ahí antes de que vuelva.

John asintió.

—Y mi presencia solo te retrasaría.

—Y distraería —agregó, con su típica honestidad cruel.

John se rió.

—Bien. Ve. Esperaré un mensaje cuando estés por llegar y cuando hayas salido. Y si se te olvida, te romperé el iPad en la cabeza, ¿entendido?

Sherlock asintió, dio la media vuelta y dos pasos hacia la puerta. Entonces se detuvo en su sitio, se dio media vuelta otra vez, regresó hasta donde estaba John en la cama y le pegó un beso en los labios, sorprendiéndose al parecer hasta a sí mismo.

—Volveré en unas horas.

Ya que Sherlock había dejado que sus instintos se salieran de su estricto control, John decidió jugársela con los suyos y hacer lo que su corazón le estaba gritando y esperar que Sherlock no se riera.

—Cuídate.

Quizás en otro tiempo Sherlock hubiera respondido a eso con una risotada. O lo hubiera ignorado. No esta vez. Esta vez asintió con solemnidad, besó la frente de John y se retiró, con la espalda muy erguida, pasos firmes y sin mirar atrás.

Y esa fue la escena doméstica inesperada del día.

~o0000o~

A John le pasó por la cabeza pedir el desayuno. O incluso darse un baño, bajar a desayunar y aprovechar la privacidad para fingir que podía estar rodeado de gente y estar muerto al mismo tiempo. Después de eso empezó a desvariar más y cuando abrió los ojos, sobresaltado, alguien estaba tocando a su puerta; había pasado casi tres cuartos de hora babeando la almohada.

Se levantó a toda prisa, se puso una bata que encontró al lado de la cama y echó un vistazo por la mirilla de la puerta. Era una camarera, o eso parecía. Por si las dudas, regresó por su pistola y la escondió en una bolsa de la bata antes de abrir.

—¡Servicio a la habitación! —dijo la muchacha, antes de pasar con un carrito, casi brincando de energía.

John la miró, todavía un poco adormilado. No parecía un peligro, esa chica. Pero aun así…

—Yo no pedí servicio a la habitación.

—Oh, no, no, su esposo nos dijo que viniéramos como a esta hora, que usted olvidaría llamar —respondió la chica.

—Mi esp… claro, claro. Vaya. Bueno. Gracias —murmuró, nervioso.

—Provecho.

La chica le sonrió y se fue sin decir más.

John cerró la puerta con seguro, bostezó, se talló los ojos y corroboró su firme creencia de que Sherlock era un genio: él tenía mucha hambre. Tomó la bandeja de comida y la llevó a la cama, dispuesto a darse un gusto después de aquella semana de mierda que había pasado durmiendo en una bodega, luego de "morir", luego de ser drogado, luego de ser amenazado por Moriarty, luego de sufrir el escarnio público. Tirarse en la cama fue un ligero error de cálculo porque cuando terminó de zamparse casi todo lo que le habían llevado, terminó dormido de nuevo, sin darse cuenta.

~o0000o~

Lo despertó la sensación de que lo estaban mirando. Su primer instinto fue buscar su arma bajo la almohada y al no encontrarla se alarmó.

—Soy yo, John —dijo entonces una voz muy familiar.

Su cuerpo se relajó inmediatamente y pudo abrir los ojos calmadamente, con la modorra digna de la merecida siesta que acababa de tomar.

—Hola —saludó con una sonrisa, antes de estirarse.

—Hola —saludó Sherlock, con cierta confusión en el rostro—. ¿Es una exigencia social saludar después de haber dormido aunque en el mismo día hayas saludado antes a la misma persona?

John, que apenas si estaba procesando las cosas, solo atinó a reírse.

—Puedes saludar a la gente cuando quieras, Sherlock.

—Oh —dijo Sherlock—. Vaya.

En ese estado de bienestar, John se giró en la cama y recargó su cabeza en el regazo de Sherlock, como un cachorro buscando mimos. Por un momento, sintió al detective tensarse y casi se arrepiente de hacerlo, pero entonces, con una mano insegura, Sherlock comenzó a acariciarle el cabello. El gesto, tan humano en su no-humano favorito, lo hizo derretirse.

Después de un minuto o dos en silencio, simplemente disfrutando de las caricias de las que no sabía que estuviera tan necesitado, John habló en voz baja y algo ronca.

—¿Cómo te fue?

A pesar de que no podía verlo, John adivinó la sonrisa que se dibujó en su rostro.

—Excelente. Es un idiota, John.

—¿Más idiota o menos que el último? —murmuró John sobre sus muslos, intentando señalar su herida sin moverse mucho.

—Igual de idiota —reclamó Sherlock—. De hecho, ambos no darían un paso sin caerse de no ser por quien tienen atrás.

—¿Moriarty?

—Ya no más. El hombre de Moriarty.

—Otro que atrapar, además del mío —susurró John, con pesadumbre.

Sherlock apretó los dedos entre su cabello un segundo y luego siguió acariciándolo.

—Él es el mayor peligro por ahora, mientras el tuyo no aparezca. Sin embargo, gracias al idiota que persigue a Lestrade podríamos estar más cerca del hombre de Moriarty.

—¿Qué tan cerca?

—Tenía su número anotado en una libreta. Obvio.

Ante eso, John se levantó como resorte, a pesar del quejido que dieron su espalda y su herida.

—¿Qué? ¿Tienes el número? ¡¿Qué estás esperando, Sherlock?! ¡Llama de una vez! ¡Podríamos terminar esto ahora…!

Sherlock solo lo miró con diversión en el rostro.

—Estoy esperando algo.

—¿Qué puedes estar esperando?, ¡Sherlock!

Esta vez la sonrisa fue notoria.

—El localizador de dispositivos móviles que Mycroft está enviando para cuando lo llamemos. No voy a hablar con él simplemente y preguntarle cómo está. Voy a saber dónde se esconde y acabar con él antes de que se vuelva un peligro peor.

—Ah —reflexionó John—. Sí, claro, cómo no lo… brillante.

—Gracias —respondió Sherlock, seco.

—¿Va a tomarle mucho a Mycroft?

—Aproximadamente trece minutos.

John se rió ante el cálculo tan exacto.

—Entonces, te da tiempo de comer algo.

Sherlock gruñó.

~o0000o~

El aparato llegó casi exactamente trece minutos después. Sherlock se había comido casi medio sándwich y una taza de té. John estaba orgulloso.

También nervioso.

El mensajero solo dejó el equipo con Sherlock y éste leyó por encima las instrucciones, conectó todos los cables necesarios a su teléfono y computadora, instaló el programa y se dirigió a John, quien observaba todo desde la cama, con ojos muy abiertos.

—¿Y bien? —preguntó, con cierta molestia.

John alzó las cejas.

—¿Qué?

—¿Tengo que explicar todo cuántas veces, John? ¿Diez? Ven, vas a hablar.

—¿Yo?

Sherlock rodó los ojos.

—Tú, obviamente. Sabes que odio repetirme: reconocería mi voz.

John frunció la boca.

—¿Y por qué crees que la mía no? —Antes de que Sherlock pudiera repetirse, agregó—: Creo que alguien como él, si es tan cercano a Moriarty, debe saber perfectamente cómo es mi voz.

Sherlock solo parpadeó.

—Entonces finge la voz.

—Tú podrías hacer lo mismo —gruñó John.

—¡Ridículo!

Después de otro par de minutos de discusión, John dejó de pelear y terminó llamando. El punto final a la discusión fue que John no sabía manejar el programa de rastreo y Sherlock sí. Maldita tecnología.

Marcó el número que Sherlock había memorizado, lentamente, con el corazón en la garganta. Llevó el celular a su oreja y escuchó. Un timbre. Otro. El tercero lo hizo sospechar que quien estuviera del otro lado de la línea no iba a responder a un número desconocido.

Y entonces.

—¿Hola? —dijo una voz grave, tranquila, normal.

John estaba seguro de que se habían equivocado de número.

—Hola… —respondió John.

El plan era simple. Solo tenía que mantenerlo en la línea por lo menos por un minuto para que el programa pudiera rastrear su ubicación. Una vez hecho esto, Mycroft evaluaría la situación y enviaría agentes especializados a detenerlo de ser posible.

Sherlock quería romperle el cuello entre sus propias manos, pero tratándose de un agente tan escurridizo y peligroso, tenía que conformarse con satisfacer su curiosidad sobre la identidad de este tipo.

El plan era simple, pero no contaban con lo que seguiría.

—Oh —dijo la voz, con una risa fuerte que traspasó el teléfono y cubrió a John de escalofríos—. Hola, John.

~o0000o~

Sherlock le hizo gestos para que continuara. Apenas llevaban diez segundos al teléfono, pero John se había quedado paralizado.

—No soy John —respondió, procurando fingir serenidad.

—Claro que eres tú, John. No soy idiota —rió la voz.

—¿Cómo sabes quién soy? —preguntó, intentando ocultar su miedo con arrojo—. ¿Quién eres?

—Sé muchas cosas —respondió, evadiendo la segunda pregunta—. ¿Te estás divirtiendo con Sherlock?, ¿es más divertido que Afganistán?

John apretó el teléfono en su mano.

—¿Quién eres? —repitió.

—¿Yo? Yo no soy nadie, John, no importo. Lo realmente importante aquí es saber quién vas a ser tú si Sherlock sigue intentando encontrarme. Solo déjenme en paz. Dile eso de mi parte, ¿sí?

—¡No!

—¡No! ¡Rayos, John!

Colgó. La llamada apenas había sobrepasado los 30 segundos y el localizador solo daba Londres como área general. El hombre de Moriarty estaba en Londres, pero no sabían en qué lugar y probablemente nunca lo sabrían.

Intentaron llamar de nuevo, una y otra vez, pero el teléfono había sido desconectado.

Sherlock se sentó sobre la cama y pensó en voz alta.

—Pensé que podrías mantener su interés, dado que la última orden de Moriarty fue dispararte por ser mi amigo cercano, pero ya veo que no es completamente idiota.

John resopló. Sus manos todavía temblaban ligeramente. Ni Moriarty había sido capaz de causar en él esta incertidumbre (o por lo menos ahora que estaba muerto no le parecía tan peligroso).

—Eso podrías habérmelo dicho antes. Parece que no soy muy interesante para él.

—Sí lo eres —rebatió Sherlock, con voz firme—. Yo sé que sí.

John decidió no mencionar el "mensaje" que el hombre había querido mandarle a Sherlock.

—Bueno… —murmuró, intentando aligerar el ambiente que había quedado tras la llamada—. Por lo menos ahora sabemos con seguridad que sabe que estás… que estamos vivos.

Sherlock no lo regañó por establecer lo obvio, demasiado distraído pensando. Eso tenía que ser una mala señal.

~o0000o~

John descubrió su nuevo teléfono celular en la maleta. También un par de libros de misterio a los que no iba a dejar que Sherlock se acercara, porque seguro con leer el título le bastaría para arruinarle el final. Éstos fueron de utilidad por la tarde, cuando salió de bañarse y se encontró a Sherlock desparramado a sus anchas en la cama. John se fue a un rincón de la habitación, donde un sillón lo recibió.

Sherlock estaba pensando. Era normal verlo pensando acostado, sí, pero con la novedad de verlo acostado en una cama tan grande y con el traje que llevaba ajustándose a su cuerpo, John descubrió que era difícil concentrarse. El misterio de un libro no era nada cuando tenía el misterio de un hombre frente a él, y no cualquier hombre sino de Sherlock Holmes.

John se imaginó lo que sería dejar el sillón, ir hacia él y ponerse sobre su cuerpo a horcajadas. Sostenerlo contra la cama y devorarlo entero de pies a cabeza. Quitarle la ropa con cuidado y hacer el amor con él.

Y, oh. Nunca se imaginó que el día que quitara el límite de su mente ésta ya no tendría fin en su carrera de deseos. Siempre habría creído que si un día dejaba salir su afección por Sherlock al cien por ciento, ésta solo se manifestaría en algunas caricias y palabras de ánimo cuando el detective estuviera decaído. Cosas así. No cosas así, como las que su cerebro conjuraba.

Sherlock se dio vuelta sobre la cama y enfocó su mirada lánguida en él.

—Déjalo.

John tardó unos segundos en procesar esa palabra.

—¿Qué?

—Deja el libro, no lo estás leyendo ni tienes interés en leerlo en un futuro cercano. Simplemente déjalo.

John se rió, pero le hizo caso: cerró el libro y lo dejó en la mesita de al lado. Luego, sin saber qué hacer con sus manos, las cruzó sobre su regazo y miró a Sherlock, quien continuaba viéndolo como con somnolencia.

Afuera, el sol comenzaba a bajar y Sherlock había pasado la hora de la comida y la del té pensando. John había pedido servicio a la habitación, incluyendo algo para que Sherlock cenara en cuanto saliera de su trance. Ahora parecía un buen momento para sugerirle alimentarse, pero la mirada que se clavaba en él sencillamente no le permitía hablar. Ni hacer cualquier otra acción que no fuera corresponderla.

Después de un incómodo minuto en el que solo se miraron, Sherlock por fin habló.

—Ven acá.

John se levantó y se acostó a su lado, mirando el techo. Todo en esa escena era extraño, desde la pijama que habían escogido para él, demasiado sedosa para su gusto, hasta la posición en que se encontraba con Sherlock y el techo tan excesivamente blanco, no como el blanco-amarillo del apartamento de la calle Baker.

—Estoy a punto —susurró Sherlock— de hacer algo que encontrarás anormal y muy probablemente incómodo. Creo que requiero tu permiso para hacerlo, ¿…me dejarás?

John se giró sobre su costado para poder ver a Sherlock. Lo libres que estaban los sentimientos en ese rostro justo en ese momento lo sorprendieron.

—¿Cuándo, cuándo, Sherlock, me he negado a que hagas algo que encuentro anormal y definitivamente incómodo?

~o0000o~

Cuando John dio su autorización, pensó que Sherlock se refería a hacer alguno de sus experimentos. Y en verdad no tenía problemas con ellos, más allá del susto que le daba encontrarse alguna cabeza humana mirándolo desde el frigorífico o un monstruo atrapándolo en una jaula. Con el tiempo lo demás se había vuelto común para él. Maniquíes colgando del techo, partes humanas al lado de la mermelada, bombas, francotiradores siguiéndolos después de muertos...

Quizás el hecho de que el laboratorio portátil de Sherlock había explotado en la bodega debió darle una pista: el detective no se refería a experimentos químicos. Sino más bien… físicos.

Comenzó por darle pequeños jalones y empujones sobre la cama. John se dejó hacer hasta que se encontró justo en medio de ésta con los brazos abiertos en cruz y la espalda bien recta. Cómodo y resbaladizo, en su pijama de seda. Una vez que lo tuvo en la posición que quería, comenzó la parte "anormal e incómoda".

Sentado sobre sus propias piernas, sin tocarlo, Sherlock empezó a observarlo. Comenzó desde la punta de su cabello, con la cabeza ligeramente inclinada. Después miró su frente y bajó a sus ojos. Ahí se quedó un largo rato, observando a John en silencio. No viéndolo, como haría cualquier persona normal, no, observando de esa manera en la que solo sabía hacerlo él.

—¿Sherlock…? —susurró.

No hubo respuesta sino un gesto de mano que lo mandó callar. Y así lo hizo. No sabía qué estaba pasando, pero era fácil dejarse llevar.

La mirada resbaló de sus ojos hacia su nariz, su boca, su cuello. Por unos segundos volvió a su cabello y a sus ojos, antes de bajar hacia su pecho, apenas ligeramente visible tras la camisa del pijama. Ahí se quedó otro rato, hasta que el subir y bajar de los pechos de ambos quedó sincronizado. Después descendió por su estómago, su herida cubierta, y cayó en su entrepierna.

John sabía que estaba rojo, pero además de sentirse avergonzado no podía hacer más. La mirada de Sherlock lo tenía clavado en la cama y no podía moverse. Simplemente no podía, a pesar de que quería remover sus piernas, que deseaba de alguna manera quitar la atención de esa parte que empezaba a mostrar una excitación que no entendía. Solo lo estaba mirando.

No se detuvo ahí. Sherlock se viró un poco y sus ojos fueron hacia sus piernas, primero un muslo y luego el otro. Primero, a detalle, la pierna que arrastraba cuando lo conoció. Luego la otra, hasta los pies. John iba descalzo. Sus dedos se apretaron inconscientemente. Sherlock les dedicó la misma atención que al resto y, finalmente, arrancó sus ojos de su cuerpo y los cerró.

John sintió que toda la tensión del día y de la situación dejaba su cuerpo ahora que Sherlock no lo miraba, que solo estaba quieto, con los ojos cerrados. Entonces continuó. Sin abrir los ojos, se colocó sobre sus manos y rodillas y acercó su rostro al de John. Un suspiro y luego el aire tibio que dejaba su cuerpo.

Comenzó a olfatear su nuca, con la nariz casi entre sus cabellos. Después detrás de su oreja, su cuello, todo alrededor de él. Sus mejillas, su boca. Por un momento ambas narices estuvieron cerca, muy cerca. A esas alturas, John cerró los ojos junto con él y respiró profundamente.

La nariz de Sherlock rosó el cuello del pijama y lo hizo a un lado para olfatear su pecho. Se metió entre los botones, bajó más y erizó los vellos de su vientre. A la izquierda, imaginó que solo podría oler el desinfectante en su herida. Bajó más y más y dio un suspiro profundo en su entrepierna que provocó escalofríos en John. Su respiración se agitó (Sherlock ni siquiera lo estaba tocando); lo único que agradecía era que estuvieran haciendo esto después de un baño profundo.

Después de terminar el recorrido con la nariz por su cuerpo, Sherlock pareció desplomarse sobre sus piernas. John, con los ojos cerrados, frunció el ceño y tardó un rato en darse cuenta de lo que hacía esta vez. Lo estaba… escuchando.

Fue un proceso lento y cuidadoso en el que Sherlock pegaba su oreja a alguna parte de John por la que corría su sangre en venas o arterias. Para cuando llegó a su pecho, la respiración de John se había calmado, su excitación había bajado un poco y su corazón latía a un ritmo más o menos normal para alguien en reposo. Sherlock se quedó sobre su pecho varios minutos, escuchando su corazón, dejando que su cabeza subiera y bajara al ritmo de sus pulmones.

John creyó que ahí terminaría todo, tranquilamente tirado con Sherlock sobre su pecho. De pronto, éste decidió moverse hacia arriba y escuchar su carótida y luego sus inspiraciones y expiraciones. Después, como si fuera capaz de escuchar los pensamientos de John al hacerlo, puso la oreja en su frente. John estaba tranquilo y hasta adormilado.

Entonces. Entonces, vinieron sus dedos. Si John había pensado que estaba tan relajado que caería dormido en cualquier momento, supo que estaba equivocado en cuanto los sintió. Comenzaron, nuevamente, en su cabeza. Se metieron entre su cabello y acariciaron las raíces, casi exhaustivamente. Después trazaron cada detalle de su rostro. John abrió los ojos cuando tocaron sus sienes. Sherlock estaba sentado sobre él, todavía con los ojos cerrados, absolutamente concentrado en el tacto. John quedó perdido, mientras los dedos de Sherlock pasaban por su nariz y tentaban su boca, que se abrió inconscientemente para ellos.

El dedo índice se coló hasta acariciar su lengua, apenas. Mientras John saboreaba a Sherlock, los dedos siguieron su camino por su mentón y su cuello. Aquellos roces lo hicieron temblar ligeramente y su respiración volvió a ser más rápida. Mucho más cuando comenzaron a desabotonar la camisa del pijama para poder delinear cada contorno, cicatriz y herida de su pecho. Parecería que Sherlock las conocía de memoria y no necesitaba sus ojos para saber dónde las trazaba.

Tocó sus pezones y, cuando logró que John arqueara la espalda, las manos se colaron entre ésta y la cama para acariciar desde los omóplatos hasta la espalda baja, sintiendo, sintiendo.

Tuvo que quitarse de encima para continuar su exploración, lo cual fue una lástima, pues a John le había encantado que Sherlock estuviera sobre él. No fue mayor problema porque el pensamiento se le fue en cuanto Sherlock le sacó el pantalón del pijama y comenzó a tocar la segunda mitad de su cuerpo desde los dedos de los pies. Pasó sus dedos, juguetones, entre éstos. Subió por la pantorrilla hasta el muslo, una mano en cada pierna, sin despegarse ni un milímetro hasta llegar a los calzoncillos de John.

Era inevitable. Sherlock lo estaba tocando de una forma tan íntima y sensual que cuando sus dedos llegaron a su entrepierna, John ya estaba medio erecto otra vez. Los dedos no lo defraudaron: cuando lograron hacer a un lado la ropa interior se colaron, aferraron su miembro y subieron, luego bajaron. Apenas resbalaban por el sudor de la mano, apenas. John gimió. Sherlock se detuvo en seco y jadeó.

John ondeó la cadera y la levantó hacia Sherlock. De golpe, él abrió los ojos.

Lo había observado, olido, escuchado y tocado. Solo faltaba…

—Oh dios —susurró.

Incluso para su mente era demasiado.

Sherlock hizo trampa. No comenzó por su cabeza. Comenzó devorando su boca con una pasión que John no había conocido en otros labios. Se adueñó de ella de tal manera que John llegó a pensar que jamás dejaría de tener el sabor de Sherlock en su boca. Y no le molestó.

Esta vez el experimento de Sherlock perdió todo rigor. Lo besó en la cabeza, en la frente, en los pómulos, volvió a su boca, bajó a su cuello, saboreó el sudor y regresó a su boca. Mientras tanto, las manos de John decidieron cobrar vida, ya que al parecer el movimiento ya estaba permitido. Aferró a Sherlock por los hombros, luego jaloneó la camisa hasta sacarla de sus pantalones y apretó la espalda desnuda.

Sherlock lamió cada pequeño rincón de su pecho. John aferró los rizos de su cabello. Lamió, mordió, saboreó. Gimió, se retorció, estaba seguro de que gritó. Cuando Sherlock dejó de pasear por su pecho, se hizo a un lado y comenzó a lamer su vientre. Fue entonces que John ya no pudo más: se llevó la mano al miembro y comenzó a masturbarse con ella mientras con la otra intermitentemente aferraba la cama, la cabeza de Sherlock y su propia piel.

Pasó por el pene con un par de lamidas, luego probó sus testículos y sus piernas, sus rodillas… John siguió masturbándose con ferocidad, guiado por el calor que había dejado Sherlock en todo su cuerpo y que parecía concentrarse ahí, en el centro de su placer. Con dificultad notó que Sherlock lo acomodaba en su costado para proseguir su exploración. Dejó huellas húmedas en sus talones, detrás de sus rodillas y en sus muslos.

Cuando besó entre sus glúteos John apretó su pene y aceleró el ritmo. Cada vez más cerca, cada vez más cerca, su orgasmo subía al mismo tiempo que Sherlock recorría con los labios su espalda, hasta su cuello.

—Sherlock…

Se tiró al lado de John en la cama y comenzó a besar su cuello una y otra vez; su mano alcanzó la de John y lo ayudó a masturbarse. En unos segundos, John estaba temblando entre sus brazos y tras un jadeo terminó, sobre su mano, sobre la de Sherlock, sobre el pijama desparpajado que tenía debajo. Se dispararon todos sus sentidos. Se disparó su corazón a tal grado que tuvo que llevar la mano izquierda hacia él, para cubrirlo. Segundos después, la mano de Sherlock se separó de la parte baja, se limpió en el pijama y subió para colocarse sobre la de John en su corazón.

Así era fácil olvidar que el mundo existía, jadeando juntos y esperando a que sus corazones se calmaran a un mismo ritmo. Imposible pensar que hubiera cualquier otra cosa que atrapara de esa forma los sentidos de Sherlock. Imposible que alguien atrapara los suyos de esa manera que solo su detective podía.

Todavía era temprano y había descansado todo el día, pero aun así su cuerpo se rindió al placer que le había dado el de Sherlock y cerró los ojos. En algún momento de la noche supo que Sherlock los acomodó para cubrirlos, pero no más.

~o0000o~

John despertó de nuevo por la madrugada, quizás apenas pasada la media noche. Todo apuntaba a que su horario se había jodido para siempre, pero al menos tendría en Sherlock un compañero de horas extrañas. Hablando de Sherlock, John resintió su ausencia: ya no estaba pegado a él, como cuando se había dormido. Estaba por moverse en la amplia cama, para asegurarse de la ausencia de Sherlock, cuando su voz lo llamó.

—John.

Se desperezó lentamente y giró sobre su espalda. Encontró a quien buscaba todavía vestido, tirado en el otro extremo de la cama y con las manos en señal de oración: su pose de pensar, nuevamente.

—¿Mmm? —respondió, todavía incapaz de palabras.

—¿Fue… demasiado? —preguntó en voz baja, siguiendo el ejemplo de John.

—¿Qué cosa? —respondió, con la lengua lenta por el sueño.

—Anormal —susurró Sherlock.

Entonces el cerebro de John carburó mejor.

—¡¿Qué?! —preguntó, exaltado—. ¿Cuál?, ¿cómo? Lo… ¿lo que hicimos? —Ante el asentimiento de Sherlock, continuó—. Por supuesto que no, ¿por qué iba a ser…? Sherlock, fue… fue hermoso —dijo, en un solo aliento. No entendía por qué Sherlock podía pensar algo así—. ¿Quién pensaría que…? Oh dios, ¿alguien te ha dicho que eso era anormal?

Sherlock lo miró de reojo y, para su sorpresa, sonrió de lado.

—Me estás preguntando si Irene Adler tenía razón.

John frunció el ceño.

—¿Quién? —preguntó, confundido por el cambio de tema. Al parecer su mente no estaba tan despierta. O quizás sí lo estaba pero nunca tan despierta como la de Sherlock.

—Me estás preguntando si, hasta hace unas horas, la sociedad me consideraba virgen.

John se coloreó del rostro al pecho. La verdad es que, ya en medio de la pasión, ni siquiera se había detenido a pensar en eso.

—¿Y lo eras? —susurró, con un cargo de consciencia repentino al pensar que quizás no le había dado todo lo que podía, no le había demostrado cuánto…

Sherlock resopló.

—Además de ser irrelevante, darte una respuesta sería aburrido. Dejemos que lo deduzcas.

John se quedó paralizado unos segundos.

—Sí lo eras.

Ningún cambio en la faz de Sherlock.

—OK, no lo eras.

Su rostro permaneció impasible.

—No tengo idea. Necesito más evidencias.

Ante eso, Sherlock alzó las cejas, apenas visiblemente en la oscuridad.

—Estaré encantado de dártelas.

John soltó una carcajada y, como pudo, se arrastró por la cama hacia él. Una vez a su altura, le puso un beso en los labios.

—Nunca —susurró, frente a sus labios—. Nunca, nunca dudes de lo que hicimos. O hagamos. Fue hermoso, de verdad, hermoso. Nunca dudes de ninguna… demostración física de nuestro afecto, ¿entiendes?

Fue maravilloso ver cómo al rostro de Sherlock volvía esa confusión acompañada de asombro, aparte de que era esa sonrisa suya. Así, justo así era como quería ver a Sherlock siempre.

~o0000o~

No supo cuántas horas pasaron desde que se quedó dormido sobre Sherlock. Lo siguiente de lo que tuvo consciencia fue del tono por defecto de un celular que lo sacó de sus sueños. A su lado, parecía que también despertaba su compañero.

—Holmes —gruñó al auricular.

John también gruñó y se aferró más al otro cuerpo. No duró mucho así. Apenas segundos después, Sherlock se levantó de la cama, sin ninguna consideración para él, gritando.

—¡¿Qué?!

John levantó su cabeza de donde ésta había caído, entre las sábanas.

—¡Llama a Lestrade! ¡AHORA! Tienen que advertirle, tienen que… olvídenlo, yo mismo iré a buscarlo.

Eso terminó de despertar a John. Sherlock había entrado a la cama con ropa, así que se dirigió inmediatamente a la puerta, sin un minuto ni para acomodarse la camisa que se había arrugado en sus juegos.

—¡Dos segundos! —gritó John, casi cayéndose de la cama.

Fue hacia la maleta y se puso lo primero que encontró. Estaba terminando de ponerse un suéter cuando Sherlock abrió la puerta y salió. Se escucharon sus pasos hacia las escaleras. Apenas tuvo tiempo de agarrar lo que estaba sobre el buró y salir corriendo tras él.

Sherlock, con sus estúpidas piernas largas, casi lo adelantó por un piso, pero John sabía manejar su cuerpo, así que lo alcanzó en la planta baja y corrieron juntos hacia el sótano del hotel, al estacionamiento donde estaba guardado el auto.

Esta vez, sin preguntar, Sherlock se lanzó por el asiento del copiloto y John se puso al volante, sin saber muy bien qué hacer.

—¿Adón…? —preguntó, intentando recuperar el aire que se le había ido.

—Al apartamento de Lestrade.

John reaccionó antes de procesar por completo, encendió el motor y aceleró a toda prisa. Ya en el camino fue despertando su mente, recordando el lugar adonde pocas veces había ido. Lestrade no quería que Sherlock supiera dónde vivía, porque estaba seguro de que iría a apedrear su casa cuando estuviera aburrido. Pero John era otro asunto, John iba a tomarse unas cervezas con él, a veces. Hablaban como gente normal, como no podía hablar con Sherlock. Vaciaban juntos sus cerebros de todo lo que el genio ponía en ellos.

Había ido a su apartamento dos veces: cuando Lestrade se había mudado ahí después del divorcio y un día que iba tan borracho que John había tenido que bajar del taxi para abrirle la puerta. Con esas dos veces tenía que bastarle para encontrar la dirección. Y él no tenía un mapa mental de Londres.

El cielo todavía estaba oscuro y casi no había gente en las calles. Sherlock iba impaciente, moviendo la pierna sin cesar y con los índices pegados a los labios.

—Apúrate —ordenó.

—¿Quieres decirme qué pasa?

Sherlock lo miró con los ojos entrecerrados.

—Anthea llamó hace doce minutos. Me informó que el tirador de Lestrade se ha, y cito, "perdido de su vigilancia".

John abrió la boca.

—¿Perdieron al de Lestrade? ¡¿La seguridad de Mycroft perdió a un tirador peligroso que estaba infiltrado en Scotland Yard para matar a Lestrade?!

Sherlock apretó los dientes.

—Reportaron que entró en su apartamento por la noche, pero en la verificación que hizo Anthea hace diez minutos no se le encontró ahí.

John empujó más el acelerador.

—¿Lestrade está en peligro?

Sherlock se llevó la mano a la frente y comenzó a frotarla con los dedos.

—Hay demasiadas variables. Podría intentar terminar su trabajo, si de alguna forma piensa que eso es lo que Moriarty quiere, si no sabe que Moriarty está muerto. Podría saber que Moriarty está muerto y él bajo vigilancia y entonces querer escapar. Podría haber tenido contacto con el… con el hombre de Moriarty y éste pudo haber obtenido algo de nuestra corta conversación en la mañana… —dijo en un solo aliento.

John asintió.

—Más vale prevenir a Lestrade.

Pasaron otros minutos en silencio, con John acelerando en el auto hacia el otro extremo de Londres. Entonces el teléfono de Sherlock sonó, con un mensaje.

—¿Qué dice Anthea?

Sherlock no respondió.

—¿Qué pasa, qué dice Anthea?

—Para —ordenó Sherlock.

Con un latigazo al cuello como resultado, se orilló y frenó el auto en seco.

—¡¿Qué pasa?! —preguntó, ya casi histérico.

—Le dispararon a Lestrade.

~o0000o~

Los siguientes minutos pasaron en la histeria. John quería saber más detalles, pero Sherlock no los tenía y no se los podía sacar a Anthea por teléfono. Dieron la vuelta y se dirigieron a toda prisa a un hospital privado al que habían trasladado por helicóptero al inspector.

Estaba más cerca del parlamento que del apartamento, al que ya casi habían llegado. Tras otro paseo por la ciudad, Sherlock salió del auto hecho un rayo. Entre la confusión, John no sabía si debía buscar un lugar para aparcar el auto o perseguir a Sherlock. Para su fortuna, uno de los hombres de Mycroft decidió por él.

—Lo estacionaré por usted, señor.

A John casi no le hubiera importado que le estuvieran robando el auto de lujo, con tal de deshacerse de él y correr tras la figura de Sherlock, quien no se había molestado en ponerse nada arriba de la camisa desaliñada.

Pasaron de largo por la recepción, donde la enfermera encargada ni siquiera los siguió con la mirada. Pasaron a otros dos hombres de Mycroft y llegaron a los elevadores. Subieron hasta el séptimo piso.

Sherlock brincó fuera del elevador al primer din del anuncio, lo que provocó que no se diera cuenta que alguien ya estaba ahí.

—¡Sherlock! —gruñó Mycroft, enojado por el choque—. Le dije a Anthea que no mencionara que lo trajimos aquí.

—No lo hizo, lo deduje —rebatió Sherlock, al tiempo que hacía a un lado a Mycroft para seguir su camino—. Eres predecible.

John lo siguió y tras ambos fue Mycroft, todavía modulando su voz enfadada.

—¡No puedes estar aquí! ¡Es peligroso! ¡Cualquiera puede verte y arruinaría todo!

—¡Lo sabe, Mycroft! —gritó Sherlock—. El hombre de Moriarty, el que está manejando todo ahora ¡lo sabe! Sabe que estoy vivo. No tiene caso seguir…

—No vas a decir eso —habló Mycroft, en voz baja pero llena de poder— hasta que estén seguros.

Sherlock paró en seco. John se estrelló contra su espalda. Mycroft, como siempre, se detuvo a tiempo para no hacer el ridículo junto con ellos y los miró fijamente.

—Sabes muy bien a lo que me refiero.

Sherlock agachó el rostro. John estaba seguro de que sus manos, apretadas en puños, estaban temblando.

—¿Está despierto? —preguntó con voz controlada.

Mycroft respondió, impasible.

—Lo están preparando para extraerle la bala.

—Está. Despierto —repitió entre dientes.

—Sí —murmuró Mycroft.

Sherlock salió corriendo en dirección a las habitaciones. Antes de seguirlo desbocadamente, como venía haciéndolo desde la última media hora (¿o año y medio?), John tuvo unos segundos para observar a Mycroft. Quizás él no era un Holmes, pero Mycroft se encogió ligeramente ante su mirada. Y es que no se necesitaba ser un Holmes para deducirlo: estaba pálido, despeinado, ligeramente desaliñado. Su saco tenía manchas de sangre.

Mycroft evitó su mirada. John corrió tras Sherlock. Lo encontró casi sobre dos enfermeros que, al parecer, defendían a su paciente.

—¡No puede…!

—¡Salga de aquí…!

—¡Sherlock! —gritaba Lestrade, con voz febril—. ¡No es posible…!

—¡Solo dime todo lo que recuerdes!

John logró poner orden en la confusión. Apenas.

—Está bien —le dijo a los enfermeros, apartándolos sin fuerza pero sí con firmeza—. Solo necesita hacerle unas preguntas, es muy importante.

—John —dijo Lestrade.

Estaba sobre la cama, en una bata de papel blanca, tanto como su rostro, donde nada quedaba de su bronceado. El resto de su cuerpo se veía bien. Excepto por su pierna. Estaba ensangrentada, en mala posición, seguramente rota. El instinto médico de John casi se lanza sobre él, pero sabía que eso no estaba en sus manos. Otra cosa sí.

—Es una larga historia —le dijo a Lestrade, intentando callar a Sherlock momentáneamente—. Lo importante ahora es que respondas las preguntas de Sherlock, por favor. Es realmente importante, todos estamos en peligro.

Todavía sin color en el rostro y con un rictus de dolor, Lestrade asintió, apretando los dientes. Sherlock se abalanzó contra él de inmediato.

—No fue uno de tus hombres —afirmó, no preguntó.

—¿Qué…? ¡No, por supuesto que no!

—Estabas en casa, pero escuchaste el ruido y pudiste cubrirte…

—Sherlock…

—Estaba oscuro, disparó hacia abajo, te dio en la pierna… Repeliste, ¿cómo? No puedes estar armado.

—Sherlock…

—Debió enojarse, aunque si lo hizo debería hacer otro tiro, pero solo hay una entrada de bala…

—Sherlock, ¡llegó tu hermano!

Eso lo calló por fin.

—No, no tengo permiso para portar armas. Disparó, pero aparentemente —explicó Lestrade en un gruñido, señalando su pierna— falló. Me cubrí. Antes de que pudiera disparar tu hermano ya estaba ahí. Llamó a un helicóptero. Estoy aquí. Estás vivo —agregó, en un respiro, al final.

Ante el silencio que continuaba de parte de Sherlock, John intervino.

—Lo sentimos, dejaremos que descanses y te prepares y… no sé, lo asimiles. De verdad todo esto tiene una muy buena explicación.

—Más vale —gruñó de nuevo, entre dientes.

Uno de los enfermeros se acercó de nuevo mientras John sacaba a empujones a Sherlock.

Una vez afuera de la habitación, John suspiró profundamente.

—Gracias a Dios que está bien —susurró—. Tendrá la pierna escayolada unos meses, pero no es nada tan serio como me lo imaginaba… ¿Sherlock?

—No fue el francotirador.

—¿Qué? —preguntó, confundido, para variar—. ¿Cómo es posible…? Tú mismo dijiste que había desaparecido y entonces…

—Si hubiera sido él, no habría fallado.

Eso silenció a John. Y le dio escalofríos.

—¿Entonces quién…?

—Alguien que dice llamarse Emilio Guerrero, al parecer miembro de una organización que se dedica a realizar pequeños atentados en países no tan pequeños. Sin antecedentes oficiales, pero en la mira de la gente como yo. Lo tenemos asegurado y listo para ser… interrogado.

John miró boquiabierto a Mycroft.

—¿Tú lo detuviste, solo?

No le respondió, solo miró a Sherlock.

—Y pude haberte dicho todo esto antes. Pero eres necio, orgulloso. Tenía que recordarte que no siempre tus deducciones son correctas. Que no siempre tienes el control. No expongas en demasía lo que quieres conservar intacto —explicó, con un tono canturreado como de victoria, que a John no le gustó nada.

Sherlock solo apretó la boca.

—Vamos.

Con su característico desplante, avanzó hasta el elevador y dio un golpe tenso sobre el botón para mandarlo llamar. Detrás de él caminaron Mycroft y John, este último más lentamente.

—¿En verdad salvaste a Lestrade? —preguntó una vez más John.

Mycroft lo miró de lado, con la ceja levantada.

—No sé por qué le resulta tan sorprendente. Yo era el hombre que estaba más cerca.

John frunció la boca. Jamás se hubiera imaginado a Mycroft haciendo "labores de campo", por así decirlo. Manchándose las manos. Ni siquiera por Sherlock. Pero la evidencia demostraba que, si la emergencia lo ameritaba, sí lo hacía. Al contrario de Sherlock, se quedaba callado y quieto cuando lo contrario solo agravaría la situación. Esos Holmes, siempre con un as bajo la manga…

—Lo que debería asombrarlo, doctor Watson —interrumpió, antes de que John pudiera formular palabras—, es que no recuerde este lugar.

Eso sí lo sorprendió. Se detuvo un momento y miró a su alrededor, mientras Mycroft seguía caminando hasta Sherlock. Después tuvo que correr para alcanzarlos, cuando el elevador por fin abrió sus puertas.

—¿Por qué habría de reconocer el lugar? —preguntó confundido.

Mycroft sonrió. Sherlock solo frunció el sueño.

—¿Sherlock?

—Es propiedad de Mycroft —fue todo lo que respondió.

—¡¿Eres dueño de un hospital?!

Mycroft respondió presto.

—Soy dueño de muchas propiedades útiles, doctor Watson. Ésta, por ejemplo, sirvió para estabilizarlo luego de su pequeño encuentro con los beta bloqueadores de Sherlock. Afortunadamente, mi hermano lo trajo a tiempo.

Esa frase, que no decía absolutamente nada sobre el cambio en su relación en los últimos días, fue bastante embarazosa para John; solo atinó a mirar a Sherlock, quien a su vez evitó su mirada el resto del viaje en el ascensor.

~o0000o~

No dejaron que John entrara en la sala de interrogatorios con Sherlock. Normal, Sherlock siempre mandaba a John a otra parte cuando iba a ponerse… pesado. John no entendía por qué. A veces pensaba que Sherlock intentaba protegerlo de imágenes demasiado violentas, lo cual le causaba risas sin control, porque John había estado en la guerra. Había matado por Sherlock. Más de una vez.

Incluso así, Sherlock lo había mandado a cuidar a la señora Hudson cuando aquel americano "se había caído por la ventana" veinte veces. Y ahora, John estaba sentado en una banca, en el sótano del hospital, mientras Sherlock "interrogaba" al sospechoso. A quien le había disparado a Lestrade. John puso un gesto de dolor. No le iba a ir muy bien a ese hombre. Y con lo que había hecho a Greg, merecía cualquier suerte que le tocara con Sherlock.

Quizás, pensó John, no era tanto que Sherlock quisiera protegerlo de la violencia, como que quería protegerlo de Sherlock ejerciendo violencia. Quizás pensaba que eso cambiaría la imagen que John tenía de él. Y ahora más que nunca, eso no podía parecerle bueno al detective.

John suspiró. Si Sherlock supiera lo enamorado que estaba como para…

Mycroft se sentó a su lado y le ofreció un vaso de café. John, aunque prefería el té cualquier día, necesitaba cafeína en su sistema si quería seguirle el ritmo a Sherlock; lo sabía, así que aceptó el vaso con un "gracias" y sorbió.

Después hubo un largo silencio entre ambos.

—Al final de cuentas, yo tenía razón —dijo Mycroft de pronto—. Es usted muy leal, muy rápido.

John soltó una risa nasal, solo una.

—Casi dos años, ¿te parece muy pronto?

Mycroft lo miró a los ojos.

—He conocido a Sherlock por 34 años y todavía hay veces que me pregunto si le sería leal hasta el final.

—Bueno, no lo fuiste, le diste toda esa información a Moriarty —reclamó John.

Lo que siguió fue un gesto tan humano que casi asustó a John. Mycroft se llevó la mano a la cabeza e hizo su fina mata de cabello hacia atrás.

—Eso está mucho más allá de su comprensión, doctor. Y ya he recibido mi castigo.

John bufó.

—Lo dudo.

Mycroft permaneció callado unos momentos.

—Yo no… —comenzó— por varias horas no…

—¿Qué?

Esta vez Mycroft dirigió su mirada hacia el frente y evitó los ojos de John.

—Por varias horas no tuve idea del plan "D" de mi hermano. Y no estaba consciente de que lo había llevado a cabo.

John alzó las cejas.

—Pensaste que estaba muerto.

—Por unas horas —respondió Mycroft, como queriendo salvar su orgullo.

—Pero… tenías toda la evidencia, con tus… debió ser obvio para ti.

Mycroft siguió sin mirarlo.

—A veces, cuando uno se deja invadir por las emociones, solo ve lo que quiere ver, como usted ya descubrió en Baskerville. Es lo que intento que termine de comprender Sherlock.

—Pero toda la ayuda, el dinero, los autos… eso estuvo con nosotros desde el principio.

Mycroft respondió con un gesto de disgusto.

—Me temo que de eso no estuve enterado hasta después. Anthea lo organizó todo sin decírmelo. Fue su manera de demostrar su… disgusto por mis acciones.

John se recargó en la silla y sorbió más café. Se imaginó, por un momento, cómo se hubiera sentido él si, aunque fuera por unas horas, hubiera pensado que Sherlock estaba muerto. Lo hubiera destrozado por completo. Imaginó cómo se sintió Mycroft, quien siempre había cuidado a Sherlock, desde las sombras. ¿Se sentiría culpable? ¿Había sido lo de Moriarty un error o un plan? Era demasiado difícil comprenderlo, con los Holmes.

—Quiero que sepas —dijo John, con voz grave— que si Sherlock realmente hubiera muerto o… o se hubiera ido de esta manera sin que yo supiera nada… —respiró profundo—. Te hubiera odiado. Te hubiera odiado mucho. Sé que no podría haberte matado, no con toda tu seguridad, pero eso no me habría impedido intentarlo.

Mycroft solo asintió.

—Y quiero el gato en cualquier lugar al que vayamos después.

~o0000o~

Probablemente pasaron horas. Después de que Mycroft se levantó y se fue sin una palabra, John dormitó en la silla por un largo rato, hasta que sintió una mano en el hombro. Al alzar el rostro, se encontró con Sherlock.

—¿Terminaste?

—Sí.

—Bien.

—Vamos.

Con el tiempo, John había aprendido que con Sherlock hacer preguntas como "¿adónde?" no le darían muchas respuestas, así que esta vez dejó el vaso de café a un lado y lo siguió sin más.

Subieron al elevador. Sherlock apretó el botón al séptimo piso. John tragó. No estaba seguro de que ese fuera el mejor momento para confrontar al pobre Greg con la historia de cómo habían fingido sus muertes para intentar salvarles la vida a él y a la señora Hudson. O de cómo John no se había enterado de eso hasta después de creerse muerto.

Sherlock fue hacia la puerta que habían visitado en la madrugada. Esta vez no había enfermeros, pero sí un hombre haciendo guardia. Al verlos, se hizo a un lado sin mediar palabra. Sherlock abrió la puerta justo cuando John ya estaba preparando las palabras en su cabeza.

Lestrade estaba dormido. Su gesto denotaba cansancio, confusión y dolor. Como John había previsto, su pierna estaba escayolada. Probablemente habrían tenido que reconstruirle la rodilla, a juzgar por las radiografías a las que pudo echar un vistazo del otro lado de la habitación. "Eso va a doler en invierno", pensó John, echando su hombro malo hacia atrás por empatía.

Sherlock se puso frente a la cama de Lestrade y simplemente lo miró. Si John creía que estaban ahí para otro interrogatorio, se equivocaba. Después de un rato de mirar al detective inspector fijamente, Sherlock asintió y salió de la habitación.

Cuando bajaban en el elevador, John le puso la mano en la cintura.

—Está bien, ¿sabes?

Sherlock, como era su costumbre, lo observó sin responder.

—Estás preocupado por él. Es tu amigo. Sé que en Baskerville dijiste que yo era el único, pero…

—Eres el único —rebatió Sherlock—. Por el que…

Las imágenes de la noche anterior, de cómo habían compartido ese momento en la cama, hicieron que John sonriera.

—La mayoría de la gente considera eso más allá de la amistad —explicó.

Sherlock terminó de girarse hacia él y lo miró a los ojos.

—No confío en el juicio de la mayoría de la gente. La mayoría de la gente es estúpida.

John tuvo que reírse ante eso.

—El punto es que tu preocupación por Lestrade está bien.

—No estoy preocupado por él —objetó—. Estará perfectamente bien. Sus lesiones no fueron mortales y los doctores hicieron un trabajo decente. Las secuelas serán mínimas y su vida continuará de manera funcional.

John suspiró, cansado.

—Nunca lo vas a hacer fácil, ¿verdad?

El din del elevador al abrirse en la planta baja interrumpió la conversación.

~o0000o~

No regresaron al hotel. Fueron directamente a la central de trenes.

—¿Edimburgo?

—Hacia allá huyó nuestro querido francotirador —dijo Sherlock—. Ya no es un peligro para Lestrade, ahora que decidió correr y no actuar, pero es el único que quizás pueda ayudarnos a encontrar a… nuestro hombre.

—Es molesto no tener un nombre, ¿no? —murmuró John—. Entonces iremos a Edimburgo a sacarle información —recapituló, con un suspiro.

Sherlock asintió.

Sin maletas ni estorbos… realmente sin nada más que las pocas libras que John había alcanzado a tomar del hotel, subir al tren fue rápido. Eligieron un compartimiento para ellos y Sherlock lo cerró. Algo le decía que ni siquiera el inspector de boletos molestaría el carro en el que iba un Holmes.

John, que había descansado (aunque mal) unas horas en la silla del hospital, estaba por pedirle a Sherlock que le explicara con manzanitas lo que había descubierto en su interrogatorio al hombre que le había disparado a Lestrade; sin embargo, lo descubrió cerrando los ojos.

Con una sonrisa, ayudó a Sherlock a acomodarse en la banca con la cabeza sobre su regazo. Era demasiado largo para el asiento y seguramente no dormiría muy bien, pero encontró satisfactoria la posición fetal y se quedó dormido. Eso era algo. Quizás venderían algo en el carro comedor y podría convencerlo de probar su primer bocado del día antes de llegar a Edimburgo.

De momento, fue bueno disfrutar de un momento de paz, viendo el paisaje por la ventana mientras acariciaba las hebras rizadas de Sherlock. No le molestaba que fueran rojas de momento, pero extrañaba el negro tan potente de las originales.

~o0000o~

Ocuparon un cuarto en una casita de huéspedes en las orillas de la ciudad que cuidaba una señora casi sorda que a John le recordó con nostalgia a la señora Hudson (quizá porque no los juzgó cuando pidieron una habitación con cama matrimonial para ambos). Fue fácil hacerse pasar por turistas. No tenían para pagar mucho más, no cuando Sherlock se había ido sin pedirle nada a Mycroft. Afortunadamente, John llevaba el dinero que siempre les ponía Anthea en la ropa y un poco que había tomado de la mesa de noche. De todas formas, si no les llevaban reservas pronto, no iban a pasar muy bien ni una semana. Eso si llegaban a pasar una semana ahí.

A Sherlock no parecía preocuparle ni el tiempo ni el dinero. Revisó la habitación, las cortinas y el clóset. Después, salió sin más. John, cansado por el viaje de casi cinco horas, se tiró en la cama. No tenía sueño, pero era un placer de dioses estirar la espalda después del día que había tenido.

Su estómago rugió, descontento por pasar casi veinticuatro horas con solo un café. No había convencido a Sherlock de probar nada en el tren y no le había apetecido caminar él solo hasta el carro comedor. Había preferido quedarse mimando a Sherlock y, sí, debería sentir vergüenza, pero no se arrepentía.

Al poco rato, Sherlock volvió con un par de bolsas. De dónde había sacado dinero, dios sabría. Probablemente le había sacado la cartera a alguien o había robado una tarjeta de crédito de Mycroft. Nunca se sabía con él.

Una de las bolsas traía comida, lo que el estómago de John agradeció.

—¡Uju! —exclamó, cual adolescente, antes de ponerse a desenvolver la comida china.

Sherlock le sonrió vagamente. Luego procedió a sacar un gran mapa de otra bolsa, extenderlo por la pared y colgarlo con tachuelas.

Ya con un bocado en la boca, John preguntó:

—¿Para qué es eso?

—Tengo que memorizar las calles de Edimburgo.

John se tragó el chop suey.

—¿En serio?, ¿todas?

—Sí.

—Guau.

—Él es nativo de esta ciudad, tiene esa ventaja sobre mí. No por mucho.

—¿No por mucho? —preguntó John, contrariado—. Sherlock, ¿cuánto tiempo te va a tomar aprender ese mapa?

—Lo tendré memorizado sin errores para mañana.

John casi escupe.

—¿Mañana?

—Londres me tomó menos tiempo, pero había pasado mi niñez recorriendo sus calles.

—¿Niñez? ¿Qué edad tenías cuando te aprendiste un mapa de Londres?

Sherlock por fin despegó la mirada del mapa y la dirigió hacia John. Tenía esa expresión de "no sé qué rayos te está escandalizando tanto".

—Alrededor de once años.

John se rió una vez.

—¿Eso ya no lo consideras tu niñez?

Sherlock alzó la nariz.

—Fui maduro para mi edad.

John se rió más.

—Sherlock, todavía ahora tienes la madurez de un niño de once años, permíteme dudar de tus juicios acerca de tu infancia.

—Como me dice la gente usualmente a mí, John —respondió, muy serio—, vete al carajo.

~o0000o~

Después de comer, y sin novelas de misterio que lo entretuvieran mientras Sherlock miraba fijamente un mapa, John decidió explorar la casa de huéspedes. La amable dueña le recordó todavía más a la señora Hudson cuando lo invitó a ver la televisión con ella. A pesar del volumen que la señora necesitaba para escuchar, John se divirtió compartiendo un té y hablando de trivialidades con alguien que no sabía que técnicamente él estaba muerto.

La señora lo mandó de vuelta a la habitación con un pastelito y dos tazas de té "para usted y para su hombre". John enrojeció. De alguna manera, en su retorcido cerebro, era más perturbador que una señora mayor desconocida supiera de su relación que el propio hermano de Sherlock. Y eso que Mycroft era muy perturbador por sí mismo, sin hacer más méritos.

Cuando John entró en la habitación, Sherlock estaba frente al mapa con los ojos cerrados, recorriendo las calles con los dedos sin salir de las líneas marcadas. Impresionante. También estaba el hecho de que le recordó a John las trayectorias que esos dedos habían dibujado en su cuerpo la noche anterior.

—Ejem —llamó—. La señora Reynolds se preocupó porque le dije que la compañía aérea había perdido nuestro equipaje y lo mandaría después, así que nos regaló dos cepillos de dientes totalmente nuevos. Sé que no me estás escuchando, pero ya entiendo por qué te gusta eso de hablar cuando no estoy. Es bueno saber que, por una vez, nadie te llevará la contraria.

Sherlock abrió un ojo.

—De hecho, sí te estoy escuchando.

John se rió.

—Bien. ¿Pastelillo y té mientras me explicas de qué rayos va todo esto?

~o0000o~

John comió pastelillos y bebió té y a ratos obligó a Sherlock a dar mordiscos a la comida, pero Sherlock no le explicó la situación mientras lo hacían. Más bien le enseñó cómo estaba memorizando el mapa de Edimburgo, dividiéndolo en cuadrantes y comparándolo con el diseño de calles en Londres.

Aunque John pensó que para una persona normal resultaría imposible lograr lo que Sherlock, él le demostró que estaba en un error. Quizás requeriría más tiempo, pero no era imposible. Luego de compartir su técnica, le cubrió los ojos y lo hizo trazar con los dedos lo que recordaba. Cuando le destapó los ojos, John pudo comprobar que recordaba más de lo que había esperado.

—No tan desastroso como se esperaría de un novato —murmuró Sherlock.

—Al menos esta técnica para "expandir mi visión" no involucró darme vueltas hasta marearme —susurró John—. Y siempre me quedará el GPS del celular, ¿sabes?

Sherlock rodó los ojos.

—Intenta eso en una persecución y ya veremos cómo te va.

John se sentó en la cama. Sherlock permaneció de pie, recorriendo el mapa con los ojos.

—¿Ahora sí vas a contarme?

—¿Mhm? —fue la respuesta.

John suspiró.

—Nuestro segundo tirador huyó a Edimburgo. No sé por qué, pero sospecho que nosotros también. A pesar de que su tirador estaba huyendo a otra ciudad, Lestrade salió herido. Dedujiste que pasaría, mas no a manos de quién. Hasta ahora habías aceptado la ayuda de Mycroft, pero te hizo ese comentario sobre tus malas deducciones y de pronto estamos en la mitad de Edimburgo sin suficiente dinero para pasar una semana o regresar a Londres. No soy un gran deductor, Sherlock, pero aquí hay algo que necesitas explicarme.

Sherlock se sentó a su lado en la cama, con la cabeza agachada, y lo miró hacia arriba como cachorro regañado. John quiso creer que estaba actuando, pero realmente con Sherlock nunca se sabía.

—El… hombre de Moriarty —dijo, como si le supiera a ácido el alias— probablemente supo de la desaparición del tirador de Lestrade mucho antes que nosotros. Así que llamó a alguien más para completar el trabajo.

—¿Contrató a alguien más?

Sherlock se tensó.

—Convenció a alguien más.

John se inclinó hacia él, interesado.

—¿De qué lo convenció?

Sherlock respiró profundamente.

—¿Recuerdas los hombres extraños que estaban en la calle Baker? ¿Los que nos… me seguían, antes de la muerte?

—Por supuesto que los recuerdo, ¿cómo no lo voy a hacer? Mycroft me pidió que te cuidara, pero contigo…

Sherlock lo mandó callar con un gesto de la mano.

—Eso no es lo relevante.

—¿Había asesinos por toda la calle Baker y eso no te parece relevante?

Esta vez, se ganó un suspiro.

—Comencemos de cero. Moriarty abrió las tres locaciones más seguras de Gran Bretaña. ¿Hasta ahí es comprensible?

John rodó los ojos.

—Sí.

—¿Cómo lo hizo? —John abrió la boca, pero Sherlock lo mandó callar de nuevo—. Esa es la pregunta que se hicieron todos, incluyendo personas muy peligrosas.

—Su red criminal —completó John.

—Les dijo que yo tenía el código para abrir todas las puertas.

—Venían por ti.

—Esa parte también se solucionó con mi muerte. Si yo estoy muerto, el código está muerto conmigo. A menos que…

—¿Le hayas dejado el código a alguien más?

—La opción más viable: tú.

—Opción número dos: Lestrade.

Sherlock asintió.

—Pero dijiste que el código no existe, ¿o sí? —susurró John.

—Pero eso no lo saben. Lo único que sabía Guerrero era que si llegaba a Lestrade, llegaría al código que le abriría las puertas del mundo.

—Literalmente.

—Nunca hablo metafóricamente —reprochó Sherlock.

—OK, bien… —resumió John, sobándose con frustración la barba de unos días—. Entonces, el hombre de Moriarty mandó a uno de sus hombres a morir solo, sabiendo que… sabíamos de él. Y mandó a uno no muy bueno, ¿qué fue eso?

—Una advertencia. Sé que estás vivo: búscame y enviaré a la red completa por ti y por los tuyos.

John tragó.

—Colgó la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Eso sí que es una advertencia —dijo por fin, tras un silbido—. Sin embargo, no explica por qué no lo ha hecho, por qué no ha mandado a toda su red por nosotros, si tiene el poder y sabe que estamos vivos.

Sherlock unió las palmas de sus manos con los dedos extendidos y se las llevó a la nariz antes de explicar.

—Al parecer, nos encontramos en un equilibrio delicado.

—¿O sea…?

—Él sabe que estamos vivos; si le hacemos algo puede enviar a la red tras nosotros. Nosotros sabemos que Moriarty está muerto, si lo decimos, la red puede deshacerse por completo. Él es el hombre de Moriarty, pero no es Moriarty. Cabe la posibilidad de que no lo obedezcan, sobre todo si se enteran de que el código no existía.

—Pero no sería muy fácil convencer a no sé cuántos criminales de que el código con el que sueñan no existe, no cuando Moriarty logró ponerse la corona. Y no te digo ya de convencerlos de que dejen de seguir al que naturalmente sería su líder…

—Nuestra ventaja sería mostrarles que está ocultándoles información, como la misma muerte de Moriarty, para manipularlos. Seguramente hay facciones que buscarán el poder de todo lo que operaba Moriarty. Será fácil acabar con ellos si están divididos y no unidos entorno a este hombre.

—Pero si sabía que se exponía a perder la confianza de sus subordinados, ¿para qué les ocultó la muerte de Moriarty? Podría simplemente haber tomado el poder, le correspondía, como segundo al mando que parece ser. Podría haber acabado con nosotros hace semanas.

A Sherlock le brillaron los ojos.

—Y esa es, mi querido John, la pregunta correcta: ¿por qué estamos en esta especie de tregua? Es un hombre brillante, podría intentar romper el equilibrio en cualquier momento, ¿por qué no lo hace? Me muero por resolver ese misterio.

John se rió.

—Solo tú, Sherlock, en esta situación… solo tú.

Sherlock lo miró de soslayo y le sonrió.

~o0000o~

A pesar de las protestas de John, Sherlock se perdió en la noche de Edimburgo bajo la premisa de que debía "experimentar empíricamente lo que había memorizado del mapa". Si bien John se había quedado preocupado, había obtenido por lo menos la promesa del detective de enviar un mensaje cada una o dos horas avisándole de su locación (si bien con la condición de dejar que Sherlock usara los cuadrantes que había trazado en su mapa).

—No vas a dormir bien —había discutido Sherlock.

—Dormiré peor si no sé dónde estás —había sido la respuesta de John.

Así, John pudo disfrutar de una noche en una cama solo para él interrumpida solo por las vibraciones periódicas del teléfono bajo su almohada. No había sido la mejor noche de su vida, pero tampoco había muerto de la preocupación en medio del insomnio.

Llegada la mañana, la señora Reynolds tocó a su puerta.

—BUENOS DÍAS, RAYITO DE SOL —saludó la anciana a todo pulmón.

John, que había dormido con la ropa puesta, se sintió algo avergonzado de recibirla mal vestido y mal peinado.

—Buenos días, señora Reynolds.

—LLEGÓ SU EQUIPAJE A PRIMERA HORA.

John se aguantó las ganas de taparse una oreja para evitar que la señora le hiciera resonar los tímpanos. Ahí acababa la comparación que había hecho con la señora Hudson. Prefería mil veces a la señora Hudson diciéndoles que no era su ama de llaves y que le dolía la cadera. Mil veces. Aun así le sonrió a la anciana.

—GRACIAS, SEÑORA REYNOLDS.

Solo después de recibir la caja se dio cuenta del error que muy probablemente había cometido. En realidad, no había equipaje que entregar porque ellos no habían perdido nada. Podría ser una bomba, pensó, despavorido. Podría estar a punto de volar en mil pedazos junto con la casa de huéspedes. Su corazón se aceleró y casi se le sale del cuerpo cuando la puerta se abrió de golpe.

—OH DIOS…

—¿Qué?

Sherlock lo observo, con un gesto curioso. Ya después John discutiría con él sobre su forma de anunciarse.

—Llegó eso, ¿es una bomba? —preguntó a toda prisa.

El detective lanzó una mirada de dos segundos a la caja y desdeñó la idea.

—Es de Anthea.

—Bendito dios —murmuró John.

Fue hasta la caja, la abrió y lo primero que sacó fue una caja más pequeña. También abrió ésta y se sorprendió gratamente.

—¡Oh, por dios, el gato! —exclamó, sonriente.

¡Mycroft les había enviado el maldito gato hasta Edimburgo! La carcajada le salió del fondo del alma. Hubiera jurado que Mycroft no se tomaría su petición en serio.

Sherlock gruñó y exploró el resto de los contenidos de la caja. Lo que se tradujo en que los esparció por la pequeña habitación sin ton ni son.

—¡Ey! —reclamó John—. ¿Qué haces?

—Ropa, ropa, ropa. No hay laboratorio, cigarros, iPad o algo útil en todo esto, John, así es imposible —reclamó, con su típico tono de berrinche.

—Pues no sé tú —le respondió John— pero yo creo que es muy útil tener ropa para ponerme después de un baño que, por cierto, voy a tomar justo ahora.

Sherlock gruñó.

—Inútil, inútil, inútil —murmuraba desde su rincón.

John suspiró y sacó al gato de su caja. Justo debajo encontró algo que quizás Sherlock sí hubiera clasificado como útil, pero también entendió el mensaje de Mycroft: esto es para ti. Un arma nueva. Dejó el gato en la caja, cubriendo el arma, y empezó a recoger algo de su ropa del piso.

—Y en diez minutos, también podrás tomar un baño tú.

—Aburrido.

~o0000o~

Esa noche tuvieron otro rato de tranquilidad. Sherlock por fin aceptó darse un baño y al regreso dejó que John secara su cabello en silencio. Era extraño: John jamás lo había hecho por otra persona. Y más extraño era ver el producto químico deslavándose sobre la toalla, manchándola de rojo. Quizás era mezquino, pero una de las razones primordiales por las que John quería que todo aquello acabara era para ver a Sherlock en su tono natural, con los trajes que portaba como pavorreal y lanzando deducciones a diestra y siniestra frente a Scotland Yard. Su Sherlock, el de siempre.

De momento, era genial tener momentos como ese, aprender actos cotidianos a su lado, aunque fuera en esas circunstancias.

—Odio este cabello —murmuró Sherlock, tirado sobre la cama con la cabeza sobre el regazo de John.

—Yo también odio mi cabello, si te sirve.

—El tuyo no está mal. Pero me alegra que hayas olvidado usar ese estúpido bigote que sugirieron que usaras.

John se rió bajito.

—Ese olvido tampoco fue accidental, ¿eh? Aunque los lentes no me molestaban.

—Ni a mí. Anthea los mandó. Están por ahí —señaló con la mano el desastre que había creado en la habitación.

John rodó los ojos.

—Los buscaré. De todos modos, no sé por qué pero en Edimburgo me siento mucho más oculto que en Londres, ¿me entiendes?

—Menos gente nos conocía antes del salto. La mayoría habrá tenido el primer contacto con nuestros rostros por medio de las fotografías de los diarios, así que existiría esa disparidad. Aunado a eso, si nos vieran en la calle, al no estar su consciencia preparada para ver gente muerta, nos ignorarían.

—Sí, justo eso pensaba —susurró John, con cierta ironía.

~o0000o~

Más tarde y a pesar de más protestas, Sherlock volvió a salir por la noche. El día siguiente fue todavía más tranquilo. Pudieron salir a comer en un pequeño pub: papas y pescado. John lo disfrutó mucho y Sherlock no se quejó tanto.

El resto de la tarde, Sherlock aprovechó para guiar a John por las calles que el doctor había medio memorizado y que el detective ya conocía como la palma de su mano.

—Hospital, ¿vuelta a la izquierda o vuelta a la derecha? —preguntó Sherlock en una esquina, como parte de su quiz sobre calles de Edimburgo.

—¿Derecha?

—¿En serio, John? Has tenido ese mapa en la pared por cuántas horas y todavía no puedes…

John lo interrumpió con un suspiro cansado.

—Bueno, yo soy más de aprender haciendo que viendo. Si me das vueltas por aquí un rato, aprenderé.

—Eso espero —refunfuñó Sherlock, muy indignado.

En fin, que para su primera "cita" en el exterior, todo fue tan sherlockiano como se hubiera esperado.

~o0000o~

Haber comido afuera tenía sus desventajas, sobre todo cuando Mycroft parecía saber que Sherlock tenía el orgullo herido y no les mandaba mucho dinero. John temía tener que buscar trabajo en Edimburgo, sin papeles ni nada, para poder seguirlos manteniendo mientras Sherlock encontraba al segundo hombre, pues por lo visto eso podía tomarle una eternidad.

Por supuesto, a ojos de John no había avance alguno y Sherlock no explicaba nada.

En resumen, una de las desventajas era que tenían el dinero justo para sobrevivir y había gastos que no podían cubrir. Como cierto gasto que le pasó por la mente a John cuando caminaron frente a una tienda de productos generales. Sí, podían estar en una situación… especial, pero John era un hombre y tenía sus necesidades. Y moría por comprar condones. Quizás también lubricante. Sus fantasías tenían mucho material que querían sacar hacia un plano más físico.

Lamentablemente, sin mucho dinero, había que resignarse.

Al llegar a la casa de huéspedes, John saludó por ambos a la señora Reynolds. Y es que Sherlock podía querer mucho a la señora Hudson, pero ése era un caso especial: la señora Hudson le había pedido que mandara a su esposo a la pena capital y después no lo había corrido del apartamento de la calle Baker ni por los disparos, ni por las cabezas humanas, ni por las explosiones. Ahí había una conexión que seguramente era difícil de formar para Sherlock. Imposible, al parecer, con la señora Reynolds, a quien ignoraba como al resto del planeta.

Después de saludar, John se bañó a toda prisa y logró convencer a Sherlock de que sí, otro baño justo en ese momento era lo mejor tras haber caminado sin parar por la ciudad. Y sí, después del baño cenarían, quisiera o no.

Lo planeó con el mayor cuidado que podía, dadas las condiciones. No podía llevar a Sherlock a cenar, ni preparar una cena más o menos decente en la cocina comunitaria, así que tenía que conformarse con la comida que proporcionaba el lugar. Solo intentó mejorar un poco la presentación y llevarla a la cama. Puso los platos y vasos sobre una toalla, a falta de mantel.

Sherlock alzó una ceja al verlo vestido con uno de los dos pantalones formales que Mycroft había mandado y una camisa marrón. Sherlock hizo el amago de sacarse la bata de baño para vestirse, pero John lo detuvo.

—Quédate así, estarás más cómodo.

Sherlock no le dio la razón, pero tampoco insistió en cambiarse.

Cenaron sobre la cama, con el ruido de la televisión comunitaria a todo volumen desde la sala. A ratos John escuchaba alguna cosa en ésta que lo hacía reír. A ratos Sherlock lo miraba y sonreía sin razón aparente.

Cenaron en silencio, pero no incómodos.

~o0000o~

John recogió los platos, aunque no le quedó otra opción que dejarlos en el piso de la habitación, de donde juraba que luego iba a recoger el desastre que había dejado Sherlock al desempacar. No justo en ese momento, claro.

—¿Sherlock? —llamó.

El detective lo miró con ojos que decían que sabía muy bien lo que estaba pasando por su mente.

—¿Sí? —preguntó, al mismo tiempo que se hizo para atrás en la cama y se acostó con la bata semiabierta, revelando mucho.

John se aclaró la garganta, no sin antes babear un rato mentalmente sobre el cuerpo de Sherlock en bata de baño.

—Estoy a punto de hacer algo que probablemente consideres incómodo y necesito tu permiso.

Sherlock se rió.

—Tienes mi permiso.

John lo miró a los ojos.

—Hablo en serio —dijo, justo después de tragar saliva—. Tú… lo que hicimos la otra noche, tu manera de…

No podía expresarlo con palabras. Así que optó por tomar a Sherlock por la mejilla, cerrar los ojos y besarlo. Cuando se separó, ya tenía las palabras un poco más claras.

—Quiero mostrarte mi manera.

—Sí —fue lo único que respondió Sherlock, en un susurro.

Comenzar fue un poco —bastante— vergonzoso para él. Y ni siquiera era el típico encontronazo con su parte heterosexual, no. Era que, comparado con Sherlock, John se consideraba un hombre hipersexualizado que probablemente estaba quitando todo el valor que Sherlock le había puesto al acto. Estaba muy nervioso.

"Relájate", pensó. "Es Sherlock Holmes." Eso lo hizo preocuparse más por su desempeño. "Bien, pero es Sherlock, hemos pasado por muchas cosas juntos, esto es lo de menos".

Sherlock acomodó la cabeza sobre las almohadas y estiró las piernas. John suspiró profundamente. "Esperemos no arruinarlo", fue su último pensamiento antes de lanzarse de cabeza, metafóricamente.

Comenzó por besarlo con tranquilidad, mientras su mano jugaba con la bata de baño hasta lograr desatarla. Cuando acarició su pierna, notó cómo los vellos de ésta se erizaban. Eso lo hizo soltar un suspiro. Sherlock lo deseaba tanto como él; se sintió seguro. Separó sus bocas y se dirigió al pecho, donde chupó los pezones con curiosidad antes de morder más abajo.

El pecho, pálido y todavía con olor a ducha, subía y bajaba mientras John hacía de las suyas, acariciándolo mientras bajaba más y más la cabeza. Finalmente llegó a su destino, quitó la bata de la entrepierna y respiró profundamente la esencia del vapor, el jabón y Sherlock.

Con el primer beso sobre su pene, Sherlock se tensó y dejó de respirar por unos segundos. John sonrió antes de besarlo de nuevo, una y otra vez antes de atreverse a sacar su lengua y comenzar a lamer: un poco arriba, donde el placer hizo que Sherlock sufriera escalofríos; un poco abajo, hacia los testículos que se sintieron cálidos y pesados sobre su lengua.

Eso provocó un gemido. Su corazón se aceleró.

Después su instinto tomó el control. No necesitaba más, simplemente que su boca se abriera y dejara entrar a Sherlock, centímetro por centímetro mientras no estaba del todo erecto. Conforme lo estuvo, dejó ir la base y se concentró en subir y bajar por la punta.

Con las manos en cada lado de la cadera de Sherlock, era fácil aprender qué cosas le gustaban. Cuando realmente le entusiasmaba algo, sus caderas subían, temblaban y John tenía que pararlas antes de que lo ahogaran. A veces Sherlock se lograba controlar solo y estaba en calma y John lo dejaba así unos momentos antes de atacar nuevamente.

Sherlock respondía tan bien a sus atenciones que era imposible para John no meterse totalmente en el momento. No sabía cuánto iba a disfrutar gemir alrededor de ese miembro mientras él simplemente se frotaba contra la cama. Cuánto placer le iba a causar pasar su lengua justo por la abertura del pene de Sherlock y hacer que casi gritara. Cuánta euforia le iba a provocar estar entre las piernas de Sherlock cuando él perdiera el control totalmente entre gemidos mientras John lo masturbaba finalmente, hasta hacerlo terminar sobre su vientre.

—Ah… —jadeó Sherlock.

John se dejó caer sobre su pecho y sonrió.

—No hay que decir nada.

Sherlock acarició su cabello.

~o0000o~

Tuvieron que pasar dos días más para que algo interesante pasara. Sherlock seguía desapareciendo y, en los ratos que pasaba con John, o hacía berrinches de aburrimiento o buscaba sus besos con un hambre que lo dejaba mareado.

Esa mañana, Sherlock llegó justo a tiempo para encontrar a John con una taza de café, tirado en la cama leyendo los periódicos locales.

—Quizás te interesará saber que la "demolición programada" de una bodega a las afueras de Londres mereció una pequeña mención varios días después de ocurrida —murmuró John, sin levantar la cabeza del periódico.

Sherlock se tiró en la cama bocabajo, a su lado.

—Aburrido —murmuró con la boca contra las sábanas.

—Bueno, ¿qué tal esto? El Coronel retirado Sebastian Moran ha presentado su último libro, un análisis sobre el estado de violencia de bla, bla, bla… oriente y Latinoamérica, ¿a quién le interesaría leer a un viejo militar retirado?

—Está la gente que lee tu blog —volvió a murmurar Sherlock.

John le dio un codazo y tiró el periódico para concentrarse en darle pelea a Sherlock.

—Hay como mil cosas mal con esa respuesta. Primero, ya nadie debe leer mi blog, porque estoy muerto. Segundo, no lo leían porque yo fuera un militar retirado, sino porque hablaba sobre ti y los casos, y eso les resultaba interesante. Y tercero, no soy tan viejo.

Sherlock se carcajeó, sin moverse ni un ápice de su lugar.

—Si decir eso te hace sentir bien…

John se le tiró encima y lo aplastó para callarlo.

~o0000o~

Ya había oscurecido cuando la señora Reynolds soltó un grito desde la puerta de entrada. La mayoría de los huéspedes se precipitaron hacia el pórtico; Sherlock se asomó por la ventana y miró a John de forma seria.

—Es para nosotros.

Antes de salir tras él, John levantó al gato saludador y tomó el arma antes de dejarlo nuevamente en su lugar.

—¡ …llamaré a la policía! —gritó una de las inquilinas de la casa, mientras abrazaba a la pobre señora Reynolds, quien estaba al borde de un ataque de pánico.

Sherlock pasó a todos de largo y se dirigió a la figura sucia y mojada que se bamboleaba en el umbral.

—¿Bien?

El vagabundo que estaba ahí, obviamente borracho hasta los huesos, miró a Sherlock y extendió la mano. Sherlock puso un billete de 50 libras ahí y a John casi le da un ataque. Toda la semana contando cada centavo para que…

—¿Dónde?

—Campbell Road, cerca del parque Rosebum —respondió el mendigo con una sonrisa sin dientes escalofriante.

Para cuando terminó de decirlo, Sherlock ya estaba dando zancadas hacia la calle. John miró a los huéspedes y se disculpó con una sonrisa que esperaba no fuera tan agria como él la sintió. Nuevamente, corrió tras Sherlock.

—¿Qué fue eso? —le preguntó cuando logró alcanzarlo

—Ampliación de redes.

—¿Ahora sobornas a los mendigos de Edimburgo? —dijo John, fingiendo molestia—. Claro, por supuesto, no esperaba menos de ti —agregó con orgullo.

Sherlock le sonrió.

~o0000o~

El taxi los dejó en el parque Rosebum y de ahí caminaron unas calles.

—Paradas de autobús, ¿izquierda o derecha?

John miró a su alrededor e intentó visualizarse en el mapa que había revisado.

—¿Izquierda?

Sherlock sonrió ligeramente, en silencio.

—¿El río?

John señaló hacia atrás.

—¿Club de golf?

—¿Es en serio, Sherlock? —gruñó John.

Sherlock rodó los ojos.

—Podría ser útil.

Caminaron por un rato, juntos, Sherlock deduciendo en voz baja quiénes eran los habitantes de cada casa de acuerdo con los detalles del jardín, los autos y hasta las cortinas que se entreveían por las ventanas. John iba algo tenso a su lado, con los hombros arriba, dispuesto a sacar la pistola y disparar a quien se le pusiera enfrente.

De pronto, Sherlock se detuvo frente a una casa que tenía solo la luz del jardín encendida. El resto estaba en penumbra, incluyendo un estrecho pasillo entre ésta y la casa vecina que daba hacia la calle trasera.

—Ésta.

John asintió y se llevó la mano al arma.

—Ve por atrás, yo iré por delante —ordenó Sherlock.

Un escalofrío atravesó a John y lo hizo sujetar la muñeca del otro.

—Vamos juntos.

—Hay dos rutas de escape, John —reclamó Sherlock—: una delante y una detrás. Si ambos vamos por una, podrá huir por la otra. Es lógica básica.

Y por supuesto, argumentar en contra de la lógica de Sherlock por meros "instintos" y "presentimientos" no iba a servir de nada. Al verlo dudar, Sherlock lo tomó por las mejillas y lo besó de forma rápida, casi brusca.

—Estaremos bien —le susurró—. Sabes qué hacer.

John iría por la calle de atrás y Sherlock por la entrada principal. Una vez que avanzara, el teléfono de John vibraría en su bolsillo con un mensaje en blanco: la señal para acercarse y defender la retaguardia. En teoría era simple.

John iba caminando a toda prisa hacia su puesto de vigilancia cuando el mensaje de Sherlock llegó.

—Mierda —murmuró.

Sherlock siempre era muy desesperado y el tiempo marchaba más rápido con él. Por supuesto, John no había podido llegar. Corrió para alcanzarlo. De la nada, una mujer con un carrito de bebé se apareció en la acera, proveniente de alguna casa. John chocó contra ella y, aunque hubiera esperado hacerle daño, fue ella quien lo lanzó al piso. El bebé comenzó a llorar. Ella se dio vuelta y lo alzó en sus brazos, abrazándose a él con fuerza.

John se levantó y la miró con vergüenza.

—¡Lo siento, lo siento! —exclamó.

Al ver que la mujer no respondía y le daba la espalda, John no esperó más: se dio la vuelta y se lanzó corriendo hacia Sherlock. Cuando llegó, la luz de una habitación superior estaba encendida y se escuchaban ruidos de pelea.

—Mierda.

Haciendo gala de toda su habilidad, montó hacia la ventana del segundo piso por un tubo que rodeaba la casa, sin tiempo para las escaleras. Cuando entró por la ventana, alcanzó a ver la sombra de un hombre empujar a Sherlock en el pasillo y entrar a la otra habitación. Mientras John corría, escuchó golpes y cuando entró en la habitación vio a Sherlock saltar por la ventana.

—¡Caraj…!

Al asomarse por la ventana el hombre huía a toda velocidad y Sherlock corría tras él. Saltaron un vehículo, cruzaron el patio de la propiedad y llegaron a la calle.

John recuperó el aliento que había perdido al ver a Sherlock saltar. De inmediato se dio cuenta de que no podía dejarlo solo. Esta vez sí fue hacia las escaleras y bajó corriendo. Justo cuando estaba por dar un paso hacia la calle, tropezó con algo en la puerta: unas llaves.

Alzó la vista y se encontró nuevamente con el auto que había visto desde el piso de arriba. No podía ser una coincidencia: Sherlock había dejado eso para él.

—Eres un puto genio —susurró, con el corazón palpitando en su garganta.

Subió al auto, lo encendió a toda prisa y prendió las luces. Sin esperar a reconocer el territorio, se lanzó hacia la calle por la que había visto huir a Sherlock y al hombre de Lestrade. "No pueden haber avanzado mucho", pensó con urgencia. "No pueden…" Sin embargo, por más que aceleró, con la mirada aguzada para encontrar pistas de Sherlock, no vio nada.

—¡Mierda! —repitió—. Sherlock, Sherlock, ¿dónde estás?

Su corazón latía desbocado. La adrenalina corría por sus venas, urgiéndolo a encontrar a su detective. En la siguiente esquina paró el auto, salió de él y miró en todas direcciones, buscando una pista, un algo, lo que fuera que lo guiara hacia donde estaba Sherlock. ¿Sería posible que hubieran entrado a otra casa? ¿Cuál?, ¿para qué?

Entró en el auto de nuevo y giró a la derecha. Cuando no encontró nada, se echó en reversa, cambió de dirección y revisó del lado izquierdo. Nada. Nada. Si tuviera los ojos de Sherlock, si pudiera realmente ver… Se había llevado las manos a las sienes, intentando pensar, cuando una vibración lo interrumpió.

c4 sh

Ese era todo el mensaje. Todo el maldito mensaje de Sherlock después de desaparecer en la caza de un asesino... La mente de John estaba prácticamente bloqueada. Solo podía pensar Sherlock, Sherlock, Sherlock. Para su fortuna, su dedo se resbaló hacia abajo y en la pantalla aparecieron los mensajes que Sherlock había enviado su primera noche en Edimburgo, para que John pudiera dormir. Cuadrantes.

—Un puto genio—repitió, antes de pisar el acelerador hasta el fondo.

~o0000o~

C4 involucraba algunas calles por las que John pasó, intentando observar cualquier cosa sospechosa. No encontró nada, pero el miedo le decía que seguramente estaba pasando algo por alto. C4 también incluía una parte del río por la que cruzaba un puente. John detuvo el auto junto al puente y caminó por encima de él, buscando pistas. Una camioneta conducida por una mujer lo atravesó a toda velocidad, nada más. Pensó volver al auto pero algo lo detuvo y terminó de cruzar el puente. Entonces, apenas levemente por encima de los ruidos de la ciudad, escuchó un gemido de dolor.

Apretó la pistola en su bolsillo y miró hacia abajo. Estaba oscuro, pero se escuchaban voces. Con mucho cuidado, bajó por un lado del puente para intentar observar mejor de qué se trataba.

Otro gemido de dolor.

—Así que, después de todo, sí estabas vivo.

El golpe de algo muy duro. Alguien cayendo al piso.

—Debí sospecharlo, ¿por qué Moriarty no dijo nada? Y toda esa gente… siguiéndome.

Más golpes. Quejidos.

—Supongo que por eso Moriarty no me dejó moverme de mi sitio. Ahora no estará contento. Aunque… si le entrego al estorbo… puede que me perdone la vida.

De pronto, una risa. Sherlock.

—Eres un idiota —dijo su voz profunda.

—¿Quién es el idiota aquí? —respondió el otro, con la voz llena de malicia—. Yo te tengo, Sherlock Holmes. Te tengo. Puedo hacer contigo lo que quiera antes de entregarte. Puedo no entregarte. Puedo tenerte aquí para mi placer por cuanto tiempo quiera. ¿Qué tal suena eso?

—Eres un sádico —dijo Sherlock, pero no como acusación, simplemente como un hecho.

A John se le heló la sangre. Había una sombra erguida y controlada. Otra arrodillada sobre el lodo. No era difícil adivinar de quién se trataba cada una.

—Podría divertirme contigo por meses y meses, Sherlock. Romperte y repararte como mi juguete personal…

—Por eso te uniste a Moriarty, por la misma razón por la que estás en la policía. El dinero no te preocupa, te gusta hacer daño a quien sea posible y no tienes remordimientos.

El ruido de un movimiento brusco y un jadeo. Los ojos de John, acostumbrados ahora a la luz vieron cómo el hombre dejaba caer un cilindro de metal que sonó pesado contra el piso; luego vio el destello de un vidrio contra el rostro de Sherlock, quien cayó al suelo totalmente. Apuntó.

—Me encantaría amarrarte el cuello con una cadena y arrastrarte por el piso hasta hacerte sangrar las rodillas.

—Eres lo que se llamaría un psicópata.

—¿Y qué? —respondió el hombre, por fin dirigiéndose a Sherlock, con la cabeza agachada pero el cuerpo bien erguido—. ¿Quieres que te aplauda por ser listo? Tu mente no te servirá de nada una vez que la haya quebrado, Holmes.

John disparó. Se escuchó un grito de dolor y el hombre se separó de Sherlock.

También se movió más rápido de lo que había esperado. Cuando se dio cuenta de que había fallado el tiro y solo le había dado en el antebrazo, era muy tarde: el hombre estaba demasiado cerca.

Lo tacleó y lo llevó al piso. John intentó aferrar el arma pero cuando el hombre fue por ella se dio cuenta de que lo mejor sería tirarla lejos y pelear por su vida cuerpo a cuerpo, para evitar que le dispararan. Así lo hizo. En cuanto la lanzó, comenzó a defenderse con ambas manos, dificultosamente. El hombre era pesado y más alto que él. Y el piso sobre el que rodaban era lodo puro, pesado y resbaloso que entorpecía a John pero no parecía molestar a su atacante.

Logró darle vuelta a la situación y aplastarlo por unos segundos, pero un rodillazo certero en el estómago lo arrojó hacia un lado y el hombre de nuevo tuvo ventaja, esta vez mucho mayor. Unas manos que parecieron enormes en esa situación lo agarraron por el cabello y hundieron su cabeza en la helada agua del río. Alcanzó a tomar un segundo de aire en el que supo que eso no podía acabar bien.

Luchó con brazos y piernas, intentando quitarse el peso del hombre de encima. Grande y entrenado para no dejarse vencer. Peligroso. Si lo ahogaba, Sherlock…

Logró sacar la nariz del agua, a duras penas, solo para ser empujado de nuevo. Los dos segundos que estuvo en la superficie le permitieron ver lo que pensó que sería la última imagen de su vida: el hombre al que Sherlock había calificado de psicópata mirándolo con los ojos llenos de furia y muerte.

El ruido del agua tapó sus oídos de nuevo. Eso no le impidió escuchar una explosión. Las manos que lo ahogaban se aflojaron. John sacó la cabeza y aspiró con desespero. Entonces las manos volvieron con más fuerza, como si quisieran acabar de una vez por todas con su vida. Lógicamente, John sabía que tenía un par de minutos antes de quedar inconsciente por la falta de oxígeno, pero eso no ayudaba mucho cuando su instinto se volvía loco pidiendo auxilio con movimientos torpes.

Escuchó un grito y otra explosión; las manos que lo mataban se retiraron por completo. Mientras se levantaba, escuchó otra explosión. Y otra. Se arrodilló a la orilla del lago y comenzó a toser sin parar en un intento de su cuerpo para sacar el agua. Otra explosión.

Tras ésta, solo escuchó el clic del arma vacía. Dejó de toser y solo quedó temblando; se limpió el rostro y las orejas de aquella agua asquerosa y alzó la vista. Encontró a Sherlock de pie, temblando como él y apretando el gatillo una y otra vez frente al cuerpo inerte que yacía en el lodo.

Como pudo, John se arrastró por el fango, se levantó y fue hasta él. Le quitó el arma de las manos y lo abrazó con todas sus fuerzas. Ambos siguieron temblando.

~o0000o~

John se concentró en las heridas de Sherlock. Estaba amoratado y cortado hasta más no poder. Sabía que a esas horas de la noche, y con las ropas llenas de lodo y sangre, ninguna farmacia lo recibiría, así que tendría que conformarse con lo que fuera que Mycroft hubiera enviado con la ropa y con lo que hubiera en el cuarto. Entraron en éste con Sherlock apoyado en su cuerpo (sospechaba de un tobillo, como mínimo, luxado).

Con la mayor cautela, para no despertar a los otros huéspedes, lo llevó hasta la habitación y, sin encender la luz, lo sentó sobre la cama. Comenzó a examinar sus pómulos. Estaban hinchados, probablemente rotos…

—John… —advirtió Sherlock con la voz grave.

—Shhh, Sherlock...

Se inclinó y lo silenció con un beso corto. Todavía no terminaba de separarse cuando lo escuchó: el ruido de una silla contra el piso del otro lado de la habitación.

Cuando alzó la vista vio la sombra, sentada.

Fin de la segunda parte

Mayo-Junio 2013.