Capítulo 3: El hombre de John

El corazón de John, ya muy maltrecho para aquellos momentos, comenzó a bombear con toda su fuerza al detectar la presencia de otra persona en la habitación. En segundos tenía un inventario mental de todas las cosas que podía usar como armas y había pensado un plan para defender a toda costa a Sherlock. El sonido de algo como un bastón arrastrándose por el piso lo detuvo antes de saltar sobre el invasor. También la voz de Sherlock, que habló al mismo tiempo.

—¿Es realmente necesario que estés aquí? —preguntó el detective, intentando sonar hastiado pero más bien sonando lleno de dolor.

—Estaba por aquí y decidí felicitarte por lograr incapacitar al segundo de los tres tiradores. No puedes negar que nos ha traído paz mental a ambos.

Mycroft arrastró su sombrilla sobre el piso una vez más. Sherlock resopló.

Para ese momento, John ya se había vuelto a enfocar en colocar a Sherlock sobre la cama con todo el cuidado posible. Ahora necesitaba encontrar todo lo que pudiera para curarlo: antisépticos, gasas…

—Felicidades a ti también, John.

—Mycroft, no sé si lo obvio te indigna tanto como a Sherlock y lo quieres pasar por alto, pero justo ahora tengo otras prioridades que no son saludarte y celebrar —gruñó por fin John, harto del protagonismo que quería ganar el Señor Gobierno.

—Estará bien —dijo Mycroft, no sin cierto desdén—. Sus heridas no son mortales. Me atrevería a decir que está exagerando su estado para ser consentido por su doctor favorito.

Sherlock frunció el ceño e hizo amago de levantarse. John alcanzó a detenerlo, poniendo toda su fuerza en los hombros de Sherlock para acostarlo de nuevo.

—Tu opinión ha sido escuchada. ¿Algo más? —preguntó John, cortante.

Al ver su actitud, Sherlock sonrió de lado a lado y giró la cabeza hacia Mycroft, con el pecho inflado y las cejas arriba. El mayor de los Holmes pareció un poco indignado, a juzgar por cómo alzó la nariz y arrugó la comisura de la boca ligeramente. (Al poner atención en esos detalles, John supo que definitivamente había pasado demasiado tiempo con Sherlock.)

—Como dije, estaba en el área y pensé venir a supervisar el trabajo.

—No necesito que supervises mi trabajo —gruñó Sherlock.

—Cualquier persona decente preguntaría si estamos bien o si necesitamos algo en lugar de antagonizar a un herido —dijo John por toda respuesta.

—¿Qué podrían necesitar? —preguntó Mycroft, honestamente confundido— Les he dado todo lo estrictamente necesario.

John estaba por llegar a su límite de hartazgo y podría haber seguido peleando con Mycroft, pero el hecho de que Sherlock se hubiera mordido los labios en lugar de responder la pregunta de su hermano no era buena señal. Sherlock estaba aguantándose el dolor. Enfócate, se dijo a sí mismo.

—En estos momentos, por ejemplo, necesito un botiquín de primeros auxilios, como mínimo, material quirúrgico, de ser posible. Y muchas, muchas cervezas. Y después de eso voy a necesitar mucho, muchísimo Advil.

Mycroft se quedó quieto. Después superó el shock de que John estuviera veladamente dándole instrucciones y sacó su celular para mandar un mensaje, seguramente a Anthea.

En cuestión de minutos llegó un mensajero con todo lo que John hubiera querido y más. Bendijo al gobierno británico y se puso a trabajar en sanar las heridas de Sherlock. También lo analizó a consciencia para verificar que no tuviera una contusión antes de finalmente dejarlo dormir, envuelto en vendas y curaciones. Nunca era buena señal que Sherlock quisiera dormir. Quizás necesitarían llevarlo a un hospital y tomar tomografías… Quizás no era físico, sino psicológico, ya que Sherlock acababa de asesinar a un hombre a sangre fría y aunque se mostraba frío y calculador, en algo debía haberlo afectado…

Suspiró, tomó una de las cervezas que, milagrosamente, sí había pedido Mycroft, y se sentó en la orilla de la cama con la espalda hacia Mycroft, para observar a Sherlock y detectar cualquier anomalía. Él todavía olía a apestosa agua de río y moría por darse un baño, pero no quería dejar a Sherlock sin supervisión médica ni un minuto.

Mientras bebía su cerveza y veía a Mycroft observar a su vez a un Sherlock inconsciente, John sintió por fin los estragos en su propio cuerpo. Finalmente había llegado a su límite y la adrenalina se había agotado.

Lo supo porque comenzó a marearse y cuando se revisó, notó que la herida en su costado se había vuelto a abrir. Se estaba desangrando otra vez, justo sobre la cama.

—Ah —alcanzó a decir—. Mierda.

Su último pensamiento fue "ojalá que Mycroft cuide a Sherlock". Después de eso cayó inconsciente.

~o0000o~

Despertó en la cama de un hospital (sorpresa, sorpresa). Una vez que recuperó totalmente la conciencia, revisó su cuerpo en busca de las heridas que lo habían llevado a ese lugar una vez más. Se encontró moretones, rasgaduras y la puñalada que cruzaba su costado y que últimamente le daba tantos dolores de cabeza, pero nada más, para su alivio. No hubiera creído necesario llegar al hospital, pero seguramente Mycroft había entrado en pánico al tener a dos personas inconscientes a su cargo. En fin, no se podía quejar: alguien había cosido su herida mucho más profesionalmente de lo que Sherlock había logrado y ésta parecía estar menos propensa a abrirse de nuevo.

Lo siguiente que pensó fue que ahora quién sabe cómo haría para encontrar a Sherlock, pues seguramente el detective habría aprovechado su estancia en el hospital para continuar con el caso sin su presencia.

Suspiró y se incorporó en la cama, pensando que quizás podría contactar a Mycroft y pedir su ayuda para encontrar al detective. Después de todo, si no lo había dejado morir en el piso de la casa de huéspedes, algún valor debía tener para el gobierno británico, ¿no?

Al final, no tuvo que buscar mucho. Fue Sherlock mismo quien llegó hasta él. Para sorpresa de John, abrió la puerta de la habitación de golpe y lo miró, con ojos grandes. Sus cabellos chinos estaban por todas partes, en una explosión roja sobre su cabeza; en lugar de sus elegantes trajes de siempre, o de los jeans que se había visto obligado a usar durante su misión, vestía una sobria y maltrecha bata de hospital, que no ocultaba su pierna vendada; para rematar la imagen, tenía un suero directo a las venas, cuya bolsa iba jalando con él junto con la torre de equipo médico conectado a su cuerpo.

—¡Sherlock! —lo saludó, sorprendido por su estado pero agradecido de verlo.

Sherlock hizo un gesto de molestia que dirigió hacia los instrumentos que medían todos sus signos, como si quisiera explicarle a John que estaba harto de ellos.

—Estoy bien —dijo con desdén e indignación—. Pero no querían dejarme verte.

—Oh, Sherlock —exclamó John.

Esta vez, al ver a Sherlock tranquilo y sano (y al echar un vistazo a las máquinas que chillaban sus signos vitales), supo que el detective estaba bien y recuperándose. El suero, adivinó, quizás era porque se había negado a comer en algún tiempo. ¿Cuántos días habían pasado?

Mientras Sherlock jalaba con dificultad el equipo médico para entrar en la habitación, John aprovechó para desconectar su propio equipo y levantarse de la cama. Tras un ligero mareo, se lanzó a los brazos de Sherlock para apretarlo con todas sus fuerzas.

—¡Estás bien! —dijo, sin importarle decir lo obvio.

Sherlock no le riñó por ello, pero sí lo hicieron las enfermeras que entraron despavoridas en cuanto el equipo médico de John sonó la alarma por no detectar señales de vida.

A John le dio igual. No soltó a Sherlock.

Para su alegría, Sherlock tampoco lo quiso soltar.

~o0000o~

De las explicaciones no dadas de Sherlock, los mensajes lacónicos de Mycroft y los papeles de alta de los doctores que los habían atendido, John pudo armar la historia en su cabeza: habían estado dos noches en el hospital. John no se había recuperado totalmente desde que lo habían apuñalado y su herida se había abierto con el nuevo ataque; la adrenalina lo había mantenido moviéndose hasta que había perdido suficiente sangre como para quedar inconsciente. Le habían hecho una transfusión y habían curado los golpes que habían dejado tanto el primero como el segundo tirador; también, según pudo leer, había necesitado oxígeno durante su primera noche de estancia, pues sus pulmones estaban débiles debido a su casi ahogamiento. Tragó en seco. Decidió no leer su pronóstico en la última hoja (podía adivinar que lo enviaban a reposo, no necesitaba leerlo).

Sherlock, por su lado, tenía heridas mucho más sádicas en el cuerpo. John las había tratado bien, pero como había adivinado, Sherlock se había negado a las curaciones diarias y a consumir alimentos mientras John estaba inconsciente, de ahí que lo hubieran obligado a recibir del suero. (Cómo lo habían obligado era una historia que John se moría por escuchar, pero que nadie tenía tiempo para contarle.) Ahora, John tenía instrucciones precisas de obligar a Sherlock a dejarse limpiar las heridas por lo menos cada día.

El detective había escuchado todas las recomendaciones de los doctores con un gesto ausente que dejaba entrever que John también tendría que obligarlo a cuidarse. Pero eso no era novedad.

Como fuera, después de que los médicos del pequeño hospital privado en Glasgow los revisaran completamente una vez más, recibieron el alta médica y con ella el permiso para regresar a la casa de huéspedes en Edimburgo. Sherlock no quería permanecer en calma y mostraba claros síntomas de querer huir, ahora que sabía que John estaba bien. Pero Mycroft le envió un mensaje que lo mantuvo emberrinchado pero quieto.

—¿Qué te dijo? —inquirió John, tras verlo hacer puchero todo el camino desde el hospital.

—Tiene información, pero no me la dará si no paso por lo menos una noche descansando aquí.

Terminó la frase con un resoplido y rodando los ojos, como si Mycroft pidiera cosas estúpidas.

—No sé tú —dijo John, tras un bostezo—, pero yo sí aprovecharía para dormir lo suficiente. Si este era el segundo tirador, no me quiero imaginar lo que nos depara con el tercero y ni siquiera estoy pensando en el hombre de Moriarty.

Sherlock guardó silencio, hecho un ovillo en un extremo del auto que los llevaba. John suspiró, pero lo dejó ser.

La señora Reyndolds los recibió en la puerta de la casa de huéspedes como a medio día. La pobre anciana parecía tener muchas preguntas, pero también mucho miedo de hacerlas. Seguramente la salida de Sherlock y John hacia el hospital había sido una escena sorpresiva para ella, por decir lo menos. John la saludó, cordial como siempre, pero ella simplemente alzó la mano en un gesto apagado y los dejó regresar a su habitación.

Sherlock parecía dispuesto a comenzar a trabajar de inmediato, sin importarle su recuperación. John aplicó una estrategia que solo había usado con su hermana y con sus primos en la infancia. Se aferró a él como un koala y no lo dejó libre hasta que Sherlock cayó en la cama (aprovechándose del esguince de tobillo de Sherlock). Después lo siguió apretando entre sus piernas y brazos hasta que el detective dejó de dar pelea y se quedó quieto, haciendo berrinche. Eventualmente, John se quedó dormido, agotado. Solo esperaba que Sherlock se contagiara de su cansancio.

~o0000o~

La siguiente vez que John abrió los ojos, miró su reloj de pulsera y supo que era cerca de la media noche. Alguien había tocado a la puerta de la habitación y lo había despertado. Se despegó de Sherlock quien, milagrosamente, seguía dormido. (¿Habría dormido algo en el hospital? Seguramente no.) John dejó la cama y abrió la puerta para encontrar una cena dispuesta para dos personas en una charola sobre el piso. No había nadie a la vista. Sonrió y agradeció el espíritu de buena anfitriona de la señora Reyndolds, el cual no se agotaba ni con la locura que era Sherlock Holmes. John pensaba dejar las propinas correspondientes y una reseña de cinco estrellas en Yelp.

Miró la comida y miró a Sherlock, durmiendo un sueño relajado por primera vez en muchos días. Suspiró. No quería levantarlo todavía. Quizás si se daba un baño antes, Sherlock despertaría por su cuenta con los ruidos y el aroma a comida. Tomó sus enseres de aseo y fue al pequeño bañito que venía con su habitación. Primero se dedicó a limpiarse cuidadosamente cada parte de su cuerpo, incluyendo la herida. Después solo disfrutó el momento. Estaba completamente quieto, dejando que el agua caliente cayera por su espalda, negándose a dejar ir este momento de relajación, cuando la puerta de la ducha se abrió y entró Sherlock.

John se quedó todavía más quieto, pero tenso, esperando que el detective solamente hubiera llegado hasta ahí para pedirle que salieran corriendo en busca de más pistas. Afortunadamente no fue así. Sherlock estaba desnudo. Comenzó por mojarse la cabeza y luego se puso un poco de champú sobre los rizos. John estaba ocupado mirándolo con los ojos como platos, así que tardó un rato en notar que Sherlock le ofrecía el jabón para que John lo ayudara a tallar su espalda.

Aquella escena era como vivir su propia comedia romántica o un sueño húmedo que no sabía que tenía pero que había que aprovechar. Pasó el jabón por el cuerpo del detective y lo ayudó a tallarse con mucho cuidado de no reabrir sus heridas o empeorar sus moretones y luego se despegó de él solo para ver el agua enjuagar y llevarse todo el jabón.

Finalmente Sherlock se dio la vuelta hacia él y lo atrapó en un abrazo. John no estaba seguro de qué era lo que procedía. ¿Qué esperaría alguien como Sherlock de una situación así? Con cualquier otra persona, John no dudaría en dejar salir su pasión y provocar algo de sexo en la ducha, pero este era Sherlock… ¿sería que…?

Sus dudas se acabaron entre las manos de Sherlock, que recorrieron desde su nuca hasta llegar a su espalda baja y se quedaron ahí mientras se inclinaba a buscar los labios de John. Eso lo decidía, entonces, Sherlock podía comportarse como un hombre con necesidades carnales como el resto.

John se dejó besar, tocar, apretar. Incluso, para su sorpresa, dejó que los dedos de Sherlock exploraran su entrada, todavía con algo de jabón. Sherlock fue casi clínico: lo lavó y lo limpió con cuidado. Luego comenzó a penetrarlo con sus dedos y wow, ¿quién le iba a decir a John Watson que aquello se sentiría bien?

Para corresponder, bajó su mano hasta tomar el miembro de Sherlock con ella y comenzó a masturbarlo. Sherlock paró los besos, como abrumado por las atenciones de John. Finalmente dejó en paz su entrada y pasó las manos al frente de John, para hacer lo mismo. Pronto estuvieron masturbándose mutuamente, lentamente, sin prisas ni presiones, reconociendo sus cuerpos heridos pero deseosos de saberse vivos.

De haber sido más joven y aventurero, John se hubiera puesto de rodillas ahí mismo para chupársela a Sherlock con fervor, pero se conformó con masturbarlo cada vez más rápido, mientras el detective se encorvaba más y más hacia él. Sherlock mojado, duro, casi cayéndose encima de él de placer fue suficiente para hacer que John se viniera. El agua se llevó la evidencia rápidamente.

John dijo "a la mierda" y se sujetó de la pared para arrodillarse en la ducha y meterse el pene de Sherlock en la boca. Quizás después sus rodillas lo matarían, pero si no se atrevía a hacer aquello ahora, ¿cuándo?

Sherlock tuvo que aferrarse a la pared durante los pocos minutos que duró aquello.

—John —gimió—. Voy a…

No logró decir más, pero John se lo sacó de la boca y dejó que se viniera sobre él. El semen le cayó en el cuello y la clavícula y por alguna razón eso le provocó una risita tonta que terminó por contagiar a Sherlock. Pronto el agua se llevó toda la evidencia y ambos se enjuagaron.

Salieron del baño todavía riéndose, se secaron lánguidamente y sin darse cuenta cayeron dormidos de nuevo sobre la cama.

~o0000o~

A John lo despertó el hambre a la mañana siguiente. Sherlock parecía estar invernando y no lo despertó ni el ruido de John moviendo los platos de comida fría de la noche anterior. Tampoco lo despertó el ping del nuevo celular de John (el anterior había perecido en el río) recibiendo un mensaje, lo cual fue bueno porque recibir un mensaje él sin que Sherlock recibiera otro le pareció raro. El mensaje era fuerte y claro:

Reposo obligado por instrucciones médicas. Una semana. Información después.

-MH

John rodó los ojos, un poco exasperado. Claro, era de esperarse que Mycroft no fuera capaz de negarle algo a Sherlock y ahora le pasaba las malas noticias por medio de John para no recibir su indignación directa.

Cuando le contó a Sherlock del mensaje, él se cruzó de brazos, frunció el ceño e hizo un puchero.

—No necesito su información —reclamó—. Yo mismo puedo seguir sin él.

John decidió hacer un favor que beneficiara a todos los presentes y se dejó caer sobre la cama con todo el cansancio que había acumulado durante aquellos días.

—Yo realmente apreciaría unos días de calma —dijo—. Estar a punto de morir por tercera vez en cuestión de semanas es agotador para una mente humana simple, Sherlock.

Por un momento temió que el detective diera una respuesta parecida a la anterior, algo como "a ti tampoco te necesito", pero se llevó la agradable sorpresa de que Sherlock bajó los brazos y se sentó a su lado en la cama.

—Podríamos hacer investigaciones desde aquí. En los diarios, en las bases de datos. Podríamos revisar las fotografías del funeral nuevamente. Estoy seguro de que hay algo ahí que es obvio.

John le sonrió, agradecido por verse incluido en todas esas actividades de investigación que claramente podría hacer Sherlock sin ayuda ni estorbo de nadie.

—Sí, podemos hacer eso —decidió responder.

~o0000o~

Por supuesto que Sherlock pasó los días siguientes con la nariz metida en sus investigaciones. De vez en cuando recordaba a John y leía alguna cosa interesante en voz alta. John hacía las preguntas pertinentes, que a su vez provocaban que Sherlock buscara respuestas y continuara con sus investigaciones nuevamente en silencio. Básicamente en eso y en perseguir a Sherlock para curar sus heridas o alimentarlo consistieron los siguientes días.

Sherlock fue bastante eficiente trabajando desde casa y logró enviarle información a Mycroft sobre un grupo de hackers y otro de estafadores que eran parte de la red de Moriarty.

John fue por el té una tarde, ya que Sherlock estaba demasiado enfocado en lo suyo. Cuando volvió, lo encontró hablando solo y suspiró. Quizás jamás perdería la costumbre de hablarle mientras él no estaba ahí, pero ahora que su relación era diferente, John no podía evitar sentir cierta… ternura al respecto.

—Debí verlo antes, era tan obvio, John, tan obvio —murmuraba, paseándose de un lado al otro de la habitación con su iPad entre las manos.

—¿Qué era obvio? —preguntó, por seguirle la corriente.

Sherlock alzó la vista del iPad y lo miró a los ojos.

—No estabas aquí.

John dejó la charola con comida sobre la única parte libre de chuches que tenía su mesita antes de responder.

—Nop. Estaba en la cocina intentando preparar algo que quisieras comer sin gritar tanto.

Sherlock tiró el iPad en la cama y fue hasta él para tomarlo por los hombros.

—Olvida la comida, esto es más importante.

John levantó las manos en señal de rendición.

—¿Qué ocurre?

—Encontré algunos de los archivos que Mycroft no quería enviarme todavía.

—¿Cómo…?

—Irrelevante —interrumpió—. Entre ellos estaban los registros de mensajes que envió Moriarty el último día.

—De acuerdo…

—Estaban los mensajes a los francotiradores, John, ¡tan obvio!

—¿Qué encontraste? —preguntó John, armándose de paciencia para desentrañar las explicaciones revueltas de Sherlock.

—No envió tres mensajes ordenando tres ejecuciones John, envió uno solo.

John ya iba entendiendo el asunto. Solamente esperaba estar haciéndolo bien.

—¿A su mano derecha, el hombre de Moriarty?

—Seguramente. El teléfono era desechable, pero una vez teniendo el número también pude obtener sus registros.

—¿Más mensajes?

—No —dijo Sherlock—. No hay mensajes, no hay letras o información, por eso los estúpidos hombres de Mycroft no lo vieron. ¡Debieron darme esto hace semanas!

—¿Qué no vieron Sherlock?

—Dos llamadas —dijo Sherlock.

John parpadeó.

—¿Dos llamadas?

—El número solo hizo dos llamadas en el periodo de tiempo crucial.

—De acuerdo… —dijo John—. ¿Y eso es tan importante porque…?

Sherlock lo sacudió por los hombros.

—¡Dos llamadas, John!

—Sí….

John parpadeó. Sherlock sacudió la cabeza, como decepcionado. John se encogió de hombros.

—¿Cuántos tiradores, John?

—Ehm… tres… —respondió, ya sin sentirse nada seguro de estar entendiendo.

—¿Cuántas llamadas?

—Dos…

Sherlock sonrió.

—Exacto. Obvio.

John frunció el ceño.

—¿Explícamelo como si tuviera cinco años? O mejor aún, como si estuviera agotado de casi morir las últimas semanas y necesitara manzanitas para llegar a las mismas conclusiones que tú.

Sherlock rodó los ojos, lo soltó de los hombros y comenzó a dar vueltas por la habitación a zancadas.

—Tres tiradores, dos llamadas. El tercer tirador no necesitaba una llamada. ¿Por qué no necesitaba llamar el hombre de Moriarty al tercer tirador, John?

Oh.

—¿Porque el tercer tirador y el hombre de Moriarty son la misma persona?

Sherlock por fin le dedicó una sonrisa orgullosa, si bien un poco maniaca.

—Vaya —dijo John por fin—. De cierta manera es un alivio. Si damos con él, son dos pájaros de un tiro.

—Precisamente. Y sabemos cómo dar con él —agregó Sherlock.

—Eh… ¿cómo?

—No dejándolo en paz —dijo Sherlock, con los ojos brillantes.

John recordó la voz de aquella llamada: Solo déjenme en paz. Y Guerrero, quien según Sherlock también era una advertencia para dejarlo en paz. Darle una orden así a Sherlock era garantía de que llevaría la contraria. Y por lo que leía en su semblante, ya tenía un plan.

~o0000o~

—¿Ya terminaste? —preguntó, impaciente.

John suspiró y una vez más negó con la cabeza. Sus dedos se movían tan rápido como podían, pero no era un experto en computación y su ritmo era naturalmente lento. Sus entradas de blog no nacían de un día para otro, llevaban tiempo y paciencia, cosas que Sherlock no tenía.

Pasaron algunos minutos en los que John siguió pasando tres dedos por las teclas apropiadas. De vez en cuando necesitaba borrar algunas letras mal puestas, comenzar ideas de nuevo o revisar las notas que había hecho acerca de lo que Sherlock necesitaba que escribiera.

—¿Qué tal ahora, terminaste? —preguntó de nuevo Sherlock.

—Sherlock —gruñó—. Créeme, cuando termine serás la primera persona en saberlo, probablemente incluso antes que yo. ¡No hay necesidad de torturarme!

Sherlock hizo otro puchero. Dejó a John trabajar un par de minutos más, pero cuando se inquietó de nuevo simplemente decidió tirarse en la cama, arrastrarse por ella, y como un gatito que busca el calor de la computadora, puso la cabeza en su regazo, a centímetros de la pantalla.

John lo dejó leer lo que llevaba escrito, mientras acariciaba sus hebras pelirrojas recientemente retocadas. En algún momento Sherlock se acomodó mejor, extendió su mano y dio clics aquí y allá para corregir errores que John no había visto a primera vista. John lo dejó hacer hasta que el detective quedó satisfecho y se recargó a su lado para dejarlo seguir.

Como lo había pronosticado, el primero en enterarse que había terminado fue Sherlock.

—Envíalo —dijo el detective.

—¿Estás seguro? —preguntó —¿Era lo que imaginabas?

Sherlock asintió.

—Con todo el sello de John Watson. Pero la gente es tonta y no verá lo obvio. Nadie sospechará de un muerto. Excepto, por supuesto, nuestro hombre.

John se rió al principio, luego se tornó serio al recordar al hombre que buscaban. Procedió a mandar el archivo adjunto a una cuenta de seguridad de la gente de Mycroft.

Al siguiente día se publicaría un artículo de investigación seguido de otros "inspirados" por la información contenida en el primero. El encabezado seguramente llamaría la atención del público en general y, por supuesto, del público meta: la red de Moriarty.

¿Quién era realmente y dónde está Richard Brook?

La duda estaba sembrada. El hombre de Moriarty ya no podría seguirles ocultando a los suyos que Moriarty estaba muerto. La guerra estaba declarada y tarde o temprano iba a cometer un error que lo dejaría vulnerable, ya fuera a las garras de Sherlock o de sus propios hombres traicionados.

~o0000o~

Esa probablemente sería la última noche de tranquilidad que tendrían en un tiempo y ambos lo sabían. John había aprovechado para comer una cena abundante, seguida de una siesta no planeada mientras Sherlock seguía revisando lo suyo. Cuando despertó, Sherlock estaba hablando solo al tiempo que revisaba nuevamente las fotografías del funeral en su iPad.

—Hay algo en esta foto —murmuró Sherlock—, estoy seguro.

John se desperezó, bostezó y luego procedió a recargar su cabeza en el hombro de Sherlock para observar la foto, sin realmente esperar ver algo que Sherlock no hubiera visto antes.

—Quizás el hombre de Moriarty no fue al funeral, después de todo —aventuró—. Él es el jefe y el que da las órdenes, ¿no? No necesitaba someterse a las mismas órdenes que los otros.

—Pero si quería hacerlos creer que Moriarty seguía a cargo debía actuar como los otros. Debía estar ahí —insistió Sherlock—. ¿Dónde está?

Sherlock se dejó caer sobre la cama, por lo que John se quedó sin apoyo y se tuvo que acomodar. Luego se puso el iPad sobre la frente, con la fotografía desplegada en toda la pantalla, como si eso lo ayudara a analizarla mejor. John se acomodó mejor y observó la fotografía. No había nada que no hubiera estado ahí antes: el hombre de la señora Hudson, a quien tachó mentalmente; el hombre de Lestrade, a quien tachó mentalmente con mucha alegría. También estaban la señora Hudson, Lestrade, Dimmock, Donovan, Anderson. John no quería ser nuevamente el que dijera una tontería, pero por un momento le pasó por la cabeza que quizás Anderson podría ser el hombre de Moriarty, dada su proclividad a odiar a Sherlock. Pasó el dedo por su rostro y abrió la boca.

—No —respondió Sherlock antes de que John pudiera siquiera elaborar la pregunta.

John rodó los ojos, sin molestarse en preguntar cómo había adivinado (deducido) Sherlock lo que iba a decir.

Siguió mirando la fotografía: periodista encubierto, caso resuelto del 2007, el club de fans… todas mujeres de pañoletas en la cabeza y lentes oscuros por el luto, acompañadas de un solo chico apenado de ser parte de aquel grupo. John suspiró.

—Sherlock, no hay tantos posibles sospechosos. Creo que es hora de aceptar que cabe la posibilidad de que te equivoques y ese hombre nunca se haya presentado al funeral. Con responsabilidades tan grandes manteniendo la red de Moriarty, lo más natural es que haya estado ocupado en otra cosa, con mayor razón si sabía o sospechaba que no estábamos muertos.

Sherlock se quedó callado. Luego resopló.

—Absurdo.

John rodó los ojos, intentando armarse de paciencia. Después de todo, quizás realmente Sherlock sabía y veía más cosas que él.

—En fin —dijo John—, voy a darme un baño. Siéntete libre de acompañarme —agregó, porque honestamente disfrutaba la cara de ligero shock que ponía Sherlock cada vez que insinuaba algo sexual, como si todavía no pudiera creer lo que estaba pasando entre ellos.

~o0000o~

La herida de John ya estaba mucho mejor y su cuerpo se sentía adolorido pero ya no como si lo hubiera atropellado un camión, así que esta vez pudo disfrutar mucho mejor de una ducha bien merecida, larga y cuidadosa.

Como lo imaginó, Sherlock tomó la invitación nuevamente y siguió el pequeño ritual que habían desarrollado: primero se bañó, pidiendo la ayuda de John, y luego comenzó a meterle mano por todas partes. John sospechaba que Sherlock tenía una fijación con su trasero, porque solo así se explicaba por qué sus dedos siempre terminaban penetrándolo cuando estaban en momentos así.

Para ser honesto, John no podía quejarse. También había adquirido el gusto por dejarse hacer y últimamente tenía más fantasías de las que podrían ser sanas acerca de Sherlock penetrándolo de todas las maneras posibles.

Usualmente Sherlock solo jugaba con su entrada, pero esta vez comenzó a dilatarlo lentamente, hasta que el agua se tornó tibia y John se volvió loco. Tuvo que interrumpirlo antes de que ambos se congelaran ahí mismo o que él se viniera antes de cualquier otro tipo de acción, lo cual probablemente pasaría primero.

—¿Cama? —preguntó o pidió, no supo exactamente qué.

Sherlock asintió y lo siguió, sin reclamar nada.

Era sorprendente lo callado que se ponía cuando estaba excitado.

Ambos se envolvieron en toallas y se secaron perfunctoriamente, apresurados por las erecciones que pensaban por ellos.

Una vez que John acomodó a Sherlock sobre la cama lo mejor posible sin peligro para sus heridas apenas sanas, recordó algo que lo hizo gruñir. Sherlock, atento a la bata de baño que caía de los hombros de John, se interrumpió y lo miró a los ojos, buscando pistas para saber qué lo detenía.

—No tenemos condones —explicó John—. No compré porque había que economizar…

Sherlock rodó los ojos.

—Claro que tenemos —dijo.

—¿Tú compraste?

La boca de Sherlock se torció y algo le dijo a John que no le iba a gustar la respuesta.

—No, algo peor.

Entonces Sherlock fue hasta la mesa de centro, donde encontró la caja con el gatito chino al que John le había tomado tanto cariño. Sacó al gato, lo volteó y le quitó la base. Desde ahí cayeron sobre la mesa una tira de condones y una botella pequeña de lubricante.

John se quedó boquiabierto.

—¿Cómo supiste que…?

—Obvio —interrumpió Sherlock.

John tardó dos segundos en darse cuenta de lo que significaba aquello.

—Espera un segundo, ¿Mycroft…?

—¿Podemos obviar eso? —gruñó Sherlock.

Tomó los condones y el lubricante y los llevó a la cama. John decidió que no iba a hacer preguntas cuyas respuestas involucraran al hermano de Sherlock. Por lo menos no cuando había sexo sobre la mesa. Nuevamente, había que enfocarse en lo importante.

~o0000o~

Sherlock obviamente estaba haciendo lo posible por aprovechar su última noche de tranquilidad. Era un alivio para John saber que no era el único con una necesidad apremiante de llegar a más. Y sí, era él quien hasta antes de Sherlock (¿A.S.?) jamás había tenido relaciones sexuales con un hombre. (¿O era realmente el único de los dos? Sherlock jamás había respondido sus preguntas.)

Cualquier persona normal no creería en las previas aventuras heterosexuales de John al verlo gemir profundamente cuando los dedos de Sherlock dejaron lubricante en su entrada, mientras él se ponía sentado a horcajadas sobre el detective. Esto no era algo que hubiera imaginado hacer con alguien antes, pero no estaba tan mal. De hecho, los largos dedos de violinista debían tener magia en ellos, porque después de un rato se sintieron más que bien.

Las manos de Sherlock temblaron un poco cuando las colocó en la cadera de John. Por varios segundos, John recibió la atención completa del hombre más atractivo que había conocido (incluso con moretones descoloridos por todas partes). Cuando el tiempo reglamentario de silencios pasó y se volvió un poco incómodo, John alzó las cejas, preguntando qué ocurría. Sherlock bajó la mirada hacia el punto donde sus cuerpos debían unirse y dejó entrever cierta inseguridad. John bajó su mano lentamente, esperando la reacción de Sherlock, quien no lo detuvo. Finalmente, llegó al miembro endurecido de su amante y jugó con él un rato. Las manos de Sherlock temblaron de nuevo y eso lo animó a seguir: alcanzó el condón y lo puso el mismo, disfrutando cada segundo para ser honesto.

Sherlock pareció nuevamente enfocado en las actividades presentes, así que John tomó con firmeza su miembro y lo fue guiando a su entrada, hasta que entró en él. Sherlock tomó las riendas, eventualmente, empujando sus caderas para entrar más profundamente. John tuvo que cerrar los ojos, porque no podía creer las sensaciones que se despertaban en su cuerpo ante este acto. Su corazón, una vez más, comenzó a latir desbocado.

Sherlock tomó ritmo con sus caderas, primero lento. En esos momentos todavía tenía algo de control, más del que John quería que tuviera. Quería hacerlo perder todo contacto con la realidad. En un golpe firme bajó sus caderas al tiempo que Sherlock subía las suyas para que llegara tan adentro como era posible, animándolo a perderse tanto como John se estaba perdiendo. Su premio fue un placer desbordante del que quería más. Su siguiente premio fue ver a Sherlock perder el control.

Lo había logrado. El ritmo se volvió acelerado, así como la respiración de Sherlock. John, a su vez, solo podía producir jadeos cada vez más altos. Apretó los brazos del detective, su vientre, su pecho firme. Cuando no pudo más, intentó inclinarse para frotar su pene contra el vientre de Sherlock, sin mucho éxito. Al detectar su necesidad, Sherlock buscó ayudarlo con sus propias manos. Eso hizo que sus caderas perdieran la fuerza de antes y la penetración fuera menos profunda. Al mismo tiempo, el dolor en los muslos le avisó a John que no iba a poder seguir así por mucho más tiempo. Gruñó.

El cambio de posición fue lento, porque no había manera de hacer aquello rápidamente sin abrirse alguna herida o hacerse una hernia, pero finalmente logró acomodarse de espaldas en la cama, con Sherlock entre sus piernas, su miembro alzado, rojo, tan deseoso de volver dentro de John como John estaba de metérselo todo de nueva cuenta. Con cuidado, se sujetó de la cabecera de la cama y alzó las caderas. Con cuidado, con un brazo tembloroso, Sherlock se sostuvo por arriba de él. Con la otra mano, llevó su miembro adentro de John, finalmente; después, usó la misma mano para masturbar a John.

Definitivamente podría vivir así, volverse loco así, entregarse completamente a Sherlock así, cuando él quisiera. Su mayor esperanza era que Sherlock estuviera disfrutándolo tanto como él, aunque su silencio y su gesto de concentración no dieran muchas aclaraciones.

—Sherlock —llamó entonces John, decidido a hacer que su amante disfrutara tanto como él—. ¿Te gusta así?

Entonces las pestañas de Sherlock se alzaron y dejaron ver a John los hermosos ojos de Sherlock, tan nublados como nunca los había visto. Quizás quiso responder a su pregunta, pero no logró hacerlo sino con un gemido profundo que hizo temblar a John de pies a cabeza.

—A mí también —susurró entonces, antes de besarlo con todas sus fuerzas y seguir el ritmo que marcaban sus caderas.

No supo como, pero consiguió que Sherlock se viniera antes que él. Simplemente pensar que el detective había encontrado el sexo con él lo suficientemente placentero sirvió para que John perdiera la cabeza, se masturbara a toda prisa y se viniera con Sherlock todavía medio duro dentro de él.

Tardaron en recuperar el movimiento antes de separarse. Una vez que lo hicieron, el detective se quitó el condón y lo tiró al lado de la cama, en un gesto que se volvería una mala costumbre. John quería limpiarse y quizás darse otro baño, pero también quería simplemente no hacer nada.

Finalmente sonrió y se acomodó en la cama. Para su sorpresa, Sherlock correspondió su sonrisa, se dejó caer a su lado en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido.

El penúltimo pensamiento de John fue que tenía que probar dormir a Sherlock con sexo más seguido. Su último pensamiento fue que tenía hambre de nuevo. Pero ese sería un problema para luego. Se acomodó junto a Sherlock y se quedó dormido también.

~o0000o~

John estaba en lo correcto: aquella fue la última noche de paz antes de la tormenta.

A la mañana siguiente los despertó el hambre (o por lo menos a John). Como si alguien los espiara (y no esperaría menos de Mycroft), sonaron sus teléfonos en cuanto terminaron de desayunar. Era el mismo mensaje para ambos:

Artículo publicado. Monitoreo de actividad de la red en correo cifrado.

-MH

Lo que siguió fue un día entero de ambos recibiendo la información que intercambiaban diversas células de la red de Moriarty. El plan estaba funcionando: la duda estaba plantada en ellos y hablaban de pedir una cita con el jefe o por lo menos una videollamada que probara que seguía con vida. También estaban molestos acerca de la pérdida del código con la muerte de Sherlock Holmes y se mostraban incrédulos de que el hombre de Moriarty pudiera tenerlo consigo.

Sherlock sonreía como un niño. Finalmente, hubo algo. Un mensaje salido de un celular desechable:

HdM ha hecho contacto.

—Oh, te atraparemos —canturreó Sherlock—. Alguno de estos idiotas nos dará un lugar y una hora y te atraparemos.

Su felicidad era contagiosa.

John se lanzó encima de él, eufórico por al fin poder mostrar su pasión de aquella forma tan física. Sherlock devolvió sus besos con fuerza, al parecer sin importarle dejar su monitoreo pendiente por un rato. No tardó en lanzar a John a la cama y buscar lo que quedaba de los condones.

John solo podría decir que el sexo con un Sherlock en camino a la victoria era excelente.

~o0000o~

Recibieron un mensaje a la mañana siguiente:

Londres. Morgue 8 p.m. mañana.

-MH

John suspiró.

—¿Cabe la posibilidad que Molly nos extrañe y quiera tomar el té con nosotros?

Sherlock hizo oídos sordos a su broma. Su cabeza ya estaba en otro lugar que requería toda su atención para buscar información en google.

—El cuerpo —dijo de la nada en voz alta.

John suspiró de nuevo y decidió buscar los horarios de los trenes para Londres. Estaba leyendo las opciones y haciendo un plan para empacar lo necesario e ir por los boletos a la estación cuando Sherlock se levantó de golpe y lo asustó.

—¿Qué ocurre?

—Podrían alterar los periódicos en línea, pero no los físicos —respondió el detective.

—¿De qué hablas?

Como era de esperarse, no recibió respuestas ni explicaciones. Tuvo que seguir a Sherlock hasta la salita de estar de la casa de huéspedes, donde, como siempre, tuvo que pedir disculpas a los presentes pues Sherlock les arrebató los periódicos de las manos y luego procedió a sacar los periódicos de días anteriores de entre una pila en la mesa de centro.

—Realmente es fan de las noticias —intentó explicar John, por intentar aliviar la tensión en el aire—. Y no había tenido tiempo de ponerse al día.

Una pareja había estado tomando un jugo y leyendo las noticias antes de que el huracán Sherlock los interrumpiera. Solamente parpadearon al mismo tiempo, enfocaron su mirada en los moretones descoloridos que Sherlock y John mostraban por todas partes, se levantaron y se alejaron rápidamente.

—Y por eso no podemos hacer amigos —suspiró John.

Sherlock se dejó caer en el sillón.

—No está.

—¿Qué ocurre? —preguntó finalmente John, cuando no pudo soportar más intriga.

—No hay noticias sobre el segundo tirador —explicó.

John frunció el ceño. Había pasado casi la semana completa desde que Sherlock había vaciado toda la carga de su pistola sobre el tirador. Tiempo suficiente como para que alguien dijera algo, a menos que…

—¿Mycroft ocultó la noticia?

—No —dijo Sherlock, cortante—. Mycroft no se deshace de mis cuerpos.

John lo entendió.

—Oh, diablos —dijo—. En otras circunstancias tú lo hubieras hecho, pero estabas herido y en shock, yo te saqué de ahí y esa noche…

—Ambos quedamos inconscientes.

—Oh, mierda. Él revisó las noticias y estuvo satisfecho de no ver ninguna acerca del hombre de Lestrade.

Sherlock se tensó.

—No hubo noticia que dar, porque nadie encontró su cuerpo.

John se levantó de golpe.

—¿Eso significa que sigue vivo?

Estaba tentado de ir a cargar su arma nuevamente, pero Sherlock negó con la cabeza.

—No. Pero nadie encontró su cadáver, ¿por qué John?

—¿Porque alguien se lo llevó, como el de Moriarty? —aventuró él.

—¿Para qué?

John hizo un gesto de asco.

—Sea lo que sea, creo que no quiero saber.

Sherlock lo miró con la cabeza ladeada, como si no entendiera las cosas perversas que algunas personas podían hacer con los cadáveres. Y probablemente no lo sabía, porque para él solo eran cuerpos inertes con los que experimentar científicamente.

—Muy bien. Entonces, ¿dónde está el cadáver, John?

John se encogió de hombros.

—¿Y yo que voy a saber?

—¡Es obvio, John, OBVIO! —gruñó Sherlock, antes de levantarse— Vamos a Londres —ordenó, como si estuviera dispuesto a salir disparado en ese mismo instante hacia la capital.

John rodó los ojos, se levantó con cuidado, se sacudió el pantalón dramáticamente y se dio la vuelta hacia las escaleras.

—Claro, pero primero hay que recoger la habitación y empacar.

—¡Que empaque la gente de Mycroft! —se quejó Sherlock, en el tono de alguien acostumbrado a que otras personas recogieran sus desastres.

—No, ninguna "gente de Mycroft" meterá mano en un cuarto donde todavía hay un condón usado en el piso, Sherlock —riñó John, con la suerte de encontrarse cara a cara con la señora Reynolds apenas acababa de decir eso.

Se le subieron los colores al rostro, pero no hubo manera de evitar que esa fuera su despedida de la casa de huéspedes, de la pobre señora Reynolds y de Edimburgo.

~o0000o~

Subió al tren con Sherlock. Una vez instalados en sus asientos, la duda carcomió a John.

—¿Y bien, dónde está?

Sherlock lo miró con una ceja alzada.

—¿Quién?

Seguramente el detective ya tenía su atención nuevamente en mil cosas. John rodó los ojos internamente.

—El cadáver —susurró, mirando para todas partes, con miedo de que alguien lo escuchara hablar de asesinatos y muertos en un lugar tan público.

Sherlock sonrió de medio lado.

—Tan obvio —dijo, por toda respuesta—. Pero, ¿para qué lo necesitaría?

John frunció el ceño. Algo le decía que ahora Sherlock, más que contrariándolo, estaba jugando con él. ¿Era esa la manera de Sherlock de llamar su atención? ¿Era esa su manera de coquetearle, incluso?

Parpadeó.

—¿Sherlock?

—¿Sí? —respondió él, aunque su brillante mirada delataba que ya sabía la causa del llamado.

—Voy a besarte ahora y probablemente no deje de hacerlo hasta que nos tengamos que bajar de este tren.

Sherlock sonrió más ampliamente y se acomodó en el asiento para que John pudiera inclinarse contra él y besarlo y besarlo, porque pese a lo que la gente pudiera creer, no era ningún pervertido y no iba a hacer nada más en un tren nunca. Probablemente. Si Sherlock lo detenía.

Para su disgusto, eventualmente Sherlock lo detuvo porque quería seguir monitoreando la actividad de la red de Moriarty en su iPad. John solo suspiró, resignado.

~o0000o~

Al llegar a Bart's los recibió Molly, quien dirigió a John una mirada llena de vergüenza.

—Sherlock, John —saludó, cortésmente, y procedió evitar mirarlos a los ojos.

—Molly —dijo Sherlock, con un gesto en su dirección, y luego fue a ponerse unos guantes de látex.

John no había tenido oportunidad de hablar con ella después de su… muerte, así que aprovechó para decirle que no había resentimientos de su parte por la ayuda que le había prestado a Sherlock a sus espaldas. (Mentía, sí tenía un poco de resentimiento contra ella por haber sido cómplice de Sherlock en algo tan delicado cuando él estaba totalmente desinformado. Pero también sabía que la chica seguía adorando a Sherlock y que se le rompería el corazón si supiera del cambio en su relación con John, así que en su mente estaban a mano.)

Ella aceptó su pequeño discurso con una ligera sonrisa. Luego se tornó seria y lo llevó hacia los refrigeradores. Sherlock ya estaba ahí, parado justo en medio de la habitación, esperando impacientemente. Molly tomó su llave y comenzó a abrir gavetas y bajar cierres de bolsas negras. Lo que John vio le revolvió el estómago. Cadáveres había visto muchos en su vida, pero eso no fue lo que le causó malestar.

—Han llegado en la última semana, lentamente. Al principio pensamos en reportarlos a Scotland Yard como las víctimas de un posible asesino serial, porque aunque las causas y fechas de muerte son diversas, todos tienen las mismas señales de manipulación post-mortem.

Manipulación post-mortem era una manera de decirlo.

Eran nueve cadáveres en total, algunos de tipo rudo, tosco, militar, otros que claramente habían vivido una vida privilegiada: cuidados hasta en las uñas. Pero todos tenían visibles huellas de violencia y todos llevaban alguna letra gigante tatuada, imposible de no verse. John siguió a Sherlock de gaveta en gaveta leyendo cada letra en el pecho de cada uno de los hombres, hasta que llegaron al último, que estaba de espaldas, con la letra "O" tatuada desde los omóplatos hasta la espalda media, con líneas gruesas pero descuidadas.

G

E

T *

S

H

E

R

L

O

(Traigan a Sherlo…)

—Los encontraron y los trajeron en diferentes momentos, de diferentes partes de la ciudad, pero los acomodé así porque era evidente…

Se interrumpió y se encogió de hombros, cansada.

Era evidente el mensaje que formaban con sus cuerpos.

—Faltan dos letras —dijo John—. ¿Es posible que estén por asesinar a otras dos personas?

Molly asintió, sombría.

—Eso pensé también.

—¿Quiénes eran estas personas? —preguntó de nuevo John.

Sherlock se despegó de él y dio una vuelta más a toda la morgue, desde el primer cadáver hasta el último, señalando lo "obvio" para beneficio John.

—Ladrón de arte, estafadora —dijo, apuntando al primero y al tercero—, secuestrador —dijo con el segundo—, hacker —dijo con el cuarto—, policías corruptos —dijo apuntando a dos cuerpos—, espía en el parlamento —dijo, deteniéndose frente a otro cuerpo—. Asesina.

Cuando llegó al último cuerpo, que tenía la gran O en la espalda, hizo una pausa.

—Sádico infiltrado en la policía, francotirador.

John contuvo el aliento.

—No.

Sherlock volteó el cadáver sin miramientos.

Era el hombre de Lestrade, al que había asesinado el mismo Sherlock en Edimburgo. Pero estaba aquí, en la morgue de Bart's en Londres, con una letra grande y clara en su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Molly, ahora tan sobresaltada como ellos.

—Es un mensaje, pero incompleto —dijo John—. Quizás habría que buscar quiénes podrían ser las letras C y K. Todavía podríamos detener a quien esté haciendo esto o…

Antes de que pudiera terminar de hablar, el cerebro de Sherlock ya había procesado toda la información y evidencias a su alcance. El detective se quitó los guantes, los tiró y salió de la sala, dando un portazo.

—¡Sherlock! —llamó John, irritado—. ¡Una cosa, solo una cosa te he pedido, explicaciones cuando tienes un plan!

Estaba a punto de salir corriendo tras él cuando el teléfono de la morgue sonó, asustando a Molly tanto como a él.

—¿Esperabas alguna llamada…? —preguntó, tenso.

—No —negó ella.

Él hizo un gesto y ella asintió. Se acercó al escritorio y levantó el teléfono con claro nerviosismo.

—Morgue de Bart's —dijo.

Se puso pálida al instante y apretó un botón para poner el altavoz.

—Hola, Sherlock y John —dijo una voz femenina, engañosamente amigable.

John no la reconoció al instante, así que se mantuvo callado. Miró a Molly, preguntándole en silencio qué ocurría. Molly solo pudo apuntar al teléfono, pues la mujer continuaba hablando.

—Sé que están vivos. Y tengo todo un artículo listo con todo lo necesario para exponer su nuevo fraude —explicó, con una alegría en su voz que hizo que a John le hirviera la sangre—. Los espero Baker Street 221C en quince minutos. Si no llegan, asumiré que no les molesta ser los patrocinadores de todos los premios que ganaré.

Colgaron. Molly lo miró con el rostro lleno de preocupación.

—¿Esa era la periodista? —preguntó ella— ¿La que escribió esas cosas horribles sobre Sherlock? ¿Cómo…? ¿Acaso ella…?

John apretó los puños.

Todas las preguntas que Molly tenía, él se las estaba haciendo, multiplicadas por cien.

~o0000o~

—Mycroft, dónde está Sherlock —preguntó secamente, mientras corría por la calle hacia la avenida para buscar un taxi.

Había intentado marcar al celular del detective, sin éxito. También había intentado enviarle un mensaje, pero sus manos temblorosas no le daban oportunidad de hacerlo mientras corría intentando llegar a Baker Street a tiempo. Había dejado el contacto con Sherlock en manos de Molly, quien había recibido la instrucción con la alegría de alguien que tiene por fin algo que hacer para calmar su ansiedad.

Ya estando en la calle se le había ocurrido llamar a Mycroft y pedir lo que Sherlock jamás pediría de Mycroft: ayuda.

—Pidió acceso a los expedientes de otras morgues —explicó él, sensible a la prisa de John—. ¿Qué ocurre?

—No hay tiempo. Riley está por liberar una historia. Le dirá al mundo que seguimos vivos y le pondrá un rifle en la cabeza a Sherlock. Necesito que lo protejas.

—Estoy en ello —respondió Mycroft de inmediato—. ¿Tú adónde…?

—Baker Street 221C —dijo John—, donde Kitty Riley nos citó. En cuanto sepas que Sherlock está bien, necesito que te asegures de que la señora Hudson también lo está.

Mycroft se quedó en silencio un momento, como si estuviera verificando su información antes de responder.

—Lo está. Con su hermana.

—Perfecto —respondió John antes de colgar.

Sabía que lo siguiente que le pediría Mycroft sería que no fuera hacia la trampa. Y John sabía que era una mala idea, sí, pero también sabía que ahora mismo Mycroft y su gente estaban trabajando para evitar que el artículo de Riley viera la luz y para proteger a Sherlock de todo peligro. Mientras tanto, John haría lo único que podía hacer: entretenerla y ganarles tiempo. Quizás incluso, pensó optimista, podría convencerla de no publicar el artículo.

"Usted es un hombre bueno, doctor Watson," había dicho Richard Brook frente a ella. Quizás podría jugar eso a su favor.

Kitty Riley. Pensó, una vez que se montó en el taxi. Por ella habían llegado aquí. La mujer había intentado engañar a Sherlock y los había vencido una vez, sacando toda esa historia de Richard Brooks, el actor que interpretaba a Jim Moriarty.

Si John mismo no hubiera estado atado a una bomba mientras la mirada psicópata de Moriarty lo observaba con alegría, quizás él también se hubiera tragado el cuento de que era un actor para el público infantil. Pero nadie podía actuar ese nivel de maldad. Nadie. (Y nadie, mucho menos, podía actuar el nivel de inteligencia que tenía Sherlock y contra el que solo Moriarty había competido.)

Ahora… Kitty Riley. En un panorama alentador, seguía siendo simplemente una periodista en busca de una exclusiva que la ayudara a subir peldaños de su carrera. En un panorama no tan alentador… ¿qué tal si había sido cómplice de Moriarty todo este tiempo? Él había asumido que Moriarty la había engañado, con su encantadora sonrisa y su cara de víctima. ¿Pero y si no?

¿Qué otra explicación había para que Riley supiera casi con certeza que él y Sherlock estaban en la morgue ese día a esa hora? Un escalofrío lo recorrió, ¿sería posible? ¿Había sido la periodista misma quien estaba detrás de los asesinatos? ¿Había sido su manera de llamar la atención de Sherlock?

El cerebro de John trabajaba a toda prisa, intentando entender a qué se enfrentaría. De pronto sintió un agujero en el estómago. Quizás se le estaba pasando la mano en sus deducciones, sobre todo porque él no era el detective genio, pero acababa de tener una idea muy loca que no podía sacarse de la cabeza.

El hombre de Moriarty. Todo este tiempo habían buscado literalmente a un hombre de Moriarty. ¿Y si era Kitty Riley la mujer de Moriarty detrás de todos sus problemas?

~o0000o~

John probó la cerradura de la puerta de entrada a Baker Street y notó que la habían dejado sin seguro. Tragó en seco y preparó su arma antes de abrir lentamente. No sabía a qué se enfrentaría exactamente, pero sabía que esa mujer era de temer.

"Debo ganar tiempo," se recordó. Su meta era solo ganar tiempo para detenerla. En esos precisos momentos, Sherlock y Mycroft, las mentes más poderosas del mundo, estaban trabajando junto a él. No estaba solo. Debía recordarlo.

Además, ella era una reportera. Probablemente también una sádica y una asesina, pero no entrenada militarmente como John. Podía detenerla. Claro que podía.

Respiró profundamente.

Y entró.

~o0000o~

Baker Street 221C era un sótano abandonado. La señora Hudson lo usaba como bodega. Lo primero que vio John al entrar fue el artículo de la discordia sobre una mesita rota:

FRAUDE AL DESCUBIERTO: DETECTIVE Y BLOGUERO SIGUEN VIVOS. LO HACEN DE NUEVO

No alcanzó a leer nada más, pero sí logró ver los grandes espacios que ocuparían las fotos que los incriminaban y los pies: Londres, Edinburgo. Sintió escalofríos. Una vez más se aseguró de que su arma estuviera preparada.

—John Watson —dijo la molesta voz de la reportera—. Lo tuyo con Sherlock, según me informan, ya no es platónico. ¿Dónde está él?

John alzó la vista y la miró, molesto.

—Ocupado en otras cosas. Pero aquí me tienes a mí.

—Mmm… —dijo ella, no muy convencida de la situación—. ¿Y de qué me sirve tenerte aquí solo a ti? Se supone que vendrían ambos…

John la analizó, pero no se veía armada, así que él tampoco levantó su arma, decidido a hacer tiempo.

—Que te baste conmigo. Después de todo, la única razón por la que estoy aquí es para intentar hacerte entrar en razón: No publiques el artículo, no sabes el peligro en el que estarías poniendo a personas que ni te imaginas. Simplemente no logras entender lo que provocarías…

—Creo que tengo una idea —dijo ella, con desdén.

John entrecerró los ojos.

—¿En verdad eres parte de la red de Moriarty?

Ella soltó una risa.

—¿Seguimos con lo mismo? —preguntó, incrédula—. Pensé que a estas alturas estaba más que claro que Moriarty era un engaño…

John respiró profundamente y dejó salir un poco de la tensión que cargaba. Bueno, por lo menos no estaba enfrentándose a una psicópata, solo a una narcisista.

—Moriarty era real —explicó—. Y si nos permitieras mostrarte las pruebas…

—¡Pruebas! —se burló ellas— Pruebas las que tengo yo. ¡Testigos! Se han puesto en contacto conmigo: un hombre y una mujer que prefirieron permanecer anónimos, por supuesto… Ellos conocían a Richard. Saben que ustedes lo asesinaron.

Kitty se cruzó de brazos, como desafiando a John a rebatir su afirmación, pero sin estar dispuesta a escucharlo.

El suspiró.

—¿Y quiénes son estas personas?

—Miembros ejemplares de la sociedad —dijo ella, inflando el pecho—, incluso un ex miembro del ejército. Tienen mi absoluta confianza. Ellos fueron los que me dieron toda la información. Sé todo sobre todos los asesinatos que han cometido ustedes dos.

—¿Y por qué acudieron a ti? ¿Qué te pidieron a cambio?

Ella trastabilló en sus palabras antes de poder responder.

—Verlos a usted y a Sherlock antes de darme las fotografías que necesitaré para el artículo, eso fue todo.

John se llevó los dedos a la nariz y la frotó con cansancio.

—Debí suponerlo. Escuche, señorita Riley… no sé quiénes sean sus testigos, pero puedo asegurarle que no sabe en lo que está metida. Lo más probable es que esto sea una trampa y…

—Vaya —dijo de pronto otra voz —la primera cosa coherente que escucho en todo el día.

A Kitty se le iluminó la cara.

—¡Coronel! —exclamó ella, como reconociéndolo.

La persona dio unos pasos y entró en el sótano completamente. Kitty se inclinó para observar a la persona que había aparecido atrás de él. John se quedó quieto, tenso, listo para desenfundar el arma.

Esta vez, el rostro le cambió completamente a la reportera. Palideció.

—Saoirse.

Esa fue su última palabra.

~o0000o~

John solo alcanzó a ver de reojo una mancha roja que se esparcía lentamente por el piso. Sangre. La reconocería donde fuera. Mucha, muchísima sangre como para que la persona a la que le pertenecía siguiera viva.

¿Era suya? Estaba confundido.

Alguien lo había golpeado en la cabeza y lo había sometido hasta tenerlo en el suelo.

—John Watson. Por fin nos conocemos —dijo una voz grave, no sin cierta burla en el tono.

John alzó la vista de golpe. Frente a él estaba una mujer familiar, con una voz también familiar.

~o0000o~

—¡¿Dónde está John?!

Sherlock lo había llamado a él. Las cosas que se veían en momentos así.

—221C —informó Mycroft, sin rodeos.

—¿Lo dejaste ir solo?

Mycroft arrugó la nariz.

—El peligro de Kitty Riley reside en sus palabras, no en sus armas —respondió—. Creo que John la podrá manejar.

—No. No, eso no encaja para nada. Eres un idiota, como todos, un idiota —dijo Sherlock—. Nada le va a pasar a John. Nada, ¿entiendes? Pudiste hacer lo que quisiste conmigo, pero esto sí no lo perdonaré.

Mycroft frunció el ceño.

—¿De qué…?

Pero Sherlock había colgado.

Lo siguiente que hizo sonar su celular fueron las fotos que el mismo Sherlock le había enviado.

En una estaban la letra C y la K, tatuadas en los pechos de cadáveres fotografiados antes de ser enviados a un crematorio. Provenían de otra morgue, una donde odiaban a Sherlock y no había una Molly que pudiera identificar un patrón o dar aviso a la gente correcta. Un tercer sonido. Una tercera foto. Una O tatuada sobre un pecho.

El cerebro de Mycroft trabajó rápidamente.

A su lado, Lestrade se inclinó hacia la pantalla de su teléfono para ver qué lo contrariaba tanto.

—¿Una letra extra? —preguntó, intrigado.

—No.

El teléfono sonó de nuevo. Cuatro fotografías más. Cuerpos en la calle o en edificios abandonados, cuerpos que no había encontrado la policía, pero sí la red de sin techos que había armado Sherlock. Las letras faltantes, todas tatuadas en las espaldas de criminales torturados.

J

H

N

Mycroft alzó el teléfono de inmediato y dio la alerta.

~o0000o~

John no tenía contemplado enfrentarse a alguien con entrenamiento militar. Se había equivocado. Era alguien con tanto entrenamiento militar que fue capaz de leer todos sus movimientos y evitarlos. Alguien que lo desarmó y lo sometió y lo dejó inconsciente y lo llevó arrastrando a lo que más tarde reconocería como el departamento de Kitty Riley…

Kitty Riley, quien yacía muerta en el piso del 221C de Baker Street.

Ese alguien ató a John a una silla y solo una vez que estuvieron tranquilos se sentó en un sillón frente a él.

John tuvo tiempo de analizar a esa persona y entrar en pánico.

La mujer alta, de lentes oscuros y paraguas en Baker Street durante su primer día de trabajo como "muertos". La mujer que sostenía la manta del club de fans en las fotografías del funeral. La mujer que pedía que alguien fuera con el hombre de la señora Hudson en la ambulancia. La mujer con la carriola en Edimburgo.

Era la misma mujer, pero con una peluca diferente y usando ropa deportiva cómoda. Era claramente una mujer, excepto que su voz no era la de una mujer. Y John nunca se había enfrentado a eso.

Ella pareció esperar a que terminara de observarla. Entonces sonrió de lado y cruzó las piernas.

—John Watson —dijo ella—. Te voy a dar algo que Sherlock Holmes jamás te ha dado: todas las explicaciones que pidas.

Y aquí estaba John, en su papel estelar: ser el que hace las preguntas.

—¿Quién eres? —fue lo primero que se le ocurrió.

—Alguna vez me llamaron Sebastian Moran —dijo ella—. Pero preferiría que me llamases con el nombre que llevo ahora: Saoirse Moriarty.

John sacudió la cabeza.

—¿Cómo…?

—Es nombre de casada, cariño, no te rompas la cabeza.

John solo se quedó con la boca abierta.

—¿Quién se casaría con Moriarty? —logró decir entonces, conteniendo una risa histérica.

Ella alzó una ceja.

—¿Quién saldría con Sherlock Holmes?

Eso le calló la boca.

—¿Por qué matar a Riley? A ti te hubiese convenido que nos hundiera con su artículo, ¿no? —preguntó entonces, todavía perturbado por la imagen del cuerpo de Riley, más maltratado de lo necesario.

Ella se encogió de hombros tímidamente, como lo haría alguien intentando provocar ternura. Ella no provocaba ternura.

—No me agradaba —fue su explicación—. No sabía mantener las manos lejos de lo que no era suyo.

John tragó. No fue difícil hacer la matemática. Riley claramente había estado con "Richard Brook" durante todo el asunto… si era verdad que esta mujer era la esposa de Moriarty, ya se imaginaba que aquello no la había hecho muy feliz.

Finalmente, llegó a la pregunta más importante para él.

—¿Por qué no me has matado?

—En primer lugar, porque si lo hiciera Sherlock no dejaría de perseguirme lo que me restara de vida. En segundo lugar, porque eres un mensaje, mucho más claro esta vez, espero —explicó ella, con su voz profunda y una sonrisa.

—¿Qué mensaje…?

Ella se inclinó hacia adelante y pronunció cada sílaba formándola cuidadosamente con su boca perfectamente pintada de rojo.

—Déjenme. En. Paz.

John también se arrojó hacia delante, molesto.

—No hay manera de que dejemos en paz a la red de criminales de Moriarty. ¡Mientras exista, iremos tras ella!

Ella soltó una risita nasal.

—Pero es precisamente lo que no ven. Están ciegos. ¡¿No ven lo que estoy haciendo?!

John sacudió la cabeza, tanto como los amarres se lo permitían.

—Estás tomando el poder sobre la red de Moriarty.

Esta vez, la risa de la mujer… de Moran… de Moriarty, como se llamara, fue escandalosa, perturbadora. Se rió tanto que terminó medio tirada en el sillón, sujetándose el estómago.

—No cabe duda que el mundo es tal como Jim solía decir: Los imbéciles solo ven lo que quieren ver.

La mujer se levantó del sillón. Era alta, bastante más alta que John. Y tenía un cinturón donde descansaba tranquilamente un arma que podría acabar con la vida de John en cuestión de segundos.

John se tensó.

~o0000o~

Cuando Mycroft llegó con Greg a Baker Street, Sherlock ya estaba ahí, en cuclillas, observando el cadáver de Kitty Riley atentamente.

Greg había insistido en ir con él, con muletas y todo. Mycroft tenía listo un botón de pánico con el que entraría un equipo completamente entrenado para sacar a Greg de ahí en cuanto Mycroft viera una mala señal. La única señal que hubo fue una risa nerviosa de Greg.

—Sherlock, en serio debes perder esa costumbre de aparecer misteriosamente frente a víctimas de homicidios. Especialmente cuando estás muerto tú mismo.

Pero Sherlock no se rió con él, ni siquiera le dirigió una mirada, demasiado concentrado en su labor.

Mycroft le hizo una señal a Greg, esperando que la entendiera. Después avanzó para entrar en la habitación y concentrarse en los detalles: debía enfocarse especialmente en aquellas cosas que Sherlock podía dejar pasar. Tenían muy poco tiempo para recuperar a John antes de que sus posibilidades de vivir cayeran estrepitosamente.

Para su sorpresa, Greg fue el primero en hablar.

—Fue reciente —dijo, ahora también analizando el cadáver—. Un tiro limpio, pero después hubo mucha violencia innecesaria… casi como un crimen pasional. ¿Riley se metió con el marido equivocado?

Mycroft alzó la vista y trató de expresarle aprobación con la mirada. Ahora había tres personas (dos genios y alguien que no era estúpido) buscando evidencias. Las probabilidades de encontrar a John crecían.

Continuó sus rápidas observaciones.

—Fue una mujer —dijo Mycroft, al tiempo que Sherlock decía lo contrario.

—Fue un hombre.

Ambos se miraron, con el ceño fruncido. Greg extendió los brazos, con las axilas firmes sobre sus muletas, como si quisiera evitar una pelea física que jamás pasaría entre ellos (o que no había ocurrido en más de diez años).

~o0000o~

La mujer paseaba lentamente de un lado a otro de la habitación, como si esperara algo. John se debatía entre seguir haciendo preguntas lo más rápido posible o tratar de hacer tiempo para que Sherlock y Mycroft lo encontraran.

—¿Cómo te volviste la mano derecha de Moriarty?

Ella se detuvo y lo miró.

—Esa es una pregunta interesante —dijo—. Conocí a Jim hace un tiempo, cuando tuve mi honrosa retirada del ejército por… motivos de salud. Él estaba buscando a alguien como yo: militar retirado, herido, con estrés postraumático, solitario, que extrañase la adrenalina del campo de batalla…

Un escalofrío le recorrió la espalda a John. La mujer le sonrió de manera socarrona.

—Sí, John. Jim Moriarty quería su propio John Watson. Y me encontró a mí.

~o0000o~

—Entrenamiento militar —murmuró Sherlock, cuando revisó la herida de bala más de cerca.

Mycroft continuó la descripción, en lugar de confirmar lo obvio.

—Manipuló a Riley. Riley creía que estaba de su lado, que le estaba dando información privilegiada.

Greg encontró la bolsa de mano de Riley y sin mucho tacto se puso unos guantes de látex, la tomó y vació sus contenidos sobre el piso.

—Celular, grabadora, gas pimienta, artículos de belleza…

Sherlock apenas les dirigió una mirada.

—Encantador, educado, fue probablemente una figura pública.

—Hay algo que la hace verse vulnerable, así la engañó, como Moriarty.

Tanto Mycroft como Sherlock se dirigieron al mismo tiempo hacia la puerta. Greg fue tras ellos con dificultad.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿De qué me perdí?

Sherlock rodó los ojos.

—¿No es obvio lo que falta en esa bolsa? —preguntó, sin paciencia.

Greg abrió la boca pero luego la cerró.

—Las llaves —explicó Mycroft.

—¿Entonces… debemos ir a…? Carajo.

Greg intentaba usar las muletas lo mejor que podía, pero era la primera vez que tenía que usarlas tan rápido y no estaba funcionando. Mientras él ayudaba a Greg a llegar a la puerta, Sherlock ya había secuestrado un vehículo y estaba en camino a su destino. Mycroft lo dejó ir y dispuso un equipo para entrar con él de ser necesario.

~o0000o~

—¡Tú no eres como yo! —reclamó John—. ¡Tú no eres más que un criminal!

Ella se sentó de nuevo, justo frente a él, mirándolo a los ojos con ese brillo casi demente en su cara.

—Quizás yo sea mucho más lista que tú, pero en el fondo sabes que es verdad: somos muy parecidos, John. Cortados por la misma tijera, tal como Sherlock no es más que Moriarty.

—No. Sherlock no es Moriarty. Sherlock jamás será él. En primer lugar, Sherlock no es un psicópata. Y en segundo lugar, Sherlock tiene un corazón.

Ella se rió.

—Oh, como olvidarlo. Tú eres su corazón. Créeme, no te servirá de nada.

—Ya ha servido de mucho. Sherlock no tiene nada que ver con Moriarty. Sherlock busca la justicia. Sherlock me…

—¿Ama…? —interrumpió ella, burlona— No, no lo hace. Le llamas la atención, pero solo como algo que puede atrapar para hacer un experimento y que luego dejará botado por ahí porque se acabó el encanto. Cuando se aburra, se deshará de ti. O peor, se deshará de sí mismo porque no habrá nada en el mundo que pueda captar su atención nuevamente.

Los flashes de Sherlock en el techo de Bart's hicieron que John cerrara los ojos. Sintió escalofríos al imaginar que Sherlock pudiera suicidarse por aburrimiento, como aparentemente había hecho Moriarty, si uno leía lo suficiente en las palabras de su esposa.

—Sherlock es diferente.

—Hay un par de giros en la trama, pero es francamente la misma historia, cariño. Me das pena.

John endureció la mirada.

—Sea como sea, en mi consciencia está que Sherlock y yo luchamos por lo que es justo.

Ella sacudió la cabeza y rodó los ojos.

—Si eso te hace dormir por las noches… Pero aquí tengo una pregunta para ti. Honestamente, John, ¿haces las cosas porque son justas o porque Sherlock te lo pide? ¿Hasta dónde serías capaz de llegar por algo que te pidiera Sherlock?

John se vio reflejado en ella por primera vez.

Sabía la respuesta a esa pregunta.

~o0000o~

Sherlock entró al departamento de Riley intempestivamente, pero con las manos arriba, esperando que aquello confundiera al hombre de Moriarty. Durante los segundos siguientes tuvo que absorber la mayor información posible.

Lo primero fue John: estaba vivo, preocupado, enojado, sin heridas mayores, sorprendido, intrigado.

Lo segundo fue el hombre de Moriarty.

Oh.

El cabello recogido rápidamente, sin cuidado, bloqueador solar, pero no maquillaje a excepción de un labial carmín, ojeras de varios meses, una mancha blanca sobre el hombro de su camiseta deportiva, dolor de la espalda, las uñas pintadas hacía por lo menos dos meses y dejadas así, pantalón deportivo, tenis cómodos, sucios.

—Oh —dijo en voz alta—. ¿Dónde está?

La mujer no respondió; reaccionó desenfundando su arma, pero no le apuntó a él, sino a su rehén.

John lo llamó con un grito. Sherlock resopló. Como si no hubiera sido a él al primero que había visto en la habitación.

—Ahí lo tienes —respondió el hombre de Moriarty, señalando a John con el alma, tan confundido como el mismo doctor.

Sherlock rodó los ojos.

—No John. ¿Dónde está… tu acompañante?

Ella se tensó.

—Eso no te importa. Ahora, escucha atentamente: más te vale pedir que no se acerque nadie más. Aquí estaremos nosotros tres, nadie más o le vuelo la cabeza a tu doctor.

Ella no dejó de apuntar a John. Los hechos le daban vueltas a la mente de Sherlock, infundiéndole terror: Su puntería era infalible. Tenía entrenamiento de francotirador.

—No hay nadie conmigo —respondió con la verdad.

Dio unos pasos hacia ellos, muy firmes y bien calculados. Solo su estómago revuelto hubiera delatado su verdadero nerviosismo. Acababa de deducir todo lo que antes había intentado investigar sobre su oponente sin éxito. Ahora habría que esperar que no fuera demasiado tarde.

Ella lo miró avanzar. Su mano no titubeó, pero tampoco hizo ningún intento por detenerlo.

—Tomé a John prestado para darte un mensaje urgente. Supongo que ya te habrá llegado.

Sherlock asintió.

—No se metan con nosotros —explicó, para beneficio de John, a quien no dejaba de ver de reojo.

Ella se tensó de nuevo al escuchar la palabra nosotros.

—Es todo lo que pido —dijo—. Creo que ya les he dado lo suficiente.

—¿Estás loca? —intervino entonces John— ¿Está loca? ¿Qué cree que nos ha dado, regalos de Navidad?

Sherlock miró de reojo a John, pero no podía concentrarse en él. Tenía que seguir viendo al hombre de Moriarty, anticipar cualquier movimiento.

—En cierta forma, para Sherlock, supongo que cuentan como regalos —dijo ella, con humor—. Espero que sean bien recibidos.

Sherlock dio dos pasos más hacia John.

—Tu vida es peligrosa —dijo entonces—. Deberías pensar si él no estaría mejor en otra parte…

Por un momento tuvo una fantasía estúpida. Él y John y…

La mujer le apuntó a John directo entre los ojos.

—¡Dije que eso no te importa! —gritó, esta vez realmente enfadada—. Solo una cosa, solo pido una cosa a cambio de todo lo que he hecho: déjame… déjanos en paz.

Sherlock se quedó quieto, intentando calmarla.

—¿Quieres nuestra palabra?

Ella asintió.

En algún otro momento, Sherlock no hubiera entendido las motivaciones de esta mujer. Pero ahora veía a John ahí y entendía todo.

—La tienes —dijo Sherlock, con firmeza.

Lamentablemente, eso no incluía la palabra de Mycroft. Comenzaron a escucharse pasos en la entrada y en la escalera.

—¡Traidor!

La mujer reaccionó rápido. Pero Sherlock también.

La explosión resonó en el departamento.

~o0000o~

John había estado durante toda esa discusión intentando deshacer los nudos que lo ataban lentamente. Eran buenos, pero John también había sido entrenado para hacerlos y deshacerlos. Como su atención estaba en eso, no previno el ataque.

La detonación se escuchó tan familiar como siempre. John apretó los músculos de su cuerpo y cerró los ojos, preparándose para el impacto. El impacto nunca llegó. Pero Sherlock se desmoronó en sus brazos. No lo pudo atrapar. Cayó de rodillas el piso, justo frente a él, con la cabeza en sus rodillas. Su cabello, sus rizos rojo fuego estaban desmoronados en su regazo.

John se quedó quieto unos segundos, conmocionado. No escuchaba nada, solo un zumbido en sus oídos. No. Esto no podía estar pasando.

Alzó la vista y vio a Moran correr, salir por una ventana. Después entraron unos agentes, armados. No se detuvieron a verlos a ellos, solo corrieron detrás de su persona de interés.

John quiso hablarles, decirles, pedirles ayuda, pero no salió ningún sonido de su boca. Pronto estuvieron solos en la habitación. Sherlock y él. Sherlock… que estaba herido.

Sus sentidos despertaron lo suficiente como para terminar de deshacer los nudos. Apenas lo hizo se arrancó las cuerdas como pudo y trató de levantar a Sherlock. Pesaba demasiado, fue imposible hacerlo, tuvo que patear la silla y agacharse él.

—Sherlock, Sherlock, Sherlock… —fue hasta ese momento que notó que no había parado de repetir del nombre del detective.

—Estoy bien —respondió entonces él, aunque su voz se escuchaba demasiado afectada.

—Sherlock…

Aparentemente no podía decir otra cosa. Su mente estaba enfocada en encontrar la herida de entrada. Revisó su cabeza, con manos temblorosas, pero no encontró nada. Bajó hacia su pecho, buscando su corazón. Encontró un chaleco antibalas que le dio un poco de paz mental.

—Eres un genio —dijo John—. Sabías que intentaría dispararte, ¿no es cierto?

Quería convencerse de que Sherlock había planeado todo y que si se había puesto entre John y una bala era porque sabía que la bala daría contra un chaleco. Pero había cantado victoria demasiado pronto; se lo dijo una risa débil de Sherlock. También se lo dijo la sangre que encontró cuando siguió buscando.

—Sherlock… —repitió—. Necesitamos ayuda, pronto.

Rompió su propia ropa sin pensarlo y comenzó a aplicar presión a la herida.

Sherlock solo logró asentir y dejarlo hacer.

—Tu celular… —pensó John en voz alta—. Tu celular… en, en…

Mientras mantenía la presión con su mano izquierda, usó la derecha para buscar torpemente en las bolsas del pantalón de Sherlock. Para su alivio, encontró el celular y procedió a intentar desbloquearlo.

—¡Sherlock! —exclamó John, mostrándole la pantalla de bloqueo.

—Cero siete, cero ocho —respondió el detective.

Los temblorosos dedos de John tuvieron que detenerse un momento para asimilar esos números: la fecha de su propio cumpleaños.

—Maldita sea, Sherlock —tuvo que decir, porque no podía soportar tener que vivir un momento tan romántico dentro de un momento tan lleno de tensión.

Mycroft respondió al instante.

—Una ambulancia. YA —gritó John.

~o0000o~

Anthea fue quien se encargó de escoltar la ambulancia totalmente equipada hasta ellos.

Por primera vez en muchos años, lloró. Fue al ver que subían a Sherlock, inconsciente. Él se subió detrás de Sherlock, como siempre, detrás. En sus manos, apretaba el celular del detective, aferrándose a él sin ser consciente de ello.

Cerró los ojos y rezó.

~o0000o~

Mycroft entró en el mayor de los silencios. Sus pasos no despertaron a John ni cuando llegaron al otro lado de la cama.

La cama del hospital estaba en penumbras. John se había quedado dormido sosteniendo la mano de Sherlock. Y él no lo había soltado, ni cuando la anestesia había pasado. Desde su problema con las drogas, Sherlock no tenía mucha suerte con la anestesia. Darle morfina no era una opción, así que John tendría que servirle como droga.

—Saoirse Moran está intentando abordar un vuelo a Nueva York —le informó en un susurro.

Sherlock estaba enfocado en soportar el dolor, pero aún así le dedicó unos segundos de atención.

—El hombre de Moriarty. La mujer de Moriarty —dijo, saboreando las palabras por primera vez.

—Ha dejado atrás su apellido de casada. Pero hay alguien a quien no ha dejado atrás —agregó Mycroft.

Sherlock asintió. Aquello no era sorpresa para él, como era de esperarse.

—Déjalos ir —susurró—. Ya hizo suficiente.

—Destruir la red de Moriarty desde adentro, claro, ¿pero eso realmente la hace de confianza?

Lo había hecho desde el principio: enviando a unos hombres a explotar en una bodega, a otro a ser atrapado intentando dispararle a Lestrade, luego a varios más para tallar una a una las letras de su mensaje.

—No —dijo Sherlock—, pero en Nueva York ya no será tu problema. Y el bebé la mantendrá ocupada por varios años más. Y oculta. Todo lo que verán, será a una mujer con un bebé.

Mycroft sonrió.

Eso era, finalmente, todo lo que habían visto ellos mismos.

—¿Te estás ablandando, Sherlock?

Para su sorpresa, el detective miró a John Watson antes de responderle.

—Sí. Y quizás ella también. Después de todo podría haber tomado el poder y decidió destruirlo todo en lugar de eso.

Mycroft analizó atentamente al doctor Watson, intentando encontrar en él las respuestas a todas sus preguntas. No tuvo éxito. John Watson era uno de los peores misterios a los que un Holmes se podría enfrentar jamás.

Sonrió.

—Bien. La mantendré vigilada.

Sherlock asintió.

—Todavía quedan agentes de Moriarty por ahí sueltos —dijo después de un rato de silencio.

Sabía la respuesta que obtendría, pero no por ello fue menos placentera.

—Estoy seguro de que podrás encargarte de ellos por un rato.

~o0000o~

Después de múltiples artículos exonerándolos de toda culpa, Sherlock y John pudieron volver a Baker Street, donde la señora Hudson los recibió entre lágrimas.

—¡Están vivos, están vivos! —gimió— Algo en mi corazón me lo decía, que no podían haberse ido, no así.

John abrazó a la señora Hudson con todas sus fuerzas. Sherlock se quedó parado al lado de ellos, como quien no entiende la cosa. Sin ponerse de acuerdo, tanto John como la señora Hudson extendieron los brazos hacia él al mismo tiempo y lo envolvieron en un abrazo grupal que pronto también le sacó lágrimas a John.

—Quiero decirles que pueden volver cuando quieran —dijo ella, una vez que se calmaron y se sentaron a tomar el té—. Después de todo, son como mis hijos. —Los analizó con la mirada—. Bueno, como mi hijo y mi yerno.

John rió de buena gana y le dio un beso en la mejilla.

De todas las suegras postizas que podrían haberle tocado, no tenía queja alguna de esta.

Después fue hasta Sherlock y le plantó un beso en la boca, por primera vez frente a alguien que los conocía de antes, de su vida real.

De todas las personas a las que podría haber elegido para pasar el resto de su vida, había encontrado la mejor opción: un hombre maravilloso, brillante, valiente, aventurero, capaz de (literalmente) recibir una bala en su lugar.

—Estoy tan feliz por ustedes —dijo la señora Hudson, antes de derramar más lágrimas.

~o0000o~

Su casera y ahora auto proclamada suegra había conservado todo tal cual estaba. Eso era bueno porque quería decir que John podía entrar en su habitación y encontrar sus cosas en su lugar y sentirse como en casa. También era malo porque solo Dios sabría que cosas echadas a perder habría en el refrigerador y en la habitación de Sherlock.

Decidieron no entrar en territorio minado. Se bañaron y arreglaron en la recámara de John. Se pusieron la pijama, cambiaron las sábanas y se acostaron. Estaban en casa, finalmente juntos, finalmente en paz. John se abrazó al pecho de Sherlock. Todo parecía como antes: incluso Sherlock se había pintado el pelo completamente de negro, sin ganas de esperar a que el tinte se fuera. Sus hermosos rizos se sentían sedosos al tacto.

De no ser por las gasas que todavía estaban sobre su herida, todo sería perfecto.

—Podríamos vivir aquí, mudar tus cosas a mi habitación, convertir la tuya en tu laboratorio —susurró, soñando en voz alta.

Sherlock ladeó la cabeza, como intentando entender el sentido de la conversación.

—Ya veo —dijo—. También podríamos vivir en Edimburgo, ya que conozco todas sus calles.

John asintió. Quizás no debería, pero ahora que todo había pasado estaba emocionándose una vez más por el futuro.

—Podríamos adoptar un perro.

Siempre había querido un perro. Sherlock, por supuesto, no tenía sueños tan banales.

—Podríamos criar abejas.

John se rió.

—Podríamos adoptar un bebé —susurró, sin pensarlo mucho.

La idea se había quedado en su mente desde que supo que el gran secreto de Moran lo había deducido por fin Sherlock al estar en su presencia: tenía un bebé. El bebé que John había visto en la carriola, cuando la mujer lo había interceptado en Edimburgo, era real. Y ella quería dejar la red de Moriarty para dedicarse a él. ¿Era el bebé de Moriarty? ¿De ella con alguien más? ¿Era un acontecimiento reciente o anterior? No había registros de la existencia del bebé hasta que había salido en un avión a Nueva York, así que todas esas eran preguntas que quizás jamás podrían responder.

Pero aquello había sido una chispa en la mente de John. Un bebé. Ser padre. Ser padre con Sherlock. Que Sherlock fuera un padre. Había dado el sueño por perdido después de Afganistán, pero ahora pensaba… si personas como Moriarty y Moran andaban por el mundo criando a un niño… ¿por qué ellos no? Le había dado tantas vueltas en su cabeza a la idea, intentando apagar la chispa, que al final las llamas lo habían consumido y habían salido por su boca.

John esperaba muchas cosas… o quizás debería decir que no sabía lo que esperaba, así que la reacción de Sherlock lo sorprendió. Tan calmado como siempre, Sherlock no se separó de él ni un centímetro para responder…

—Podríamos.

Podrían. Podrían hacer cualquier cosas. Todas las posibilidades se alzaban en el futuro.

Tercera parte: agosto-septiembre 2020