Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Este drabble forma parte de un proyecto personal llamado Diez redondos y muy orondos años, por mi aniversario en esta página. De ahí el título del fic XD

Escribí varios fics de Zoro perdiéndose, lo admito, pero es que sigue siendo un placer para mí imaginármelo dando vueltas, desorientado, fastidiado de su propio empeño por llegar y fracasar a la vuelta de cada esquina XD Ni hablar cuando se topa con un muro. Es desopilante este defecto que su creador pensó para él, siendo uno de los piratas más fuertes y rudos de este maravilloso universo. Por eso disfruto mucho escribir sobre él.

Y cuando se encontró con la pequeña Wikka en la saga de Dressrosa para mí fue de lo más tierno y divertido. Ya escribí sobre ellos en otra oportunidad, permítaseme una vez más imaginarlos juntos en ese laberinto inventado en cada carrera que Zoro emprende.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


Un raid de diez vueltas


Wikka, gran guerrera del ejército de los Tontatta, quería llevar al célebre espadachín y primero de a bordo de los Mugiwara a la guarida donde su gente tramaba el fin de Doflamingo, de verdad que lo quería. Pero Roronoa Zoro era un pirata duro de pelar… o más bien, duro de guiar.

-Por ahí, por la derecha –lo instruyó.

Y Zoro giró hacia la izquierda.

-¡No! –chilló la pequeña, indignada-. Ahora mejor sigue recto.

Y Zoro viró en la primera intersección.

-¡Pero por qué no haces lo que te digo, cabeza de lechuga!

-¡Hago exactamente lo que me dices! –gruñó él, irritado.

-¡Eso ni tú te lo crees!

-¡Pequeña mandona!

-¡Pirata del demonio!

Lo cierto es que sí, Zoro se lo creía. Así como las personas impuntuales tienen el reloj interno irremediablemente descompuesto, él tenía el sentido de la orientación irrevocablemente raído, destruido, atrofiado… inservible. Y al igual que aquéllas, no tenía la más remota conciencia del defecto, ni la tendría jamás.

Contra todo reclamo, contra todo intento de razonamiento, contra todo insulto hecho y derecho, Zoro nunca sería capaz de reconocer que, sencillamente, se perdía. Para él tal desperfecto no existía, o se autoengañaba creyendo que no tenía importancia. El problema era que, si había una segunda persona involucrada en el enredo dimensional en el que se sumergía, esa persona de seguro lo detectaría y se sentiría transitando los caminos del infierno.

Ya habían dado como ocho vueltas alrededor del parque central, según los cálculos de Wikka.

-¡Por allí! –intentó señalando con una de sus manitas en determinada dirección, en un último y desesperado esfuerzo para poner un poco de lógica en esa insensata carrera hacia ninguna parte.

-Más te vale que sea la dirección correcta –masculló él.

Superada por tamaña desfachatez y carencia de ubicación (en todos los sentidos de la palabra), Wikka lo puteó de arriba abajo entre dientes, guardándose por el momento la creciente exasperación. Ya encontraría una mejor ocasión para cobrarse esa tortura existencial… si es que lograba encaminar al tipo.

Pero la realidad anunció que iban por la novena vuelta. Despiadada realidad. Y cuando Zoro giró tenazmente en la esquina que Wikka le rogó a grito pelado que evitara, supo con certeza que debería soportar aún una décima vuelta alrededor del parque.

Como dice la canción popular, los caminos de la vida son muy difíciles de andar, y Wikka lo corroboraría con dolor, con bronca y con impotencia. Se había topado con un maestro más que versado en el asunto.

Bienaventurados los que resisten ese continuo, repetitivo, desesperante y tortuoso ir y venir que tan proclive es a ejecutar Roronoa Zoro, aunque de ellos nunca llegue a ser el Reino de los Cielos… Jamás podrán encontrarlo.