3.-Nunca más

¿Cómo diablos se supone que me concentre en esto si no dejo de pensar en el imbécil de Gilbert? ―exclamó un molesto inglés arrojando unos papeles sobre la mesa de la sala de reuniones― Ese idiota… ―suspiró observando los documentos importantes que debía estudiar para la próxima reunión.

¿En qué demonios estoy pensando? Se sonrojo al darse cuenta de que estaba pensando en voz alta mientras hundía la cabeza entre sus brazos. Por suerte, se encontraba solo ya que las demás naciones aun no llegaban. Al menos nadie lo había escuchado.

No podía sacar de su cabeza todo lo que había sucedido en las últimas semanas. No lograba sacar de sus pensamientos al prusiano. Luego de aquella noche en que lo cuido de su resfriado, no lo había vuelto a ver. Ni siquiera le había llamado, ni un mensaje y mucho menos se había aparecido por su casa. El muy estúpido tampoco había asistido a las reuniones, ni contestaba su celular. Tenía una semana sin saber nada de Gilbert.

No es que estuviese preocupado por él, ni nada por el estilo. Por supuesto que no. Sin embargo; sabía que estaba bien gracias a Ludwig, a quien no había tenido más opción que preguntarle. Al alemán le había parecido algo extraño el interés del británico, pero este se excusó diciendo que quería salir a tomar unos tragos con su hermano, pero no podía localizarlo. Ahora lo único que sabía era que el albino había estado todo el tiempo encerrado en su casa y que por las noches se largaba a los bares hasta altas horas de la madrugada. Estaba tan confundido, no entendía nada. No se suponía que ese idiota lo amaba, que no dejaba de perseguirlo y de decirle todas esas cosas que lo estremecían. Acaso no le había dicho que nunca lo dejaría solo. Que lo que sentía era real y que no era una más de sus bromas. Que no era solo para pasar el rato. Que lo amaba al igual que él, que siempre estaría a su lado.

Bloody Hell! ¿A quién demonios quería engañar? Era tan obvio… Ese imbécil se había cansado de él y estaba buscando a alguien más con quien divertirse. Arthur sintió una punzada en su corazón. Lo que había pasado no significaba nada para él. Todas sus palabras habían sido mentira. Todo era mentira.

―Te odio, maldito imbécil ―murmuró dolido.

― ¿Se encuentra bien Arthur-san? ―dijo una voz mientras tocaba su hombro con suavidad.

―No es nada ―contestó levantando la cabeza, observando la mirada preocupada de su amigo asiático―. Estoy bien, Kiku ―continuó con una sonrisa forzada― Solo que no he dormido bien durante las últimas noches...

―No debería trabajar tanto, Arthur-san ― replico el japonés tomando asiento en la mesa―. Podría enfermarse, debería cuidarse un poco más…

―Lo sé, Kiku —admitió el inglés―. Te prometo que seré más cuidadoso.

Japón asintió con la cabeza y sonrió levemente mientras sacaba sus papeles para prepararse para la reunión.

Después de un rato, las demás naciones comenzaron a llegar, llenando la sala de reuniones. Algunos conversaban en grupos o discutían por alguna tontería. Otros se encontraban sentados revisando los papeles de la junta. Y algunos más hacían otras cosas como dormirse en el caso de Grecia, comer hamburguesas como Estados Unidos o acosar sexualmente a quién se le pusiera enfrente como Francia. Inglaterra seguía sentado en su asiento, tratando de concentrarse en los documentos que debía aprenderse. Aunque no lograba pasar del primer párrafo. Fastidiado decidió dejarlos de lado y observar a los demás, no era como si fuese muy interesante, pero al menos eso serviría para distraerlo y dejar de pensar en Gilbert… tal vez.

Su intento fue en vano. Pues después de un par de minutos, diviso una muy familiar cabellera plateada que entraba por la puerta, acompañado de su hermano y los gemelos italianos. En ese instante, su mirada se cruzó con la carmesí de Gilbert, observándose por unos segundos que parecieron siglos. La mirada del inglés reflejaba inquietud y alivio, mientras que la del prusiano era una mezcla de sorpresa y amargura. El albino desvió su mirada, sin soportar más el contacto con el británico, dirigiéndose hacia donde estaban sus amigos. Arthur se sintió contrariado, pues la mirada de este se clavó en su mente, produciéndole una desagradable sensación en su pecho. ¿Tanto se sorprendía de verlo? ¿Acaso había hecho algo mal? ¿Tan malo era, que ni siquiera tenía la decencia de darle una explicación de lo que había pasado? Definitivamente nunca debió de hacerse ilusiones. Solo había sido un juego más para el peliblanco…

El resto de la reunión trascurrió con normalidad, pero para Arthur duró siglos. Cada vez que sus ojos se topaban con los de Gilbert, este los desviaba rápidamente. Provocando que el dolor y la furia en su pecho se acrecentara más. Si el prusiano no tenía el valor de decirle la verdad a la cara, entonces lo obligaría. No permitiría que hubiese jugando con él y luego lo botara sin más.

En cuanto finalizó la junta, recogió sus papeles deprisa, buscando con su vista al germano. Notó como este salía de prisa de la sala, sin despedirse de nadie. Se apresuró, siguiéndolo por los pasillos del edificio; pero el albino parecía ser más astuto que él y lo perdió al doblar en un pasillo. Sin opciones, entró en la primera puerta que encontró, tal vez si tenía suerte Gilbert estaría ahí. Por desgracia, no vio a nadie ahí, solo unos cuantos sillones de lo que parecía ser una sala de estar. Suspiro frustrado, llevándose una mano al rostro. Un ruido llamó su atención, se escuchó la puerta abrirse detrás de él y unos pasos aproximándose. Se volteó, observando a la persona que había entrado.

Hello, Iggy…—habló un estadounidense, un tanto nervioso.

— ¿Qué sucede, Alfred? —preguntó un poco enojado, pues no era precisamente la persona que más quería ver.

—Veras… yo… necesito decirte algo importante… —tartamudeó el de ojos azules, jugando con sus manos.

—Sigue —lo animó a continuar el inglés, mientras más pronto terminara, más pronto podría largarse de allí.

—Siempre has sido una persona importante para mi… —empezó a decir, provocando una mueca de sorpresa al inglés— Sé que no nos llevamos tan bien ahora y no lo demuestro mucho, pero te agradezco lo que hiciste por mi… Yo… sé que piensas que fui un malagradecido por independizarme…, pero lo hice porque quería que dejaras de tratarme como un niño pequeño, que vieras el hombre que realmente soy… Yo te amo, Arthur…

El inglés se quedó sin palabras, procesando lo que acaba de escuchar. No podía ser verdad.

—Alfred, yo...

— ¿Podrían llevar su confesión de amor a otro lado? —dijo una voz, proveniente de uno de los sillones— Como que es poco awesome hacerlo mientras trato de dormir.

—Gilbert… —murmuró el británico, volteándolo a ver completamente sonrojado— ¿Qué haces aquí?

—Pues el maravilloso yo decidió tomar una siesta aquí, hasta que vinieron a armar su escenita y no me dejaron descansar en paz.

— ¿Quién demonios te crees? —le reclamó el británico— Si estabas ahí debiste decirlo desde un principio.

—No cambies de tema, querido Arthur —contratacó el prusiano—. El chico todavía está esperando tu respuesta.

Inglaterra apretó sus puños con fuerza, conteniendo las ganas de golpear al albino. Se giró hasta quedar frente al americano.

—Lo lamento, Alfred —dijo bajando su mirada— Pero no puedo corresponder a tus sentimientos. Te amo, pero solo como a un hermano. Yo amo a alguien más… Por favor, perdóname…

—No tienes que disculparte —se encogió de hombros el de gafas—. Me imaginaba algo así, solo espero que seas feliz… —le sonrió, conteniendo las lágrimas, mientras le daba la espalda para salir del lugar. Dejando a los otros dos solos.

—Vaya… supongo que no es tan inmaduro como parece — rompió el silencio Prussia luego de unos minutos—. Al parecer lo educaste bien.

—Tal vez... —murmuró el inglés sin ganas

—Creo que hora de que me vaya yo también —anuncio Gilbert caminando hacia la puerta.

— ¡Espera! — Arthur lo tomó del brazo— Necesitamos hablar.

—No creo que tengamos nada de qué hablar —respondió con frialdad el de ojos carmesí, sin dignarse a verlo.

—Claro que si —gritó el de ojos esmeralda, obligándolo a verlo — Tal vez para ti todo fue uno de tus estúpidos juegos, pero para mí no. Yo te amo, Gilbert. Pero no permitiré que vuelvas a jugar conmigo nunca más…

—Arthur… no…

—Olvídate de mí, finge que no pasó nada. Nunca más te acerques a mí, nunca más me busques, ni me hables… No quiero saber nada de ti …

El británico abandono el lugar, dejando a un desesperado albino que golpeo la pared con su puño. Por culpa de sus estupideces lo había perdido. Tal vez era lo mejor para ambos, tal vez Arthur se merecía a alguien mejor.

No volvería a verlo.

Nunca más…