4.-Lo que más odio
Hacia un par de meses desde que le había dicho a Gilbert que lo dejara en paz. Ni siquiera era capaz de mirarlo en las escasas reuniones mundiales que habían tenido, mucho menos habían cruzado palabra, era demasiado incomodo cada vez que se topaban en los pasillos. Gracias a Dios el albino había hecho caso a sus palabras. Pero Arthur no sabía si podría soportarlo por mucho tiempo más. Por más que trataba de negárselo a sí mismo, no lograba sacarlo de su cabeza. Lo odiaba. Paso tantos años creando una perfecta mascara para ocultar sus emociones, reprimiendo lo que sentía y aun así el peso en el fondo de su estómago no hacía más que crecer. Suspiro frustrado, meciendo sus cabellos con desesperación. Debía concentrarse en el trabajo, mantener su mente ocupada y olvidarse de ello.
Pero no era fácil, nunca lo había sido con él. Tal vez se debiera al hecho de que tenía una reunión con Alemania, lo que acrecentaba sus pensamientos hacia él. De cualquier forma, no era como si lo fuese a ver. El sonido de la puerta abriéndose lo saco de sus pensamientos. No pudo evitar quedarse sin aliento al ver al albino entrar por ella.
—Lamento la tardanza — se disculpó Prussia, sentándose frente a el—. West ha tenido un inconveniente de última hora y me ha pedido que venga a la reunión en su nombre. Lo siento si eso te incomoda —agrego con un gesto de disculpa.
—¿Un inconveniente? —murmuró Inglaterra a duras penas.
—Alguien le dijo que Italia se ha ido al desierto a hacer pasta de nuevo y mi hermano fue a buscarlo para evitar que muera de deshidratación — explico con una sonrisa—. Esos dos nunca cambian Kesesese
—Supongo que no se puede hacer nada al respecto —respondió el británico bebiendo un sorbo su la taza de té, tratando de calmar sus nervios—. No es como si me importase lo que ellos hagan.
—Lo sé. Aun así, West me pidió que te dijera que estaba muy apenado y eso — contesto Gilbert, moviendo su mano para restarle importancia— ¿Te parece bien si empezamos ahora?
—Sí, claro.
La reunión transcurrió de la forma más profesional posible. Hablaron de los puntos del acuerdo que ambos firmarían. Inglaterra tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantenerse concentrado, pero la cercanía del contrario no lo ayudaba para nada. Si Prussia se encontraba alterado por el hecho de estar tan cerca no lo demostró.
—¿Te parece bien si vamos por unos tragos? —dijo una vez que la reunión termino y ambos recogían sus papeles de la mesa. Arthur se detuvo, sorprendido — ¿Por los viejos tiempos?
Antes de siquiera procesar las palabras de albino, se escuchó a si mismo contestar:
—Claro.
El viaje en taxi fue tranquilo. Ninguno de los dos dijo nada en todo el trayecto. El rubio miro por la ventanilla las calles de su cuidad, tratando de ignorar la presencia junto a él. Cuando llegaron al bar se sentaron en un lugar apartado de la barra para tener privacidad. El lugar era elegante, pero lo suficiente acogedor como para pasar un rato íntimo. La música sonaba en una melodía suave, con ritmos de jazz, que complementaba el lugar. Una vez que estuvieron cómodos, el barman les tomo su orden. Gilbert pidió una cerveza, mientras que Arthur decidió pedir una copa de ron. Necesitaba algo fuerte para soportar la noche. Ambos comenzaron a beber, sin pronunciar ninguna palabra, ni mirarse entre sí.
Al cabo de un par de copas, el albino se decidió a hablar primero:
—¿Cómo ha ido todo? —pregunto, sin voltear a verlo —West me ha tenido ocupado con tanto papeleo que ni siquiera he podido actualizar mi asombroso blog como debería — se quejó, con un suspiro de frustración.
—Debe ser muy difícil no poder compartir tu grandeza con el mundo —se burlo el británico—. Pero creo que te entiendo, no tenido tiempo de descansar con tantos documentos que debo revisar.
—¿Quién dijo que ser una nación fuese fácil? Extraño los tiempos en lo que solo tenía que pelear...
—Solo era batalla tras batalla, más simple y sin tanto papeleo. Aunque un poco de paz no está mal.
—Admito que en eso tienes razón— el albino volteo a verlo—. ¿Recuerdas cómo le pateamos el trasero a Francis?
—Nunca voy a olvidar eso —exclamo el inglés con una sonrisa, girándose hacia él, haciendo que sus miradas se encontraran. Sonrieron cómplices—. Sobre todo su cara cuando su maravilloso Napoleón perdió.
Ambos lanzaron sonoras carcajadas. Por varias horas continuaron hablando de los viejos tiempos.
—Creo que es hora de irnos —dijo Prussia poniéndose de pie y pasando por debajo del brazo de Inglaterra para ayudarlo a ponerse de pie.
—Solo un trago más...— balbuceo el británico queriendo terminar su copa, pero el prusiano se lo impidió, colocando el vaso lejos de él.
Entre trompicones salieron del bar a la fresca noche londinense. Con un albino sujetando al rubio debajo de sus hombros emprendieron su marcha. Caminaron un par de calles, hasta llegar a un parque.
—Quiero sentarme un momento —pidió el rubio.
Ambos se sentaron en una de las bancas.
—Creo que he bebido demasiado —susurro el inglés, escondiendo el rostro entre sus manos —No debería haber hecho esto... solo hace que todo sea más difícil, ¿sabes?
—Una resaca no es nada —respondió Gilbert tratando de animarlo.
—No me refería a eso, imbécil — le grito el inglés quitando las manos de su cara y encarándolo—. Me refiero a nosotros. ¡Maldición! ¿Por qué no puedo dejar de sentirme así? ¿Y sabes que es lo que más odio? Que no puedo dejar de amarte, no puedo evitar bajar la guardia cuando estoy cerca de ti, no puedo imaginar cómo sería no volver a escuchar tu estúpida voz. Eres un idiota... yo soy idiota.
—Ambos lo somos —admitió el albino abrazándolo con fuerza mientras el británico se retorcía para zafarse de su agarre—. Tenía tanto miedo de que me dejaras, que por eso me comporte como un idiota. Pensé que solo te estaba presionando y que en realidad no sentías lo mismo por mí. Por eso me alejé, porque no quería que estuvieras conmigo por lastima... Creí que eso era lo mejor.
—Por supuesto que te amo estúpido —susurro sujetando su abrigo con fuerza— ¿Acaso no es obvio?
—Lo sé ahora. De verdad somos un desastre — se rió con fuerza, depositando un suave beso sobre su cabeza—. ¿Entonces aun quieres estar conmigo? Como una pareja, quiero decir.
—Si... —dijo el inglés colocando sus brazos alrededor de su cuello y acercando su rostro hasta que sus labios se unieron en un beso — Creo que es hora de ir a casa — agrego con un ligero sonrojo una vez que se separaron.
Ambos se pusieron de pie y se alejaron caminando con las manos entrelazadas. Entre besos fugaces y risas, conversaban de sus planes para el futuro, Ahora que estaban juntos nada los iba a separar.
