La envidia no fue el pecado que caracterizaba la esencia de Sebastian, tales deseos fueron absolutamente desechables, no tenía algo que envidiara. No en ese entonces ...
Las cosas mundanas y banales, no fueron de interés propio; él siempre vio con curiosos ojos la necesidad humana de objetos insignificantes. Tuvo contratistas que envidiaron a muerte, [mejor dicho no pudo haber sido], costando un respiro en el proceso...
Y los oídios expertos de las necesidades humanas solían escuchar qué...
... Ese hombre quiere las tierras del otro ... esa mujer quiere las telas finas de aquella condesa ...
"Quiero" "Quiero" "Quiero"
"Quiero la mujer de mi hermano" ...
La envidia no podía venir sólo en objetos, sino en emociones ... era curioso, tal rareza ... ¿Un alma para recibir una cierta emoción? ... sin duda; fue intrigante cómo tonta.
El demonio al ser impalpable, hecho de energía misma, jamás en su existencia llego pensar qué ... un niño le haría sentir las peores envidias del mundo, sin duda desgarradora y triste.
Sabía que Ciel lo amaba, pero había "otro"; ese niño amaba algo mucho más fuerte que al mismo demonio embobado que tenía bajo las piernas.
Ciel amaba algo etéreo ... era negro y eterno, ni siquiera Sebastian podía competir por su corazón. Y sin querer, Sebastian lo llevaba de la mano para entregarselo personalmente a su querer, quien lo recibiría con un beso lleno de ternura y felicidad. Posiblemente sería más dulce que los postres de Sebastian.
Y él demonio, no podía dejar de pensar en eso, ni siquiera tenía el poder de asesinarlo con toda su rabia acumulada, le estaba por arrebatar lo que ha él le daba felicidad, su joven amo, su vida.
La envidia se apoderaba de él cuando veía dormitar a Ciel, su pecho se flexionaba y fruncía una bella sonrisa.
Ciel no soñaba con Sebastian, ni en lo más mínimo.
Soñaba con estar en los brazos de eso intangible, ese real amor que anhelaba cada día. No importaba cuanto tiempo estuviera con Sebastian en la misma cama; él niño egoísta lo decía mientras soñaba. Murmuraba esas palabras que ponían fría la mente de aquel demonio.
He incrédulamente, ese demonio tonto no sabía que cada misterio resuelto, provocaba que "eso" se arrastrara lentamente hacia Ciel.
La cosa que realmente amaba; más que su fiel sirviente. Sebastian nunca fue suficiente para Ciel.. el demonio no podía evitar asomar una ligera brisa cristalina en la mirada, la impotencia pintaba la noche y él; no podía hacer nada.
Si no pensaba en algo, "eso" ganaría el corazón de Ciel.
Pero "eso" fue más fuerte.
Al llegar al punto final, con la venganza concluida y los misterios que llenaban de paz; Sebastian le propuso otro deseo.
"Permanece conmigo"
Ciel sonrió un poco, soltando una diminuta risa, apoyando su espalda en la piedra dura y le susurro con los ojos desbordantes de ternura infantil:
"Matame"
