Disclaimer: Quien no sepa que Twilight le pertenece a Stephenie Meyer y Harry Potter a JK Rowling, es que vive bajo una piedra.
Entonces, puesto que no soy ninguna de ellas, nada de esto es mío. Solo la historia y los OCs.
Tampoco obtengo beneficios económicos ni lucrativos al escribir esto.
Nota: Y otro fic, sí. Lo sé, tengo otros que actualizar, otros que hace meses que no actualizo, pero cuando una idea viene, no se va hasta ser escrita.
No sé donde iré con este fic, qué pasará, no sé nada. Pero ahora que lo he comenzado, ya veremos.
Capítulo 1.
Albus Dumbledore no negaba que pudiera equivocarse. Era humano después de todo. Ser uno de los magos más poderosos del mundo, haber hecho descubrimientos importantes y el hecho de que ocupara grandes puestos en la comunidad mágica no quería decir que de repente fuera un dios supremo o algo parecido.
Estaba en su despacho comiendo un almuerzo temprano porque finalmente había tomado una decisión.
Y es que desde hacía un año y tres días, las palabras de Minerva McGonagall no dejaban de repetirse en su cabeza.
Ella había observado a los Dursley, la familia con la que él había decidido dejar a Harry, y había asegurado que no serían adecuados para cuidar del niño.
Albus esperaba que Petunia no dudara en cuidar al pequeño como si fuera su propio hijo. ¿Quién desdeñaría a un bebé?
Lily había tenido problemas con su hermana, eso Dumbledore lo sabía, pero tenía la esperanza de que la señora Dursley dejara esas peleas de lado por su sobrino huérfano.
El anciano director estaba seguro de que al infante le iría bien en esa casa, pero las palabras le daban vueltas en la cabeza y aunque la agradable Arabella vigilaba a los Dursley, una visita no haría daño. Pasaría por la casa, comprobaría al niño, y después volvería al castillo. Fácil. Ni siquiera los muggles tenían por qué saber que él iría a verlos.
Terminaría su almuerzo primero y luego se aparecería en Surrey.
Privet Drive no había cambiado nada desde que estuvo allí un año atrás. Solo el sol porque cuando dejó al pequeño Potter en la puerta de los Dursley era de noche.
Varias casas iguales se alineaban a ambos lados de la calle, automóviles caros podían verse en los garajes y los jardines eran tan monótonos que Albus sintió la tentación de de añadirles color y flores exuberantes.
Se había lanzado un hechizo desilusionador previamente para no ser visto así que se acercó a la ventana.
Una mujer delgada jugaba con un niño rollizo mientras en la televisión aparecían caricaturas extrañas.
Esperó un rato pero no vio rastro de que allí hubiera otro niño.
Cuando Petunia llevó a su hijo a la cocina, el director de Hogwarts aprovechó y con un hechizo silencioso abrió la puerta.
Las fotos familiares que vio tampoco atestiguaban que allí viviera una cuarta persona.
Eso le sobresaltó porque la razón por la que había dejado aquí al niño era debido al sacrificio que la joven Lily había hecho por su bebé. Pero si Harry no estaba allí...
Escuchó un llanto en dirección a las escaleras y fue a investigar.
-Entonces el pequeño Harry estaba durmiendo. -Pensó aliviado. -¿Pero por qué no había fotos suyas?
Se apartó cuando Petunia pasó cerca y abrió una alacena que había bajo las escaleras.
-Deja de quejarte, niño. Ya has comido esta mañana. Agradece que te alimente.
Dumbledore se quedó paralizado por lo que vio a continuación.
La mujer sacó a un bebé del armario. Un infante que estaba mucho más delgado que su primo y era de menor estatura.
La señora Dursley llevó al menor al baño y Albus aprovechó para mirar en la alacena.
No había nada. Solo una manta y un colchón delgado.
El hombre sentía como si gusanos estuvieran arrastrándose por su cuerpo.
Las barreras de sangre eran la mejor protección, sin embargo no podía permitir que un niño creciera de este modo tan horrendo.
Salió de la casa en silencio y cerró la puerta.
Luego tocó el timbre fingiendo que acababa de llegar porque no iba a admitirle a la mujer que se había colado en su casa.
Ella abrió la puerta y palideció al verlo.
Dumbledore había tenido cuidado cuando se había quitado el hechizo desilusionador porque no quería que algún muggle curioso lo viera.
-Usted. -Espetó Petunia cuando se recuperó de la sorpresa. -Entre. No quiero que lo vean aquí.
-Hola, señora Dursley. ¿Cómo se encuentra su familia?
Petunia odiaba a ese viejo tan anormalmente vestido y mago. No lo quería allí ni un minuto más de lo estrictamente necesario.
Frunció los labios y no le respondió. Ni siquiera le ofrecería asiento o algo de beber. No sería cortés con... Uno de ellos.
-La he estado observando, señora Dursley. Y he de decir que me ha decepcionado. Creí que valoraría más la familia pero ya he visto que no.
-¿De verdad? -Espetó ella. -Ni siquiera queríamos al chico aquí. Lo dejó en el umbral de nuestra puerta con una carta y me obligó a cuidarlo.
Albus Dumbledore estaba al borde de su paciencia. No solía cabrearse pero tratar así a un niño era de las peores cosas que alguien podía hacer.
-Cállese, Petunia. No quiero escuchar lo que tiene que decir. Entrégueme al niño, sus pertenencias, y espere la visita de un funcionario del ministerio de magia pronto.
La mujer palideció pero hizo lo que el anciano había ordenado.
No podía enfrentarse a uno de esos fenómenos y además se llevaría al hijo de su condenada hermana.
Lo que no le gustó fue que la visitaría otro mago. No le parecía justo.
Cuando llegó a la cocina tomó al niño del brazo y lo condujo a la sala de estar.
Sacó la manta en la que había venido envuelto y se la entregó al viejo.
-Ahí está. Ahora espero que el chico no vuelva aquí. No quiero recibirlo.
Dumbledore apretó los labios y tomó al silencioso Harry en sus brazos.
Salió de la casa sin despedirse siquiera.
Había personas desagradables en el mundo y sin duda Petunia Dursley era una de ellas.
Se alegró de haberle hecho caso a la voz en su cabeza que sonaba como la de Minerva. Si lo hubiera dejado pasar, solo Merlín sabía qué habría sido del pobre muchacho.
Le entristeció que Harry no llorara por haber sido entregado a un desconocido. Simplemente miraba a su alrededor en silencio abrazado a su pequeña manta.
Cuando se aparecieron en Hogsmeade, el niño gimió y vomitó.
-Lo siento, querido muchacho. Vamos a limpiarnos y te llevaré con Madame ponfrey. Ella te revisará. -Sacó su varita y quitó el desastre de sus ropas y de las del niño.
Ahora tenía que ingeniárselas para no ser visto por ningún estudiante mientras llevaba a Harry en sus brazos.
Eso suscitaría mucha curiosidad y no tenía ganas de contestar preguntas.
