DISCLAIMER: Los personajes de esta historia pertenecen a J.K Rowling. La historia está escrita sin ningún ánimo de lucro.

Navidad…

Qué palabra tan corta, y cuán amargos recuerdos trae…

Otro año más en Hogwarts, otro año más teniendo que ver en los rostros infantiles, y ya no tan infantiles, la alegría de la sorpresa.

Regalos, árbol, guirnaldas, fiesta.

"Soledad, maltrato, furia, desesperación, miseria."

Otro año más teniendo que aceptar asistir a una fiesta que nada bueno le trae, pues son pocas las distracciones que se permite.

"Quizá una copa en la tranquilidad de mis habitaciones… quizá una buena lectura a la vera de la chimenea, si a cierto engendro indeseado se le ocurre por una vez en su miserable existencia, darme la fiesta en paz."

Suspira, resignado. Esa copa tendrá que esperar, pues no se le ha ocurrido otra cosa al inoportuno de Albus, que él sea uno de los anfitriones de la fiesta. Una carcajada sarcástica sale a su pesar, divertido con la idea de que alguien pueda considerarle apropiado para estar en una fiesta.

Con calma, austeridad y rigor, Severus Snape se pone la capa y sale de las mazmorras en dirección al comedor central.

--

Suave música se escucha in crescendo a medida que Snape se acerca al comedor, mientras que se cruza con varios niños de mirada asustada, que al verlo serio e imponente, agachan la cabeza con humildad.

Sin apenas reconocer su presencia, pues es Navidad, Severus Snape decide que la ignorancia sea su acompañante esta noche, y no toma represalia ante la incomodidad de sus alumnos.

"Siempre será igual, sea cual sea el desenlace.

La soledad es mi destino, y acepto con resignación el pago por mi delito.

La sombra me absorberá, me arrastrará hasta el más profundo abismo.

Mas si con mi condena arrastro al maldito artífice de mi dolor, acepto gustoso la pena.

Ignominia, ostracismo, olvido. Mi muerte solo traerá paz.

Y eso, estará bien."

Con calma, y una elegancia adquirida con los años, Severus Snape se sienta en la mesa de profesores, no sin antes hacer una suave inclinación leve de asentimiento ante los allí reunidos.

Se queda impasible mientras el Director comienza su discurso navideño, el de todos los años, ante los pocos alumnos y profesores que decidieron quedarse un diciembre más. Tras las alegres palabras de Dumbledore, comienza la cena y suaves risas juveniles se empiezan a escuchar a través de la tenue música de ambiente.

Mientras, un profesor con mirada ausente se centra en coger del plato, sin hambre apenas, la poca comida que su estómago parece aceptar.

Tras la cena, poco a poco las parejas se van formando, y con suave alegría se dirigen al centro de la pista de baile, habiendo retirado las mesas, la magia del lugar.

Mientras, un profesor en silencio austero, se retira levemente del primer plano, para con cuerpo rígido y en guardia permanente, sencillamente observar.

"¿Dónde está el sentido?

¿Porqué no puedo soñar más?

Veo rostros felices, despreocupados y con la esperanza marcada en su alma.

Veo algo que jamás me será concedido, pues con tu muerte llegó mi olvido.

Y aunque te he dejado marchar, no así mi deuda desaparecerá."

Pensativo…

"No merezco más de lo que obtengo, y no sabría continuar,

pues de salir de esta, no sabría hacia dónde mirar.

Quisiera, solo por una vez, descargarme de este lastre auto infligido,

y saber qué es lo que se siente al ser sentido.

Mas no me será concedido. Así pues,

¿dónde está el sentido?"

Y cabizbajo.

Suave, con calma y como pidiendo permiso, una leve fragancia floral, femenina, se apoderó de sus sentidos. Con suavidad cerró sus ojos y quiso, sí, tomó la decisión, de dejar que esa fragancia tomara posesión paulatina de su entorno personal.

Y se debió de inclinar en leve asentimiento de rendición, pues el aroma se apoderó del ambiente con más fuerza y cercanía, haciendo que poco a poco, las facciones del tan oscuro y rígido maestro de pociones se suavizaran, mostrando solo a ojos expertos en lenguaje de las emociones, el alma que pudo llegar a ser, y que por caprichos del destino, nunca pudo mostrar.

Aún con ojos cerrados, temeroso de lo que su mirada pudiera mostrar, abrió ligeramente la boca con intención de hablar, mas en ese preciso instante, un leve roce de manos le despojó del argumento que sin dudarlo un instante, decidió olvidar.

Se dejó llevar. Pues en la sombra de segunda línea, quiso acariciar, y quiso ser correspondido en un acto ínfimo. Máximo a su entender.

Profundo y leve roce de un meñique sobre el dorso de su mano izquierda.

Tímida fue su respuesta, ávida de entender. De sentir. Mas con creciente confianza y despojado por voluntad propia del sentido de la vista, cerró su mano con delicadeza alrededor de la culpable de su turbación.

Una mano delicada, pequeña y con una piel extremadamente suave.

Y sin quererlo, con ese caprichoso entendimiento de quien está acostumbrado a necesitar conocer todos los detalles, una imagen brillante acudió a su mente.

-Granger…-

-Yo sí le veo sentido, Profesor-.

--

Pese a la ansiada cercanía, Severus Snape no puede mentir.

-Soy un hombre oscuro, señorita Granger. No lo olvide –

-Y sin embargo, Señor…-

Su aroma lo embriagó, desea sucumbir, y en la relativa privacidad de su posición, Severus Snape se permitió desear.

-¿Qué diría usted ante alguien que ya no encuentra razón para continuar, más allá de la que el cruel destino le insta a cumplir, en aras de la responsabilidad y del cumplimiento de una antigua promesa?-

-Que requiere valor y nobleza cumplir la palabra dada, Señor.-

-No hay valor en los actos impuros, Granger…-

Snape giró levemente el cuerpo hacia su acompañante y en creciente tensión, se aventuró en paso corto a rozar su tórax con la espalda de su delirio, mientras en fugaz caricia, intercambia manos con delicadeza.

La música sigue sonando.

-Hay valor en cumplir su promesa, si para ello ha de ir en contra de todo lo que desea, en contra de su naturaleza, Señor- susurra Granger, en leve éxtasis por la cercanía – ¿es desgraciado?-

Hermione retrocedió ligeramente en dulce sintonía con la agitada respiración del maestro de pociones, al tiempo que giró su cabeza para poder respirar con mayor libertad el amargo aroma a café, mezclado con un ligero toque a hierbas.

Snape, en movimiento contrario, alcanzó a respirar entre los dorados e indomables rizos de su condena, y comenzó a deslizar, en apenas perceptible recorrido por la parte inferior del brazo derecho de Granger, dos dedos, en atormentada caricia.

Y ambos, se permiten desear…

-Es desgraciado, Granger, en demasía, pues sabe que no debe soñar. Sabe que aquello que ya no desea rige su destino- responde suave, al oído de su acompañante.

La música sigue sonando.

-Sabe que, aquello que sí desea, está condenado a no existir, pues es irrevocable desatino-.

-Nadie puede dictar sentencia sobre deseos ajenos, Profesor- contestó la castaña, en confidente y mudo reproche.

Poco a poco, los brazos del maestro oscuro rodean el pequeño cuerpo de Granger, en conjunta danza y ansiado delirio, mientras la magia del lugar, conocedora de lo trascendente de la situación, baja levemente la iluminación, dando privacidad pasajera a dos almas puras, que quisieran escuchar el llamado de su corazón.

No desea parar. Mas debe despertar. Abre los ojos, y con nostálgica mirada, observando el vacío del cual ya es conocedor, separa lentamente su cuerpo del de la joven.

"Frío… solo siento el vacío ante tu ausencia, amada mía. Fugaz e inesperado ha sido el poder entregarte en dádiva un pequeño anhelo…alma pura… no deseo que caigas al abismo de mi ser".

-No deseo condenarla, señorita Granger. Inesperado regalo es contemplarla.-

Rauda, Hermione Granger se da la vuelta sin soltar su agarre, y Snape, sorprendido en insólita baja guardia, observa en dulce tensión la determinación en la mirada de la joven.

-Cuervo negro… quisiera compartir su verdad. No huyo ni temo al dolor, pues forma parte de usted-

-No me ruegue lo que desconoce, indómita bruja, pues desconoce el sacrificio que se me exige. Injusto sería arrastrarle al él-.

-Pues se lo estoy rogando- susurró convencida la joven, ajenos ambos a su entorno próximo, en inesperado íntimo abrazo.

-Sólo ofrezco oscuridad…- rebatió Snape, en humilde e ineficaz súplica.

-Belleza nocturna, a mi entender.

El maestro de pociones está profundamente impresionado por la tenacidad de la joven Gryffindor, incrédulo frente a lo que en un día lejano el viento le susurró…

-Granger…- intentó de nuevo persuadirla- estoy hecho de sombras del pasado, incapaces de proyectar luz. De demonios sedientos de pureza ajena. Soy la antítesis de la belleza que su mente imagina-.

"Tú, Cuervo negro incomprendido, que añoras lo que nunca llegaste a ver.

A sentir, en tus brazos, en tus labios, un leve roce de la dulce promesa de lo eterno.

Tú, Cuervo negro que imploras, el fin de aquello que conoce tu mente

Y que lentamente te arrastra.

Aquello que te vino dado sin tú desearlo, que irremediablemente destruye,

Sin tú pretenderlo.

Cuervo negro, que sabe que aquello que imagina,

Le será vedado por caprichos del Destino.

Cruza su mente, incansablemente, por el eterno laberinto en búsqueda,

Del leve roce, del débil aliento, del leve suspiro que antaño oyó.

¿Qué dice la profundidad de tus ojos?

¿Qué muestra, que no puede ser pronunciado con palabras?

Me habla de sufrimiento. Búsqueda y ansia por lo inalcanzable.

Prohibido deseo desgarrador, capaz de despojar de toda luz al ente con alas que te persigue.

Que te redime.

Sin embargo huyes, al umbral de la calma.

Huyes como si de ella te sintieras indigno.

Y yo me pregunto porqué. Porqué… porqué esa mirada de infinita tristeza y anhelo eterno…"

-Condena elijo, pues-.