Las desventuras amorosas de Sirius Black
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en "¡Duelos entre Potterheads" del Foro "Hogwarts a través de los años".
1. Narcissa Black
Su primer beso fue con su prima Narcissa.
Él tenía siete años, y se encontraban en Grimmauld Place. A ella le asustaban las cabezas disecadas de elfos domésticos que se encontraban en el entrada, por eso siempre se refugiaba en su habitación. Y a Sirius no le molestaba. Narcissa era amante de los largos silencios y de las miradas profundas. A veces lo miraba como si fuera capaz de conocer sus más oscuros pensamientos.
Lucía un vestido celeste hasta las rodillas que le resaltaba el oro del pelo y la plata de los ojos. Mientras que a Andromeda le gustaba correr por los pasillos, agitando su falda y tropezando con sus propios pies, Narcissa gozaba de una delicadeza innata.
Bellatrix irrumpió en la habitación, abriendo la puerta sonoramente. Estaba aireada por la conversación que había tenido lugar en la sala de Grimmauld Place. Resoplaba de tal forma que sus rizos negros se agitaban.
—Me van a casar con Rodolphus Lestrange.
—¿El que tiene la cicatriz? —preguntó Narcissa—. ¿Por qué no con su hermano?
Los ojos negros y profundos brillaron.
—Porque Rabastan se casará con Andromeda —respondió ella—. Y como soy la mayor, tengo que desposarlo a él.
—Piensa que serás libre hasta que cumplas la mayoría de edad.
—Como si eso me importara. Ya he follado con la mitad de Hogwarts.
Sirius no pudo evitar soltar una risita por lo bajo. Le costaba imaginar a su prima llevando a la cama a cualquier chico. Su aspecto rebelde y maligno era muy disuasivo. «Quizás los amenace para que le hagan caso», pensó.
—¿De qué te ríes, mocoso? —preguntó ella, visiblemente enfadada—. Tú ni siquiera debes haber dado tu primer beso.
—¿Y tú qué sabes?
—Si es cierto que has dado tu primer beso, no te importará demostrarlo.
Sirius comprendió inmediatamente sus intenciones.
—No voy a besarte.
—No quiero que me beses a mí, mocoso. Dale un beso a Narcissa —lo retó—. Sé que ella te agrada más que yo. Así que no será difícil cumplir. Vamos, un besito inocente y no dudaré más de tu palabra.
Sus ojos se encontraron con los de Narcissa. Gris contra gris. Ella fue quien tomó la iniciativa. Con un suspiro se puso de pie y caminó hasta la cama donde Sirius se encontraba sentado.
Ella tenía cuatro años más que él, pero casi tenían la misma altura. Sintió la figura menuda contra su cuerpo cuando sus labios se unieron. Sirius cerró los ojos instintivamente, esperando sentir alguna nueva sensación arremolinándose en su pecho, en su vientre, pero no sucedió.
Nada.
No sintió nada.
Narcissa, en cambio, tenía las mejillas arreboladas que le hacían parecer una muñeca de porcelana. Una media sonrisa apareció en su rostro. Estaba triunfal.
—He probado bocas mejores —dijo con aires de grandeza.
Luego, las hermanas se enfrascaron en una nueva discusión. Sirius decidió abandonar su propia habitación antes de que volvieran a involucrarlo.
(Tenía que haberse visto venir que su vida amorosa sería un desastre cuando su primer beso fue con su prima).
2. Alice Fortescue
A Alice la conoció en el Expreso de Hogwarts.
Ella se había quedado atrapada en su compartimiento; él fue el único que se molestó en seguir los gritos. Mientras los demás niños se apilaban con impaciencia en los botes, Sirius estaba forzando la puerta para ayudarla a salir. Cuando lo consiguió, la chica se le lanzó a los brazos; luego, se disculpó por ser tan impulsiva.
—Tenemos que apresurarnos o llegaremos tarde al castillo.
Consiguieron lugar en el último bote y llegaron a trompicones a la ceremonia de selección. El cielo que brillaba sobre sus cabezas estaba forrado en estrellas y tenía una luna tan fina como un arco. Cada mesa recibía con aplausos y vítores a los nuevos seleccionados. Sirius se preguntó si iría a Slytherin, al igual que toda su familia, u otra casa lo acogería.
Alice le tomó la mano para darle confianza y luego se disculpó por ello. La seleccionaron para Gryffindor.
—Nos vemos en la mesa —le dijo ella, como si pudiera leer su destino.
La corbata de Sirius se tiñó de escarlata y dorado, y los leones le dieron la bienvenida a su nuevo hogar. En el camino conoció a un chico de gafas redondeadas y cabello desordenado: James Potter. Hizo bromas durante toda la cena y comió más que nadie en aquella mesa. Sirius decidió que se convertiría en su amigo.
—Alguien no te quita los ojos de encima —comentó James y se echó a reír.
Sirius levantó la mirada y se encontró con los ojos cafés de Alice. Ella sonría. Tenía los dientes delanteros ligeramente separados, pero eso le daba un toque único, personal, que le gustaba.
Cuando se fueron a dormir, se encontraron frente al retrato de la Dama Gorda.
—Quiero agradecerte por haberme salvado hoy. De no ser por ti, hubiera llegado tarde a la ceremonia.
—No tienes nada que agradecerme —aseguró él, pero aceptó el beso que le dio en la mejilla.
El rostro le quedó ardiendo, allí donde los labios de Alice se posaron sobre su piel. Sostuvo su mejilla hasta que la sensación desapareció. Ella subió la escalera que conducía al dormitorio de las chicas y le lanzó una última mirada antes de perderse tras la gran puerta de madera.
Sirius sonrió para sí mismo. Hasta que apareció James y le dijo lo ridículo que se veía con la baba deslizándose por su barbilla. Se dirigieron juntos al dormitorio de chicos y allí conocieron a sus compañeros. Uno era demasiado tímido para hablar; el otro estaba más concentrado en la barra de chocolate que en su llegada.
A la semana siguiente, Alice y Sirius se volvieron inseparables. Compartían mesa en cada una de las clases, hacían la tarea juntos —en realidad, ella era quien la hacía y Sirius se perdía en su mirada y en sus gestos— y llegaban al comedor juntos. Alice era diferente y lo hacía sentirse diferente. Eso le gustaba. Le encantaba.
Y entre ellos todo funcionaba bien hasta que apareció Frank Longbottom.
3. Mary Macdonald
Su historia con Mary comenzó en las Tres Escobas.
Estaba sola, sentada en la mesa al final de la taberna, y Sirius se fijó en ella. La invitó a tomar una cerveza de mantequilla. Mary le dijo que estaba esperando a sus amigas, pero después la terminó aceptando.
Tenía el cabello espeso, rizado y color caramelo, y le quedó un bigote de espuma cuando bebió la cerveza de un solo sorbo. Aquello le hizo reír e invitarle otra más.
Al final de la salida a Hogsmeade, Sirius tenía una nueva novia.
Pero la magia quedó confinada a aquella tarde porque, en los días posteriores, conoció la verdadera naturaleza de Mary.
«Eres muy inmaduro», le reprochaba a menudo. «Tu problema es que no te tomas nada enserio.»
Tampoco le gustaban sus amistades. De James decía que era aún más inmaduro que él, Peter le parecía un chico extraño y retraído, y a Remus lo consideraba como el problemático que se ausentaba de clases una vez al mes. Y por supuesto que Sirius no pretendía decirle la verdad oculta detrás de sus ausencias. Jamás. Eso se lo llevaría a la tumba.
Mary odiaba todo lo que Sirius representaba y no entendía la razón por la cual seguía con él. Y comenzaba a sospechar que le gustaba llenar los espacios de silencio con besos, como si quisiera olvidar lo que les impedía ser perfectos juntos.
Sus labios eran carnosos y suaves, y siempre se movían al compás de los suyos. Siempre sabían a menta fresca. Algo que lo volvía loco. Mary acostumbraba aferrarse al cuello de su camisa mientras que Sirius enredaba sus dedos en los espesos risos. Cuando las palabras sobraban era cuando mejor se llevaban.
—Potter ha invitado a salir a Lily —le comentó—. Le recomendé que se alejará de él. Es un mal bicho.
Aquello hizo bullir la furia en su interior.
—No sabes nada sobre James —respondió él—. No puedes hablar como si lo conocieras.
Mary enarcó una ceja y se cruzó de brazos. Era la primera vez que Sirius se atrevía a hablarle así. James llevaba enamorado de Lily Evans prácticamente desde que la había conocido; no era justo que ella interviniera en una posible futura relación. Y Sirius, como buen amigo, no podía permitirlo.
—Besas de puta madre, Black. Pero lo nuestro no puede ser —fue lo último que le dijo.
Mary Macdonald lo dejó en el mismo lugar que había iniciado su relación, con una cerveza de mantequilla a medio terminar y su perfume impregnado en su camisa.
Remus llegó en cuanto su cabello caramelo se perdió detrás de la puerta.
—¿Qué tal las cosas con Mary?
—Me acaba de dejar —confesó Sirius—. Lunático, ¿crees que soy una persona inmadura?
—Tenemos catorce años, Sirius. Si no somos inmaduros a esta edad, ¿cuándo lo seremos?
Él le ayudó a terminarse la cerveza que había dejado a medias. Y luego pidieron otra más. Y otra. Hasta que Rosmerta, la joven chica de la barra, les dijo que era suficiente.
Luego se terminó enterando que Mary estaba saliendo con un chico de séptimo año.
4. Sybill Trelawney
Sybill era una chica extraña.
Le gustaba usar collares de cuentas de colores, tan cargados que a veces parecía que el cuello iba a doblársele. Usaba tantos brazaletes que nunca se le veían las muñecas. Y siempre iba acompañada del suave tintineo de las piezas chocándose unas con otras.
Ella era la alumna favorita de Alethea Metaxas y decía que «era una verdadera descendiente de Cassandra», la gran adivina que había existido antes que sus padres se conocieran.
Sirius nunca había reparado en ella hasta que le habló directamente, con sus enormes ojos saltones detrás de los cristales redondeados.
—He visto tu futuro, Sirius Black. Algo malo te sucederá y yo debo evitarlo.
Después de hacerle aquella premonición, Sybill Trelawney no se separó de su lado. Lo seguía a todas partes —incluso lo esperaba afuera del baño de chicos—, se sentaba a su lado en las clases compartidas y se hizo un lugar en la mesa de Gryffindor. Sirius se ganó la mirada curiosa y burlona de sus compañeros y amigos.
—No sabía que tenías guardaespaldas, Canuto —dijo James.
—Y gratis —acotó Peter.
Remus fue el único que no se burló de él.
—La profesora Metaxas dice que tiene el don. Le predijo que se caería por las escaleras porque se olvidaría que se movían, y así fue. Aún se está recuperando de la caída —contó el chico—. Si dice que te encuentras en peligro, escúchala. Puede que tenga razón.
Sirius se esforzó por mostrarse lo más caballeroso posible. Le agradeció su preocupación y no puso objeciones para que ella lo acompañara a todas partes. Después de siete días, se acostumbró a la presencia de la chica. A veces era un poco torpe y atropellada, pero aquello la hacía ser aún más especial.
Y comenzaron a llevarse tan bien que Sybill le leyó el futuro en las manos.
—Esta línea es de la vida. Tendrás una vida corta, pero intensa. Amarás. Llorarás. Pero todo valdrá la pena —dijo, mientras recorría su palma—. Y está línea es la del corazón. Estás conectado a alguien, pero tardarás en descubrirlo.
El día crucial llegó a principios de diciembre, cuando el castillo resplandecía bajo una capa de nieve. La araña gigante de cristal que estaba suspendía en el aula de Defensa contra las Artes Oscuras se desprendió y cayó sobre la cabeza de Sirius. El vidrio le hubiera hecho daño si Sybill no lo hubiera lanzado hacia el lado contrario.
El único daño que recibió fue por el impacto de su cuerpo contra el suelo y algunos cristales que le rasguñaron los brazos; después, Sirius estaba fuerte como un roble. La chica lo ayudó a ponerse de pie y lo miró una vez más a través de sus lentes empañados.
—Yo ya he cumplido con mi deber. Aquí es donde nos separamos. —No le dio tiempo a responder porque se sentó al final del aula, ignorando a Sirius por completo.
Y así Sybill Trelawney se fue de su vida tan rápido como había llegado.
5. Marlene McKinnon
Con Marlene todo comenzó cuando ella lo cubrió haciendo una de sus bromas.
La profesora McGonagall seguía sus pasos de cerca, desconfiando de la tranquilidad de las últimas dos semanas, y estaba segura que Sirius planeaba algo. Tenía razón. Era una broma grande. La mejor desde que había llegado a Hogwarts y, si lo descubrían, también se llevaría el mayor castigo de la historia.
Todos los calderos del aula de pociones explotaron al mismo tiempo, lanzando serpentinas al aire y chispas de colores. Marlene se echó la culpa de lo sucedido. McGonagall no le creyó ni por un momento, pero la dejó ir con una advertencia debido a lo buena estudiante que era.
En las vacaciones de invierno, Sirius la invitó a salir.
«Tengo una motocicleta voladora, ¿quieres dar una vuelta?», le escribió. Ella sabía que no tenía licencia de conducir, ni en el mundo mágico ni en el muggle, pero no le importó. La pasó a buscar por la puerta de su casa —una casa muggle, de dos pisos, con una niña que los espiaba por la ventana— y así comenzaron su aventura.
El viento le traía el aroma de Marlene: uno fuerte, cítrico, pero armonioso. Sus manos estaban aferradas a su abdomen y ella gritaba de emoción cuando atravesaban las nubes.
—¡Es el mejor día de toda mi puta vida! —exclamó.
La velocidad se tragó sus gritos. Sobrevolaron gran parte de Londres en cuestión de minutos. Las luces de la ciudad eran puntos diminutos bajo sus pies. Cuando ella apoyó su rostro contra su espalda, Sirius sintió algo cosquilleando en su interior. Y supo que ese momento era simplemente perfecto.
Aterrizaron sobre una colina verde y ondulada. El crepúsculo era una herida rosa y anaranjada en el cielo, que encendía los copos de nieve que comenzaban a caer.
Marlene sacó una caja de cigarrillos muggles y le enseñó la magia del humo llenando sus pulmones. Entre calada y calada, ella se inclinaba más en su dirección. Sus incipientes pechos le rozaron el brazo y, en ese instante, Sirius supo que debía besarla. La boca le sabía a nicotina y a adrenalina, a tabaco y rebeldía.
—Sabía que besabas bien, Black. Pero no pensé que fuera para tanto —dijo ella—. ¿Qué más sabes hacer?
Tomó aquella pregunta como una invitación a aventurarse más, a borrar el límite entre su cuerpo y el suyo. Sirius posó los labios sobre su cuello y descendió, y descendió. Hasta que ella gimió y enterró los dedos en su cabello, instándolo a seguir.
Pero su teléfono muggle los interrumpió.
—Tengo que volver a casa antes que lleguen mis padres.
Sirius la llevó de regreso. Quedaron en verse una vez más.
Siempre paseaban en su motocicleta y él la devolvía a su casa antes del anochecer, cumpliendo las estrictas normas de su padre. Fumaban, se besaban y volvían a fumar.
Cuando volvieron a Hogwarts, Marlene comenzó a pasar de él. No le dio ninguna explicación para su comportamiento. Todo terminó tan rápido como empezó.
Después la vio besando a Hestia Jones.
6. Dorcas Meadowes
Luego del torbellino que había sido Marlene McKinnon, decidió que saldría con una chica un poco más tranquila.
Y allí fue que apareció Dorcas.
La profesora McGonagall estaba cansada de que Sirius siempre hiciera los trabajos en equipo con Remus —porque sospechaba que era él quien hacía el mayor esfuerzo—, así que lo sentó con ella. Dorcas pertenecía a la casa Ravenclaw y tenía un promedio casi perfecto. Y acostumbraba sumar una gran cantidad de puntos para su casa. Y también era buscadora en su equipo de Quidditch.
Así que Sirius le propuso un trato.
—Tú me ayudas con el trabajo y yo te voy a ver al próximo partido. ¿Qué te parece?
—Tienes que hacer tu parte, Black. No tienes escapatoria —dijo ella—. Pero aceptaré que me vayas a ver al próximo partido. Le patearemos el culo a Slytherin.
El sábado siguiente él se encontraba en las gradas, con una bandera azul y plata, alentando al equipo. Gryffindor ya no tenía posibilidad de ganar la Copa de Quidditch ese año, ya que Frank Longbottom —«nuestro buscador estrella», como le gustaba decir a James— se había lesionado a mitad de la temporada. Por lo que su casa se encontraba en última posición. Todo se definiría entre Slytherin y Ravenclaw, y Sirius prefería que el trofeo fuera para las águilas.
Dorcas atrapó la snitch a mitad del partido, cuando el marcador estaba a favor de las serpientes, y la tribuna estalló en vítores cuando lo hizo. Todos los jugadores se abalanzaron sobre ella hasta que Dorcas se convirtió en un punto dorado en el horizonte. El festejo de los vestuarios seguiría en la Torre de Ravenclaw, pero a Sirius le sorprendió que ella fue a verlo a las gradas.
—Creo que me has dado suerte, Black. Quizás sí haga tu parte del trabajo de Transformaciones.
Ella se sentó a su lado, con su cabello ondeando al viento y una sonrisa amplia en el rostro. Le contó lo que significaba haber ganado ese partido: que le había cerrado la boca a los chicos que le decían «sangre sucia». «Pues una sangre sucia les ha pateado el culo», pensó él.
Luego le contó de que estaba buscando su lugar en el mundo, que le aterraba no pertenecer a ningún lado. A cambio de su confianza, Sirius le habló de Grimmaul Place: de las palabras hirientes de su madre y los silencios esquivos de su padre.
—Si algún día no tienes a donde ir, también vivo en Islington.
De ella se enamoró por ser tan genuina y espontanea, por decir lo que pensaba y demostrarle a los demás que se superaba constantemente. Y a Dorcas también le gustó porque estaba un poco roto por dentro, solo, sin saber qué dirección tomar. Ella le daba la serenidad de la que Sirius carecía por naturaleza.
Pero su historia fue tan fugaz como las anteriores.
Dorcas conoció a su hermano Regulus —el nuevo buscador de Slytherin— y descubrió que tenía sentimientos por él mucho más intensos que los que sentía por Sirius.
7. Rosmerta
A Rosmerta la conoció en el mismo lugar donde todo empezó con Mary.
Las Tres Escobas.
Ella era la joven que atendía la barra de la taberna. Usaba zapatos de tacón que la hacían parecer más alta y se movía entre las mesas con una gracia inconfundible. Las curvas de su cuerpo se delataban bajo del uniforme a cuadros que le hacían usar. Y siempre se pintaba la boca de un intenso y caótico rojo.
Sirius estaba encantado con ella —al igual que la mitad de chicos del colegio— y, siempre que iba a Hogsmeade, pasaba por las Tres Escobas solamente para verla. Le gustaba su rostro redondo y atractivo, su sonrisa roja y la seguridad con la que se deslizaba entre los clientes.
Así que se le ocurrió la idea más estúpida del siglo: invitarla a salir.
Él tenía dieciséis años; Rosmerta, veinticinco. Pero la diferencia de edad poco le importaba. Conocer el mundo de la mano de Rosmerta sonaba increíble, pero primero ella tenía que aceptar.
—No salgo con estudiantes —le respondió ella, delante de todos sus compañeros—. Y no lo vuelvas a hacer, mocoso.
Detestaba que lo llamaran «mocoso». Su prima Bellatrix tenía la molesta costumbre de hacerlo. Lo llamaba así desde los siete años y ahora, a pesar de que ya era tan adulto como ella, tampoco dejaba de hacerlo.
Volvió a su mesa, rendido y humillado, y se terminó la cerveza de mantequilla. Al ponerse de pie, sintió algo en su bolsillo. Allí había una nota con una hora escrita. Por lo que Sirius se quedó anclado en aquella mesa hasta que el turno de Rosmerta terminó.
Sus amigos regresaron al castillo sin él y Sirius supuso que pasarían unas horas antes que los profesores fueran conscientes de su ausencia.
Rosmerta y él se encontraron detrás de las Tres Escobas. Las estrellas brillaban sobre ellos cuando se besaron por primera vez. Sus besos eran diferentes a cualquiera que hubiera recibido antes, ella besaba de la misma forma que vivía su vida: intensamente. Le quitó la respiración durante dos largos minutos. ¿Pero quién necesitaba respirar cuando tenía su boca sobre la suya?
—¿Es la primera vez que haces esto? —preguntó ella cuando se separaron—. Ya sabes... besarte con una chica mayor.
Su primer beso había sido con Narcissa, quien le llevaba algunos años, pero pensó que no contaba. Aquel sí era un beso de verdad.
Ella se apretó contra su cuerpo y tomó una de las manos de Sirius. La dirigió hasta sus pechos llenos y turgentes, y le enseñó la forma que le gustaba ser acariciada. Todo era tan nuevo para él.
—No puedes decirle a nadie lo que ha sucedido —dijo Rosmerta al final—. Si saben que he besado a un estudiante, perderé mi empleo en la taberna.
Sirius le prometió que no le diría a nadie lo que había sucedido.
No se extrañó que Rosmerta no lo volviera a buscar, pues sabía que lo suyo había terminado antes de comenzar y eso lo tuvo claro desde el principio.
8. Narcissa Black (de nuevo)
Se volvió a encontrar con Narcissa en Grimmauld Place.
Andromeda se había fugado con un «sucio hijo de muggles». En su casa no se hablaba más que de la vergüenza que eso le traía a la familia. Por eso se habían reunido frente al tapiz, aquel que ilustraba todos los nombres y los rostros de todos los que portaban el apellido Black, y la estaban repudiando. Andromeda se convertiría en una mancha oscura y nunca más la volverían a recibir en el seno familiar.
«¿Me harán lo mismo cuando me marche de aquí?», se preguntó. Ya sabía la respuesta. La brecha con sus padres se había abierto el día que lo seleccionaron para la casa Gryffindor y la cosa no hacía más que empeorar. Los portazos, las discusiones y los «te odio» eran prueba fehaciente de ello.
Él no sería testigo del repudio de su prima, y le sorprendió que Narcissa tampoco quisiera ser parte de ello.
—Es mi hermana —dijo como si eso explicara su presencia en su habitación—. No puedo olvidarme del amor que siento por ella de un día para el otro.
Cuando eran pequeños a Narcissa le gustaba refugiarse en su habitación porque decía que allí no sentía miedo; ahora lo volvía a hacer una vez más, evadiendo la realidad que significaba ser una estrella en la constelación de la familia. «Algunas cosas nunca cambian», pensó.
Sirius sacó uno de sus cigarrillos muggles —hábito cortesía de Marlene McKinnon— y se lo puso entre los labios. Lo encendió bajo la atenta mirada de su prima.
—¿Ahora fumas? —Sirius asintió—. ¿La tía Walburga lo sabe?
—Me da igual —respondió y se encogió de hombros—. ¿Quieres probar? —Le acercó el cigarrillo hasta los labios. Ella los separó y lo recibió, con los ojos brillando de expectación—. Ahora tienes que inhalar y retener un poco el humo en la boca. Luego lo expulsas.
Narcissa tosió cuando lo intentó.
—No le encuentro gracia a contaminarte los pulmones. —Pero le arrebató el cigarro y volvió a darle una calada—. Mi madre quiere casarme con Amadeus Lestrange.
—Pero ese hombre tiene un pie en la tumba.
—Él ya había pedido mi mano antes, pero mi padre me prometió que me casaría con un buen hombre. Ahora que está muerto, mi madre me entregará a Amadeus Lestrange.
De repente los ojos de Narcissa se humedecieron, a causa del humo y la tristeza. Sirius no sabía consolarse a sí mismo cuando la realidad lo desbordaba, mucho menos a otra persona. Así que se limitó a pasarle los brazos alrededor del cuello y a estrecharla contra su pecho.
Y Narcissa lloró largamente hasta que sus ojos se encontraron con los suyos y sus bocas se unieron.
—Lo siento —dijo ella—. No quería...
—Es lo que necesitabas —respondió Sirius—. Lamento no poder hacer más.
Quería responder a la confianza de Narcissa. Decirle que él sería la próxima mancha en el tapiz familiar, pero no se atrevió. Quizás ella trataría de evitarlo.
A diferencia de su primer beso, Sirius sí sintió algo aleteando en su interior.
9. Alecto Carrow
Con Alecto se acostó después de graduarse de Hogwarts.
Si bien Sirius vivía en la casa de los Potter —algo que había comenzado como temporal y terminó convirtiéndose en definitivo—, frecuentaba el Caldero Chorreante. La comida nunca había sido demasiado buena, pero las cervezas de mantequillas eran tan exquisitas como las de las Tres Escobas.
Y allí fue que la conoció.
Estaba sentada junto a la barra, con una minifalda que revelaba sus largas y torneadas piernas y un suéter verde oscuro. Tenía las uñas largas, pintadas de un azul eléctrico. Y sus ojos claros resaltaban en el maquillaje oscuro.
—Escuché que estás viviendo con los Potter —dijo ella, a modo de saludo—. ¿Ya no eres bienvenido en Grimmauld Place?
—Sabes muy bien que me fui de esa casa, Carrow. Regulus debe habértelo dicho.
Ella sonrió como si acabara de ver a su próxima presa.
—No me acuerdo si lo dijo antes o después que me lo llevara a la cama.
—Pensé que estaba saliendo con Dorcas —respondió él.
—Es una sangre sucia. No tenían futuro juntos.
La revelación le hizo sentirse apenado. Si bien Dorcas y él habían tenido algo antes que conociera a Regulus, pensó que la chica haría cambiar de opinión a su hermano antes que cometiera el mayor error de toda su vida. Pero, ¿qué tanto podía confiar en Alecto Carrow?
Le entregaron su cerveza de mantequilla y se concentró en ella. Alecto le dio la espalda, deslizó la mano sobre su pierna y se subió aún más la falda. Luego caminó hasta las escaleras y le lanzó una mirada felina.
Sirius tragó saliva con fuerza y la siguió. Se besaron antes de llegar a la habitación. Sabía a alcohol y a locura. Cerró la puerta de con el pie y sus labios se encontraron una vez más.
Él la recorrió a voluntad, trazando un camino de besos invisibles desde su cuello hasta su vientre. Y bajo más. Y más. Hasta que Alecto gimió de placer. Ella lo obligó a incorporarse y lo desnudó con manos hábiles. El suelo se fue cubriendo de prendas.
Alecto lo dominó en todo momento y Sirius se dejó hacer. El resto del mundo podía esperar cuando tenía a la chica moviéndose sobre su cuerpo. No se había quitado el suéter, pero eso no fue impedimento para que Sirius acariciara sus pezones mientras la embestía una y otra vez.
Los dos tocaron la cima al mismo tiempo.
—Puedes quedarte a dormir, Black. Pero te vas al amanecer —le dijo—. No quiero que piensen que estoy saliendo con un repudiado.
La chica se quitó el suéter y le dio la espalda. Sirius encendió un cigarrillo mientras buscaba su ropa interior. «Si hubiera sabido que las SLytherin follaban de puta madre, las hubiera probado antes», pensó y sonrió por su ocurrencia. Al volver a la cama, se encontró con algo que no le gustó en absoluto.
Desapareció de la habitación de Alecto Carrow en cuanto le vio la Marca Tenebrosa tatuada en el antebrazo.
10. Remus Lupin
A sus veinte años Sirius Black se consideraba un fracaso en el amor.
Mientras James había conseguido conquistar a Evans —y convencerla de vivir juntos en el Valle de Godric y formar su propia familia— y Peter estaba saliendo con Emma Vanity desde hacía dos años, él era incapaz de conservar una novia por demasiado tiempo.
La mayoría de chicas que pasaban por su vida eran estrellas fugaces en el cielo de su amor. Sybill Trelawney le había predicho que estaba conectado a alguien, pero que tardaría en descubrirlo. Ya había conocido a siete chicas —se negaba a contar a Narcissa como una de ellas—, pero ninguna de ellas era la indicada.
Y, al final del día, era Remus quien recogía los pedazos rotos de su corazón.
—¿Por qué no funcionó con Alecto Carrow?
—Tiene la Marca Tenebrosa. No puedo salir con alguien que pertenece a los mortífagos. Va contra mis principios —respondió Sirius—. Estoy cansado de que esto no funcione. Alice me dejó por Frank, Mary quería salir con chicos más grandes, Sybill solo me usó para demostrar que tiene un don, Marlene me abandonó por Hestia, Dorcas por mi propio hermano, lo mío con Rosmerta era imposible y Alecto está en el otro bando.
—¿Qué hay de Narcissa?
—Ella es mi prima y, aunque nos besamos dos veces, no pretendíamos que durara. —Sirius se dejó caer en el sofá—. Tengo que aceptar que hay algo malo en mí. ¿Por qué soy un fracaso en el amor?
Remus no encontró las palabras capaces de darle el consuelo que necesitaba, pero lo dejó recostarse en su hombro. Y eso fue suficiente. Él olía a chocolate y a café. Tenía sus ojeras inconfundibles que delataban la luna llena que se acercaba. Remus no podía dormir en las noches previas a la transformación. Jamás lo hacía. Y era Sirius quien se quedaba despierto con él, hablando y escuchando música hasta que el sol clareaba por el este.
Nunca le había costado ser amigo de Remus. Él era tan transparente, amable, buen amigo. Era la persona que más lo apoyaba en sus decisiones —incluso cuando no estaba de acuerdo— y buscaba levantarle el ánimo cuando caía en el profundo abismo de la desilusión. Le gustaba pensar que se consolaban mutuamente.
—¿Quieres quedarte a dormir? —preguntó Remus, con las mejillas sonrosadas—. Mi madre compró un nuevo disco llamado Highway to hell de una banda australiana. Creo que podría gustarte. Y puedes fumar.
—Pero tú odias el humo del cigarrillo.
—Podré soportarlo por ti —concedió Remus.
Y así pasaron la noche.
Remus colocó el disco en el radio y la música vibró a través del parlante. Cada canción era mejor que la otra. Antes que pudieran darse cuenta llegaron al final del disco. Remus no le preguntó si quería escucharlo otra vez, lo volvió a reproducir y, una vez más, se dejaron llevar por la melodía y las letras.
«Sin duda, Lunático me conoce bien.»
Quizás ninguna chica había sido la indicada porque el destino lo estaba guardando para él.
Nota de la autora: Fui retada por Lina (Cazadora Oscura) a escribir una historia donde Sirius fuera mujeriego pero que al final se quedara con Remus. Traté de mostrar diferentes chicas pasando por su vida y, al mismo tiempo, mostrar un poco los canon que tengo para ellas. Como Marlene saliendo con Hestia Jones o Dorcas con Regulus Black. ¿De dónde ha salido ese Narcissa/Sirius? La verdad que ni yo lo sé, pero me ha gustado y lo dejé. Y no pude evitar poner a Trelawney haciendo una de sus predicciones.
El final de la historia transcurre en 1979, en ese mismo año se publicó el disco Highway to hell de la banda AC/DC. En mi canon, a Sirius le gustan los cigarrilos muggles (como ha quedado más que evidente) y el rock.
