Hechos de estrellas, deseos y cosas mágicas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "¡Duelo entre Potterheads" del Foro "Hogwarts a través de los años".


I.

Todo comenzó una noche de luna llena en la Casa de los Gritos.

Él estaba acostumbrado a la soledad que acarreaba su maldición. Siempre permanecía en la oscuridad, aguardando el instante en que la luz de luna despertara al animal que habitaba en su interior.

A pesar de que los años pasaban, no era capaz de habituarse al dolor de la transformación: los huesos quebrándose, las extremidades creciendo de forma descomunal y la sed agarrotándole la garganta. Cuando la bestia mataba al hombre, no había conciencia que lo guiara. Su cuerpo respondía a los instintos, y por eso era un peligro para los demás.

Llegar al colegio había sido la mayor prueba de toda su vida. «Hogwarts tiene las puertas abiertas para todo aquel que sea mago», le había dicho el director, sin importarle su condición. Y encontró una forma para que él pudiera estudiar y transformarse en cada luna llena, sin dañar a sus compañeros o a los profesores.

Lo peor no era pasar una semana en la enfermería después de la transformación, sino las sospechas de sus compañeros de habitación. James le había preguntado al respecto en más de una ocasión, Peter decía que tenía aspecto enfermizo y Sirius le apoyaba una mano en el hombro, seguido «hemos compartido habitación por tres años, puedes confiar en nosotros».

Y Remus quería confiar en ellos, revelarles su secreto, pero sabía que si lo hacía ya no habría vuelta atrás. Lo mejor era mantenerse alejado, como siempre había hecho.

La Casa de los Gritos era la única mejor amiga que necesitaba. Sus cuatro paredes contenían su fuerza y su dolor, y allí no representaba más peligro que para sí mismo. Se desgarraba la piel y se daba contra el mobiliario, buscando la tan ansiada libertad. Y siempre terminaba en el suelo siendo un manojo de sangre, moretones y cortes.

Pero esa noche fue diferente.

A su lado aparecieron tres animales más: una rata con la cola retorcida, un ciervo de gran cornamenta y un perro negro como la oscuridad.

En su compañía, el lobo no se sintió intimidado ni desesperado. No luchó por huir hacia el bosque sino que permaneció entre el ciervo y el perro. Juntos aullaron al ojo blanco que era la luna en el cielo nocturno.

Al asomarse el sol por el este, volvió a ser el humano Remus Lupin. Pero no estaba solo. Tres chicos desnudos se encontraban junto a él.

—¡Funcionó! —exclamó Peter, sobresaltándolo.

Remus se encontraba confundido. ¿Qué hacían ellos ahí? ¿Y cómo habían descubierto su secreto? ¿Se lo dirían a alguien más?

—James se dio cuenta de tus ausencias en cada luna llena, yo descubrí que eras un hombre lobo y a Peter se le ocurrió volvernos animagos —explicó Sirius. Tenía una sonrisa de oreja a oreja—. De ese modo, podremos estar contigo en cada transformación sin que quieras asesinarnos.

La única palabra que brotó de sus labios fue «gracias».

En ese instante comprendió que nunca más tendría que pasar por aquello solo.


II.

Sirius era quien permanecía en la enfermería en lo que duraba su recuperación.

Madame Pomprey lo echaba cada vez que lo veía, pero él se deshacía en halagos hacía su persona y conseguía saltarse las clases. «Esa lengua de miel será su perdición», pensaba Remus. Pero disfrutaba de su grata compañía.

Él le hablaba de las nuevas canciones que había escuchado y le llevaba chocolates porque «no hay dolor que no se borre con un dulce», decía. Remus era más de los silencios, pero le agradaba que Sirius los llenara con su música, sus bromas y sus ocurrencias.

—Estás acabando con mi reserva persona de ranas de chocolate —le reprochó—. El lado positivo es que terminaré encontrando el cromo de Merlín y completaré mi colección. ¿Te dije que es el único que me falta?

«Como diez veces ya.»

—¿Vamos a Honeydukes el próximo sábado? —propuso Remus—. Yo invitó.

—Vale, pero no creas que soy un chico fácil. Necesitas más que unos dulces para llevarme a la cama.

SU gran problema es que no se tomaba nada enserio. Era espontaneo, divertido, e iba por la vida sin ataduras. Nunca había conocido a alguien así.

—Sirius, ya estás en mi cama —le recordó.

Como sus visitas a la enfermería eran mensuales, Madame Pomprey siempre le asignaba la misma cama y, como ya sabía que Sirius se instalaba allí hasta que le daban el alta, también colocaba una silla para él. El chico no era capaz de dormir sentado, por eso acostumbraba recostar la cabeza sobre el regazo de Remus. Después, roncaba toda la noche.

Pero ahora no estaba en su silla habitual sino que estaba a los pies de la cama, sentado sobre sus propias piernas.

—Pues tienes razón —dijo y se echó a reír.

Y su risa fue la melodía más hermosa del mundo.


III.

Le perdió el prejuicio a la transformación el día que contó su historia.

Era una noche cálida de finales de mayo, y la emoción por finalizar otro año escolar era palpable en el ambiente. Sus compañeros de Gryffindor habían organizado una fiesta en la Sala de los Menesteres, con whisky de fuego para celebrar. Estaban todos invitados, pero Remus no pensaba ir.

La luna llena se acercaba y los huesos comenzaban a dolerle, y no había chocolate en el mundo que lo hiciera sentir mejor. Por lo que sus planeas para esa noche eran sencillos: hacer algún bosquejo y dormirse temprano.

A través del dibujo conseguía liberar las emociones que a veces no comprendía. Le gustaba dejar volar su imaginación sobre la hoja de blanco. En las ocasiones que se quedaba sin ideas, cerraba los ojos y dejaba que su corazón lo guiara.

Se sorprendió al descubrirse dibujando un cielo lleno de estrellas, con una luna entre ellas, y un hombre de rostro velludo. Casi nunca pensaba en el hombre que lo había mordido; lo único que sabía era su nombre, pero no el motivo por el cual lo había hecho. Su padre no podía decírselo sin echarse a llorar; Remus aprendió a no preguntar.

Hacia la medianoche escuchó la puerta abriéndose bruscamente.

Remus, que se había quedado dormido a mitad del dibujo, se incorporó lentamente. Sirius cayó sobre su cama inmediatamente. Tenía el pelo revuelto y el aliento le olía al alcohol cuando le habló.

—James estaba bailando con Evans y Peter no se ríe de mis bromas como tú —dijo a modo de explicación. Después tomó su cuaderno y le echó un vistazo a sus trabajos—. ¿Por qué nunca me dijiste que dibujabas? Te he contado toda mi vida, pero tú no confías en mí para algo tan simple.

Aquella era cierto.

Sirius era un libro abierto y él siempre lo leía. Sabía sobre la relación tormentosa con su madre, la indiferencia de su padre y la sombra que era su hermano menor. Pertenecer a la familia Black era un peso doblegante sobre sus hombros y le costaba decidir qué rumbo le daría a su vida.

Y Remus no había correspondido su confianza. Ellos eran los primeros amigos que hacía luego de haber sido mordido, y nadie había traspasado antes los límites de su espacio personal como lo hacía Sirius.

—¿Qué quieres saber de mí?

—Todo —respondió sin dudar. Se detuvo en el dibujo de su creador y frunció el ceño—. ¿Él fue quien te transformó?

—Trato de no pensar en él a diario, pero no puedo dejar de preguntarme por qué lo hizo. ¿Por qué yo? —narró, esquivando los ojos grises—. Lo único que recuerdo de él son sus ojos amarillentos, sus colmillos sobresaliendo de su boca y su aliento húmedo. Después de que me mordiera, sentí un fuego abrazándome por dentro. Y después llegó la luna llena.

»Con su veneno me condenó a ser una bestia, sin conciencia, sin sentimientos. Nada más que instinto depredador. Arruinó mi vida y también la de mi familia. Y ni siquiera sé el maldito motivo. Lo único que conozco de él es su nombre. Fenrir Greyback.

Sirius arrancó la hoja donde el hombre lobo estaba plasmado, la arrugó y la lanzó al otro lado de la habitación.

—Nunca pensé que podría odiar a alguien sin conocerlo, pero odio a Fenrir Greyback por lo que te hizo. Lo odio —juró—. Y si lo tuviera frente a mí, lo destruiría con mis propias manos.

—Muchas veces he pensando en buscarlo, mirarlo cara a cara y exigirle la verdad. Pero, ¿qué satisfacción me traería? Ninguna. No quita que la luna llena es mi peor enemiga y que me convierto en un monstruo gracias a ella.

—No eres un monstruo, Remus. No para James; no para Peter. Tampoco para mí —aseguró. Sus manos se rozaron ligeramente—. Eres más que la condición que llevas a cuestas.

Era la primera persona que conocía la verdad y que lo seguía prefiriendo a pesar de ella. Se sentía tan bien poder desnudar sus sentimientos frente a otra persona, compartir un poco de su dolor.

—¿Puedo ver la cicatriz?

La pregunta lo tomó por sorpresa, pero accedió. Se quitó la camisa de franela que llevaba puesta y se la enseñó. La marca se encontraba en su abdomen, justo debajo de su ombligo, y sobresalía en un color rojizo.

Sirius se inclinó hacia adelante y la delineó con sus largos dedos. Remus lo contempló dividido entre el nerviosismo y la curiosidad. Sintió un suave cosquilleo en la piel que él tocaba. Nadie conocía la marca que lo había sentenciado. Ni siquiera sus propios padres.

Retuvo el aire en sus pulmones, expectante al próximo movimiento. Sirius le besó la cicatriz. Fue apenas un roce de sus labios con su cuerpo, pero despertó algo dentro de su ser.

—¿Cómo se sintió eso?

—Bien —balbuceó.

—Ahora tienes un nuevo recuerdo sobre ella —dijo. Tenía la voz rasposa y los labios húmedos—. Cuando veas la cicatriz, pensarás en mí y no en lo que te hizo.

Después se quedó profundamente dormido a su lado.


IV.

La idea fue de James.

—Me parece un proyecto demasiado ambicioso —dijo Peter. El cabello pajizo le caía sobre los ojos—. Una cosa es hacer explotar los calderos del aula de pociones, pero otra muy diferente es crear un mapa que muestre los terrenos de Hogwarts. Y ni hablemos de encantarlo para que muestre la ubicación de cada persona.

—Cuando descubrimos que Remus era un hombre lobo, nos llevó tiempo encontrar la forma de que pudiéramos estar con él. ¿Cuántos libros leímos? ¿Cuántas veces entramos en la Sección Prohibida? Hasta que tú hallaste la forma: volvernos animagos —le recordó para convencerlo—. Pensamos que sería imposible porque éramos jóvenes e inexpertos, y en medio año lo conseguimos. —Se volteó en dirección a Remus—. ¿Qué piensas? Tú eres la mente fría del grupo.

—Peter tiene razón. Es un plan ambicioso, pero podemos lograrlo.

—¡Esa es la actitud! —exclamó su amigo—. Lo primero que debemos hacer es cartografiar cada parte del colegio y de los alrededores.

—Remus y yo podemos encargarnos de eso —intervino Sirius—. Él es bueno dibujando y yo, observando.

—No sabía que te gustaba dibujar —dijo Peter.

—Lo hace de noche, cuando cierra el dósel. Pero no tienen de que preocuparse. Solo a mí me dibuja desnudo. —Las mejillas de Remus se encendieron con su comentario—. Ya me dejo de hacer bromas que Remus se pone rojo como un tomate. Nosotros nos encargamos de hacer el mapa, ustedes busquen la forma de hechizarlo. ¿Cómo lo llamaremos?

—¿La llave de Hogwarts? —propuso James.

—¿El mapa de Hogwarts? —habló Peter.

—¿Qué les parece: el Mapa del Merodeador? —comentó él.

—¡Me encanta! —exclamó Sirius—. Es original y tiene peso, y podemos llamarnos los Merodeadores. Tenemos que buscar nombres claves para cada uno de nosotros. Ya saben, en caso de que nos descubran.

—Podríamos inspirarnos en nuestra forma de animago. James puede ser Cornamenta, Sirius será Canuto y yo seré Colagusano.

—¿Y qué hay de mí? —interrogó—. Yo no tengo forma de animago.

—¿No es obvio? Tú serás Lunático —respondió Sirius.

Oficialmente formaba parte de los recién bautizados Merodeadores.


V.

Se dio cuenta que Sirius le gustaba en el verano de 1976.

Él pasó a buscarlo por la puerta de su casa. Iba vestido con una chaqueta negra que decía «Canuto» en la espalda y llevaba el pelo al viento. Ya le estaba llegando a los hombros, pero le agradaba el aire rebelde que le daba. Estaba con su nueva motocicleta, a pesar de no tener licencia de conducir en ninguno de los dos mundos.

Y estaba empeñado en que Remus se distrajera.

Él le había mandado una lechuza, contándole sobre la enfermedad de su madre. El doctor decía que su padecimiento no se debía a una dolencia física sino a la tristeza que llevaba en el alma. Y Remus tenía el firme pensamiento que era su culpa.

Su madre nunca se había acostumbrado a los horrores que habitaban en el mundo mágico y, después de la muerte de su padre, le costaba lidiar con las transformaciones durante las vacaciones. No era sencillo para ella encerrarlo en el sótano, encadenado, porque siempre existía el temor que la poción fallara y pudiera hacerle daño.

Remus sabía que Sirius tenía sus propios problemas. Se había fugado del número doce de Grimmauld Place y lo habían repudiado por ello. Y, sin embargo, estaba allí para él.

—Pensé que James venía contigo.

—Solamente somos tú y yo —respondió él con una sonrisa ladeada—. Vamos, tengo que ver a una chica.

Sus palabras hicieron que su sonrisa se borrara. Se puso el casco de mala gana y se sentó en la parte trasera de la motocicleta. Sus manos se aferraron al abdomen tonificado del chico. Cerró los ojos en cuanto el motor rugió; Sirius era amante del viento, la velocidad y de la adrenalina.

Atravesaron la ciudad en cuestión de minutos, zigzagueando entre los automóviles, hasta llegar a la entrada del Caldero Chorreante. Al otro lado de la calle un cártel de neón tintineaba. Sirius aparcó la moto y se dirigió al establecimiento.

—Ve pidiendo dos cervezas en lo que regreso.

«Creí que estaríamos juntos», pensó desanimado. «¿Por qué tiene que encontrarse con una chica a solas?» Miró una vez más el cartel de neón. Tenía forma de una serpiente, pero al mirarla fijamente se deslizaba y formaba la palabra «Vanity's».

Remus se acercó a la barra y pidió las dos cervezas de mantequilla. Encontraba gracioso que, aún después de haber probado el whisky de fuego, Sirius la siguiera bebiendo. La camarera le trajo las bebidas a la brevedad y le guiñó un ojo, seguido de un «guapo». Él se sonrojó como única respuesta y volvió su atención a la cerveza.

Pasaron quince largos minutos. Cada tanto echaba un vistazo a la serpiente fosforescente, buscando a Sirius. Al final decidió cambiarse a una mesa, para evitar las miradas curiosas.

Sirius regresó cuando el atardecer se filtraba por las ventanas estrechas.

—Siento la demora. Pensé que habría menos gente —comentó—. ¿Conoces a Emma Vanity? Va en nuestro mismo curso, pero en Slytherin. Su madre es la dueña del lugar. Me hizo un precio especial.

—Me imagino —respondió rodando los ojos.

«¿Estoy sintiendo celos de alguien que no conozco?», se preguntó. Ya sabía la respuesta.

—¿Piensas que tengo algo con ella? —preguntó Sirius, empezando a beber la cerveza—. Es la novia de Peter... o algo así. Follan una vez a la semana. Cuestión: la familia Vanity hace los mejores tatuajes del mundo mágico. Le he enseñado un dibujo y lo ha calado a la perfección.

—No sabía que querías hacerte un tatuaje.

—Fue algo que se me ocurrió este verano. Ya sabes que a veces puedo ser muy impulsivo, pero es una de las mejores decisiones que he tomado. —Sirius se puso de pie y levantó la parte inferior de su camisa. El tatuaje se encontraba allí donde la línea de vello comenzaba—. Es una luna. Emma la ha encantado para que vaya cambiando de acuerdo a sus fases naturales.

El trazo era firme y oscuro y contrastaba con su piel cremosa. La luna se deslizó hacia la izquierda cuando Remus acercó el dedo para tocarla. Tenía un sombreado increíble y, si lo que Sirius decía era cierto, mutaría en cada etapa del mes. Cuando la luna llena cubriera el mundo, el tatuaje adoptaría la misma forma.

—¿Por qué una luna?

—¿Enserio lo preguntas? —Enarcó una ceja—. Es por ti, imbécil. Porque significas mucho para mí.

Ese día se dio cuenta que Sirius le gustaba. Y que a él también le gustaba lo suficiente como para llevarlo grabado en la piel.


VI.

A través de la ventana podía ver los relámpagos que restallaban en el cielo y el aguacero que caía como una cortina opalescente. Nunca había llovido tanto como aquella primera semana de inicio de curso. Lily llegó al encuentro con el cabello goteando y la túnica empapada.

—Tuve clases en el ala oeste y quise tomar un atajo por el patio. Mala idea —se disculpó. Con un hechizo quedó seca como una hoja—. ¿Cómo se encuentra la señora Lupin?

—Mejor, gracias por preguntar. —Lily conocía a su madre porque, como gran coincidencia de la vida, ella había asistido al mismo colegio que su progenitora y se habían reencontrado en su vejez. Pero Lily no conocía su condición de licántropo—. ¿Qué piensan de mis dibujos?

—Mi madre los llevó a l galería y quedaron encantados con ellos. Quieren que hagas más dibujo para armar una exposición en las vacaciones de invierno —comentó emocionada. Le devolvió el bloc con todas sus obras—. Y tienes que empezar a firmar los dibujos.

Había pensado mucho en el asunto. No se sentía cómodo usando su nombre real; su apodo, en cambio, sí lo representaba. Al fin y al cabo, así lo llamaban las personas que lo rodeaban.

—Los firmaré como «Lunático».

Lily sonrió.

—Algún día tendrán que contarme la historia detrás de sus apodos —contestó—. Al mirar los dibujos, no he podido pasar por alto que el protagonista siempre es el mismo y que tiene una gran similitud con cierto chico egocéntrico que conozco. ¿Qué hay entre tú y Black?

—Ni yo lo sé. —Remus eligió ser sincero—. Hemos tonteado por años, tiene un tatuaje inspirado en mí, pero nunca pasó nada.

—Eres un buen chico, Remus. Lo llevas grabado en los ojos. Si te gusta Black, deberías decírselo. Sería un tonto si te rechazara.

Volvieron juntos a la Torre de Gryffindor. Allí se encontraron con James y Peter jugando a los naipes explosivos. Inexorablemente, buscó a Sirius con la mirada pero no lo encontró en la sala común. El fuego crepitaba y el ambiente se teñía de un halo cálido.

Subió las escaleras en dirección a la habitación. Allí lo encontró sentado sobre su cama, con el Mapa del Merodeador sobre las piernas. Un relámpago iluminó el cielo y también su ceño fruncido. Masticó un «hola» cuando pasó a su lado.

—¿Sucede algo?

—Sabes que a James le gusta Evans, ¿verdad? —inquirió—. Deberías mirar en otra dirección. —Al ver la expresión confundida de Remus, agregó—: Los vi con el mapa. Pasaron toda la tarje juntos... demasiado juntos.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—¿Estás celoso? —Sirius le arrojó una almohada como respuesta—. Lily me estaba devolviendo unos dibujos que le di antes del verano. Su madre trabaja en una galería de arte y me contó que estaban buscando jóvenes talentos para armar una exposición. Esto es lo que he hecho en las vacaciones.

Tomó el cuaderno que contenía sus trabajos y se los enseñó. Sintió su rostro enrojecer cuando Sirius contempló el primer dibujo. En ningún momento dijo nada, se limitó a escrutarlos uno a uno, y eso hizo que aumentaran los nervios en él.

«Por favor, di algo», pensó. «Aunque sea que no te gustan.»

—Soy yo —dijo como si acabara de descubrirlo—. Lunático, de verdad te ha gustado mi tatuaje, ¿eh?

Sirius se puso de pie y caminó en su dirección. Sus ojos tenían un brillo oscuro, magnético. La garganta se le secó de repente. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración errática, sus dedos rozando los suyos.

Él le colocó el bloc de hojas en la mano izquierda y la pluma en la derecha.

—Quiero que hagas uno de tus dibujos —susurró contra su oreja y le lamió el lóbulo. Una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo—. Pero esta vez que sea de cuerpo completo.

Y dejó caer sus pantalones.


VII.

Besar a Sirius era la sensación más increíble del mundo. Tenía los labios finos, pero suaves, que le marcaban el compás cuando la danza entre sus bocas comenzaba. Su lengua, húmeda e inquisitiva, lo recorría a voluntad. Sus besos sabían a veces a menta; otras, a cigarrillos muggles. Y siempre a otoño, a rebeldía, a juventud.

Cualquier lado era bueno para besarse: detrás de los invernaderos, un aula vacía, el armario de escobas o el dormitorio cuando los demás dormían. A veces hasta se colaban detrás de un mohoso tapiz solamente para sentirse. Sirius acostumbraba susurrar un «Lunático» entre beso y beso, o «sabes a chocolate».

Y lo mejor era cuando sumergía sus manos por debajo de la camisa, recorriendo cada retazo de piel que quedaba expuesta, creando remolinos de emociones a su paso. Comenzaba por las costillas, descendía por su vientre convexo y se recreaba en el relieve de su cicatriz. Aquella caricia despertaba algo salvaje en él, algo animal, y Sirius lo sabía, por eso siempre sonreía y lo volvía a besar.

¿Por qué no se le había ocurrido besarlo antes?


VIII.

Querido Lunático:

Sigo viviendo en la casa de los Potter, a pesar de que mi tío Alphard me ha dejado como su único heredero. La señora Potter dice que vivir permanentemente en el Caldero Chorreante no es una buena opción. Estamos de acuerdo en que el sabor de la comida es cuestionable, pero sí comía lo que hacía Kreacher, encontraré el modo de sobrevivir.

James se sigue quejando del olor de mis calcetines. Dice que en Hogwarts no lo siente tanto porque se mitiga con el de Peter. Yo tengo que soportarlo todo el tiempo hablando de Evans —que ha aceptado salir con él, por cierto—, y el ingrato no es capaz de tolerar mis pies sudorosos.

He escuchado nuevos discos, así que prepárate para escucharme desafinar cuando volvamos al colegio. Hemos salido en mi motocicleta. Unos aurores muggles —creo que se llaman policías— estuvieron a punto de pillarnos. Quizás íbamos un poco rápido... Vale, íbamos bastante rápido. Pero usamos los cascos en todo momento y no salimos lastimados.

La señora Potter nos ha prohibido volver a usarla. Y también descubrió que fumo cigarrillos muggles. Así que nada de humo por el resto del verano.

Te extraño tanto, Lunático. Y, no te voy a mentir, me he tocado pensando en ti. No puedo dejar de pensar en la forma que me follaste en la Casa de los Gritos; yo con las rodillas ancladas en el suelo y tú lamiéndome la nuca. Por Merlín, Remus. ¿Por qué no me vienes a ver? No tenemos que follar precisamente aquí. Vamos al Caldero Chorreante o a un hotel muggle, lo que prefieras. Yo invito.

Luego del plan guarro, te cuento el resto...


IX.

La luna llena estaba creciente; en el tatuaje de Sirius, también.

La línea de vello negro discurría desde su nacimiento hasta perderse dentro de los pantalones. Remus la siguió con la punta de los dedos, aguardando la reacción del otro. Tenía los ojos cerrados, párpados que languidecían de puro goce. Murmuró un «sigue» y un jadeo brotó de sus labios entreabiertos. Remus, obedeciendo sus deseos, continúo.

El aire, pesado y húmedo, lo envolvía como un sudario. Se inclinó hacia adelante, inspirando el aroma acre de la piel. Lo besó en el punto exacto donde se delineaba el hueso de su cadera. Descendió aún más. Sus muslos estaban sombreados por un vello más suave.

Primero lo tomó con la boca; después con la boca. Lo acarició desde la base hasta la punta. Tímido al principio; con más seguridad cuando Sirius comenzó a gemir. «Lunático», susurró cuando lo engulló por completo. Sonrió por dentro. Le encantaba tenerlo así: con los muslos separados, gimiendo sin pudor, suplicando por más. Le gusta que Sirius le diera esa libertad sobre su cuerpo, que le permitiera recorrerlo a voluntad.

Con él todo era mutuo: el apoyo, el cariño y, también, el placer. Todo lo que le entregaba, volvía por multiplicado. A Sirius le gustaba hacerlo rogar; Remus le concedía todo lo que él le pedía. Sus besos, su lengua y sus orgasmos. No había nadie que lo llevara a la cima como él.

Un gemido ahogado delató el clímax al cual se estaba acercando. Succionó más fuerte y aceleró el ritmo. Sirius elevó sus caderas, buscando profundizar el contexto. Sus dedos largos se enredaron en el cabello color caramelo. Los músculos de las piernas se tensaron alrededor suyo y un sabor salado le inundó la boca.

Sirius se apoyó sobre los codos para encontrarse con sus ojos. Tenía los labios humedecidos y respiraba agitadamente.

—Ha sido la mejor mamada del mundo.

Y lo habría sido si James no hubiera aparecido en el umbral de la puerta.


X.

Los tres compartieron una mirada incómoda.

—Así que están saliendo —carraspeó James. Después de haberlos descubierto en la Casa de los Gritos en pleno acto, habían vuelto al castillo en el más absoluto de los silencios—. ¿Por qué no nos dijeron?

—¿Cómo que están saliendo? —preguntó Peter. Él nunca se enteraba de nada.

James lo golpeó detrás de la oreja.

—Llevan follando desde el principio de año —reveló. Las mejillas le ardían—. ¡Por favor, Colagusano! Si follan en cualquier lado. Siempre vemos sus nombres montados uno encima del otro.

—Vale, Cornamenta. Ya lo hemos pillado —contestó Sirius—. Remus y yo estamos follando. Y estamos saliendo. ¿Alguna otra pregunta?

—¿Han usado mi cama? —preguntó Colagusano.

—Una vez. Pero Remus no acabó en las sábanas —bromeó.

Peter palideció, y los cuatro rieron al unísono. Todo estaba bien.


XI.

—Me da miedo morir sin hacer nada para cambiar el mundo.

—Tenemos diecisiete años, Sirius. Es demasiado pronto para pensar en la muerte.

Él señaló al horizonte que se rasgaba en un hermoso crepúsculo.

—Nosotros no podemos verla, pero más allá de esas colinas se está librando una guerra. Los muggles mueren a diario por los ataques de los mortífagos. Familias enteras son masacradas por pensar diferente y luchar por un mundo diferente —dijo con una seriedad impropia de él—. No quiero que el país colapse en unos años y pensar: «pude ser valiente, pero elegí la cobardía o, peor, la indiferencia». Quiero pelear por lo que creo; quiero hacer la diferencia.

—¿Y si eso te lleva a la tumba antes de tiempo?

—Entonces moriré sabiendo que hice algo para evitar el desastre.

Remus lo observó atónito.

—No pensé que...

—¿Pudiera madurar? —inquirió—. Todo es tu culpa. Desde que estoy contigo me he vuelto más centrado.


XII.

El último día de su último año en Hogwarts amaneció dorado como una manzana.

Una profunda nostalgia lo invadió para armar su baúl por última vez. Remus todavía recordaba sus pensamientos de primer año. Era un niño demasiado tímido, reservado, que pensaba que nunca conseguiría hacer un verdadero amigo; un niño atormentado por la condición que lo transformaba en bestia una vez al mes. Le había costado abrirse al mundo, permitirse estrechar vínculos de amistad y comprender que su condición de hombre lobo no lo definía.

Y todo en parte se lo debía a Sirius, a James y a Peter. Sobre todo a Sirius. En él había encontrado su otra mitad, un complemento que no sabía que necesitaba en su vida. Con él, ya no le agobiaba pensar en el futuro sino que estaba dispuesto a dejar sorprenderse, dejarse arrasar por lo que les deparara.

Remus había obtenido la mayoría de sus TIMO's, pero no estaba seguro de querer seguir una carrera en el mundo mágico. «¿Por qué no sigues con tus dibujos? Podrías participar en más exposiciones y hasta poner tu propia galería e impulsar a otros jóvenes a perseguir sus sueños —le propuso Sirius—. Yo puedo ser tu principal benefactor.» Y ahora estaba decidido a aceptarlo. ¿Qué era la vida sin riesgos?

Sirius, por su parte, estaba decidido a comprar una casa a la que por fin pudiera llamar «hogar». «Ahora que James y Lily van a vivir juntos, no puedo seguir viviendo con sus padres. Y convivir con la pelirroja no es una opción —le dijo y se rió de su propia ocurrencia—. Quiero algo tranquilo y apartado, con dos pisos y un jardín. Y un sótano o un granero para la luna llena. ¿Qué dices? ¿Te vienes a vivir conmigo?» Remus no había podido negarse. Le gustaba la idea de que tuvieran su propio espacio para su vida compartida.

Guardó sus ranas de chocolate, la varita, los dibujos del último mes y todas las fotografías que Marlene McKinnon les había tomado en el Lago Negro. En la mayoría de ellas, Remus sonreía a la cámara mientras Sirius le cubría los ojos para asustarlo o le arrebataba besos fugaces. Sonrió sin poder evitarlo. Cuando tuviera veinte años más, estaba seguro que miraría las fotografías y pensaría: «alguna vez fuimos jóvenes y salvajes, y nos seguimos amando».

—¡Apresúrate, Lunático! O el tren se irá sin nosotros —apremió Sirius—. ¿Quieres que te ayude con el baúl?

—Solo estaba pensando —respondió. Tiró las camisas y los pantalones, y lo cerró—. Ya estoy pronto.

Sirius se acercó a él y le pasó los brazos alrededor del cuello.

—Ya sé que estabas pensando en mí. Soy irresistible. —Lo besó en los labios suavemente. Remus los entreabrió para recibir su lengua, pero Sirius se alejó repentinamente, dejándole un vacío en el pecho—. Ya sabes que tengo dos extremos: hablo constantemente o no sé expresarme con claridad. Pero quiero que sepas que te quiero. Te quiero más que a cualquier cosa en este mundo.

—¿Incluso más que al Quidditch?

—Incluso más que al Quidditch —contestó Sirius, rodando los ojos—. Eres lo mejor que me ha pasado, Remus. Sin ti, hubiera colapsado.

«Si tú habrías colapsado, ¿qué dejas para mí?», se preguntó. Volvió a acortar la distancia entre ellos como respuesta.

—También te quiero, Sirius.

Los dos chicos arrastraron sus respectivos baúles por las escaleras hasta la sala común. Entre bromas y besos se dirigieron hasta la estación de Hogsmeade. James, Lily y Peter se les unieron a mitad de camino. El sol brillaba sobre sus cabezas a medida que se alejaban del castillo que los había visto crecer. Una lágrima solitaria rodó por el rostro de Lily; James la capturó con su pulgar antes que llegara a sus labios.

—No llores, Lily.

—Es que es tan triste —dijo ella con la voz temblorosa—. Hemos pasado siete años de nuestra vida aquí. Es como si un pedazo de mi corazón se quedara entre esas paredes.

—No tiene que ser un adiós definitivo —dijo Peter.

—Algún día volveremos —aseguró Remus—. Y Hogwarts nos recibirá como la primera vez.

Tomaron el tren con la confianza que sería así.


Nota de la autora: Dani H. Danvers me retó a escribir un Wolfstar en Hogwarts y este es el resultado. Quise hacer como un popurrí de los momentos más importantes para ellos en esa época, mostrando como surge el romance entre ellos y también un poco de los Merodeadores como tal. Traté de hacerlo lo menos triste posible, que al fin y al cabo es la época más feliz que deben haber tenido. Siempre me ha gustado la idea que Remus dibujara y aquí tuve la oportunidad de plasmarlo. En cuanto al tatuaje de Sirius: me gustó la idea y así quedó.