Capítulo 6

Una ola de diferentes emociones invadió el corazón de Alice. La respuesta de su cuerpo ante la propuesta de Jasper fue instantánea: su estómago se encogió anticipando el placer que él le proporcionaría, sus muslos se tensaron para contener la excitación de su entrepierna y sus senos se pusieron erectos deseando que los acariciaran, con la misma suavidad con la que él acariciaba su mano.

La respuesta más fácil era un sí.

Ella deseaba irse con él, deseaba conocerlo mejor, pero el deseo era tan intenso que la asustaba. Aquello no sólo era curiosidad. Ni tampoco un experimento que pudiera controlar.

Y tenía que tener en cuenta otros aspectos.

Se suponía que iba a pasar la noche en casa de Edward. Su hermano se preocuparía si no aparecía, así que tendría que avisarle. Un mensaje de texto bastaría. Sin duda, Edward le repetiría lo que ya le había dicho antes: Asegúrate de que sólo se trata de sexo y de que no te enganchas a él.

Un buen consejo. Pero Alice tenía la sensación de que ya se había enganchado. Aunque si Jasper llegaba a exigirle demasiado, ella tendría la fortaleza necesaria para separarse. De momento, le ofrecía cenas maravillosas y, probablemente, una relación sexual estupenda. Ella debería ser capaz de aceptar ambas cosas y disfrutar de ellas sin problema.

–¿Qué reservas tienes al respecto, Alice?

El orgullo no le permitía admitir que tenía miedo del poder que tenía sobre ella. De pronto, le parecía tremendamente importante parecer fuerte y valiente, no sólo por él, sino también por ella. Forzó una sonrisa.

–Ninguna. Estaba pensando que no quiero quedarme con la duda, así que ¿por qué no?

Él se relajó y soltó una carcajada.

–Eres una mujer impresionante.

Alice arqueó las cejas con sorpresa.

–¿Por qué?

Él sonrió.

–Antes de conocerte esperaba encontrarme a una princesita o a una mujer calculadora, acostumbrada a conseguir lo que quiere. Fue una sorpresa descubrir que no eres ninguna de las dos cosas. Pero eres muy bella, Alice, y las mujeres bellas tienden a emplear ese poder para ver hasta dónde puede llegar un hombre por conseguirlas.

–No me gustan los juegos de poder –dijo ella, que odiaba cualquier tipo de manipulación.

–No. Eres muy directa diciendo lo que piensas –levantó la copa para brindar–. Por que siempre lo seas.

Ella ladeó la cabeza y lo miró pensativa.

–¿Tratabas de engatusarme con lo de la comida?

Él negó con la cabeza.

–Quiero algo más que una aventura de una noche contigo. Estoy seguro de que disfrutaré de nuestra aventura culinaria.

–Yo también.

–Entonces, estamos de acuerdo respecto a dónde nos encontraremos.

Ella se rió y dijo:

–¿Me disculpas un momento? –dijo ella, poniéndose en pie–. Tengo que ir al lavabo y llamar a mi hermano.

–¿A tu hermano? –preguntó él, frunciendo el ceño.

–Le había dicho que pasaría la noche en su apartamento. No quiero que Eddie se preocupe por mí.

–¡Ah! ¡Por supuesto! No querías que tu padre se enterara. Yo no le contaré nada, Alice –le aseguró.

Ella se detuvo un instante y lo miró fijamente.

–Si no lo cumples, Jasper, no volveré a verte.

–Comprendido.

«Una aventura secreta», pensó Alice mientras se dirigía al lavabo. De algún modo era algo menos amenazante que una relación de la que se suponía tendría que hablar. Edward tendría que enterarse, pero ella sabía que podía confiar en él.

Sin embargo, en cuanto le envió el mensaje de texto, sonó su teléfono.

Alice suspiró y contestó, consciente de que Edward iba a mostrarle su preocupación.

–Dijiste que no te ibas a derretir a sus pies –comentó con desaprobación.

–Estoy en pie y he escogido el camino que quiero. Igual que tú, Eddie –le recordó.

–Eres más joven que yo, Alice. Y no has vivido tanto. Te lo advierto, ese chico sabe jugar a todas las bandas. Deberías estar un poco más en guardia.

Alice sabía que su hermano trataba de sobreprotegerla por la relación que Jasper tenía con su padre, pero ella ya se había ocupado de ese tema. Y hasta que no volviera a salir, estaba decidida a ignorarlo y a disfrutar del placer.

–Esto es lo que quiero, Eddie. ¿Está bien?

Edward permaneció unos segundos en silencio y ella lo imaginó apretando los dientes tras oír sus palabras.

–Está bien –dijo con resignación–. ¿Te veré mañana?

–Si estás en el apartamento cuando vaya a recoger las cosas que he dejado allí, sí.

–Estaré. Espero que esto no sea un gran error, Alice.

–Yo también. Hasta mañana.

Alice se miró en el espejo mientras se retocaba con el pintalabios. Le brillaban los ojos. ¿Por la emoción? Al día siguiente sabría si se había equivocado en su decisión. Eso era mejor que quedarse con la duda.

Jasper se puso en pie cuando la vio acercarse de nuevo a la mesa.

–¿Estás preparada para marchar? –le preguntó cuando llegó.

–Sí. ¿Has pagado?

Él asintió.

–Y he dejado propina. El servicio ha sido estupendo.

–Desde luego. No hemos tenido que esperar demasiado para nada.

Él sonrió y la agarró del brazo para atraerla hacia sí.

–Me alegra que no te guste esperar –le susurró al oído.

Alice se estremeció al sentir su cálida respiración. Mientras se dirigían a la salida, respiró hondo para calmarse.

–Me atrevería a decir que nunca te hacen esperar mucho, Jasper –dijo ella.

–Te equivocas –la miró con ironía–. Hay cosas para las que he esperado durante años.

–¿Como qué?

–Metas personales, Alice. Supongo que estarás impaciente por iniciar tu carrera profesional, pero tendrás que esperar a tener el título.

–Sería estupendo que consiguiera arrancar por mí misma –convino ella, preguntándose cuáles serían las metas personales de Jasper y por qué le provocaban un sentimiento tan intenso. «Un hombre peligroso», pensó ella.

–Estoy seguro de que encontrarás la vida laboral muy gratificante, cuidando del entorno como haces –comento él.

Alice decidió no seguir investigando. Más tarde, durante la noche, cuando bajara la guardia y estuviera más relajado quizá le contara más cosas sobre sí mismo. Podría esperar. O quizá sus metas tuvieran relación con su padre. Y en ese caso, Alice prefería no saberlas. No esa noche. Esa noche quería explorar otras cosas completamente diferentes y no quería que nada la estropeara.

Cuando salieron a la calle, ella agarró el brazo de Jasper y sintió sus poderosos músculos. Al instante, una imagen de Jasper desnudo invadió su cabeza.

–El hotel está a tres manzanas de aquí –dijo él con una sonrisa–. ¿Podrás caminar tanto con esos zapatos tan eróticos o quieres que llamemos a un taxi?

Ella se rió.

–Puedo caminar, siempre y cuando vayamos dando un paseo y no a marcha forzada.

–Nunca te forzaría a nada, Alice. Esto es elección propia –dijo él muy serio.

Era agradable oír que ella no corría ningún riesgo físico con él.

Curiosamente, no se le había ocurrido que pudiera estarlo. Sólo se había preocupado del riesgo emocional. Ningún hombre la había afectado tanto como Jake.

–¿Y por qué has elegido un hotel? –preguntó mientras caminaban–. ¿No podíamos haber ido a tu casa?

–Mi casa apenas está habitable. Es un ático y estoy en plena reforma. Hay cosas por todos sitios. Espero que cuando lo termine quede precioso, pero para eso falta mucho. Sólo tengo tiempo para trabajar en él los fines de semana.

–¿Estás haciendo tú la reforma?

–No toda. Sólo la carpintería. Mi padre me enseñó el oficio y disfruto mucho haciéndolo.

–¿Tu padre era carpintero?

–No, era ingeniero, pero le encantaba trabajar la madera. Era una afición que compartió conmigo durante mi infancia.

Su tono afectado indicaba que había tenido una relación muy especial con su padre mientras que Edward sólo había conocido la crítica y la desaprobación por parte de su padre y ella había aprendido a evitar el tipo de contacto que inevitablemente llevaba al enfrentamiento. Habían tenido unas vidas tan diferentes…

Era probable que Jasper consiguiera mantener vivo el lazo que había tenido con su padre a través de la carpintería, aunque el domingo anterior también había contado que le gustaba relajarse haciendo algo físico. Ir al gimnasio no era su única manera de relajarse, y a Alice le gustaba la idea de que también hiciera algo creativo.

Jasper trabajaba para su padre, pero era evidente que no era como él.

Ella se lo contaría a Edward al día siguiente. Entretanto, no pudo resistirse y acarició la mano de Jasper.

–No tienes la piel áspera –comentó ella.

–Llevo guantes para hacer el trabajo duro. Tú también deberías hacerlo–le sujetó la mano y se la acarició–. No tienes ni un callo.

–Mi madre me enseñó que las mujeres siempre deben proteger sus manos.

Él se detuvo un instante y le acarició la mejilla. Después, la agarró por la cintura e inclinó la cabeza para besarla. No importaba que estuvieran en una calle del centro de la ciudad rodeados de gente. Alice sintió que el deseo se apoderaba de ella al sentir los labios de Jasper sobre los suyos y se estremeció al experimentar una intensa ola de sentimientos que nunca había experimentado antes.

Aquel beso no era un simple beso. Era una total invasión que escapaba de su control y provocaba que ella ardiera de deseo por aquel hombre. Alice estaba consumida por su manera de reaccionar ante él, y su respuesta era demasiado poderosa como para poder racionalizarla.

Lo deseaba.

Más de lo que jamás había deseado nada.

Jasper se retiró para cortar el beso, apoyó la cabeza de Alice sobre su hombro y le acarició la espalda.

–No debería haberlo hecho, pero llevaba toda la tarde deseándolo –murmuró–. ¿Estás bien para seguir caminando, Alice?

–Sí –suspiró ella, para tratar de aliviar la tensión que invadía su pecho–,siempre y cuando sigas agarrado a mí.

Él soltó una carcajada muy sexy.

–El problema va a ser tener que soltarte, no seguir agarrado a ti.

–No pensemos en problemas ahora –dijo ella, alzando la cabeza para mirarlo con deseo–. Sólo quiero pensar en lo que podemos tener juntos.

–Yo también –contestó él, acariciándole la mejilla como si fuera algo muy preciado–. Ya no queda mucho para el hotel.

–De acuerdo. Dame tu brazo.

Él la abrazó contra su cuerpo. Alice sintió que el temblor de sus piernas disminuía a medida que seguían caminando en silencio. Se movían envueltos en una bruma de deseo mutuo, impacientes por satisfacerlo.

Una vez en el hotel, se dirigieron a la recepción donde Jasper pidió la llave de la habitación. Cuando se dirigían al ascensor, él murmuró:

–He reservado una habitación con vistas al jardín botánico. Pensé que te gustaría disfrutar de las vistas durante el desayuno.

Alice se llenó de felicidad. Él había pensado en ella y había planificado cómo darle placer. Aquello no sólo se trataba de sexo. Iban a compartir algo más. Mucho más. Había tomado la decisión correcta. No le importaba hasta dónde podían llegar ni cuándo terminaría aquello. Él era el hombre con el que el a deseaba estar.