Cuando Milo escuchó de niño sobre las colonias asentadas en otro continente, le fascinó la idea de conocer el "más allá", pero en realidad nunca se imaginó a sí mismo viajando en barco y alejándose de su familia. Hasta ese día en que tomó la herencia que le habían dejado en vida sus padres y la vendió, con el fin de que el mar lo alejara de su pasado. Después de todo, aquel lugar ya no tenía nada que ofrecerle, nada después de que él y su cabellera pelirroja salieran de su vida.

Durante el viaje, los marineros disfrutaron de alterar los nervios de los pasajeros contando historias de monstruos acuáticos y de los espíritus que quedaban vagando en las aguas. Y para que no se sintieran a salvo, aún después de tocar tierra, también les compartieron las leyendas más populares de las colonias que los perseguirían al llegar. Milo ya había dejado de creer en fantasmas y criaturas. De hecho, le hubiera gustado que de verdad existiera la posibilidad de, como mínimo, asegurar que podría volver a verlo en otra vida. Pero había cosas que un alfa no podía lograr ni aún con todas sus mortales ventajas.

Al desembarcar, Milo se hizo de nuevas tierras que incluían una mansión descuidada. Necesitaría trabajar, mucho, pero algunos de los prolíficos betas que habitaban la zona le ayudaron a levantar su nueva hacienda. La primera cosecha le dio una pequeña ganancia y sus trabajadores, en agradecimiento por su trato y pago justos, acordaron seguir apoyando la tienda de raya que había abierto como resultado de una nueva inversión.

Tan agradecidos estaban los trabajadores con el nuevo hacendado que le contaron de un lago mágico, cuya criatura podía conceder un deseo o comerse a cualquiera que pasara por ahí. Pero estaban seguros de que Milo conseguiría el favor de la criatura del lago.

—No creo en esas cosas —reafirmó Milo a sus entusiastas betas.

—Tal vez no crea, pero nadie que tenga un deseo muy intenso puede resistirse a ir —le comentó Kiki, el más joven—. Es especialmente tentador para los alfas y omegas; tanto que ninguno ha reclamado esa tierra maldita. Dicen que todos los que han desaparecido fueron ahí y nunca regresaron.

—Entonces quieres que no regrese. ¿Es eso?

—No, al contrario. Estamos seguros de que el Sr. Milo logrará regresar sano y salvo. Y feliz.

Milo no vio malicia en los ojos del niño ni de sus demás trabajadores, sino una genuina preocupación por su estado de ánimo y deseo por ayudarlo. Pero debía de tener cuidado. En especial de las intenciones de la gente que se deja llevar por supersticiones con una completa falta de juicio y sentido común. La bondad o maldad de su voluntad era lo de menos. Era como si hubiera decidido seguir las difusas e imposibles visiones rojas que lo acechaban tras cada esquina y que lo habían seguido hasta ahí. De haberlo hecho habría perdido su propia dignidad.

—Olvidemos eso. ¿Tienes lo que te pedí?

—Sí señor. Los documentos y el mapa sellado, y a su nombre —Kiki le entregó el sobre con su mandado—. Todo está ahí —sonrió.

Conforme la temperatura descendía, el olfato de Milo tenía más problemas para reconocer su entorno, como de costumbre. Aún así, el aroma a flores que llegaba hasta él se hacía cada vez más intenso y lo relacionó con algo que debía de estar cerca de sus tierras

Para alejarse del bullicio de las festividades de cierre de año, Milo decidió que sería un buen momento para dominar el largo y ancho de sus dominios. Cubiertos de cada vez más nieve. Con este fin, cabalgó por horas intentando seguir el mapa y lo que recordaba de sus fronteras despejadas, pero terminó perdido en medio del frío y sin nadie cerca; excepto por las ráfagas rojas que lo aturdían cada vez más.

No se percató de en qué momento llegó a un claro, donde el invierno parecía que aún no tocaba a su puerta. Aliviado de haber encontrado un cuerpo de agua descongelado, Milo acercó a su caballo para que descansara. Más tranquilo, intentó ubicar el sol y su posición; pero sólo estaba seguro de estar lejos de sus tierras.

Cuando vio al hombre pelirrojo al dar la media-vuelta no se sorprendió, el agotamiento podía hacerle pasar muy malos momentos. Lo que sí le extrañó fue el aroma a una especia muy particular que emanaba de él. Volteó avergonzado de querer ir tras esa alucinación y se concentró en su reflejo y el de su caballo. Pero cuando éste le devolvió además la imagen de uno de sus hermanos, supo de inmediato que estaba ante otro fenómeno.

Acorralado por el agua, el cuerpo de su animal y el ser que usurpaba la figura y aroma de alguien muy querido, Milo se puso en guardia. Deseó haber portado una espada o por lo menos una daga, pero estaba indefenso. Aquella visión, que no había sentido acercarse, le sonreía ampliamente y al mismo tiempo comenzó a llorar.

—Vaya que eres especial —dijo la criatura, imitando incluso la voz profunda de Kanon—. Tengo que darte crédito. No todos logran evitarme. Mucho menos reconocerme.

—¿Quién eres?

—Soy quien tú desees. Un amor perdido. La persona con quien compartiste tus mejores momentos. Tu destino.

—Lo dudo.

—No mientas.

El aliento fétido de aquel ser se metió por la respiración de Milo, casi contenida para no inhalar sus engañosas feromonas.

—Si fueras cualquiera de ellos ya te habría golpeado.

—Interesante —los ojos de la criatura se cerraron de forma antinatural—. Está bien —continuó—. Fingiré que te creo y también haré como que no huelo tu miedo. ¿A qué has venido?

—Me perdí.

—Pero sabías de este lugar —siseó—. Nadie que no quiera llegar, puede entrar a mis dominios.

Milo quiso negar su afirmación pero, aunque la criatura mintiera, sabía que una pequeña parte de él lo había considerado por un segundo.

—Bien, me alegra que empieces a ser honesto.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Milo con su voz de alfa acentuada para ver si podría someter a la bestia. Pero no logró nada.

Esos ojos volvieron a parpadear, inquietantes, y se acercaban sin perder su calculadora frialdad. Remarcada por el azul marino de su hermano. Milo no opuso resistencia cuando esa lengua se deslizó por su sien, y fue entonces que se dio cuenta de que estaba temblando. El aire era cálido, casi podía decir que primaveral, pero Milo se forzó a recordar que era invierno. Algo dentro de él debía de estar reaccionando a la realidad y no a la criatura y a sus engaños. De no ser así no se lo perdonaría.

—Manzana —pronunció la bestia al poner algo de distancia—. Odio las frutas —espetó al abandonar el espacio personal de Milo.

El joven alfa, aún aturdido, jaló las riendas del caballo que ya de por sí tenía tensas. Debía montar y alejarse cuanto antes, pero no quería darle la espalda a esa cosa.

—Cuéntame sobre ellos dos. Si me divierte lo que digas, te dejaré ir.

—No es una historia divertida —soltó Milo.

—Eso lo juzgaré yo. Empieza —pronunció la bestia con una voz hueca que Milo sintió resonar hasta el tuétano.

Era una orden, una amenaza, una oportunidad. Milo nunca había sentido tanto miedo, ni aún cuando Saga se había hecho sentir en él en el pasado. A ese hombre lo odiaba, pero no le dolía odiarlo. Casi de inmediato, y por reflejo de defensa, se acordó de Kanon; su hermano favorito. La única persona a la que había considerado familia.

Entonces Milo sintió como sus labios cobraron vida y contó su historia. Habló sobre el amor que sentía por el hermano menor de los gemelos, que siempre lo ayudaba y protegía; pero que nadie apreciaba porque siempre se metía en problemas. Sobre cómo un día creyó haber encontrado a la persona con quién pasaría el resto de sus días. Un "omega" de buena familia. El más gonchizo que jamás hubiera conocido. Y guardó silencio. Las lágrimas de Milo empezaron a hablar por él y, cuando salió del embrujo al que lo había sometido la bestia, se dio cuenta de que estaba en un sendero que lo llevaría hasta su hacienda.

De alguna manera, Milo seguía en una pieza; sin su caballo, pero vivo. Algo le decía que debía de comprar un animal nuevo. O mejor se daría en Ichnua un carruaje sencillo para no volver a salir solo a ningún lugar.

*. *. *. *. *

.