Nunca antes llegar a un lugar había hecho sentir a Milo tan a salvo. La gente chocarrera, el aire helado, las paredes discretas e impenetrables de los edificios. Pero sobre todo, Milo pensaba que sería porque esa extensión podía llamarla suya: su gente, su espacio, su morada. Había algo en todo eso que le había regresado la calma perdida. Las amplias y desgastadas habitaciones de su hacienda le parecieron hasta acogedoras. Vacías, pero seguras.

Después de un encuentro cercano con un depredador sentía su piel pegajosa. Así que fue hasta su cuarto, luego de pedir que le subieran agua caliente, para quitarse el sudor y la saliva que parecía haberse impregnado en sus poros. Impidiendo que su respiración recobrara su ritmo acompasado.

—Cumplir un deseo. Mis gunchos —farfulló Milo mientras sumergía la cabeza en la tina.

Suerte había tenido, eso Milo no lo negó. Pero la falsa publicidad casi le había costado la vida. Nadie le creería, mas se enorgulleció por haber conseguido la oportunidad de contarlo. Esa misma adrenalina llevó al alfa a querer investigar sobre la criatura. Tendría que ser una bestia monstruosa, poderosa y temible. Si tan sólo Milo hubiera puesto atención a los detalles de los mitos y leyendas, su falta de libros no habría sido un problema.

Aquella larga noche, cuando el cansancio lo reclamó, Milo se vio a sí mismo rodeado de rosas blancas que se teñían de rojo a su paso. Arrancó las flores recién coloradas pero, cuando terminó, de pronto estaba en un océano interminable. Su mismo peso lo fue llevando al nivel de los peces. Uno blanco y uno rojo comenzaron a envolver su cuerpo en una espiral hipnótica, que lo acompañó hasta que el sonido de las aves y los tibios rayos del Sol lo desencantaron. Hacía tanto que no soñaba, pero no le dio importancia.

En vez de eso decidió concentrarse en saber más de la criatura. Su búsqueda llevó a Milo hasta donde se reunían los mercaderes, el tillanqui le decían. Entre bromas, Milo preguntó a sus pocos conocidos betas pero todos estaban más ocupados e interesados por el próximo Ichnua, la fiesta de fin de año más importante de la colonia. Lo más que el joven hacendado logró conseguir, fue nombres con descripciones que no encajaban por completo, o que lo enviaran con una bruja que tal vez podría ayudarlo. Milo se sorprendió al darse cuenta de que sus tierras compartían sendero y el mismo río alimentaba sus cultivos; aunque más que tierra de siembra, las de la mujer parecían planicies deshabitadas.

Milo se aseguró de no ir sólo y, al llegar, la poca tierra que aún se asomaba por debajo de la nieve no le indicó señales de movimiento. Aunque inquirió que sería por los varios caminos empedrados que no había huellas notables. El aroma a flores que bien reconocía lo acompañó y guió hasta la edificación principal, pero Kiki no podía percibir tal olor. Se dio cuenta por ello de que no lo esperaba una bruja, o tal vez lo fuera. Cómo saberlo. Pero aparte sería mucho más.

Armado con algunas monedas y su pequeño acompañante, Milo se dirigió hasta la entrada. Ya se encontraba extenuado, pero era eso o respirar normal y ceder el control de sus instintos.

Los atendió una joven amable; aunque no sabría decir si era bonita o no porque su rostro estaba escondido tras una máscara, al igual que todas y todos los trabajadores de ahí. La beta los pasó a una gran sala con chimenea, decorada con diversas pinturas, y les informó que enseguida serían atendidos. Milo no paraba de imaginar qué tipo de persona sería la bruja si obligaba a sus trabajadores a portar tal uniforme para sus labores diarias. O que no tuviera más que un reclinador individual. Por su parte Kiki estaba bastante emocionado; aún no entraba en la pubertad, pero incluso él había sido afectado por la fuerte marea hormonal del ambiente.

Pasada una hora, una figura apareció en la puerta y Milo hizo que su acompañante imitara su reverencia. Al incorporarse, el hacendado echó un vistazo rápido a aquel rostro femenino, pero sus ropas holgadas impedían saber si era hombre o mujer. El problema con todo omega dominante.

—Lamento haberlos hecho esperar —dijo la bruja con un tono dulce y algo suprimido por el collar metálico que cubría de sus hombros hasta la mandíbula.

—No fue una molestia —le contestó Kiki con ojos embelesados.

—¿A qué debo su visita?

—Mi Señor anda reuniendo información. Parece que está interesado con…

—Kiki —lo interrumpió Milo—. Gracias, creo que puedo contestar su pregunta.

—Señor… —respondió alarmado el pequeño.

—Kiki. Que lindo nombre —cantó la bruja.

La feliz expresión del niño cambió tan de repente que Milo se puso aún más nervioso. No sabía qué hacer con exactitud pero tenía que continuar. Sin rodeos, el hacendado manifestó su interés por los mitos de las criaturas de la zona y que, a falta de libros o algún lugar donde se pudiera documentar, varias personas lo habían dirigido hasta ahí.

—Asumo que le habrán dicho porqué "yo" contaría con la información que le sería útil… Señor…

—Mi señor es nuevo por aquí, habrá escuchado los rumores pero no es prejuicioso —se adelantó a responder Kiki.

—Pero tú sí —los grandes ojos de la bruja se clavaron en el pequeño.

—Me encuentro abierto a aceptar cualquier posibilidad —aclaró Milo—. Hasta hace poco no creía en la palabrería de las personas, pero me he visto motivado a averiguar qué tanta verdad existe entre tanto cuento. Lo que de verdad me sorprende es que pasaran por alto su… porte. Los betas no estarán al tanto, es lógico, pero es obvio que aún para ellos no pasaría desapercibido ni menospreciado. Lo han vendido pobremente.

Los ojos brillantes inquisitivos pasaron de Kiki a Milo y una nueva oleada de feromonas amenazó con hacer que los visitantes perdieran el control.

—Creo que es evidente que "mi apariencia" no es lo primero que les viene a la mente cuando piensan en mi persona.

—¿Y tienen alguna razón? —indagó Milo estoico.

—Puede ser.

—Estupendo —la sonrisa de Milo desconcertó tanto a Kiki como a la bruja. Quien se acercó sugerente al alfa.

—Creo que por fin ha llegado alguien interesante a la colonia —sonrió ella, inflando un poco sus ya de por sí carnosos labios.

—Me halaga.

—¿Y puedo saber su nombre? —preguntó la omega mientras se permitió pasear un dedo por el saco de Milo.

—Se lo diré, si me concede el honor de revelar el suyo primero.

—Afrodite, único heredero de estas tierras.

—Heredero.

—Sí. Así es. ¿Pensó acaso otra cosa?

—Me era incierto, debo admitir —Milo amplió su sonrisa y tomó la mano de Afrodite para acariciar sus suaves dedos.

El brujo retiró su mano temblorosa, pero no logró evitar que Milo detectara la tensión.

—Me temo que sigo sin conocer su nombre, señor.

—Milo. Puede decirme Milo.

Kiki ahogó un grito ante la confesión tan lisónjera de su Señor.

—Milo. Es un buen nombre —cantó Afrodite—, pero… No sé. Esperaba algo más para alguien de su estatus.

—Soy el tercer hijo. Como comprenderá, un apellido no me es necesario.

—Absurdo.

Milo intentó descifrar el significado de esa palabra. Ignoraba si no lo había complacido, pero no iba a ceder. Ya había revelado demasiado.

—Entonces, Afrodite, ¿puede ayudarme?

El aludido lo escudriñó por unos segundos y bajó un poco la intensidad de las feromonas.

—No sé qué espera que le diga. Tengo algunos ejemplares que le pueden interesar, pero nada será gratuito.

—Estoy dispuesto a pagar —Milo sacó su saco lleno con monedas de oro.

—No me interesa el dinero —lo rechazó Afrodite y tomó asiento desenfadado, dejando parados a sus invitados sin el menor decoro.

—Me temo que es lo único que puedo ofrecerle por ahora.

—No sea modesto —la mirada lasciva y la nueva pose de Afrodite no sólo incomodó a Milo. Quien, de no haber considerado la presencia de Kiki, hubiera insultado al dueño de la casa por semejante ofensa—. Un retrato.

—¿Perdón?

—Le dejaré indagar por mi biblioteca por el tiempo que me tome hacer un retrato suyo.

—Señor —gritó Kiki alarmado, jalando un poco la ropa de Milo.

—Me parece justo —contestó el alfa mientras intentaba tranquilizar a su joven acompañante con la mirada.

—Es un trato entonces.

El escalofrío que sintió Milo en ese momento casi lo hizo arrepentirse, pero no estaba en él retirar su palabra. Y, aunque consideró romper con su norma, el hacendado priorizó poner un buen ejemplo al pequeño Kiki. Ya tendría tiempo para lidiar con el hermoso omega que tenía como vecino y con el acuerdo que acababan de hacer.

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