Otra de las condiciones que Afrodite le había dado a Milo para verse, fue que no llevara al niño ni a nadie más con él. El pequeño beta insistió en que no aceptara tal condición, pero Milo sintió que no tenía otra opción falto de una buena disculpa.

—No será diferente a convertirse en comida a domicilio, Señor.

—No creo que él me coma Kiki. No exageres.

—Piense Señor, por favor. ¿Para qué otra cosa le pediría ir solo?

Milo sonrió. Tenía una idea, pero no era lo bastante apropiada para comunicarla al pequeño y coartar su inocencia. De todas maneras, agradeció su preocupación y, como recompensa, le hizo un lugar en las labores menos pesadas dentro de la casa.

"Comida a domicilio", había dicho Kiki, y así de deshonroso se sintió Milo cuando empezó a caminar por el sendero empedrado hasta la entrada principal del vecino. Pero también pensó que tener a un niño, o a un desconocido rondando por ahí, le impediría a Afrodite concentrarse en su retrato. Tal vez las pinturas que había visto antes fueran obra suya; de ser así podría confiar en su sincero interés. Eso, o todo era una treta para destinarlo a algo peor que la muerte. Sólo de una cosa estaba seguro, con todo el forro de abrigos que traía puestos, su temblor no se debía al clima.

—Trae la nariz roja —fue la frase con la que lo recibió Afrodite cuando decidió dejarlo de hacer esperar.

Con una gracia digna de un aristócrata, el vecino de Milo le dio un recorrido por los pasillos de su vivienda. Al hacendado le sorprendió que el reducido número de betas fueran suficientes para mantener limpios los hermosos tapices, cristalería, flores, jardines, muebles, y pinturas que abundaban por cada rincón. Era casi excesivo, pero de algún modo todo armonizaba.

Cuando llegaron a su destino, Milo pensó que la biblioteca sería igual de extravagante, pero lo recibió una de las más amplias y vacías habitaciones que hubiera visto jamás. Si estuviera en mal estado podría ser el reflejo de su salón principal.

—¿Es una broma?

—No —respondió Afrodite pero, al ver la expresión de Milo, se dignó a aclarar—. Necesito espacio para trabajar. Si necesita algo pídalo a uno de mis betas.

—¿Es pago por adelantado? —el tono coqueto no afectó a Afrodite como Milo hubiera querido. De hecho, el omega parecía interesado pero inmune a sus encantos.

Afrodite aprovechó la interrupción de los enmascarados para no contestar. En caravana, los betas colocaron una mesa y una silla al centro, además de los instrumentos de pintura y algunos libros.

Fue una sorpresa para Milo descubrir que, mientras él leía, su vecino sólo hacía un montón de bocetos rápidos que no se prestó a enseñarle. Se vio tentado a dejar salir su aroma para probar la resistencia del brujo, pero sería mejor dejarlo para cuando ya tuviera algo de información que pudiera servirle y así no arriesgarse a quedar con las manos vacías por imprudente. Después de todo aún no encontraba nada que le fuera útil.

Milo no era un asiduo lector. Pensó primero en buscar nombres por todos los tomos y así luego dar con alguna descripción, pero se vio así mismo atrapado en los primeros cuentos. Nada tenían que ver, pero le recordaron a algunas historias que el innombrable le había leído. Su primer impulso fue apartarse, pero le gustaban. No se iba a negar un gusto porque le traía malas memorias. No era tan débil e infantil. No era tampoco culpa suya que escuchara su voz dando vida a las palabras, después de tanto tiempo que habían pasado juntos era de esperarse.

La hora de la cena llegó sin que Milo lo notara y fue de su agrado que Afrodite lo invitara a probar otro de esos platillos tan especiados y calientes, típicos de la región.

—Eres un buen modelo —le dijo su vecino mientras Milo sudaba al sentir su boca arder. El hacendado aceptó el cumplido con la bebida dulce en los labios y luego le sonrió al brujo, intentando disimular el dolor.

Al terminar, acordaron la siguiente sesión y Afrodite lo despidió con una amable sonrisa. Milo no resistió más y no se fue sin antes besar el dorso de la mano de tan encantador omega. "Tal vez sí es un brujo", pensó, "pero uno inofensivo y encantador".

En su camino de regreso, Milo se deleitó recordando los gráciles movimientos de su vecino. Afrodite era una obra de arte viviente. Hasta el frío se desvanecía con su presencia. Haciéndose conciente de sus pensamientos, Milo detectó que comenzaba a sentirse estúpido de nuevo; y aún no se decidía si saberse afortunado o desgraciado al respecto.

—Supongo que aún es temprano para saberlo —se dijo mientras abría la puerta principal de su casa, mas supo de inmediato que era lo segundo y no precisamente por Afrodite.

El ambiente de toda su residencia había cambiado, se veía aún más estrepitoso que el tillanqui en época de cosecha. Los betas que antes sonreían y hacían sin prisa sus labores, ahora iban corriendo de arriba a abajo con rostros que iban del estrés al miedo. Todos los que había contratado estaban ahí, hasta los que descansaban o los agricultores. Las paredes estaban reparadas y cada rincón estaba limpio y preparado para la primera capa de pintura.

—¿Alguien me puede decir qué está pasando aquí? —gritó Milo, pero sólo algunos se atrevieron a mirarlo de reojo.

—Vaya, por fin te dignas a aparecer hermanito.

Milo sintió como su sangre se congelaba al reconocer la voz. Volteó de inmediato para corroborar sus sospechas y enseguida comenzó a desprender sus feromonas.

—¿Qué haces aquí Saga?

—¿Así es como recibes a tu hermano mayor después de tanto tiempo? —detuvo su saludo al sentir la hostilidad de Milo—. Negocios. Supongo que el correo hacia aquí sigue siendo demasiado lento. No seas ridículo. Ya podrás marcar tu territorio cuando terminen de arreglar este basurero.

—No es un basurero. Es mi casa. No tenías derecho a disponer así de ellos.

—Ya me agradecerás luego —comentó displicente Saga y Milo sintió la imperante necesidad de pedirle que se marchara—. Ven, acompáñame —le ordenó el indeseado y arrastró a Milo hasta su despacho. Ahí, al dueño de la hacienda le sorprendió que tan rápido Saga había puesto todo a su gusto. Lo odiaba—. Cierra la puerta —demandó el mayor de los hermanos sentándose en la silla principal detrás del escritorio—. Voy a necesitar tu ayuda.

—¿Para qué?

—Supongo que estás al tanto de la situación de la colonia, Milo.

—¿Y qué con eso, qué tiene que ver la colonia contigo?

La mirada que Saga le sostuvo le advirtió que estaba justo en la línea de lo aceptable.

—Los asuntos de la corona tienen "todo" que ver conmigo. Ya deberías saberlo Milo. Siéntate —ordenó y esperó a ser obedecido—. Bien, mira esto.

Saga le entregó a su hermano unos sobres, cuyo remitente pertenecía a algunas de las familias más prósperas de la colonia. No tenían destinatario, pero Milo no necesitaba leerlas para saber lo que las unía. Todo olía desagradable, por decir lo menos.

—Esas son las tuyas, podrás escoger a tu nueva omega de entre esas familias.

—No puedo creer lo que me estás pidiendo. Es totalmente indigno.

—Es mucho mejor que relacionarse con un gamma sin alma. ¿No lo crees? —Milo quiso contestar cuando Saga empezó a usar su pasado contra él—. Además, esto nos convendrá para aumentar la posición de la familia. Ya es hora de que dejes de jugar —concluyó Saga al sentirse vencedor.

—No estoy jugando.

—Debo decir que tu arrebato por venir hasta aquí me molestó al principio. Pero hasta ese inconveniente lo hice funcionar —Milo percibió un poco del aroma a pino—. Sé un buen chico y no me causes más problemas.

Indignado, Milo dejó los sobres sobre el escritorio y volvió a ponerse de pie.

—Tus problemas no son asunto mío, Saga.

—Claro que lo son. ¿O ya olvidaste quién te dio el dinero para que vinieras aquí? No te creo tan ingenuo para pensar que permitiría que la herencia de la familia se perdiera por un desengaño amoroso. Me lo debes. Sólo te estoy dando la oportunidad de tener un ingreso extra y la posibilidad de limpiar tu nombre. Ya es hora de que dejes de actuar como un niño y sientes cabeza.

—Me encantaría seguir tus tretas, de verdad. En serio. Pero no lo haré. Tengo una vida aquí, y ya encontré a alguien.

—No hablarás en serio. ¿Quién? —quiso saber divertido—. Dudo que hables de ese brujo de dudosa reputación. Sólo un tonto caería en las manos de un omega de semejante calaña —Saga se levantó al ver que su suposición era cierta—. Eres alfa y un Greco. No voy a permitir que sigas enlodando el honor de la familia con tu impertinencia.

—Y supongo que vender mi semilla es mucho más honroso. ¿Qué dirían nuestros padres, si se enteraran de lo que me estás pidiendo?

Saga rió.

—Por favor. Si fuiste tú quien renunció a sus deberes con ellos como hijo menor y puso en venta su legado. Pero, si te importa su opinión, y sabes lo que te conviene, podrás volver un día a casa con la frente en alto.

Milo se quedó asqueado y, sin argumentos, abandonó su propia oficina. Al salir se sintió como otro de los betas danzando entre los dedos de Saga, pero no le sería tan fácil. Ya no era el mismo de antes, el niño que todos podían manipular a su antojo. Esa era su casa y encontraría la manera de demostrarlo.

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