—¿Qué tiene? —preguntó Afrodite, quien ya había empezado con la pieza principal, dejando los bocetos de lado.
—Nada —soltó Milo con la nariz clavada en un libro.
—Está bien, no me diga. No es que me incumba. Pero haga algo con esa cara.
—¿Qué tiene mi cara?
Afrodite alejó la vista del lienzo para dedicarle una intensa mirada a Milo que lo sacó de su lectura.
—Dejando el hecho de que no ha cambiado de página en una hora y que sus exuberantes pestañas ni se han movido, la tensión que refleja va arruinar mis trazos. A menos que lo esté haciendo para prolongar nuestra cantidad de encuentros, en cuyo caso sería un absurdo y poco creativo juego, me gustaría que dejara de hacerme perder mi tiempo.
—Entonces. Quiere que haga algo para pasar más tiempo con usted —Milo sonrió—. Y está celoso porque hay algo que ha llevado mi atención a afuera de esta habitación. Eso es muy halagador, debo admitir.
Afrodite se refugió de inmediato detrás del bastidor para que Milo no dilucidara su expresión, pero el aroma a rosas lo delataba por completo.
—Sólo relaje su cara, es todo lo que me importa.
Milo regresó su vaga atención a la página pero aún no lograba ni enfocar una palabra. Le inquietaban muchas cosas: la presencia de Saga, sus planes y lo que sabía, además de los misterios de esas tierras. Pero en realidad le molestaba sobre manera como, además de querer olvidar su pasado, estaba perdiendo el control de su presente.
—Tomemos un descanso —sugirió Afrodite sacando a Milo de sus pensamientos.
—¿Tan mal estoy?
—Si, y está empeorando —sentenció el omega mientras abandonaba la habitación.
Milo cerró el libro y, siguiendo la dirección de un destello rojizo, vio a través de la ventana los jardines durmiendo bajo una gruesa capa de agua congelada. Casi se perdió de nuevo en aquella imagen, cuando una enmascarada llamó su atención para ofrecerle una bebida dulce y caliente, parecida a un té o una infusión de frutas. Olía casi tan bien como el perfumado aroma que Afrodite había dejado flotando en la sala.
Siguiendo su instinto, Milo fue en busca de su vecino a través de los elegantes pasillos; hasta que su olfato le indicó un tapiz antiguo con motivos naturales y colores demasiado audaces para su gusto. En definitiva era una pieza mestiza, vibrante dentro de su conjunto. Casi enseguida, Afrodite salió desde atrás de la tela con un libro entre manos.
—Ah, lo lamento, sólo vine a… Estaba admirando el tapiz cuando… No quise... —Milo intentó excusarse mientras se apartaba de Afrodite, pero éste no le prestó atención a sus balbuceos y, en lugar de eso, le tendió el ejemplar que había traído consigo.
Intrigado, Milo lo tomó y empezó a buscar entre las páginas, pero aún no lograba unir las letras adecuadamente; así que apartó su vista para mirar a Afrodite. El omega, para goce de su observador, había sustituido su protector anterior por una gargantilla más discreta.
—Gracias por el ponche —dijo Milo observando la piel que había quedado al descubierto desde los hombros hasta el mentón de Afrodite. Pensó que este acto lo incomodaría, pero todo lo contrario. Su vecino alzó el rostro para dejarlo observar y lo giró para que lo siguiera de regreso a la habitación de trabajo. Debían continuar con su retrato.
—Es raro encontrar a un alfa a quien le guste lo dulce —comentó Afrodite durante el camino.
—Es una de mis debilidades, debo admitirlo.
—Una de muchas —continuó el omega, abriendo la puerta sin dejar mucho espacio para que Milo pasara.
—No son demasiadas —le respondió Milo aceptando la excusa para que sus cuerpos se acercaran.
—Sólo las necesarias —susurró Afrodite al tenerlo en frente.
—Sólo las que lo ameritan.
Afrodite sonrió complacido y volvió a tomar su lugar enfrente del caballete. Por su parte, Milo abrió sobre la tapa del libro anterior el reciente ejemplar que había recibido, y las hojas se deslizaron hasta una ilustración muy particular. Conforme daba vuelta a las páginas las imágenes lo devoraban, y aquella particular sensación del lago y su bestia lo volvió a embargar. Quiso leer, pero no entendía el idioma, así que Milo pensó en preguntarle a su vecino si él lo conocía. Al voltear, no quiso interrumpir la concentración que Afrodite tenía puesta en el ramo de rosas blancas que estaba a su lado.
—Mi padre me regaló ese libro —confesó a las flores el omega—. Me dijo, que empezó a escribirlo el día en que llegué a su vida, y que jamás se lo mostrara a nadie.
—Entonces… ¿por qué me lo ha ofrecido?
—Quiero saber —tal respuesta de Afrodite consternó a Milo—. Imagino que sus avances van en serio. Nunca antes me había topado con un alfa sin que este intentara abalanzarse sobre mí o manipularme; así que quiero creer que sus intenciones son sinceras. Intento demostrar que las mías también lo son. Milo.
Los bellos ojos de Afrodite estaban lejos de demostrar felicidad o nerviosismo. Por el contrario, parecían melancólicos. Milo pudo reconocer en ellos una pequeña llama de la esperanza, casi idéntica a la que vacilaba en su corazón.
Quería decir que sí. Después de todo, ante Saga, Milo no había tenido problemas para admitir esa posibilidad que ya había considerado. Incomodar a su perfecto hermano lo valía, pero no podía hacer un discurso tan vago e insensible ante la sinceridad de su vecino.
—Antes de hablar de intenciones —respondió Milo cerrando el libro—, creo que deberíamos conocernos mejor.
—Creí que era un poco más osado.
—Lo era. Pero he descubierto que las relaciones no son mi fuerte.
—Para formar un compromiso no es necesario ser hábil con la gente. O es que no le apetece.
Milo volvió a acariciar la imagen de Afrodite con la mirada y quiso asentir a su segunda afirmación pero.
—Usted se le apetece hasta el más desentendido —fue lo que confesó.
—Dejemos las formalidades de lado —pidió Afrodite.
—Entonces, puedo preguntar… te ¿qué es lo que dice este libro?
—No. Todavía no.
—Creí que estábamos siendo sinceros.
—Es tu turno. ¿Qué te trajo hasta esta colonia?
—Es una larga historia. Muy inapropiada.
—Son mis favoritas.
Milo estaba a punto de hablar, cuando un enmascarado los interrumpió para informar que el jardín estaba listo para la merienda.
—¿Comeremos afuera? ¿Con este frío?
—Creí que no acostumbrabas prejuzgar —comentó Afrodite dirigiéndose a la salida.
—No es un prejuicio. Está helado allá afuera.
La lengua de Milo no se contuvo hasta que llegó a un hermoso y cálido jardín apartado de la intemperie. Tan frondoso que lo hizo sentir que de momento había viajado hasta la siguiente primavera. La mesita estaba lista y los servicios dispuestos. Era tan mágico que Milo no se atrevió a dar un paso más.
—Tranquilo. Nadie te va a comer —bromeó Afrodite tomando el lugar más cercano a las camas de flores del lugar—. Es uno de mis invernaderos. Mi favorito. ¿Te gusta? —Milo no movió ningún músculo, ni para parpadear—. De este modo puedo cultivar lo que sea, aunque esté fuera de temporada. Las rosas son muy delicadas.
—¿Así que a eso te dedicas?
—Me gustan las flores. Son mejor compañía que la mayoría de las personas.
—No es imposible de creer.
—Entonces, ¿qué te trajo hasta aquí?
—Huí de mi hermano —Milo tomó el otro lugar frente a Afrodite—, pero al parecer no fue la suficiente distancia.
La comida empezó a desaparecer de sus platos y Afrodite no parecía interesado en continuar con la conversación. Pero, de pronto, eso mismo cobró sentido para Milo: si Saga habría ido a ofrecer sus "servicios", entonces, ¿también estaría su vecino enterado de lo que su hermano le había pedido, o estaría pensando demasiado? No había revelado su apellido pero eso no le aseguraba que Saga no hubiera dicho esa información y su parentesco.
—Antes de venir, mi familia estaba planeando presentarme en la corte de Su Majestad —continuó Milo con su relato dejado intentando amortiguar el terreno—. Se pospuso por un escándalo familiar…
—No tienes por qué contenerte. Mi situación no es convencional, ni decorosa. Los que están libres de escándalos no son interesantes. Y, los que lo están, mienten.
—Tal vez. Mi único escándalo es ya no querer dejarme llevar por las normas sociales.
—¿Acaso existe otro tipo de escándalo?
Milo sonrió.
—Por eso busco ser independiente.
—La independencia es una fantasía.
—Tal vez para un omega lo sea.
Afrodite fijó su vista en la entrada que acababan de retirar.
—Por más que me gusten las flores, no puedo comer ensalada de Nochebuena toda la vida. Y no me quedaría tan buena. Incluso un alfa depende de un omega para asegurar su descendencia y su vejez.
—¿Es por eso que buscas un compromiso?
—No —rió Afrodite divertido—. Sólo busco cumplir mi propia fantasía: Tener… lo que mis padres tenían.
—Debieron ser grandes personas.
—Otro par de parias sociales —la nueva sonrisa amarga de Afrodite desconcertó a Milo que se moría por la curiosidad—. Eran dos alfas.
Ante esta nueva información, Milo intentó terminar con su plato. Mientras más conocía sobre su vecino surgían más dudas. Era imposible que dos alfas concibieran y un "bastardo" sería imposible que heredara.
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