Al llegar a su casa una pequeña parte estaba terminada y amueblada, su cuarto entre otros. Milo preguntó por su hermano a los betas presentes, pero al parecer había salido y le había encargado a Kiki que le entregara los sobres que había rechazado.
—Dijo que si no le daba una respuesta me despedirá, Señor —sollozó el pequeño cuando Milo le sugirió que se deshiciera de las cartas.
—De acuerdo. Pero no conozco a ninguna de estas personas, ¿cómo se supone que voy a… —empezó a refunfuñar, pero el contenido eran invitaciones a comer y a una fiesta privada. Nadie que las encontrara podría sospechar que tipo de negocio sugerían y usarlas en su contra.
Usando como referencia las direcciones, Milo le pidió a Kiki que lo acompañara al día siguiente y le mostrara dónde vivían esas personas. No le sorprendió que todas tuvieran hijas omegas. Si fueran hombres seguro estarían disfrazados, como era costumbre. Por eso le gustaba Afrodite: entre otras cosas, no seguía las antiguas modas impuestas y daba juego a la interpretación. Sin perder su elegante porte.
Un poco ansioso, Milo mandó al pequeño beta a su casa y se dirigió a los terrenos de su vecino, mas no lo dejaron pasar. Fue informado que Afrodite estaría indispuesto por una semana y que, pasando ese tiempo, podrían retomar sus actividades. Milo, entendiendo el motivo del encierro, pudo darle explicación al súbito deseo de encontrarse con el brujo. No le sorprendió tampoco ver a más betas enmascarados cuidando las cercanías. Después de todo, Afrodite había entrado en la época especial de todo omega; así que tuvo que conformarse con intentar verlo por una de las ventanas.
Desazonado, Milo aprovechó ese tiempo extra para ir a conocer a las familias recomendadas. Para su fortuna, obtuvo posibles tratos de negocios e información sobre su vecino. Al parecer todos estaban escandalizados que tuviera tratos con esa "pescadera", pero al ser un fuereño no se mostraron tan severos con él.
—Nadie se atrevería a admitir en voz alta que han estado en el mismo cuarto con… —comentó Hyoga, un sobrino alfa de baja esencia que había decidido tomar los hábitos, refiriéndose a Afrodite—. Tomaré esta conversación como una confesión.
—No tiene qué, padre. No es un secreto, y no lo veo como algo pecaminoso —admitió Milo de camino por el tillanqui.
—No me diga padre, aun soy un seminarista. Hyoga está bien. Además, la prudencia y el recato son propios de un hombre virtuoso. Le harían muy bien. Más ahora que comienza una nueva vida.
—Poseo ambas virtudes, pero no soy tibio. Engañarme a mí y a los demás sólo me trajo problemas en el pasado. No pienso repetir mis errores.
—Pero le haría bien escuchar las advertencias y tomarlas en cuenta, Milo. Aún en las más grandes mentiras hay algo de verdad.
—Me gustaría creer eso. Pero hay veces en que las mentiras sólo son eso: mentiras.
—¿No es muy joven para hablar con palabras tan amargas? —preguntó Hyoga preocupado, pero con su actitud sólo consiguió herir el orgullo de Milo.
—Con todo respeto. Usted es más joven que yo, y parece que cree saber más.
—Para nada. Es sólo que no paran de repetir en el seminario todo tipo de debilidades humanas. Las posibilidades son amplias, tanto que la verdad absoluta sólo le corresponde a Dios.
—¿Entonces por qué no le puede dar el beneficio de la duda a alguien como Afrodite, Hyoga?
—Supongo que tiene razón —volteó a ver a Milo—. Pero le diré una de nuestras últimas lecciones: Son los guerreros los que buscan batallas que pelear. El padre insiste en que no tomemos parte, que nuestro lugar es sólo dar consuelo y alivio a las almas de los guerreros, cuando ya se han cansado de luchar. Lo único que sé es que Afrodite no se ha acercado a la iglesia. Nunca. Ha preferido quedar en manos de los hombres.
—No puedo rebatir eso.
—El padre sí que puede —Hyoga suspiró—. Estoy seguro de que me habría dicho algo como: Somos los guerreros de Dios, en busca de la oveja descarriada.
—¿Fue por eso que se unió a la iglesia, sintió ese llamado?
—No. Por mí me hubiera casado hasta con una beta, pero no tenía dote —río Hyoga—. Era la sotana o la espada. Y mi madre era muy devota, así que… quise darle una última felicidad antes de quedar huérfano. No me mire así, Milo. Se sorprendería de la cantidad de historias similares que hay en el monasterio.
—¿Y por qué se refieren a Afrodite como pescadora? No se dedica a eso. —preguntó Milo intentando regresar al tema principal, luego de que Hyoga se distrajera con una muchacha que había pasado en contra flujo.
—Es algo vulgar —rió Hyoga.
—No esperaba menos.
—Algunos creen que maneja a sus betas para favores indecorosos y, que por tal motivo, cubre sus rostros para proteger sus identidades.
—Eso es absurdo —chistó Milo.
—Sería demasiado, lo admito.
—Y… ¿sabe algo de sus padres?
—Lo lamento. Realmente no.
—Entiendo —se lamentó Milo, más por no poder obtener información real y concreta, que por haber preguntado.
Siguieron platicando los dos alfas sobre la próxima Ichnua y de algunas omegas de la colonia, hasta que llegaron a una pequeña iglesia en el centro de la plaza principal. El joven seminarista se ofreció a seguir platicando con él cuando Milo quisiera y ambos se despidieron para continuar cada uno con sus propios asuntos.
Cuando llegó a su hacienda, Milo no pudo evitar sentir el fuerte aroma a pino que tanto odiaba, y que había invadido su casa durante toda la semana. Era casi tan hediondo como cuando su hermano entraba en celo y eso le decía que Saga ya había empezado con sus "negocios" personales.
—Bienvenido a casa hermanito.
—Saga. ¿Cuánto tiempo te va tomar terminar con todo esto?
—¿Terminar? Milo, ya deberías saber que no puedes terminar con los lazos que nos unen.
—Con Kanon no pensaste lo mismo.
—Te hubiera gustado eso, ¿no? —Saga miró a su alrededor a los trabajadores y Milo supo que no iba a obtener una respuesta directa de su hermano—. Escucha: si quieres que me vaya, ya sabes lo que tienes que hacer. Yo no te voy a traicionar como el hermano al que tanto defiendes —rió—. O tal vez te gustaría eso, así todo ese odio tuyo tendría una verdadera razón.
—Sal de esta casa.
—Me enteré que ya hiciste las visitas que te pedí, así que iré al hotel del centro —unos betas comenzaron a bajar el equipaje de Saga—. Te enviaré las propuestas y, si no quieres participar, puedes enviarme la invitación de tu próximo compromiso. Nuestros padres estarán felices.
—Largo.
Saga se acercó y abrazó a su hermano.
—Estoy seguro de que no volverás a cometer el mismo error dos veces, y seguirás mi consejo —susurró al oído de Milo—. Te quiero Milo, no me decepciones —lo besó y se fue, pero su presencia estaba impregnada en todo el lugar.
Milo se limpió los labios y quiso desgarrar las paredes, romper los muebles, incendiar la hacienda entera. Tenía un asco incontrolable. Esa noche, por fin dueño de su propia casa, mandó pedir una bebida espirituosa y tomó hasta que logró olvidarse de todo. Incluso de los peces que no paraban de girar a su alrededor.
"Te veré mañana", escuchó y Milo no pudo evitar despertar y voltear hacia los primeros rayos del Sol. "Estaré contigo Milo. Te lo prometo."
—¿Dónde estás?
"Milo."
—Espérame… —suplicó.
"Milo."
El dolor de cabeza fue lo único que logró despertar al joven alfa. Su garganta ardía y sus ojos estaban hinchados. De algún modo había llegado a su cama, aunque seguía con las prendas del día anterior. Los golpes en su puerta resonaron directo en su cerebro y agradeció a los betas que no habían descuidado sus labores a pesar de que les había gritado que se fueran, incluso a Kiki. Quien le comenzó a preparar el agua para su baño en cuanto se enteró que había recobrado el conocimiento.
—Que bueno que el Señor Afrodite no puede verlo ahora —bromeó el pequeño—. Aunque me gustaría ver su cara al descubrirlo en este estado.
—Basta con eso. Por más que te burles, no harás que te vuelva a llevar conmigo a su casa.
—No me mal entienda, Señor. Quisiera que lo vea así para que por fin lo deje en paz.
A Milo se le hizo raro ese juego de palabras saliendo del pequeño.
—Kiki, no es él el que me está buscando.
—Pero lo provoca para que regrese, Señor.
—¿Ahora que pasa? Creí que dentro de todo te agradaba Afrodite.
—No me desagrada. Pero… han empezado a hablar y no quiero que nadie pueda pensar nada equivocado sobre usted, Sr. Milo.
—¿Qué han dicho?
—Que ha sido embrujado y que un omega ha logrado convertirlo en un cachorro. Que pronto lo atrapará con un hijo bastardo y lo dejará en la calle.
—Creí que sería algo mejor.
—¿Se le hace poco?
—Escucha, Kiki. No deberías tomar tan en serio lo que dice la gente.
—El Sr. Saga tiene razón. El Sr. Milo es demasiado bueno, tanto que no puede ver la malicia del mundo.
—¿Desde cuando le haces caso a mi hermano?
—Es el único que lo ha ayudado sin pedir nada a cambio.
Milo no quiso discutir con él pequeño beta. Sabía que era casi imposible demostrarle a las personas la verdadera naturaleza de su hermano una vez que habían caído en sus redes.
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