Disclaimer
Los personajes no me pertenecen, Candy Candy es propiedad de Kyōko Mizuki y la mangaka Yumiko Igarashi. La historia sí la creé yo.Inspirada en la canción de La Llorona de Angela Aguilar y La Llorona de Angélica Vale y Marco Antonio Solis.
"El que no sabe de amores, Llorona
No sabe lo que es martirio.
El que no sabe de amores, Llorona.
No sabe lo que es martirio."
-¿No te enteraste?, ayer alguien se atrevió a hablarle a la Bikina, la quiso tocar ella le respondió con una cachetada- eran alrededor de las nueve de la noche cuando él se encontraba en un pequeño bar que encontró cerca del lugar donde se hospedaba, estaba cansado y molesto.
-¿Quién fue el idiota que lo hizo?- preguntó la otra mujer con burla- con el carácter que tiene más lo creída que es, ¿por qué se acercaría a ella?, ¿que no conoce su fama?- a cada palabra su fuerza de agarre sobre el vaso incrementaba.
-Según me contaron... no, es alguien nuevo en el pueblo-
-¿Un turista más interesado en la atracción del pueblo?- azotó el vaso sobre la barra interrumpiendo la plática de esas mujeres, ambas voltearon sorprendidas.
-Si lo rompe, lo paga- le dijo el dueño del lugar molesto.
-No se preocupe- se levantó furioso de su lugar, sacó su billetera y dejó sobre la barra un billete que podría cubrir más de la cuenta. Salió de ahí enojado, no volvería ahí, demasiadas preguntas rondaban en su mente, ¿qué tan importante era ella para que todos hablaran así?, ¿qué había cambiado en ella si él la recordaba siendo educada y amable con todos?. Necesitaba respuestas, aún más después de su decepcionante encuentro. ¿Esperabas que ella te recibiera bien después de todo?, su mente lo traicionó, él había idealizado un escenario y la realidad distaba mucho de eso.
-Ahí viene-
-¿Qué hace aquí a esta hora?-
-Es 1 de noviembre, es normal que esté aquí-
Los murmullos habían comenzado, llevaba dos días ahí y ya estaba arto, quería gritar para que se detuvieran las habladurías, no podían ser tan crueles, no con ella. Ella era la que menos se lo merecía. Detuvo su caminar al llegar a una esquina de la calle principal, observó como las personas iban con ramos de flores de color naranja, muy del día, habían algunos vendedores sobre la calle, la mayoría ofrecía ceras, flores e incienso, pero cada vendedor y comprador detenía sus acciones sólo para verla a ella. Con vestido blanco bordado que llegaba al suelo, un abrigo negro para el frío otoñal, un ramo de esas flores descansando sobre su brazo izquierdo y un velo blanco cubría gran parte de sus risos. Era una imagen idílica, la mujer perfecta.
-¿Nuevo huipil?- dos jovencitas a las cuales les calculaba no más de veinte años, se detuvieron a hablar frente a él.
-El sastre me dijo que le hacen los huipiles a la medida, quien fuera la Bikina, hermosa, rica e inalcanzable-
-Antes muerta que pasar por sus penas-
-Rosa, no digas eso-
-¿Miento?, uno se le murió y otro la abandonó, parece que nadie la quiere, ni siquiera es feliz, sólo mira su cara-
-Mejor vámonos, ella ya se fue-
-Es que hoy es la noche de la Llorona- la burla estaba impregnada en cada palabra, como veneno de una serpiente en cada mordida. Tan concentrado estaba en los murmullos que había perdido la dirección a donde iba. Cada comentario le generaba curiosidad y angustia, y si la gente no se equivocaba, él era uno de los motivos. No, no había necesidad de eso, ella ya se lo había confirmado.
-¿Viste a la Llorona?-
-¿A dónde irá?-
-Viene de la iglesia y creo que ahora se dirige a donde él descansa-
-¿No crees que es mucho tiempo el que le ha llorado?, así nunca lo va a dejar descansar-
-Lo que creamos no importa, si su familia no le hizo entrar en razón, nosotras tampoco-
-¿A quién de los dos le lloraste más?- murmuró viendo como ambas señoras se perdían.
-¡Ahí viene la Llorona!- el grito de un niño la hizo suspirar, rodó los ojos cuando los niños más pequeños se alejaron corriendo. Mejor para ella, no los soportaba. No soportaba a nadie de ahí, cada persona que vivía en el pueblo tenía una versión sobre ella, su nombre iba de boca en boca con una historia distinta.
-Hoy es la Llorona, mañana vuelve a ser la Bikina- las señoras eran las peores, ubicó sin esfuerzo a quien habló, levantó una ceja aún con su expresión seria, ella ni siquiera le mantuvo la mirada y pasó de largo.
-Cobarde, como si no tuvieran muertos- murmuró. Ignoró cada comentario que escuchó, ignoró como le prestaban atención a cada paso que daba, su humor no era el mejor. No después del día anterior. Caminó siempre mirando al frente, era más fácil, nadie era digno de prestarle atención, no cuando era a él a quien iría a visitar. Unos minutos más y pudo divisar el río, antes de llegar a este giró a la derecha, el callejón lucía una decoración de flores, distintas flores, pero siempre sobresalientes las naranja cempasúchil, las luces que siempre estaban, ahora eran reemplazadas por velas y ceras. Era el encanto del lugar. El gran arco de la entrada la esperaba con gran presencia majestuosa, personas entraban y salían, pero nada más se acercó, todos le cedían el paso. Lo odiaba, cada año era lo mismo, pero eso le facilitaba el llegar. Cada tumba estaba vestida de flores, las velas le daban luz a las personas que rodeaban a su familiar, las ceras parecían llorar, nunca había encontrado una cera que no llorara, las lágrimas en las personas desaparecían al pasar el tiempo, pero cada noviembre parecía que la ceras recordaban las lágrimas derramadas alguna vez. Rezos, conversaciones, cantos, mariachi, risas y llantos los logró distinguir, sin embargo, los más cercanos al pasillo se detenían a señalarla, cada paso era un nuevo señalamiento, obviándolo, llegó a la reja que dividía al lugar. Siempre cerrada al público, abierta para la familia, cuando se detuvo frente a ella, un trabajador abrió la puerta para ella.
-Buenas noches, señorita-
-Buenas noches- contestó sin mirarlo. Podía mentir al decir que era porque estaba concentrada pensando en el recorrido para llegar a donde él, pero ella sabía de memoria el camino.
Todo el alboroto que escuchó anteriormente, se hizo cada vez más lejano. Suspiró y caminó los pocos metros que faltaban.
-Tardaste-
-Lo siento, Albert, pero no pude venir más rápido- la tumba ya estaba decorada, pero ella había querido llevar más flores, necesitaba que colapsara de ellas, que el olor rodeara la zona.
-¿El motivo?-
-Lo de siempre, aunque me daban el paso... terminaba por escuchar lo que decían, no podía dejarlo pasar y no hacerlos sentir mal-
-Candy, lo hablamos...-
-Olvídalo, Albert-
-Ellos no saben-
-Saben mucho y si no... lo inventan- fue acomodando flor por flor donde sentía que hacía falta, no deseaba tener esa conversación, al menos no ahí.
-No, pequeña, ellos no saben el martirio que te ha tocado vivir-
-Y aún así siguen hablando- él lo sabía bien, conocía cada rumor sobre ella y el origen de estos. Nunca pudo frenarlos, en cambio incrementaron cuando sucedió eso, porque su pequeña cambió, se encerró en su propio dolor, se creó una protección dejando atrás a dulce y siempre alegre Candy. Oh, dulce Candy, que por amores perdidos, aprendiste a vivir en un martirio sin salida. Cada pena que te aqueja, dolor sentido y lágrima derramada, se convierte en una preciosa altanería. Orgullosa de cada paso que das, porque cada murmullo a tus espaldas hace majestuoso tu camino solitario.
-¿Candy?- ella volteó donde él con los brazos cruzados la observaba- eres digna de llevar el apellido Andrew- ella no contestó, dedicó toda su atención a terminar su acción.
-¿Por qué quisiste venir hoy?, la tía y los demás vendrán mañana- preguntó cuando colocó la última flor.
-Mañana también vendré, pero no quería que estuvieras sola un año más-
-Me gusta estar sola, Albert- su tono era suave, pero con sabor amargo.
-No es hora para que regreses sola, ¿en serio piensas que te creímos estos años?, llegar en la madrugada a la casa no es seguro-
-No me ha pasado nada-
-Porque todos te temen, pero si fuera otro el caso... corres mucho riesgo-
-¿También me temes?, ¿piensas lo mismo que todos?, puedes ser sincero- ella pasaba sus dedos sobre cada punta de los pétalos, lo conocía, él pensaba en algo y no lo diría.
-¿Por qué te quedas tantas horas aquí?-
-¿En serio quieres saber?- sonrió con burla.
-Candy, cambia esa actitud, soy yo y no voy a permitir que te comportes así conmigo-
-Si crees que me burlo de ti, estás muy lejos de la verdad- giró para hacerle frente- si quieres saber, deberás esperar aquí, si hay viento...- pausó por un momento- obtendrás tu respuesta-
-¿Qué?-
-Tu hermana lo sabía, él lo sabía, yo lo sé, ¿por qué tú no?-
-Te dije que dejes de hablarme con ese tono-
-Estoy siendo lo más amable que puedo porque eres tú, si fueras alguien más ni siquiera te estaría contestando-
-Candy-
-No lo puedo evitar, ¿bien?, juro que estoy haciendo un gran esfuerzo porque te quiero... no espero que lo entiendas-
-Lo siento- suspiró y sabiendo que no recibiría una respuesta fue a tomar asiento a la banca blanca. El tiempo pasó lento, él lo sintió una eternidad, ¿cuánto tiempo debía de pasar para obtener la respuesta?. Ella seguía de pie, él dolor podía más que él cansancio, él la entendía, podrían haber pasado años, pero nadie lo superó, algo en ellos se rompió al perderlo y nada fue igual. Él no podía decirle algo a ella, no cuando él también estaba igual de roto.
Apoyó sus brazos sobre sus piernas, se inclinó y en esa posición esperó, fue consciente de cómo avanzaban los minutos y el sonido de las voces disminuía. Vio su reloj y casi marcaba las dos de la madrugada, por esta razón es que las voces dejaban de escucharse, algunos se iban y los que quedaban guardaban respeto. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando una brisa fría se sintió, comenzaba el viento y él no estaba lo suficiente abrigado. El viento comenzaba a cobrar fuerza y un sollozo lo hizo levantar la vista, ella lo había intentado cubrir, pero fue imposible, ¿por qué lloraba?, ¿por qué ahora?, pensó.
-¿Qué?- preguntó en un tono bajo, ella lloraba, pero juraba que se escuchaba un llanto, apenas se escuchaba, pero estaba ahí. Se levantó de golpe, ahora entendía, ya había encontrado la respuesta. Él observó con precisa atención como las flores que había colocado ella, se movían con el viento, como si bailaran al ritmo de este, pero dejando como prueba el sonido de un llanto, tan tenue y delicado, que cualquier sonido podría perturbarlo y terminar con él. 'Las flores lloran por él, Albert', le había dicho el primer año después de su pérdida y él nunca le comprendió, creyó que solo era una metáfora más. Candy, ¿cuánto has sufrido sola?. La culpa ahora se hacía presente en él, tantos años la había dejado venir sola, creyendo que ella debía sufrir su duelo a su tiempo y espacio. El sonido del llanto y el llanto de ella en un momento se sincronizaron, armonizaron sin ella ser consciente, y él sólo figuró como un espectador, no tenía el coraje suficiente para interrumpirlo. El viento no duró lo suficiente, cuando este dejó de sentirse, él supo que era tiempo de irse, debía darle su espacio a ella, la esperaría en la puerta y tal vez después hablarían.
-¿Ya se va, señor?- le preguntó el velador.
-No, sólo... creo que necesita despedirse-
-¿Usted... ya lo escuchó?- preguntó vacilante.
-Sí, ¿usted sabía?- lo miró a los ojos intimidando a su trabajador.
-Sí, desde que su sobrino venía, él fue quien me lo mostró, pero me hizo guardar el secreto, cuando él trajo por primera vez a la señorita, me sorprendió porque él era muy celoso de su secreto, él debió amarla tanto como para mostrarle-
-El sentimiento era mutuo-
-Sí y soy testigo de eso, por eso siempre le pido que no me cambie este día, he aquí la respuesta, yo soy el velador de este lugar cada 2 de noviembre, el guardián de su secreto- era del conocimiento de todos que muchas personas quisieron averiguar qué hacía Candy tan tarde y sola, habían tratado de ingresar a esa parte del lugar sabiendo que sólo la familia tenía el permiso de hacerlo.
-Ahora te entiendo- murmuró. Tal vez habían pasado unos veinte minutos cuando logró ver que ella regresaba, sus pasos se escuchaban cada vez más cerca, seguía sorprendiéndose al ver cuán imponente era. Ella podía quebrarse y al siguiente minuto lucía tan... altiva.
-Gracias- le dijo al señor que ahora le abría la reja.
-De nada, señorita, buenas noches- le hizo un asentimiento quitándose el sombrero.
-Buenas noches- le sonrió dulce y cuando comenzó a caminar, su sonrisa se perdió. Despidiéndose, caminó tras ella, así apreciando como cada cabeza del lugar volteaba a verla, como distintas manos la señalaban, aún cuando él estaba presente. Vio la cara a cada persona que se atrevió a señalarla, sus rostros mostraban vergüenza y miedo después de eso, él iba a terminar con eso.
Recorrieron el pueblo para poder llegar, los puestos estaban siendo levantados para guardar cada mercancía, eran pocos los que aún caminaban sin ningún motivo y todos pasaban de ellos al verlo junto a ella.
-¿Lo sabes?- le preguntó Candy antes de entrar al patio de la residencia.
-Sí, lo entendí, fue algo único y hermoso, gracias por compartirlo-
-Gracias por estar ahí, Albert- con delicadeza se quitó el velo- debo ir a dormir, buenas noches-
-Buenas noches, Mi Pequeña Llorona- ella abrió los ojos sorprendida, tenía tiempo que no la llamaba así. Ella le sonrió y su risa se dejó escuchar, esa misma risa de la pequeña niña traviesa que conocía, la añoraba y él deseaba tenerla de vuelta, pero aceptaba y comprendía a la nueva Candy, admiraba a la mujer que ahora era.
-Buenas noches, Albert- él no se movió, esperó hasta que ella entró a la casa y sólo hasta que escuchó la puerta cerrarse, se giró ahora furioso.
-¿Qué haces en ese pino, Terry?, ¿quién te dejó entrar?- levantó su vista al pino donde su ex amigo estaba sentado. Lo había visto desde metros antes de que él y Candy llegaran, agradece que ella no lo hubiera notado.
-Vine a visitarte- sonrió sarcástico.
-Sabes que no eres bienvenido, te lo dije la ultima vez-
-Necesito respuestas y solo tú puedes dármelas-
-Vete antes de que ella sepa que estás aquí, no pienso dejar que hables con ella-
-Tarde, ya lo hice- dio un brinco y cayó de pie, caminó los pocos pasos que faltaba para quedar frente al rubio- ella ya sabe que estoy aquí y que no pienso irme... no sin Ella-
