PRIMERA PARTE

DAD PALABRA AL DOLOR:

EL DOLOR QUE NO HABLA, GIME EN EL CORAZÓN HASTA QUE LO ROMPE

WILLIAM SHAKESPEARE

Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.


CAPÍTULO I

Cinco años habían pasado desde aquella última reunión en la Colina de Pony.

Annie y Archie habían decidido contraer matrimonio hacía tres años y se habían mudado a Boston, donde Archie estaría en representación de las industrias Andrey con vistas a expandir negocios en Canadá.

Annie tuvo dos hermosos hijos, Alyson de tres años y Chistopher de uno y se dedicaba tanto a cuidar de su marido como a desempeñar su papel de amorosa esposa. Seguía teniendo contacto frecuente con Candy, a través de cartas, y cada que las actividades de Archie lo permitían, la visitaba en Lakewood. Ella, más que nadie, sabía del dolor que imperaba en el corazón de su querida amiga, sin embargo, optó por conducirse de manera prudente ante ella, al cuestionarle sobre algún posible amigo o admirador.

Siempre que se veían, visitaban gustosamente el orfanato en el que habían crecido, y trataba de ayudar en lo más que podía a los niños del lugar. Para sus pequeños, era una delicia el bajar corriendo por los alrededores del orfanato, y eso le daba una alegría enorme a la morena. Archie la trataba como al más preciado de sus tesoros, y ella correspondía gustosa a sus muestras de amor y afecto. Si en algún momento, un velo de duda se había instalado en su corazón, con respecto a Candy y Archie, él mismo se había encargado de desaparecerlo. Aunque, muy en el fondo, seguía intrigada por la relación que podría haber tenido su amiga con ese actor, seguía de cerca el compromiso de este con Susana Marlowe. No comentaba sus hallazgos con nadie, pero algo muy dentro le indicaba que algo ocurriría entre ellos y que Candy volvería a ser feliz. Mientras, seguía inmersa en sus múltiples actividades como esposa de Archie.

Por otra parte, Paty había decidido regresar a Miami en compañía de su abuela. Durante algún tiempo Stear ocupó sus más secretos pensamientos; sin embargo, con el paso de los años, había decidido estudiar una carrera comercial como secretaria ejecutiva, para así poder emprender una vida independiente por su cuenta. Así era como se había convertido en la flamante asistente ejecutiva del representante de industrias Andrey en Miami. La abuela Martha no podía haber estado más orgullosa de su adorable nieta ese día de la graduación cuando vió que aquella tímida jovencita se había convertido sin lugar a dudas en una gran mujer, y que por tal razón, los pretendientes no cesaban en hacerle todo tipo de proposiciones con tal de conseguir algo de afecto por parte de ella. Sin embargo Stear todavía rondaba el pensamiento de la joven, y por tal motivo, su corazón seguía cerrado ante tales proposiciones. Mucho trabajo le costó a Stephen Harrey, heredero de una de las familias más importantes de Miami, llegar a ser el centro de atención de la bella trigueña. La pareja ya llevaba tiempo en una relación amorosa estable con vistas a conformar un sólido matrimonio.

Albert, por su parte, siguió al frente del Clan Andrey, razón por la cual se veía completamente inmerso en actividades propias de su posición; con George como su mano derecha, logró abrir las puertas del continente europeo a las industrias Andrey y por tal motivo, se la pasaba constantemente de viaje, aunque emocionalmente seguía solo. Sus múltiples actividades lo tenían enfrascado en una red de grandes compromisos, y más de una chica de sociedad vió frustrado sus intentos de querer atrapar a uno de los solteros más codiciados de Estados Unidos. El joven millonario se las ingeniaba para poder deshacerse sutilmente de cada una de las insinuaciones de ellas, y de las de la tía abuela que ya empezaba a atosigarlo con recordatorios de sentar cabeza y formar una familia. Aunque en secreto, solo le bastaba mirar la foto de aquella hermosa rubia de ojos esmeralda para poder darse valor de seguir adelante y, disfrazado de fiel e incondicional amigo y protector, estar cerca de ella.

La familia Leegan empezó a tener problemas financieros bastante fuertes, y aunados a los escándalos protagonizados por sus herederos, no tuvieron más opción que desaparecer por un tiempo de los chismes y habladurías que sobre ellos se daban. Elisa era ampliamente conocida en el mundo de la sociedad por sus "ligerezas" femeninas, que le habían otorgado los favores de los caballeros más ricos de Chicago; sin embargo, lejos de ser una chica graciosa y refinada, había llegado a convertirse en amante oportuna de cuanto prospecto millonario podía para seguirse congratulando de su posición económica.

Por su parte, Neil se había dedicado a despilfarrar parte de la fortuna en vicios y mujeres, mismos que le costaron un gran problema de salud así como deudas que, de no parar, podrían comprometer la economía de la familia. Aunado al reclamo de la tía abuela Elroy, no tuvieron más opción que la de ser enviados a Europa a estudiar en escuelas especializadas en disciplina juvenil, y sus padres a residir en Nuevo México.

Candy, con el paso del tiempo había llegado a construir una sólida carrera como jefa de enfermeras en el Hospital Santa Juana; a pesar de los reclamos de la Tía Abuela, ella decidió seguir viviendo por un tiempo, de manera independiente, desafiando así las reglas sociales, cosa que le siguió acarreando reclamos y quejas por parte del sector más radical del clan Andrey, sin embargo, el respaldo de Albert y los éxitos obtenidos como una excelente profesionista en el campo de la salud, empezaron a valerle el respeto entre esa misma sociedad, quién terminó por rendirse ante su personalidad, no así la señora Elroy.

Tiempo después Albert le había solicitado como un favor especial hacia su persona, regresar de nueva cuenta a la antigua mansión de las rosas, eso sí, respetando sus labores profesionales, lo cual había quedado como condición para su regreso, así no tendría que seguir soportando los reclamos de la Tía Abuela y si hacerle ver que ella merecía tener espacio para su propia vida y poder dedicarse con ahínco a sus metas profesionales.

Además de la atención a sus pacientes, era asistente del centro de investigaciones médicas de ese hospital. Su interés por ayudar a mitigar algunas enfermedades y el ser testigo de los sufrimientos de algunos pacientes desahuciados, la habían llevado a ese camino. Junto con los actos de beneficencia que se organizaban, se recolectaban fondos tanto para el hospital como para el centro de investigaciones.

Aunado a su hermosa personalidad, era poseedora de una belleza física realmente admirable, misma que se había acentuado; su cuerpo había tomado una figura envidiable, para mal de muchas jovencitas de la elite, lo que le había granjeado más de una proposición amorosa, por parte de muchos caballeros millonarios y apuestos de Chicago.

No obstante, su corazón seguía herméticamente cerrado.

Cierto era que se había prometido ser fuerte y seguir adelante, como parte de aquella promesa hacía años hecha y que en apariencia había logrado vencer, aunque su corazón dijese lo contrario.

En muchas ocasiones, llegaba a su apartamento y se dejaba caer, presa de las lágrimas, sobre la cama recordando esa inigualable mirada azul, y no dejaba de atormentarse con recuerdos añejos tantas veces anhelados.

Había decidido no seguir rastro suyo a través de periódicos, sin embargo, no podía evitar el escuchar comentarios entre la gente sobre su brillante carrera artística. Había días en que pensaba que ya había superado su propio pasado y era feliz al lado de "ella", de la cual no podía llegar a pronunciar su nombre, razón por la que fue prohibitivo el seguir pensando en esa relación. Razón de más que Candy evitara terminantemente cualquier viaje que tuviera como destino Nueva York, ya que esa herida profunda seguía abierta. Le dolía pensar en encontrarse de frente a él y no poder sostenerle siquiera la mirada, delatando así su promesa incumplida, y sus más íntimos sentimientos. No quería imaginar el hecho de tener que evitar abrazarlo y besarlo, no cuando los términos habían quedado en una vaga amistad que se iba dilucidando con el paso del tiempo e iba afianzando las más ocultas emociones reprimidas por tanto tiempo. Por tanto, su caparazón era prácticamente impenetrable y, a excepción de unas contadas personas cercanas a ella que la conocían, le había dado fama de ser una mujer casi imposible de alcanzar en cuestiones amorosas.

Nada podía ser más allá de una buena amistad.

- ¿Dónde estarás Terry?- se repetía mientras ocultaba su rostro en la almohada para ahogar sus lágrimas.

- No me interesa nadie más que no sea tú, no he podido arrancarte de mi alma, ni siquiera puedo ver a alguien más allá de una simple amistad, y tú...siempre sigues ahí - sollozaba en su cama tan vacía como su corazón.

- Estoy olvidando lo qué es amar sin pensar en el pasado - decía antes de dormir.


¡Qué lejos estaba él de imaginarse la situación en que vivía su adorable pecosa!

Después de haber visto su compromiso en los periódicos, no quiso saber más de ella; en su momento la llegó a odiar por haberlo olvidado, pero ¿quién era él para pedirle que lo esperara?, ¿acaso creía que todo dura para siempre, incluyendo emociones y sentimientos?, no pudo evitar esas emociones viscerales tan características en él, que en vez de aclarar dudas, desapareció todo rastro que llevara a ella, y exigió a sus colaboradores más cercanos no enviarle información a no ser que tuviera que ver con su carrera artística y la de su madre. Por ende, no pudo saber a tiempo que el compromiso había quedado en un malentendido y por tanto, se había anulado.

Se dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar sus dotes histriónicas y a aplicarlas con su eterna prometida Susana, quién no dejaba de cesar en sus intentos por permitirse aunque fuera un poco de su atención y cariño, así que, cual triste mendigo, se conformaba con las migajas de su amor. Era una hábil manipuladora al igual que su madre, tomando como pretexto su discapacidad física, para conseguir así algo de atención por parte de Terry, mediante reclamos o recordatorios del accidente, ocurrido ese fatídico día en el ensayo de la obra Romeo y Julieta. Ya estaba acostumbrado a sus actitudes y prefería aceptar muchos de sus caprichos, con tal de que lo dejaran solo, y era en esos momentos de privacidad en que sacaba todos esos sentimientos y remembranzas del pasado.

- ¿Qué habrá sido de tu vida pecosa?, ¿Habrás encontrado la felicidad con el hombre que ahora está a tu lado?- se preguntaba en la soledad de su eestudio, mientras veía una enorme pintura en la pared, la cual ocultaba detrás de unas cortinas.

- He deseado ser feliz, sin embargo, tu recuerdo me persigue a cada momento en ese hospital, y no he podido conseguirlo, por más que me he esforzado, no puedo abandonar este sentimiento tan fuerte - decía para sí.

Acto seguido se entregaba a la melodía que arrancaba a esa armónica, único recuerdo viviente de que ella alguna vez había existido en su vida.

La relación con sus padres se había transformado. Eleanor Baker era ya una actriz consolidada mundialmente, y que habiendo buscado un sinnúmero de veces a su hijo, por fin había logrado ablandar su corazón y hacerse su gran confidente. Todavía recordaba aquellos momentos en que su hijo se había perdido en el alcoholismo y ella había tratado muchas veces de alejarlo, cosa que no resultó hasta que solicitó a Candy su intervención en aquel teatro callejero para lograr que se apartara de ese vicio.

Terry nunca supo que no había sido producto de su imaginación y su madre no consideraba prudente decirle la verdad por temor a evitar una conducta aún peor por parte de él, así que se dedicó en cuerpo y alma a afianzar la relación con su hijo y de ahí lograr que perdonara a su padre, el Duque de Grandchester.

El encuentro se había dado, cuando el noble, durante una convalecencia que le tuvo al borde de la muerte y de la que pudo salir avante, lo buscó y le hizo entender lo arrepentido que estaba de haberlo abandonado a su suerte y que lo perdonara de corazón. Había insistido sin éxito en que la contactara nuevamente; le confió el momento en que la había conocido esa tarde después de ir al Colegio en Londres y donde le hizo ver lo equivocado que estaba con respecto a él. Eso sorprendió mucho a Terry, sin embargo el impacto de la noticia sobre su compromiso fue más fuerte y eso lo hizo cerrarse amargamente a siquiera intentar buscarla. Por tal motivo, el Duque optó por callar y dejar de insistir, y disfrutar de tiempos perdidos al lado de su amado hijo, después de haber superado su amarga enfermedad. Lo apoyaba en su carrera y le dejó abierta la posibilidad de que si él estaba interesado podría heredar el título nobiliario, cuestión a la cual el actor se negó siempre y optó por dejárselo a su hermano sucesor.

Los viajes entre Nueva York, Londres y Escocia eran constantes, sin embargo, él sentía que la veía en cada punto por donde miraba. Sentía su esencia, ese delicioso perfume de rosas que lo dejó marcado para siempre. Por tal motivo, lo único que pidió a su padre fue que le dejara la villa en Escocia, lugar que adoraba por haber compartido tantas cosas con su amada pecosa. Como olvidar esa noche en que, los dos, sin decirse nada, podían comunicarse y entenderse a la perfección. De no haber sido por la intrusión de Elisa, él le habría declarado el gran amor que sentía por ella, sin embargo, las cosas no se dieron así. La desgracia los seguía en el momento menos esperado.

Al pasar aquellos cinco años, Terry aún seguía soltero.

Mediante pretextos e indecisiones pudo aplazar su boda con Susana, soportando estoicamente los reclamos tanto de ella como de su madre. Eso ocasionó que le enviara grandes sumas de dinero para su rehabilitación y compensara su falta de amor, para al menos, dejarlas tranquilas por un rato, situación que las Marlowe aprovecharon al máximo.

Encontró un estudio en un lugar céntrico de Nueva York, y en el cual hizo grabar un cuadro a tamaño natural con la imagen de Candy.

Era parte esencial de aquel lugar, y el único donde podía sacar fuerzas para seguir adelante con su vida. Conversaciones, monólogos, ensayos de personajes, reflexiones pasaban ante los ojos de aquel retrato, como si realmente entendiera al joven actor. Por tal motivo escasas personas sabían de la existencia de aquel lugar. Se pasaba horas enteras frente al cuadro tratando de pensar que haría con ese sentimiento que lo acallaba. Aún así se negaba a irla a buscar.

- Te casaste ya, amada Candy – lloraba frente a ella.

- ¿Qué puedo hacer ahora que ya estás feliz en brazos de otro? ¡No puedo soportar la idea de verte siquiera del brazo de tu esposo! ¡No soportaría el saberte amada por él! – decía apretujando uno de los cojines de la salita de estar.

Resistía la necesidad de tomar un poco de alcohol, por ende se plantaba frente al enorme ventanal y daba rienda suelta a su dolor, hasta ya no tener más lágrimas que derramar. Luego se reía y salía a caminar entre las avenidas atestadas de gente, para superar una vez más días tan melancólicos como ése.

Luego venía el cumplimiento de su deber para con Susana.

Solía llevarle flores, alguna que otra joya insignificante y se mentalizaba a estar lo más alegre posible cada que llegaba a su casa. Le comentaba situaciones en la compañía de teatro, algún proyecto que el señor Hathaway tenía en mente, o cosas tan insulsas para matar el tiempo de visita. Muchas veces hacía gala de sus artes histriónicas al tener que fingir ganas de besarla o abrazarla. Cerraba sus ojos y su mente se transportaba a otro cuerpo.

- Susana, debo irme querida – le dijo un día de tantos, sin mirarla fijamente a los ojos.

- ¿Pero por qué, si tiene menos de una hora que llegaste?, además tienes bastante tiempo libre, no hay temporada teatral por ahora – respondió con cierto enojo, sin dejar de mirar el regalo que le llevaba.

- Debo ir a estudiar mi nuevo libreto, además quiero añadir ciertas características a ese personaje y me gustaría planteárselo a Robert antes de iniciar con los ensayos – finalizó. Acto seguido se dirigió hacia la puerta.

En un principio Susana se ponía mal y terminaba bastante alterada por el simple hecho de verlo partir; ahora que ya lo sentía atado por su deber, y encima, con una solvencia económica que le permitía darse ciertos lujos, se había vuelto más tolerante a las actitudes frías de su eterno prometido.

- Está bien querido, sólo te recuerdo que tenemos una cena en casa de los Blanchet - dijo con un mohín de niña caprichosa.

- No te preocupes, estaremos ahí bastante puntuales – dijo sin voltear a verla, para después , perderse entre las calles.

El actor se sumía en sus más oscuros pensamientos mientras iba trayecto a su casa. Sentía que al dar la vuelta por algún parque, o en una esquina la vería tan sonriente y hermosa. Esperando sentir su cálido cuerpo y perderse en el aroma de sus inigualables rizos. Sólo que al abrir los ojos, sentía el aire gélido colarse entre su cuerpo, razón para apresurar el camino de vuelta a su único lugar de confort, su estudio.

Empezó a estudiar su nuevo personaje y a leer el libreto.

Tenía algunos meses de vacaciones y tiempo para estudiar y ensayar, así que por tal motivo, su mente empezó a divagar acerca de qué hacer con tanto tiempo libre . Sus ojos se posaron en aquel cuadro y empezó a imaginar las reacciones que tendría si la viera de nuevo. Las había desde que la viera y no hacía nada, la trataba con indiferencia, hasta apasionados encuentros en el hotel donde se hospedaba, aunque llegando al punto de su condición marital, se detenía y prefería pensar en otras cosas.

Los días se sucedieron de igual manera.

Siguió atendiendo sus compromisos sociales como pareja de Susana, hasta que llego un momento en que no soportó más. La idea de ir en plan vacacional a Chicago germinó en su mente. Su curiosidad por saber de ella pudo más. Así que con engaños, dijo a Susana que se iba a Londres a visitar a su padre para de ahí viajar por Europa. La rubia en un principio le exigió llevarla con él, aunque el hecho de escuchar la promesa de alguna futura formalización de su relación, le dio más tranquilidad al saber que no buscaría a aquella chica, de la que deseaba no recordar el nombre. A regañadientes aceptó el viaje de su prometido.

Terry arregló algunos asuntos pendientes que tenía en Nueva York, y decidió viajar de noche a Chicago. Se quedaría en un hotel bajo otro nombre y cambió su aspecto físico, dejándose un poco de barba inclusive. Usaba el cabello recogido y se vestía más casual como cualquier chico de su edad, que con el acostumbrado formalismo que lo caracterizaba. Su madre fue la única en enterarse del motivo de su viaje, y le prometió solemnemente que su secreto quedaría bajo el más absoluto de los secretos.

Ya en el andén, se prometió a sí mismo dejar fluir las cosas. No quería forzar situaciones o algo por el estilo. Se dedicaría a conocer la ciudad y ya más adelante andaría por los lugares de ella. No había decidido si revelarle su identidad o presentarse tal cual, así que lo dejaría al destino y la ocasión.

Durante el viaje no pudo conciliar el sueño. A ratos despertaba y daba vueltas en el camarote, o hacía pequeñas salidas por todo el pasillo del tren, deteniéndose en el enorme ventanal, donde su mirada azul se perdía ajena en el horizonte oscuro. Tenía ganas de muchas cosas y a la vez de nada. En una de tantas veces pudo por fin conciliar el sueño y despertó cuando llegaron a Chicago.

Un nuevo día comenzaba. El curso del destino quizá rendiría sus tan anhelados resultados.

Amanecía cuando Terry llegó a Chicago. La mañana estaba muy agradable. El sol brillaba más que nunca y podía apreciarse el verde intenso del paisaje.

El joven aristócrata descendió del tren y llegó a la salida de la terminal. Tomó un carruaje hacia el hotel y acto seguido se registró. Llevaba en sus ojos las marcas del gran insomnio producto de la noche anterior.

Llegó al mostrador del hotel e inició su registro.

Acto seguido con llave en mano se dirigió a su cuarto. Ya estando ahí se dedicó a descansar y reponer fuerzas. Tenía que organizar bien sus actividades; más aún, aquéllas que requerían propiciar un encuentro con el amor de su vida, y por qué no, algunas viejas amistades que recordaba con cariño.

Albert siempre fue el hermano que nunca tuvo. Lo consideraba su gran confidente y amigo, a quién confesó en algún momento, la debilidad que sentía por aquella hermosa pecosa. Ahora sería la oportunidad de refrendar esa enorme amistad que los unía.

Había pensado inicialmente en ir a la casa de los Andrey; después desistió, y tal como había quedado planteado en un principio, las cosas se darían de forma casual. Así que comenzaría dando una visita a la ciudad y se dedicaría a recorrer museos, plazas y calles al azar. Sacó la ropa que llevaba en su equipaje y la acomodó en los amplios armarios de la recámara. Se dio un buen y merecido baño y al terminar se quedó mirando hacia el horizonte por un largo rato en la ventana, sumido en sus pensamientos.

Finalmente se fue a dormir.


Esa misma noche, otro joven hacía acto de presencia en el mismo hotel donde el histrión se quedaría.

Había coincidido con el joven actor, en el viaje por tren a Chicago.

Al principio le fue un poco complejo reconocerlo, sin embargo, su intuición fue mas allá al darse cuenta que tras la apariencia de ese joven universitario, se escondía el famoso actor Terrence Grandchester; logró verlo varias veces parado en el enorme ventanal, solo, sumido en sus pensamientos. Por prudencia y respeto decidió no iniciarle la plática.

Presentía que el actor llevaba una enorme pena.

Era un gran admirador de las piezas teatrales de la compañía Hathaway, y por supuesto de las excelsas presentaciones del actor. Amaba todo lo que tuviera que ver con el teatro. Un gusto que, antaño, le hacía rememorar viejos fantasmas de un pasado ya muy lejano.

Ahora, se encontraba hospedado en el mismo hotel que Terry, y pensó en la oportunidad de acercarse un poco más a él. Quizá podría encontrar en el actor, a un gran amigo, que hacía tanto tiempo no tenía.

Eso era, haría lo posible por hacerse su amigo. Un enigmático brillo se iluminó en sus ojos.

Tal vez podría ser una excelente amistad.


Ese día, Candy se había preparado para asistir un día más a sus labores cotidianas, cuando una punzada muy fuerte en el corazón la sorprendió:

- ¿Qué estarás haciendo, Terry? – pensó para sus adentros, mientras se dirigía al comedor de la casa.

- Creí que ya te habías ido a trabajar – dijo un sonriente Albert sentado a la mesa esperando su desayuno.

- Lo siento, me quedé dormida otra vez, debe ser la carga tan excesiva de trabajo que he tenido últimamente – agregó mientras se sentaba a su lado presta a tomar su desayuno.

- Te he visto bastante pensativa, últimamente te has vuelto mas sombría, ¿acaso has vuelto a deprimirte? – inquirió sin dejar de observarla.

- Albert, creo haberte dicho que ese asunto ya está en un segundo plano, he tenido mucho que hacer, tanto en el hospital como el centro – respondió muy seria.

- Disculpa, Candy, no quise que te exaltaras, es solo que últimamente tu carácter ha cambiado drásticamente y supuse que sería por lo mismo, pero cambiemos de tema quieres?, ¿te ordeno tu desayuno? - preguntó apenado por haberla importunado así.

- Gracias, solo quiero un café, más tarde desayunaré en el hospital, voy retrasada – dijo ella, al mismo tiempo en que se servía una taza del humeante líquido y comenzaba a explicarle sus actividades del día.

- Debo atender por la mañana a mis pacientes del área infantil, no sabes cuanto ansían que les visite y les lea algún cuento, pero no te imaginas a la hora de darles algún medicamento, ¡realmente se descontrolan, ¡jajajaja! – rió de manera muy divertida.

- Veo que te has ganado mucho su aprecio – agregó él imaginándose la escena.

- En la tarde debo ir con el doctor Fanning a ayudarle a pasar algunos apuntes en sus experimentos, creo que saldré otra vez tarde – dijo mirando a otro punto.

- Candy, me gustaría proponerte algo, ahora que tienes oportunidad de solicitar tus vacaciones, quisiera que fuéramos de viaje a algún lado, ¿no te gustaría conocer Sudamérica? – preguntó esperando fervientemente una afirmación de su parte.

- No sé, el doctor Fanning ha estado muy avanzado con esos experimentos y creo que va a necesitarme, además tendría que pedir permiso con mucha anticipación en el hospital – le comentó pensando en que quizá será una buena idea.

- Candy, bien sabes que soy un gran benefactor del hospital y si lo desearas podría hablar con el director para que te diera un permiso especial, hace mucho que no compartimos un viaje de aventuras, podríamos viajar por lugares bastante interesantes – comentó a fin de avivar algún interés en la rubia.

- Déjame pensarlo, Albert, quizá puedas tener razón, necesito descansar y alejarme por un tiempo de todo esto, ahora si me disculpas, debo retirarme- finalizó, saliendo rápidamente del comedor hacia la puerta.

El millonario se quedó solo en la mesa meditando sobre el comportamiento de su hija adoptiva.

Creía que desde hacía tiempo ese espinoso tema ya lo había superado. Recordó todos esos momentos que vivieron juntos y que hizo anidar en su corazón un cariño muy especial, que de a poco se fue convirtiendo en una pasión irremediable; muchas veces había visto esa gran alegría en su rostro cuando conversaban de varios temas y habían llegado a hacer pequeños viajes juntos. Aunque había momentos en que la joven se hundía en profundos silencios, rápidamente recobraba esa alegría y jovialidad tan características en ella. Seguido iban al orfanato a visitar a la señorita Pony y la hermana María para ver como iban con los chicos. Por tal motivo, no se había atrevido aún a declararle su amor. Creía que en un futuro no muy lejano ya lo habría olvidado y podría ocupar su corazón. Sin embargo esa actitud reciente lo había dejado pensando de nuevo en tal posibilidad.

- No te guardo rencor alguno, Terry, sin embargo, no sé como reaccionaría ella si te volviera a ver, porque sé que sigues amándola – pensó para sus adentros.

- Señor Andrey, su auto está listo para ir a su oficina en el momento que usted lo decida – irrumpió George, sacándolo de sus pensamientos.

- Muy bien, vámonos ya que tengo muchas juntas que atender – ambos se encaminaron hacia el automóvil que ya los estaba aguardando en la puerta.

En el hospital, Candy se encontraba llenando algunos reportes de los niños que pronto vería en el área infantil, cuando una de sus compañeras se acercó a notificarle de su urgente presencia en el quirófano.

Acto seguido, dejó lo que estaba haciendo y corrió hasta encontrarse con el doctor Halliwell:

- Rápido, Candy, prepara el material, tenemos una persona herida que fue atropellada y necesitamos operar de emergencia – dijo mientras se colocaba su uniforme quirúrgico y colocaba sus guantes.

- Está bien, doctor, en un momento lo veo allá – dijo dirigiéndose hacia el vestidor.

Mientras estaba en la operación, un cierto nerviosismo y un vuelco en el corazón le asaltaron al instante. Después lo olvidó; había situaciones en las que ya no era válido pensar en uno mismo, si no en los demás y ese, era uno de esos momentos.


Terry ya se había arreglado y estaba desayunando en el restaurante del hotel. Realmente nadie lo había reconocido.

Su cabello estaba envuelto por una peluca negra y usaba unos anteojos ligeramente oscuros; había dejado su barba cerrada, de tal manera que le cubriera parte de la cara; su vestimenta era muy casual: pantalón oscuro y camisa azul bastante informal. Lo complementaban una chaqueta oscura y una boina bastante pintoresca. Semejaba un chico de porte estudiantil y a la vez muy intelectual. Había modulado su voz, como buen actor, para no delatarse enseguida. Un ligero acento sureño de los Estados Unidos se le notaba al hablar.

Divertido, se rió frente al espejo:

- Pues... si que me veo diferente. Es divertido esto de las caracterizaciones – y su exquisita risa inundó la habitación.

Después de desayunar comenzó a caminar sin rumbo fijo hasta llegar a un pequeño parque que se encontraba cerca del hotel. Tenía un periódico en la mano, se sentó en una de las bancas y se dispuso a leer. Vio pasar de reojo una pareja de la mano; ella estaba embarazada y él le daba pequeños besos mientras platicaban.

- Esa podrías ser tú, mi amada pecosa – pensó Terry con tristeza, cuando los vio pasar frente a él.

- El destino ha insistido en separarnos una y otra vez, ¿por qué diablos no he podido ser feliz con otra que no seas tú? – pensó estrujando fuertemente el periódico.

- Quisiera tenerte para mí, solo para mí, hundirme en tu verde mirada y en tu hermoso cuerpo, sentir tu aliento quemándome por dentro – dijo para sí mientras veía a la pareja alejarse.

- Quizá Albert pueda darme noticias de ella, debo localizarlo; aunque sea de lejos, pero tengo que verla, comprobar que realmente si ha cumplido su parte de la promesa, que es feliz al lado de otro que sí la ha sabido valorar; al menos ella habrá superado sus sentimientos – pensó, mientras se dirigía hacia el centro de la ciudad.


En el hospital, después de una cirugía bastante complicada, Candy se encontraba descansando en la cafetería del lugar con una compañera de trabajo, Nancy, quien también había estado presente en la intervención.

- Pobre señor, ojalá se recupere satisfactoriamente – dijo Nancy, a la rubia.

- Seguramente; yo estaré al tanto de su evolución, no creo que sea justo dejar una familia desprotegida, y confío en que el paciente ponga todo de su parte para salir avante – respondió con firmeza.

- Y piensas tomar vacaciones pronto, Candy? – preguntó la joven enfermera.

- Todavía no lo sé, Albert me ha propuesto que salgamos a vacacionar a Sudamérica, y creo que sería algo bueno, pero tengo que comentárselo al doctor Fanning, ya ves que tengo cosas pendientes en el centro de investigaciones amiga – comentó la rubia.

- Deberías tomarlas, has trabajado mucho y en algunos años no he visto que realmente tomes un descanso, si acaso pequeños intervalos de días y creo que por tu salud debes descansar por un momento, deberías aprovechar, seguramente ya habrás acumulado mucho tiempo, un viaje de dos meses te sentaría de maravilla – puntualizó Nancy.

- Te prometo pensar acerca de eso, ahora debo seguir con mis actividades, nos vemos después – dijo despidiéndose y acto seguido se dirigió al centro de investigaciones.

El doctor Ernest Fanning, se encontraba en el laboratorio del centro en compañía de algunos colegas. Estaban haciendo pruebas químicas para producir un medicamento que pudiera minimizar un poco el dolor en algunos pacientes desahuciados. Comentaban los avances entre ellos cuando Candy llegó al lugar:

- Doctor Fanning he llegado – dijo esbozando una hermosa sonrisa.

- Hola, Candy, ¿qué tal te fue en el hospital? – preguntó mientras manejaba un matraz.

- Excelente, mis niños siguen evolucionando muy rápido, aunque batallo mucho para aplicarles los medicamentos, sobre todo si son inyectables – respondió riendo.

- ¡Esos niños! Tienen la mejor de las suertes al tenerte como enfermera, les infundas muchos ánimos y bríos para que sigan con su tratamiento – exclamó soltando una carcajada.

- Muchas gracias por sus palabras, doctor, pero yo sólo hago mi trabajo con la mejor disposición, me encanta ayudar – dijo, recordando de repente la cirugía de emergencia que acababa de tener - Por cierto, hubo un accidente muy feo y llevaron al herido al hospital, tuve que ayuda al doctor Halliwell en la operación, duró mucho tiempo y confiamos en que se recupere pronto – su rostro mostró un semblante de preocupación.

- Candy, debemos confiar en la capacidad del paciente, si se lo propone puede contribuir a que su recuperación sea satisfactoria, y esperemos que así sea, no te preocupes jovencita y ahora sigamos con las notas del experimento de hoy ¿quieres? – habló mientras tomaba sus anotaciones correspondientes a los resultados de ese día.

Después de haber terminado y llegado a algunas conclusiones, la joven rubia solicitó al galeno un momento de su atención:

- Me gustaría hacerle una pregunta, doctor – dijo con seriedad.

- ¿Es algo grave, Candy?, me preocupas, ¿te sucede algo? – preguntó con ansiedad.

- No, no quise preocuparlo, es solo que quería ver si es mucho pedirle vacaciones, mi padre adoptivo me ha invitado a hacer un viaje fuera de Estados Unidos y la verdad creo que ya las necesito – dijo con un dejo de pena.

- Pero, Candy, tú sabes que desde hace algunos años deberías de haberlas tomado, no te he querido insistir, pero me preocupa que te agotes seguido, sabes que no es bueno trabajar todo el tiempo, y de mi parte solo avísame qué día y por cuánto tiempo te vas, hemos avanzado mucho en los experimentos y me has sido de gran utilidad, pero puedo encontrar un suplente en el tiempo que te ausentes, así que piénsalo bien y solamente tienen que avisar ¿ok? Ahora debo seguir con mis hipótesis pequeña – finalizó mientras se dirigía a su oficina.

Ella se sorprendió, no creyó que le fueran a otorgar el permiso, sin embargo era consciente que ella se lo había ganado por méritos propios. Así que solo restaba poner al día todos sus pendientes y ahora sí, a organizar con Albert el viaje.

Pensando en cómo sería Sudamérica, se dedicó a trabajar en su oficina hasta muy tarde.


Terry caminaba despreocupadamente por las calles de Chicago, a ratos se asomaba a las vitrinas de las grandes tiendas para ver los diferentes productos que las mismas ofrecían.

Visitó museos y casas antiguas, caminó por algunos parques de la ciudad. Llegaba a los lugares al azar, prácticamente estaba conociendo a fondo parte de la ciudad.

Estaba sorprendido de que nadie lo hubiera reconocido y una vez mas se vanaglorió de su ingenio al elegir su indumentaria.

- ¡Cielos!, las clases de caracterización si que pueden llegar a ser útiles en momentos bastante inesperados – pensó, con los bolsillos en las manos.

Caminaba distraídamente cuando sintió la enorme necesidad de tomar una bebida caliente, era un poco tarde y ya tenía algo de hambre así que decidió entrar a un pequeño pero acogedor restaurante ubicado a pocas cuadras del centro de la ciudad.

Un trovador se encontraba en medio del local y Terry escogió sentarse en un rincón del lugar, tratando de pasar completamente desapercibido. Pidió al mesero un chocolate muy caliente y una cena ligera para poder disfrutar de la música del cantautor, la letra de esa canción sentía que era escrita especialmente para él. La escuchó con atención.

Los aplausos le sacaron de su cavilación e intercambió una triste mirada, por un instante, con el trovador, quién le dedicó una amistosa sonrisa. Asintió con la cabeza y se volvió a sumergir en sus recuerdos. El cantautor siguió con su repertorio.

Otra imagen iba enmarcando ciertos momentos vividos en la intimidad de su estudio, en Nueva York; imágenes que eran ya habituales para él. Terry bebió otra taza de café, después pidió la cuenta y se retiró del lugar. Se despidió del trovador. Le había gustado mucho el lugar y se propuso ir más seguido, en realidad esas canciones le habían tocado las fibras más sensibles de su ser y consideró que era suficiente por el momento; necesitaba valor para poder enfrentar un encuentro pendiente con aquella hermosa rubia. Se percató de lo tarde que era y decidió retirarse nuevamente a su hotel. Había disfrutado enormemente la música del lugar. No se percató de que un par de ojos lo seguían con sumo interés.

El joven, que se encontraba hospedado en el mismo hotel del actor, se encontraba al fondo del lugar, pasando prácticamente imperceptible para los demás, excepto, claro, para el mesero. Había disfrutado mucho la actuación del cantautor y cuando vio que el actor entraba al mismo lugar donde él se encontraba, no pudo menos que regocijarse. En realidad, las cosas marchaban bien para él.

Seguramente, llegarían a ser muy buenos amigos.

Había esperado a que el actor saliera del local, cuando el chico se puso su abrigo y fue caminando detrás de él. En un principio, había pensado en hablarle en ese mismo momento, sin embargo, meditó bien, y esperaría otra ocasión.

La noche ya estaba muy entrada, el joven actor ya se había ido a su recámara.

El otro chico tenía otra muy larga, de la que tenía que sacar el máximo provecho.


La enfermera llegó ya muy tarde a casa; la Tía Abuela, como era su costumbre, ya estaba esperándola para reclamarle su hora de llegada.

- Candy, ¿por qué llegas tan tarde?, no es propio de una señorita decente andar por las calles a esta hora – dijo enojada la matriarca.

- Tía Abuela, tuve un día muy ocupado, como pienso tomar mis vacaciones pronto, debía poner al corriente algunos asuntos pendientes que tenía hace tiempo – respondió firme.

- Sigo sin estar de acuerdo en que trabajes, no es propio de una dama de sociedad, pero no quiero tener problemas con Albert, ¿ y a dónde piensas irte? – cuestionó secamente la anciana.

- Me ha propuesto que vayamos a Sudamérica – respondió sin interés de entrar en discusión.

- ¿Cómo, él también se va?, pero ¿es qué nadie me toma en cuenta para contarme de sus planes?, ¿por cuánto tiempo piensan irse? – preguntó ya alterada la mujer.

- Pregúntele a él, seguramente ya tiene el itinerario completo, no me ha dicho nada al respecto, así que con su permiso, me retiro a mi habitación – dijo saliendo del lugar y dejando enojada a la anciana.

Llegó a su habitación y se tiró sobre su cama; no soportaba la idea de seguir viviendo ahí, extrañaba su independencia y sus momentos de intimidad, pero era tan fuerte el agradecimiento y los sentimientos de gratitud a Albert que al ver el permiso de seguir trabajando aún viviendo bajo el mismo techo con la anciana, que no pudo negarse ante tal ofrecimiento.

Se dio un buen baño, se enfundó en su pijama y se acostó hasta quedarse profundamente dormida.

El magnate llegó un poco después.

La Señora Elroy ya le esperaba bastante alterada.

- ¿Qué se traen tú y esa muchacha, William? – preguntó dándole la espalda.

- ¿Por qué, Tía?, ¿acaso estás enojada nuevamente por ella? – contestó sin ánimo de iniciar una pelea.

- Dice que tú y ella saldrán de vacaciones, ¿es eso cierto? – volvió a inquirir.

- Así es; he decidido que Candy necesita distraerse, ha tenido muchísimas obligaciones y no se ha permitido un solo descanso desde que está en ese hospital, por lo que yo le propuse salir del país por un mes, de vacaciones, ¿hay algo de malo en eso tía? – preguntó de nuevo.

- Me molesta que no me tomen en cuenta para hacerme partícipe de sus planes, William, no estoy pintada, también tengo decisiones en esta familia, y debería preocuparte que Candy ya está en edad de casarse; necesita un marido que esté a la altura de nuestra familia y de una buena vez por todas sentar cabeza y dejar esas tonterías de trabajo. Creo que soy la única que se preocupa por su futuro. No has hecho algo al respecto William, y me inquieta sobremanera que se le pase la edad y quede soltera de por vida. No es correcto para una dama – respondió cada vez más seria.

- Tía Abuela, ya te he dicho que ella tiene la total libertad de escoger a quién quiera, en el corazón no se manda y si ella decide no hacerlo, respetaré su decisión. No es su obligación casarse, ya sabrá que hacer con su vida ¿es qué no puedes entender eso? – insistió el millonario.

- ¿Y la sociedad?, ¿es que no les importa que seamos blancos de chismes y habladurías?, hay muchos prospectos excelentes para Candy, algunos se han atrevido a insinuarme su interés en ella William, ¿es qué no comprendes?, se le va a pasar el tiempo y necesitamos herederos – respondió enérgica.

- ¡No me importa lo que piensen los demás! ¡si no se quiere casar es su problema, es inútil seguir con esa discusión, me retiro! – dijo muy enojado, saliendo de la habitación.

La matriarca se quedó sola en la sala.

No pudo reprimir su coraje y comenzó a maldecir a Candy.

- En qué maldita hora tuviste que haber llegado a nuestras vidas, Candy ¡te odio! – pensó con amargura, mientras se retiraba a su alcoba, estrujando su falda.


Un hermoso día había amanecido en Chicago.

Un joven se revolvía inquieto en su cama, presa de febriles sueños.

Una boca palpitante intentaba posesionarse de la suya, un cuerpo cálido envolviéndose en el suyo, sensaciones placenteras al adentrarse en lo mas profundo de ella. Terry despertó al instante bañado en sudor; un deseo incontenible lo llenaba de pies a cabeza. Decidió darse un baño de agua fría para calmar esas sensaciones. Creyó que enloquecería de pasión, pero pudo contenerse. Se vistió y bajo al restaurante del hotel a tomar un desayuno.

Conforma tomaba su desayuno iba rememorando el sueño tan vívido de la noche anterior: ella iba susurrando su nombre mientras él bajaba de su boca al cuello en pequeños besos, caricias entrelazadas por todo el cuerpo. Un estremecimiento se apoderó de Terry y decidió evitar ese tipo de recuerdos. Al menos durante el día.

Salió a caminar por el centro financiero de la ciudad cuando de repente a lo lejos observó el distinguido emblema de la banca Andrey; se quedó un buen rato admirando la construcción. Siguió caminando por zonas aledañas cuando vio que una limosina se estacionaba a la entrada del lugar.

Acto seguido, un elegante señor abrió la puerta del vehículo y vio emerger de él a Albert.

Terry observó, con azoro, como el joven magnate se adentraba en el vestíbulo del lugar con un presunto asistente detrás.

No cabía de la sorpresa de ver a un Albert tan diferente, entrar en ese edificio; siempre creyó que era un viajero incansable. Justo en ese momento cambió su itinerario por completo. Decidió entrar al edificio y preguntó a la recepcionista sobre aquel personaje.

- Disculpa señorita, ¿sería tan amable de indicarme a dónde se dirige el joven que acaba de entrar?- dijo, haciendo gala de su irresistible atractivo.

La chica completamente sonrojada le indicó que iba a su despacho. Terry no entendió bien a que se refería por lo que pidió mas información sobre él:

- ¿Me está tratando de decir que él trabaja aquí? – preguntó nuevamente acercándose un poco más a la chica.

- Eehh, si joven, la persona por la que me está preguntando es el señor William Albert Andrey, dueño de empresas Andrey, creí que lo había reconocido – respondió la nerviosa recepcionista.

- Muchas gracias, ¿usted sabe si sería posible que me pudiera recibir en este momento?, soy un viejo amigo de él – dijo guiñándole un ojo de manera muy coqueta, la chica se sobresaltó.

- Permítame ver si lo puede atender, ¿me da su nombre por favor? – preguntó, tomando nota para avisar a la secretaria particular del magnate.

- Dígale que lo busca un viejo amigo de Londres solamente, por favor, el mismo que estudió con su hija Candice Andrey en el Colegio Real San Pablo; sabrá quién soy inmediatamente – finalizó realmente sorprendido de saber la verdadera identidad del rubio, aunque supo disimularlo muy bien.

- Espere aquí, veré con su secretaria si lo puede recibir – dijo la recepcionista apenada.

Terry tomó asiento en la salita de estar de la oficina y no pudo menos que sonreír, era muy gracioso que aquel Albert tan aventurero y sencillo fuera cabeza de una de las familias más poderosas de los Estados Unidos. Le dio mucho gusto pensar que seguía siendo un hombre sencillo y alegre a pesar de su linaje.

- Disculpe, joven, pase, el señor Andrey lo espera en su despacho – dijo al salir la secretaria particular, una atractiva joven de piel trigueña y cabellos castaños.

- Muchas gracias, señorita, es usted muy amable – respondió Terry con solemnidad.

Fue conducido a un enorme despacho, decorado pulcramente con muebles de madera bellamente tallados llenos de libros, y un escritorio enorme completamente ordenado, algunos papeles aparecían sobre la mesa, dando la impresión de que Albert apenas y había iniciado con sus labores cotidianas.

El joven magnate le dirigió una significativa mirada y lo recibió sin ocultar su sorpresa.

- Terry, ¡qué sorpresa!, creí que estabas en Nueva York en alguna obra teatral, imagino que te ha de estar yendo muy bien – dijo al momento de hacerlo pasar y darle un abrazo de bienvenida.

- Lo mismo pienso, Albert, ¡qué sorpresa contigo también!, nunca imaginé que fueras el dueño de una empresa bastante poderosa, siempre imaginé al líder de los Andrey con al menos 50 años de edad, pero en serio ¡superaste mis expectativas! – contestó soltando una gran carcajada.

- Sabes bien que nunca me ha gustado ostentar y presumir de mi persona, me gusta vivir con sencillez, y valerme por mí mismo, no por un nombre o un linaje, eso no va conmigo – replicó con tono serio.

- No quería molestarte, disculpa si te ofendí, amigo – repuso el actor.

- No fue i intención hacerte sentir mal, es solo que no es la primera vez que me hacen este tipo de comentarios y llega un momento en que involuntariamente les contesto de esta manera, discúlpame tú a mí, pero dime, ¿en qué te puedo ayudar? – preguntó el rubio, imaginando la respuesta y sintiendo un enorme vacío en el estómago.

El joven actor tomó aire y empezó a contar a Albert, quien escuchaba en silencio, lo que había acontecido en su vida desde la última vez que había visto a Candy hasta le necesidad de verla aunque fuese por una última vez, aún sabiendo su condición de mujer casada, obviamente no pudo disimular el enorme disgusto de saberla de otro.

- Albert, sé que no podía esperarme por toda la eternidad, sin embargo siempre albergué la esperanza de llegar a estar a su lado, lo de Susana sabía que iba a ser momentáneo, pero esa maldita nota en el periódico destruyó todas mis esperanzas en un nuevo encuentro y una reconciliación, dime... ¿es feliz? – preguntó con el corazón en la mano.

- Terry, me sorprende que con todo el amor que dices tenerle no hayas indagado mas a fondo el asunto de ese compromiso – contestó poniéndose de pie frente al ventanal dándole la espalda. Puso sus manos detrás y comenzó a hablar.

- Desde aquella fatídica noche en que se vieron en el hospital, no imaginas lo que le pasó a mi niña: llegó presa de una fiebre espantosa, perdió el conocimiento en el tren al regresar a Chicago, estuvo muy mal durante unos días y como es habitual en ella, no me quiso contar en ese momento sobre la razón de su tristeza. Me enteré después; sus ojos hablaban por ella. No quise atormentarla haciéndole recordar lo sucedido, solo me dediqué a consolarla y apoyarla en sus decisiones. Luego vino la insistencia de Neal Leegan de casarse con ella, se volvió una obsesión, al grado de publicar en el periódico ese estúpido compromiso, carente de bases, yo no lo sabía, y créeme, cuando me enteré inmediatamente lo mandé a aclarar. Pero veo que de esa parte ya no te enteraste. Ella no se ha casado aún, Terry – vio que el actor se sumía en un profundo silencio.

Su semblante se transformó en un rictus de dolor, pero al instante se tranquilizó. Volteó a verle y acto seguido, se sentó nuevamente en su sillón.

- Ha superado muchas pruebas difíciles, y ahora está en un buen momento profesional, ha avanzado mucho, y créeme, es una mujer distinta de la que conociste, sin embargo, creo que quizás deberías aclararme algunas cosas primero antes de verla, porque sé que vienes a buscarla y no quiero que una vez mas la hagas sufrir, ya ha pagado su cuota y con creces, así que te pido me aclares tu situación, primeramente con respecto a tu compromiso. Ella se merece lo mejor – le indicó conminándole a tomar la palabra.

El aristócrata no podía salir de su azoro, ¡ella estaba libre!, se reclamó internamente el no haber querido saber más de ella en ese momento, ahora era ya tarde para arrepentimientos, así que comenzó a narrar su parte en ese entramado de historias inacabadas. Su parte aún estaba por confirmar el curso de los acontecimientos futuros. Tomó aire, y comenzó a hablar con sinceridad lo que había sucedido desde ese fatídico día en el Hospital Saint Joseph, donde decidió entre el deber y el amor.

- Desde ese día no dejo de recriminarme mi falta de valor para expresar lo que sentía por ella. Candy decidió por mí y fui tan débil y tibio en su empeño por que me quedara con Susana que lo acepté con resignación. Hubieron momentos en que la odié por esa acción, sin embargo fue el ver a Susana en su papel de víctima de las circunstancias y sufriendo por mi culpa lo que me hizo reconsiderar mi papel de prometido agradecido, que decidí seguir con el destino impuesto por mi pecosa – narró, sin darse cuenta del sobresalto de su interlocutor, al escucharle llamarla así.

- Después, tuve esa época de alcohólico; tú viviste parte de ese momento, Albert. Terminé en un teatro de mala muerte y fue la visión de su presencia en aquel estado tan lamentable lo que hizo levantarme y seguir viviendo con mayor empeño y ahínco; imaginé que efectivamente me había visto y con su silencio me decía que no quería verme sufrir, que quería ver al Terry que ella había conocido, fuerte y enfrentando la vida con total entereza, que esa alucinación fue suficiente para tomar mis cosas de regreso a Nueva York y seguí con el futuro que me había impuesto. No te lo niego, me porté excelentemente bien con Susana y hasta la fecha he tratado de amarla sin conseguirlo, además de un tiempo para acá me he dado cuenta que ella también ha cambiado, me siente seguro y es muy clara la manipulación que intenta ejercer sobre mí, le he dado largas al asunto del compromiso, no niego que he recurrido al dinero para tratar de agazapar sus ansias de casarse, pero no siento el menor interés en esa mujer y no quiero seguir con ella; de hecho, he estado pensando que haré con mi vida sentimental, pero antes de proseguir, quería darme un tiempo para averiguar si realmente era feliz con su nueva vida de casada. Después de corroborarlo con mis propios ojos, quería tener las fuerzas suficientes para regresar a Nueva York y ponerle un alto a Susana a quien he dejado una excelente pensión que no puede rechazar; solo quiero ser libre, quiero seguir en el teatro, y con esa mujer a mi lado. No tienes idea cuantos triunfos por mi actuación han sido dedicados a ella. Muchas cosas, muchos logros, los he hecho en nombre, en su preciado recuerdo; siento que un cambio a mi vida no caería nada mal, pero ahora me entero que no está casada, y eso cambia el curso de las cosas mi estimado amigo, porque entonces no sé que pueda pasar a partir de ahora. Te he confiado esto porque tu siempre supiste de mi obstinado amor por ella, tan es así que te fuiste y la dejaste bajo mi cuidado... Albert, ¿crees que ella me sigue amando?, tú la conoces mejor que yo, por favor, aclara esta duda que hace años me sigue carcomiendo, por favor, ¡te lo suplico! – suplicó bajando su rostro y tapándolo con sus manos para evitar las lágrimas.

Albert estaba celoso, no contaba con que él la buscaría tan pronto. Pensaba irse con Candy y empezar a llamar su atención para tratar de hacer que lo olvidara, sabiendo lo difícil que sería tal tarea, porque era muy cierto que ella aún sufría por Terry. Sin embargo, en un momento de entereza y resignado a aceptar el dejar que las cosas fluyeran como se fueran dando, cambió completamente su expresión – para su propia sorpresa -, a una actitud bastante compasiva y le dijo:

- Terry, no soy yo quien te pueda aclarar eso, bien sabes que Candy es muy hermética respecto a sus sentimientos, sin embargo, lo único que te recomiendo es que sigas el llamado de tus sentimientos y ella también, no creo conveniente el que le diga que estás aquí, mejor déjalo al azar, busca una manera de encontrarla de forma casual y después que las cosas se vayan dando, y si ella regresa a ti lo entenderé muy bien y... lo aceptaré Terry porque yo... la amo con toda mi alma y con todas mis fuerzas, en estos momentos siento unos celos enormes de saber que has regresado, sin embargo no quiero ser posesivo ni agresivo, no contaba con que vinieras nuevamente a nuestras vidas, pero quiero pensar que ella debería intentar ser feliz y tal vez las cosas resulten favorables para que puedan estar juntos nuevamente, pero eso sí, quisiera dejarte bien claro, Terry, que este es el último intento para volver a estar con ella, acepto hacerme a un lado y reprimir todo esto que siento, pero si veo o me entero que vuelve a sufrir por tu culpa, jamás te lo perdonaré y no te daré derecho de réplica, te olvidarás de que soy tu amigo y que alguna vez tuviste algo que ver con mi protegida, porque entonces mi furia será implacable Terry, te lo advierto y repito, es TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD – dijo, sin evitar sentirse molesto y recalcando estas últimas palabras.

El actor se quedó pasmado ante la actitud de Albert y su declaración de amor hacia Candy - lo cual claramente lo convertía en su rival -, permaneciendo en silencio por un instante, pero rápidamente recobró la compostura; había una gran esperanza y no la desperdiciaría:

- Por lo que más amo en el mundo, que es a ella, te prometo y te doy mi palabra de hombre y caballero que no los defraudaré, no imaginaba que tú también la amabas, sin embargo me has dado un aliciente para acercarme nuevamente a ella, porque deduzco entonces que Candy me corresponde. Agradezco tu sinceridad al confiarme tus sentimientos y te prometo que no saldrá palabra alguna de mi boca respecto a lo que sientes por ella, aún y cuando me rechazara o llegara a presentarse algún problema que pudiera mermar mi relación con ella – le comentó tranquilamente, imaginando que el momento de verla estaba muy cerca, más de lo que él pensaba.

Albert le agradeció su promesa y le indicó que tenía asuntos que atender, así que debía retirarse a sus labores:

- Hasta que no lo vea con mis propios ojos y realmente esté convencido de que Candy es feliz contigo, no estaré tranquilo con esta situación. Tienes mi permiso para cortejarla, dentro de las reglas y protocolos familiares; quiero que la respetes y te lo repito una vez más, no le falles Terry, hazla feliz, si no, seré implacable y haré que nunca más en tu vida vuelvas a saber de ella... puedes retirarte, debo proseguir con mis actividades... fue un gusto verte de nuevo Terry – finalizó con un gesto de amargura.

- Gracias, Albert y te reitero mi promesa, no la volveré a hacer sufrir. Que tengas buen día y nos vemos más adelante, cuídate – se despidió y se dirigió hacia la salida del despacho.

Salió del edificio tratando de asimilar todo lo que había acontecido hasta que se dio cuenta de que tenía que indagar muy bien todo sobre la vida de su amada para poder empezar a concretar algún encuentro casual, como lo había propuesto Albert.

Eso era, lo dejaría todo a su tiempo.

Por la tarde se dedicó a pasear por otros lugares, hasta que se metió a comer a un restaurante bastante pintoresco. Caminó por horas hasta que regresó ya en la noche, a ese café donde el trovador alistaba ya su guitarra para cantar sus canciones, canciones que seguramente harían rememorarle muchas cosas y emociones.

Un par de ojos brillantes le observó cuando salió del lugar.

Reconoció nuevamente al actor y sonrió para sí. Lo tenía decidido, intentaría acercarse al joven.