CAPÍTULO II

Candy se había levantado ese día muy temprano, debido a pendientes que quería poner al corriente en el hospital, por tal motivo desayunó sola y salió de la casa, sin que los demás se hubieran despertado aún.

En el camino venía haciendo muchos planes en cuanto quedara libre de sus obligaciones. Trataba de imaginar como era Sudamérica, y había estado investigando algo al respecto, sin embargo le intrigaba conocer culturas extrañas a la suya. Pensaba en Albert y su alegría expresada al aceptar su propuesta de vacacionar junto a él. Cierto era que lo sentía bastante efusivo con ella, pero lo dejaba al cariño que sentían por haber estado juntos en momentos muy difíciles y que habían creado un sentimiento muy fuerte de hermandad entre ellos, no podía imaginar a Albert enamorado de ella, aunque no negaba que era un joven bastante apuesto y que la hacía sentirse protegida. Su rostro tan varonil le infundaba una confianza y ánimo vitales para superar todos esos momentos de desavenencias ocurridas en su vida. Una palabra, un abrazo fraternal de apoyo habían bastado para que ella se sintiera realmente bien. Sin embargo, pensar en el amor, aún era algo muy prematuro en ella; Terry seguía instalado en el fondo de su corazón y tendría que ser alguien lo bastante especial para poder borrarlo de su vida y su memoria; muy en el fondo, sabía que se negaba a dejarlo ir, a pesar de saberlo de otra.

Iba cavilando sobre la calle, cuando tropezó con un joven haciendo que su bolso con libros cayera al suelo:

- Fíjese por donde camina, señorita – decía el joven realmente enojado, ya que había recibido un pisotón bastante doloroso.

- ¡Dios mío! Discúlpeme joven, lo siento mucho yo...no me di cuenta por donde venía caminando...perdóneme...lo siento mucho – contestó bastante apenada tratando de juntar sus libros, sin verlo a la cara.

Esa voz hizo estremecer de ansiedad al joven, quien al darse cuenta de que era ella, tuvo que hacer un enorme esfuerzo por disimular su nerviosismo. Total, no había de que preocuparse, traía su disfraz y al parecer aún no lo había reconocido:

- Lo siento, no quise importunarla, tampoco venía atento en el camino, le ruego me disculpe por favor, déjeme ayudarla – respondió con su acento sureño el joven, levantándose de inmediato y ayudando a la rubia a incorporarse.

- La culpa es mía, por favor, acepte mis disculpas, es que...- se calló al ser interrumpida nuevamente por el joven, había alcanzado a verlo de reojo, tras sus lentes oscuros.

- Por favor, no sigamos con esto, creo que debemos tener más cuidado al andar por la calle, entonces los dos fuimos culpables, jajaja –rió el actor improvisadamente y no se dio cuenta que ella se había quedado callada.

Terry reaccionó y vio que ella estaba en completo silencio perdida en sus recuerdos, se reprendió internamente por dejar fluir su risa de manera natural, y le habló nuevamente, esta vez tratando de modular su voz, para impedir que lo reconociera:

- Disculpe, señorita, ¿es qué he dicho algo que le haya importunado o molestado?, le suplico acepte mis disculpas una vez más – le preguntó, tomándola por los hombros.

- ¿Eh?, ¡ah!, Sí, lo siento, es que de repente me pareció muy familiar su sonrisa, ¿de casualidad nos hemos visto antes?, pero creo que no, su acento es diferente – respondió con una sensación de nerviosismo en el estómago, realmente le había sobresaltado su risa.

- No creo, pero si en algo le he faltado al respeto, dígamelo por favor, no quiero causar una mala impresión en usted –le comentó seriamente el actor.

- No, está bien, acepto sus disculpas, ahora debo retirarme, se me ha hecho muy tarde ya y tengo cosas que hacer, con su permiso me retiro – finalizó con una sonrisa y siguió con su camino.

Terry la siguió y le preguntó en dónde trabajaba:

- ¿Por qué lo quiere saber, señor? – preguntó con reserva la chica.

- Tal vez más adelante tenga la oportunidad de verla y quizá invitarla a tomar un café, realmente me ha caído muy bien –respondió sin saber que decir en ese momento.

- En el Hospital Santa Juana, soy enfermera, lo que se le ofrezca, ahí puede encontrarme, mi nombre es Candice White Andrey , ¿el suyo es?...- inquirió la joven.

- Joshua, señorita Andrey, Joshua McDowell, a sus órdenes – respondió de improviso el joven actor.

- Mucho gusto señor McDowell, ahora debo retirarme, que tenga un buen día - dijo despidiéndose y siguió con su camino.

- Hasta luego... mi hermosa pecosa, realmente estás deslumbrante... - dijo esto último sin ser escuchado, y viéndola alejarse.

- Pronto te veré, mi amor, no sé de donde saqué ese nombre, pero ya veré más adelante como me haré presente ante ti como tal, como aquel Terry que conociste en el barco y que dejaste igual desde entonces, añorando tu compañía y todo tu ser – dijo, acto seguido, se dirigió en sentido contrario al que llevaba la chica, puso sus manos en los bolsillos y siguió con su camino.

Ella vio que se alejaba, quedándose realmente intrigada de conocer a tan enigmático chico. Esa sonrisa la había perdido de nuevo en sus recuerdos, y el sentimiento largamente oculto desde hacía años luchaba ferozmente por salir a flote a través de sus lágrimas. Todos los recuerdos s agolparon en su mente y sus ojos enrojecieron por un momento, sin embargo logró recuperarse rápidamente y siguió caminando hacia el hospital.

- ¡Dios mío! ¿quién eres?, esa risa, ese timbre de voz...imposible, no puede ser él, seguramente en este momento está ensayando alguna obra y lo acompaña felizmente su esposa...me confundí, dejé que me ganara su recuerdo...no volverá a suceder – se prometió no volver a pensar en él al menos en público, su semblante se tornó serio y llegando al hospital, era la misma Candy de siempre.


Albert se encontraba descansando por un momento en su despacho.

Realmente había mucho trabajo ese día y todavía tenía citas pendientes con inversionistas europeos. Pensaba en la forma de decirle a Candy que el viaje se posponía por un tiempo más, para así poner a prueba su corazón, ahora que Terry había aparecido en escena.

Con el pretexto de las inversiones en Europa, decidió decirle que se requería su presencia en Europa y que las vacaciones se postergaban por unos meses más.

- Señor, la comida con los inversionistas es a las dos de la tarde. Ya debe partir, su auto lo espera afuera – le recordó George.

- Está bien, ten listo el auto, sólo organizo esta carpeta con datos financieros y te alcanzo en un momento más – respondió de mala gana el millonario, incorporándose de su asiento y recogiendo papeles del escritorio.

- Muy bien, le espero afuera – su ayudante se retiró de la oficina.

El rubio estuvo observando por un instante hacia el parque situado cerca de su oficina. Después recogió su chaqueta y con los papeles en mano, se dirigió al lugar para reunirse con los europeos.

Una hermosa imagen de Candy le invadió por completo y de ahí sacó nuevos bríos para proseguir con los compromisos que le esperaban ese día.

- Que el destino decida por nosotros, y que todo sea con tal de que logres tu felicidad – concluyó mientras se dirigía a la puerta.


Desde que había llegado al hospital, había tenido que enfrentar múltiples ocupaciones, la atención de sus pacientes, y la necesidad de su presencia en la sala de cirugías la habían tenido exhausta ya para la tarde de ese día.

No había tenido tiempo de tomar siquiera un café, y todavía tenía pendiente la visita al área de sus niños para la acostumbrada lectura y convivencia con ellos.

- Candy, debes llevarle el expediente al doctor Thompson a su despacho, necesita información del paciente de la habitación 204 –le dijo una compañera al pasar por su oficina.

- ¡Cielos! Se me había olvidado, el doctor Thompson ha de estar molesto porque no he ido, gracias, Alice –acto seguido salió corriendo con el documento en mano hacia el lugar.

- Candy, ¡no corras!, ¡Candy! – gritó sin éxito su compañera . La rubia ya había doblado en la esquina para precipitarse corriendo hacia las escaleras.

- Ay Candy, ¿cuándo te comportarás?, ¡no tienes remedio! – dijo, resignada y siguió con sus labores.

La enfermera se tranquilizó un momento antes de llegar a la puerta del despacho, tomó aire y después tocó:

- Disculpe, ¿puedo pasar? – preguntó.

- Pasa, que bueno que viniste, creí que ya se te había olvidado, solo me bastó escucharte corriendo para confirmar mis sospechas – dijo el doctor muy serio.

- Doctor Thompson, yo... lo siento mucho, estuve tan ocupada toda la mañana que olvidé por completo su encargo, le debo una disculpa –dijo sintiendo que los colores le llegaban al rostro.

- ¡Candy!, no te preocupes, solo bromeaba, ya sabía que tenías mucho trabajo, discúlpame si te hice sentir mal, no fue mi intención – contestó ya con un semblante completamente divertido ante su expresión.

- Doctor, ¡qué susto me dio!, creí que estaba muy enojado, pero de cualquier manera, esto no vuelve a suceder, se lo prometo, aquí está el expediente, ¿desea que lo ayude en algo más? – preguntó ya más relajada.

- No, muchas gracias por traérmelo, puedes seguir con tus obligaciones, y discúlpame una vez más por hacerte sentir mal, no quise hacerlo – le contestó el doctor, bastante apenado.

- Muy bien, no se preocupe, la verdad es que he tenido muchas cosas que hacer y se me había olvidado que tenía que entregarle ese expediente, le reitero que no vuelve a suceder, ahora me retiro – dijo Candy muy divertida, dirigiéndose hacia la puerta.

La rubia regresó a su oficina para poner en orden su archivo y proseguir con las actividades pendientes. Todavía debía pasar por el centro en la tarde cuando alguien entró a su despacho:

- Señorita Andrey, vengo a informarle que el señor Andrey le solicita no pida aún sus vacaciones, al parecer hay motivos de negocios muy fuertes que le impiden salir por el momento. Al respecto, le explicará con más detalle en la noche – informó George, son ese semblante tan impasible y tan característico en él.

- ¡George! ¡qué sorpresa!, pero que bueno que me avisa, justo hoy en la tarde iba a indicarle las fechas a mi jefe , de todas maneras yo hablo con Albert, ¡gracias! – le dijo Candy.

- Muy bien, si no se le ofrece nada me retiro.

- Claro que no, George, gracias por avisar, nos vemos más tarde.

- En ese caso me retiro – hizo un ademán de despedida y salió del lugar.

- ¿Qué habrá pasado? Solo espero que no se le haya complicado alguno de sus negocios, y yo que ya estaba pensando en descansar seriamente... ni modo... aunque no me caerían mal unos días, lo pensaré de todas maneras – se dijo a sí misma, después sacó sus documentos y se dirigió al área infantil.

Estuvo un rato atendiendo a los niños, les leyó un cuento como de costumbre y finalmente les dio el medicamento a cada uno.

- Candy ¡no quiero que me inyectes!, ¡eso duele!, ¡ouch! – chilló el pequeño mientras le veía de reojo.

- Bryan, ya te dije que esto no es doloroso a menos que tú quieras que así sea, o ¿quieres quedarte más tiempo aquí niño? – le preguntó con una expresión divertida en el rostro, al mismo tiempo que le daba un beso en la frente.

- Pues si vas a estar todo el tiempo conmigo no tendría ningún problema en quedarme aquí, prefiero pastillas a esos horribles piquetes – dijo el pequeño sobándose el trasero.

- ¡Ya Bryan!, no puedes estar todo el tiempo aquí, mejor ven y dame un beso ¿quieres? Ya pasó el momento difícil – dijo sentándose a su lado y dándole un abrazo.

El niño se le fue encima y se dejó mimar por ella.

Era el más pequeño de todos, tenía sólo cinco años y debía estar en tratamiento médico por un tiempo a causa de una anemia complicada que ya estaba desapareciendo, Su familia era muy pobre y habían llevado al pequeño en muy malas condiciones.

Candy estaba presente cuando llegó y decidió hacerse cargo de él pagando el costo de su tratamiento. Albert había quedado encantado con ese pequeñín y decidió apoyar a Candy. El chiquillo ya estaba recuperándose rápidamente y quizá en unas semanas más estaría dado de alta. La madre lo visitaba todos los días y no dejaba de agradecer a la joven enfermera por el apoyo que le brindaba en ese momento. Estas situaciones le daban mucha felicidad ya que si en algo podía ayudar, con muchísimo gusto lo hacía. Ese niño le agradaba demasiado y le recordaba a sus hermanitos en el orfanato. Al menos la señorita Pony y la hermana María siempre habían procurado el bienestar de todos ellos con todo el amor de mundo, y a pesar de vivir con carencias económicas, en ningún momento sufrieron por hambre.

Estuvo un rato más con los niños y de ahí se fue a comer.

Estaba realmente exhausta y el hambre ya la estaba atormentando desde hacía un buen rato. Así que tomó su bolso y salió del hospital a un pequeño restaurante ubicado a unas cuadras del lugar.

Entró y se sentó en una de las mesitas del rincón.

El camarero llegó y le entregó la carta con la comida del lugar. Con el apetito que tenía se concentró en el menú y no se dio cuenta que en el mismo lugar, en una mesa cercana, se encontraba el joven con el que había tropezado en la mañana y que se había dado cuenta de su presencia al verla entrar y sentarse en esa mesa.

Candy pidió al mesero una sopa, una ensalada, además del plato fuerte y le dijo que más adelante pediría la carta de los postres.

Terry sonrió al escuchar a sus espaldas la voz de la joven y recordó que tenía muy buen apetito. No quiso importunarla así que decidió cambiarse de lugar para poder verla por detrás. Más adelante la abordaría, si se daba la oportunidad, aunque aún seguía pensando como la enfrentaría ya sin el disfraz. No quería perder tanto el tiempo y entretenerse en explicaciones, así que trataba de organizar un encuentro bastante sorpresivo pero que a la vez le diera un indicio de que ella seguía pensando en él.

La mujer comió en total calma y finalmente se decidió por pedir un exquisito pastel de trufa de chocolate con un café. Estuvo sumida en sus pensamientos por un rato más y al final pidió la cuenta y se retiró del lugar.

Regresó al hospital, siguió con algunas actividades más y de ahí tomó camino rumbo al centro de investigaciones.

El doctor Fanning se encontraba redactando algunos apuntes cuando Candy llegó.

Estuvieron verificando el resultado de los experimentos y comentando algunos puntos que creyeron interesantes poner en la bitácora. Mientras escribían, Candy le comentó que no tomaría las vacaciones por el momento debido a un imprevisto que su padre adoptivo había tenido.

- No es necesario que me des detalles, sabes que tienes el permiso para ausentarte en el momento que lo desees, solo te pido de favor me lo hagas saber con anticipación – le dijo el hombre mientras se dirigía a su archivo.

- Muchas gracias, doctor y claro que lo tendré al tanto de mis vacaciones, quizá tome algunos días y yo le avisaré cuándo, si no se le ofrece nada más por el momento ¿puedo retirarme? – preguntó mientras terminaba sus apuntes y comenzaba a acomodar sus cosas en el bolso.

- Claro que sí, Candy, el personal de laboratorio se encargará de lavar el instrumental, así que puedes retirarte, te veo mañana – le contestó el doctor mientras hacía un ademán de despedida con la mano.

Terminó con sus actividades y se dirigió a casa.

Salió del centro y caminó por las calles hasta llegar a un parque. Se sentó por un momento y a lo lejos distinguió otra figura sentaba en una banca sumida en sus pensamientos. Después recordó que ya era tarde y no quiso tener más problemas con la Tía Abuela, se levantó y siguió con el camino a la casa de los Andrey.

Otro día más había pasado.


Terry estaba sentado en el parque tratando de organizar sus ideas.

No tenía aún el plan para poder topar a Candy, pero aún contaba con el tiempo suficiente para regresar a Nueva York ya que también tenía un papel que preparar para la próxima obra. Estaba totalmente decidido a terminar la relación con Susana y seguir actuando en busca de papeles cada vez más complejos. Las críticas le alimentaban las ansias de seguirse preparando cada vez más. Y ahora, su pecosa quizá volvería a estar a su lado.

Tomó aire para poder emprender el camino hacia el café que ya se había convertido en su rincón favorito. Iba con el guión y libreto de la nueva obra que representaría para estudiar algo de la misma. Iba tomando ideas para ese nuevo personaje que interpretaría y tomaba notas de ideas que podía incorporar así como matices de la vida del personaje.

Llegó al lugar y pidió la mesa de siempre. El trovador aún no llegaba y había una música bastante relajante de fondo.

Terry pidió al camarero un café y unas pastas, acto seguido sacó su libreto y se puso a leer, cuando un elegante hombre de complexión mediana, cabello oscuro ondulado, ojos cafés claros, de rasgos muy finos y ataviado muy a la moda, se presentó ante él, sacándolo de sus cavilaciones:

- Muy buenas noches, joven, mi nombre es Nikolas Ash, permítame invitarle la cena, soy ferviente admirador suyo, he seguido con interés todas sus representaciones, lo felicito ¡es un gran actor! – se presentó ante él, sentándose a su mesa.

Terry se quedó muy sorprendido de que alguien lo pudiera reconocer bajo aquel disfraz, a decir verdad, nadie lo había reconocido hasta ese momento, así que tardó en reaccionar, cuando la voz de aquel enigmático personaje lo volvió a la realidad:

- Discúlpeme, si le molesta mi presencia me retiro, no quise importunarle señor Grandchester – se disculpó el caballero.

- ¡Ah! No, quédese por favor, es que realmente me sorprende que alguien me haya reconocido. No esperaba que mi disfraz fuera a fallar en algún momento - lo miró al rostro y un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.

El hombre tenía una tez bastante pálida.

Su mirada parecía expresar una inmensa melancolía. Al dar la mano a Terry, éste se sobresaltó, su tacto era más frío de lo normal, y el inglés lo atribuyó al período otoñal. Esbozó una mueca que parecía ser una sonrisa desdibujada sobre su rostro y le miró profundamente a los ojos.

- Es una sorpresa encontrarme a tan distinguido personaje en esta ciudad, joven actor, ¿está de vacaciones acaso? – preguntó con un brillo especial en los ojos.

- ¡Eh!...si, disculpe... ¿por qué se ha acercado a mí? – preguntó con mucha inquietud. No esperaba que alguien lo reconociera y menos un personaje tan raro como aquel; creyó que era un maleante que lo andaba cazando y lo asaltaría.

- Se equivoca señor Grandchester, no quiero hacerle daño, la verdad, me gustaría ser su amigo, a mí también me encanta el teatro, en algún momento de mi vida llegué a ser actor aficionado también, sólo que finalmente me dediqué a otras cosas – su sonrisa se hizo más sincera.

- ¿Quién es usted?, ¿qué es lo que quiere? – volvió a preguntar Terry más inquieto aún; tal parecía que el muchacho le había leído la mente.

- Una vez más, le ofrezco mis disculpas señor Grandchester, no quise asustarle, me retiro, que pase buena noche –le contestó con un tono sereno y confiable.

- ¡Discúlpeme por favor!, es que...he quedado sorprendido porque me reconoció, llevo algunos días aquí y nadie ha sospechado algo al respecto, le reitero mi petición de invitarle una copa, soy yo quien le debe una disculpa por mi comportamiento – le explicó, haciéndole una señal con la mano, de sentarse en su mesa.

- Muchas gracias Terrence, no quise que pensara mal sobre mí, imagino que es difícil para usted, si ha andado disfrazado y no lo han reconocido, que de buenas a primeras alguien lo reconozca, y más aún, al primer contacto, – le preguntó adoptando una postura mucho más relajada y con una expresión amigable. Seguía manteniendo esa sonrisa y una calidez empezaba a salir de su actitud. Terry se relajó mucho más.

- Estoy en un período de receso; acabamos de presentar una temporada teatral dedicada a obras de Shakespeare, y en estos momentos me encuentro estudiando el guión de otra obra, el autor es Edgar Allan Poe – le contó Terry, con cierta confianza al chico.

- Ya veo joven, es un excelente escritor, su temática me encanta, ese ambiente oscuro y tétrico en sus obras es realmente fascinante, le deseo la mejor de las suertes – le comentó el singular hombre, que no era otro que el chico hospedado en el mismo hotel que el artista.

- Es lo que he podido ver; sería un giro bastante radical pero a la vez muy interesante y la compañía Hathaway seguramente hará una excelente producción y dígame, ¿a qué se dedica usted? – le preguntó el actor.

- Llámeme Nikolas, me gustaría que nos tuteáramos, ¿tienes algún inconveniente al respecto? – le preguntó viéndolo de manera profunda.

- Por supuesto que no, Nikolas, pero cuéntame más de ti por favor, prosigue con tu relato - le animó Terry.

- Soy empresario. Me dedico a la compra y venta de piezas de arte: esculturas, pinturas; también patrocino escuelas de danza y ballet, además de obras teatrales – explicó el hombre reflejando un gusto exquisito por su actividad.

- ¡Wow!, qué interesante, imagino que eres un gran conocedor de las artes en general y dime, ¿en qué parte te encuentras? – le preguntó ya interesado en la conversación de su inesperado acompañante.

- Tengo mi casa matriz en Nueva York y estoy de visita en Chicago porque me interesaría tener patrocinadores locales de mis obras aquí, el objetivo es llegar a tenerlos en la mayor parte de Estados Unidos, estoy convencido de que tenemos un gran talento y muchas veces no les damos oportunidad a jóvenes que por sus escasos recursos no podrían sobresalir en el campo tan variado y amplio de las artes – expuso con animosidad en las palabras, más no en su rostro.

- ¡Te felicito! Nikolas, esta sería una gran oportunidad, he conocido muchos casos de jóvenes que han querido actuar para la compañía Hathaway pero es muy difícil, la competencia es feroz y por qué no, también las recomendaciones ayudan mucho, los jóvenes que no conocen a alguien, bien podrían empezar desde abajo para irse abriendo paso, finalmente aquellos que sean excelentes, serán recomendados por su propio empeño, es una muy buena oportunidad para ellos, con un patrocinador que confíe en su talento realmente podrían llegar muy lejos ¿no crees?

- Sí, tienes toda la razón, por eso he querido apoyarlos en su carrera, porque sé que hay cientos de jóvenes esperando por alguna oportunidad y esta sería la que estarían esperando – contestó con tono tranquilo.

- Comentabas que tú también habías sido actor, ¿por qué te retiraste?, ¿qué obras actuaste? – era genial conocer a alguien que compartiera sus mismos gustos y amor por el teatro.

- Eso, querido amigo, es una larga historia, que en otra ocasión me gustaría contarte, ahora tengo que retirarme, asuntos pendientes me esperan en otro lado, pero con mucho gusto te puedo volver a ver mañana aquí mismo, ¿te parece?, veo que eres cliente frecuente de este lugar – le dijo Nikolas incorporándose de su asiento e inclinándose hacia él.

- ¡Claro que sí! Me encanta este lugar, es muy tranquilo y relajante, además el cantautor es genial, sus letras me inspiran mucho, así que nos vemos mañana en la noche, que te vaya muy bien y me dio mucho gusto conocerte y compartir el mismo gusto por el teatro contigo – se despidió Terry dándole un fuerte apretón de manos. Aquél contacto le volvió a recordar que el tipo era realmente extraño.

- ¡Nos vemos muy pronto!, por cierto, la cuenta está completamente pagada – finalizó el hombre con un gesto de despedida, dirigiéndose a la salida del local.

Terry se quedó muy pensativo.

El hombre era intrigante; su porte lo hacía verse distinguido y se veía realmente que provenía de una familia muy acomodada, con un gusto y refinamiento exquisitos. Sin embargo, su rostro, sus expresiones, eran muy extrañas; a ratos lo sentía vacío, como si se esforzara en aparentar cordialidad, y lo intrigante es que a pesar de esto, le hizo sentirse en confianza. Conforme fue transcurriendo el tiempo de la conversación, empezó a dejar de tener prejuicios hacia él. Sobre todo al ver que ambos compartían el amor por el teatro, el punto débil de Terry. Cuando se vino a dar cuenta, ya habían roto el hielo, y habían dado inicio a lo que prometía ser una buena amistad.

Apartó sus pensamientos de él y se volvió a concentrar en su libreto. El trovador comenzaba una canción que hizo desviar la atención de Terry hacia cierta rubia ojiverde.

Una enorme ansiedad surgió en el actor.

¡Tantas ganas de besarla y abrazarla desesperadamente!, sentir su aliento, su boca junto a la suya; hundirse en sus innumerables rizos. Hizo gala de su fortaleza y siguió inmerso en la lectura. Mañana sería otro día y esperaba que hubiera un contacto más intenso con aquella deseada mujer.

El trovador ya se había retirado del lugar, dejando un corazón ardiendo de deseo.


Como tantos otros días, Candy llegó a casa.

Albert la esperaba sentado a la mesa, presto a tomar su cena:

- ¡Candy!, ¿como te fue?, ¿te llegó mi recado? – preguntó mirándola con cierta inquietud.

- ¡Hola Albert!, claro que sí, George casi me hace brincar del susto al verlo en mi oficina, creí de primera que te había pasado algo, después me comentó que no saldríamos de vacaciones, ahora sí Albert, explícame que sucedió – le pidió la rubia preocupada, mientras se sentaba a la mesa y le hacía señas a la chica de la cocina para que le llevara la cena.

- No es algo grave, pequeña, quédate tranquila, es sólo que se me presentó una gran oportunidad de expandir las empresas Andrey en Europa y por tal motivo debo viajar allá para poder entrevistarme personalmente con los inversionistas que están interesados en la empresa. Pensé que no habría problema en aplazar por un tiempo más las vacaciones, pero necesito tu opinión, ¿habría algún problema? – dijo mirándola a los ojos.

- ¡Claro que no!, entiendo que eres un hombre de negocios muy ocupado, puedo esperar, finalmente, el doctor Fanning me ha dado permiso de ausentarme por un buen tiempo, sólo es cuestión de que se lo notifique antes de partir, aunque quizá más adelante tome algunos días para descansar, no me vendrían nada mal – dijo, guiñándole un ojo y viendo con mucho interés, la bandeja que la chica del servicio le llevaba a la mesa. Se dispuso a comer con muy buen apetito.

- Mmmm... – carraspeó la Tía Abuela al acercarse a la mesa. Se sentó y ordenó una taza de café a la criada.

- Tía Elroy, ¡que bueno que nos acompañas a cenar! – dijo en tono conciliador Albert. La situación se tensó de repente.

- Veo, jovencita, que por más clases de refinamiento y modales que se te den, no tengas el menor interés en aplicarlas – dijo la anciana a la joven enfermera con rudeza.

- Disculpe Tía, no quise importunarla, la verdad tenía mucha hambre, pero si hasta en eso tengo que comportarme como usted ordena, mejor opto por retirarme, me dio gusto conversar contigo Albert – dijo la rubia en tono molesto parándose de la mesa y dirigiéndose a su habitación.

- ¿Hasta cuándo dejaras de agredirla?, ¿es qué no tienes un poco de respeto por ella?, ¡estoy harto de que estés interponiéndote en la vida de Candy! – le reclamó el rubio ya encolerizado.

- ¡Te prohíbo que me hables así, William! ¡Nunca vuelvas a levantarme la voz! ¿me oyes bien?, también yo tengo voz y voto en esta familia y es MI casa, y yo impongo las reglas y normas que imperan en ella ¿te queda claro? – le replicó en tono amenazador.

- ¡Claro que me queda claro y entonces desde ahora Candy regresa a su vida independiente y así queda fuera de tus imposiciones!, así enfrentas tú sola a tus "amistades distinguidas" ¡me encantará ver tu cara cuándo te pregunten por ella y no sepas que responder! – dijo cínicamente el millonario.

La anciana se asombró al ver la actitud desafiante de Albert, que optó por recobrar la serenidad. No quería tener problemas por Candy con él. Decidió tragarse el coraje y cambiar drásticamente su actitud.

- Yo... lo siento Albert... no quise hacerte enfadar, es sólo que, tengo una educación tan férrea, sabes, con el menor detalle recuerdo lo que tuve que vivir... te ofrezco me disculpes...- acto seguido se levantó y salió del lugar.

- ¡Tía Abuela! – gritó pero ya la anciana se había retirado del comedor.

Se sorprendió realmente de verla así.

Nunca en su vida le había pedido disculpas y menos por Candy, así que tomó sus reservas y decidió dejar todo por la paz. En su momento le pediría una explicación; no quería pensar que la anciana estaba tramando algo en contra de su protegida. Después de todo defendería a su amor a capa y espada y no permitiría que la volvieran a humillar, como antaño lo hicieron los Leegan.

Candy se encontraba en su habitación.

Había escuchado la discusión.

Sus lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas. No soportaba la situación; había creído que el ofrecimiento de Albert podía conllevar una reconciliación con la señora Elroy. Sin embargo, se percató de que las intenciones de la anciana distaban mucho de ser cordiales. Desde que había regresado, no había momento en que no le echara en cara su comportamiento, su vestimenta, su falta de modales; cuando otros encontraban una Candy con porte distinguido y sofisticado, ella minimizaba sus atributos. A veces sentía que la envidiaba y por eso llevaba su habitual expresión amarga, otras veces la compadecía, le daba pena saber que la vida de la señora había sido perfectamente decidida desde su nacimiento, y era a través de los reclamos, que le daba cierta importancia a sus actos; a veces, interpretaba cierta admiración en su rostro, cuando Albert le comentaba alguno de sus triunfos en el hospital o el centro de investigaciones. Muchas veces vio a la anciana recorrer con sus manos los distintos reconocimientos a su labor como enfermera, con expresión melancólica. Eran esas pequeñas actitudes la que le hacían reconsiderar su comportamiento frente a ella.

Se dirigió a su armario.

Habían vestidos casi nuevos, tan elegantes y ostentosos, que la rubia por pena se negaba a portar, a menos que no fuera en alguna reunión de los Andrey y con Albert presente. Tenía tantas ganas de donarlos o venderlos para recaudar fondos a alguna organización, pero era tan fuerte la imagen de la Tía Abuela enfatizando la importancia de su linaje y su apariencia, que desechaba inmediatamente la idea. Prefería tenerlos almacenados ahí, a llegar a ocasionarle un problema a Albert con ella.

Instantes después optó por darse una ducha y quedarse un rato mirando por la ventana para relajarse un poco. Su mente empezó a trasladarse a aquel furtivo encuentro con Joshua McDowell. Recordó su enigmática risa. Estaba segura que era muy parecida a la de Terry.

- ¿Qué estarás haciendo ahora? – dijo entrecerrando los ojos y pensando en su boca.

Un viento frío se coló por su ventana y reaccionó. Juntó sus cortinas y se fue a la cama. Se quedó pensando en él. Cerró sus ojos e imaginó que estaba junto a él, abrazándolo y dándole besos por toda la cara y el cuello. Abrazó fuertemente a su almohada. Una sensación desconocida empezó a correr desde su vientre. Su imaginación era bastante fértil. Siguió imaginando sus brazos recorriendo parte de su cuerpo; empezó a sentir mucho calor y sintió su entrepierna húmeda. Una excitación la empezó a recorrer de pies a cabeza y su respiración comenzó a agitarse, de repente un suave golpe en la ventana la sacó de su concentración. Enrojeció al instante y se reprendió por tener esos pensamientos. Regresó a la ventana y se asomó. El lugar parecía inquietante. Un viento fuerte comenzaba a aullar y los árboles se agitaban violentamente.

Las Dulce Candy parecían ser arrancadas con fuerza de la tierra. Tal parecía que una fuerte tormenta arribaría, cuando un gran destello irrumpió en toda la recámara seguido de un amenazador trueno. La lluvia comenzó a correr con fuerza y Candy corrió a su cama y se arropó. Para calmarse siguió pensando en ese apuesto joven que había topado, hasta quedarse completamente dormida.

"Ella iba corriendo aterrada y desorientada por un bosque. No recordaba que era lo que le infundía miedo. Su voz la llamaba, le gritaba que no huyera y se quedara a su lado, diciéndole que la protegería de Susana. Ella siguió hasta llegar a una pequeña cabaña ubicada en medio de aquel lugar. Entró y cerro con todas sus fueras, pero el joven finalmente derribó la puerta. Afuera llovía a cántaros. Ella corrió hacia la pequeña sala de estar y el la alcanzó por detrás:

- Candy, quédate junto a mí, te necesito – le dijo dulcemente al oído.

Su aliento tan cerca le hizo sentir un fuerte estremecimiento a lo largo de toda su espalda. El comenzó a besarla por detrás del cuello y las orejas. Ella cerró sus ojos y se dejó llevar por una agradable sensación.

- Nunca te abandonaré mi amor – decía, mientras besaba su cara, su boca, su cuello.

Siguieron abrazados, cuando el joven decidió encender la fogata para calentarse al menos un poco. Se sentaron frente a la chimenea abrazados; él la comenzó a besar y sus manos iniciaron el recorrido por aquel escultural cuerpo. Llegó a sus muslos y la rubia comenzó a gemir. Sus manos llegaron hasta lo más íntimo de su ser y ella comenzó a corresponder de forma vehemente a sus caricias. Le empezó a desabotonar la camisa y el pantalón, preludio de un acercamiento más íntimo. El joven hizo lo mismo al desprender la blusa y el corsé que se ajustaba a su pequeño talle. Dejó al descubierto sus maravillosos senos los cuales devoró a besos. Candy no podía más y empezó a gemir fuertemente. Terry la recostó sobre la acogedora alfombra y le retiró la última parte de la falda. Los dos estaban desnudos y seguían besándose, sin decir palabras, las miradas y las caricias hablaban por sí solas. Ella abrió sus piernas y sintió que estaba lista para recibirlo. Terry seguía saboreando su cintura y sus senos, cuando se recostó sobre ella y la miró a los ojos. Entonces, ella le sintió entrar y comenzó a gritar cuando un enorme rayo alumbró la sala..."

Candy despertó por el fuerte sonido del aguacero empapada en sudor, su respiración estaba bastante agitada y sentía caliente todo el cuerpo. En un momento creyó que todo era real.

- ¡Dios mío, pero qué sueño! ¡uf! – se incorporó de la cama y se dirigió al baño para refrescarse un poco.

- Era tan real, estábamos juntos, tan unidos... ¡pero que cosas estoy pensando!- y al instante se sonrojó. Si la Tía Abuela supiera enfurecería a morir.

- ¡Terry!, qué cosas me haces sentir, debo tomar algo de agua – se dijo, y se colocó una bata sobre su pijama.

Bajó silenciosamente por las escaleras hacia la cocina cuando un fuerte estruendo la hizo saltar. Llegó corriendo hacia el lugar de donde provenía y vio que la puerta de la cocina estaba abierta de par en par azotándose por la magnitud del viento. Como pudo logró atrabancarla y se sirvió un vaso con agua. Se había llevado tremendo susto.

- ¿Tampoco puedes dormir? – le preguntó, Albert mientras la rubia del susto tiraba el vaso con agua al suelo.

- ¡Albert! ¡Me asustaste! – le reclamó.

- Discúlpame, Candy, no quise sobresaltarte – le indicó el rubio totalmente apenado.

- Estoy bien, es sólo que la tormenta es muy fuerte, no había llovido así en mucho tiempo – le contestó, recobrando su sonrisa y limpiando en el acto, el desorden ocasionado.

- Tienes razón, el clima cambió drásticamente, ven te acompaño de regreso a tu recámara – le indicó, mientras la tomaba del brazo y la guiaba de nuevo a su recámara.

- Albert, ¿te sientes bien?, ¿acaso tienes problemas por mi culpa nuevamente?- le preguntó muy preocupada.

- No es nada, es sólo que mañana tengo muchas cosas que atender y encima debo planear el viaje a Europa, que me desperté pensando en todas las obligaciones que he tenido desde que asumí el papel de líder del clan Andrey – le dijo con un semblante triste.

- Albert, quisiera poder ayudarte, pero no sé que sea lo correcto, tú siempre has sido una persona libre y aventurera y sentirte así, de repente esclavizado, imagino que ha de ser un trance bastante difícil – le comentó la rubia, con ternura en sus palabras.

- No te apenes, mi niña, ya debería estar acostumbrado, es sólo que a veces añoro esos días en que podíamos estar solos platicando de muchas cosas y disfrutando del paisaje – le dijo Albert con cierta tristeza.

- No podemos dar vuelta atrás, si la Tía Abuela se enterara, ten por seguro que sufriría un disgusto bastante fuerte y no es bueno por su edad y salud, debemos dejar las cosas como están, démosle tiempo al tiempo – replicó la joven con cariño y acariciando su cabeza.

Albert se turbó por esa expresión de cariño y se perdió en su boca. Comenzó a acercar su cara hacia la de ella cuando Candy le contestó muy sorprendida:

- Albert ¿qué haces? – dijo, y dio un paso atrás.

El rubio se detuvo azorado por su repentina reacción y solo atinó a pedirle disculpas:

- ¡Perdóname! ¡no sé que estaba pensando! ¡oh Dios! – dijo, completamente apenado. Instantes después, sólo la vio a los ojos con sorpresa y se fue a su habitación. Candy le llamó, pero no quiso voltear a verla.

Candy se quedó parada frente a su habitación asombrada por la reacción de Albert. No daba crédito a sus ojos, ¡Albert había estado a punto de besarla!. Se encerró en su habitación y se llevó las manos al pecho.

- ¡Albert! ¿qué has hecho? ¡oh Dios!, debo hacer algo, él se ha enamorado de mí y yo...no puedo corresponderle...simplemente no puedo, debo de tomar una decisión antes de que las cosas vayan más lejos – dijo, mientras se dirigía a su cama.

- Mañana le comunicaré mi decisión. Esto puede ser muy peligroso para ambos y no quiero desilusionarlo...¡oh Dios! ¿por qué no puedo enamorarme de ti si eres tan bueno conmigo?...¡perdóname Albert por no poder corresponderte como te mereces!...me alejaré de ti y de la familia Andrey, sólo les traigo puras desgracias – pensó, mientras sollozaba suavemente hasta quedarse dormida.

Albert estaba en su habitación recriminándose por su comportamiento, y no llegó a imaginar las consecuencias que para él tendría su atrevida osadía. Darle a conocer de esa forma sus sentimientos, justo cuando el actor había aparecido en el camino. No se perdonó tal atrevimiento. Decidió calmarse e irse a dormir. Al otro día le pediría una disculpa y le comunicaría que viajaría pronto. Necesitaba recomponer la impresión que le había causado. No era momento de que se enterara de sus sentimientos hacia ella.

Se fue a su cama y trató de conciliar el sueño. Ya estaba casi amaneciendo cuando por fin se durmió.


Terry llegó ya muy tarde a su cuarto en el hotel.

La conversación con Nikolas, ese extraño personaje, después el recuerdo de su pecosa, le habían quitado bastante tiempo para estudiar. Apenas y pudo leer la primera parte. Había salido del local cuando ya estaban casi cerrando.

Se quitó la ropa y se dio una ducha rápida.

"Se acostó y empezó a quedarse dormido. Imágenes sin sentido se presentaron ante él. Veía gente muy extraña, todos lo saludaban de manera muy cordial pero a la vez como si ocultaran algo. Eran personas realmente bellísimas, deslumbrantes si así se les pudiera decir, por la personalidad tan avasalladora que tenían. Entre los rostros estaba el de Nikolas, con ese porte tan distinguido y su rostro completamente raro. Le ofrecía una copa de algo parecido al vino tinto, mientras le sonreía y sus ojos emitían un fulgor muy especial. Podría interpretarse como una mirada con cierta malicia.

Luego su sueño se transformó en un bosque. Se veía caminando casi a la puesta del sol con Candy de la mano, cuando Susana aparecía de repente y empezaba a insultar a la rubia.

- Nunca estarás con él y de eso me encargo yo, ¡maldita engatusadora! – gritaba mientras se acercaba a ella de manera amenazadora.

Iba a asestarle una bofetada cuando la mano de Terry la detuvo en seco:

- ¡Déjala en paz, Susana!, ¿qué no entiendes que NO TE AMO?, es a ella a quien siempre he querido y nadie más logrará acercarse a mi alma como ella lo hizo – le decía mientras la miraba con un rencor y odio profundos.

- ¡Corre, Candy! ¡Corre! Iré tras de ti en un instante – le gritaba mientras la rubia desaparecía de su vista y Susana se retorcía desesperadamente entre sus brazos.

- ¡Suéltame, Terry, esa maldita víbora no se saldrá con la suya! – le decía mientras trataba de separarse de él.

De repente una sombra extraña aparecía de manera sorpresiva llevándose a Susana, mientras sus gritos de terror inundaban el bosque. Era como si un montón de ceniza volara formando una figura humana, moviéndose de manera anormal, furiosamente, alrededor de ellos. Susana la veía ir hacia ella con el semblante enloquecido. Sus gritos de histeria se podían oír a kilómetros de ahí. La figura comenzó a rodearla y se la llevó, cual hoja moviéndose al viento, mientras imploraba que tuviera piedad de ella.

Terry contrariado y asustado, echaba a correr en dirección a la rubia hasta alcanzarla. La lluvia iba en aumento y los dos se resguardaban ahí. Luego, venían los abrazos, los besos, los susurros de amor, él tratando de tranquilizarla mientras inundaba de caricias todo su cuerpo. Luego venía la chimenea y la pareja, ya más relajada, sentada frente a ella. El ruido de las ropas cayendo al piso y los gemidos de amor al momento de entrar en ella... de repente el enorme estruendo iluminando la cabaña..."

Terry despertó sobresaltado.

La lluvia había arreciado y podía ver el fulgor de los rayos a través de la cortina de su habitación. Una enorme excitación le recorría completamente. Se dirigió al baño y se echó agua fría en el rostro.

- ¡Qué sueño!, esa maldita sigue persiguiéndome hasta en sueños, ¡maldita, mil veces maldita!, ¿por qué tuviste que interponerte entre nosotros?, ¡te odio Susana, como a nadie he aborrecido en la vida!, ¡qué gusto que hayas desaparecido de esa manera!...pero... ¿qué fue eso tan horrible que llegó? – se preguntó con mucha inquietud

- Realmente que sueños tan raros he tenido esta noche – dijo, levantándose de su cama para dirigirse al baño.

Recordó instantes después el encuentro amoroso con su rubia.

- ¡Qué sensación tan placentera, Candy!, por un instante fuiste mía...fue como haber tocado el cielo, aunque sea por un momento...- dijo, lamentándose por su estado actual.

- Espero que pronto pueda verte y así poder hacer realidad mis sueños, ¡te amo tanto! – dijo, y se asomó por su ventana.

De repente se sintió observado.

Escudriñó el paisaje con la mirada y no halló algo sospechoso, sin embargo se sentía intranquilo. Volvió a hacerlo una vez más y finalmente desistió del intento. Regresó a su cama y cerró los ojos pensando en su rubia. Otras imágenes hicieron acto de presencia en sus sueños. Una reunión con gente rara, extraña, y todos bebiendo un líquido con sabor amargo; él iba caminando entre ellos, ahora era como si no lo vieran o lo tomaran en cuenta, hasta toparse con la mirada de Nikolas. Le transmitía mucha confianza y seguridad, como si supiera que a su lado no pasaría nada. Las personas iban y venían; eran de varias épocas. Sin embargo, él estaba a su lado todo el tiempo y le daba fuerzas para seguir en ese lugar.

La noche continuó y Terry seguía sumergido en sueños raros.

En la ventana, un elegante caballero observaba al actor dormir.

Le recordaba sus años de juventud, hacía tanto tiempo atrás. Era un joven rebelde y con actitud desafiante ante la vida. Un actor consumado en su época, perdidamente enamorado de una hermosa doncella que había sido cruelmente separada de él. Nunca volvió a verla y se perdió en las garras del vicio. Llevaba consigo una historia triste y a la vez cruel, puesto que una persona en quien había confiado ciegamente lo había entregado a una vida, de entrada prometedora, pero a la vez le confería la soledad más amarga que jamás había experimentado en su vida. Una soledad acrecentada aún más por la desconfianza que siempre debía de tener hacia los demás. En ese mundo, un tropiezo podría costar hasta la vida misma.

Se reflejaba en la vida del joven actor, y anhelaba su compañía. Quería hacerse su amigo; sabía que la causa de su sufrimiento era una mujer, y que al igual que él, se habían separado por azares del destino tan trágico que siempre los acechaba. Sabía que sería difícil de entrada, puesto que él había perdido ya la mayor parte de lo que llamaban "humanidad", y su aspecto, a veces siniestro, le creaba un ambiente de hostilidad. Sin embargo, seguía deseando la compañía de los humanos, y quería rodearse de ellos. Con el paso del tiempo, aprendió a amar su soledad e intimidad y ahora, nuevamente se le presentaba la oportunidad de hacer una amistad.

Al día siguiente, Terry se levantó bastante tarde, casi al medio día. Se sentía muy cansado debido a que había dormido muy mal. Los sueños raros no cesaron de repetirse durante toda la noche y lo atribuyó a la primera impresión que Nikolas le había causado.

Se duchó y vistió; tenía ganas de desayunar fuera del hotel.

Escogió su ropa, afinó su disfraz, tomó el libreto junto con el guión y se dispuso a salir a caminar. El día realmente era muy agradable, aunque un poco frío. Al parecer el otoño ya se acercaba. No había rastros de la fuerte tormenta de la noche anterior.

Caminó por espacio de veinte minutos por una calle no muy transitada. Llegó a un pequeño restaurante de comida mexicana. Una mujer de edad se encontraba al interior del local preparando el desayuno junto a una joven que parecía ser su hija. El exquisito olor llegó a Terry y se detuvo a preguntar por el menú del día. A pesar de haber viajado mucho, muy pocas veces había degustado los platillos típicos mexicanos y pensó que ese día lo aprovecharía para explorar diversos lugares con gastronomía diferente a la acostumbrada por él.

La señora que se encontraba atendiendo, en un inglés bastante decente le preguntó si desayunaría.

- Señor, ¿qué le ofrezco de desayunar? – le preguntó, mientras dejaba ver su robusta figura. Lucía unas enormes trenzas que llegaban a su cintura. Una multitud de listones multicolores engalanaban su cabeza.

- Buenos días señora, sinceramente no he probado mucho la comida mexicana, pero el olor me ha encantado, ¿qué podría recomendarme usted?- dijo, haciendo gala de su caballerosidad.

- Le enseño la carta con mucho gusto joven – le contestó mientras ponía frente a él, una canastita con panes de diferentes formas.

Ordenó algo rápidamente mientras sacaba un pequeño cuaderno con la dirección del Hospital donde Candy trabajaba, y se le ocurrió ir por ella a la hora de la comida. Una preciosa chica de piel canela, cabello azabache largo y expresivos ojos negros le llevó una bebida, sacando a Terry de sus planes.

- Aquí tiene joven, ¿desea ordenar algo mas? – le dijo al actor, mientras éste miraba la carta.

- Mmm, veamos qué tal está el platillo y les daré mi visto bueno, muchas gracias, Guadalupe -, diciendo esto último en un español bastante divertido. La joven rió y se retiró por el platillo.

Terry disfrutó realmente el desayuno, de no ser porque las enchiladas estaban ligeramente picosas y tuvo que tomar mucha agua para quitarse el escozor de la lengua, ante la mirada divertida de la dueña del local. Sin embargo, quedó encantado con el restaurante tan pequeño pero acogedor, y prometió a la señora regresar pronto, para seguir probando otros platillos.

Siguió su camino hasta llegar al centro de la ciudad y vio nuevamente el edificio de los Andrey. Inevitablemente pensó en Albert. Le mortificaba que ambos sufrieran por la misma chica, sin embargo, Terry sabía que la rubia enfermera lo amaba desde hacía mucho y tenía todo el derecho de ser feliz junto a él, máxime, si la vida los había puesto en situaciones bastante tristes y deprimentes, aunque no dudaba que el sol volvería a salir nuevamente para los dos.

Caminó unas cuadras más hasta llegar a un parque.

Preguntó a un señor en qué dirección se encontraba el hospital y se dirigió hacia allá. Caminó por espacio de una hora hasta llegar al edificio. Mariposas de emoción se revolvían en su estómago. Decidió seguir como el joven McDowell por unos cuantos días, para indagar un poco más sobre ella y verificar el terreno con respecto a sus sentimientos.

Su corazón latía alocadamente en su pecho. Llegó hasta la enorme entrada del hospital y decidió caminar por los enormes jardines del mismo en lo que se tranquilizaba, mientras iba conociendo el lugar.

Una parte del enorme jardín le recordó el árbol del Colegio en Londres y se sentó a su sombra a reflexionar sobre todo lo que había sucedido desde su partida de Nueva York. Quizá pronto la vería y esperaba que ella aceptara salir con él.

Se sentó al abrigo del árbol y sumido en sus pensamientos, su mente lo transportó al Colegio, donde cientos de imágenes desfilaron en su cabeza: el primer día que la vió, su equivocación al entrar borracho a su recamara, el paseo en el zoológico, el festival de mayo y esa preciada vista de ella cambiándose de ropas.

¡Ah! Tantas vivencias cuyo recuerdo vívido seguía ahí mismo, como si acabaran de pasar un día anterior. Sintió que su amor hacia ella ya alcanzaba límites insospechados. Esperaba pronto ya poder expresárselo.

Sí, eso era... quizá pronto daría rienda suelta a su pasión. Ya lo vería...


Candy despertó y se arregló.

Al salir de su habitación, la mucama le indicó que había un mensaje de Albert en el despacho de la casa.

Llegó hasta el lugar y un enorme arreglo floral le esperaba con una tarjeta:

"Querida Candy:

Perdóname, no supe qué pasó anoche. No me malinterpretes por favor, espero puedas volverme a ver igual que antes. Acepta estas flores como señal de arrepentimiento y amistad hacia ti.

Te quiere

Albert"

- Albert, ¿qué pensabas?, no quisiera siquiera imaginar que te has enamorado de mí, no soportaría vivir contigo sabiéndolo...creo que tendremos que hablar – se dijo, mientras guardaba cuidadosamente la tarjeta en su bolso.

Esperaría al anochecer, para entablar una conversación seria con él. En un principio, había decidido irse de la casa, pero también la señora Elroy estaba de por medio. No quería ni pensar en su reacción al enterarse de su partida, y mucho menos quería que estuviera reprochándoselo a Albert todo el tiempo, menos por su culpa.

Se dirigió a la cocina y tomó un poco de café. La criada insistió en hacerla desayunar sin éxito. Candy salió literalmente corriendo hacia su trabajo.

La mañana transcurrió con total normalidad. Candy se encontraba en su oficina archivando información adicional de los expedientes de sus pacientes. Nuevamente su corazón dio un vuelco, era como si algo emocionante le fuera a ocurrir ese día. Lo atribuyó a la reacción de Albert y la plática que sostendría con él por la noche. Siguió con sus actividades de siempre y al cabo de una hora salió a caminar por los jardines del hospital, antes de pasar al área infantil a ver a sus niños.

Hacía mucho tiempo que había seleccionado un lugar especial del jardín, debido a que ahí había un árbol que le recordaba a aquél del Colegio, donde bajo su sombra se sentaba a despejar su mente, y varias veces era en compañía de cierto joven de profunda mirada azul.

Se dirigió hacia el árbol y al divisarlo de lejos, notó que ya estaba ocupado por un joven que se encontraba recostado de cierta manera que le hizo recordar a Terry. Su corazón latió apresuradamente, y corrió hacia él.

- ¡Terry!,¿eres tú? – gritó, mientras se acercaba al árbol.

El muchacho se incorporó y volteó a verla. Nunca imaginó que su encuentro se adelantaría y ocultando su ansiedad, se levantó, y la saludó elevando su mano.

- ¡Candy! ¡qué gusto verte! ¿Cómo estas? – le preguntó, mientras ella se acercaba a él.

- ¿Joshua? ¡eres tú! Discúlpame, creo que te confundí. Me encuentro bien, salí a caminar un poco, ya que debo regresar a visitar el área infantil – le dijo, mientras se sentaban al pie del árbol.

- No te preocupes Candy, menos mal que recordaste mi nombre, quería pasar a visitarte, espero no importunar; no quisiera distraerte de tus ocupaciones – le comentó, mientras una sonrisa de emoción afloraba en sus labios.

- Para nada Joshua, has venido en buen momento. La verdad necesitaba despejar un poco mi cabeza, esta semana ha estado muy ajetreada y justo en este momento quiero pensar en otras cosas, pero dime, ¿a qué debo el honor de tu visita Joshua? – le preguntó, mientras tomaba su cabello en una enorme coleta.

Terry la miraba embelesado, pero al escuchar su nuevo nombre reaccionó.

- ¿Eh?, ¡ah!, pues, pasaba por aquí y me acordé que tú trabajas en este lugar, así que quise pasar a conocer este hospital, digo, gracias a Dios, nunca he tenido necesidad de pisarlo, era sólo por curiosidad, y la verdad me caíste muy bien, ¿te gustaría salir a comer conmigo? –le preguntó, ocultando su ansiedad.

Ella se sorprendió de la invitación tan prematura, sin embargo, había algo en el chico que le daba mucha confianza, y podría decirse, hasta seguridad de que era genuino en sus actos.

- ¡Claro, Joshua!, aunque la verdad este día no creo tener una hora exacta para comer, pero hoy salgo más temprano que de costumbre. Te propongo que nos veamos a la salida, como a las 18:00, ¿te parece?, podemos salir a caminar por aquí y platicar – le propuso, con una enorme sonrisa en su rostro.

- ¡Pero por supuesto que estaré aquí puntual!, es más te invito a tomar un café, conozco un lugar muy acogedor, donde hay un cantautor genial. Tiene unas canciones realmente hermosas y la comida es muy buena. Creo que eres de buen apetito – le dijo en broma, mientras las mejillas de Candy se sonrojaban.

- Trato hecho, te veo a esa hora aquí en la entrada principal, ya tengo que retirarme, así que nos vemos al rato. Cuídate – le dijo, dándose la vuelta para seguir con sus actividades.

Terry siguió con la mirada hasta perderla de vista. Acto seguido agarró sus cosas y se dirigió a la salida del hospital. Quería caminar un poco más para comer en un restaurante. Se sentía realmente feliz.

Candy había aceptado su propuesta y eso le animaba muchísimo a seguir con sus planes. Con suerte y podría presentarle a Nikolas, aunque al recordar su aspecto, decidió que por el momento no era buen momento, esperaba que no se apareciera por ahí, ya que recordaba haber quedado con él en verse ahí mismo al otro día.

- Espero, si me ve con ella, comprenda la situación y no se acerque. No quisiera asustarla. Será mejor que no le comente nada acerca de él – pensó, mientras caminaba rumbo al centro nuevamente.


Albert se encontraba en su despacho.

Había decidido salir muy temprano de la casa. No quería que Candy viera su estado; se sentía realmente avergonzado y no entendía por qué había dejado que su corazón le llevara hasta tal extremo. Pasó a comprarle el arreglo floral para enviárselo y pedirle perdón. Era lo menos que podía hacer por ella. Menos mal que parte de la mañana se había perdido en un mar de juntas y revisiones de documentos y estados financieros. Había pensado en ir a verla, aunque fuera por un momento, al hospital, pero después se recriminó por la necedad de seguirla haciendo sentir aún mas mal. Apartó esos pensamientos de su mente y llamó a su secretaria.

- Mia, necesito que vengas un momento – le dijo desde la puerta.

- En un momento estoy con usted, señor Andrey – le respondió, desde su escritorio la joven.

- Quisiera saber si ya está muy avanzada la preparación de mi viaje a Europa – le cuestionó, esperando una respuesta afirmativa.

- Claro que ya está listo casi todo, inclusive las citas con los empresarios están confirmadas, sólo falta la confirmación de su fecha de partida para poder apartar su pasaje – le respondió la secretaria con libreta en mano.

- Quisiera partir a más tardar el lunes próximo. También incluyó a George ¿verdad? – le preguntó el magnate.

- Efectivamente, señor. Le repito que sólo faltaba confirmar la fecha de partida, Lo tendré al tanto de su salida, ¿se le ofrece algo más? – le dijo, mientras se paraba de su asiento.

- Es todo, Mia, puedes retirarte, gracias por todo, eres muy eficiente – le agradeció.

Cuando la secretaria se retiró, se dejó caer sobre su escritorio con las manos en la frente. Seguía reprochándose su conducta. No quería que por ese desliz ella tomara la actitud de irse nuevamente lejos de él. Tendría que enmendar su error, pero, ¿era realmente un error estar enamorado de ella?, ¿debía ocultar su amor, en vez de luchar por atraer su atención hacia él?

Decidió tomar el viaje como un proceso de aclaración para el mar de dudas que sembraban su corazón. Quizá fuera sólo un capricho, aunque no negaba que el sentimiento lo tenía, desde que la vio llorando en aquella pequeña colina. Ella era aún una niña, y por lo que concluyó, Candy siempre estuvo enamorada de él, del "príncipe de la colina". ¿Entonces, cabría la remota posibilidad de que aquél amor siguiera oculto en el corazón de la joven?. Sintió una enorme sensación de ansiedad. No quería ni imaginar si aquello fuera realmente cierto. Una alegría inundó su ser, sin embargo, se contuvo al recordar la visita del actor.

- Tiempo al tiempo, eso es lo mejor para todos. Ojalá y no la lastimes nuevamente, Terry, porque no te lo perdonaría, aunque...sería el momento de que volteara hacia mí... – pensó, mirando hacia algún punto perdido, a través de su ventana.

En ese momento alguien tocó a su puerta y le hizo pasar.

Era Terry.

Albert contuvo su malestar y le recibió con una sonrisa forzada.

- Pasa, Terry, no esperaba verte nuevamente – dijo, invitándole a tomar asiento.

- Gracias. Albert. Quise pasar a verte. ¿Te vas de viaje siempre? – le preguntó, mirándolo directamente a los ojos.

- Hay negocios e inversiones que no se pueden dejar pasar. Estoy muy entusiasmado con la idea de que Europa sea una entrada para las inversiones de nuestra empresa. ¿Y tú, que has hecho? – preguntó de nuevo.

- Pues he visto a Candy – no se cercioró de la mirada dolorosa del rubio.

- ¿La has visto? – preguntó con nerviosismo.

- Sí, pero aún no le he dicho que soy yo. Bueno, es que, creo que no te he dicho, pero conseguí un disfraz muy efectivo para poder pasar desapercibido entre la gente y ayer por la mañana, sin querer tropecé con ella, cuando se dirigía hacia el hospital; de más está decir que no me reconoció, además tuve que cambiar mi nombre. Ahora soy Joshua McDowell. Hoy la fui a visitar al hospital ya que me dio su dirección y la he invitado a salir en la noche. Quería informarte para que estuvieras al tanto y no tuviera problemas por si llegaba ligeramente tarde – le explicó, mientras estudiaba atentamente su expresión.

Albert estaba muy callado. Su semblante había palidecido un poco, pero recobró el aplomo al instante:

- Está bien, cuídala mucho, pero no quiero que llegue tarde. La Tía Abuela podría enfurecerse aún más de lo que está y no quiero que ella tenga problemas con la matriarca. Te lo pido atentamente – le dijo mientras volteaba hacia la ventana.

- ¿Tienes algo más que agregar?, disculpa, pero tengo muchas cosas que hacer por ahora - le preguntó el millonario, ya con desgano.

- Era todo, Albert, gracias por tu atención – dijo Terry y se despidió cortésmente.

Albert se sumió nuevamente en un profundo silencio y se sentó nuevamente a organizar los documentos para la próxima reunión. Se evadió del asunto por toda la tarde. Habían cosas más importantes en qué pensar, en ese momento.

Con carpeta en mano se dirigió a la sala de juntas. Su asistente le esperaba en la puerta:

- La gente le espera, señor Andrey – le dijo la chica.

- Gracias, ya estoy con ellos, por favor, tráigame un café – pidió, mientras entraba al lugar y cerrando la puerta tras de sí.

Tomó aire y la reunión comenzó.


Terry salió del lugar y se dirigió hacia un restaurante que se encontraba ahí cerca. Entró y se sentó en una de las mesas al fondo del local.

Al instante, se presentó una mesera de edad madura y le pasó la carta:

- ¿Quiere que le traiga mientras algo de beber? – le sugirió la señora.

- Sí, señora, tráigame un vaso de naranjada por favor, de una vez le ordeno una carne asada y ensalada, gracias, es todo – dijo con tono muy amable.

Tomó su libreto y siguió estudiando su personaje.

Después, reflexionó sobre el comportamiento de Albert. No esperaba esa actitud seca hacia él, sin embargo, lo entendió. Estaba enamorado también y no era nada fácil aceptar que un rival de amores se presentara repentinamente. Confiaba en que con el paso del tiempo las cosas tomarían su cauce. Estaba seguro de que Candy lo seguía amando, y siendo eso, las cosas serían favorables para todos. Quizás en su próximo viaje, Albert conocería a una chica realmente valiosa, digna de él, y dejaría de lado, la idea de llegar a ser amado por su pecosa.

- Aquí tiene joven – le interrumpió la mesera, depositando la charola frente a él.

- Gracias señora, es usted muy amable – dijo, disponiéndose a comer.

Estuvo en el restaurante por un rato más y regresó al hotel. Quería tomar una ducha y arreglarse nuevamente para estar presentable ante Candy. Descansó durante un rato, después envió un telegrama a Robert (el único que sabía dónde estaba), para decirle que se encontraba bien y afinando su próximo personaje.

Escogió un atuendo un poco más formal; nada que tuviera que ver con el gusto sobrio del joven actor, sin embargo, le daba a la par de un aire juvenil, una elegancia propia de un chico de su edad. Su inconfundible loción de lavanda se esparció por toda la habitación. Se colocó la misma peluca y los lentes y se dirigió a la puerta, presintiendo que Candy quizá se daría cuenta de que era Terry. Tenía muchas ganas de descubrirse ante ella; bien sabía que su mirada ocultaba una tristeza cuando le confundió con Terry al pie del árbol, y eso le había dado una luz de esperanza. Su voz cambió mientras pronunciaba su nombre y eso le infundió mucho ánimo para ir preparando terreno con ella.

Tomó su elegante chaqueta y salió de la habitación para llegar a la hora acordada por ella.

En el camino, un fresco aire se dejó sentir, el sol estaba a punto de ocultarse e indicando que pronto caería la noche. Sin embargo, la calidez de su corazón iba en aumento sabiendo que pronto volvería a compartir ese sentimiento con la joven enfermera.