CAPITULO IV
Advertencia: Este capítulo contiene escenas eróticas que pueden lastimar o herir susceptibilidades.
Albert se había quedado preocupado después de lo acontecido cerca de la mansión. Después de que Candy se fuera, siguió platicando un rato más con los detectives. La Tía Abuela se había excusado del interrogatorio debido a una jaqueca ocasionada por todo aquel escándalo, razón de más para que los detectives no le hicieran más preguntas a fondo, respetando su condición de anciana.
Los asesinatos habían sido monstruosos. No imaginaba que tipo de ser humano podía haber hecho algo tan grotesco. Los detectives le habían confiado, que además de haberles rotos el cuello a esos dos desgraciados y al tercero haberlo decapitado, no tenían sangre en el cuerpo. Como si un monstruo descomunal hubiera drenado los cuerpos, hasta dejarlos totalmente secos. Esa parte no la notificaron al reporte policiaco para la noticia en los periódicos. Hubiera podido crear una histeria colectiva y alimentado historias de terror que se presumían, eran puras patrañas inventadas para dar miedo, sobre todo a los niños que se portaban mal.
Regresó a la casa y se arregló para salir a su oficina.
Había encargado a la policía no molestaran más a su familia, sobre todo del asedio del grupo de fotógrafos de los periódicos de sociales para alimentar más tonterías, aprovechándose de los sucesos. George ya le esperaba, de vuelta del hospital, en su auto.
Al llegar al edificio, se dirigió a su despacho y pidió que no lo molestaran por un buen rato. Se hundió en el sofá de su privado y se dispuso a seguir revisando más estados financieros y a preparar los papeles que necesitaría en su viaje por Europa.
Un folleto le llamó la atención.
Era la descripción de Industrias Storvik Ltd.; una empresa dedicada a la construcción de barcos.
Leyó un poco más sobre lo que la empresa hacía y con sumo interés fue tomando nota de algunos puntos que cubriría en su entrevista con el dueño de la empresa, cuyo nombre era Marcus Storvik, un acaudalado hombre de negocios, de origen noruego, radicado en Suiza, interesado en invitar a las empresas Andrey, a invertir en la suya. No se le hubiera ocurrido antes, invertir algo del capital en la construcción de barcos. No quiso pensar fríamente, sin embargo, la industria armamentista también incluía a empresas que se dedicaban a la construcción de navíos y partes para los mismos y algunas también destinaban recursos para el diseño y refacción de barcos y submarinos militares.
En un principio, su espíritu idealista y pacífico desechó la idea. Sin embargo, se prometió a sí mismo reflexionar, con ayuda de sus asesores, de que manera podían evitar la entrada de sus inversiones a asuntos de tipo militar. Quizá la construcción de cruceros turísticos podría florecer. Después de todo, el Mediterráneo ofrecía muchas atracciones turísticas, e investigaría más a fondo sobre su proyecto.
Siguió inmerso en la selección de empresas que más llamaban su atención y organizando carpetas durante toda la mañana. Después, se dio un pequeño tiempo para mirar por el amplio ventanal de su oficina y meditar un poco sobre sus sentimientos hacia Candy. No se perdonaba todavía su osado atrevimiento de querer besarla, pero no podía pensar en ella como una hija. Su presencia le invitaba a los más sublimes y exquisitos deseos. Era ya una mujer en toda la extensión de la palabra, y los cambios en ella no habían pasado desapercibidos por él. Muchas noches fueron vividas en sueños bastante íntimos con ella; al principio, se avergonzaba por tales ideas, después, fue aceptando que estaba perdidamente enamorado de la rubia. Pasado el tiempo, y sin la amenaza de que Terry volviera, debido a su condición de hombre comprometido, según lo que había leído en los periódicos, empezó a estar más cerca de ella, para ganarse su atención. No negó que lo había logrado, pero sin el éxito de que ella lo viera como hombre, sino como el más amado de sus amigos. Esperaba que con esas ansiadas vacaciones por Sudamérica, por fin, pudiera ver coronados sus esfuerzos en conquistarla. Anhelaba con todo su corazón poder probar, aunque fuera por un momento, esa palpitante boca y perderse en su cuello. Pero... él había aparecido de la nada para arrebatársela de nuevo y ella... había vuelto a vivir; su mirada ya no era la misma, el amor hablaba a través de esas esmeraldas, y eso lo sumía en la peor de las miserias. Ni todo el dinero ni todo el poder lograron que se sintiera mejor. Así que, con las esperanzas puestas en ese viaje, esperaba al menos apaciguar lo más que se pudiera, el deseo en su corazón y ese enorme amor que le profesaba, un amor que rayaba casi en un culto hacia la enfermera.
Retomó nuevamente sus actividades y a la hora del almuerzo, entró su leal Mia a informarle que la comida con otros hombres de negocios ya estaba lista. Tomó su chaqueta y lanzando un suspiro se dirigió hacia la puerta.
- Gracias Mia, regreso en un rato más – salió del edificio y se dirigió hacia el elegante auto en donde George ya le esperaba para llevarlo a la comida.
- Creo que ese viaje también servirá para despejarme George, ojalá y nos demos un pequeño tiempo para conocer algunos lugares, ¿no te gusta la idea? – le preguntó en un tono bastante relajado.
- Si usted lo desea señor, le puedo agendar un breve paseo por el centro de algunas ciudades que va a visitar – le puntualizó con su usual rostro serio el hombre.
- ¡Vamos George!, ya te he dicho que puedes tutearme, por favor, además de mi mano derecha, eres mi mejor amigo, ¿alguna vez en tu vida podrás referirte a mí como un simple amigo? – le preguntó Albert sin dejar de sonreír.
- Como digas Albert, aunque te comento que todavía me es muy difícil por el gran respeto que le tuve en su momento a tu padre – le contestó mientras aparcaba enfrente de un elegante restaurante.
- Nos vemos al rato Albert – le dijo el rubio saliendo del vehículo y entrando al lugar.
El viaje a Europa se iba acercando rápidamente, y un nuevo camino se abría ante la vida de Albert.
Camino incierto que se le presentaría y le haría reconsiderar sus decisiones... y su futuro.
Ese día Terry despertó con una enorme ansiedad de saber que vería en la tarde a su hermosa enfermera. ¡Tenía tantas ganas de abrazarla y de besarla! Tanto que se le fue el día organizando sus actividades para esperar puntualmente afuera del hospital, por aquella traviesa pecosa.
Le envió un telegrama a su amigo Robert, quién ya sabía sobre la situación del joven actor, para ponerlo al tanto de su vida, obviamente encareciéndole no comentara nada a nadie, para evitar que se fugara información hacia Susana. Después se dedicó a pasear por la ciudad y siguió con su recorrido por diferentes lugares culturales.
Recordó de repente la conversación sostenida con su misterioso amigo y se dio cuenta, que a pesar de tenerle ciertas reservas, un sentimiento de amistad iba despertando en él. Al menos ya no le tenía tanto miedo como antes, y al saber que también había sufrido tiempo atrás por una mujer, se convenció de que en realidad aquel hombre también tenía buenos sentimientos. Le agradecía infinitamente haberle salvado la vida y, aunque por fuera mostrara frialdad, sentía que por dentro, era un amigo incondicional. Se estaba acostumbrando a su forma de ser, y también a su aspecto físico, aunque decidió por un tiempo más, ocultarle esa amistad a su pecosa. No quería incomodarla de entrada, primero se convencía él de su genuina amistad y ya pisando terreno seguro se lo presentaría a Candy.
El tiempo pasó rápido, para dicha de Terry, que apenas y le dio tiempo de regresar al hotel para arreglarse y estar presentable para su cita.
Por obvias razones, le había comentado a Nikolas que esa tarde lo pasaría con su chica, y al parecer el hombre había entendido la situación, sólo esperaba no encontrarlo por ahí.
Caminó rumbo al hospital y por el camino iba pensando en el futuro inmediato: afianzaría su relación con Candy proponiéndole matrimonio, convencería a Albert de que nunca más le volvería a fallar y le pediría tiempo para regresar a Nueva York y solucionar de una vez por todas la problemática de Susana.
Llegó por fin al lugar acordado y siguió sumido en sus pensamientos. Una mirada se posó sobre él:
- ¡Hola, Terry! – le dijo cierta rubia, llegando por detrás.
El actor al instante volteó a verla y quedó pasmado ante la asombrosa visión que se abría a sus ojos.
- ¿Candy? ¡estás realmente hermosa! – le comentó, mirándola fijamente de pies a cabeza.
La rubia, aún sonrojada, se acercó para saludarlo y el aroma de su loción a lavanda, impregnó sus sentidos. De repente recordó aquellos momentos sublimes en Escocia, pero la voz del joven la regresó a la realidad:
- ¿Nos vamos? – acto seguido, le ofreció un brazo. La rubia le tendió el brazo y ambos caminaron hacia la calle. - ¿Te gustaría hacer algo en particular? – le preguntó, haciendo gala de una fastuosa caballerosidad.
- ¿Ehh? Sí, Terry, escoge tú, confío en tu buen gusto – le respondió con un guiño en el ojo.
- ¿Te gustaría ir a tomar un café a ese mismo lugar donde te llevé la primera vez? Creo que el cantautor es muy bueno ¿no crees?- mientras la miraba fijamente, llenándose del olor a rosas de la rubia.
- La verdad Terry, nunca había escuchado canciones tan lindas como las de aquel hombre, acepto tu propuesta, además, me di cuenta que tienen unos postres tentadores – le dijo, mientras hacía un mohín de niña traviesa.
- ¡Ahh! Se me olvidaba que tienes una maleta por estómago, no me explico donde metes todo lo que te comes, jajajaja – le contestó divertido ante la cara contraída de la joven.
- ¡Terry! Es solo que... disfruto mucho comer sabes, y nunca he probado un solo postre de ese lugar, ni siquiera lo conocía, así que no te burles ¿quieres? Y a donde vaya a parar la comida es algo que seguramente no te debe importar, tengo muy buena digestión – mientras se volteaba aparentando enojo e indignación.
- Candy... no te enojes... yo solo bromeaba – se le acercó al oído y le dio un leve beso, haciendo estremecer a la chica.
- Esta bien Terry, acepto tu disculpa y ahora... prosigamos con nuestro camino... y dime ¿cómo te fue este día? – le preguntó mientras seguían juntos del brazo.
Ambos se narraron sus respectivas actividades hasta que llegaron al lugar. Ese día, había menos gente de lo acostumbrado. Terry ayudó a Candy a sentarse en la silla y después pidió al mesero la carta. Los dos pidieron un chocolate y siguieron platicando las peripecias del día.
- Ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos juntos la última vez Candy... yo... te he echado muchísimo de menos... y ahora no puedo creer que estás de nuevo junto a mí... – las palabras de Terry desconcentraron a Candy.
- Sí Terry… yo también te echado muchísimo de menos, sin embargo sigo temiendo que una nueva tragedia nos vuelva a separar, no niego que hubo un momento en que intenté olvidarme de ti, sin embargo, nunca lo conseguí... – sus ojos se desviaron del rostro de Terry.
- Candy, te pido por favor que vuelvas a creer en mí, ya no quiero seguir pensando en el pasado, una nueva oportunidad se nos ha presentado, sólo me gustaría reiterarte mi propuesta: ¿Candy, aceptarías ser mi novia? – le preguntó el actor, con un leve temblor en su voz.
La rubia se sorprendió, al escuchar una pregunta hacía demasiado tiempo esperada, y su corazón tembló de emoción al saber que la oportunidad de volver a estar con él se le presentaba:
- Terry... yo... yo... ¡te amo! ¡acepto ser tu novia...! ¡por favor, dime que no nos vamos a separar nuevamente! – dijo, mientras bajaba su mirada cristalina y se aferraba a sus manos.
Terry la miró tiernamente y se colocó a su lado, puso su rubia cabeza sobre su hombro y la abrazó suavemente, mientras le susurraba al oído:
- Nunca permitiré que nos vuelvan a separar mi amor... no temas pecosa... confía en mí y te reitero mi promesa de solucionar mi situación, te mereces lo mejor del mundo Candy... y quiero que sepas... que si algo sale mal, cuya solución no se encuentre entre nuestras manos, yo haré lo posible por recuperarte, así me lleve la eternidad en eso... – le dio un dulce beso en su frente y permanecieron abrazados por un largo rato, sin decirse nada, solo disfrutando la mutua cercanía.
El trovador ya había llegado y como era su costumbre, preparó su guitarra, mirando de reojo a la pareja del rincón. La atmósfera que rodeaba a los jóvenes era bastante especial. Miró a su alrededor y habían pocas mesas con gente. Sonrió y sacó su cuaderno de partituras.
Candy y Terry seguían abrazados. La rubia había dejado de sollozar y seguía recargada en el hombro del actor. Se le antojaba increíble el saber que su Terry había vuelto a buscarla y que las cosas se estaban dando de manera positiva, sin embargo el fantasma de la tragedia sentía que los acecharía en cualquier momento, y justo ahí, con Terry a su lado, decidió que arriesgaría todo por él. Ya dejaría lo demás al tiempo, pero mientras, lo sabía de ella, así como ella de él. El tiempo se encargaría de lo demás. Prometió que pasara lo que pasara, al menos podía decir que por fin lo había amado, por lo menos, una vez en su vida.
A lo lejos en la voz del trovador, una nueva canción cobraba vida y sentimientos.
Terry tomó dulcemente la barbilla de la joven y la miró profundamente a los ojos. Recorrió suavemente, con besos, su rostro. Finalmente se posó sobre sus labios y comenzó a besarla.
La pareja se perdió en un mar de sutiles besos. Nadie, al parecer se había percatado de lo que sucedía en aquel rincón del café. Solo el trovador, quien enmarcaba ese momento sublime con sus canciones; sonrió al saber lo unidos que estaban esos jóvenes, y siguió con su repertorio, dedicado en secreto a ellos.
Los besos comenzaron a subir de tono y Terry decidió parar por un momento. Se separó dulcemente de la rubia y le pidió que guardaran la compostura.
- Candy, estamos en un lugar público, debemos calmarnos – le insinuó con un dejo de sensualidad en la voz.
- He disfrutado tanto este momento, que no quisiera pasara un solo segundo más para permanecer así contigo... ¡te amo demasiado! – ocultó su rostro en su cuello.
- Mi amor, debemos tomar las cosas con calma, recuerda que Albert nos ha pedido mesura en nuestro comportamiento, ni quisiera imaginar si tu Tía Abuela llega a enterarse de estos arrebatos, por favor, debemos calmarnos pecosa... – le dijo mientras le sonreía tiernamente.
- Terry, yo... estoy dispuesta a todo con tal de estar contigo... no imagino la idea de volverte a perder, me da mucho miedo pensar en esa posibilidad... por favor... ¡quiero estar contigo! Vamos a otro lado – lo miró suplicante.
El actor la miró sorprendido. Realmente era muy diferente a la jovencita que había conocido antes. Ni en sus más locos sueños se imaginó que sería ella la que le pediría estar con él. Su corazón comenzó a latir rápidamente.
- ¿En serio quieres que vayamos a otro lado? ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo? por favor, dime que no estoy soñando... – se acercó peligrosamente a su oído.
Candy cayó en cuenta de lo que le había propuesto... ¡era bastante atrevido! Trató de enmendar su actitud, pero un rubor intenso se apoderó de ella, mientras Terry acariciaba su cuello con los labios. Su pudor se estaba desvanecido sorpresivamente.
Tomando su rostro, le sostuvo la mirada fijamente.
- No puedo estar más convencida de todo esto que siento por ti... te amo y no me importa tomar este riesgo, no me importa cuál sea el futuro, solo sé que quiero estar contigo y no me importa nada más – dijo besándole de nuevo.
Terry sonrió feliz de saber que su sueño mas anhelado se estaba volviendo realidad muy pronto. Volteó a buscar con la mirada al mesero y le pidió la cuenta. Le propuso a Candy que fueran a su cuarto de hotel. De momento se sintió un poco mal por eso, pero al ver que ella aceptaba gustosa, no le quedó más remedio que seguir con el plan. Eso sí, trataría de no llevarla muy tarde a casa, seguramente Albert estaría al pendiente de su regreso.
El trovador siguió con su repertorio.
Adivinaba el encuentro próximo entre esos dos jóvenes. Sonrió enigmáticamente y les despidió con la última canción dedicada a ellos. Candy y Terry se listaban para salir y apenas alcanzaron a escuchar las primeras estrofas. Era bastante perceptible el velo de ansiedad que inundaba sus almas. Todavía era temprano, y muchas emociones les esperaba durante un buen rato más.
Llegaron al hotel, y minutos después se besaban apasionadamente en el cuarto de Terry. Este todavía no podía creer que la joven hubiera deseado estar a solas con él.
Para calmar un poco los ánimos, Terry siguió haciéndole comentarios sobre sus planes:
- Ya verás que todo saldrá bien Candy. Tengo planeado, después de regresar a Nueva York y cancelar mi compromiso con Susana, seguir trabajando un tiempo más en el teatro y me gustaría confesarte algo, pero necesito tu opinión: he estado pensando seriamente en dedicarme en un futuro, a la política; mi padre todavía me ofrece el título de Duque. Quisiera poder darte algo digno de ti, solo te insisto una vez más mi amor, confía en mí y llevemos las cosas a su tiempo, ¿quieres? – preguntó suavemente, mientras le daba pequeños besos.
La rubia lo miró enternecida y se levantó, colocándose frente al enorme ventanal de la habitación, de espaldas a él. Sus manos cruzaban por detrás de ella. Se perdió en sus pensamientos, mientras miraba a algún punto perdido en el jardín ubicando enfrente del hotel. Su actitud se tornó serena y firme. Su porte denotaba una enorme seguridad en sí misma.
- Tal vez creas que es osado de mi parte el estar aquí contigo y creo que te has de estar preguntando el por qué de mi actitud. Siento que no es justo dejar pasar una vez más la oportunidad de ser feliz, sabes bien todo lo que hemos vivido... – rompió el silencio.
- Candy, estoy muy consciente de que esta es una nueva oportunidad que se nos presenta, sin embargo mi amor, yo quiero ofrecerte algo seguro, mira, es solo cuestión de esperar un poco más. La situación de Susana se resolverá favorablemente, espero yo, ya que ella misma se ha dado cuenta que soy infeliz a su lado. Todavía tengo un buen futuro en la compañía Hathaway; y tengo una buena estabilidad económica. No quiero obligarte a estar conmigo aquí, justo en este momento, Albert no me lo perdonaría, si se enterase... – replicó en tono conciliador.
- Estoy segura y muy consciente de mis actos, y créeme, no me importa esperar, ni siquiera a que tengas cosas materiales que darme. Con saber que me sigues amando y que también estás dispuesto a estar conmigo, no necesitas ofrecerme más. Él nunca estará de acuerdo, Terry... él... me he enterado… está enamorado de mí, sin embargo, sabe que es casi imposible que le corresponda, y no tengo porque arrepentirme de nada ante él, porque los actos que tengan que ver contigo, siempre estarán justificados por el gran amor que nos tenemos. La pureza de nuestra relación va más allá de lo físico y lo tangible, tenlo por seguro Terry, porque sé que aprecias todo lo que está más allá de lo que se ve – lo miró decidida y confiada en sus palabras.
- Candy, yo... sabía que Albert te ama... no te lo dije porque él mismo me lo pidió, perdóname por no habértelo comentado antes ¡por favor! – bajó su rostro apenado.
Candy lo miró asombrada, pero no iba a reprocharle algo que solo incumbía a ella y a Albert. Volvió a perderse en un punto perdido.
Terry iba a continuar, pero ella prosiguió.
- No te reprocho el que no me lo hayas dicho, eso es algo que él y yo debemos arreglar. Debe entender que no le hará nada bien aferrarse a un imposible. Tendría que pasar algo realmente fuerte para que yo pudiera verlo con otros ojos – se sentó nuevamente a su lado y volvió a mirarlo fijamente.
- Candy... realmente me impresionas; eres otra mujer, mucho más fuerte y decidida. ¡Mi pecosa, eres admirable! ¡te amo tanto! – volvió a besarla, esta vez, apasionadamente.
Las caricias y los besos comenzaron a volverse más profundos.
Terry desabrochó suavemente la coleta para acariciar sus rizos, perdiéndose en el contorno de su cuello. Besaba y mordisqueaba sus oídos, sacando suaves gemidos de sus labios. Candy sintió que su cuerpo comenzaba a arder al instante. Acariciaba con firmeza su cabeza y, empujada por sus instintos, desabrochó su camisa. Terry retrocedió un poco y la miró fijamente a los ojos. Ese acto le tenía completamente excitado, sin embargo, la rubia prosiguió con dulces caricias en su pecho y comenzó a besarlo nuevamente. Las manos de el recorrían su espalda y comenzó a desabrochar la parte posterior de su vestido. De repente Candy se perdió en un mar de deliciosas sensaciones. Terry la levantó tiernamente del sofá, sin dejar de besarla, y acto seguido, le quitó el vestido, que cayó completamente del cuerpo de la joven, dejándola sólo en ropa interior. Candy terminó por retirarle la camisa y se dejó llevar por el ritmo de él. Su inexperiencia la delataba, pero era más fuerte la necesidad de estar con él, que dejó a sus manos hacer y deshacer por toda la anatomía del actor. Terry la condujo lentamente al lecho y se colocó a un lado de ella. Siguió besándola y acariciándola largamente. Sus manos empezaron a internarse por aquellas partes más íntimas de la rubia, desabotonando lo que quedaba de ropa. Ella cerró los ojos entregándose a ese primer momento, único e irrepetible. Sus mejillas estaban coloreadas por la excitación que se hacía más evidente en ella. Su respiración estaba ya entrecortada y un innumerable ruido de susurros y gemidos comenzaron a elevarse. Las manos del inglés comenzaron a acariciarla mucho más frenéticamente por entre sus piernas, logrando que ella alcanzara el clímax por primera vez. Terry siguió besándola por un buen rato, haciendo un sobreesfuerzo para aguantar más; lo que acaba de ver jamás lo cambiaría por nada en el mundo ¡se veía tan hermosa y tan seductora! Se volvió a hundir en su cuello y comenzó a quitar lo que le quedaba de ropa. Cuando quedó completamente desnudo, paró por un momento y la miró directamente a los ojos:
- Estas a tiempo de parar Candy, ¿estás segura de que deseas continuar? porque después ya no podré hacerlo mi amor – le preguntó con una voz entrecortada y, por demás, seductora
- Continúa Terry, es algo que he deseado por mucho tiempo ¡hazme tuya! – y siguió besándolo por todo el cuello.
Aquello enloqueció a Terry y colocándose encima de ella, y sin dejar de besarla, separó lentamente sus piernas. Sabía que se enfrentaría a ese primer obstáculo virginal, y lo doloroso que sería para ella, así que sin dejar de acariciarla, y comprobando que ya estaba más que lista para recibirlo, el aristócrata se dirigió hacia la entrada de aquella zona prohibida y a la vez tan deseada, y comenzó a presionar suavemente. En un principio, ella emitió un leve quejido de dolor, mientras sus manos estrujaban con fuerza las sábanas. El actor paró por un momento y al saberla más relajada siguió con movimientos suaves, adentrándose aún más en ella. Después del dolor, Candy comenzó a sentir un placer indescriptible. Con sus piernas rodeó hábilmente la cintura de Terry e hizo que entrara completamente en ella. Siguieron una serie de quejidos y gemidos de amor interminables. Los movimientos sobre la cama se hicieron cada vez más fuertes, y finalmente, Terry se vertió completamente en ella, mientras seguía perdido en su cuello. Sus respiraciones estaban agitadas, al igual que sus corazones. Permanecieron un buen rato así, extenuados por la faena amorosa. Ella reposaba en su pecho, mientras él acariciaba sus largos rizos.
- Te amo Candy, este momento quedará grabado para siempre en mi mente. Nunca más habrá alguien como tú en mi vida... ¡eres única Candy! – le dijo, mientras se perdía en su aroma.
- Me has hecho muy feliz Terry, no me arrepiento para nada de lo que acaba de suceder. Por fin estamos juntos... ¡te amo! – exclamó mientras volteaba a mirarlo fijamente.
Siguieron recostados un rato más. Después se levantaron rápidamente de la cama para vestirse. Debían darse prisa para que Candy regresara a su casa. Seguramente ya los estarían esperando, con el consecuente regaño por la hora en que llegarían. Entre bromas y muestras de amor terminaron de arreglarse y salieron del hotel. Pararon un carruaje y se dirigieron a la mansión de los Andrey.
Una mirada les siguió hasta perderlos de vista. Nikolas salió de su escondite. Había sido testigo del acto amoroso y sintió gusto porque a Terry se le hubiera hecho realidad su sueño. Recordó las pocas ocasiones que tuvo de demostrar su amor a aquella hermosa mujer que perturbaba sus noches más desoladas.
Ese mismo día, una joven rubia de cabellos lacios se enteraba de la situación en que se encontraba Terry. La pareja no sospechaba por ningún motivo, que un detective contratado por la actriz les seguía cada uno de los pasos, desde que Terry había llegado a Chicago.
La relación peligraba.
¿Qué se traía Susana entre manos?
Albert se encontraba frente a la chimenea esperando a que apareciese Candy.
Logró que la anciana fuera a dormirse, dejándole en claro que si algo salía fuera de las normas, él personalmente pondría un alto a la conducta de los jóvenes. Pero al ver que el tiempo pasaba, la ira comenzó a apoderarse de él. Era pasada la medianoche y su corazón presintió que un encuentro inusual había tenido lugar entre ellos. Daba vueltas por el salón mientras seguía tratando de controlar su enojo.
La puerta se abrió sigilosamente y le vio entrar a la casa, seguida de Terry. Su figura se alzó imponente sobre ellos y les llamó:
- ¿Me pueden decir dónde diablos andaban metidos? ¡es muy tarde Terry! creí que te había quedado claro que debías respetar esta casa y las reglas de cortejo – se dirigió agresivamente al actor.
- ¡Albert! ¡Perdónanos! ¡Es mi culpa, deja te explico...! – le dijo el actor, pero fue interrumpido inesperadamente por la rubia.
- La que tiene que dar explicaciones soy yo, Albert. Terry tenía toda la intención de traerme temprano, sin embargo, fui yo la que insistió en seguir junto a él por más tiempo, estuve consciente en todo momento de lo tarde que era, pero creo que cuando los actos son sinceros y puros, no hay nada que temer al respecto ¿o es qué acaso ya no confías en mí? ¿Te he dado motivos para que pienses mal de mí? ¡Anda, espero tu respuesta! – le dijo una Candy segura, pero a la vez desafiante.
Albert se quedó boquiabierto.
La miró fijamente y supo en ese instante que Candy ya no pertenecía más a él. Los ojos de la rubia expresaban lo que él tanto temía. La chica se le enfrentaba con un porte completamente distinto al que le conocía. Segura y firme en lo que decía, la joven siguió increpando al magnate:
- ¡Respóndeme! ¿es qué ahora tú también me recriminarás mi tardanza? ¿No te he dado suficientes motivos para que confíes en mí? Sabías antes que yo, que Terry estaba aquí y me lo ocultaste, Albert, tú más que nadie sabe todo el sufrimiento que me ha agobiado por años, por él... y aún sabiendo que todavía lo amo... ¡me lo ocultaste! Pero está bien, no te tengo rencor... tu sabrás que fue lo que te motivó a hacerlo... solo quiero que sepas que mi amor por Terry es aún más inmenso, y que estoy decidida a arriesgar todo por él. ¡Nos amamos y estaremos juntos! Nada ni nadie nos lo impedirá – le gritó desafiante.
Terry no supo que decir.
Miraba con desconcierto a su pecosa. Realmente había cambiado mucho, y ahora le quedaba en claro que ella lucharía contra viento y marea por estar con él, y eso le dio fuerzas para también demostrar a Albert, que secundaba en sus decisiones a la enfermera.
- He prometido a Candy que nos casaremos Albert, yo debo regresar a arreglar unos asuntos a Nueva York, y mi palabra es de mucho valor, no está sola – le comentó, mientras se colocaba al lado de ella.
La entrada intempestiva de la anciana a la sala tensó más el ambiente.
Se paró frente a Candy y una fuerte bofetada le cruzó el rostro, dejándole marcada la mejilla. Ella reprimió sus lágrimas, mientras la Tía Abuela hablaba:
- ¿Así es como agradeces el que te haya recogido del orfanato? ¡Te exijo que le respetes! ¡Esta casa la respetas! – le recriminó mientras se ponía junto a Albert.
Albert se sentía desconcertado por la actitud de Candy.
Le dolía en el fondo que las cosas hubiesen llegado hasta ese punto. No era su intención ofenderla, y mucho menos permitir que la señora Elroy la tratara de esa manera. Pero su mirada, era completamente diferente; expresaba que ella ya era una mujer en toda la extensión de la palabra, y comprendió que Terry ya se había adelantado a él.
- ¡Tía, por favor, regrese a su habitación! No era necesario que la tratara así. Les pido una disculpa a todos por mi comportamiento... Candy, me he preocupado mucho por ti, más aún después de lo que sucedió anoche por aquí cerca; no soportaría que algo te llegara a suceder. Esos crueles asesinatos siguen sin resolverse y seguramente el asesino anda al acecho por ahí, ¡por favor! – realmente le dolía decir aquello - ¡Perdóname! – le rogó, mientras bajaba el rostro con una expresión de enorme tristeza, sin percatarse del sobresalto de Terry.
- ¿Vas a permitir este tipo de conductas? Candy no puede hacer lo que se le dé la gana, ¿qué no entiendes eso? – le cuestionó severamente la anciana.
- ¡Le pido por favor que me deje solo con ellos! – le recalcó, mientras miraba fijamente a la pareja.
La anciana se retiró indignada. Candy contenía las ganas de llorar. Tomada de la mano de Terry sentía fluir una enorme fuerza de voluntad, y a pesar de contrariar a su amado benefactor, no estaba dispuesta a doblegarse esta vez. Menos dejando ir la oportunidad de amar a Terry. Cuando Albert tocó el tema de los asesinatos recordó que Terry acaba de salir de la casa esa noche, pero optó prudentemente, por preguntárselo más adelante.
- Albert... ¡perdóname! No debí contestarte así, es sólo que... me molestó que no me comentaras de la presencia de Terry. Entiendo que tienes tus razones, pero no eres nadie para decidir por mi felicidad y bien sabes que esa se encuentra al lado de él... no quise ser imprudente... agradezco que estés preocupado por mí, pero creo que deberías de estar tranquilo... me duele que hayas dejado de confiar en mí... – le dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Albert permanecía impávido ante ellos. Volteó hacia la enorme ventana y colocando sus manos por detrás, comenzó a hablar.
- Candy, no fue mi intención ofenderte... creo que me he preocupado de más... te pido me perdones por haberte ocultado la presencia de Terry... no creí conveniente decírtelo; dejé que todo se diera al azar y se diera un encuentro casual entre ustedes, créeme que nunca hubo una intención oculta en todo esto... – le dejó en claro, tranquilamente.
Terry, quien hasta ese momento no había emitido palabra alguna, se adelantó a su novia, haciéndole una seña de que quería tomar la palabra.
- Albert... por favor, perdónanos, perdimos mucho tiempo en aquel café platicando, pero ante Candy te pido solemnemente su mano... sé que no es la forma ni el momento... solo quiero que sepas cuánto la amo – le dijo,mientras se aferraba a la rubia. La petición fue un golpe al estómago de Albert.
- Está bien, Terry, confío en que así será... no ahondaré más en lo que haya pasado entre ustedes... tampoco soy tonto... pero a ella la respetas, exijo que arregles, lo más pronto posible, tu situación en Nueva York para que se gestione todo lo relacionado a la boda... – mientras se acercaba a ellos, observó fijamente a su protegida.
Candy se sintió descubierta, pero logró guardar su postura.
El millonario había ido más allá de su cita en el café. Pero al saberse amada, por fin, por Terry, se irguió altivamente frente a él y con una seguridad le puntualizó:
- Eso está más que acordado y hablado, Albert... confío en él... ahora… -volteando a ver al actor - es demasiado tarde y no creo conveniente que te regreses a esta hora a tu hotel... Te pido permiso para que le des alojamiento en el cuarto de huéspedes... ya sabes que la policía anda rondando por aquí cerca, y podrían confundir a Terry con algún delincuente, máxime si esos asesinatos no han sido resueltos... ¿estas de acuerdo?... - le preguntó serenamente.
- Está bien, puede quedarse aquí, porque ese es otro punto que debo aclarar con él, me disculpan, me retiro a mi habitación... Candy, condúcelo a su habitación... confío en ti... – se despidió, saliendo del saloncito.
En cuanto se fue, Candy respiró por fin aliviada.
Terry seguía observándola atónito. En un abrir y cerrar de ojos, la hermosa enfermera había cambiado por completo. Ahora, debía dormir en esa misma casa, cerca de ella. Un deseo se iba apoderando poco a poco de él y se acercó nuevamente a su oído.
- Así que dormiremos en la misma casa, mi hermosa pecosa... ¿quieres llevarme tú misma a la cama… nuevamente? – le preguntó con travesura, engalanando su sensual voz.
Candy se sobresaltó al instante pero, recordando los asesinatos se recuperó.
- Terry, me tienes que decir que fue lo que hiciste la última noche que te fuiste de aquí... ¡Dios, creí que te había pasado algo! – se lanzó a sus brazos, con preocupación.
- No vi. Nada. En cuanto salí, a lo lejos divisé un carruaje y me fui rápidamente al hotel... no escuché nada raro... seguramente eso sucedió ya muy entrada la noche – le aclaró inmediatamente el joven, tratando de sonar convincente. El recuerdo de Nikolas le llegó de repente, pero inmediatamente lo desechó. La abrazó con ternura, para tranquilizarla.
- Está bien... menos mal que no te sucedió algo... – le dijo, aunque no del todo convencida.
Después lo guió hasta su cuarto. Al entrar había un pijama sobre la mesa, seguramente Albert la había dejado ahí. Candy cerró las cortinas cuando Terry cerró su puerta y se acercó nuevamente a ella. La volvió a besar apasionadamente. En un principio la chica quiso separarse inmediatamente, pero el recuerdo de lo que había sucedido anteriormente la doblegó. Las manos de Terry volaban nuevamente por su cuerpo desabotonando su vestido.
Con voz entrecortada, la rubia le pidió que pararan.
- Por favor Terry... ya hubieron suficientes problemas por hoy, mejor dejémoslo para otro momento – le pidió con voz queda.
Terry hizo caso omiso y siguió bajando el vestido mientras sus labios se posaban sobre sus pechos. La joven comenzó a excitarse más.
Afuera, una lluvia leve comenzaba a tornarse torrencial. La pareja ya se encontraba sin ropa sobre la cama.
Las caricias, besos y abrazos se volvieron a repetir; esta vez, Terry besó todo su cuerpo hasta que colocó sus labios entre sus piernas. La rubia enloqueció de placer y se entregó completamente al juego amoroso. Iniciaron la sesión rodando sobre la enorme cama, hasta que Candy quedó sobre él. Al principio, sus movimientos eran lentos, después la cadencia de los mismos fue en aumento hasta que explotaron los dos, al mismo tiempo que un enorme relámpago iluminaba la habitación.
La lluvia arremetió con enorme fuerza.
La pareja se besaba por última vez en esa noche. La joven se vistió inmediatamente y se dirigió rápidamente a su habitación. Se asomó al pasillo, y vio a lo lejos las recámaras de Albert y la señora Elroy cerradas. Respiró tranquilamente y se escurrió en su recámara. Tomó una ducha rápida y se acostó. Por fin, después de tanto tiempo, se sumió en un agradable sueño, cansada por las emociones de ese día, mientras él hacía lo mismo.
En el interior de su recámara, Albert derramaba una lágrima por lo sucedido; había esperado a que Candy regresara a su habitación. Había ido a asomarse a su recámara y no la encontró. Se recargó sobre la puerta del cuarto de huéspedes, mientras escuchaba unos gemidos femeninos; su rubia ilusión se entregaba nuevamente a su rival. No aguantó más, y regresó apresuradamente a su habitación. Como pudo, contuvo las ganas de ir a golpear al actor. Trató de tranquilizarse, total, el viaje ya estaba muy próximo, partiría la semana entrante y estaría mucho tiempo fuera; el suficiente para que meditara bien sobre sus sentimientos y su actitud respecto a su futuro y al de su querida niña. Se metió en la cama, tratando de conciliar el sueño.
Finalmente se durmió.
En sus sueños se veía al lado de Candy, viajando por todo el mundo. Ella le sonreía amorosamente, mientras le besaba. Después, se observó en una elegante fiesta, rodeados de mucha gente, pero lo que comenzó a sobresaltarlo fueron las expresiones de esos personajes: siniestras, maliciosas, misteriosas. Y trataba de alejarse de ellos, pero al momento de tomar a su protegida, ella ya no era la misma.
Una palidez extrema se asomaba a su cara, y aunque le sonreía amorosamente, sus expresiones eran vacías. Una creciente inquietud se apoderaba poco a poco de él. Volteaba a ver nuevamente a la gente y vio el rostro sobresaliente de uno de ellos.
Un personaje que denotaba una recia personalidad, le miraba profundamente con sus ojos grises y le sonreía forzadamente.
El sueño se apagó y Albert continuó durmiendo.
Afuera, la lluvia seguía cerniéndose sobre la ciudad. Rayos y relámpagos seguían surcando el cielo.
Lejos de ahí, en el hotel, Nikolas dejaba una nota al actor, despidiéndose de él. Aducía negocios fuera de Chicago y le reiteraba su apoyo en cualquier momento.
La noche llegaba a su fin.
Mientras, en Nueva York, Susana daba vueltas en su silla de ruedas con furia.
El hombre que estaba frente a ella le había llevado detalles de la estancia del joven en Chicago. Desde que se había ido Terry, ella lo había mandado seguir. No confiaba en ese cuento de que iba a Europa; sabía que últimamente andaba mucho más distante con ella que en otras ocasiones. Así que, desde que se despidió de ella, el detective que había contratado la actriz, estaba listo para seguir su travesía. Sorprendentemente había logrado conseguir la información del lugar al que iría Terry, mediante un pequeño soborno al joven que vendía boletos en la estación de tren, justo después de que el actor comprara el suyo. Bastó estar en Chicago unos cuantos días, para corroborar las sospechas de Susana.
- ¡Entonces ya regresó con esa maldita enfermera! ¡Lo sabía! – exclamó encolerizada, la joven actriz.
- Señorita Marlowe, son pocos los días que he tenido en Chicago, pero le puedo garantizar que esa mujer está con su novio, imagino que a estas alturas, algo debe haber sucedido entre ellos. Como pidió información urgente, creí conveniente regresar inmediatamente, para informarle de primera mano lo que estaba sucediendo. Si gusta, recabaré más datos al respecto – le propuso el hombre.
- Está bien por ahora, señor Thurman, muchas gracias, ha entregado un impecable trabajo; si lo necesito más adelante, no dudaré en contactarlo, ahora, puede retirarse, necesito organizar el paso siguiente... – le señaló la salida de su apartamento.
Cuando el hombre se hubo retirado, estalló en miles de lágrimas. Por un momento su corazón se ablandó y reflexionó por el hecho de tener atado a Terry a su lado, cuando él le había dejado en claro que no la amaba. Pero, el hecho de haberle mentido para ir a refugiarse en los brazos de la otra, no le cabía en la cabeza. Ella no podía salirse con la suya, y todo esto ya era cuestión de ganárselo. No descansaría hasta hacer que Candy se retorciera de sufrimiento, no era justo, ella había prometido hacerse a un lado y sin embargo, no había cumplido su palabra.
- ¡Maldita, mil veces maldita! ¡Te odio! – gritaba fuera de sí Susana - Debo ingeniar un plan definitivo para quitárselo; debe sentirse traicionada por él, para desterrarlo de su vida. Ya veré que se me ocurre, pero esa estúpida no se saldrá con la suya - finalizó con rabia la joven.
Se dirigió a su recámara y se asomó por un rato en el balcón de la misma.
Su mente trabajaba a mil por hora, tratando de idear un plan definitivo que los separara para siempre. Debía convencer a Candy que ella estaba atada por siempre a Terry, y que mejor, que fingir un embarazo prematuro. Sabiendo de antemano que Terry todavía tardaría unas semanas más por allá, le daba perfecto tiempo para fingir que en todo ese tiempo que él había pasado con Candy, ella sufría el abandono por parte de él hacia su hijo.
Una idea, atravesó su mente.
Sabiéndola hija adoptiva de una importante familia, que cuidaba mucho su reputación, se presentaría ante ellos, haciéndoles creer que ella esperaba un hijo de Terry y que le había engañado cayendo en los brazos de esa mujer. Por supuesto que la familia permanecería en contra de aquella relación.
Estaba decidida a jugar el mejor rol de su vida.
Puso en marcha el plan, mientras organizaba su caracterización. Sería necesario contratar nuevamente los servicios del detective. Irían ambos a Chicago y en cuanto supiera que Terry no se encontraba en la mansión de los Andrey haría su entrada triunfal, luciendo un hermoso anillo de compromiso y un poco abultado vientre. No se le hubiera ocurrido mejor artimaña para poner a la joven Andrey en contra de su "prometido"; su innegable sentimiento del deber se lo recordaría justo en ese momento.
Su madre entró a verla y Susana la hizo partícipe de su maquiavélico plan. La señora Marlowe sonrió con satisfacción. También le encolerizaba saber que Terry se había ido con aquella mujer, que tantos sufrimientos le habían ocasionado a su pobre hija.
Debían de apresurar las cosas.
Al otro día, Candy se levantó como de costumbre, aunque en su interior, una enorme alegría resplandecía. No daba crédito a sus ojos: en menos de una semana, su gran amor había regresado a buscarla, le había besado y ahora, ya era completamente su mujer. Sus mejillas se ruborizaron al recordar las escenas amorosas de la noche anterior.
- ¡Dios, sí que me vi demasiado atrevida! Pero no me arrepiento, Terry, te amo con todo mi alma y confío en ti... bien vale la pena el riesgo... - pensó para sí.
Se arregló y al salir de su recámara, notó que tanto la puerta de Albert, como la de Terry ya estaban abiertas de par en par.
Un nerviosismo le llegó al estómago. Bajó aparentando total tranquilidad, y al llegar al enorme comedor de la casa, grande fue su sorpresa al ver reunidos, listos para el desayuno, al magnate y al actor, departiendo tranquilamente sobre la mesa; y lo increíble era que, ¡la señora Elroy estaba presente!. Cuando la rubia entró, todas las miradas se posaron sobre ella.
Candy saludó cordialmente y tomó su lugar al fondo de la mesa.
Como pudo, se comportó igual que siempre y de repente, una fuerte mirada la atravesó. Volteó y se topó con la vista de Albert. El millonario la miraba fijamente, sin dejar de lado su amable sonrisa. Candy desvió la mirada a Terry , quién le guiñó un ojo.
La Tía Abuela no la volteó a ver.
- ¿Se puede saber qué sucede? – preguntó la joven seriamente.
- Nos comentaba el señor Grandchester sobre la procedencia de su familia, Candy. Nunca me habías comentado algo al respecto. Es una grata sorpresa, que a pesar de tu escasa educación, este joven se fijara en ti – le indicó despectivamente la anciana, enfatizando su severa mirada sobre ella.
- Disculpe señora, Candy me atrajo por lo que realmente es, aunque no viniera de una familia de alcurnia, igual me hubiera fijado en ella; creo que debería valorarla más, es una joya única – le espetó secamente el actor.
- ¿Tía, podemos cambiar de tema por favor? Quiero tener un desayuno en paz, además, Candy nos ha hecho el favor de acompañarnos, seguramente ya está bastante descansada después de la ajetreada velada de anoche, ¿o no es así, querida? – le preguntó cínicamente su padre adoptivo, haciendo que el semblante del actor se transformara completamente.
Candy sintió como un puñal de decepción atravesaba su corazón.
Albert se había dado cuenta de lo sucedido anoche en el cuarto con Terry.
Era bastante atrevido de su parte; ¡la había estado espiando! Al instante se tranquilizó y decidió seguir el juego del magnate.
- Por supuesto, Albert, no sabes como me siento de bien, es más, puedo decirte que cuando el verdadero amor te llega, lo expresas por doquier. Ojalá y pronto sientas lo mismo, y si me disculpan, se me ha hecho tarde, me retiro – dijo muy seria, levantándose de la mesa y caminando apresuradamente a la salida.
Terry se levantó inmediatamente detrás de ella y disculpándose con una reverencia hacia la anciana, dirigió una severa mirada a Albert. Alcanzó a Candy en la entrada. La tomó amablemente del brazo y salieron de la casa.
Albert siguió tranquilamente desayunando mientras la fría mirada de la anciana le miraba fijamente.
- ¡Vaya!, hasta que por fin le recriminaste su mala conducta de anoche, ya era justo ¿no? – le comentó en tono bastante desagradable.
- Tía, por favor ¿me permite continuar con mi desayuno? Tendré un día muy ocupado ya que pronto viajaré y tengo todavía muchas cosas por arreglar – le increpó molesto el rubio.
Ambos se sumieron en sus pensamientos hasta que Albert terminó y se dirigió hacia su auto. George ya le esperaba.
Mientras tanto, ambos ya se dirigían al hospital. Iban inmersos en sus propios pensamientos, aunque él no dejaba de mirarla de reojo. La sentía en este momento completamente vulnerable y se reprochaba a veces, haberse dejado llevar por su pasión, sin embargo no se arrepentía de haberle arrebatado su virginal regalo. Se amaban desenfrenadamente, y él la protegería de quien fuera necesario. Su amor era para siempre y no importaban los obstáculos que se les atravesaran. Le había prometido que estaría con él y lo cumpliría a muerte.
Ella iba mirando por la ventanilla del carruaje.
No dejaba de pensar en la fría mirada de Albert. ¿Por qué había sido tan duro con ella, si sabía que sufría desde siempre por Terry? No se explicaba desde cuando su benefactor se había enamorado de ella; lo había ocultado perfectamente bien.
Una mano acarició la suya. Volteó a verlo.
- Candy mi amor... no debes estar preocupada, sabemos que esto no es pasajero y le demostraremos a tu familia lo equivocados que estaban al pensar que no llegaríamos muy lejos, por favor, no estés triste pecosa – le tranquilizó Terry.
Candy sonrió y se acercó a besarlo. Estuvieron así hasta que llegaron al hospital. Descendieron del carruaje y su amado se despidió efusivamente de ella.
- Terry, ya cálmate, estamos en un lugar público, no quiero tener problemas con la gente de aquí, nos vemos a la salida ¿quieres? – le pidió mientras se separaba de él.
- Está bien mi amor, paso por ti a la misma hora de ayer ¿está bien?, que tengas un excelente día, y por favor, confía en mí, pronto serás mi esposa y así ya no tendré que ocultar esta pasión arrebatadora que siento por ti – le susurró al oído con su seductora voz.
Candy se estremeció al instante, sin embargo, recuperó su aplomo y firmeza, y siguió su camino hacia la entrada del hospital. Llegó a su despacho y se dispuso a seguir con sus labores cotidianas. Le esperaban múltiples ocupaciones.
Terry regresó al hotel.
Se cambió de ropa y se recostó un rato en la cama. Recordó a su adorada pecosa yaciendo desnuda a su lado, la noche anterior. Había sido una noche inolvidable para ambos. Ni en sus más locos sueños se había imaginado que el encuentro sería demasiado rápido; además, le había atraído sobremanera, la seguridad con que se había enfrentado a su familia por él. Realmente Candy era una gran mujer. Se aferró a una almohada y divisó entonces la carta que Nikolas le había dejado anteriormente.
La abrió y la leyó:
"Mi muy querido amigo:
Para cuando leas esta carta yo me encontraré lejos de Chicago. Mis ocupaciones han requerido mi presencia en otras partes del país. No me despedí formalmente porque me di cuenta que tu sueño ya se estaba haciendo realidad. Me da mucho gusto por ti, deseo que todo vaya bien en tu vida. Te reitero mi apoyo y ayuda en el momento que lo desees. Nos veremos más pronto de lo que te imaginas. Te mando un cordial abrazo.
Nikolas Ash "
Terry dobló nuevamente el papel y lo guardó en el cajón de al lado. Hizo un recuento de su extraño amigo. Seguía preguntándose constantemente quién era en realidad tan peculiar personaje. Sus actitudes tan frías y a la vez encantadoras; su elegante porte y su enorme carisma le intrigaban sobremanera.
Imaginó muchas veces que ese hombre era diabólico y que en realidad buscaba ayudarlo a cambio de su alma, o algo así; sin embargo, sus conversaciones reflejaban las de una persona con exquisitos modales y educación, lo que lo hacían parecer escéptico a ese tipo de temas.
Su contacto tan frío, en un principio le producía temor y miedo, aunque poco a poco, y después de haberlo librado de esos hampones, le valieron sus respetos. Muchas veces alcanzó a divisar el brillante fulgor de sus ojos castaños, cuando indagaba más acerca de determinado tema o transmitía su interés sobre algo o alguien, como si pequeñas llamas se reflejaran en ellos. Además, estaba el hecho de que cuando le temía, al instante su mente recibía mensajes que lo relajaban, pero era como si un invasor se instalara dentro de él y leyera sus pensamientos, sintiéndose observado, y manipulado.
"Estoy alucinando ¡que tonterías estoy pensando!", exclamó con una sonrisa para sí mismo.
Siguió recostado un poco más; su mente se trasladó a Nueva York.
Empezó a organizar sus argumentos para deshacerse de Susana de una vez por todas. Debía ser lo bastante convincente y el recuerdo de los momentos íntimos vividos con su amada lo inspiraban aún más para enfrentar la desagradable situación.
Con estos pensamientos, se sumió en un agradable sueño.
Afuera, las hojas comenzaban a caer y el otoño ya se encontraba en todo su apogeo sobre aquella ciudad.
El invierno ya no tardaría en llegar y cubrir con su helado manto todo lo que podría demostrar vida... y sentimientos.
Los días pasaron y Terry y Candy ya tenían miles de planes listos para llevar a cabo en cuanto se deshiciera el compromiso con Susana.
En la mansión Andrey, La señora Elroy comenzaba a ver al aristócrata con buenos ojos. Él, haciendo gala de su irresistible encanto, aunado a su origen noble, se encargó de ganarse la simpatía de la anciana para así pedir en un futuro no muy lejano, la mano de su amada enfermera.
La anciana estaba más que encantada con el prospecto de la rubia, y de a poco había comenzado a suavizar su trato hacia ella. Desposarse con un noble era, sin embargo, una gran oportunidad para la familia Andrey, de infiltrarse en la aristocracia inglesa.
Candy estaba muy feliz, aunque aún le costaba creer que todo se estuviera dando de manera favorable. Terry la hacía sentirse especial y única, cada instante que se veían. Los encuentros apasionados seguían siendo ocasionales, pero a la vez demasiado intensos. La rubia había aprendido a amarlo de diferentes maneras, dejando de lado el recato que siempre había mostrado con respecto a esos temas, convirtiéndose en una mujer ardiente. Su confianza en el actor le daba mucho más carácter para afrontar lo que se viniera. Por supuesto no dejaría de amarlo, aunque sucedieran eventualidades desafortunadas en el futuro. Además, Albert había comenzado a cambiar su actitud con respecto a su relación.
En un principio, el rubio se había molestado por aquella situación, y no podía controlar sus enormes celos al verla junto a él. De a poco comenzó a resignarse, pensando en la felicidad de Candy. Comprendió que aquellos jóvenes habían sufrido demasiado y ahora el tiempo los volvía a juntar, y era ahora cuando debían aprovechar esta oportunidad. Decidió hacerse a un lado y cambiar su actitud frente a ellos. Por circunstancias ajenas a él, su viaje se había visto aplazado, por lo que se programó para unas semanas después.
Una tarde, mientras se encontraban reunidos durante una comida en la casa de los Andrey, pidió la palabra:
- Solicito su atención por favor, debo comunicarles algo – dijo, mientras se levantaba de la mesa.
La matriarca, además de la pareja, prestó inmediatamente atención al magnate.
- Les informo que el próximo fin de semana salgo de viaje a Europa, y quizá demore unas semanas por allá, ya que debo concretar unos asuntos de negocios por aquellos lares, esto ya lo sabían de antemano – notificó el joven millonario mientras su mirada se dirigía a la joven pareja.
- Terry, creo que ambos deberían hacernos partícipes de sus planes, no me gustaría irme sin saber que es lo que han planeado para su futuro.
Terry se quedó sorprendido por aquella solicitud, sin embargo creyó que el momento de demostrar a la familia de Candy su gran amor hacia ella ya había llegado.
- Antes que nada agradezco a ustedes la enorme confianza que han depositado en mí para poder cortejar a Candy; ustedes saben cuán grandes son mis sentimientos con respecto a ella y quisiera dejar en claro mi interés en desposarla. Albert, tú que eres el patriarca de la familia, me permito solicitarte atentamente su mano para convertirla en mi esposa – dijo, poniendo sobre la mano de la rubia una cajita.
Candy se quedo muda de la sorpresa, al ver que dentro de aquella caja pequeña, había un pequeño diamante bellamente labrado y montado sobre un anillo de oro. Al centro del mismo habían dos iniciales: una C y una T. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
La señora Elroy vio con demasiada atención la carísima joya y esbozó una enorme sonrisa.
Albert no esperaba que aquello fuera demasiado rápido, sin embargo recordó que su pequeña tenía la oportunidad de merecer eso y mucho más, aunque implicara el sacrificar el enorme amor que le tenía.
- Terry... yo no esperaba que esto fuera tan rápido, sin embargo me consta que el amor que hay entre ustedes, se encuentra por encima de todas las cosas y creo que merecen la oportunidad de estar juntos por siempre. No tengo ningún inconveniente en que se casen, así como creo que la Tía Abuela estará de acuerdo al respecto – volteó mirando a la anciana.
- Claro que estoy de acuerdo en la unión, Albert; por fin nuestro dolor de cabeza se irá y podré ver que Candy se convertirá en toda una dama aristócrata. Mejor esposo no podía haber encontrado. Tienen mi aprobación para la boda – respondió mirándolos fijamente, mientras la rubia bajaba la cabeza apenada.
Candy, quien se encontraba sumida en un mar de emociones, por fin habló, sin dejar de mirar a los demás:
- No esperaba este ofrecimiento tan pronto, y acepto ser tu esposa. Solo te pido que organicemos todo de manera conveniente para que la Tía Abuela se sienta a gusto, y... me gustaría esperar a que Albert regresara de su viaje, para poder organizar los preparativos de la boda. Además, necesito arreglar lo de mi trabajo. Creo que debemos tomarlo con calma – le contestó emocionada, mirando fijamente al joven actor.
- Tomaremos el tiempo que sea necesario, Candy; también debo arreglar mis asuntos en Nueva York. Regresaré en unas semanas más para hablar con el señor Hathaway y ponerlo al tanto de mi situación, entre otras cosas. Acepto que se posponga todo para cuando regrese Albert – le respondió, mientras la tomaba suavemente por la cintura.
La comida siguió con normalidad y enfocándose en asuntos relacionados con la boda y las invitaciones. La señora Elroy quería hacer una fiesta cuanto antes, para informar a la alta sociedad en Chicago del acontecimiento que se avecinaba, pero Terry hábilmente pudo disuadirla de hacerlo pronto, ya que no quería que la noticia llegara por medio de otras personas a Susana. La anciana desistió finalmente, y acordaron que todo se haría en cuanto regresara Albert de Europa.
Después de la reunión, los dos salieron a caminar por el centro de Chicago. Llegaron al parque que se encontraba frente al hotel donde él se hospedaba y estuvieron sentados platicando por largo rato. Los besos y las caricias subieron de tono y decidieron ir a un lugar mucho más íntimo.
Esa tarde, el encuentro entre la pareja estuvo más efusivo, que en otras ocasiones.
Desde que la puerta se cerró tras ellos, Terry recargó a Candy contra la puerta y comenzó a besar fervientemente su cuello hasta perderse en sus senos. La rubia se dejaba hacer, presa de la fuerte excitación, al sentir que las manos de Terry comenzaban a desabrochar su vestido y acariciar su espalda. Ella no se quedó atrás, cuando Terry la había dejado semidesnuda, comenzó a retirarle coquetamente su camisa y sus pantalones, sin dejar de mirarlo directamente a los ojos. Sus rizos caían desordenadamente por su cuerpo y su rostro se había vuelto seductor al comenzar a besarlo por el cuello. El actor sintió que una marea de pasión le llegaba a la cabeza y comenzó a acariciarla frenéticamente. Entre caricias y susurros se fueron despojando de los últimos vestigios de ropa hasta quedar completamente desnudos sobre la cama. Los besos seguían recorriendo cada parte de la rubia, arrancando sendos gemidos de su boca. Terry recorría con sus labios toda la espalda de la chica, mientras sus manos se perdían entre aquellos hermosos senos. Candy le acariciaba la espalda y daba pequeños besos al actor en el cuello. El inglés siguió besando su cuerpo hasta situarse en el bajo vientre de Candy. Comenzó a besarla intensamente mientras iba bajando más y más, hasta llegar al punto más delicado de su ser. Candy se perdió en aquel instante, al sentir los labios de Terry internarse entre sus piernas. Deliciosas sensaciones comenzaron a recorrerla de la cabeza a los pies, al sentir que Terry subía la intensidad de sus caricias; repentinamente, una sensación indescriptible que se originaba en aquella parte la invadió por todo el cuerpo. Oleadas de placer le llegaron intermitentemente, mientras sus manos se aferraban a la cabellera del actor.
Candy llegó al clímax gritando el nombre de Terry varias veces.
El joven aristócrata no pudo contenerse y comenzó a besarla en la boca mientras se preparaba para entrar en ella. Candy apenas y se había recuperado cuando sintió a Terry llegar hasta el fondo de su ser; dejándose llevar por sus sentimientos, comenzó a susurrarle palabras de amor entrecortadas.
Los jadeos de ambos jóvenes comenzaron a hacerse más fuertes al igual que los apasionados movimientos, logrando que ambos llegaran al sublime momento del encuentro, casi al mismo tiempo.
Después del amoroso encuentro, los dos yacían exhaustos pero felices sobre la cama. Seguían tejiendo sus planes futuros. No cabía duda que el amor entre ellos era realmente genuino, y eso sería puesto a prueba muy pronto.
Una prueba que representaría un enorme reto para la pareja.
