CAPITULO V

Mientras, en Nueva York, Susana ya tenía listo casi todo su plan.

Solo faltaba confirmar más datos de la relación entre Terry y Candy. Esperaba al detective quien le llevaría las últimas noticias de la información solicitada.

Un timbre la sacó de sus cavilaciones. Su madre ya se había adelantado a abrir. Reconoció la voz del detective al instante y se apresuró a hacerlo pasar a la sala.

- ¿Qué tal, señor Thurman? Espero que traiga más información del asunto que le encomendé – le dijo Susana, mientras lo invitaba a sentarse en el enorme sillón de la sala.

- Le traigo más datos al respecto, creo que hay cosas que encontrará de mucho interés, señorita Marlowe – le respondió incisivamente el detective.

- Le escucho señor, y por favor, limítese a transmitirme la información, no quiero su opinión – le espetó la actriz despectivamente.

- Discúlpeme, ahora le comento: en estos días he estado vigilando muy de cerca al joven Grandchester, quién al parecer aún no se ha percatado de que lo sigo. Ha estado junto a esa joven desde que regresé. Salen a todas partes y es ahí cuando traté de seguirles el paso. Iban hablando de planes futuros, incluso mencionaron la palabra boda – le explicó el detective.

El semblante de Susana se tornó muy agresivo, sin embargo, siguió escuchando con atención. Así fue como se enteró de los encuentros en el hotel donde se hospedaba Terry y de las peripecias del detective al sobornar a uno de los empleados de la familia Andrey para enterarse de la petición del actor para casarse con Candy y que sería cuando el patriarca regresase de un viaje previsto muy pronto a Europa.

Le describió con lujo de detalles el momento en que Terry entregó una costosísima joya a la enfermera, lo que provocó que Susana explotara en mil maldiciones a Terry, mientras su madre trataba de tranquilizarla.

- ¡Maldita, te odio! – gritaba mientras estrujaba el borde de su falda con rabia.

- Hija ¡Por favor, no te alteres, ya verás que pronto todo se solucionará! – decía su mamá tratando de abrazarla, mientras Susana se retorcía del coraje en su silla de ruedas.

- ¿Cómo quieres que me tranquilice mama? ¡Esa desgraciada ya se revolcó con mi novio, cuando él ni siquiera voltea a verme con deseo! ¡Los odio, malditos, ojalá y se pudran en el infierno! – vociferaba mientras su cara enrojecía de rabia.

- Señorita Marlowe, por favor, cálmese, tome en cuenta que el patriarca que tanto protege a esa joven se irá de viaje, y por lo que he podido cerciorarme a través de mi contacto en esa casa, la matriarca no quiere a Candy; si usted pone en marcha el plan que tiene, quizá logre que tanto la anciana como la enfermera repudien a su novio. El joven Grandchester ha dado su palabra de que arreglará todo entre ustedes para que pueda casarse con la señorita Andrey pronto, entonces, si usted aparece en ese momento, le aseguro que la chica se decepcionará tanto de las mentiras del actor, que no querrá saber explicaciones ni nada y ni siquiera estará su padre adoptivo para protegerla de los reproches de los demás miembros de la familia. Puedo hacerme pasar por su doctor para corroborar lo que usted diga – le explicó mientras Susana recobraba poco a poco su compostura.

- Tiene razón señor Thurman, le ruego me disculpe, me exalté demasiado; se me hace una excelente idea la que me acaba de proponer. Puedo fingir que mi embarazo es delicado y sé que mi actitud de niña buena y ofendida podría convencerlas de que Terry solo se aprovechó de la virginal Candy; inclusive, podemos decirle ahí a la anciana de los amoríos clandestinos entre ellos. Imagino la cara de vergüenza de la mujer – comentó Susana, mientras su cara reflejaba una satisfacción enorme al imaginar la escena.

- ¿Sabe cuándo parte el señor Andrey de viaje detective? - preguntó ansiosa Susana.

- Sale este próximo fin de semana, si usted lo desea, podríamos irnos mañana en la noche para organizar mientras su plan – le propuso el detective.

- Está bien; de hecho ya tengo casi todo listo, solo esperaba me confirmara algunas cosas. Mi caracterización está lista y mañana partiremos hacia Chicago. Mi madre nos acompañará. Ahora bien, le encargo que vea el viaje mientras nosotros ultimamos detalles. Mucho agradeceré nos confirme el horario del viaje y nos vemos mañana mismo en la estación. Agradezco su ayuda – se despidió con una sonrisa maliciosa en el rostro. Esa mujer inspiraba odio puro.

- Mañana le confirmo todo, ahora si me permito, me retiro – hizo un además y se dirigió a la puerta.

Ambas mujeres se miraban fijamente mientras sonreían, confiadas de que muy pronto, Terry pagaría todo el mal que les había ocasionado.

La señora Marlowe no podía estar más feliz.

No soportaba ver que su hija tenía la vida destruida por culpa de aquel actor engreído; le alteraba sobremanera los malos tratos y actitudes que le daba a su hija. Ella era su más fiel colaboradora en todos sus caprichos y esta vez, no dudaría en ayudarla a llevar a cabo tan macabro plan. Ver sufrir a esa pareja sería su más anhelada recompensa.

El día transcurrió sin mayores sorpresas y ambas mujeres se abocaron en afinar los detalles para partir a Chicago al día siguiente. Al llegar la noche, el equipaje ya estaba listo. Solo faltaba tener los boletos en mano, pero de eso ya se encargaba el detective.

Hizo una visita rápida al señor Hathaway argumentando que visitaría familiares de su madre en Seattle; fue tan genuina y convincente que el hombre no dudó por un instante que Susana ya mostraba una actitud diferente. Con el apoyo de su madre le hicieron partícipe de sus planes y le pidieron le comentara al actor de su próximo viaje, para que al menos supiera que no estarían en Nueva York por unos días. El director aceptó amablemente hacerle llegar a Terry la noticia y les deseó buena suerte en el viaje.

El nuevo día llegó y el detective les confirmó que el viaje ya estaba listo. Partirían en el tren de la noche. Las confirmaciones de reservas en un hotel cercano al que se hospedaba Terry también se le hicieron llegar.

El señor Thurman le enseñó el parte médico de un supuesto doctor en el que confirmaba lo delicado de su gestación, lo que provocó el estallido de alegría de la actriz.

- Veo que nos entendemos a la perfección, no imaginaba que se adelantaría en esta faena. No se me hubiera ocurrido llevar un informe médico, y creo que tenemos muchas cosas en común. Ya nos empezamos a entender y eso me agrada. ¡Muchas gracias! – le dijo Susana llena de felicidad.

- Señorita Marlowe, usted merece ser feliz, y no es justo que por culpa de terceras personas, se deba de quedar sola. Sobre todo cuando esa chica prometió hacerse a un lado para que usted y su novio se casaran. Cuente conmigo para todo. – le sonrió maliciosamente el detective.

Pasó el tiempo, y el momento de tomar el tren llegó.

Ambas mujeres se encontraban en el andén, disfrazadas para que nadie las reconociera. La joven llevaba un discreto vientre abultado, y a su lado un señor maduro le ayudaba amablemente. Su cara tan angelical a la vez denotaba un enorme sufrimiento que cruzaba por su rostro. Abordaron el vagón y partieron rumbo a Chicago.

Penumbras anunciaban su llegada, y la vida de dos jóvenes pendían de un solo movimiento. El juego ya estaba establecido y las reglas se debían cumplir. Cuando las mujeres partieron, un elegante joven de rasgos finos sin querer, se las había topado en el andén. Había sentido un odio emanar de esas personas, que le hizo voltear a verlas nuevamente; se concentró un poco y se enfocó en la mente de la joven. Lo que vió no le gustó nada. El nombre de su amigo era maldecido mil y un veces. Movió con gesto contrariado la cabeza; también los humanos podían llegar a ser crueles cuando se lo proponían. No pudo hacer nada por el tiempo tan prematuro en que se estaban dando las cosas ¿como avisarle? Sin embargo, la venganza que su amigo actor exigiría, bien sería secundada por él, así que el destino de la rubia actriz ya estaba confirmado.

La vida le sonreiría por un tiempo más, y él se encargaría de ensombrecerla hasta sus últimos momentos.

Esperaría a que ella misma reclamara su final, de manera desgarradora.


Días después de la petición de mano de Candy, Albert se encontraba enfrascado en la preparación de su viaje.

Partiría en dos días más y había tenido que soportar múltiples citas y reuniones que lo abrumaban a más no poder, aunque bien sabía el origen de aquella desagradable sensación. Su más grande amor se le escapaba de las manos. Decidió no interferir en la vida amorosa de los jóvenes, ya que se había dado cuenta de a poco que Candy ya no era la misa. Se había convertido en mujer y estaba consciente a que se debía el cambio. Decidió dejarlos vivir su inmenso amor y trató de convencer a la matriarca de lo buen mozo que era Terry.

De todas maneras se casarían pronto, aunque al pensar esto último, un terrible presentimiento se instaló en su corazón. Dejó de lado esa sensación sombría y siguió con los preparativos de su viaje. Leyó atentamente el detalle de su visita al magnate suizo, Marcus Storvik, y le llamó la atención que todas sus citas eran ya muy noche. Imaginó que el acaudalado señor era también muy excéntrico. Se encogió de hombros y siguió con sus labores. Ya habría tiempo para indagar un poco más acerca de ese personaje.

Por su parte, Terry y Candy seguían con su romance viento en popa.

Los sentimientos estaban más afianzados y Candy confiaba en que Terry arreglaría su situación lo más pronto posible. Seguía trabajando con más ahínco, tanto en el hospital como en el centro de investigaciones, y sus compañeros habían sido testigos del cambio tan radical en la chica. Era mucho más abierta y alegre, además, su mirada expresaba el enorme amor que llenaba todo su ser. Aunque nunca comentó lo de su relación, era bastante evidente que la rubia tenía una ilusión amorosa en ese momento, y sus compañeras, por más que trataban de sacarle algo, no podían.

Ella solo comentaba que a su tiempo les diría y cambiaba radicalmente el rumbo de la conversación. Fueron tantas las veces que en vano pudieron obtener algo y terminaron por desistir del intento, esperando que muy pronto, ella sola les notificara del evento afortunado que había cambiado su forma de ser. Algunos de sus compañeros ya habían visto que un apuesto joven la buscaba a la salida de sus labores, pero no lograban distinguir bien quién era, y la chica no hacía nada por aclarar las dudas.

Terry aún seguía con su disfraz y parecía tan común como los demás, que no se imaginaban el gran personaje célebre que había detrás de la caracterización.

Algunas veces, después de las labores de la joven enfermera, solían pasar la tarde juntos en el café de aquel trovador, que ya se había acostumbrado a ver que la pareja lo acompañaba en la interpretación de sus melodías; otras veces caminaban por el centro de la ciudad y paseaban por muchos lugares de interés.

Sus momentos íntimos los dejaban para ocasiones muy especiales, y aunque no llegaban muy tarde a la mansión Andrey, se daban tiempo para demostrarse cuánto se amaban. Nunca se percataron de que alguien vigilaba sus pasos.

La noche anterior a la partida de Albert, se encontraban todos reunidos en la mansión. Tomaban una cena ligera, y la Tía Abuela no hacía más que hablar de los preparativos y de cuánto le gustaría empezar a ver al menos parte de los mismos, ya fuera la ceremonia para el anuncio de la noticia, o del lugar en el que se llevaría a cabo la boda.

Todos le escuchaban con interés y solo esbozaban una sonrisa cuando la anciana les preguntaba su opinión.

Después, el rubio cambió la conversación:

- Queridos amigos, Tía, ya tengo todo listo para mi viaje mañana por la mañana. Me esperan múltiples ocupaciones y citas de negocios, solo espero que a mi vuelta todo siga tan bien como hasta ahora – dijo, mientras enviaba una significativa mirada a la pareja.

- Albert, no creo que se de ningún problema. Candy y Terry ya han expuesto sus planes matrimoniales y además, él me ha prometido que sus padres podrían visitarnos antes para formalizar la relación de la pareja. No es un evento de todos los días que un Duque venga a visitarnos, ¿no creest?, yo no veo ningún problema – puntualizó la Tía Abuela.

- ¿Hay algún problema que no sepamos? –preguntó sinceramente la rubia, con cierta preocupación.

- Nada chicos, disculpen, es que, todo se ha dado tan rápido, que a veces me cuesta creer que pronto se casarán. No quería preocuparlos. Solo espero que Terry resuelva de una vez por todas, sus asuntos pendientes en Nueva York y que a mi regreso me den la tan esperada fecha del magno evento – miró fijamente a Terry.

- No hay de que preocuparse, amigo, te reitero mi promesa de solucionar todo; de hecho en unos días más regresaré a Nueva York; la compañía Hathaway ha de estar requiriendo ya mi presencia, y debo ver también a mis padres para explicarles todo lo que tenemos planeado con Candy. Mi padre, con mucho gusto asentirá en venir a visitarlos. Le estima mucho – le dijo al rubio con firmeza.

- Está bien chicos. Confío en que todo salga bien, Si me disculpan, debo retirarme. Mañana debo madrugar y quiero descansar bien. Me despido de una vez, de todos ustedes – se paró de la silla y se dirigió a cada uno con un abrazo. Candy sintió que él se despedía con una preocupación en su mirada.

- Albert, ¿te encuentras bien? Estás muy raro – le preguntó nuevamente la joven.

- Sí, es sólo que no quisiera sufrieras una nueva desilusión, pero no hagas caso; tómalo como los nervios naturales de un padre que ve a su hija emprender una nueva vida – le dijo cariñosamente el magnate.

Se dieron un fuerte abrazo y Albert le dio un pequeño beso en la frente. Se despidió de la anciana y finalmente se retiró a su habitación.

La anciana siguió un momento más con la pareja y también se retiró a su recámara.

Candy y Terry se fueron hacia la sala de estar y siguieron con su conversación.

- Albert estaba muy extraño, ¿no crees, Candy?, ¿le pasaría algo muy serio? – inquirió el joven actor tomando la mano de su amada.

- No sé, también me he quedado preocupada, solo espero que no tenga que ver con su viaje. Me dijo que temía sufriera una desilusión nuevamente y que le inquietaba, aunque después cambió su actitud. Seguramente es normal, No creo que debamos tomarlo tan en serio mi amor – le respondió mientras recargaba su cabeza en el hombro del inglés.

- Candy, todo se solucionará. No quiero que te quede duda de todo lo que siento por ti. He sido realmente sincero contigo y sabes muy bien por todo lo que hemos pasado. Nada podrá separarnos, por más fuerte que sean los golpes. Debemos estar seguros de lo que sentimos. No dudes en ningún momento de esta relación, por favor, te lo suplico – le dijo mientras tomaba con dulzura su rostro, y depositaba un beso en su nariz.

Los jóvenes siguieron así por un buen rato, hasta que Terry se retiró a la habitación de huéspedes.

Después de aquella penosa noche en que Albert les había escuchado, prometieron no volver a hacer el amor en la mansión.

Candy se dirigió a su recámara, se dio una ducha rápida y se acostó. Una sensación de incertidumbre se instaló en su interior. Nunca había visto a su protector tan raro. Unos suaves toques en su puerta la sacaron de sus pensamientos. Abrió la puerta y se llevó una sorpresa al descubrir que el rubio entraba a su habitación.

Parecía muy preocupado.

- Candy, disculpa ¿puedo pasar? No te quitaré mucho tiempo – le dijo mientras se sentaba en una de las sillas de la recámara.

- Claro, por favor, dime qué sucede ¿Acaso te pasa algo? ¿Te sientes mal? ¡Me preocupas! – le cuestionó la rubia, mientras se sentaba en la silla frente a él.

- No sé, es una sensación de que algo muy feo se avecina; no quisiera parecer un ave de mal agüero, pero ayer inició esta desagradable preocupación. Por favor, quiero que sepas que, si llegase a pasar algo muy duro entre Terry y tú, no dudes en recurrir a mí. No quiero que sufras nuevamente mi niña; sabes bien lo que siento por tí, pero no me importa, quiero que seas feliz, y que sepas que siempre estaré contigo, en las buenas y en las malas – le contestó mientras tomaba una de sus manos con sinceridad.

- Albert, gracias por todo, por tu amistad, por tu compañía, por haberme ayudado cuando más lo necesitaba. Créeme que si pasa algo, serás el primero en saberlo. Sólo dime ¿qué te pasa? – le preguntó la joven mientras asía firmemente la mano de su benefactor.

- No te lo sabría explicar, pero te confieso que tengo un presentimiento bastante feo. No te sabría decir de qué exactamente, solo te pido que seas fuerte mi niña, si se presentan problemas. Estaré contigo cuando lo necesites. Ahora, me retiro, te deseo de corazón toda la felicidad del mundo – se levantó de su asiento rápidamente y se dirigió a la puerta.

- Gracias por todo – alcanzó a decirle Candy cuando el rubio desapareció tras la puerta.

Candy regresó a su lecho y se quedó pensando un buen rato. Cierto era que todo se estaba dando favorablemente, y eso había ocasionado que ella misma cambiara en su actitud y comportamiento. Terry la había hecho su mujer y eso le daba una gran confianza en que el amor que se tenían estaba por encima de todo. Ni siquiera se detuvo a pensar en reglas de decoro o sociales. Era mujer y también tenía derecho a disfrutar su vida, además, Terry había ido en su búsqueda, y eso le había infundado una serie de ánimos. Muy pronto se quedó profundamente dormida.


Albert se levantó muy temprano y se arregló para el largo viaje que le esperaba hacia Europa. Tomó su maletín con los documentos más importantes y se dirigió hacia la puerta de salida. Pensaba desayunar en el tren que lo llevaría a Nueva York y de ahí tomaría el barco hacia Inglaterra. Salió de su habitación y comenzó a descender de las escaleras. Todo estaba en silencio. Pensó que los demás dormían y el recuerdo de su protegida le hizo sonreír. Deseó que todo fuera felicidad para ella y confiaba en que superaría el enorme sentimiento de amor hacia ella.

Había decidido darse un pequeño tiempo para viajar de vacaciones por algunos lugares de Europa. Quizá el señor Storvik le podría ampliar más información acerca de Noruega. Se le hacía un país fascinante y quería indagar más acerca de su cultura.

El frío comenzaba a arreciar y al llegar a la enorme puerta de salida volteó hacia la casa. Se sentía intranquilo, y sabía con certeza que era por Candy.

Una voz lo sacó de sus cavilaciones:

- Señor Andrey, ya está todo listo para que partamos en cualquier momento – le dijo George, quien se le estaba reuniendo en ese momento.

- Perfecto, entonces, ya podemos irnos – le respondió, mientras se acercaban al vehículo y se introducía en él.

Llegaron por fin al andén donde los esperaba el tren que los llevaría a Nueva York, y de ahí tomar el barco a Europa. Albert iba tan inmerso en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando una joven pasó a su lado y sin querer, se tropezó con ella haciéndola casi caer:

- ¡Dios mío! ¡Disculpe, señorita! No fue mi intención ¿se encuentra usted bien? – se volvió hacia ella mientras le ofrecía una mano para alcanzar a sostenerla.

- No señor, discúlpeme usted a mí, no me fijé por donde venía caminando – le respondió, mientras protegía su abultado vientre.

- ¿Está bien? No me di cuenta que estaba embarazada, lo siento tanto – le dijo con ternura, mientras la joven lo miraba directamente a los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su sonrisa maliciosa.

- No se preocupe joven, todo está bien, ya lo espera el tren, que tenga un buen viaje – se despidió y se fue a buscar a su madre.

Albert se quedó apenado viéndola partir, después se reunió con George, dispuesto a tomar su tren.

Su corazón volvió a tener el estremecimiento más fuerte.

Alejó sus malos pensamientos y se dirigió a su camarote.


Susana y su madre habían llegado la mañana siguiente, muy temprano.

El detective las acompañaba para ayudarles a llevar su equipaje y documentarlas en el hotel que les había reservado. La actriz solicitó le esperaran brevemente, ya que quería ir al tocador. Cuando salió para reunirse con su madre y el detective, venía pensando en la cara que pondrían todos en la mansión Andrey, cuando se enteraran de que Terry ya tenía un compromiso y que por obvias razones lo estaba eludiendo. Tan ensimismada iba en sus planes, que no vió cuando Albert se dirigía en dirección contraria a ella y sin querer, tropezaron abruptamente.

Su sorpresa la pudo disimular bastante bien cuando vio al personaje con el que se había topado. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para disimular su felicidad, además de que estaba "embarazada", y por tal razón, siempre protegía su vientre.

Se reunió con sus demás acompañantes y se dirigieron hacia el hotel. Consideró oportuno no decirles nada por ahora de su encuentro casual con el magnate de la familia; quizá eso daría mas fuerza a la dramática situación que se avecinaba muy pronto.

Su madre la sacó de sus cavilaciones:

- Susie, creo que lo más conveniente será descansar por ahora y conocer unos días mas por aquí antes de ir a esa casa a finiquitar de una vez por todas esa relación prohibida – le dijo con cierto dejo de enojo en su voz.

- Ay mamá, espero que por fin esa maldita se quite de mi camino de una vez por todas, además confío en que su familia le dé la espalda al verla metida en esta situación tan... vergonzosa y de menos la recluya en un convento; y también Terry se arrepentirá de haberla buscado. No te imaginas como le seguiré recordando su falta de honor para cumplir su palabra de matrimonio – respondió con una expresión sombría en el rostro.

- Si tan solo hubiera sido más condescendiente y agradecido contigo, ya que por su culpa se echó a perder tu brillante carrera artística, hija – dijo y ambas se sumieron en un profundo silencio. El detective no dijo nada.

Llegaron al hotel y se registraron con nombres falsos.

Se instalaron en su recámara y descansaron por el resto de la mañana. Después retocaron su disfraz y se dedicaron a pasear por el resto del día por la ciudad. El detective se había unido a ellas para servirles de guía, rentaron un auto y aprovecharon el paseo hasta llegar cerca de la mansión Andrey. Ya estaba muy entrada la tarde y aparcaron en un lugar un poco alejado de la residencia. Susana estaba a la expectativa de ver que sucedía al interior del lugar. Caminaron discretamente entre los enormes árboles que rodeaban la propiedad. La bordearon por un buen rato para tratar de aproximarse mas a la mansión; el detective iba observando que nadie los siguiera y les aconsejó tratar de actuar lo más naturalmente posible.

Llegaron cerca de un fastuoso jardín con un enorme portal, donde las flores daban los últimos toques coloridos al ambiente; sobresalían las Dulce Candy, que a pesar de estar en un clima bastante frío, resplandecían como si no les afectara en nada las condiciones climáticas tan adversas que se avecinaban. Susana las observó fascinada, nunca en su vida había visto una flor como aquella. Quiso acercarse aún más, pero su madre la detuvo, tomándola del brazo:

- Susie, no debemos levantar sospechas, solo estamos conociendo el lugar, y debemos tener muchas reservas antes de hacer nuestra entrada triunfal, ya tendrás oportunidad de conocer más la residencia, así que mejor retirémonos por el momento hija – le pidió, mientras el detective asentía con la cabeza y volvían a alejarse del lugar.

Unas risas los hicieron esconderse abruptamente; las voces de un hombre y una mujer se aproximaban a ellos, y al parecer, venían del portal. Susana sintió que su sangre hervía de furia, al reconocer a Terry, quien traía del brazo a aquella rubia que tanto odiaba en el mundo.

Su madre y el detective alcanzaron a apartarla para esconderse detrás de unas árboles, alejados ya un poco más de la zona.

La pareja se quedó dentro del jardín, sin embargo, era tanta la algarabía, que las tres personas podían escucharlos hasta donde se encontraban. El detective, en voz baja, les pidió que se retiraran, ya que no quería echar por la borda todo el plan.

A regañadientes, Susana aceptó, tenía tantas ganas de escuchar lo que se estaban diciendo, pero sonrió de pensar que esa felicidad no tardaría mucho en desaparecer.

Se retiraron tan silenciosamente, que nadie se percató de su presencia.


Terry y Candy acababan de tomar su desayuno y habían decidido pasar un rato más juntos. Había hablado con el doctor Fanning y le había pedido libres unos días para poder estar más tiempo junto a su amado. Era hora ya de regresar sabiendo que le esperaba mucho por hacer, y ahora que había accedido a quedarse como huésped en la mansión Andrey, todo era más fácil para ella.

El actor iba puntualmente a recogerla su trabajo y de regreso paseaban un poco o iban a su rincón favorito, a escuchar al trovador, quien se había hecho ya amigo de la pareja, y a quienes seguido dedicaba sus hermosas composiciones. Iban tan ensimismados en su conversación, que no se percataron de la rapidez con la que Susana alcanzó a esconderse de su vista.

- Mi amor, tendré que regresar al hospital mañana, sé que tengo muchísimo trabajo por hacer, pero también estoy contenta de poder ayudar a la gente y al mismo tiempo ir aprendiendo cosas nuevas y muy interesantes; extraño a mis pacientes, sobre todo a mis niños, te he contado ya de ellos, y así como yo los quiero, sé que ellos me quieren muchísimo a mí. Paso muy buenos momentos contándoles cuentos y jugando. Me recuerdan mucho a los niños del hogar y esos momentos que pasaba con Annie... ¡Dios mío! Tengo que escribirle a mi hermana para decirle las buenas nuevas... va a pensar que ya no quiero hacerlo y también está Paty, no les he podido decir nada – le dijo a Terry con cara de preocupación.

- Pecosa, no te preocupes, además ellas entenderán lo distraída que estás ahora, con un personaje como yo, cualquiera lo estaría – le respondió guiñándole un ojo y dándole un beso en la mejilla.

- ¡Terry, lo arrogante no se te quitará nunca! Regresemos que necesito arreglar unas cosas que debo llevar mañana – le dijo la rubia riéndose de sus ocurrencias.

- Candy, me gustaría estar a solas contigo, tu sabes, todavía tengo el cuarto del hotel reservado – le dijo con voz sensual, atrayéndola hacia sí y dándole un sensual beso que la hizo estremecer.

- Veremos, Terry, veremos – le respondió de manera coqueta.

La pareja paseó un rato más por el jardín y regresó a la mansión.

Pasaron toda la tarde preparando las cosas de Candy y salieron ya en la noche a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Se metieron al café de siempre y permanecieron escuchando por un buen rato a aquel cantautor tan interesante.

El detective los siguió un rato más con la mirada y después se regresó al hotel para darles más detalles a aquellas mujeres.

El día del revuelo ya estaba muy próximo.


Albert y George habían llegado a Nueva York para tomar el barco a Europa. Tuvo un encuentro breve con Archie y lo puso al tanto de la situación de Candy. El joven no estuvo de acuerdo en un principio, sin embargo, con la descripción detallada de Albert, comprendió efectivamente que aquella pareja no podía estar más tiempo separada y a regañadientes, terminó por aceptarlo. Se reservó sus sentimientos y la noche en la que los escuchó detrás de la puerta.

No quería manchar el buen nombre de su hija adoptiva y eso lo conservaría celosamente hasta el final.

- No entiendo, Albert, después de todo el sufrimiento que ese tipo le causó, ¿ahora de buenas a primeras llega como si nada a intentar conquistarla?, ¿y las noches de desvelos y sufrimientos?, ¡ese día que llegó de Nueva York acabó en la cama por ese resfrío tan fuerte que le dio! – le increpó Archie en un principio.

- No podemos hacer nada contra aquello que ya esta destinado. Tú mejor que nadie sabes que ambos han sufrido mucho por causas ajenas a su relación, y el simple hecho de haber dejado todo en esta ciudad, incluyendo ese compromiso con aquella chica, a mí me demuestra que realmente a quién ama es a ella, y contra eso, no habrá poder humano alguno que los detenga, creo que es mejor dar tiempo al tiempo, finalmente, era inevitable que se volvieran a encontrar – le respondió sinceramente el magnate.

- Te prometo que si Terry la vuelve a lastimar, nunca, entiende, nunca volverá a saber de ella, yo me encargo de eso, no permitiré que le vuelva a hacer daño otra vez – le dijo de manera determinante, acentuando su mirada marrón sobre el rubio.

- De eso podemos estar seguros, que si vuelve a suceder una desgracia, él jamás vuelve a saber nada de ella, ya hora... por favor, cambiemos de tema que tenemos asuntos importantes que arreglar, yo estoy por partir en unas horas más y debemos dejarlos arreglados – le respondió Albert mientras sacaba de su portafolio varios documentos.

Al caer la tarde, se dirigieron hacia el puerto en compañía de Archie.

Le había preguntado por Annie y sus hijos. Envió muchísimos saludos y le pidió que su esposa no dejara de contactar a Candy por cualquier cosa, y aunque no le confió abiertamente la enorme inquietud que tenía, le solicitó estuviera al tanto de la joven enfermera.

Abordaron el barco, y estando en la borda, alcanzó a despedirse de su sobrino. Después de pasear un rato por la cubierta, se dirigió a su camarote donde George ya le esperaba para ir a cenar. Sabía que las cosas a su regreso a Estado Unidos, ya no volverían a ser iguales.

Despejó su mente y volvió con George.


Pasaron varios días, Candy y Terry seguían juntos como siempre, y era ya una rutina para ambos el verse después de la salida del hospital donde laboraba ella. Algunas veces se pasaban hacia el hotel donde tenían lugar sus fogosos encuentros; las promesas y susurros de amor eran cada vez más intensos. No se percataban que un hombre les seguía en cada movimiento.

Cierta tarde, la enfermera y la Tía Abuela se encontraban reunidas en la enorme sala de la mansión, comentando los sucesos recientes. Ese día, la rubia había recibido correspondencia de sus amigas y había aprovechado para escribirles contándoles las buenas nuevas, y no podía esperar a imaginar las caras de sorpresa que tendrían al saber lo que estaba pasando ella en aquellos momentos. Terry no estaba con ella, ya que se encontraba inmerso en el eestudio de su libreto, al que ya tenía un poco olvidado por cierta mujercita que le hacía olvidarse de todo. En esos momentos estaba enfrascado en su cuarto de hotel, y había acordado verse en dos días más con su pecosa.

Ya empezaban a tener un acercamiento más amistoso a raíz del compromiso con el noble. Podían sostener una conversación sin recurrir a palabras u actitudes agresivas y la rubia escuchaba con atención e interés las ideas de la matriarca respecto a su próximo enlace. La Tía Abuela comentaba que Terry la tenía realmente fascinada: sus descripciones de la vida en Inglaterra y las relaciones con otros nobles, por parte de su padre, eran interesantes. Además departían horas hablando de muchos temas culturales, debido a la exquisita formación del joven, y la chica recordaba maravillada, al increíble hombre que tenía frente a ella.

Estaban tan inmersas en su conversación, cuando de repente, entró el mayordomo, para decir que afuera había unas personas que querían hablar urgentemente con el señor Andrey y la señora Elroy.

La matriarca se disculpó con ella y salió a atender a las personas. Candy se quedó a solas en el lugar pensando en sus planes a futuro:

- Terry, apenas y puedo creer que hemos tenido tantas experiencias hermosas en poco tiempo, a veces, siento que todo esto es un sueño que difícilmente se haría realidad – cerró los ojos recordando a su amado.

De repente un brusco sonido en la puerta la desconcentró.

En la puerta se encontraba una exaltada señora Elroy.

Candy quiso reaccionar cuando detrás de ella vio entrar a Susana Marlowe, con su madre y un hombre de mediana edad.

La actriz lloraba y protegía un abultado vientre.

Un brillante lucía solitario en su mano. Su madre le abrazaba y el hombre trataba de tranquilizarlas:

- Dios mío... ¿qué sucede? – se preguntó al ver entrar a las mujeres.

- ¡Exijo una explicación a esta situación, no voy a tolerar que te burles de los Andrey de esta manera! – le exigió bruscamente mientras se colocaba al lado de ella, totalmente molesta.

- ¡Candy! ¿Por qué nos haces esto? Habías prometido hacerte a un lado y ahora... ¡siguen viéndote con Terry, mientras yo sufro su ausencia en Nueva York! – le gritó, sollozando, Susana alterada.

- ¡Eres una maldita mujerzuela! – le espetó la señora Marlowe.

- ¡No le permito que le falte al respeto a mi nieta, esta casa es respetable y suficiente tengo con aguantar su poco respeto hacia una familia de abolengo a la que nunca en su vida tendrá el privilegio de acceder! – intercedió, protegiendo a la enfermera detrás de ella.

No podía creer lo que estaba viendo.

Susana portaba un anillo de compromiso, y encima, su estado de gestación era ya algo evidente. Ella sabía de los riesgos que una futura madre corría al exponerse a una situación tan tensa. Su mente estaba tan confundida, un mar de sentimientos encontrados hicieron mella en ella: tristeza, decepción, coraje, ira, todo se conjugaba en un ir y venir de emociones.

La anciana se encontraba a un costado, mientras sentía que sus piernas flaqueaban ante un abismo que se abría a sus pies. Sentía la garganta seca y el alma se le iba partiendo en pedazos; había jurado defender su amor por el actor, sin embargo, no contaba con que una vida inocente venía en camino. No expondría a una criatura a estar sin sus padres, tal como ella lo había padecido durante toda su vida.

Se armó de valor y pidió con voz serena:

- Lo que tenga que hablar, lo haré a solas contigo – le dijo seria, mirándola a los ojos.

Susana le observó con una mirada llena de infinito sufrimiento y levemente, le sonrió:

- Candy, en serio que eres muy buena... yo... yo sé que Terry te sigue amando... y aún así lo he aceptado... tu mejor que nadie sabes lo que él ha significado para mí... nunca conoceré a otro hombre como él – inició su conversación, a ratos, pausada por los sollozos entrecortados.

- Desde ese día que te fuiste del hospital, Terry me dijo que él había elegido quedarse conmigo... yo... fui la mujer más feliz, aún sabiendo que él sufriría por ti, y me encargué de ser la mujer mas feliz y más dulce del mundo...- prosiguió con su actuación.

El corazón de Candy se estremeció al ver su rostro, pero el abultado vientre de la actriz le taladraba dolorosamente el alma.

El hecho de pensar que ese ser indefenso no tendría juntos a sus padres le hería profundamente. Sin embargo, una creciente rabia iba emergiendo de ella. ¿Por qué Terry no le había dicho que ya había estado con ella? No le hubiera enojado, pero al menos debería habérselo mencionado a la menor oportunidad. Pero era ella, Susana, de quien no le enojaba el hecho de que estuviera embarazada, si no el que expusiera a su bebé a semejante situación; podría haber esperado a que Terry regresara a Nueva York para reclamarle, sin embargo, tenía que haber ido hasta Chicago, para exhibirla ante la familia Andrey, aún a pesar de encontrarse en estado de gravidez.

- Albert... ¿Por qué estás tan lejos? ¡Te necesito tanto!– pensó para sus adentros.

- ¡Candy!, ¿qué significa todo esto?, esta mujer no puede seguir en esta casa, ¡no toleraré bajezas de este tipo!, ¡exijo una explicación! – vociferó la anciana, conteniendo la rabia mientras apretaba el amplio faldón de su atuendo.

La tensión en la mansión era de tal magnitud, que creyó terminaría por ahogarse en ese minuto:

- Tía Abuela, señora Marlowe, por favor, déjenme a solas con ella. Lo que tenga que escuchar, lo quiero hacer a solas, así que, váyanse por favor – les pidió la joven enfermera, lo que puso en alerta a todos.

- ¡Arregla esta situación, Candy! Es la última vez que estas mujeres pisan este lugar, y en cuanto a ti, eso lo veré contigo después – le dijo gravemente la matriarca, retirándose definitivamente del lugar. Pasó a un lado de las mujeres y les echó una mirada de auténtico desprecio.

- No puedo dejarte sola, hija, no sé que pueda llegar a hacerte esta mujer – le dijo a Susana mientras sostenía sus manos.

- Madre, estaré bien, no corro peligro, tiene razón. Es mejor así. Como quedamos, hablaré con ella y le contaré toda la verdad – le respondió aunque una inseguridad se iba apoderando de ella. El detective la vio de reojo y asintió con la cabeza.

- Por favor, no se altere, señora, debe permanecer lo más tranquila posible. Su bebé puede resentir lo que está pasando ahora – le indicó el hombre.

- No se preocupen, conozco a Candy y sé que sería incapaz de hacerme daño, es una gran mujer y lamento mucho por lo que tiene que estar pasando - se aclaró la garganta y la miró aparentemente tranquila.

- Efectivamente, Susana, sería incapaz de hacerte daño, créeme, no osaría hacerles daño alguno a tu bebé y a ti – le respondió en ese orden la chica.

En cuanto se vieron a solas, la madre de Susana y el hombre intentaron acercarse a la puerta para escuchar algo, sin tener éxito alguno.

Los minutos siguieron su transcurso. La noche avanzaba cada vez más. Varias vidas habían iniciado una situación incierta que los conduciría por caminos tortuosos, con un destino trágico. Fuera, un hombre observaba la escena, parado en medio del jardín de la enorme mansión.

Nikolas había acudido como espectador al drama que pasaba su amigo. En cuanto supo quienes eran esas mujeres, hizo lo posible por aplazar sus asuntos más urgentes y regresar rápidamente a Chicago. No le dio tiempo para avisarle, pero... ¿cómo lo hubiera hecho? Nadie se había percatado de su presencia; su sombra se confundía a lo lejos, junto a los enormes rosales.

Su intervención quedó descartada. Se convirtió en un espectador obligado de la desgracia de su amigo. Podía sentir lo más profundo de su dolor.

¡Esa mujer, esa maldita mujer!

Trataría de animarlo y a ella... se encargaría de no dejarla en paz.

Se relajó un poco y se desplazó hasta la ventana que daba a la sala donde dos rubias conversaban acaloradamente. Ninguna de ellas se percató de que eran observadas. Se quedó lo suficientemente cerca para mirar con interés a la astuta actriz. Comenzó a pensar en diversas formas de acabar con su vida. Una sonrisa diabólica se dibujó en su rostro.

Le daría un final de acuerdo a lo que se merecía.

Siguió observando con interés.


Dentro, Candy trataba de aparentar un temple enorme, aunque por dentro su alma se hacía miles de pedazos. Susana lloraba y seguía fiel en su papel de víctima. Le había narrado a su conveniencia su vida en que aquella fatídica tarde, en el hospital, Terry había decidido quedarse con ella. Le contó todos sus esfuerzos por adueñarse del corazón del actor, aún sabiendo que sufría por ella. La rubia solo la escuchaba atentamente, sin interrumpir.

La historia corrió a su conveniencia y la sincronizó de manera perfecta, hasta la noche en que según ella, Terry la hizo suya, confundiéndola con Candy.

- ...Terry siempre llegaba borracho a verme, pero ese día, llegó más tarde de lo habitual. Mi mamá ya estaba acostada, y yo me encontraba leyendo en la biblioteca, cuando me llamó por la ventana. Me pidió que le abriera así que lo hice. Como pude abrí la ventana y entró. Estaba bastante ebrio así que rodó por el suelo. Yo me sentí muy mal de verlo así, Candy, porque sé que era por ti..."- le relató la rubia con voz entrecortada, y prosiguió con su relato - "...se incorporó y tomó mi cara de la manera más dulce, como nunca lo había hecho, y me dijo que lo perdonara, que me amaba como a nadie en el mundo, pero tenía que cumplir con su palabra... yo no aguanté mas, y lo besé, le dije que lo perdonaba y que lo aceptaba como fuera. Que trataría de hacerlo feliz y fue cuando respondió a mis caricias. No entraré en detalles, pero hicimos el amor en ese lugar. Mi madre ya se encontraba dormida por la hora que era, y nunca lo olvidaré, aunque se, que siempre gritó tu nombre, estoy consciente de que me hizo el amor pensando en ti, pero ahora, estoy embarazada y no quiero dejar a mi hijo sin un padre; él debe responder por sus actos – finalizó la rubia ojiazul, con una plena convicción de quién sufre mucho por un amor no correspondido.

Candy sintió que una dolorosa daga se clavaba en su corazón al escuchar aquella historia.

Muchas situaciones concordaban con lo que Terry le había dicho, y sabía que ella había puesto más datos de su parte. El hecho más doloroso era que él la había hecho suya y si no fuera por ese bebé, Candy la hubiera corrido con todo el derecho de su casa.

Otra vez, el deber se interponía en el camino de la pareja.

- Susana, quisiera saber algo, ¿por qué esperaste para venir hasta acá, y exponerme ante mi familia adoptiva por tu situación? – preguntó inquisitivamente la chica.

- Por qué mi madre me obligó a venir para demostrarte que efectivamente me había dejado embarazada. Yo no quería hacerlo, pero sé que él salió súbitamente de viaje y no supimos nada de él. Aún antes, después de esa noche, dejó de visitarme con la frecuencia que lo hacía. En ese entonces no se me notaba mucho el embarazo y yo no le quise decir nada, pero mi madre me descubrió y cuando él se fue, imaginé que había venido a buscarte. Cuando Terry sale de gira, de menos nos avisa, y esta vez, el señor Hathaway solo se limitó a decirme que estaba fuera por motivos personales. Sabía que ese motivo eras tú – respondió Susana firmemente convencida.

- ¿Cómo supiste que Terry estaba aquí? – volvió a indagar Candy. Su semblante se había tornado muy serio.

- Mi madre lo mandó a investigar... Candy... yo... no quiero ocasionarte daño alguno... ella decide por mí siempre... sabemos de tus encuentros íntimos con él... – argumentó con cierto nerviosismo.

Aquello fue un balde de agua fría para la enfermera. Sin embargo, una risa burlona se dibujó en su rostro.

Susana se inquietó.

Candy se puso de espaldas a ella frente al ventanal. Tenía el ceño fruncido.

Un movimiento repentino en el jardín llamó fugazmente su atención. Creyó ver que alguien se encontraba cerca de las Dulce Candy, pero no le tomó importancia. Regresó a su realidad. El silencio se volvió incómodo para la actriz.

Finalmente, la joven ojiverde se volteó hacia ella. Su expresión era de una seriedad absoluta. Susana la desconoció. Se encontró vulnerable sin la ayuda de su madre. Sin embargo, fiel a su papel, siguió fingiendo que nada pasaba. Su rostro se dobló en un rictus de dolor.

- Candy, creo entender, y lo mejor será que me haga a un lado... yo no me siento bien por eso. Mi bebé y yo podremos salir adelante... – alcanzó a terminar esta última frase cuando la rubia dio un fuerte manotazo en la mesita que tenía más cerca.

- ¡Basta Susana! ¡Ya basta! ¡Siempre haciéndote la mártir! ¡Siempre escudándote en otros para que den la cara por ti! ¿Crees que no sé de la vida que le has dado? ¿Para qué mentir y llevar tanto cinismo? ¡Por favor! ¡Tocaste un punto clave! ¿Sabes? Terry me sigue amando como yo a él, y no me arrepiento de lo que hemos hecho, porque, para tu pesar, al menos, a mí si me HIZO EL AMOR, lástima, fuiste una salida a su borrachera, porque siempre me seguirá amando, ¿lo entiendes? Pero si estoy tomando esta decisión, Susana, es por ese ser inocente que llevas en el vientre. Créeme, estoy decidida a hacerme a un lado nuevamente, y te prometo que JAMÁS me meteré en sus asuntos... físicamente, porque mentalmente, Terry vivirá unido a mí, y eso, ¡ni tú ni nadie lo podrá evitar, querida! – le escupió Candy, sin poder contener toda esa rabia aguardada durante tanto tiempo.

Susana se quedó muda de la impresión.

Candy supo jugar muy bien su juego, se creyó lo del embarazo, sin embargo, se dio cuenta que ya no viviría tranquila por el resto de sus días. Terry siempre amaría a otra. Y a esas alturas, un arrepentimiento ya era demasiado tarde. Se arriesgó, total, Terry estaría con ella siempre, aunque fuera a la mala.

La enfermera prosiguió:

- Tendrás a Terry para ti solita; pero... no quisiera estar en tu lugar. Que horrible ha de ser vivir toda una vida al lado de una persona que no te ama, ¡qué poca dignidad tienes, Susana! Mira que embarazarte de esa manera, ¡ja! – esa sonrisa burlona descontroló a la actriz.

- Lo siento, Candy, aunque te pese, efectivamente, este hijo, no habrá sido hecho con amor, pero si llevará su sangre y eso querida, pues en una mujer casada se verá bien. No sé en tu situación, como vaya a ser tomado, una mujer de familia rica, embarazada y soltera, ¡qué horror! – dijo con saña la ojiazul.

Candy se quedó callada.

Estaba consciente de los riesgos que emprendía su comportamiento sexual, y sin embargo, tomó el riesgo. Se confió en sus "días" y esperaba corroborar su efectividad. Regresó a la actriz y se sonrió:

- Querida, siendo enfermera, créeme que tengo más conocimiento que tu sobre eso y si fuera lo contrario, en serio, no me importaría, porque al menos, mi hijo sería el fruto de un gran amor, que quedará marcado para siempre, cada vez que SU rostro, representado en mi hijo, me diga "mamá", tu caso, la verdad, es deprimente – le comentó mordazmente Candy.

Susana se sobresaltó e intentó mover su silla de ruedas hacia la puerta. Candy fue más rápida que ella.

Le cerró el paso.

- ¿Qué? ¿A llorar a mamita? Susana, ya estás grandecita, ¿no? Enfrenta tus problemas tú sola querida... ¡ups! Pero... es verdad... finalmente... es el único respaldo que tienes... cierto, querida... es feo... Terry no estará jamás ahí para hacerlo... ¡qué pena! Y más... en tu condición... – Candy no pudo más. Finalmente, dejó fluir toda esa emoción negativa. Se sintió completamente aliviada, al haberla enfrentado, y mejor aún, haberle demostrado que efectivamente la ganadora era Susana, pero la que se llevaba el triunfo total, y que sería eterno, después de todo, era ella.

- ¡Maldita, te odio! ¡Te odio! Pero no sabes el gusto que me da saber que te quedas sin él ¡Púdrete en el infierno! – la cara deformada de Susana era el odio mismo.

- ¡Jajajaja! ¡Claro, claro! Quédate tranquila Susana. No me interpondré jamás entre ustedes, pero... muy a tu pesar, Terry me recordará toda su vida – finalizó con ironía la joven y acto seguido, abrió la puerta. Los primeros en entrar fueron el "doctor" y la madre. Detrás, la Tía Abuela, tenía el semblante grave.

- ¡Madre, sácame de aquí, no quiero volver a saber nada de esta desgraciada! ¡La odio! ¡La odio! ¡Maldita mujerzuela! – acabo de decir esto cuando dos sirvientes, se llevaron a los tres a la salida. Al pasar frente a la matriarca, ésta le dirigió una mirada gélida. Una bofetada surcó el rostro de la actriz, tan repentinamente que nadie pudo evitarlo.

- ¡Lárguense de mi casa! – ordenó iracunda.

- ¡Malditas las dos! ¡Las odio! – Susana iba gritando mientras era jalada a fuerzas por su madre y el detective. Los sirvientes los apuraban a salir.

Los sacaron a rastras del lugar. Quedaron en silencio la chica y la anciana. Esta última le dirigió una fría mirada:

- Tienes esta noche para hacer tus cosas, Candy. No te quiero más en esta casa. Tal vez Albert no te repudie nunca como hija adoptiva, pero para mí, ya estas muerta, desde ahora. Menos mal que no había hecho el anuncio. Mira que venir a deshonrar a quienes te han dado una educación y techo. Desconsiderada y desvergonzada, no mereces perdón de mi parte. Nunca más quiero volver a saber de ti – la anciana se dirigió hacia la puerta y volvió a dirigirle una última mirada de desprecio, después, salió.

Candy no pudo más y se soltó a llorar.

Sola, ahí en medio de ese enorme lugar, se sintió el ser más vulnerable del mundo.

Albert la hubiera defendido de haber estado presente. Sus sollozos desgarraron el lugar. Permaneció ahí un buen rato y después se fue a su recámara. Ahí hizo una pequeña maleta. Esperaría al otro día para ir a su hogar materno, aquel al que siempre había pertenecido; sus madres se encargarían de hacerle sobrellevar la enorme decepción que cargaba en ese momento. Se reportaría enferma en su trabajo y, ya trazaría un plan en cuanto a Terry. Por el momento, debía aclarar sus ideas. No quería enfrentar al que creía el amor de su vida, con argumentos fútiles, basados en la ira o el coraje. Ese bebé tenía que estar con sus padres.

¿Y ella?

¿Es que acaso permanecería impávida si resultaba embarazada?

Tenía que meditar bien las cosas. Su alma estaba totalmente desgarrada.

Fuera, Nikolas observaba seriamente la escena. Contuvo sus fuerzas de ir a matar a esas mujeres. La joven enfermera le había simpatizado desde la primera vez que le había visto en compañía de Terry, en aquel café, y verla en ese estado de derrota, le había hecho sentir un dejo de tristeza... algo inusual en él ¡Esa chica no merecía sufrir, era tan dulce!

Tan sigiloso como estuvo durante todo el amargo momento, se desvaneció entre las sombras de la noche. Vigiló a Candy hasta que ésta se quedó profundamente dormida, presa del cansancio emocional. Después se fundió con la oscuridad y se preparó para regresar a Nueva York. Ya se encargaría más adelante de platicar con Terry. Sabía que un torbellino de emociones muy negativas llegaría a su amigo.

Él estaría ahí para apoyarle.

Mientras tanto, Susana y su madre llegaban a su hotel y se preparaban para salir lo antes posible a Nueva York. No querían esperar a que Terry se enterara y las buscara hasta por debajo de las piedras. Estando lejos de esa familia, Susana se sentía más segura de poder enfrentarlo. Tenía que idear algo para soportar todo lo que le diría por semejante osadía ¡embarazada!

Con el genio del actor, la verdad, no la tenía nada fácil.

- Por fin, esa maldita se hará a un lado... – le dijo a su madre con una sonrisa de lado.

- Señorita, solo espero que Terry no le vaya a hacer algo, debe andarse con mucho cuidado – le sugirió el detective.

- Hija, tenemos que andar con mucho cuidado. Ahora más que nunca se ensañará con nosotras; habrá que prevenir a los sirvientes y tenerlos de aliados o testigos, en caso de cualquier agresión de su parte – le dijo inquieta su madre.

- Ya se nos ocurrirá algo madre, no te preocupes – Susana tenía el semblante seguro.

Lejos de ahí, ajeno a todo el escándalo que se había desatado, Terry se preparaba para dejar su libreto y descansar. En verdad que se había esmerado en darle un toque personal bastante distintivo a su personaje. No defraudaría a su amada. Aquella actuación iría especialmente dedicada a ella. Un día más, y volvería a disfrutar de sus besos.

La noche lo hundió en sueños profundos.


Candy se levantó muy temprano al día siguiente. Sus ojos mostraban el signo de la enorme tristeza que tenía. Unas increíbles ojeras coronaban esas dos esmeraldas. Sigilosamente se asomó al pasillo y se escabulló hasta la cocina. Ya estaban las chicas preparando el desayuno, con el rostro triste. Cuando la vieron, no pudieron contener sus sollozos:

- Candy, no queremos entrometernos en su vida, pero ayer pudimos ver que tuvo un problema muy fuerte con la señora Elroy. Por favor, señorita, considere su actitud, no se vaya, seguramente se le pasará, no queremos quedarnos sin su agradable presencia – le dijo tristemente Margie, la señora que estaba a cargo de la cocina. Se acercó a ella y la abrazó tiernamente.

- ¡Candy, por favor! Quédate, seguro el señor Williams hace cambiar de opinión a la Tía Abuela – dijo otra de las ayudantes.

- Chicas... son ustedes muy lindas, realmente no esperaba esta muestra de afecto, pero la decisión está tomada, además, nunca me he sentido bien aquí. Regresaré con mis madres, siempre han estado para apoyarme y me esperan con los brazos abiertos, además, ahora más que nunca las necesito. ¡Gracias! ¡De veras, muchas gracias por su cariño! – les contestó la rubia con los ojos rozados por las lágrimas.

- Siempre contarás con nosotros para lo que se te ofrezca, no estás sola, siempre estaremos contigo, mi niña – le dijo Margie cariñosamente.

Candy se despidió de todos ellos, tomó un escueto desayuno y se fue tan silenciosamente, perdiéndose en la bruma matutina. El frío comenzaba a arreciar y su corazón iba completamente destrozado.

Había tomado una decisión drástica.

Esperaría a que Albert regresara de su viaje para hablar con él y emprendería un nuevo camino, que la llevaría lejos de América. Necesitaba tiempo para sanar y cual ave fénix, renacer de sus propias cenizas. La herida había sido letal y emocionalmente se encontraba al borde de un precipicio. Además, debería ver lo de su probable embarazo. Pasó por el enorme rosal donde unas Dulce Candy se mecían al ritmo melancólico del viento, pareciendo darle una despedida dramática, con cada pétalo que se desprendía de las flores. La rubia se acercó y recordó a Anthony.

Ráfagas de viento se dejaban sentir a ratos.

- ¡Anthony, dame fuerzas! ¡No puedo más, esto es demasiado! – los pétalos volaban a su alrededor aparentando abrazarla al compás del viento. Parecía que las flores desesperadas, se abalanzaban hacia ella queriendo alcanzarla. Su alma se iba hundiendo en la más profunda de las tinieblas. Sus rizos se mecían al igual que los pétalos. El viento silbaba una triste melodía que acentuaba aún más la desolación de la joven en aquella inmensa propiedad. Su mirada retrocedió a muchos años atrás, cuando solía caminar por ese lugar en compañía de Anthony, Stear y Archie. Ahora, se encontraba en la más profunda de las soledades. Ni siquiera Albert estaba ahí para apoyarla. Y Terry... no esperaba lo que se le venía.

Despejó su mente, sobrepuso su serenidad a la tristeza y agilizó sus pasos. Volteó nuevamente hacia la mansión cuando llevaba unos metros avanzados, le parecía más sombría que nunca, y se juró, jamás volver a poner un pie ahí. Siguió su camino. Se dirigió al Hogar de Pony. Esa noche, su futuro sería decisivo.


Terry se levantó ese día de muy buen humor.

Había avanzado muchísimo en su libreto. Realmente el personaje le había encantado. "La caída de la casa Usher" llevaba por título aquella obra, escrita por Edgar Allan Poe y que representaba un enorme desafío para el joven actor, al encarnar a Roderick Usher, el artista enfermizo y solitario que vive enclaustrado en su casa en compañía de su hermana. Tenía unas contribuciones geniales para acrecentar la angustia y desolación que asolaban a su personaje. No en balde, el cuento había sido objeto de estudio de diferentes disciplinas.

Todo un reto para el joven actor.

Dejó por un momento el documento y se asomó a la ventana. Tantas cosas hermosas le habían pasado en ese tiempo. Quería salir y gritar de felicidad a toda la gente: ¡Terrence Granchester es feliz! Sin embargo, hasta no ver formalizado ese compromiso junto a su rubia no estaría seguro.

Se dio una ducha rápida y se arregló para salir a desayunar. Otro día más de espera para verla de nuevo.

Caminó por un rato hasta dar con un restaurante pequeño. Entró al local y pidió un desayuno ligero. Almorzó en silencio, con su mente puesta en otro lado. Tenía tantas cosas por arreglar:

- Debo ir cuánto antes a Nueva York para acabar de una vez por todas esta relación absurda con Susana; no será nada fácil, pero Candy me ha dado las fuerzas para hacerlo; después hablar con Robert y explicarle que estaré en las puestas teatrales de Nueva York, pero a las giras no podría asistir, debo arreglar mi boda; mis padres, deben saber el gran acontecimiento de mi vida – pensó para sus adentros. De repente una gran sonrisa se dibujaba en su rostro lo que ocasionaba las miradas curiosas de los demás comensales.

Puso en orden sus pendientes, anotándolos en su elegante agenda y decidió ese día ir solo a ese agradable café donde estaba el cantautor. Ya tenía días que no pasaba por ahí. Necesitaba inspirarse más de sus hermosas canciones.

Pasó gran parte del día caminando y comprando, fueran libros o recuerdos para su madre y amistades más cercanas. Regresó por la tarde al hotel y descansó un rato más. Iría al café ya iniciada la noche. Durmió un buen rato. Unos suaves toques se oyeron a su puerta, sacándolo de su sueño. Despertó todavía adormilado y vió que ya estaba oscureciendo. Se arregló lo más que pudo y abrió su puerta. Se llevó una enorme sorpresa al ver parada frente a él a Candy, completamente seria:

- Terry ¿puedo entrar? Necesitamos hablar – le dijo la joven con expresión grave.

El corazón del aristócrata se sobrecogió al escuchar ese tono en su voz. Algo había pasado. La hizo entrar y acomodó un poco de leña al fuego, le ofreció algo de comer o beber pero ella se rehusó:

- Terry, debes de estarte preguntando qué hago aquí cuando debíamos vernos mañana, sin embargo, no pude aguantarme las ganas y quise venir antes – al escuchar esto, Terry soltó una risa coqueta y redijo de manera coqueta:

- Mi pecosa, bien podías habérmelo dicho antes, yo también he estado muy ansioso – y se dirigió a sus labios, pero la rubia se hizo a un lado tajantemente.

- Ha pasado algo grave, muy grave, que nos impide estar juntos, había jurado defender lo nuestro, sin embargo, tu falta de sinceridad y confianza no ha ayudado mucho que digamos – le reprochó severamente la rubia, poniéndose de espaldas a él.

- ¿Qué pasó Candy? Debes de tener un buen motivo para todo esto ¡Exijo que me lo digas! – le respondió enérgicamente Terry. La hizo voltearse repentinamente.

Una enorme bofetada surcó su rostro, mientras la chica estallaba en miles de lágrimas:

- ¡Desgraciado! ¡Te hubiera perdonado el que te hubieras acostado con Susana, pero no me habías dicho que la tenías embarazada! ¡Eso es lo que mas me duele, Terry, no tuviste el mínimo detalle de decírmelo, y no pienso exponer a una criatura inocente por culpa de tus malditos vicios! – la chica se cubrió la cara con sus manos mientras negaba con la cabeza, lo que le estaba pasando.

- ¡Candy! ¿Qué pasó? ¡Dime! No entiendo de lo que me hablas, entre Susana y yo jamás ha habido nada más allá de lo normal, ni siquiera la he besado ¿cómo te atreves a decir eso? ¡Habla! – Terry la sujetó con fuerza y otra bofetada lo alcanzó.

- ¡Te lo voy a decir! Susana Marlowe estuvo con su madre y su doctor en mi casa, exponiéndome ante todos, su embarazo y su anillo de compromiso nunca había tenido una humillación de esta magnitud en mi vida, y precisamente tú, ¡no tuviste la delicadeza de decírmelo! – su voz se desgarraba por el intenso dolor que la situación la provocaba. Él abrió los ojos como platos:

- ¿Qué dices, Candy?, ¿esas estúpidas estuvieron aquí? ¡Por Dios!, ¿cómo has podido creerles? Cuando me fui de Nueva York, Susana no estaba embarazada. ¡Todo es una vil mentira, tienes que creerlo! – sus ojos azules estaban brillantes por las lágrimas que pugnaban por asomarse a sus ojos. Un rictus de desesperación le ganó por completo. ¡Esto no podía estarle pasando, simplemente no!

La rubia se soltó de él y se dirigió hacia la enorme ventana del cuarto. Haciendo un esfuerzo increíble se tranquilizó. Necesitaba estar serena para comunicarle la decisión que acababa de tomar y confesarle algo que seguramente empeoraría más las cosas, conociendo de antemano el carácter del actor:

- Terry, te voy a confesar algo antes de decirte mi decisión… cierto día, por azares del destino… te vi… te encontré por casualidad… estabas en un teatro de mala muerte... – le contó la joven, mientras el desconcierto se dibujaba en su cara – sí… No fue tu imaginación… yo estaba allí, viendo el ser humano tan deplorable en el que te habías convertido y no pudiendo más, me fui… – Candy lo miraba fijamente a los ojos.

El actor recibió el comentario como un golpe bajo doloroso, directo al estómago. El recuerdo tan vergonzoso, se encontraba escondido en lo más recóndito de su mente.

Desearía haberlo olvidado, pero creyendo haber imaginado a Candy, lo había podido aceptar como parte de esa situación penosa en la que estaba, más, saber que, efectivamente ella lo había visto en tan lamentable momento, lo hizo sentirse aún más miserable, aunado a todo lo que venía de escuchar:

- ¿Me viste, Candy? ¡No puedo creerlo! ¡Y yo creía que habías sido una alucinación! ¡Dios mío! ¡Me abandonaste cuando más te necesitaba! ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? No eras un ángel... – dijo con pesar - no puedo creerlo... no te importó verme derrotado... – no terminó su frase, ella lo calló.

- Antes de que sigas con tu reproche, la decisión que he tomado ya la sabes. No volveré a verte. Porque sé... estoy segura... que si estuviste con Susana, precisamente por tu vicio, tendrás que enfrentar tu responsabilidad. No me arrepiento de haberte amado. Será el recuerdo más preciado de toda mi existencia. Y sé, Terry, que no estaré sola. Siempre tendré a mi incondicional Albert apoyándome. ¿Por qué todo esto? Porque siempre que he estado en la adversidad he logrado salir adelante. Efectivamente, no vengo de origen noble, ni nací teniendo el dinero del mundo, sin embargo, siempre he sorteado mis problemas, sin necesidad de caer en el vicio. Tú no te imaginas cuántas noches sufrí en silencio por ti y tu solo recuerdo me infundía el ánimo para seguir. Tú debes aprender a salir solo, sin necesidad de embrutecerte. La vida nos pone pruebas y por más duras que estas sean, debemos afrontarlas... quiero pedirte un último favor, y espero, no me rechaces: a pesar de todo este mal momento, vine a despedirme definitivamente de ti. A pesar de todo, siempre estarás en mi mente y en mi cuerpo. Nunca lo olvides – Candy sonaba más decidida y firme que nunca, pero no le compartió su sospecha de estar embarazada, aprovechando la enorme confusión que privaba en ese momento, en el actor.

- Candy, me abandonaste esa noche, no sabes como me duele saberlo. Mejor nunca me lo hubieras dicho. Está bien... si esa es tu decisión, la acepto, aún sabiendo que no volveré a verte... – su voz se quebró por el llanto. Se le acercó y la abrazó. Su mundo de ilusiones se derrumbaba en cuestión de minutos.

La rubia sintió que su vida se partía en pedazos al ver la actitud derrotada de aquel joven. Su corazón se llenó de una infinita tristeza, y en un acto reflejo, lo abrazó.

Terry le devolvió el gesto de manera mucho más efusiva. Candy sabía, que un beso la haría perderse otra vez en la pasión, pero... iba decidida. Si habría despedida, sería inolvidable para ambos. Hundió su cara en su cuello.

La pareja era la imagen viva de la derrota y el sufrimiento:

- No te culpo por lo que piensas mi amor, pero sabes… yo sé que ella miente, no puede estar embarazada de mí, nunca he tenido nada que ver con ella, ese hijo no es mío ¡tienes que creerme! – la miró suplicante, el rostro lleno de lágrimas.

- Terry... la decisión ya está tomada... no puedo permitir que tu hijo se quede sin su padre... – le respondió suavemente la rubia, pegada aún a su cuello.

- Candy, ¿y qué de ti? Hay peligro de que también estés embarazada – la rubia apretó los ojos. ¡Tenía que recordarlo justo en ese momento!

- No hay problema con eso. Me he cuidado en ese aspecto. Sabes que soy enfermera y tengo información al respecto. No hay de qué preocuparse – respondió con total seguridad. No entró en detalles y el actor comprendió, confiando completamente en lo que le decía.

Terry ya no insistió. Sabía que sería imposible convencerla de la mentira tan nefasta que las Marlowe habían planeado. Un negro presentimiento se instaló en su corazón. Sentía que su pecosa se iba alejando para siempre de él. Respetaría la decisión de Candy, y si tenía que pasar el resto de su vida atado a Susana, no habría un solo momento de gozo y felicidad para ella. Su destino ya estaba determinado. Ella pagaría con creces todo lo que en ese momento estaba ocurriendo. Tal vez, su lugar al lado de Candy solo quedaría para siempre en una ilusión, pero el hecho de haber sido suya, quedaría grabado eternamente en su memoria... por la eternidad, y viviría en homenaje a su recuerdo, aunque nunca más volviera a tenerla a su lado.

Se sentaron en la salita del lugar, frente al fuego que Terry ya había provisto, y se quedaron en silencio, como hacía mucho tiempo atrás. El actor se acercó nuevamente a ella y tomó su mano. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y ella los comenzó a besar tiernamente. Bebió cada lágrima suya. Después, la tristeza se hizo pasión. Se dirigieron a la cama.

El fuego se había extinguido cuando la pareja apenas comenzaba a dormir. Esa noche, quedaría inmortalmente grabada en cada uno de sus cuerpos y almas. La entrega fue sublime y única.

Esa noche, Candy y Terry, fueron uno solo, allá en ese plano al que solo unos pocos tienen acceso: el amor espiritual.

- Algún día nos volveremos a encontrar Candy... – sentenció Terry, mientras la rubia dormía abrazada a su lado.

Fuera, la oscura noche volvía a caer.

La soledad se cernía sobre la pareja, poniéndolos al borde de un abismo sin fondo.

La rueda del destino seguía inexorablemente su curso.

Un camino de desolación se abría paso para presentarse ante el joven actor, y ese momento cambiaría drásticamente el propósito de su existencia... y la de otras personas.