CAPITULO VI

Lejos de ahí, al otro lado del continente y ajeno a lo que pasaba su familia, Albert se encontraba ya en Inglaterra. George, tan organizado y eficaz como siempre, había ayudado enormemente a su amigo, previendo desde Estados Unidos los detalles para solo llegar a concretar algún acuerdo comercial, o, en su caso, para afinar detalles de inversiones en áreas específicas, previamente discutidas con el magnate.

A varios años de la conflagración mundial y los estragos causados por la guerra, Europa se recuperaba vertiginosamente. Los Estados Unidos ya se habían posicionado como líderes mundiales, mas aún, con el liderazgo obtenido por su participación junto a Francia y Japón en el conflicto, y cuyos capitales se colocaron favorablemente en el escenario mundial, mediante la colonización de nuevas colonias franco-británicas y japonesas. Los avances tecnológicos eran ya muy evidentes, y la floreciente industria armamentista iba en aumento. Flotas de tanques, dirigibles y aviones iban dando forma a esa industria, y a la cual, se iban destinando enormes recursos. Este era el principal miedo de Albert, no quería que su dinero, por ningún motivo, llegase a tocar las fibras de la industria militar.

La primera semana en Londres, había sido de juntas y reuniones de negocios. Albert se vio envuelto en una serie de propuestas atractivas, otras no tanto, que se prometió dar un descanso de unos días, después de terminar sus asuntos en Inglaterra y antes de trasladarse a Suiza. Le urgía más dejar todo arreglado, para poder dedicarse a discutir con el señor Storvik sobre ese interesante negocio de barcos. Seguía pensando en el curioso horario del empresario. Sus citas eran arregladas después de las ocho de la noche.

¡Qué raro era aquello!

Aunque, tomando en cuenta que era poderoso, seguramente, daba acceso a aquellas personas que representaban potenciales socios comerciales, además de llevar alguna vida excéntrica.

La floreciente industria de cruceros se iba volviendo fructífera.

En 1844, la English Shipping Company P. & O. (Penninsular and Oriental Shipping Company) de Londres, había organizado un viaje turístico por el Mar Mediterráneo con el barco de madera LADY MARY WOOD.

Le siguieron más empresas del mismo rubro.

En 1891, Bellin de la Hamburg American Line, comercializó cruceros desde el Norte de Europa al Mediterraneo y viceversa. No se olvidaba que en 1910, un crucero de la misma empresa había organizado una vuelta al mundo con el buque Cleveland. con capacidad para 650 personas. Aunque después de la tragedia del Titanic, acaecida en 1912, se debía de ser mucho más cautos en cuanto a su seguridad.

La tecnología iba avanzando cada vez más y no dudaba en que se desarrollaran flotas modernas para el gusto de los turistas. Sin embargo, lo más importante, era evitar a toda costa que su dinero se infiltrara en el negocio militar.

Para eso, tendría que revisar perfectamente bien las propuestas que el suizo le hiciera.

Cierta noche, en que había salido a cenar con su mano derecha y confidente, George, platicaban sobre varios asuntos:

- Realmente hemos estado muy ocupados, ya quiero tener unos días libres para poder despejarme un poco, de veras te agradezco muchísimo tu invaluable apoyo. Siempre has podido llevar de manera organizada todos mis asuntos – le dijo con acento fraternal, mientras degustaba un exquisito platillo francés.

- Ya sabe, que no he estado solo en esto, Archie ha sido de mucha ayuda en la selección de oportunidades. Realmente ese chico tiene un don innato para los negocios. No dudo que pueda, inclusive representar a su empresa dignamente, sea en Estados Unidos o Europa. – le respondió el hombre, mientras bebía una copa de vino exclusivo.

- Es tiempo de que piense en eso amigo, la verdad, me gustaría dejar a alguien de mi plena confianza en Estados Unidos, y radicarme aquí en Europa, bien sabes por qué... – su voz se oscureció y su mirada se perdió en el recuerdo de su protegida.

- Albert, debe de aceptar el destino, no quisiera ser entrometido, le estoy muy agradecido por la confianza que ha puesto en mí, y debe de buscar su propia felicidad. Tiempo al tiempo, amigo, que a cada uno termina poniendo en su lugar – George trató de cambiar de tema, sin embargo, el millonario seguía pensativo.

- La amo tanto, que estaría dispuesto a hacerme a un lado, con tal de verla feliz. Desde que la conocí sabía que era una mujer muy especial. No sé como llegué a enamorarme de ella, y confiaba en que Terry estaría siempre ahí, pero... se separaron y cuando me vine a dar cuenta, me importaba más de lo que creía. En realidad, el amor nos llega en el momento menos indicado, y sé que ella no me amaría jamás, puesto que me ve como un padre. Yo... yo no soporto más esa idea... no puedo verla como una hija... por eso, creo que lo más correcto para todos es que me separe de ellos. Tal vez una visita de vez en cuando, pero hasta ahí. Es muy difícil olvidar a una mujer como ella... – bajó la mirada y su confidente le dio una palmada de apoyo.

- No te des por vencido, sé que encontrarás a tu pareja ideal. Sólo es cuestión de tiempo. Eres muy joven, y admito que Candy es muy agradable, sin embargo, hay chicas igual o mejores que ella – cuando se dio cuenta, George, ya lo había tuteado, lo que ocasionó la mirada curiosa de Albert y una sonrisa sincera.

- ¡Vaya! ¡Por fin me dejas de ver como una persona seria!, ¡jajaja!, me has tuteado finalmente, ¡bravo! – había una expresión divertida en su rostro y cambiaron completamente de tema.

- Está bien, me olvidé del decoro, gracias por esta enorme confianza que me tienes, no te defraudaré y espero que encuentres pronto la felicidad, y ahora si me permites, hablemos de los próximos encuentros y organicemos dos días de paseo por Londres, ¿qué te parece? Todavía falta afinar la agenda con el señor Storvik, tenemos que llegar bien preparados para escuchar su propuesta. Sabes, me intriga su persona: las pocas veces que he hablado con él, me parece muy frío, impersonal diría yo, sin embargo, sus conversaciones denotan que es una persona de enorme conocimiento. Ya quiero verlo.

- Claro, solo te pido de favor, que en cuenta puedas, me comuniques a Estados Unidos, quiero saber como van las noticias por allá. Seguramente la Tía Abuela ha de estar haciendo un esfuerzo por gritar a los cuatro vientos la próxima boda – pagaron la cuenta, se levantaron de la mesa, y se dirigieron a la salida.

- Claro, te tendré al tanto de eso, ahora, sigamos con lo acordado – se subieron poco después al lujoso auto que les esperaba y siguieron con su rutina.

El pequeño país les esperaba con muchas oportunidades...y sorpresas.

Las noticias que ansiaba escuchar Albert, tardarían en llegar a sus oídos.


Suiza es uno de los países más elevados, montuosos y pintorescos de Europa. Está separada de Francia al norte por el Jura y cubierta casi toda por los Alpes y sus ramificaciones; es un país muy celebrado por sus majestuosas montañas y bellísimo paisaje, sus torrentes y cascadas, sus lagos pintorescos y sus ríos que bañan los más preciosos y saludables valles. Entre las ramificaciones de los Alpes, que la atraviesan en casi toda su extensión, merecen citarse el Simplón (3.518 metros); el San Gotardo; Rosa (4.597 metros); el Cervino; el Combín y el San Bernardo, el más célebre de todos por su hospitalario convento, en que sus hermosos perros, cuando ven algún viajero que debido al fuertísimo frío no puede caminar, corren al convento, y halan la cuerda de una campana para que los curas sepan que hay algún viajero abandonado, los cuales salen en su busca. Estos perros llevan encima un barril pequeño al pecho, con coñac para que el desamparado viajero tome unos tragos y tenga fuerza para esperar a los frailes.

De sus elevadísimos montes se ven los más preciosos panoramas.

Este país tiene la particularidad de que, no estando bañada, por el mar, tiene comunicación con cuatro mares: al mar del Norte por el Rhin; al Mediterráneo, por medio del Ródano; al Adriático por el Tesino, que es un afluente del Poo; y al Mar Negro por el Inn, que es un brazo del Danubio.

Con la llegada de la guerra, Suiza se vio aislada, bloqueada y en crisis, las importaciones se hicieron muy difíciles y la afluencia de refugiados franceses hacía las cosas más difíciles, se experimentaron momentos de gran tensión y el estado tuvo que tomar medidas de emergencia, como el monopolio de la producción y distribución de algunos productos como los cereales. Estaban apenas saliendo de la enorme crisis, y al igual que el resto de Europa, necesitaba reforzarse económicamente. Por su tradición neutra, se encontraba en ese momento alojando a la recién creada Sociedad de Naciones.

Eso no parecía importarle a Industrias Storvik Ltd.

Fundada en 1895, sus principales oficinas se encontraban en el naciente centro comercial del país: la ciudad de Zurich, ubicada al noreste de Suiza.

Marcus, su fundador y dueño, se había posicionado como uno de los hombres más poderosos del país. Su emporio abarcaba millones de dólares, que sabía mover hábilmente en varios sectores, incluyendo aquellos de procedencia "turbia". Con la guerra que acababa de pasar, el margen de ganancias le había sido muy favorable, apoyando ambos bandos, las potencias aliadas y a los componentes de la Triple Alianza; inclusive, se decía que había tenido una participación en el asesinato del archiduque Francisco Fernando, por motivos que sólo a él incumbían, cosa que nunca se comprobó.

El excéntrico millonario tenía a su cargo un equipo de asesores que vigilaban muy de cerca sus negocios, cuando él debía atender asuntos "personales". Siempre trabajaba de noche, y dejaba que sus leales supervisaran todo durante el día. Aunque en apariencia era un hombre bastante amable, era muy conocido su oscuro e iracundo carácter, cuando alguien deseaba estafarlo, o simplemente, meterse "más de la cuenta" en sus asuntos. Había rumores de que algunas personas que habían sido "despedidas", habían desaparecido entre los innumerables enclaves de su mansión, pero al estar rodeada de impenetrables murallas, solo se sabía que dichas personas se presentaban a recoger su renuncia, y ya no volvían a saber nada de ellas. Los trabajadores de la empresa sólo se presentaban a hacer su trabajo, para eso les pagaban, no necesitaban saber más de la cuenta.

Marcus, hombre que aparentaba cuarenta años, de un metro noventa, complexión muy atlética, brillantes ojos azules, cabello castaño claro, y un bigote que adornaba su bien delineada boca, parecía más bien un galán seductor. Las mujeres llegaban atraídas a él, y el hombre, aprovechaba su encanto para seducirlas, sobre todo, a aquéllas de origen noble o aristócrata, y de paso... alimentarse. No llegaba a matarlas, pero tenía la facilidad de encantarlas y mientras caían en el éxtasis sexual, su hábil boca buscaba ansiosamente ese delicado cuello, mientras las víctimas llegaban al clímax sin imaginarse que estaban siendo drenadas lentamente. Un beso final en la zona, y la herida se cerraba con el consiguiente recuerdo de ese momento, en la mente de la chica. Marcus nunca se casó, pero eso no impedía que disfrutara de aquellos placeres humanos.

Ávido de nuevos negocios, había escuchado hablar de la poderosa empresa Andrey en Estados Unidos, e inmediatamente pensó en entablar una alianza en aquellos lares. Siempre había operado en Europa, y ese acuerdo comercial con una de las empresas más poderosas podía darlo a conocer en el continente americano. Había iniciado recién una inversión en componentes y maquinaria para la industria marítima y le interesaba desarrollar a futuro el comercio turístico.

Albert Andrey se le hacía un excelente prospecto debido a su juventud y experiencia empresarial. Había contactado a su mano derecha, George, para ofrecerle un interesante portafolio de inversiones, si estaba entre sus planes el viajar a Europa. Esperaba la visita de ambos hombres, y para no llevarlos a su mansión, había dispuesto todo para encontrarlos en la oficina ejecutiva. Recibió con beneplácito la pronta estadía del millonario americano en el continente europeo y les ofreció pasar unos días en la ciudad suiza, corriendo él con los gastos de las dos personas.

Estaba asombrado de conocer a un hombre tan joven y tan exitoso en los negocios internacionales.

Marcus, en apariencia joven, tenía ya muchísimo tiempo caminando sobre la tierra. Llegado de Noruega, la nación que lo había visto nacer cuando aún pertenecía a Dinamarca (período conocido como "la noche de los 400 años"), le había orillado a emigrar, a causa de las pocas oportunidades para crecer, así como las condiciones climatológicas, por lo que decidió radicarse en Suiza, por la neutralidad y tranquilidad que daba tanto a sus inversiones como a su vida personal. Prefería estar lejos de las intrigas y luchas de poder de las demás facciones de su estirpe. Él estaba más interesado en demostrar sus cualidades y habilidades en los negocios, lo que le había granjeado una cuantiosa fortuna a lo largo del tiempo.

Ya esperaba llegar a algo con industrias Andrey.


En Chicago, las cosas iban de mal en peor.

Un día después que Candy llegara a ver a Terry y pasaran la noche juntos, éste último se había despertado con una nota escueta:

"Amado Terry:

Este amor que siento por ti nada ni nadie lo podrá apagar. Quiero que sepas que soy tuya hasta la eternidad, pero por ahora, no podremos estar juntos. Gracias por las maravillosas horas pasadas a tu lado. Debes asumir tu responsabilidad, y yo me hago a un lado. Quizá...en algún momento volvamos a estar juntos. Cuídate muchísimo y mi pensamiento siempre estará en ti.

Te amo

Tuya por siempre

Candice W. A"

Terry se sintió peor al verse abandonado y solo en aquella ciudad. Se arregló rápidamente y salió a buscarla. Seguramente no iría lejos, así que se le ocurrió ir a buscarla al Hogar de Pony. Al aproximarse, vio a lo lejos la algarabía de los chicos jugando fuera. Llamó a uno de ellos y pregunto por las dos mujeres que atendían el Hogar. Instantes después, se encontraba, como la última vez, frente a esas dos buenas mujeres, en la pequeña sala del lugar:

- Lo sentimos mucho, no podemos odiarte ni tenerte rencor, y mucho menos nos compete pronunciarnos ante la situación por la que tú y Candy están pasando. Pedimos a Dios que las cosas se mejoren. Ella vino ayer por el día a visitarnos y nos contó lo que había sucedido. Después dijo que se marchaba por un tiempo y por más que le insistimos, no quiso decirnos a donde. Confiamos en que Dios guarde a nuestra pequeña... – la voz de la hermana María se entrecortó por un dulce sollozo.

Se sintió más miserable al verla en ese estado y tratando de mejorar su actitud les comentó:

- Dios sabe hermana lo muchísimo que la amo y todo lo que he pasado por estar cerca de ella. Es una vil y absoluta mentira lo que Susana dijo, y me encargaré de desenmascararla, ¡eso, ni dudarlo! Sin embargo, eso no se probará pronto, me preocupa mucho que no se sepa de su paradero, les ruego... les suplico que en cuanto sepan de ella me avisen. Aquí están mis datos, se los pido hermanas, ¡por favor! Necesito saber que está bien, yo me regreso a Nueva Cork. Albert no se encuentra en el país para que hable con él, así que esperaré hasta que regrese – su semblante se oscureció al imaginarse la reacción del magnate, quién le había dejado en claro que no toleraría otro problema de ese tipo.

- Dios le bendiga, joven, y deseo de todo corazón que esta difícil momento se mejore entre ustedes, sin embargo, nuestra niña acaba de sufrir una decepción muy fuerte, y créame, no será fácil para ella salir de otro golpe fuerte, así que, en cuanto tengamos noticias de ella, y creamos conveniente comentarle a usted, se lo haremos saber. Entiéndanos, la salud emocional de Candy está en juego, y una decepción tras otra, sé que están lacerando su alma, espero comprenda lo que le acabo de decir – le dijo firme pero serenamente la señorita Pony.

- Gracias hermanas, les estaré muy agradecido por eso, ahora, me retiro, agradezco el que me hayan escuchado – el joven tomó su abrigo y se dirigió a la salida.

Caminó hasta la colina favorita de la rubia, y se perdió por un instante ante tantos recuerdos dulces y muy dolorosos. Así pasara una eternidad, él la buscaría. Se regresó al hotel y afinó los detalles de su partida. Necesitaba un amigo en quién confiar, apoyarse, y poder salir avante de todo ese peso que su alma arrastraba. Recordó de repente a Nikolas, y buscó entre sus papeles la nota que le había dejado.

¡Eso era!

Lo buscaría a su llegada a Nueva York, pero antes... enfrentaría a esa maldita, aunque... Candy ya no lo vería por un tiempo. Mientras no se demostrara la mentira, su amor no lo entendería.

Si Susana quería que estuviera con ella, le haría pagar cada día, cada hora, cada minuto de su infame vida, el enorme daño que le había hecho, y de eso, no le cabía la menor duda que lo realizaría.

- ¡Maldita mil veces, Susana Marlowe! ¡Te haré tragar con lágrimas de sangre lo que me acabas de hacer, esta es una cuenta que te costará caro saldar...! – el rencor se reflejó en su brillante mirada azul.

Esperó el tiempo necesario para dirigirse al andén y tomar el tren de regreso. Una ilusión amorosa lo había llevado a Chicago y un resultado desastroso lo regresaba, sin embargo, con un delicioso sabor a venganza. Estaba dispuesto a lo más cruel para cobrar su cuenta pendiente.

En el andén, la tarde ya empezaba a caer. Una ligera bruma se hacía presente, lo que daba un aire más desolado al lugar. Terry sentía que su vida caía en un vórtice de oscuridad y soledad profundos. No sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que la lucha por regresar a Candy, llevaría mucho tiempo... más de lo que un ser humano podría esperar.

El tren llegó puntual y el actor lo abordó. Inició su camino de regreso.


Susana Marlowe daba vueltas inquietamente en su silla de ruedas.

Sabía y era consciente de que Terry no tardaría en regresar. Su madre y los sirvientes se encontraban preparados para tal eventualidad. La agresividad del joven no conocía límites, y aquel momento no escaparía a sus impulsos. Desde que regresaron, no había parado de pensar y reflexionar sobre el siguiente paso. Solo era cuestión de que el actor terminara irremediablemente cediendo al compromiso y ya lo tendría todo preparado. Solo la muerte la separaría de él, y esa enfermera jamás volvería a acercarse a ellos, como familia respetada que serían, ante los ojos de la sociedad.

Esa tarde, mientras él llegaba de regreso, tuvo una enorme necesidad de salir a dar una vuelta por el pequeño parque que había cerca de su residencia. Vivía en uno de los lugares más exclusivos de Manhattan y por consiguiente, era una zona segura. Le pidió a su madre que la acompañara y que mientras ésta tomaba una caminata, ella reflexionaría sola sobre el camino a seguir.

Llegaron al lugar cuando ya empezaba a oscurecer, y aunque el frío ya arreciaba, la actriz necesitaba un poco de aire para despejarse y pensar bien su próxima movida. Su madre la dejó sola por unos momentos, y la chica se encontraba cerca de una pequeña fuente dejándose llevar por el suave borboteo del agua, cuando una varonil voz se le acercó:

- Buenas tardes hermosa dama ¿qué hace aquí tan sola? – preguntó cortésmente el educado hombre, que no era otro que Nikolas Ash.

- ¿Eh? ¡Oh disculpe! No le oí llegar, buenas tardes… tomaba un poco de aire, ¿y usted quién es? ¿Le conozco de algún lado? – le preguntó con desconfianza la chica.

Nikolas estudió las facciones de la mujer, y tuvo que contener el enorme esfuerzo de saltar de una buena vez sobre su cuello y destrozarlo a mordidas. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se mostró realmente encantador y gentil, haciendo que las barreras de la desconfianza se fueran derrumbando sobre la chica. ¡Ja! ¡Era tan débil!

Se imaginó el ansiado momento en que Terry se cobraba la deuda.

- Permítame presentarme, me llamo Nikolas, no quise asustarla, pero no es seguro que una hermosa chica como usted ande sola por estos rumbos – se presentó tan seductoramente, acentuando firmemente sus pupilas sobre la ojiazul.

- Muchas gracias por el cumplido, mi nombre es Susana, sin embargo estamos en una zona muy segura, no veo porque debería tener miedo de estar aquí joven – le respondió seriamente la actriz.

- Yo que usted no me fiaría de eso, si me permite, muchas veces, el peligro se presenta en las formas menos esperadas. No dudo que por aquí ande alguna persona con intenciones no sanas, y siendo usted, una mujer muy bella, créame, es una tentación… – la mirada del hombre comenzó a surtir efectos en la chica. Susana cayó rendida ante el encanto de ese hombre. Era la primera vez que se dirigían a ella con galantería... ¡y encima le había llamado hermosa!

- Pues agradezco muchísimo su consejo, gentil hombre. Tiene razón, no debemos fiarnos de las apariencias. Así que seguiré su consejo. Y ya sabe, cuando quiera platicar con alguien, puede encontrar en mí a una amiga. Es usted una persona muy amable – le dijo con coquetería Susana.

- Hija… ¿qué pasa? ¿Con quién estas? – la señora Marlowe se les unía con aire de preocupación.

- Hola mamá, nada, mira, te presento a Nikolas... – se dirigió con mirada interrogativa y éste respondió, extendiendo su mano a la mujer:

- Ash, señora Marlowe, su hija es realmente encantadora, por favor, no salgan solas por estos lugares, uno nunca sabe con que gente se pueden topar – les recomendó caballerosamente el joven.

- Mucho gusto. Gracias por su consejo, ahora si me permite, debemos regresar a casa, así que Susie, despídete – le ordenó a la chica mientras iba moviendo su silla de ruedas.

- Ya sabe donde encontrarme, Nikolas, es un placer haberlo conocido ¡hasta luego! – se alejaron de él.

No se extrañaron ni acordaron de que Nikolas había llamado a la madre de Susana por su apellido, sin haberlo previamente preguntado.

El hombre las siguió con la mirada hasta perderlas. Ya había iniciado el contacto con las mujeres. Ahora, solo faltaba reforzar la amistad de Terry para precipitar la venganza de éste. Se relamió el labio superior, imaginando el delicioso y terrorífico desenlace que esperaba a Susana Marlowe.

Su vida infernal había comenzado...y acabaría de la misma manera.


Después de haber estado con Terry, Candy había decidido irse de Chicago por unas semanas. Había despertado sigilosamente temprano y había escrito una breve nota a Terry. Tomó con mucho sigilo sus pertenencias y abandonó el hotel.

Se dirigió rápidamente hasta el hospital y habló con el doctor Thompson:

- Doctor, me da mucha pena pedirle el siguiente favor en este momento, pero debo salir por unas semanas, he tenido un problema muy fuerte y debo ver a una amiga, tómelo como vacaciones anticipadas, pero por favor, necesito irme cuanto antes de aquí… – le imploró la joven enfermera.

- Candy, ¿qué sucede? ¿Te encuentras bien? ¡Me alarmas! Por favor, dime que pasó, para que pueda ayudarte… – le pidió muy preocupado.

- Lo siento, no puedo explicarle los motivos, ya que son bastante personales, pero por favor, déme ese tiempo, necesito arreglar ese asunto urgente – la chica tenía la preocupación asomada en el rostro.

- Está bien, Candy, ni que lo pidas, te debo mucho tiempo de vacaciones, tómate el tiempo que necesites, y por favor, dame noticias tuyas pronto, ya sabes, en lo que pueda ayudarte, cuenta conmigo, eres una joven valiosa y te estimo muchísimo pequeña – le dijo gentilmente el galeno.

- Muchísimas gracias, lo tendré al tanto de mi situación, ahora, debo irme – tomó nuevamente su pequeña maleta y se fue de ahí.

Se dirigió a la estación de trenes.

Debía irse lejos por el momento, y esperar a que Albert regresara de su viaje, lo que le tomaría varias semanas más. Menos mal que contaba con sus pocos ahorros para comprarse el boleto de viaje. Necesitaba un apoyo amigable en quién respaldarse, pero Annie se lo comentaría a Archie y no le gustaba la idea de desatar un problema entre Terry y él.

Así que decidió irse al sur.

Paty O'Brien, ahora, Harrey, no pondría objeción alguna, y sabía que la apoyaría mientras resolvía que hacer con su vida. Lo primordial era aguardar el primer mes, para confirmar sus sospechas sobre su estado: un bebé... de Terry... la ilusionaba mucho, y no le importaría lo que la sociedad dijese. Se iría con él a Europa y allá haría una nueva vida. Ya más adelante decidiría si su hijo conocería a su padre pronto... o no. No le había avisado a su amiga, para no empezar a levantar revuelo con su llegada. Ya estando allá esperaría a que su padre adoptivo apareciera para hablar con él. Lo importante era ver lo de su posible embarazo.

El silbato de la locomotora acercándose la sacó de sus cavilaciones, menos mal que había corrido con la suerte de encontrarse el primer viaje a Miami. Abordó rápidamente el vagón y esperó impacientemente a que se fuera.

Al irse alejando, se asomó por la ventana y vio pasar los árboles, la tierra, el ambiente de su infancia. El recuerdo de ella corriendo para despedirse de Terry, aquella vez que andaba de gira y que nunca pudo ver, le llegó repentinamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué la vida se ensañaba con ellos? ¿Es que acaso nunca podrían estar juntos? ¿Por qué Terry había actuado tan impulsivamente sin pensar en las consecuencias? Estas interrogantes, y la imagen de la actriz embarazada la hicieron sentirse peor. Se dirigió al baño para mojar un poco su cara y tranquilizarse, pero, no pudo más y soltó todo ese dolor que le embargaba. Lloró por un buen rato hasta que se cansó. Después se dirigió a su camarote y se encerró hasta quedar profundamente dormida.

"Una enorme extensión de tierra aparecía a su vista. Albert le mostraba el lugar mientras le tomaba la mano para correr a lo largo del área. Una enorme sensación de paz y tranquilidad le llenaban el alma. El sol era realmente brillante y el aroma de las flores llenaba sus sentidos. Se sentaban a la orilla de un precioso lago y se quedaban viendo el reflejo solar sobre el agua. Albert tomaba su mano y la acercaba hacia sí:

- Candy...soy muy feliz contigo, te amo, y te he amado desde siempre – le susurraba tan cerca de su oído que un escalofrío le recorría la espalda.

- Albert, yo también son muy feliz contigo – una risa sincera aparecía en sus labios, pero su corazón estaba en otra parte.

De repente, la noche caía y se veían envueltos entre las tinieblas. Albert la llevaba de vuelta a la enorme mansión y de repente desaparecía.

- ¿Albert? ¿Dónde estás? ¡No me dejes sola, Albert! – gritaba Candy desesperada, tratando de enfocar más su vista en la oscuridad.

- Aquí estoy, no te asustes, nunca te dejaré sola – le llegaba la voz del rubio por detrás. Al voltearse, le vio realmente radiante, sin embargo, su tacto era gélido. Ella lo abrazaba y no quería separarse de él jamás.

Albert la besaba tiernamente hasta tenderla sobre el pasto. Acto seguido comenzaba a acariciarla, pero el contacto de sus fríos dedos la hizo recapacitar:

- ¿Albert? ¿Te sientes bien? ¿Qué pasa? Estás raro – le preguntaba temerosamente la chica.

- Candy, siempre estaremos unidos mi amor… – la miraba con tal intensidad, que la joven se perdía en su mirada azul y se dejaba besar nuevamente.

De repente, Albert se iba a su cuello y una deliciosa sensación se apoderaba de ella, hasta sentir que un líquido caliente corría a lo largo de su pecho y al separarse, Albert tenía sangre en la boca… ¡su sangre! ¡La había herido!"

Candy despertó agitada y con mucho miedo. La madrugada se estaba acabando y no tardaría en llegar a su destino. Se encogió de hombros y trató de olvidar ese sueño muy raro... y tenebroso.

Estaba casi amaneciendo cuando el horizonte mostró a lo lejos el andén donde debía descender. Se levantó rápidamente y arregló su vestimenta. Debía estar presentable para llegar a casa de los Harrey.

- ¿Qué le diré a Patty? Se va a extrañar que esté aquí tan repentinamente – sacó su maleta y se dirigió a la salida de su camarote - ¡Que sueño tan feo! Ojala no haya pasado algo serio en Europa… ¡Dios mío cuida de Albert por favor! – cuando salió un agradable aire cálido embargó su cuerpo.

No había mucha gente en el andén en ese momento, Candy caminó por un buen rato. Su estómago empezó a recordarle que debía comer. La rubia empezó a meditar sobre lo que debía decir a Paty acerca de su llegada tan repentina.

Lo más importante era convencerla de que no debía dar noticias a nadie de su paradero. Quería esperar a que localizara a Albert para saber cuándo sería su regreso.

Él era el único que la entendería, y sabría que no le caería para nada en gracia, saber que Terry tenía semejante compromiso previó en Nueva York, y que encima la matriarca del clan la había echado de la casa.

- ¡Todo se me complicó! – sus pensamientos estaban teñidos de melancolía y muchísima tristeza.

Paró en un restaurante pequeño y desayunó de forma escueta y sin muchas ganas. Cada bocado se le hacía tan insípido, pero lo hizo para no caer enferma. Si estaba embarazada no se lo perdonaría; su bebé no tenía la culpa de sus actos. Este pensamiento la enterneció y le hizo olvidar por un momento el enorme sufrimiento que arrastraba. Terminó su plato y pidió la cuenta. Se sentía un poco más animada para enfrentar lo que se le venía encima. Cuando salió del restaurante, su semblante había cambiado, y una linda aunque breve sonrisa, iluminaba su verde mirada.

Ya era casi mediodía cuando llegó a casa de Paty.

Rodeó la enorme propiedad para conocerla un poco más (y para darse valor), y por fin se decidió a llamar a la puerta.

Al abrirse ésta, sintió que ya no volvería a regresar a los lugares de su niñez, por mucho tiempo.


Albert se encontraba descansando unos escasos días en Londres.

Había aprovechado el momento para visitar viejas amistades, y para rememorar momentos en que su protegida le había hecho compañía. Estuvo un rato en el zoológico y de ahí pasó a dar una rápida visita por fuera al Colegio Real San Pablo, donde se enteró que la férrea líder del lugar, la Hermana Grey, ya había fallecido. Muchas emociones convergieron en él en ese momento. Recordó cuando ayudó a Terry a llegar al lugar después de haber sostenido una fuerte pelea y había quedado malherido.

- Este lugar me trae muchos recuerdos, George – le confió a su amigo, mientras caminaban por los alrededores del recinto.

- Albert, debes aceptar lo inevitable. Cuando regresemos, ella ya estará solo esperando tu bendición para casarse con Terry. No te aferres a un amor imposible. No es bueno – su seriedad era tal que el otro cambió de tema.

- Muy bien, pues creo que debemos tratar de conocer un poco más. Dime: ¿Cuántos días estaremos en Suiza? – le preguntó el rubio cambiando de actitud al instante.

- Estaremos aproximadamente dos semanas; el señor Storvik me ha solicitado que se reúna con su grupo de asesores después de que conozca los proyectos que te tiene reservados. Después nos ha invitado a conocer más la ciudad. Encuentro demasiado interés hacia ti por parte de este suizo. Ojalá no nos llevemos una desagradable sorpresa – le confesó George.

- No creo que sea algo malo. He depositado mi confianza en ti y Archie y dudo que sea una mala persona, pero si debo vigilar personalmente que no haya cualquier indicio que de pauta a mover dinero hacia inversiones "ilegales". No va conmigo eso, bien lo sabes. Así que he decidido que en cuanto tengamos la propuesta del empresario, se la haré llegar inmediatamente al consejo administrativo de empresas Andrey y para tal efecto, te pediré que te adelantes a América para llevarlo personalmente – le indicó el magnate.

- Pero... Albert... ¿te quedarás solo? Dime… ¿qué piensas hacer después? No quiero que te llegue a pasar algo amigo, ya tuvimos la mala experiencia cuando te dio esa amnesia y Candy al menos estuvo al tanto de ti, pero aquí solo, por favor... ¡piénsalo! – le dijo con preocupación su mano derecha.

- No te pongas así, he meditado bien, y creo que será buena idea que me quede unas semanas más. Igual y conozco mas ciudades de aquí o viajo a otros países. Me gustaría hacer una visita a Francia. Quisiera ver antiguas amistades que conocí hace muchos años, cuando estudiaba aquí – su férrea decisión indicó a su interlocutor que lo mejor era no interferir - Necesito estar solo un tiempo, antes de regresar. No tardaré mucho, solo necesito que ellos tengan más tiempo para solucionar sus problemas, sobre todo él, ya que debe anular su absurdo compromiso con esa mujer, y no creo que sea fácil. De todas maneras, te prometo que estaremos en comunicación constante. Espero me entiendas – le pidió firmemente el rubio.

- Está bien, será como tú digas. No te pierdas, por favor – realmente George se encontraba preocupado.

El millonario le sonrió para tranquilizarlo y siguieron con su paseo.

Un día más y partiría rumbo a Suiza.


Ya había amanecido, cuando Terry hubo descendido del tren y se encontraba en la estación, en Nueva York, con un humor de los mil demonios.

Todo no le podía haber salido peor.

Había tenido una mala noche, y los estragos estaban reflejados en su rostro. Unas inmensas ojeras enmarcaban su mirada azul mientras una inmensa desolación y tristeza emanaba por cada poro de su cuerpo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por erradicar toda idea agresiva en ese momento. Sin embargo, su mente había maquinado el inicio de una revancha, porque eso era lo que le correspondía. Susana y su madre no habían tenido suficiente con hacerle una jugarreta. Ahora él, se encargaría de regresárselas y por triplicado.

Una torcida sonrisa se dibujó en su rostro.

Pero para tal efecto, tenía que concentrarse, y llevaría a cabo las cosas de manera pausada y tranquila, quizá se trataría de la mejor actuación que jamás había hecho en su vida. Le llevaría algunos meses, pero realmente ya no le importaba el tiempo

¿Para qué?, si su pecosa ya se había hecho a un lado en su vida nuevamente, y esta vez, regresar a ella, sería una empresa nada fácil... y pronta.

La venganza es un plato que es mejor servirse en frío, así que mejor era calmar los ánimos y dejar que las cosas fluyeran naturalmente, en la dirección que él acababa de decidir.

Se dirigió rápidamente a su estudio personal.

Había mucho por poner en marcha.

Tenía que estar completamente aislado preparando todo, de manera que Susana no sospechara nada. Si la hipócrita joven pudo salirse con la suya, Terry le demostraría quién era superior.

- Ojalá y Nikolas estuviera aquí. Necesito ayuda para iniciar mi plan. Tendré que localizarlo rápido - recordó que su amigo ya estaba en Nueva York, por ende, era seguro que le apoyaría en su proyecto.

Descansó por el resto del día y por la tarde, se dirigió a ver a su amigo Robert:

- ¡Terry! ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo llegaste? ¿Es que se arregló todo? – aunque la expresión del actor le decía lo contrario.

- Robert, solo te puedo decir que Susana echó a perder todos mis planes, para variar, por medio de artimañas y bajezas propias de ella. Te pido de favor, me apoyes en lo que voy a hacer, y sé que puedo confiar en ti, así que por eso vine. Necesito tu ayuda para llevar a cabo algo – Terry se acercó de manera confidencial y le contó su plan.

Robert Hathaway había cambiado su expresión de asombro, primeramente por el rechazo, para acabar aceptando tácitamente, ayudar a su mejor amigo. Le tenía sin cuidado lo que sucedería después con las Marlowe, puesto que el joven aristócrata ya había sufrido lo indecible por culpa de sus manipulaciones y actitudes malsanas.

Desgraciadamente, la chica ya había zanjado camino hacia su propia infelicidad, debido al vil engaño que le había hecho creer a Candy, por ende, merecía un castigo ejemplar.

Terry le puso al tanto de lo que le había sucedido y ahí pudo darse cuenta de lo despreciable que había llegado a ser su ex estrella, a quién por mucho tiempo le tuvo una enorme consideración y cariño, pero cuya obsesión la había apartado de los valores humanos básicos.

- Terrence, antes que nada, soy tu amigo, y aunque me duela que Susana pase por esto, creo que debe aprender su lección; desgraciadamente para ella, la cosecha de lo que ha sembrado no le traerá buenos frutos. Cuenta conmigo para lo que quieras – Robert le dio un abrazo fraternal a su amigo y continuaron hablando de los compromisos pendientes.

Faltaba menos para el estreno de su próxima obra y los ensayos serían agotadores, pero al joven, esto no le importaba, al contrario, le daba mas armas para poder soportar estoicamente lo que se le venía. De a poco, se iría ganando la confianza de Susana nuevamente para después darle la estocada final:

- Para destruir a tu enemigo, únete a él – esa frase se convirtió en su filosofía personal.

Por ahora aparentaría que estaría muy molesto. Después, dejaría que Susana arrepentida lo buscara y ahí empezaría a ejecutar la primera fase del plan. Tendría que ganársela hasta hacerle creer que, efectivamente la había perdonado. Lo demás ya vendría por añadidura.

Regresó a su departamento cuando ya la noche había caído.


Paty O'Brien se encontraba retrasada hacia el trabajo.

La noche anterior había tenido un poco de problemas al dormir, y cuando por fin lo consiguió, ya era demasiado tarde; por tal motivo, no se pudo levantar a su hora habitual. Su prometido, Stephen, se encontraba de viaje. La abuela Martha, hacía tiempo que se encontraba fuera del país, no estaba ahí para ayudarla.

Con los nervios y una intensa preocupación a flor de piel, se apresuró a bañarse y arreglarse para poder llegar a una hora no tan escandalosa. Menos mal que su jefe, el señor Mathew O'Connor, era una persona bastante sensata y muy gentil, y seguramente no le llamaría la atención.

Era la primera vez, en mucho tiempo, que eso le sucedía. Se alistó para salir corriendo y tomar un ligero desayuno cuando el timbre de la casa sonó. Esperó a que alguien del personal abriera la puerta, pero eso nunca sucedió; al escuchar el tercer intento, se levantó para encontrarse con la sorpresa de una visita no anunciada y sí bastante sorpresiva:

¡Candy! Sus castaños ojos se abrieron como platos al verla frente a ella, con el rostro sereno y esforzando una sonrisa que no disimulaba en nada la enorme tristeza reflejada en su mirada, debido a las marcadas ojeras que la rodeaban.

Su primera reacción fue abrazarla de gusto y hacerla pasar inmediatamente. Sabía que su visita era debido a algún problema fuerte, y tenía que ayudar a su entrañable amiga del alma. :a rubia se dejó hacer y aunque intentó ser muy comunicativa, sus diálogos se convirtieron en un incómodo silencio. La morena le ayudó a llevar sus cosas a una recámara de huéspedes, y le pidió que descansara un poco, en lo que atendía unas llamadas.

Candy asintió mientras Paty bajaba corriendo a poner orden. Había mucho por contar y, aunque no quería provocar molestias, estaba segura que su amiga tendría que pedir el día. Sin embargo, ella estaría dispuesta a interceder por ella ante Albert, por si el jefe de la chica le llamaba la atención de manera fuerte.

- Señor O'Connor, buenos días, ¿cómo está? – preguntaba una atareada Paty, tratando de adivinar el humor de su jefe para poder pedirle el permiso de no ir a trabajar ese día.

- Buenos días, señorita O'Brien, muy bien, espero que su retraso haya sido debido a alguna cosa no preocupante ¿se encuentra bien? ¿Ha sucedido algo? – le preguntó el amable hombre.

- Qué pena me da decirle esto, pero precisamente hoy en la madrugada tuve una visita sorpresiva de un pariente que ha tenido una emergencia y quisiera pedirle este día para poder acompañar a mi familiar ¿habría algún inconveniente al respecto? Le prometo que todos mis deberes están al día, y su agenda de actividades y citas ya está confirmada. La puede verificar sobre mi escritorio – le respondió de manera muy profesional la chica. Si algo la caracterizaba era su eficiencia y organización.

- No se preocupe, Paty, conozco muy bien su trabajo y usted ha sido una excelente asistente, faltaba más, tómese el tiempo necesario, solo avíseme anticipadamente, y deseo que sus problemas sean resueltos a buen término – le contestó comprensivamente su jefe.

- Muchas gracias, es usted muy gentil y no se preocupe. No será más que este día. Por favor, cualquier cosa, llámeme, ya que pienso estar aquí gran parte del día – le pidió como siempre, dejando en claro su disposición.

- Claro que sí, suerte en su asunto y nos vemos por aquí pronto. Que tenga buen día – se despidió el jefe y la chica ya se encontraba organizando mentalmente sus preguntas a Candy, por su presencia tan repentina.

Su amiga era primero.

Colgó y solicitó a su servidumbre que dispusieran todo para su huésped. Salió corriendo a ver a Candy y la encontró sollozando discretamente frente al enorme ventanal de la habitación. Su primera reacción fue no interrumpir, sin embargo, tampoco disponía de mucho tiempo para esperar a que la rubia se decidiera a hablar, entre más rápido hablaran, una solución podría llegar al instante. Se acercó silenciosamente por detrás y le puso cariñosamente una mano en su hombro:

- Candy, amiga… ¿qué ha pasado? – su voz se tornó suave.

La joven volteó a verla y no pudo más.

Se dejó caer en los brazos de Paty y dio rienda suelta a su enorme dolor. Permanecieron un buen rato abrazadas, mientras Paty la acariciaba amistosamente y trataba de reconfortarla. Su llanto había pasado de ser discreto a unos lamentos de dolor. La morena lloró con ella sin saber por qué, sin embargo, le demostró que ahí estaría para ella. La dejó desahogarse, eso era lo que necesitaba.

Después que pudo tranquilizarse, la volteó a ver a los ojos.

A Paty le partió el alma verle la expresión. Jamás había visto a su amiga así; Candy, el ejemplo de animosidad y positivismo, era ahora, el vivo rostro de la derrota y desolación. La dirigió tranquilamente a la salita del lugar, cerró la puerta para poder estar a solas con ella, y le sirvió un vaso con agua para relajarla.

Estuvieron así, en silencio durante unos minutos, finalmente, ella dejó oír su voz:

- Paty, perdóname por traerte problemas, no sabía a dónde ir, me han pasado tantas cosas amiga que... – su voz se volvió a quebrar y el llanto regresó.

- Candy, por favor, desahógate pequeña, quiero que sepas que... siempre contarás conmigo para lo que se te ofrezca y necesites. Pero primero... debes desahogarte para que podamos hablar. Tengo una ligera idea de cuál es el tema que te ha traído aquí, así que tranquilízate y hablemos lo antes posible – la morena tenía sus manos entre las suyas.

La rubia se perdió en sus recuerdos, y automáticamente empezó a narrarle los acontecimientos.

Paty escuchó, primero sorprendida, después conmovida, para acabar con la rabia en su semblante.

- ¡Candy! ¡Otra vez volvió a salirse con la tuya! ¡No puede ser! ¿Cómo pudo ser capaz de semejante bajeza? – le encaró mirándola fijamente a los ojos. Ella creyó que se refería a Susana.

- Paty, yo no la culpo… las circunstancias jugaron en contra de todos nosotros, yo... - no terminó la frase, porque la morena ya se había levantado firmemente con las manos detrás de sí, apretadas.

- ¿Por qué? ¿Por qué se empeña en seguirte fastidiando? ¿Qué busca? ¿Burlarse nuevamente de ti? ¡Pero qué tan poco hombre! – Candy comprendió a quién se refería.

- Paty, necesito que me escuches, por favor, yo... le creo a Terry... - bajó su mirada; el sólo hecho de pronunciar su nombre le afectaba bastante, pero tenía que enfrentarlo.

- ¡Por favor reacciona!, solo se ha estado burlando de ti, ese maldito actor solo te ha traído puras desgracias,! no puedes estar tan cegada amiga! Todavía recuerdo como llegaste ese día de Nueva Cork, ¡por su culpa! –se acercó a su amiga muy molesta.

- Creo que no ha sido una buena idea venir, mejor me voy. Discúlpame, no quise molestarte. Hasta luego – intentó salir, pero su amiga le cerró el paso.

- Discúlpame, no quise ser tan agresiva –estaba muy apenada, se maldijo por dentro al dejarse llevar por lo que pensaba del actor.

- No tiene caso, me siento muy mal, y necesitaba que alguien me escuchara. Creo que me equivoqué. No quiero mortificarte con mis problemas. Quería que me ayudaras a contactar a Albert. Es importante que él sepa esto, ya que he tomado una firme decisión, porque ya me hice a un lado en la vida de Terry, sin embargo… no te he contado que temo estar embarazada – esto último impactó a la morena.

- ¡Pero, Candy! ¿Qué dices? ¡Oh Dios! – la abrazó cariñosamente mientras le pedía perdón por su actitud.

- No te preocupes, estoy bien, no tienes porque pedirme perdón. Es normal lo que piensas de él. Todo mundo lo dice también: Archie, Albert, Annie... la tragedia se ha empeñado en separarnos, e ilusamente creímos que podríamos intentarlo de nuevo pero... nos equivocamos otra vez – su voz se volvió a quebrar y la otra chica decidió apoyarla incondicionalmente sin emitir juicio alguno.

- Aquí tienes tu casa, y te puedes quedar el tiempo que necesites. Albert anda en Europa, según lo que sé, pero no te preocupes, que yo estoy contigo y creo que Annie... – la rubia le calló.

- No, esto sólo tú lo sabes y no necesito que Annie lo sepa... por ahora… porque Archie es capaz de irle a hacer daño a Terry y él es también víctima de sus circunstancias, así que por favor, te pido que no le comentes nada, entiéndeme, lo que me urge es que Albert sepa que ya no estaré en Chicago y mi próximo destino es... Europa – aquello tomó por sorpresa a Paty.

- ¿Cómo? Pero ¿Y tu trabajo? ¿El hogar? ¡No debes permitir que esto te aleje de tus sueños, amiguita! – trató de convencerla pero fue inútil.

- La decisión ya está tomada, no hay vuelta atrás. ¿Estás conmigo... sí o no? – la rubia le preguntó de manera firme.

- Estoy contigo. Ahora, debemos planificar bien lo que haremos a continuación. Lo importante es verificar si realmente estás embarazada. Tú debes saber más que yo de eso, amiga. ¿Has hecho tus cuentas? – le preguntó un poco ruborizada.

- Sí. Por lo que he verificado, es muy seguro que esté embarazada, sólo me quedan unas semanas para corroborarlo – Candy estaba inquieta, pero el solo hecho de pensar en su embarazo, la ponía feliz.

Se pusieron toda la tarde a preparar lo que tenían que hacer y Paty acordó con ella, al día siguiente, de rastrear al líder del clan Andrey. Mientras, Candy tendría que preparar bien su renuncia al hospital y las cartas de despedida para el Hogar de Pony, su refugio desde siempre.

La vida ya había tejido un camino misterioso. El destino terminaría por alcanzarlos.


Era de día cuando los dos hombres de negocios llegaban a Suiza, procedentes de Londres.

El viaje había sido largo y tedioso.

El otoño dejaba sentir sus frías ráfagas de viento que hacía revolotear las hojas multicolores a su paso, por todo el camino hacia Zurich.

Los Alpes se alzaban magnificentes y en todo su esplendor. El paisaje era admirable y Albert deseó por un momento estar junto a su secreto amor, compartiendo sus impresiones.

George lo sacó de sus cavilaciones:

- Qué hermoso está el paisaje, no me imaginaba que Suiza fuera tan bella – le comentó asombrado el hombre.

- Realmente es impresionante, el señor Storvik ha de tener una increíble vista en su residencia. Ojalá tengamos oportunidad de apreciarla, aunque lo dudo mucho, siendo sus citas de noche... - George le interrumpió.

- Te había comentado que nuestro anfitrión había dispuesto habitaciones para nosotros y que nos había invitado a pasar unos días con él; ¿acaso lo olvidaste? Claro que tendremos tiempo para conocer los alrededores de su propiedad –rió de buena gana ante el rostro de contrariedad del rubio.

- No sé dónde tengo la cabeza amigo, discúlpame, jajaja – su risa lo llenó de energía.

El tren anunció la llegada a Zurich y los dos caballeros descendieron.

Su sorpresa fue mayúscula cuando un hombre de complexión delgada y muy alto, los había reconocido al instante y los había llevado a su auto:

- ¿Es usted el señor Andrey? – le preguntó en un perfecto inglés con un fuerte acento alemán.

- ¿Eh? Sí, claro soy yo, usted es... - no le dejó terminar.

- Enviado por el señor Marcus Storvik para llevarlos a Zurich, señor Andrey, mi nombre es Olaf – le hizo una elegante reverencia. Albert volteó a ver de reojo a George y le guiñó un ojo divertido.

- Mucho gusto, no esperaba que nos recibiera alguien aquí – Albert se mostró muy cordial y el hombre respondió con una sonrisa forzada.

- Por aquí caballeros, llegaremos en aproximadamente una hora – se dirigieron hacia el auto.

- ¿Tan lejos estamos todavía? – preguntó asombrado George.

- Mi amo disfruta su privacidad, y no le gusta que anden merodeando por su propiedad. La soledad de su mansión es muy preciada para él. De hecho, vivimos a las afueras de Zurich – le respondió con expresión solemne el hombre.

Ambos sólo sonrieron y se sumieron en un profundo silencio. Era mejor guardar sus impresiones hasta llegar a su destino.

El camino se doblaba en círculos y senderos, con una majestuosa vista de la naturaleza, pero que hacía difícil recordar con exactitud el camino de regreso.

Por fin, después de tanto ajetreo, ante sus ojos se alzaba una fastuosa construcción que asemejaba un castillo medieval. Se componía de dos partes: una era la parte delantera del castillo, cuya ala formaba un palacio de estilo barroco. A través del puente sobre el foso se entraba al castillo. Se trataba de una maravillosa construcción gótica del siglo XIV, en excelente estado de conservación y se podía divisar una hermosa capilla de interiores en estilo rococó. La magnificencia del lugar resaltaba entre la abundante naturaleza, cuyas hojas daban un mosaico de varias tonalidades cafés y marrones a la imponente construcción.

El elegante auto se detuvo frente a la enorme entrada al puente y Albert alcanzó a divisar la cristalina agua que corría más abajo.

Cuando entraron al vasto jardín que guiaba hacia la entrada principal, pudieron ver la enorme cantidad de plantas y flores que formaban graciosas figuras a lo largo y ancho del camino. El césped estaba impecablemente recortado y una magnífica fuente semejando a un ángel vertiendo su cántaro hacia el interior de la misma, se encontraba en el medio del camino, justo frente a la entrada principal.

El auto aparcó y Olaf ayudó a ambos hombres a descender su equipaje.

Entraron en el amplio vestíbulo y el interior los dejó maravillados. Sendos muebles de estilo gótico y hermosas pinturas coronaban las diferentes paredes del lugar. Los enormes candeleros y ventanales con vaporosas cortinas de tul resaltaban hacia el fondo. No cabía duda que Marcus Storvik aparte de tener mucho dinero, tenía un exquisito y sofisticado gusto, mismo que se reflejaba en todo el mobiliario y construcción de aquella enorme mansión.

El hombre los condujo a sus habitaciones, no pudieron dejar de seguirse sorprendiendo por el contenido de cada una. Realmente, parecía que aquello perteneciera a la nobleza europea más ilustre. Tal parecía que se estaban alojando en un museo. Se acomodaron un rato y decidieron descansar del viaje para poder degustar sus alimentos con posterioridad.

Ya no mostraron sorpresa, cuando, al descender por las enormes escaleras que daban al vestíbulo, una chica les decía que sus alimentos ya estaban listos, mientras su distinguido anfitrión les vería hasta en la noche. Albert ya estaba reservando sus respuestas en cuanto lo viera por primera vez.

La comida estuvo muy deliciosa.

Degustaron una exquisita demostración de la comida gourmet francesa, que incluía trufa de faisán finamente aderezado y un excelente postre donde el chocolate suizo, por supuesto, era la estrella. Conversaron ambos hombres durante todo ese tiempo y finalmente decidieron salir a caminar un poco por los alrededores.

Albert se percató que Olaf les vigilaba discretamente de lejos, inclusive, cuando se ofreció a mostrarles un poco los vastos jardines del lugar, se mostró bastante interesado en ser él quien les diera el recorrido.

Quedaron admirados con la belleza de los paisajes.

Cerca de ahí se divisaban claramente los Alpes Suizos, mientras la frondosa vegetación se dividía en tonalidades diversas de rojos y cafés, testigos de que el otoño estaba ya en su plenitud. Olaf les había dado un poco de la historia de ese lugar.

Marcus Storvik, quien había llegado a ese lugar a fines de 1860, se había quedado maravillado con la tranquilidad y quietud de ese lugar. Por tal motivo, decidió establecerse ahí, tanto con su empresa como su residencia, y había sabido del castillo por medio de una amistad. Hizo todo lo posible por comprarla y acondicionarla de tal manera que conservara su aspecto original.

Albert y George seguían con interés la historia, sin embargo, no hicieron muchas preguntas ya que Olaf no les daba la confianza para hacerlas. Quizá, si la relación con el poderoso empresario prosperaba, ya podría saber más sobre la vida personal de su futuro socio.

Ya se estaba ocultando el sol cuando regresaron a la residencia.

Olaf les solicitó que descansaran y prepararan sus documentos, la reunión con Marcus Storvik empezaría poco después de las 21 hrs., y los encaminó hacia sus habitaciones.

Ambos se dirigieron a sus recámaras y comenzaron a preparar todo.

Hicieron breves comentarios y ultimaron detalles. Curiosamente, sus cuartos sí tenían espejos, pero de esto, no se percataron.


Marcus Storvik ya sabía de la presencia de sus huéspedes.

Una sonrisa se dibujó en su rostro; William Albert Andrey en realidad, era muy distinguido y a leguas se notaba su educación refinada. No cabía duda que era un excelente prospecto para sus negocios con las empresas Andrey. Esperaba que aceptara su invitación para quedarse unos días más. Hacía muchísimo tiempo que nadie había ganado su simpatía a simple vista, como lo había hecho el multimillonario americano.

Dio los últimos toques a su elegante traje y llamó a su asistente incondicional:

- ¿Ya está listo mi consejo de asesores para discutir la propuesta? – le preguntó amablemente a su fiel sirviente.

- Sí señor, todos están esperándole en la sala de reunión; los Sres. Andrey también están listos – le respondió con una reverencia.

- Entonces, bajo en unos minutos más Olaf. Veremos que decide nuestro invitado; ojalá acepte la propuesta – sus brillantes ojos azules se intensificaron.

Olaf se retiró y Marcus se dirigió a su ventana.

A lo lejos se divisaba solamente la oscuridad.

Cuando bajó a la sala, ya se encontraban todos reunidos, y conversaban animadamente, sin embargo, el silencio imperó desde que el anfitrión hizo acto de aparición.

Su avasallante personalidad dirigió las miradas hacia él. Su aspecto, a pesar de ser misterioso, resaltaba aún más la extrema palidez de su rostro.

- Buenas noches, caballeros, me da gusto ver que ya han roto el hielo – inició su conversación con una amabilidad que dejó sorprendidos a Albert y George.

- Buenas noches, señor Storvik, permítame presentarme, soy William Albert Andrey, este es mi asistente George Andrey – le indicó con una elegante reverencia el magnate americano. Se estremeció al estrechar las heladas manos del suizo. George también, pero lo supo disimular muy bien.

- Estoy encantado de conocerle, señor Andrey, he oído hablar de usted; estoy impresionado por la amalgama perfecta de juventud y experiencia empresarial que usted posee. Será un placer negociar con usted – le sonrió sinceramente Marcus, asombrando a Albert.

- Claro que sí, con mucho gusto me gustaría escuchar su propuesta. Industrias Andrey siempre está a la vanguardia empresarial para invertir y créame que ya me ha interesado muchos su propuesta – le respondió gentil.

- Pues, mis amigos, demos inicio a la reunión; mis asesores aquí presentes le explicarán mejor lo que pretendemos hacer en asociación con usted – les hizo una reverencia a todos para que se acercaran a la sala de reuniones que tenía acondicionada para tal efecto.

Los dos invitados estaban admirando el recinto donde se encontraban.

Delicadas cortinas y candelabros pendían de la pared. Hermosos cuadros finamente pintados, así como el mobiliario elegante resaltaban la exquisita belleza del lugar. Había finas copas de cristal con vinos bouquet de excelente aroma.

La reunión inició y se extendió hasta altas horas de la noche.

Cuando finalizó, los americanos habían quedado muy convencidos y a gusto con el magnífico proyecto que se les había presentado. La inversión no sería significativa de entrada, sino gradual, conforme fuera creciendo la demanda, y sería a título experimental, por ver el comportamiento del mercado; así que el riesgo que se presentaba no era elevado.

El suizo había sido tan convincente y persuasivo que resultaba casi imposible rechazar semejante oferta.

Ya habría tiempo para discutir la propuesta.

Marcus Storvik aprovechó para refrendarles su invitación a conocer más su hogar y Albert aceptó encantado. George no se sentía muy a gusto dejándolo solo, sin embargo respetó su decisión.

Se fueron a dormir. Había mucho que organizar en el transcurso de los siguientes días.


El tiempo transcurrió rápidamente para Terry.

Ya habían pasado varios días desde su regreso a Nueva York.

Se había refugiado en su estudio para prepararse en su nuevo papel y para hacerle ver a Susana que no sería fácil llegar a él así como si nada hubiese pasado.

La ex actriz había ido a buscarlo varias veces al teatro y Terry siempre la había ignorado frente a los demás, lo que había le había dolido a la muchacha. Su madre, al igual que la misma Susana, no dejaba de seguir insistiendo en el compromiso y la inminente boda.

En una ocasión, a escasos días de haber llegado, Susana se las arregló para estar con él a solas en uno de los camerinos del teatro donde el actor ensayaba la siguiente obra, eso sí, escoltada por su inseparable madre:

- ¡Terry, no puedes dejarme, no puedes! ¡Tú me lo prometiste, me diste tu palabra, no iba a permitir que te quedaras con ella! – le gritaba la joven mientras que Terry le miraba con eterna indiferencia.

- Usted no merece que mi hija le esté rogando, solo porque ya es hora de que pongamos fecha a ese compromiso es que estamos aquí. ¡No permitiré que se burle de mi hija! – le espetaba la madre.

- ¿Ya terminaron su retahíla? Si me disculpan, me paso a retirar – tomó sus cosas y se dirigió al ensayo. Se había aguantado las ganas de acabar con su insignificante vida en ese momento, pero con un aplomo enorme, se había tranquilizado.

Su objetivo le había ayudado mucho.

Las mujeres se quedaron hechas un mar de furia, y optaron por retirarse del lugar. No dejarían de insistirle hasta que pudieran arrancarle una fecha específica y así, iniciar con todos los preparativos. Si era necesario estar ahí todos los días para recordárselo, por supuesto que lo harían.

Terry y Robert se la habían pasado concentrados tanto en el desarrollo de los personajes, así como la idea sobre la escenografía, para la puesta en escena de la próxima obra.

Ayudaba al director de escena, sobre todo para ir aprendiendo más sobre el área. Le había entrado el gusto por ese trabajo, después de haber iniciado con los ensayos. Además, lo tenía completamente absorto y así evitaba pensar en el infierno que le esperaba tanto al lado de Susana, como lejos de Candy. Sólo esperaba que en cualquier momento apareciera Archie o Albert dispuestos a hacerle pagar caro su osado "engaño".

Llegaba tan cansado a su estudio, que caía rendido de la fatiga. Otras veces, cuando le tocaba descanso, se encerraba a ver su pintura y dar rienda suelta a todo su dolor. Era curioso, pero no había probado una sola gota de alcohol, después de todo lo que había vivido y solo se limitaba a encender un cigarrillo de vez en cuando, y a tocar su inseparable armónica, con el rostro bañado en lágrimas.

Sólo la dulce venganza lo tenía con ánimos de salir adelante.

Había decidido empezar a ser más condescendiente con Susana y a levantarle un poco el castigo, así que, cuando la rubia llegó ese día, Terry la recibió con un semblante aparentemente divertido.

- He venido a verte, es necesario que... – fue interrumpida por el actor.

- ¡Hola Susana! ¿Cómo estás? Tienes razón, quisiera hablar contigo, también necesito que aclaremos algunas cosas – le comentó tranquilamente el ojiazul, ante la expresión asombrada de la chica y su madre.

- ¡Pero que sorpresa, Terry! ¿a qué se debe tu repentino cambio? – preguntó sarcásticamente la señora Marlowe.

Ignorándola olímpicamente, Terry se dirigió a la silla de Susana:

- Susie, necesito hablar contigo... a solas. No temas, no pienso hacerte daño, me gustaría invitarte a cenar y así platicar relajadamente ¿qué opinas? – preguntó, atento.

- Te... Terry ¿Qué ha pasado? ¡No, no puedo creerlo! Pero está bien, acepto tu propuesta, vamos a cenar y hablaremos... a solas… – miró de reojo a su madre.

- ¿Acaso estás loca? No sabemos qué se trae este hombre, ¿y si te hace algo hija? ¡Por favor, no puedes estar sola! Susie… – fue interrumpida bruscamente por su hija.

- ¡Madre! ¡He dicho que saldré con Terry sola! Si está de acuerdo en que debemos hablar, lo haré y dudo mucho que me haga daño madre, así que está decidido – le respondió tajantemente Susana.

- Está bien, como tú lo decidas, hija, confío en ti – la señora se sentía muy incómoda.

- ¿Cuándo nos vemos, Terrence? – le preguntó Susana, haciendo énfasis en su nombre.

- Paso por ti el sábado que viene. Te llevaré a un excelente lugar donde podremos estar a solas y poder hablar, con una hermosa música de fondo. Quiero firmar la paz contigo – le dijo sensualmente el actor, ante una turbada Susana.

- Muy bien, nos veremos ahí pronto – la chica dirigió su silla de ruedas hacia la salida, seguida por su madre detrás.

En cuanto se hubieron retirado, Terry soltó toda su rabia sobre un cojín que se encontraba sobre el camastro donde dejaba su vestuario.

- ¡Maldita estúpida! Pero ya pagarás con lágrimas de sangre tus acciones, de eso no me cabe duda ya las pagarás – gritó el actor.

- Hola, Terry – una voz lo sacó rápidamente de su coraje. No había visto entrar y salir a alguien. Volteó al lugar de donde venía para encontrarse con un divertido Nikolas que se recargaba sobre la puerta del camerino.

- ¿Cuánto tiempo tienes ahí? No te escuché llegar – el chico se había asustado en serio.

- No hace mucho, estabas tan enojado que ni siquiera sentiste que abrí lentamente la puerta; te encontré muy concentrado queriendo aniquilar el cojín; veo que las mujeres que se acaban de retirar no te han dejado buenas emociones ¿verdad? – inquirió enigmáticamente el hombre.

- Nikolas... han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos amigo... me gustaría mucho contarte todo, sabes, no te conozco mucho, pero te he tomado mucha confianza. Casi no tengo amigos, y la verdad, he estado soportando demasiados sentimientos negativos que necesito desahogarme, pero ahora debo irme a ensayar. ¿Podría verte después? – le preguntó con sinceridad el actor.

- Claro que sí, imagino todo lo que has de estar pasando; por tus reacciones, deduzco que no te fue bien en Chicago. Te espero y vamos a un excelente bar cerca del puerto. Es muy tranquilo, y el dueño es un buen amigo, me debe algunos favores. Tendremos mucha privacidad y podremos hablar a gusto, ¿te parece? – le propuso ante el asentimiento tácito del aristócrata.

Después del largo y agotador ensayo, Terry se dirigió con Nikolas al bar y ahí pudo contar finalmente lo que le estaba atormentando.

El hombre le escuchó atentamente hasta el final, donde Terry le hizo partícipe de sus planes. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural de no ir inmediatamente a partirle el cuello a esa arpía.

Su amigo no merecía un final así, sin embargo, él tenía que dejar las cosas fluir naturalmente. Hubiera querido intervenir y arreglar la situación, pero también sabía que no era justo interferir en los caprichos del destino, que tarde o temprano los iba a cercar.

La historia de la pareja siempre había estado plagada de tragedias y seguramente aquel último encuentro no iba a tener mejor fin.

Las Marlowe eran implacables para lograr su cometido.

Él solo apoyaría la situación para llegar a disfrutar junto a Terry la destrucción inminente de la antigua actriz. Ya había iniciado el contacto, sin embargo, había borrado de la mente de la chica aquel recuerdo, para evitar futuros problemas con Terry. Una inmensurable alegría inundó su semblante al conocer el plan de Terry.

Ya era obvio que apoyaría a su amigo.

El tiempo sería el mejor aliado de ellos.

Terry y Nikolas siguieron inmersos en su conversación.