CAPÍTULO VII
En Miami, Candy comenzaba a sentir que la desesperación le llegaba poco a poco.
Ya habían pasado varios días y no tenía aún noticias de Albert.
Por Paty se había enterado que el millonario tenía ya tiempo en Suiza y seguía ahí. La morena había tratado en vano de comunicarse con él o George, o al menos de saber una fecha aproximada de regreso. Había evitado comunicarse a las oficinas principales, para evitar toparse a Archie y hacerle saber lo que estaba pasando su amiga en esos momentos. Así que mientras lograban la ansiada comunicación, salía seguido con su amiga, tratando de sacarla de sus problemas, aprovechando que Stephen aún seguía de viaje.
Pasaban mucho tiempo en la playa.
La fina y blanca arena junto a la inigualable vista del mar turquesa hacían olvidar a Candy por un momento sus preocupaciones. Gustaban de caminar a lo largo de la costa, sintiendo una deliciosa sensación en sus pies, mientras se hundían en la arena húmeda. Platicaban y recordaban viejos tiempos.
Paty evitaba tocar el escabroso tema de Terry. Sentía que la amistad con la rubia se había afianzado más y veía con gusto que el semblante de su amiga había mejorado mucho, aunque bien sabía que en el fondo seguía muy mal. Le daba muchos ánimos y la infundía de nuevos bríos. Aprovechaban los fines de semana para ir al centro de la ciudad y distraerse en los escaparates y galería que se encontraban ahí.
Más de una ocasión, la joven enfermera había tenido que sortear invitaciones de varios chicos que la veían en la playa. No dejaba entrever más allá de una efímera amistad y aunque se divertía de vez en cuando con la ocurrencia de alguno de ellos, su corazón se había vuelto a cerrar al amor. Paty la animaba a que saliera con alguno de ellos, sin éxito. Candy se había vuelto a encerrar en su burbuja y la morena veía difícil que alguien nuevo llegara a rescatarla de ahí.
Los días se convirtieron en semanas, y cierta tarde, Paty llegó corriendo a su casa. Traía una expresión de consternación en el rostro:
- ¡Candy! ¿Estás ahí? ¡Te tengo noticias de Albert! – se dirigió hacia el cuarto de la chica, y se quedó muda del impacto al ver a la rubia llorando desconsoladamente mientras se encontraba recostada en el piso del baño – Candy… ¿qué ha pasado? – preguntó alarmada la chica.
- ¡Paty! ¡No puedo creerlo, yo juraba que estaría embarazada y hoy comprobé que no pasó nada! – colocó desesperadamente su mano sobre la de su amiga.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Has visto a un doctor? – la chica no atinaba que responderle.
- Hoy, después de tantos días de espera, he tenido mi período, no sé que ha pasado. No debería tenerlo amiga... ¡no estoy embarazada! –estaba destrozada. Había puesto demasiadas expectativas en su probable gestación.
- Creo que debemos ir con un doctor. No debes anticiparte. Una opinión profesional nos sacará de dudas. En este momento te sacaré una cita en el hospital de aquí. Conozco un excelente médico – la joven se paró enseguida y se dirigió corriendo hacia su bolsa, de donde sacó la agenda y se comunicó con el doctor. Regresó con una cita a la rubia, y estuvo abrazada a ella hasta que ésta se tranquilizó.
- ¡Gracias, Paty, gracias! Te agradezco todas tus atenciones y tu apoyo en estos momentos difíciles. No sé que hubiera hecho si estuviera sola; ¡creo que ya me hubiera suicidado! – le dijo la chica desesperada.
- Jamás pienses eso, eres una mujer muy fuerte y valiente y no debes dejar que situaciones así te ganen. Vales muchísimo para estar pensando que morir por alguien que no vale la pena, es una salida a tus problemas. ¡Por favor, amiga, no pienses así! – le reprendió suavemente la trigueña.
- Perdóname, es que a veces me siento completamente rebasada por tantas cosas que ya no sé como actuar. Todo me ha sucedido tan de repente... – su amiga la abrazó muy fuerte y después de un ratito, la guió a la salita de su habitación y le pidió un té tranquilizante para poder decirle lo que desde un principio tenía que haber hecho.
- Candy, te tengo que decir algo: he tenido noticias de Albert – la joven fue interrumpida.
- ¿Dónde está, Paty? ¿Dónde está? ¿Cuándo viene? – la rubia no podía contener su ansiedad.
- Calma, mira, sigue en Europa. Ha decidido tomarse unas semanas más, según tengo entendido, porque quería tomarse unas cortas vacaciones y pasaría unos días más en Suiza y Francia. George ha regresado y se encuentra en Nueva York. Él podría darte más detalles al respecto. No quise pecar de indiscreta sin antes consultártelo – Paty limpió con ternura las lágrimas que quedaban en el hermoso rostro de su amiga.
- Pero... si Albert sabía que tenía que estar aquí para anunciar el compromiso. No entiendo por qué se quedó más tiempo – y al instante recordó que su padre adoptivo, se había enamorado de ella. Seguramente aquello no sería fácil de aceptar y Albert necesitaba tiempo para digerir la realidad. Decidió ocultarle esa parte.
- Me gustaría comunicarme con George, pero necesito que el asunto sea personal. ¿Sabes cuándo regresa a Chicago? – la rubia empezó a ordenar el rompecabezas. No quería ir a Nueva York.
- No sé, pero eso te lo investigo, si quieres, mañana le llamo y le digo que espere tu llamada en la noche ¿como ves? – le dirigió una sonrisa muy tierna.
- Claro que sí, yo... te agradezco mucho tu ayuda... gracias por todo, y por ser tan leal, Paty – tomó sus manos y se las llevó al pecho en señal de agradecimiento.
Cuando ya se hubo tranquilizado, se dirigieron a cenar y estuvieron platicando más animadamente sobre otras cosas.
A la siguiente noche, Paty ya había arreglado la cita telefónica entre George y su amiga. Candy sentía que su corazón se iba a mil por hora cuando su amiga le pasó el auricular:
- Señorita Candy, ¿cómo está usted? – le preguntó de manera educada George, quién ya intuía que algo no estaba bien. Se reservó sus emociones.
- ¿Podrías decirme cómo ubicar a Albert? Es muy urgente lo que tengo que decirle… – trataba de no parecer alterada para no levantar más sospechas entre otro miembro de los Andrey.
- Señorita, como ya le habrán notificado, Albert se encontrará unas semanas más por Europa. Ha decidido que tanto usted como su prometido arreglen bien sus problemas para poder dar inicio a la formalización de su compromiso – pudo percibir que la respiración de Candy se había agitado, al decir esto último.
- Necesito saber cómo localizar a Albert, puesto que... queda cancelado el compromiso – trató de no llorar al recordar los últimos eventos.
- ¿Se encuentra usted bien? Trataré de ayudarla en lo que pueda. Albert me ha dejado los datos para poder contactarlo en caso de una emergencia, aunque quizá no se comunique tan pronto como usted desee. Por ahora, sigue en Suiza y de ahí viajará a París; él ha quedado formalmente de comunicarse a América pronto. Le daré sus datos de ubicación en cuanto hable con él. Mientras, puedo ver con Archie la manera de... - Candy lo interrumpió.
- ¡No, George!, ¡no debe saberlo nadie más! ¡Por favor, no lo haga! No diga nada. Primero quiero esperar a tener comunicación con Albert y después veremos que se hará – había una súplica en la voz de la chica.
- Está bien, no diré nada. Le haré saber a Albert en cuanto se comunique conmigo. Y por favor, cualquier cosa que necesite, no dude en hacérmelo saber.
- Gracias, le agradezco su apoyo – la rubia se mordía los labios para no llorar.
Después de colgar le contó a su amiga, entre sollozos, lo que le había comentado el hombre y acordaron en que la morena haría lo posible por tener noticias prontas del rubio.
Se dirigieron a sus habitaciones y el sueño las venció. Fuera, la suave brisa cálida se dejaba sentir mientras una hermosa noche estrellada arropaba el alma de Candy.
Albert se encontraba feliz ante el cambio de ambiente.
Después de las arduas juntas de trabajo con el consejo asesor del señor Storvik, había ultimado detalles con George sobre cuáles serían los siguientes pasos para iniciar la inversión en los cruceros.
El joven se había asegurado que su dinero no iría a parar hacia la industria armamentista mediante fuertes candados en cuanto al manejo de las transferencias. Todo el tiempo había que enviarle facturas de compras y depósitos que tuviesen que hacerse así como la descripción de cada uno de los destinatarios de los pagos; también había solicitado un reporte periódico con el avance de la construcción de cruceros así como de la maquinaria que se estaba comprando para tal fin.
Sorprendentemente, Marcus había aceptado todas y cada una de las estipulaciones contenidas en las cláusulas legales. Los asesores le habían asegurado que su dinero no tendría otro fin, y la verdad, en esos tiempos, era mejor dedicarse a otro tipo de empresas que no entrañaran la incursión en el ámbito bélico. Además, Europa estaba pasando por un proceso de reconstrucción y muchas oportunidades de negocios se estaban presentando.
George se había regresado a Estados Unidos sintiéndose intranquilo, sin embargo, se había dado cuenta que a pesar de extraño horario del suizo, él y Albert habían comenzado a congeniar muy pronto. Tenían varias cosas en común, entre ellas, el gusto por la aventura y los viajes a países exóticos. Compartían buenos momentos de sus viajes pasados y el nivel de las conversaciones era de personas ampliamente cultivadas.
Marcus se sentía muy bien al lado de Albert, pese a su férreo carácter, y aunque era muy reservado, no tenía empacho en compartir su vida con el millonario americano. Nunca hubiese creído conocer a un personaje muy interesante y tan joven. Siempre aducía cosas que hacer por la mañana y por las noches lo invitaba a caminar por los alrededores de su propiedad. Prefería no cuestionarle sus extraños hábitos, dado que sus encuentros eran realmente entretenidos.
Aprovechaba las mañanas para salir a caminar y muchas veces llegó a andar a caballo por los caminos y atajos de la enorme mansión, con Olaf a su lado. Ya se estaba acostumbrando a su carácter y muchas veces lograba arrancarle alguna que otra conversación.
Unos días antes de partir, Albert se encontraba con Marcus en el enorme salón privado de su casa platicando:
- Así que te vas a París por unos días. ¿Vacaciones? – preguntó con curiosidad el hombre.
- Así es, mi hija adoptiva se casa pronto y quisiera tomar unos días para visitar viejas amistades por allá. Ya sabes, cuando uno tiene que regresar a los negocios ya no se dispone de tiempo libre; además, ya tiene mucho que no veo a mis amigos parisinos – le respondió cálidamente el joven.
- Vaya, quién lo diría mi buen amigo, tan joven y hasta hijos adoptivos tienes, jajaja, ojalá y un día pueda conocer a tu hija. Seguro que ha de ser muy bella y distinguida – le dijo a un hombre quien se había quedado en silencio.
- Gracias, le diré que considere Suiza dentro de sus planes nupciales. Es realmente hermoso este lugar, Marcus – desvió el tema de conversación para no tocar ese espinoso tema.
- Tu hija es bienvenida aquí. Verás que casi siempre estoy solo, pero personas como tú son un raro tesoro de encontrar en este mundo cada vez más hostil – dijo esto último más para sí mismo.
- Pues muchas gracias, no esperaba que extendieras la invitación a miembros de mi familia, realmente me siento muy honrado por tal distinción – le hizo una leve reverencia.
- Me he apartado del mundo por la simple razón de querer estar solo. Disfruto mucho mi soledad, aunque personas como tú son raras de encontrar y no dudo que tu familia sea igual de especial, siempre serán bienvenidos aquí. Hace mucho tiempo que no recibíamos visitas tan joviales y... cálidas – dijo esto con un tono bastante enfático.
- Gracias, quisiera saber si podría comunicarme desde aquí con mi familia a América. Me gustaría saludarla aunque sea por un momento – le pidió atentamente.
- Claro que sí, ni falta hace que lo pidas; aunque estemos alejados de la ciudad, aquí he mandado instalar el teléfono, sobre todo cuando se presentan emergencias en la empresa. Le diré a Olaf que te indique dónde se encuentra la sala de llamadas – acto seguido hizo una referencia a su hombre de confianza para pedirle lo que se había acordado.
Se quedaron hablando por unos instantes más y en cuanto Marcus se retiró, Olaf le llevó inmediatamente a la sala para que hablara con la Tía Abuela. Por el cambio horario no habría problema en comunicarse a su casa.
Primero, llamó rápidamente a Nueva York para hablar un momento con Archie y George, a quien, por suerte encontró ahí:
- ¡Albert! ¿Cómo te ha ido? No te habías comunicado, ya nos tenías preocupados – le dijo Archie.
- No deberían, estoy en un hermoso lugar y mi anfitrión es un hombre muy amable, aunque George no le tenga mucha confianza – le dijo divertido mientras describía a grandes rasgos su estancia en el lugar.
- Si, de hecho estábamos platicando en este momento de ti, ya que me ha mostrado lo que piensan hacer con empresas Storvik y creo que es una enorme oportunidad de negocios – fue interrumpido por su asistente, quién le hizo seña de querer hablarle urgentemente. Le pidió a Archie que le dejara solo un momento, después de varios argumentos, convenciéndole de que todo iba bien.
- Hola, ¿qué tal? Espero que el señor Storvik te esté tratando bien. Albert, tengo un recado urgente de Candy para ti – el rubio le interrumpió, presintiendo algo muy malo en su interior.
- ¿Qué ha pasado? ¿Está mal, le pasó algo grave?
- Tienes que comunicarte directamente con ella a Miami. Me ha dejado los datos de tu representante allá. Está en casa de su amiga Patricia O'Brien y espera de tu llamada. Sólo me dijo que necesita hablar contigo – si algo sabía George, era que ese asunto requería mucha discreción y no quiso ahondar en la ruptura del compromiso.
- En este momento dame los datos, ya estoy preocupado; por tu tono deduzco que no es algo bueno. ¿Qué habrá pasado? - pensaba mientras le dictaba el teléfono de la chica.
- Gracias, dile a Archie que confío en él y cualquier cosa, no duden en llamarme por favor – dijo seriamente el magnate.
- Claro que sí. No te preocupes, Nosotros nos comunicamos contigo, que sigas teniendo una excelente estancia por Europa – finalizó el hombre.
Albert se comunicó a Miami, en cuanto hubo colgado y esperó pacientemente hasta que le respondieron:
- Residencia O'Brien – le dijo una chica que parecía ser parte del personal de servicio.
- Buenas tardes, quisiera hablar con la señorita Candice White por favor – pidió atentamente el ojiazul.
- Claro que sí, permítame – la chica salió corriendo a buscar a la muchacha.
- ¿Albert? – la voz de Candy temblaba de tristeza. Aquello no le gustó al joven.
- ¡Candy! ¿Qué ha pasado? George me ha dicho que estás en Miami, cuando deberías estar preparando tu fiesta de compromiso, dime qué ha pasado, y lo quiero saber todo – le ordenó seriamente el rubio.
- ¡Albert! – la rubia se deshizo en sollozos y como pudo le contó a grandes rasgos lo que había sucedido y la decisión que había tomado.
Albert sentía que su rabia iba creciendo descomunalmente y tenía unas infinitas ganas de irse en ese momento de regreso a Nueva York, sin embargo, se tranquilizó y pensó fríamente.
Un cúmulo de sentimientos iba y venía en su corazón, mientras escuchaba al amor de su vida llorar su desgracia.
Terry no se iba a quedar sin su castigo.
En ese momento quería tenerla alejada de todo eso y una idea se le vino a la mente: llevársela a Europa y dejar que las cosas se tranquilizaran; ya vería después como le haría pagar al actor su mentira.
De eso se iba a encargar él y el otro ya lo tenía más que claro.
- Candy, escúchame bien. Debes tomar el tren hacia Nueva York. Ahí estará George esperándote para darte tu pasaje a Inglaterra. Nos veremos allá y ya podremos pensar con más claridad. Tranquilízate, dime... ¿te encuentras bien? – preguntó al escuchar que la chica sollozaba con más fuerza
- Ay, Albert, han sido demasiadas cosas, me siento sola aquí, sólo Paty ha podido escucharme y no sabes como me ha apoyado, pero te necesito, no tienes idea cuánto... – le ocultó lo de su sospecha puesto que ese día se dio cuenta que no estaba embarazada. Finalmente, no tendría nada que corroborar.
- Pequeña, siempre estaré ahí para ti, no te sientas sola, nunca pienses eso – le dijo el rubio tiernamente.
- Gracias. Sólo déjame arreglar unas cosas aquí y en cuanto pueda me comunico con George para que me arregle el viaje a Inglaterra – ya estaba un poco más tranquila.
- Yo me encargaré de eso, te estaré llamando constantemente. Tenía pensado irme a París, pero esperaré aquí en Suiza hasta que vengas y ya planearemos lo que sigue – la voz del rubio había dejado entrever una sutil emoción que ella no percibió.
Cuando la rubia colgó, sentía que su alma estaba tranquila.
Tenía tanto por hacer, y si quería viajar pronto tenía que apurar la cita con el doctor y además avisarle a Paty; se despediría por carta de su amado Hogar y partiría directamente a Nueva York... ¡maldita sea!
Otra vez su mente la llevó hacia aquella mirada azul que tanto dolor le ocasionaba.
Rememoró los encuentros con Terry y no pudo evitar seguir llorando. Sin embargo, Albert había aparecido para apoyarla y se sobrepondría a su dolor, como siempre lo había hecho.
Esperó a Paty y la hizo partícipe de sus planes.
Acordaron los últimos detalles y solo restaría la revisión médica de Candy. No albergaba buenos presentimientos respecto a eso.
Una duda ya se había sembrado en su interior.
Tuvieron que pasar varios días para que Candy se sometiera a varias pruebas médicas, donde supo que el problema era su matriz, la cual no se había desarrollado del todo bien. El doctor le había advertido que embarazarse sería muy difícil, aunque no imposible, después de muchos intentos.
La chica salió llorando de ahí abrazada por Paty y se dirigió a su habitación a hacer su maleta. Le había estado retrasando a su padre adoptivo el viaje por las pruebas, aduciendo que había tenido que ayudar a restablecerse a una de las chicas que trabajaba en la residencia y que había caído súbitamente enferma.
Albert la esperó pacientemente.
Finalmente su viaje ya estaba listo, esperando salir lo más pronto posible de América.
Llegado el día de la despedida, la chica de cabello castaño abrazó fuertemente a su amiga y con lágrimas en los ojos le dijo:
- Candy, te voy a extrañar mucho amiga, me dejas preocupada, pero por favor, sé feliz, no todo en la vida tiene que girar alrededor de Terry; la vida sigue y tenemos que seguir aferrándonos a ella. Yo confío en que encuentres a alguien que realmente te valore y te haga sentir feliz.
- Gracias por todo, Paty, muchas gracias, te pido una disculpa por todos los inconvenientes que te ocasioné, pero no tenía a quién acudir. Has sido una buena amiga y te agradezco tu discreción. Cuando veas a Annie, dile que siempre será mi hermana y que nunca olvide que la quise muchísimo – le dijo con el semblante desolado.
- Hablas como si nunca nos volvieras a ver, amiga, no digas eso, ya nos reuniremos todos y todos estos malos momentos quedarán en el olvido. No me asustes, Candy – la chica se llevó su mano al pecho.
- Perdona, no quise preocuparte, es solo que necesitaré alejarme por un buen tiempo de aquí, no sé cuánto, pero quiero que siempre recuerden que las quiero mucho, ahora, tengo que irme, gracias por todo. Hasta luego y cuídate mucho por favor – se dirigió al umbral de la puerta y salió.
Paty la siguió con la mirada hasta perderla de vista.
Su corazón le decía que esa despedida era definitiva. Alejó los malos pensamientos y continuó con su vida.
La rubia había llegado hasta el andén.
Se despidió en silencio del lugar; recordó los buenos momentos que había vivido en Miami y haciendo gala de un gran aplomo, abordó el tren.
El viaje transcurrió sin contratiempos.
Solo faltaba pasar la última prueba: Nueva York.
Debía iniciar el proceso de olvido, para poder seguir con su vida.
La chica se encerró en su camarote y se perdió en la vista que el paisaje le daba. Se quedó profundamente dormida.
En cuanto llegó a la ciudad, se contactó con George, evitando en lo posible cualquier encuentro con Archie, así como el hecho de caminar por esas calles que tantos dolorosos recuerdos le traían.
Arregló sus documentos de viaje, solo esperó pacientemente en el hotel que se le había asignado.
Llegó al día siguiente al muelle donde tomaría el barco, en compañía de George. La despedida con él fue breve, sin embargo, al ir subiendo hacia su camarote, su mente ya había dado un adiós definitivo a todo lo que había representado ese país.
El destino seguía su curso inexorable.
Susana se miraba frente al espejo asegurando que su vestimenta estaba perfecta.
La chica llevaba puesto un hermoso vestido color vino con un escote que insinuaba unos senos perfectos. El talle resaltaba su estrecha cintura, mientras una vaporosa cascada de pliegues le llegaba hasta los tobillos. Su cabello había sido cuidadosamente recogido en un complicado peinado que dejaba caer coquetos mechones de pelo enmarcando su fino rostro. Sus labios refulgían con un carmesí muy seductor. Sus ojos azules brillaban con intensidad. Lo que fuera a decirle realmente no le importaba mucho. Quería expresarle que ella también era una mujer digna de ser admirada, aunque estuviese atada a una silla de ruedas. Su mirada recorría con satisfacción cada detalle de su arreglo personal. Su madre la sacó de su concentración:
- Susie, no me fío de lo que vaya a hacer, Terry – le dijo con preocupación.
- Mamá, no debes preocuparte, ante todo es un caballero que no se dignaría en golpear a una delicada mujer en público, además he dispuesto un auto que me traerá de regreso madre. No sé que se traiga entre manos, pero no le daré el gusto de que me vuelva a pisotear – le respondió confiada la chica.
Un leve toque a la puerta sonó, sacándolas de su conversación.
- Es él. Hazlo pasar, madre – dijo decidida Susana.
La mujer se dirigió a la puerta y pidió a Terry que esperara a su hija en la sala. Después de un breve tiempo, Susana hizo acto de aparición frente a él.
Él no pudo ocultar su asombro ante la belleza de Susana, pero el recuerdo de su dolorosa separación lo volvió a su objetivo principal. Un brillo se reflejó en sus pupilas.
- ¡Vaya Susana! ¡No me he percatado lo hermosa que eres! ¿Nos vamos ya? – le dijo descontrolando a la actriz.
- Claro, Terry. A donde tú quieras – el muchacho se acercó a su silla de ruedas y la llevó a su auto.
Ignoró a la señora.
El vehículo se perdió en la lejanía, mientras la madre de Susana se quedaba intranquila en su casa. Un temor se había implantado en su pecho. Sabía que el inglés tenía intenciones muy crueles.
Llegaron a un elegante restaurante.
Terry ayudó caballerosamente a Susana a descender del auto y se dirigieron a la entrada. El recepcionista ya los esperaba para llevarlos al privado que el actor había solicitado. Se acomodaron y el aristócrata pidió que les dejaran solos un momento antes de pedir el menú. Inició su conversación relajadamente:
- Me he dado cuenta que Candy y yo nunca podremos estar juntos, Susana. Pudiste engañarla muy bien, sin embargo, yo sabía que su familia nunca hubiese aceptado nuestra unión – le dijo quitado de la pena. La rubia ni lo interrumpió.
- Tienes que cumplir tu palabra, Terry. No merezco vivir sin tener derecho a una vida normal. Ella siempre supo eso – le respondió muy seria.
Sintió que le hervía la sangre al escucharle decir eso, pero se contuvo.
Nikolas le había pedido mucha cautela para poder llevar a cabo su plan. Tenía que enamorarla y por las buenas. Así que recapacitó rápidamente y siguió actuando.
- Por eso, Susana; me salió caro haberme dado cuenta de eso. No vale la pena que toquemos ese tema. El pasado quedó atrás. Te hablo del futuro. Me gustaría que pudiéramos iniciar una relación bien. Sin reproches ni amenazas – le pidió ante la mirada de asombro de la ojiazul.
- ¿A dónde quieres llegar, Terrence? – fue directo al grano.
- Quiero llevar la fiesta en paz, Susie, además, nunca me he dado el gusto de conocerte bien. Quizá podamos tener muchas cosas en común. Eres una mujer muy bella. Susana... ¡ayúdame a olvidarla! – le pidió tomándole las manos mientras la chica quedaba desarmada completamente.
- Yo... necesito tiempo. Debo asimilarlo. Tienes razón. Debemos darnos tiempo. Hemos pasado muchas cosas negativas y creo que todos merecemos una oportunidad – no supo qué más decir.
Terry sonrió de felicidad para sus adentros.
¡Había mordido el anzuelo! Lo demás sería cuestión de tiempo.
- Susie, prometo que esto será el inicio de una vida nueva. Démonos una oportunidad – su sonrisa era creíble.
- Está bien, amor. Te daré una nueva oportunidad le propuso la chica, no del todo convencida.
- Dejémoslo al tiempo. Quizá terminemos realmente asimilando el hecho de que seremos una buena pareja – le sonrió ya confiado en que había caído en la trampa.
Pidieron el menú y el aristócrata se portó de lo más solícito y amable con ella. Pasaron un buen momento riendo y acordándose de viejos momentos, cuando estaban los dos iniciando en la compañía Hathaway. Susana dejó que Terry la regresara a su casa.
Llegando a la puerta de ella, se despidieron como dos fraternales amigos. Susana estaba convencida de que aquello sería la oportunidad de comenzar una nueva vida.
En cuanto se metió a su casa, Terry se dirigió a su estudio.
Nikolas le esperaba ahí con semblante curioso. El actor le contó detalladamente lo que había pasado. Siguieron conversando animadamente hasta que se despidió, aludiendo que estaba cansado. Quedaron de verse a la noche siguiente.
Terry se quedó solo en su cuarto y sacó del taburete de su recámara su preciado tesoro: la armónica que siempre le acompañaba. Tocó su distintiva melodía mientras su rostro volvía a bañarse en lágrimas. Así lo sorprendió la primera luz del día.
Se había quedado dormido con su inseparable instrumento.
Albert estaba intranquilo.
Sentía muchas ganas de viajar a Nueva York para ajustar cuenta con Terry. Era increíble el cinismo con el que había llevado las cosas con su hija adoptiva.
- ¡Maldito seas! ¡La hiciste tuya a sabiendas de que cargabas con un compromiso, eres un desgraciado, pero te juro que nunca la volverás a ver ni sabrás algo de ella! – sus nudillos estaban blancos del esfuerzo que hacía al mantenerlos cerrados. Inmediatamente se calmó al observar a su alrededor.
Llevaba ya varios días en Zurich y se había sentido muy a gusto en la propiedad. La tranquilidad de la majestuosa residencia aunada al increíble contacto con la naturaleza, le habían relajado de manera increíble. Creía que podía superar por fin el anunciado enlace de la pareja, sin embargo, jamás hubiera esperado que el destino los volviera a separar. Una lejana sensación de alegría se comenzó a hacer latente a medida que iba planeando la llegada de la rubia a Europa.
Una nueva oportunidad se abría ante sus ojos.
- Le daré tiempo para que sane su corazón... ¡Candy, mi amor! – sonrió para sí, con mucha ternura.
Recordó de súbito la estadía en casa de Marcus y meditó sobre su personalidad: era una persona distinguida, de alcurnia, muy gentil y amable, sin embargo, lo que más le había llamado la atención era su forma de vida. Sólo lo veía de noche, no comía ni bebía. La palidez de su rostro era muy evidente. Aún así, sostenían veladas conversaciones sobre infinidad de temas.
Marcus Storvik poseía un conocimiento infinito y muchas noches tenía encantado a Albert escuchándole hablar de las culturas nórdicas. Habían llegado a congeniar bien, y aunque el suizo poseía un semblante bastante serio, muchas veces había llegado a demostrar un interés en él. De a poco iban compartiendo anécdotas personales y las situaciones cómicas literalmente los tenían al borde de las carcajadas.
Le había confesado sin querer el motivo de su estadía en Europa.
El poderoso hombre se mostró respetuoso de sus sentimientos. Conoció en detalle sobre la mujer que le inspiraba tantos deseos y le nació la curiosidad por conocerla. Quizá después de la luna de miel podría hacerlo. Pero no contaba con que las cosas seguirían un curso distinto. En cuanto el rubio le contó lo que había pasado, Marcus le había recomendado que hiciera ir a la chica a Suiza y Albert aceptó su propuesta.
Su amigo tendría oportunidad de conocerla en detalle.
El líder de los Andrey ya había iniciado todo los movimientos necesarios para que la chica viajara. Sólo esperaba con ansia que el tiempo transcurriera rápidamente para tenerla entre sus brazos.
Había decidido aplazar su viaje a París para poder hacerlo más adelante en compañía de la rubia. Había hablado con George y Archie para delegarles las tareas empresariales que tanto lo agobiaban. Si pasaría un largo tiempo fuera con Candy, era mejor dejar de estar pensando en todos sus pendientes. Unos meses viajando le caerían de maravilla y quizá hasta podrían ir a Asia o África, lugar del que había hablado muy seguido a la chica, tiempo atrás.
Esa tarde había llamado a Nueva York, para enterarse de que la chica ya iba camino a Londres. Durante varios días, se preparó para viajar nuevamente a Inglaterra. Mientras aprovechó lo que le quedaba de estancia para afianzar lazos con Marcus y Olaf, así como para recorrer lo más que pudiera de la propiedad para poder enseñársela cuando la visitaran juntos.
Finalmente, un poco antes del día en que la ojiverde estaba por llegar, Albert se despidió del suizo, prometiéndole solemnemente que regresaría tan pronto como estuviesen listos y descansados.
Se dirigió a Inglaterra con una enorme ilusión y alegría colmándole el pecho. Ansiaba tenerla entre sus brazos y sentir su esencia, su ser. Le daría tiempo para que se fuera dando cuenta del enorme amor que le tenía y no la presionaría.
Después de la ansiada espera, el día del arribo del barco llegó.
Desde temprano, Albert estaba en el muelle esperando que el barco fondeara y empezaran a descender los pasajeros. El tiempo se le hizo eterno hasta que la vio a lo lejos.
Si hermosa figura iba cubierta con un hermoso vestido azul cielo y un elegante abrigo de color negro. Haciendo un gran esfuerzo entre la multitud, corrió hasta acercarse a ella, gritando con algarabía:
- ¡Candy! ¡Candy! – la rubia volteó hacia el lugar de donde venía la voz.
- ¡Albert! – su inconfundible grito llenó sus oídos.
Ambos se fundieron en un fuerte abrazo y Candy no pudo evitar derramar unas lágrimas. Permanecieron así por un largo momento, y algunas personas les tomaban por un par de enamorados, tanto tiempo separados.
Albert le dio un tierno beso en la frente y se dirigieron a buscar el equipaje de la chica. Charlaron durante muchísimo tiempo hasta que se acordaron que debían comer. Se dirigieron rápidamente al lujoso hotel donde el magnate había hecho las reservaciones y le ayudó a instalarse en su cuarto. Después de un reconfortante baño para la joven, ambos se dirigieron a un restaurante cercano. Había muchas cosas por decir y por planear.
Albert mostró buen apetito, al contrario de la rubia, que había estado picando su plato, mientras le contaba todo lo que había sucedido. Muchas veces trató de contener el llanto en balde, pero los recuerdos era muy dolorosos. Él tuvo que contenerse hasta que ella terminara su relato.
- Esto es algo que nunca le perdonaré, pequeña. Lo siento, ya estaba advertido y espero que por fin hayas entendido que la relación entre ustedes no podría ser – le comentó tratando de no demostrar su enojo.
- Entiendo que todos estén enojados con Terry, y sé que fue un grave error de su parte ocultármelo; sin embargo, también comprendo la vida que ha llevado y llevará al lado de una mujer como ella – le respondió evadiendo la mirada hacia otra parte. Sus sentimientos estaban anestesiados.
- ¿Qué tienes pensado hacer de tu vida? - le preguntó el joven.
- No quiero estar en América. Se me han venido muchísimos problemas a causa de todo esto, y yo... no me siento bien, sabiendo que ella tendrá un hijo de él – su mirada brillaba por las lágrimas. El amargo resultado médico se lo guardó para ella, aún a sabiendas de que Albert ya tenía conocimiento de su relación íntima con el actor.
- Candy, no te dejaré sola. Eres muy importante para mí y aunque sé que siempre estará presente ese sentimiento por él en ti, no pierdo la esperanza de que algún día llegues a interesarte en mí. Ahora, dejemos de lado el tema y centrémonos en lo que viene. Por ahora se me han estado abriendo muchas oportunidades de inversión en Europa y he estado pensando que podríamos radicarnos aquí, quedando yo al frente de la representación Andrey en lo que concierne al continente europeo, y delegar la representación a Archie y George en Estados Unidos. Puedes dedicarte a seguir con tu trabajo aquí y seguir estudiando. Creo que es una excelente oportunidad para comenzar, ¿qué opinas? – miró intensamente a la rubia.
- Albert, yo, no quiero ocasionarte problemas con la Tía Abuela, no creo que consienta... – un dedo del millonario se posó suavemente sobre sus labios.
- No digas nada de eso; por favor, déjamelo a mí. Ella no dará problemas estando del otro lado del continente. Confía en mí – le dijo tiernamente.
Ella le miró durante un breve momento con los ojos llenos de agradecimiento y aunque sabía del enorme amor que le tenía, no podía dejar de deberle tantas cosas a él. Por ahora no tomaría en cuenta la posibilidad de llegar a algo con él. Lo dejaría a su tiempo. Quizá si fuese cierto que Terry sólo había significado un sufrimiento en su vida, peor muy en el fondo, sabía que sería casi imposible volver a amar con la misma intensidad que lo hiciera con el aristócrata.
Salieron del restaurante y estuvieron paseando por la ciudad.
Había que iniciar con varias tareas, entre ellas buscar un lugar donde vivir, así como una institución donde la chica pudiese continuar con su noble labor de enfermera.
Un hermoso día se abría ante ellos y Candy, por primera vez en mucho tiempo, pudo atisbar un signo de esperanza que le daría la oportunidad de poder seguir adelante, sin cargar con el pesado lastre amoroso que había significado Terry.
No se forzaría a llegar a algo con Albert, sin embargo, estaba decidida a vivir junto a él, como parte de la familia Andrey que era, y también con la oportunidad de llegar a conocerlo a profundidad. Si no era él, otra persona llegaría y tal vez podría despertar la llama del amor en su corazón.
Tal vez.
Sí, el tiempo lo decidiría.
Un año y medio después...
Terry seguía consolidándose como el mejor actor de teatro de Broadway.
Los innumerables premios y reconocimientos de distintos medios le habían granjeado la admiración desde diversos confines del mundo.
Robert Hathaway pensaba seriamente en tener un cuarto especial para las miles de cartas que recibía el actor en muchos idiomas. Habían tenido oportunidad de hacer giras en muchas partes del mundo, incluyendo Europa y Latinoamérica, con enorme éxito.
Había seguido con una actitud distante ante los medios de comunicación cuando se le preguntaba sobre su vida personal, sin embargo, dado el enorme carisma que poseía, le perdonaban sus desplantes al contestar de mala gana ese tipo de cuestionamientos. Nunca daría información personal que implicara el desarrollo de chismes o comentarios malintencionados.
Su relación con Susana Marlowe ya había comenzado a dar sus primeros frutos.
Al principio había una enorme desconfianza de parte de la chica, sin embargo, el actor fue paciente con ella, y a través de halagos, demostraciones de afecto y comentarios que la hacían sentirse bien, la joven fue cediendo hasta volverse a enamorar perdidamente de él. Sin embargo, la madre de Susana sabía que Terry se traía algo. Como no había argumento alguno capaz de echarle en cara, al ver como trataba a su hija, aprovechaba cada momento a solas con él, para amenazarle por si en algo llegaba a perjudicar a Susana más adelante.
Él sólo se limitaba a escucharla y seguirla ignorando tan olímpicamente como siempre; mientras su novia le creyera, lo demás no le interesaba. Se regodeaba felizmente haciéndole desplantes a la mujer, y de alguna manera sacaba todo ese coraje que les tenía a ambas. Por ahora era el turno de la señora Marlowe, después, le tocaría a Susana.
Seguía frecuentando mucho a Nikolas.
Se habían vuelto amigos inseparables.
El empresario había apoyado anímicamente a Terry, amén de seguirle en muchas de sus representaciones. El actor seguido le acompañaba a ver las exposiciones que montaba y habían comenzado a idear más adelante una posibilidad de incursionar en la empresa teatral, apoyando a gente de escasos recursos con potencial de talento para brillar en el escenario. Había podido conocer un mundo ilimitado de personas a través de su amigo, aunque Nikolas siempre seguía siendo el más raro de todos ellos.
Sólo su sed de venganza le permitía estar cerca de la muchacha.
Sufría enormemente cada que se acercaba a darle un beso o abrazarla. Cerraba sus ojos y pensaba en ella, en su olor, en su cuerpo, y solo así se infundía ánimos para seguir adelante con su plan. En cuanto la tuviese segura, le haría pagar uno a uno su maldita intromisión y el engaño en que había sumido su relación con la pecosa.
Aprovechaba las giras artísticas para refrescar su mente y poder seguir soportando el noviazgo.
Nikolas le estaba ayudando a preparar todo lo necesario para cuando llegara el momento tan anhelado por las Marlowe: el enlace matrimonial.
Su madre, la actriz Eleanor Baker, al igual que su padre, se habían quedado sin habla al saber que Terry había reanudado la relación con la ex actriz.
- Hijo, no entiendo qué es lo que te traes entre manos. ¿Después de todo lo que te hizo pasar en Chicago y echar por la borda la relación que tenías con Candy, aún así, regresas a ella? Me tienes preocupada. Tu padre también lo ha externado. No te llevará a algo productivo si piensas hacerle algo por desquitarte – había acertado sin querer la hermosa actriz.
- Mamá, sé que piensan así pero créanme, estoy bien, simple y sencillamente, entre Candy y yo dudo mucho que se llegue a dar algo; estoy resignado a estar lejos de ella. Por favor, no me hagas más preguntas ¿sí? Creo que tengo derecho a darle una oportunidad a Susana. – le decía de forma molesta.
Eleanor no insistía mucho, conociendo el temperamental carácter de su hijo, aunque sabiendo que mentía.
Terry no la había querido hacer partícipe de su plan, porque conocía a su madre, y jamás se prestarían a participar en la treta que había organizado junto a Nikolas. Así que la haría parte del evento con total naturalidad. Había que organizar todo de tal manera, que las únicas que sufrieran la verdad fueran las Marlowe.
Mientras seguía con su vida profesional en auge, sus sentimientos seguían anclados a su pecosa. Su estudio había sido testigo de todas esas noches desoladas y solitarias en que veía su pintura, aquella donde estaba magistralmente plasmada la esencia de la mujer que tanto amaba y tocaba su armónica.
Muchas veces, Nikolas se encontraba con él y le dejaba expresarse, ante su mirada serena. Había momentos en que trataba de animarlo y le hacía ver que había otras mujeres, otras posibilidades pero sabía que él nunca lo aceptaría. De a poco sentía que su alma se iba adaptando a la desolación emocional que le atosigaba.
Si no habría nunca una oportunidad con Candy en ese momento, prefería dejar de lado el tema del amor.
Una tarde, días después de una exhaustiva gira que los había tenido fuera por varias semanas, Terry se encontraba charlando con Robert sobre la inminente formalización del compromiso con Susana.
Desde hacía tiempo que Robert se había aguantado las ganas de preguntarle por qué esa relación tan súbita con la que tanto daño le había hecho, y se le estaba presentando la oportunidad en ese momento. El sábado próximo le había reservado un lugar privado en un elegante restaurante y le había comprado un hermoso anillo de compromiso, para dejarle en claro su intención de ponerle fecha a su boda.
Curiosamente, después de que había regresado con la chica, ésta no había hecho comentario alguno para presionarlo por la boda, ya que el actor la trataba muy bien. Su amigo solo le escuchaba:
- Robert, te aviso que pronto le voy a dar una fecha a Susana para casarnos – Robert casi salta de la silla por la noticia.
- Terry ¿qué te traes entre manos? No es normal esto que estás haciendo. Ella te hizo muchísimo daño, y la haces tu novia, encima, ¿te piensas casar con ella? La venganza no es buena, me preocupas realmente – fue interrumpido abruptamente por el actor.
- Sé lo que hago. Después de todo, la relación con Candy siempre presentó problemas y obstáculos. Quizá, Susana solo adelantó las cosas – el chico no sonaba convincente, y su amigo calló su impresión.
- Sólo espero que no sufras por las consecuencias de tus actos, Terry. No eres el indicado para vengar los errores de Susana – le sentenció Robert.
- Te pido no te metas. Es mi vida, y sé lo que hago con ella. Es la decisión que he tomado y espero la respeten – el tono de su voz sonaba molesto. El hombre solo le observaba.
- Será como tú digas; te deseo lo mejor, y no me gustaría volver a verte sufrir chico. Ojalá no hayas errado tu decisión - le atajó el señor Hathaway.
- Gracias por tu comprensión. Sé lo que hago y estoy perfectamente consciente de lo que hago – le aclaró de forma terminante.
Siguieron conversando sobre temas relacionados al teatro. Horas después el joven se retiró a su casa.
El día de la cita con Terry, Susana se encontraba dando los últimos detalles a su rostro.
Terry le dijo que sería una ocasión muy especial.
Por tal motivo, se había mandado a confeccionar un exclusivo vestido púrpura, con gasas vaporosas en el enorme faldón. El escote era discreto y marcaba su pequeño talle. Unas mangas ajustadas con un leve vuelo en el antebrazo, le daban una vista bonita al vestuario. Un peinado sobrio le recogía completamente el cabello dejando un mechón de lado, y el discreto maquillaje la hacían verse muy bella.
Su madre la observaba a un lado.
Hacía tiempo que había comenzado a creer un poco más en la actitud del actor, sin embargo seguía teniendo sus reservas. Estaba ayudando ese día a su hija en su arreglo y conversaban animadamente, cuando llamaron a al puerta. Susana se apuró para quedar lista mientras su madre bajaba a abrir la puerta, para encontrarse con un apuesto Terry, enfundado en un elegante traje, luciendo más apuesto y encantador que de costumbre.
- Buenas tardes, señora Marlowe, vengo por Susie – le indicó gentilmente.
- Claro que sí, pasa y siéntate; baja en un momento – le hizo señas de que le siguiera a la sala y de ahí se dirigió al cuarto de su hija.
El joven se quedó en la sala del lugar mientras seguía poniendo en orden sus pensamientos. Tenía que comentarte sutilmente que le diera tiempo para consumar el matrimonio. Ya la había convencido de que le interesaba mucho, sin embargo, le había dejado en claro que necesitaba tiempo para superar sus pérdidas, a lo que la actriz había accedido sin cuestionamiento alguno. Sentía tan segura de estar con él que ya no lo había presionado en nada.
La chica hizo acto de aparición y Terry la condujo hasta el auto.
Realmente se había esmerado en su arreglo, ya que la encontraba atractiva, sin embargo, el solo recordar lo que le había dicho a Candy, le hacía hervir la sangre del coraje y seguía esperando pacientemente para desquitarse.
Se despidieron de la madre y se dirigieron al restaurante. Estando en privado, comenzaron a charlar de cosas triviales.
Terry le compartió algunas noticias de la gira y lo contento que estaba por el éxito que había tenido la obra. Susana le escuchaba fascinada e imaginando lo bien que se sentía estar en el escenario. Una lágrima resbaló por su mejilla, y él delicadamente la retiró:
- ¿Por qué lloras, Susie? – le preguntó el joven.
- Extraño mucho los escenarios y no puedo evitar ponerme así; me entra seguido la melancolía cuando me cuentas todas esas cosas, disculpa, trataré de que no vuelva a suceder – bajó el rostro.
- No debes ponerte así, ya sabes que puedes regresar al teatro cuando quieres, solo debes decidirlo – el aristócrata se ponía feliz de verla sufrir por su situación, pero lo fingía muy bien.
- Cambiando de tema, ¿a qué se debe hoy esta cena tan especial? – le preguntó con curiosidad Susana.
- Te daré la sorpresa después de que cenemos, querida – respondió cuando le hacía señas al mesero de que ya les llevaran la cena.
Terry había ordenado un exclusivo menú francés así como una fina champaña, para beneplácito de la chica.
Cenaron mientras se volvían a perder en conversaciones generales. A la hora del postre, la chica se encontraba degustando un exquisito pastel de trufa de chocolate. A
Al finalizar, él la observó fijamente y la chica se sonrojó:
- ¿Qué pasas, Terry? Me pone nerviosa que me veas así – le dijo apenada.
- Observaba lo bella que eres Susana, y yo no me había dado cuenta – le respondió mientras su mirada se intensificaba sobre ella.
- Tú sabes lo mucho que te amo, no tienes idea lo bien que me he sentido todo este tiempo a tu lado; sé que tuve una actitud muy negativa con respecto a Candy, la verdad estoy arrepentida, sin embargo, a pesar de todo, has sabido perdonarme y eso... es algo que no creía iba a suceder. Gracias, por haberlo hecho – le tomó cariñosamente una mano, mientras el actor canalizaba toda su furia hacia lo que tenía que decirle. Ya tenía un maravilloso pretexto. Sacó una elegante cajita negra y se la dio a la chica.
Susana la tomó lentamente, mientras sentía que su corazón explotaría en ese momento al intuir de qué se trataba.
Un hermoso brillante solitario se asomaba hacia ella, mientras la voz del aristócrata la sumía en imágenes de la futura boda:
- ¿Quieres ser mi esposa? – le preguntó intensamente el muchacho.
- Te... Terry... yo no esperaba este momento - titubeó la chica con la sorpresa plasmada en su rostro.
- Susie, creo que ha llegado el momento de formalizar la relación, es una deuda que te debo hace tiempo, sin embargo, quisiera tratar contigo algo bastante especial: tú sabes que... yo necesito tiempo para seguirme abriendo a ti. Todavía sigo en el proceso de olvidarla. Espero comprendas si no estoy preparado todavía para una relación más íntima. Quiero amarte sin pensar en ella, por favor... mi amor... dame tiempo... – le suplicó mientras llevaba sus manos a sus labios.
- Yo... entiendo lo que debes estar pasando. No te había querido presionar con la boda, pero si realmente quieres hacerlo ya y estás convencido de hacerlo, yo acepto feliz casarme contigo, ¡quiero ser tu mujer! Y te daré tiempo. Prometo no presionarte. Confío en que todo se vaya dando de forma natural, al paso del tiempo. ¡Ay, que estoy feliz! ¡No lo puedo creer! – dijo en un gritito de alegría. Terry sintió que por fin la suerte y la justicia estaban de su lado.
- Te tengo otra sorpresa, nena: he estado preparando todo lo referente al enlace civil. Ya tengo al juez y el lugar, y dejo a ti y a tu madre hacer la lista de invitados. Sólo te pido que no sean muchos. No quiero a la prensa presente. Esa es la única condición que he puesto al evento. Ya sabes a estas alturas que detesto se metan en mi vida personal. Lo hago por nuestra seguridad, Susie – se acercó a ella y le dio un tierno beso en los labios. Realmente cuando se proponía ser encantador, lo lograba a la perfección, porque la chica iba cediendo a sus propuestas.
- Dime, ¿será en un salón? ¡qué emoción! Está bien, yo confiaba en que estarían presentes los medios de comunicación, pero te entiendo mi amor, sé que estás harto de que te acosen. No me interesa, lo importante es que ¡finalmente estaremos casados! – lo abrazó como si la vida se le fuera en ellos. La sonrisa triunfal y cínica de Terry se dibujó a sus espaldas. Todo iba marchando de maravilla.
- Mi amor, la ceremonia la he previsto en el enorme escenario del teatro donde está la obra de Robert. Es en honor a ti nena, porque siempre has estado conectada a la actuación y los reflectores – esto lo dijo mordazmente, pero lo matizó. Susana realmente estaba boquiabierta sin creer lo que sus oídos y ojos veían.
- ¡Terry! ¡Gracias! ¡No lo hubiera imaginado, Dios mío, muchas sorpresas esta noche! ¡Estoy tan feliz!, ¡casarme en el teatro! – no se imaginaba lo que él sentía, al verla así.
- "¡Maldita estúpida, ha iniciado tu descenso al infierno en el que solo tú faltabas estar, víbora, ya te llegará poco a poco tu desgracia, No te imaginas que contento estoy de ver todo esto!" – pensó mientras la abrazaba con fuerza. Sólo faltaba el último comentario. Todo había estado previéndose hacía tiempo, y sabía que la chica ambicionaba su título nobiliario, así que la previno de una buena vez. - Susie, es necesario que sepas que el título de mi padre ha quedado en manos de mi hermano. No pienso dejar los escenarios y mi padre lo ha aceptado de manera resignada. Espero eso no te moleste mi vida – la cubrió de besos por toda la cara. La chica estaba en las nubes.
- Sí, Terry, no me importa, no me interesa, estaremos casados y por fin estarás conmigo – le devolvió el acto.
- Así será, Susie, así será – sentenció el actor con una enorme sonrisa en sus labios.
Continuaron departiendo por un rato más y el aristócrata la llevó de regreso a su casa.
Esa noche, la pareja durmió, cada cual, por su lado, feliz.
Ella, por la felicidad de cumplir su más anhelado deseo.
Él, por iniciar por fin el cobro de cada una de sus desdichas y lágrimas derramadas por su frustrada relación con su inmortal amor.
