CAPÍTULO XIV

Advertencia: Este capítulo contiene escenas eróticas que pueden lastimar o herir susceptibilidades.

Nikolas les había dejado solos, al ver a la pareja más tranquila.

Finalmente, el paso más difícil ya se había dado. No esperaba una buena recepción por parte de su gran amigo, sin embargo, al ver que las cosas se habían dado de manera aceptable, se había quedado tranquilo, por lo que había optado por retirarse. Tenían que planear algo ya, debido al ataque que habían sufrido Aisha y Terry.

Lo vería por su cuenta.

Terry estaba lleno de enormes emociones encontradas, que no sabía si atribuirlas a la sorpresa, la tristeza o la dicha de saber al amor de su vida aún sobre la tierra.

Al verla por primera vez después de tanto tiempo, sintió que un enorme agujero se abría a sus pies cuando Candy se iba descubriendo poco a poco. Finalmente, se había tranquilizado.

Venía de saber de su existencia, de que Albert lo quería matar y por si fuera poco, del primer ataque que había sufrido al lado de Aisha, quien ya le había comentado de su interés en la supuesta Irina.

Ahora entendía por qué.

Candy, por su parte, se había sumido en el más completo de los silencios.

No atinaba qué decir, puesto que había visto la expresión de Terry al descubrir su verdadera identidad. Tenía tantas ganas de abrazarle y demostrarle cuánto lo amaba pero... tuvo que reprimirlas.

El desconcierto del actor la había desanimado.

Después de ese abrazo, Terry se encontraba parado mirando a través de la ventana, las luces de la ciudad iluminaban a ésta, en un calidoscopio de diferentes colores. En su pecho, sentía arder sentimientos que quería expresar. Quería hablar, gritar, golpear, hacer daño; con esfuerzo, empuñaba sus manos, tratando de detenerse a sí mismo. No sabía cuánto más podría soportarlo.

El silencio era en verdad agobiante, sus azules ojos destacaban entre aquella palidez de su rostro, llenándolo de confusión.

- No sé que decirte - habló al fin después - Esto es... simplemente demasiado para mí. He cargado con tantas interrogantes que, no sabría por donde comenzar – inició el joven su conversación. Su voz parecía temblar. El silencio regresó.

El inglés volteó y encontró de pie, la figura de ella, mirándolo con los ojos llenos de tristeza, de nostalgia… de amor… Él la veía sin reconocer las emociones que sentía en ese momento. La dejó de pie mientras volvía a darle la espalda. Su voz volvió a romper el incómodo momento:

- ¿Qué pretendías al regresar aquí, presentarte como si nada y encima mandar a arreglar mi tumba? – dijo esto con mucho pesar e ironía, al comprender ahora quién había sido la responsable de aquel acto.

- Cuando salí de Chicago, hace muchos años, nunca regresé a Estados Unidos. Yo... no tenía el valor de hacerlo. Era muy doloroso para mí todo. Ahora, hasta hace poco comenzó la nostalgia de regresar y Albert… se opuso desde siempre. Ahora entiendo por qué su actitud – bajó la mirada, mientras recordaba todas esas noches de sufrimiento por su ausencia, y trataba de olvidar ese abuso del que había sido víctima.

- ¿Todo este tiempo estuviste con él? – el tono de su voz se elevó, con cierta celosía.

- Sí. Yo no entendía en qué me había convertido al principio… – le costaba aceptar demasiado su condición. Habló lentamente.

- Quiero preguntarte algo, ahora que después de tanto tiempo, no pude hacer antes, – seguía de espaldas a ella – ¿Por qué no me diste la oportunidad de probarte que Susana mentía y volviste a decidir por mí? – la pregunta fue digerida difícilmente por la joven.

- Porque… ¡llegó embarazada con ese supuesto doctor quien me había confirmado su estado! – Candy no pudo más con su actitud que hasta entonces había tenido, de supuesta tranquilidad - ¡Dios! ¡Yo no quería separarme de ti, pero no iba a permitir que ese niño naciera sin padre – la rubia se dejó caer en el sillón. Terry se volteó y la observó, sus manos empuñabas delataban claramente el sentir que estaba experimentando. Su ceño estaba fruncido y sus ojos refulgían como llamas.

- ¡Te busqué inmediatamente con tus madres! ¡Nadie supo dónde te habías metido! – su voz tenía un grave tono de reclamo - ¡No me diste derecho a réplica, eso me dolió demasiado!

- Me había ido de la ciudad. La Tía Abuela me corrió esa noche y yo, no quise saber nada en ese momento… sospeché que quizás había quedado embarazada – aquello hizo voltear al joven.

- ¿Qué dices? ¿Embarazada? ¿Y entonces por qué me dijiste que tendrías todo bajo control? ¿Qué le pasó a mi hijo? – instantáneamente estuvo frente a ella sujetándola de los brazos, el tono de su pregunta fue bastante agresivo.

- Nunca… hubo embarazo… - ella bajó la mirada - el doctor después me confirmó que... difícilmente podría embarazarme… - dijo con dolor - así que, después de eso, decidí alcanzar a Albert en Europa – tenía sus manos en su rostro – el resto, creo que ya lo sabes – él le había soltado, mientras caminaba unos cuantos pasos, dándole nuevamente la espalda

- Yo... no sé qué decirte. Todos estos años permanecí creyendo en una maldita mentira, rindiendo tributo al recuerdo de una mujer que nunca murió – la frase dejó pensando a la rubia.

- ¿Y tú crees que fuiste el único? – la voz de Candy fue de infinito rencor - ¿Crees que yo no pasé muchas noches sufriendo y recriminándome esta maldita condena que me obliga a matar humanos? – su rostro cambió a un total enojo - ¡No sabes cuánto odio a Albert por haber permitido convertirme en...! ¡Esto! No lo puedo soportar más... – su voz se quebró - sin embargo, nunca entendí si era cobardía la de no querer morir esperando el sol… quizás la esperanza siempre pudo más que yo… – gritó toda su desesperación mientras sus lágrimas resbalaban por sus mejillas – posiblemente ahora sea demasiado tarde… - comenzó a caminar

Terry volteó sorpresivamente. La chica se había dirigido a la puerta y corrió a detenerla.

- ¿Hacia dónde crees que vas? – la alcanzó a pescar de un brazo

- ¡Suéltame!

- ¡No! ¡Aún no hemos terminado!

Haciendo uso de su fuerza lo empujó logrando separarlo de ella.

Terry logró detenerse antes de estrellarse contra una pared, y con su mismo impulso volvió a acercarse hasta quedar pegado a ella, quien lo recibió mostrando sus colmillos con furia.

- ¿Por qué? ¿Por qué?

Sus palabras sonaron dolorosas, poco a poco Candy volvió a esconder sus colmillos dejando ver su rostro tan cándido y tranquilo.

- ¿Acaso crees que fuiste el único que ha vivido esta pesadilla? No, Terry… -

- ¿Por qué no me diste oportunidad de nada? ¡Pudimos haber tenido una vida diferente! -

- ¿Cómo? – se hizo a un lado, no podía soportar más estar pegada al cuerpo de él sin desear besarlo - ¿Dejando a tu hijo sin padre? ¡Sabes bien que nunca aceptaría hacerlo!

- Pero preferiste abandonarme… sin importarte mis sentimientos… - reclamó – entonces no me amaste lo suficiente.

- ¿Crees que no te amé lo suficiente? – se volteó con una furia en su rostro - ¡Te amaba más que a mi propia vida!

- Pero… ¡dudaste de mí! ¡Creíste en las palabras de Susana! - Aquel punto era difícil de rebatir – si realmente me hubieras amado, hubieras confiado en mí… -

- Ya ha pasado mucho tiempo… no tiene caso continuar con esto… -

- ¡Ah no! ¡Claro que sí tiene caso continuar! – Candy lo miró sin entender - ¿Te das cuenta que por tu culpa, por tu irracionalidad somos lo que somos ahora? -

- ¿Por mi culpa? -

- ¡Sí! ¡Si tú no hubieras vuelto a decidir por los dos, si tú no hubieras sido tan terca, estaríamos juntos! – su voz estaba llena de dolor, de rabia - ¡Le creíste más a una maldita mentirosa que a mí! -

- ¡Hubieras estado en mi lugar! – le gritó

- ¡Yo si hubiera creído en ti!

Los dos respiraban agitadamente, mientras el añejo resentimiento se volvía a hacer presente. Terry a pesar de todo, no podía creer que la dulce Candy, aquella chica tan tierna, se hubiera convertido en una no muerta, eso era lo que más le dolía, porque él sabía lo que era vivir esa pesadilla.

- ¿Acaso me hubieras perdonado el que yo estuviera con otro hombre? – dijo mirándolo fijamente, éste sólo apretó los labios - ¿Lo ves? – sonrió burlona – no lo hubieras hecho, me hubieras condenado y no te hubieras alejado de mí… ¡Pero no fuera el gran Terrence Granchester quien lo hiciera! – dijo sarcástica – ahó sí que debería perdonarlo… -

- Quizás… - se acercó a ella, amenazante – no me hubiera alejado, ni te hubiera perdonado, pero… si te hubiera matado… - ella lo miró entornando los ojos -

- Creo que estamos perdiendo el tiempo aquí… yo ya vine a decirte lo que está sucediendo con Albert… solo me resta pedirte que te cuides… Él no es el mismo que conocimos… - comenzó a caminar hacia la puerta.

- ¿Cuándo te acostaste con él, lo disfrutaste como conmigo? – escuchó a su espalda y volteó a mirarlo con asombro.

- ¿Perdón?

- ¿Gozaste su cercanía, Candy? – le cuestionó nuevamente el inglés.

- Creo que no es de tu incumbencia -

- ¡Claro que lo es! – con un gruñido volvió a acercarse a ella - ¡Si lo hiciste! – siseaba – lo huelo en ti… ¡huelo otra esencia que no es mía! ¿Fuiste de él? – ella no contestó, limitándose a observar los azules ojos que ya se habían vuelto rojos - ¿Acaso él te hizo sentir lo mismo que yo? – ella tembló al sentirlo así tan cerca - ¿Olvidaste los momentos que pasamos juntos? – dijo, pasando su rostro y su boca rozándole el cuello y los hombros, mientras iba sacando poco a poco sus colmillos – tu aroma… es único… - dijo, apasionado – pero no me parece que huelas a alguien más… dime Candy… - rozó la vena que palpitaba por su cuello - ¿Te hizo sentir lo mismo? ¿Gozaste igual con él como conmigo?

Candy respiraba agitadamente, aquellas palabras la estaban volviendo loca, no sabía cuánto más iba a poder soportar las ganas que sentía de atrapar aquellos labios que la estaban torturando poco a poco haciéndola estremecer de deseo.

¡Por supuesto que no había gozado con Albert! ¡Por supuesto que no le había hecho sentir lo mismo que Terry! Jamás logró experimentar el mismo éxtasis que vivía en los brazos de Terry, jamás logró alcanzar el mismo cielo cuando lo tenía dentro de ella, pero… eso no lo diría… aún…

- Vamos… - su voz era hipnótica – dime… - la lengua de Terry recorrió la curvatura de su cuello haciendo que exhalara un gemido – dime…

- No… déjame ir… - logró articular unas palabras.

- ¿Dejarte ir? – dio un leve mordisco en uno de sus hombros haciéndola temblar - ¿Sabes cuánto te deseo? ¿Sabes cuánto quisiera que todo mundo supiera que eres mía? – sus labios llegaron a milímetros de la boca de ella.

- Terry… - murmuró pegada a él.

- ¡Voy a hacer que dejes de oler a él, tu aroma está enervando mis sentidos, me vuelvo loco de pensar que has sido de él!

Y comenzó a besarla fieramente, pegaba su cuerpo al de ella arrinconándola en la pared, la besaba con una obsesión única, quería absorber todo de ella, dejarla sin aliento, que sólo pudiera escuchar su nombre en sus labios, hacerla estremecer del mismo deseo que estaba ardiendo por ella.

Las manos de él comenzaron a acariciarla por encima de su ropa, apretó con una mano uno de sus senos, mientras con la otra había logrado subir su falda hasta encontrar uno de sus muslos.

- Terry… quiero volver a ser tuya… - dijo con agitación – quiero sentirte nuevamente dentro de mí… -

- Lo volverás a ser y esta vez… será para siempre… -

Como si hubiera sido la señal que él esperaba, comenzó a romper las ropas de Candy salvajemente, ella no opuso resistencia, y como si su condición vampírica le ganara, sintió unas enormes ansias de beber la cálida sangre humana, queriendo poseer, del mismo modo, a aquel hombre.

Pronto quedaron completamente desnudos, sin dejar de besarse. Era una lucha de poder. Ya no eran aquellos chiquillos de hacía casi un siglo, que vivían una relación con calma y suavidad; ahora eran dos personas, cuya necesidad de poseerse era más grande que todo en el mundo.

No había prisas, no había tiempo, podían amarse hasta saciarse.

Terry se controlaba para no enterrar sus colmillos y probar aquella sangre que lo estaba enervando hasta hacer nublar sus sentidos, la excitación era tan grande que solamente atinaba a chupar, dejando sus huellas.

Lo mismo sucedía con Candy, ya que al tener la sangre más antigua que la de Terry, le era mucho más difícil de controlar, así que solamente trató de conformarse con pequeñas mordidas, sin que saliera el rojizo líquido.

Ninguna parte del cuerpo de los dos fue dejada de lado.

Terry fue sorprendido por una apasionante mujer que sin inhibiciones le hizo sentir el mayor de los placeres.

Por fin… después de tantos años… volvieron a ser uno mismo. Él volvió a sentir su cuerpo, aquel que tanto había extrañado, haciéndolo sentir completo.

Ella gritó el nombre de su amado al sentir a aquel intruso invadir su intimidad.

La posesión fue algo único, desesperado, salvaje, pasional, con total lujuria, las emociones más fuertes se centraron en aquel encuentro, las embestidas que daba, arrancaban fuertes gemidos por parte de la rubia quien parecía estar excitada de una manera completamente fuera de serie. Lamentablemente tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no encajar los colmillos en aquella vena que palpitaba en el cuello de ella, así que solo la mordía tratando de que no sangrara.

Igualmente, ella sentía el olor de la sangre de Terry y lo que trataba de hacer para poder saciar un poco su ansia, era enterrar sus uñas dejando un rastro que inmediatamente se borraba.

Pronto, los dos sintieron un gran estremecimiento que los hizo sacudirse y gritar al mismo tiempo sus respectivos nombres.

El cuerpo de Terry cayó encima de Candy quien lo envolvió en sus brazos, aún las piernas de ella estaban rodeándolo por sus caderas haciendo que él continuara dentro de ella, el castaño temblaba de placer al sentir los femeninos espasmos que aún lo mantenían preso dentro de ella.

Sus respiraciones eran completamente agitadas.

Poco a poco se fueron calmando, sus cuerpos desnudos. Yacían en el suelo alfombrado de aquella habitación. Candy lo soltó suavemente y el cuerpo casi sin fuerzas de Terry cayó a un lado de ella, quien se volteó un poco para poderlo ver.

Observó su perfil mientras sus ojos se suavizaban en una mirada llena de amor, él los mantenía cerrados, respirando aún agitadamente, pero al sentir la mirada de ella los abrió volteó a mirarla, ya no estaban rojos, habían vuelto a la normalidad.

- Perdón… - susurró él

- ¿Por qué? – preguntó ella

- Te he lastimado… fui muy brusco contigo… -

- No… no fue así… -

- Si… no pude controlarme… -

- Yo tampoco… -

- Trataré de no… -

- Shhh… - le puso sus dedos en los labios – tratarás de hacerme el amor como tú quieras… no importa si no te puedes controlar, no quiero que lo hagas… quiero que me ames de la misma manera siempre… -

- Candy… - la jaló hacia él y pasó su nariz por su cuello – ahora vuelves a ser mía… -

- Siempre he sido tuya… siempre estabas en mi mente, en mi corazón… - lo miró con ternura – nunca pude olvidarte… -

- Yo tampoco lo pude lograr… -

Se dieron cuenta que el amanecer ya estaba llegando.

Terry se levantó por un momento, para apagar las luces y solo dejar un elegante candelabro antiguo encendido, dándole un toque romántico al ambiente, mientras ella le seguía con la mirada, recreándose ante aquella maravilla de cuerpo que su amado poseía. Sintió como en la parte baja de su vientre volvía a sentir aquel dolor ocasionado por la excitación.

Cuando volvió a ella, la vio sentada de rodillas. Iba a acomodarse nuevamente junto a ella, pero le detuvo poniendo una mano en su vientre, quedando a la altura de su masculinidad.

- Candy… ¿Qué…? – preguntó,

Su cuerpo se tensó al sentir lo que la rubia estaba haciendo, cerró sus ojos y comenzó a sentir como la excitación comenzaba a crecer de nuevo.

Y nuevamente volvieron a tener otro encuentro, pero esta vez fue más suave, más tranquilo, disfrutaron hasta quedar completamente saciados.

Posiblemente este encuentro era lo que les había impedido a los dos esperar el temido amanecer y desintegrarse en cenizas, cada quien por su lado, quizá, sin quererlo reconocer, continuaban sintiendo las esperanzas de volverse a encontrar algún día.


Más tarde, después de haber pasado juntos aquel inevitable letargo, sus cuerpos desnudos yacían ahora acostados en la cama de ella, abrazados, entrelazando sus piernas debajo de la sabana, disfrutando del toque de sus pieles.

Terry acariciaba el cabello de ella, mientras la tenía recostada en su pecho. Ésta sentía la calidez de aquel abrazo en la que la mantenía él, con uno de sus dedos acariciaba igual su pecho.

- Nunca te he dejado de amar – le dijo de repente la rubia, sintió como él la abrazaba con más fuerza besando su cabeza

- Yo tampoco lo he hecho… - una pausa que después fue rota por él mismo - ¿Cómo se enteró Albert de mi existencia?

- No lo sé, nunca me dijo que existías – comenzó a contar - Esa noche, en el hotel, cuando llegaste a saludar a Nikolas... fue cuando yo me enteré de tu existencia. Fue demasiado para mí. No lo podía creer y él se dio cuenta. Por eso ha actuado así. Le he pedido que no diga nada. No quería que te enteraras de mí, más aún, al saber que otra chica tiene toda tu atención – su voz sonaba celosa. Él sonrió y quiso probar hasta dónde le amaba ella.

- ¿Estás celosa? – vio como ella se incorporaba

El rostro de ella dio paso a uno serio, con sus cejas ceñudas y mirándolo, dijo:

- Sí… muy celosa… -

- Me da gusto saberlo… - le sonrió

- ¿Ya me habías olvidado? -

- No. Nunca podría interesarme en alguien más. ¿Sabes?, todo este tiempo, desde que Susana murió, jamás volví a estar con una mujer. Aisha es una chica hermosa a pesar de ser tan entrometida, sin embargo, no siento nada por ella – le contó a grandes rasgos. La chica sintió un enorme alivio.

- Yo... tuve que permanecer con Albert, a pesar de odiarle internamente por lo que me había sucedido. Creí que era el hombre más cariñoso que pudiera haber deseado cualquier mujer. Siempre estuvo conmigo en cada momento de mi vida, y decidimos vivir juntos. Teníamos planes a futuro, pero tuvimos ese maldito accidente, además... no me percaté que estaba enloqueciendo... hasta aquella horrible noche – mientras lloraba, se sentó frente a él y comenzó a narrarle a profundidad lo que había sido su no vida a partir de entonces.

Él le envolvió en sus brazos, tratando de darle el consuelo que tanto necesitaba, así como transmitirle todo el apoyo y el amor que era sólo para ella. Internamente odió a su otroa amigo, por haberle hecho pasar por todo esto.

Después, la pareja se quedó en silencio.

Sabían cuál era el verdadero sentimiento entre ambos, pero ahora, la incertidumbre se apoderaba de ellos, puesto que sus vidas corrían peligro.

No supieron cuánto tiempo permanecieron hablando, sin embargo, muchas dudas se estaban disipando.

Terry era el más afectado, puesto que había vivido la mayor parte del tiempo idealizando y amando a una mujer supuestamente muerta hacía tanto tiempo.

¿Es qué acaso la desgracia los perseguiría por siempre?

- Yo... te sigo amando – por fin, después de muchísimo tiempo, las palabras antaño ansiadas, salieron de sus labios. Ella lo abrazó.

- Debemos protegernos y hacer algo pronto. Albert no tardará en iniciar otra ofensiva y créeme, está loco – una lágrima corrió por su mejilla al recordar el abuso que había sufrido. Terry la entendió al instante.

- Ese maldito pagará por su osadía. Le cobraré una por una y la factura... ¡es muy cara! – volvió a besarla para tranquilizarla.

Aquellos besos estaban llenos de ternura, de amor sobre todo, era como si fueran dos sedientos dispuestos a calmar aquella sed que los estaba matando, mientras continuaba acariciándola.

Nuevamente en ellos volvió a crecer la excitación, la rubia comenzó a acariciarle sugestivamente, lo que enloqueció al actor.

¿Acaso no se cansarían de amarse? No… apenas era el comienzo…

Después de mucho tiempo, dos corazones aparentemente muertos, parecía que volvían a latir.


Días después de haber visto a esa mujer en Nueva York, Albert había decidido regresar a Chicago, para no levantar más sospechas. Estaba seguro con certeza que esa mujer era Candy.

Su furia era inmensa.

Se encontraba en el elegante despacho de la vieja mansión de Lakewood revisando carpetas de negocios que Marcus le había hecho llegar por mensajería instantánea. Poseía un sofisticado sistema de telecomunicaciones para cualquier eventualidad relacionada con sus empresas, y estar en constante comunicación con él.

Mientras revisaba documentos, recibió una llamada a su celular, informándole de los resultados del ataque, los cuales habían fracasado.

Dominó su coraje y le dio otra oportunidad al sujeto:

- ¡Me prometiste que acabarías con ellos! Creo que te dejé un buen adelanto para que lo hicieras – le reclamó Albert.

- Nunca me dijiste que eran personas de cuidado. Ninguno de mis hombres regresó. Un contacto cercano encontró los cadáveres. Si me hubieses dado más informes de a quiénes me enfrentaría otro hubiera sido el resultado – le reclamó el hombre. Albert se quedó confundido.

- No entiendo lo qué me quieres decir. Te dije que se hacía acompañar de otro sujeto, igual de inofensivo que él – replicó el millonario.

- Pues esa no fue la realidad. Una misteriosa y letal chica hacía compañía a tu objetivo. Resultó toda una guerrera y diestra en artes marciales. Mató a varios de mis hombres. Esa información no estaba en el informe que me diste – le reclamó Gath.

- ¡Maldita sea, sabía que era de cuidado esa mujer! – dio un golpe sobre la mesa.

- ¿Qué piensas hacer ahora? – preguntó el sujeto, ajeno a su arrebato de coraje.

- Te voy a dar una última oportunidad. Si no tienes resultados más te vale desaparecer, ¿me entendiste? – la carcajada al otro lado del auricular lo encendió más.

- ¡A mí no me intimidas! No permitiré ninguna amenaza de tu parte. Yo trabajo bien cuando se me provee información fiable y certera. Si hubiese sabido a lo que enfrentaban hubiera enviado gente más preparada – los ojos de Albert se iluminaron en la oscuridad. Recordó que debía conducirse con mucha cautela ante el maleante. Un paso en falso podría costarle muy caro.

- No me importa lo que tengas que hacer, te he dado un buen adelanto y quiero resultados; lo que hagas con sus acompañantes no es de mi incumbencia y créeme que no me importa. No lo repetiré una vez más. Debes acabar con él lo más pronto posible. Llegamos a un acuerdo. Dispones de importantes recursos. No discutiré más contigo – colgó bastante molesto.

Salió a caminar por el enorme jardín de la propiedad, mientras maldecía en voz baja:

- ¡No se van a salir con la suya, desgraciados! Tiene que haber una manera de acabar con esa molesta joven. Sin embargo, veo que a Terry le interesa también esa mujer, que estoy seguro, es Candy – pensó mientras caminaba entre la oscuridad.

- Tengo que pensar algo que le haga acercarse a mí, pero ante todo, debo encontrarla primero – su mente divagaba ante las posibilidades que tenía.

Siguió caminando hasta llegar a las Dulce Candy. El viento parecía querer arrancarlas pero seguían tan fuertes como siempre.

Albert tomó una entre sus manos y la llevó a su rostro, mientras rememoraba cada recuerdo junto a ella.

Su obsesión.

Acto seguido la aventó al suelo y la pisoteó hasta deshacerla:

- Eso mismo haré contigo, Candice White. Nunca te perdonaré esta traición... tan dolorosa – dijo para sí mismo.

Se dirigió al garaje de la finca y tomó su auto. Fue a cazar. Alguien sería el desquite perfecto para su negativa emoción.

Varias ideas le comenzaron a llegar a la mente. Una torcida sonrisa se asomó en su varonil rostro. Sus azules ojos refulgieron maliciosamente en la oscuridad.

Decidió finalmente esperar un poco más para poder dar el siguiente paso.


Aisha se preparaba para salir, como siempre, del bar.

Estaba demasiado agotada y quería descansar un rato. Quería ir al Central Park. Había un importante nodo de quintaesencia[1] ahí, lo que la hacía imbuirse de mucha energía. Solo los artesanos de la realidad lo sabían.

Permanecía protegido ante sus enemigos.

Iba vestida con un cómodo pantalón de algodón oscuro y una blusa sencilla del mismo color. Unas zapatillas orientales calzaban sus pies. Su maquillaje era casi nulo y su cabello lo llevaba recogido en un discreto chongo, atenazado por una pinza.

Tomó sus cosas y se despidió brevemente de cada uno de sus compañeros y puso en pie en la puerta de salida. De repente, sintió una fuerte mirada sobre ella y volteó hacia una de las mesas del rincón. Nadie parecía darse cuenta del hombre que estaba en ella. "Nikolas", pensó al darse cuenta de su presencia.

La chica sonrió amablemente y le hizo una seña de que le siguiera. Éste lo hizo al instante.

El apuesto hombre de castaños ojos le saludó con un discreto beso en la mejilla y la conminó a salir del lugar. Se dirigieron a su auto, en completo silencio.

Cuando lo abordaron, comenzaron a platicar:

- ¿Tienes planes para hoy? – le preguntó cortésmente.

- Tengo pensado ir a caminar al Central Park. Necesito hacerlo ¿Quieres ir? – la sutil invitación hizo sonreír a Nikolas. La chica había llamado poderosamente su atención.

- Será un placer – le respondió suavemente.

Condujo en silencio, mientras la joven le contaba como había sido su día. "Es demasiado apuesto y tan caballeroso, nada que ver con Terrence" pensó mientras recordaba la arrogante forma de ser de su amigo.

Llegaron al estacionamiento y caminaron juntos durante un rato. La chica reía con algunas ocurrencias del hombre. Se sentía una fuerte atracción entre aquellos dos seres:

- Lamento mucho lo que pasaron aquella noche, Aisha – le dijo haciendo alusión al reciente ataque.

- Te agradezco tus palabras. La verdad que fue demasiado sorpresivo. Iban por él – le comentó con ciertas reservas.

- Me contó todo. Así que... peleas muy bien, por lo que me dejó entrever – le respondió. Aisha rió.

- Veo que hubo detalles en la narración de tu amigo. No fue gran cosa. Digamos, que me sé defender muy bien – le dijo con reserva.

- Entiendo, entonces, vienes a este lugar, ¿a qué exactamente? – inquirió con cierta curiosidad el joven, mientras cambiaba el tema drásticamente.

- Me llena de energía. Me siento a reflexionar y pensar en muchas cosas. Me relaja – le comentó a grandes rasgos.

- Comprendo. Y dime ¿llevas mucho tiempo en Nueva York? – le volvió a preguntar, mientras la chica se acomodaba bajo uno de los árboles. Le invitó a sentarse junto a ella.

- Cinco años. Nací en Phoenix, Arizona y después radiqué un tiempo cerca de Tokio, con una gran amiga. Después viví en Suiza por otro tanto más – le relató de forma general.

- ¡Vaya! Sí que has viajado por todas partes. Eres una mujer muy interesante y si me lo permites... demasiado bella – le dijo sin miramientos, mientras Aisha bajaba la mirada ruborizada.

La pareja siguió conversando hasta que llegó el momento de despedirse:

- Ojalá podamos salir más seguido. Ha sido todo un placer estar contigo – le dijo caballerosamente mientras la chica se admiraba por lo perfecto de sus modales.

- Así será. También me la he pasado muy bien – le había gustado mucho ese hombre, pero lo disimuló muy bien.

Cada quien continuó con su camino.


Alyssa estaba esa noche en una de sus oficinas, ubicada en el piso más alto del enorme edificio de su empresa. Había citado ahí a Nikolas y Terry por petición de Ethan. Le había contado a grandes rasgos lo que sucedía.

Había acordado apoyarles en lo que se pudiera. Les ofrecería todo el apoyo posible. Los estimaba en demasía.

El enorme lugar estaba dotado de un fino mobiliario con estilo moderno. Tenía un lujoso escritorio lleno de papeles y varios libreros cubrían algunas de las paredes. Esculturas y pinturas se podían apreciar en lugares estratégicos. La chica tenía un buen gusto reflejado en la decoración.

La oficina disponía de varios cuartos pequeños y uno de ellos tenía el acceso controlado mediante un sistema de claves que se activaba al sentir el contacto de su mano.

Ella manipulaba mentalmente dicho sistema.

Ahí era a dónde tenía que guiar a Terry y Nikolas. Se encontraba contenta porque había logrado adquirir mediante un soborno costoso, armas experimentales de alto poder, que ni siquiera la armada estadounidense poseía.

Le habían explicado que eran bastante letales y solo se debían usar en ocasiones especiales.

Su teléfono sonó.

Era Millicent, su eficiente secretaria:

- Le buscan, señorita Bennington. Son dos hombres... –le interrumpió.

- Hazlos pasar. Les estoy esperando – cortó la comunicación al instante.

Lucía un sobrio traje sastre de color oscuro con una discreta y elegante blusa en tono marfil. Sus costosas zapatillas brillaban con la luz del lugar. Su cabello lucía suelto y ondulaba con la cadencia de sus movimientos. Su maquillaje era impecable y muy sencillo, resaltando sus hermosos ojos claros. No necesitaba más. Era una mujer muy bella.

La puerta se abrió y vio entrar a los dos hombres.

Les saludó afectuosamente. Tan puntuales como siempre. Ambos jóvenes le dieron un sutil beso en la mejilla. Les invitó a tomar asiento:

- Me ha puesto al tanto Ethan de lo que les ha sucedido. No puedo creerlo. ¡Es algo muy extraño! – se había servido un vaso de whisky.

- Tenemos que actuar rápido. Ese sujeto es de sumo cuidado – le comentó Nikolas muy serio.

- Aisha comentó que iban sobre ti, ¿no es así Terry? – le miró con una ceja bastante expresiva.

- Es lo que cree – respondió, al mismo tiempo que recordaba la pelea entre la chica y los tipos.

- Creo que tu asunto amoroso ya se ha resuelto, ¿no es así? – La hermosa mujer se sentó frente a ellos. Terry esbozó una débil sonrisa. No tenía ganas de hablar de Candy.

- Ethan nos dijo que nos esperabas. ¿Es algo relacionado con armas? – Nikolas cambió drásticamente el rumbo de la conversación.

- Claro que sí, disculpen mi intromisión, es solo que me ha sorprendido lo repentino de las cosas. Ya era justo para ti, querido – regresó sutilmente la atención hacia el inglés y vio que este se había quedado pensativo.

- La verdad, fueron muchos años de sufrimiento y por ahora, no quiero tocar el tema, creo que debemos regresar al punto que nos trajo aquí – le hizo seña a la mujer de que cambiaran el tema. Ésta sonrió discretamente.

- Ya veo, ya veo. Está bien, no he comentado nada. Tengo un arsenal que acabo de adquirir y no se ha probado completamente ni siquiera en el ejército. Siendo ustedes mis amigos y amigos de Ethan, creo que podrían decirme que tal funcionan algunas de las armas – terminó su bebida y se paró. Sus caderas se movían sensualmente.

Los hombres no le quitaron la vista de encima.

Les hizo señas de que le acompañaran al cuarto y al llegar, dejaron que la mujer abriera la puerta. Cuando entraron en el lugar, se quedaron asombrados al ver la cantidad de armas que ahí tenía. La chica les iba explicando a grandes rasgos lo que hacían cada una de ellas.

- Realmente eres precavida. Me tienes impresionado con tanta arma que tienes – le comentó Nikolas mientras veía una sub-ametralladora micro uzi de nueve milímetros. Terry seguía observando fascinado las demás armas.

- Tomen armas pequeñas. Tampoco deben andar llamando la atención por las calles. Me llegaron unas granadas bastante sui generis. Basta con activar uno de los botones y el resto garantiza una explosión de varios metros. Úsenlas sólo en caso muy necesario chicos – les señaló los pequeños artefactos. Les explicó como funcionaban.

Ambos intentaron darle dinero a la chica en retribución a su apoyo. Se habían quedado con unas armas semiautomáticas de nueve milímetros. Alyssa no lo quiso recibir:

- Somos amigos. Nos apoyamos en todo, ¿no chicos? – Alyssa les dirigió una mirada bastante significativa.

- Gracias. Eres maravillosa – Terry besó una de sus manos. La mujer sonrió. Si no fuera por Ethan, Terry ya estaría con ella, al menos, eso creía.

- Si necesitan protección sólo díganme. Puedo enviarles un grupo de escoltas – ambos negaron con la cabeza.

- Estamos bien así . Nos protegeremos mejor ahora – le respondió Nikolas.

- Como vean. De todas maneras, Ethan y yo estaremos al tanto de cualquier cosa que escuchemos. Si hay recompensa por ti – señaló al antiguo histrión -, sabremos inmediatamente quién la ofreció – les guiñó un ojo mientras los chicos se dirigían hacia la salida.

Cuando se retiraron, los dos vampiros iban conversando sobre el probable móvil de Albert para seguirles atacando.

Terry debía proteger a Candy y pensó en hacerlo por medio de magia. Quizá Elisha y Aisha podrían ayudarles.

Por su parte, Alyssa se había quedado pensativa en su despacho.

Su mente se dirigió a esa noche en que había visto conversar a Candy y Terry en su fiesta. Sabía que terminarían juntos.

- Después de mucho tiempo, vuelven a estar juntos. Ese tal Albert no se quedará tan tranquilo. El siguiente paso será demasiado rudo – se volvió a servir una copa de whisky y prosiguió con sus labores.

No imaginaba cuán en lo cierto estaría.


Meses después...

Albert había decidido radicarse por un tiempo en la mansión de las rosas y había logrado anteponer su prioridad de esconderse a ir corriendo tras aquella chica que había visto en Nueva York. Tenía meses siguiéndole la pista y la veían siempre junto a Terry. Supo que Candy ya estaba a su lado y eso le enervó sobremanera.

Con sumo cuidado, llamó nuevamente a Gath y trazaron un plan para lograr hacerse de ella.

Para no involucrar a más no muertos, se moverían entre pandilleros y rufianes ofreciendo una recompensa a quién pudiera secuestrar a la chica.

Había logrado hacer un fiel retrato hablado de su apariencia, basado en la descripción que hiciera de ella, el detective que había contratado para tal efecto.

Después, había procurado compensar el tiempo de espera, poniendo al día los asuntos concernientes a su empresa. Marcus le hacía visitas esporádicas, tanto para ponerlo al día, como para animarle.

Esa noche, se encontraba junto a el americano:

- Por fin quedaron listos los documentos de firma para ese convenio de asociación empresarial en Suecia. Debo mandarlo por mensajería rápida al destinatario – dijo Marcus al tiempo que guardaba los papeles en un elegante sobre con el logotipo de Storvik Ltd.

- Nuestras empresas se expanden. Las acciones aumentan su valor y nuestras fortunas crecen. Sin embargo, nada de eso tiene sentido... desde que ella me dejó – el rubio se quedó pensativo.

- Creo que no hay mucho de que preocuparse. Un paso en falso tendrán que dar en algún momento. Dale confianza a tu víctima. Por ahora, ese actor la ha tenido custodiada, sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo, seguramente han ido bajando la guardia y tú, la has fortalecido – le aconsejó Marcus.

- Eso está más que preparado. Cuando menos se lo esperan, actuaré. He logrado atraer la atención de Terry hacia la exhibición de sus obras en Boston. No cabe duda de que con dinero de por medio y muchas influencias, los empresarios humanos se convierten en marionetas. He dado la orden de que sea él quien se encuentre presente para la gestión y firma del contrato de presentación. Y así será en las presentaciones consecuentes. Debo darle tiempo para dejarla sola. Candy es un espíritu libre y no tardará en salir de ese encierro a que la tiene sometida Terry. Pronto caerá – sentenció el ojiazul.

- Veo que has podido actuar con precaución y cuidado. Verás que en menos de lo que piensas, la chica regresará a tu lado – le comentó el suizo.

- Y mi venganza dará comienzo. He estado acondicionando el lugar donde Terry verá poco a poco, como su amada va perdiendo la vida, convirtiéndose en cenizas. Ambos tendrán un bello despertar con el sol – sonrió maliciosamente al imaginarse la escena.

- ¿Dónde será? – preguntó con interés el magnate europeo.

- Es una iglesia abandonada, cuyo centro ha sido usado por sectas satánicas. Humanos estúpidos que juegan a invocar insulsas formas demoníacas. Logré que un mago renegado metiera un hechizo bastante potente para espantarles y dejarles en claro que con Satanás no deben jugar. Hubieron algunas bajas, pero... nada de importancia – se carcajeó al recordar el video que había mandado a instalar al momento de que la gente salía a tropel del recinto con las caras de miedo.

Albert había estado merodeando en una iglesia antigua que se encontraba en un poblado cercano a Chicago. Era una vieja construcción cuyos cimientos se encontraban bastante deteriorados. Por la cercanía de un cementerio, el lugar se veía demasiado tétrico y siniestro.

Tenía un enorme campanario que ya se encontraba en un estado casi derruido. Había estado vigilando si la iglesia se encontraba ocupada, y cual fue su sorpresa, al ver una noche, que se llevaba a cabo una misa negra.

Figuras geométricas en el piso, cánticos tenebrosos, gente vestida completamente de negro frente a lo que parecía ser un sacrílego altar cubierto de mantas moradas y negras - cuyo centro era presidido por un hombre corpulento vestido de negro que hablaba ininteligiblemente - con música de rock pesado de fondo, le hicieron soltar una discreta risa al rubio.

Realmente era mucho más patético ver a ese inmundo grupo de mortales, adorar deidades inexistentes, y más aún, a aquellas que supuestamente moraban en los infiernos y las tinieblas:

- ¡Qué estúpidos crédulos, no cabe duda que la decadencia humana es cada vez más latente! – pensó para sí, mientras les observaba desde lo alto del recinto profanado.

Recorrió el lugar rápidamente, y ningún miembro de la secta parecía haberle visto. Albert se había vuelto invisible a sus ojos. Le había encantado sobremanera el lugar.

Tenía que buscar la manera de deshacerse de esas molestas visitas humanas y de repente, la idea de hechizar el lugar le llegó a la mente. Debía recurrir a un artesano de la realidad, un mago.

Se situó cerca del altar y presenció lo que era un sacrificio humano. Una chica rubia yacía inconsciente sobre la mesa, completamente desnuda.

La gente se arremolinó alrededor del altar, mientras seguían con su cántico siniestro. El supuesto líder de la secta seguía orando en voz alta, mientras sostenía un cáliz negro. La música iba en un frenético aumento, al ritmo de guitarras y voces estruendosas.

Detrás del altar había una cruz invertida y formas demoníacas labradas en piedra. Albert tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no soltar la carcajada.

Siguió observando el ritual.

El sujeto sacó una daga con forma bastante peculiar y la levantó hacia el cielo, mientras trazaba extrañas figuras en el aire. De repente, sin ningún miramiento, la clavó exactamente en el corazón de la chica, mientras ésta abría los ojos desmesuradamente y profería un grito, cuyo sonido se perdía entre todos aquellos que hacían vibrar el lugar.

El corazón sangrante de la chica yacía sobre sus manos, frente a los demás asistentes. Todos parecían estar sumidos en un trance mientras se despojaban de sus capuchas negras. Albert sintió un enorme deseo de apoderarse del altar y vaciar a la joven, dándose un festín de sangre, pero se pudo controlar. El frenesí podría tener consecuencias peligrosas.

Salió deprisa de la iglesia y se perdió en la oscuridad. Tenía que localizar a un mago que le pudiera ayudar. Finalmente pudo lograrlo, mediante referencias de conocidos.

El hombre se encontraba recluido en un viejo apartamento, en una zona marginal de Chicago.

Su nombre era Cedric y era demasiado viejo. Albert pagó el favor con mucho dinero y le pudo convencer de ir a hechizar la iglesia.

Mandó a instalar cámaras de video para poder ver, divertido, como saldrían las cosas posteriormente.

Rió como nunca al ver las escenas de aquellos seres humanos corriendo en forma desordenada por todo el lugar:

El ritual había comenzado y al llegar el momento del sacrificio, ahora con una mujer de cabellos castaños sobre el altar, una inmensa figura apareció detrás del líder.

Era un monstruoso ser, con una cabeza y fauces descomunales, mientras sus horribles garras apañaban el cuello del hombre frente al altar, y se lo partía.

El ser medía más de tres metros de altura y su grisácea piel caía a jirones por todos lados. Estaba calvo y no tenía un ojo. Una hilera de dientes negros aparecía en su rostro. Sus garras poseían unas inmensas uñas negras y con ellas se encargó de agarrar y destazar a todo aquel pobre infortunado que se cruzaba por su camino.

La iglesia jamás volvió a ser tomada para rituales profanos. La policía no se enteró jamás del incidente, gracias a una fuerte suma de por medio.

Albert estaba encantado, ya que usaría el lugar para un fin peculiar: ahí acabaría con las vidas de Candy y Terry.

Por tal motivo, el lugar se encontraba siendo remodelado.

Regresó de sus recuerdos y siguió conversando con Marcus:

- Espero poder estar presente para tan magno acontecimiento – le dijo el suizo con tono perverso.

- No necesitas invitación para ir. Estás cordialmente invitado. Te garantizo una diversión absoluta – puntualizó el magnate americano.

- ¿Cuándo piensas dar el paso? – le cuestionó el suizo con una sutil curiosidad.

- Muy pronto, Marcus, muy pronto – respondió enigmáticamente.


Candy y Terry se habían vuelto inseparables desde aquella noche en que el inglés se había enterado de su existencia. Más aún, después de que la rubia le contara que se había topado a ese misterioso sujeto frente al edificio Dakota.

Ambos se habían puesto de acuerdo en residir en Nueva York, en el apartamento de Candy, aunque eso no quitaba que Terry diera esporádicamente visitas a Newark, con el objetivo de poner en venta la residencia donde se alojaba. Ya no tenía caso seguirla habitando.

El empresario inglés había estado recibiendo varias ofertas para presentar las obras pictóricas en varios estados del territorio estadounidense, lo que le había tenido, junto a Nikolas, demasiado ocupado. Tenía que estar viajando constantemente, por lo que había decidido ponerle seguridad a Candy:

- ¡Terry, no es justo! Puedo cuidarme yo sola, además, Albert seguramente ha regresado a Europa, puesto que no me ha encontrado. No me he percatado de algún movimiento anormal o raro. No me gustaría tener a alguien encima de mí, vigilándome – le suplicó sin éxito Candy.

- He decidido que tendrás un escolta y espero que entiendas mi preocupación. No quiero que te suceda algo... pecosa – se acercó a su rostro y hundió su rostro en su cuello. Comenzó a acariciarla y la joven se dejó hacer.

- Entiendo que estés atento a lo que me pueda suceder pero tampoco voy a permitir que me tengas cercada... me gusta ser... independiente – le dijo la rubia en un susurro mientras Terry seguía llenándola de besos.

- Lo pensaré. Pero mientras me encuentre de viaje, tendrás un guardia detrás – decidió firmemente el inglés.

- Está bien. Queda acordado – dijo resignadamente la chica.

Tenía que emprender otro de sus viajes, esta vez, a la ciudad de Washington, y extremó precauciones, pidiéndole que siguiera usando su disfraz para poder disimular su apariencia, durante un tiempo más:

- No soportaría que te volviera a poner una mano encima. Te pido de favor, evites andar sola lo más que puedas. Si no, me veré en la necesidad de ponerte algún escolta – le dijo el ojiazul mientras tomaba su barbilla y la veía a los ojos.

- Terry... yo... no sé como agradecerte todo lo que haces por mí – fue interrumpida mientras el actor la daba un dulce beso en los labios.

- Solo te pido que nunca vuelvas a desconfiar de mí, y que me sigas amando como yo lo hago contigo – la ronca voz del chico le hizo cerrar los ojos y recordar todos esos momentos vividos con anterioridad, ya que desde su primer encuentro, prácticamente vivía ya con él, por lo que cada noche era cada vez más y más apasionante.

La chica se dejó acariciar por Terry cuando un leve carraspeo los interrumpió. Era Nikolas:

- Debemos ir a arreglar lo de la nueva exhibición en Washington – le recordó que sus compromisos empresariales debían continuar.

- ¿Es necesario que viaje? – preguntó el ojiazul. No quería separarse de ella.

- Eso lo veremos en la reunión con los coordinadores. He hecho lo más que he podido – le dijo Nikolas, mientras le apuraba a irse pronto.

- Te veré más tarde. Este compromiso no puede esperar. Por favor, no salgas sola – le dio un corto beso y se fue junto a su amigo.

Candy se quedó en el lugar, pensativa.

Salía muy poco, y ya comenzaba a tener ansias de poder hacer sus acostumbradas caminatas nocturnas. Terry le hacía llegar su alimento, pidiéndolo al hotel italiano. No quería que se expusiera a salir, llamando la atención.

- Debo encontrar la manera de poder quitarme un poco la carga de ese guardia – pensó, mientras se dirigía el mirador del edificio. Se había vuelto su casi único contacto con el mundo exterior.

Llegó al mirador y se sentó por un momento. Sus pensamientos se perdieron entre tantos recuerdos pasados y recientes.

Su relación se había afianzado más y había podido superar los enormes celos que le invadían, al saber que había estado saliendo con otra chica. Había tenido oportunidad de conocer más a Aisha, puesto que salían a menudo con Nikolas y la joven. Los cuatro pasaban amenos ratos.

El temor de que Albert le pudiera hacer algo seguía latente, aunque ya en menor escala. A veces, le entraba la curiosidad de saber qué seguía pasando en Suiza. Tenía contacto estrecho con Loretta, a quien le confiaba todas sus inquietudes, pero reservando el hecho de que estaba con Terry.

No quería darlo a conocer aún.

Le insistía en que tomara mucho cuidado mientras estuviese en la escuela. Loretta no había tenido hasta ese momento, algún problema con alguien. Al parecer, Albert ya había desistido de seguirla buscando:

- He pasado por tu antigua residencia y ha sido vendida. Creo que tu marido ya no está aquí – le había asegurado su única confidente.

- Tengo miedo. Sé que me está buscando y estoy casi segura que ya se encuentra en Estados Unidos. Me pareció haberlo visto hace tiempo, pero ya no he vuelto a encontrármelo. Seguramente no me reconoció –se infundió esperanzas de que así hubiese sido, sin embargo, sabía que el rubio era de cuidado y estaba tramando algo peligroso.

- Cualquier cosa que necesites, Corine, házmela saber, Estoy aquí para apoyarte – le recordó cariñosamente su amiga. Ella asintió.

Ahora, tanto el temor como el hecho de seguir encerrada, le seguían pesando demasiado.


Aisha y Nikolas se habían vuelto muy buenos amigos desde aquella vez en la que habían salido por primera vez.

El hombre frecuentaba el local donde trabajaba, y muchas veces visitaba por las noches a la chica, en la biblioteca. Se podían quedar horas conversando de infinidad de temas y finalmente, salían a caminar al lugar favorito de la joven, el Central Park.

A veces coincidían en salir junto a Terry y Candy, y aunque en un principio la rubia le tenía cierto recelo a la chica había terminado por desarrollar una buena amistad con ella

Esa noche, se encontraban junto a Melina y Elisha, departiendo alegremente en un restaurante. La adolescente de blanca piel como la tiza, acababa de llegar de Italia. Estaría por un par de meses en Nueva York, y aprovecharía de ver a su amado mago.

Aisha les veía con cierta nostalgia.

Hacía tiempo que salía con Nikolas y un sentimiento fuerte comenzaba a surgir en su pecho. Sin embargo, no quería hacerse grandes expectativas. Sus caminos eran demasiado lejanos y diferentes, aunque el ejemplo de su entrañable amigo, le decía que a pesar de todo, podría ser posible.

Lo dejó al tiempo:

- ¿No han vuelto a tener alguna agresión? – preguntó en un inglés perfecto Melina.

- Ni siquiera un indicio de que el tipo sigue molestando. Nos esperamos lo peor, puesto que no se quedará de brazos cruzados – respondió el apuesto hombre de ojos café.

- Y la pareja ha decidido residir con Alyssa, por lo que veo. Creo que es lo mejor que han hecho. Ahí estarán más seguros – comentó el joven judío. El inconfundible kipá oscuro coronaba su cabeza.

- Últimamente deben estar viajando muy seguido. ¿Irina les acompaña siempre? – volvió a inquirir.

- Por lo general no. Terry prefiere que se quede en el edificio hasta su regreso. No quiere exponerla en todas partes. Creemos que el sujeto sigue buscándola, seguramente, por medio de terceras personas. Debemos tener mucha precaución – señaló Nikolas.

- ¿Han seguido investigando a Albert? – esta vez, fue Aisha la que cuestionó directamente a Nikolas.

- Ethan y Alyssa lo han estado haciendo. Al parecer, el sujeto compró más acciones de Bennington Enterprises. Han encontrado demasiado interesante, al compañero empresarial de Albert Andrey, Marcus Storvik. Creen que el sujeto esconde algo mucho más intrigante, lo que oculta bajo la fachada empresarial. Me han tenido al tanto de lo que han investigado. Parece ser que el tal Marcus, lleva muchos siglos existiendo, y lo que es más misterioso aún, es que al parecer, tiene viejas rencillas con ciertas amistades de Ethan y Alyssa. ¡Bastante interesante! – puntualizó con cierto aire enigmático Nikolas. Los tres pares de ojos se enfocaron más aún sobre él. Melina era la más sorprendida, sin embargo lo disimuló muy bien.

- ¿Podrías explicarte aún más? – preguntó Elisha intrigado.

- No tengo detalles al respecto, pero entiendo que Marcus ya conoce a Ethan y Alyssa – se oyó un murmullo de voces.

- ¿Él vive en Suiza verdad? – inquirió la italiana sin dejar de observarle fijamente.

- Así es – afirmó Nikolas. Aisha y Elisha se vieron por un momento.

- Es muy raro lo que sucede – dijo Melina sin comentar más.

- Veo que si hay algo demasiado curioso ahí. Esperemos a ver que noticias nos tiene la peculiar parejita mortal, que siento, esconde muchas cosas también – señaló Nikolas, mientras dirigía una rápida mirada a Aisha y cambiaban el tema de conversación.


No imaginaban que Ethan y Alyssa se encontraban esa misma noche, en la oficina de esta última, con una serie de carpetas y documentos a mano.

Habían estado conversando durante largo rato.

Ethan había regresado hacía un par de semanas de Praga:

- Han seguido comprando acciones de mi empresa. Están aprovechando el momento para amentar su participación en la misma. Deduzco que vendrán con una oferta de co-asociación empresarial, o peor aún, una oferta de compra de lo que tanto esfuerzo me ha costado mantener – declaró demasiado molesta Alyssa.

- Y siguen siendo los mismos empresarios de Storvik Ltd., supongo – preguntó sutilmente el detective, mientras su mente viajaba a mil por hora.

- Efectivamente. Esto ya no me esta gustando. Encima está eso del tal Albert, que curiosamente está coludido tanto en el asunto de esa chica como en lo de mi empresa. ¿No se te hace raro? – inquirió la joven mientras se revolvía inquieta en su silla.

- Creo que no hay relación directa puesto que Albert no sabe que esa chica está contigo. Ya hubieran atacado de menos el edificio, ¿no crees? O a alguno de nosotros – señaló Ethan con aire pensativo.

- Tienes razón sin embargo, siento que ese Marcus es algún viejo... conocido – la mujer lo dijo de manera confundida. Trató de recordar, sin éxito alguno.

- Debemos dejarlo para el momento de nuestro posible encuentro. Quizá él se moleste en refrescarnos la memoria. Por ahora olvidemos el asunto y regresemos a situación de ese otro empresario – propuso el detective mientras seguía leyendo con atención otra pila de documentos.

La pareja siguió concentrada en sus actividades.


La rubia se había quedado sola de nuevo y la idea de permanecer encerrada le aburría a más no poder. Así que decidió ir a caminar por el mirador del edificio. Terry había salido nuevamente de la ciudad y estaría ausente por un par de días, aunque mantenían estrecho contacto telefónico.

Hacía tiempo que comenzaba a hastiarse de permanecer encerrada, mientras él viajaba constantemente por sus compromisos. Casi nunca le acompañaba, por lo que permanecía todo el tiempo en el apartamento o dando vueltas por el edificio.

Terry le había procurado un arma para que se defendiera, pero la rubia, con el carácter que le distinguía, evitaba cargarla por no ocasionar alguna desgracia. Su humanidad todavía era latente.

Tampoco había querido aprender defensa personal, puesto que no era de las que buscaba peleas y enfrentamientos. Aceptó a regañadientes que le pusiera un escolta a distancia.

Al llegar al mirador, su mirada se perdió en la inmensa ciudad. Sus pensamientos fueron libres:

- Cuántas cosas han sucedido en todo este tiempo... por fin volvemos a estar juntos. Te amo tanto pero... tengo que salir, sentirme libre, andar por donde me plazca – pensó mientras volteaba su mirada hacia el negro firmamento.

Decidió salir a caminar por los alrededores del edificio, por un momento. Le pediría a su guardaespaldas que la siguiera prudentemente.

Confiaba como siempre, en que nadie la reconocería por su vestimenta. El invierno ya se acercaba y para fingir que sentía frío, tomó una abrigadora y elegante chaqueta gruesa.

No tenía que pedir permiso a nadie, por lo que descendió por el elevador hasta la planta principal. El guardia de la puerta la conocía por referencia de Alyssa, por lo que le hizo una leve señal de saludo cuando la vio salir del edificio. La rubia evitaba interactuar con el personal humano de la empresaria.

Cuando se encontró sobre la calle, comenzó a caminar sin rumbo fijo, pero siempre permaneciendo en la zona aledaña de la empresa. Se sumió en una profunda reflexión sobre lo que le había acontecido hacía unos meses.

Curiosamente, Albert no había vuelto a atacar y eso la tenía en constante incertidumbre y angustia. Sabía que estaba preparando algo grave y estaba al pendiente de cualquier movimiento anormal.

La chica rodeó la manzana donde se encontraba el edificio y por un momento, solo por un fugaz momento, tuvo unas ganas enormes de ir hacia el Central Park, a caminar, puesto que no le quedaba muy lejos.

Sonrió gentilmente al escolta que la seguía y le hizo una seña de ir rápidamente hacia el lugar. El guarda volteó a su alrededor y no vio nada anormal o raro. Candy siguió su camino con el hombre cerca de ella.

Llegó a una sección del parque y comenzó a internarse un poco para conocer otra parte del lugar. Vio un enorme claro a pie del lago y se sentó bajo uno de los árboles. Tuvo la idea de treparlo. Hacía tanto tiempo que no hacía aquello.

Se incorporó y tomó una de las ramas próximas, comenzando a trepar. Sin ningún esfuerzo llegó hasta la parte más alta y se sentó, como en aquellos viejos tiempos. Con la diferencia de que todo era en horas nocturnas. Una lágrima salió de su rostro al recordar lo qué su antiguo padre adoptivo le había hecho.

Permaneció así un rato más y descendió nuevamente.

Ya debía retirarse, cuando sorpresivamente, al llegar a la base del árbol, se encontraba con Aisha:

- Hola, ¿me recuerdas? – la saludó sinceramente. La chica volteó a verla.

- Hola. Claro que te recuerdo. ¿Irina, verdad? – le recordó su falso nombre.

- Así es. ¡Qué sorpresa de verte aquí! ¡Tenía mucho tiempo de no verte! ¿Qué haces por acá? – Candy estrechó su mano.

- Vengo a pasear un rato. Es una costumbre que tengo hace tiempo – Aisha le invitó a sentarse.

- ¡Vaya! No conozco mucho el parque. Es enorme.

- Ya lo creo. ¿Y tú qué haces aquí Irina? Tengo entendido que no debes andar sola fuera. Alguien podría hacerte daño.

- Veo que Nikolas y tú están bien comunicados ¿eh? La verdad, me aburre estar sola todo el tiempo, encima encerrada, y quise venir por un momento a caminar aquí. No está muy lejos del edificio donde estoy, además, tengo guardaespaldas –sonrió un poco preocupada mientras le mostraba de lejos al hombre que la custodiaba. Había olvidado, por un momento, que Aisha también había sufrido el primer embate por parte de Albert.

- Debes cuidarte. ¿Qué te parece si te acompaño hacia tu morada?.

- No te molestes. Lo siento mucho. No quise importunarte. Tenía muchas ganas de salir a caminar, eso es todo, pero ahora mismo regreso – Candy se despidió rápidamente pero Aisha la alcanzó.

- Iré contigo. No sabes pelear – su mirada se tornó severa y la rubia recordó que Aisha era amiga de Melina, la otra joven que la había salvado de sus agresores tiempo atrás.

- Está bien. Te lo agradezco mucho. Quizá quieras tomar un café en mi apartamento – le invitó la ojiverde.

- Muy bien. Aceptaré tu ofrecimiento – ambas jóvenes tomaron el camino de regreso.

Aisha pudo divisar al hombre que les seguía de reojo. La llevó por un camino que creyó más rápido hacia el edificio, pero un ruido de varias pisadas les hizo voltear.

Un grupo de aproximadamente diez hombres, con aspecto de rufianes, les comenzó a rodear. Aisha se puso a la defensiva, mientras el guardaespaldas desenfundaba su arma. Candy decidió actuar de manera serena. No sabía utilizar armas, pero podría usar su carisma para poder hipnotizarles.

- ¿Es ella verdad? – preguntó uno de los sujetos.

Otro de ellos asintió, mientras daban la orden de atacar al instante.

Llevaban armas de todo tipo: navajas, cadenas, tubos y pistolas. Aisha les dio una ojeada rápida. Sería extremadamente difícil y nada recomendable, desaparecer en ese momento. No dejaría sola a la rubia.

La pelea comenzó, y varios sujetos comenzaron a acercarse más y más a la tríada. Uno de ellos intentó abalanzarse con la chica de cabellera negra y rápidamente, una de sus manos se abalanzó sobre su cuello, rasgándole la garganta al instante con sus largas uñas.

El instinto sobrenatural de Candy salió.

Aisha, por su parte, comenzó a atraer la atención de varios sujetos, tratando de que quedaran pocos cerca de la mujer y comenzó a valerse de sus habilidades marciales para lograrlo.

Uno de ellos intentó tomarla por detrás y una certera patada lo mandó volando lejos de ella. Un segundo tipo intentó írsele encima con la cadena, logrando esquivarla perfectamente, curvando su cuerpo, mientras le propinaba una patada entre las piernas, haciéndole caer de rodillas. La lucha continuó.

El guardaespaldas, al igual que Aisha, trataba de defenderse haciendo uso de la defensa personal. Tenía encima a tres rufianes tratando de atacarle.

De repente, un fuerte disparo sonó en el aire.

Candy gritó fuertemente al ver que el guardaespaldas caía inconsciente. Aisha intentó irse encima del que había disparado y un par de disparos sonaron. La joven cayó malherida al lado del otro.

La rubia se distrajo por un momento, mientras recibía una serie de disparos y golpes que terminaron por dejarla débil. La encadenaron y la sacaron de ahí, mientras lágrimas negras corrían por sus mejillas. La metieron en un auto y partieron hacia las afueras de Nueva York.

Llegaron a un claro oculto en algún punto perdido de la carretera y Candy se dio cuenta de que era una pista clandestina. Un helicóptero esperaba. Pronto se percató que la conducirían a su más temido destino, y se quedó congelada al escuchar al piloto:

- ¿A Chicago, verdad? – preguntó el hombre, quien le dedicó una rápida ojeada.

Lo peor ya había dado comienzo.


La chica pudo emitir un leve quejido, mientras trataba de incorporarse con demasiado esfuerzo. Al parecer, la bala le había dado muy cerca del corazón. Estaba demasiado adolorida. Cerró sus ojos lo más fuerte que podía y comenzó a decir unas palabras ininteligibles. Después, volvió a perderse en la inconsciencia.

No se percató cuando su casi hermano llegaba en compañía de Melina y la tomaba entre sus brazos. Ni de que el cuerpo del guardaespaldas era llevado por la vampira, sin ningún esfuerzo hasta el auto de Elisha. Tenían que ver urgentemente a Alyssa para que se hiciera cargo de los trámites administrativos del deceso.

Depositaron a la joven en una de las oficinas de la millonaria empresaria y Elisha pidió estar a solas un momento con ella.

Cuando se vieron solos, el joven mago tomó las manos de la malherida chica y comenzó a rezar en un idioma desconocido. Parecía como si estuviese invocando algo. Repentinamente, las heridas de la chica comenzaron a cerrar, aunque seguía inconsciente.

Fuera, Alyssa llamaba a Ethan de emergencia y le pedía que se reunieran esa misma noche. Le contó a grandes rasgos lo que acababa de suceder. El detective quedó de llegar lo más pronto posible.

Debido a la muerte del guardaespaldas, sospechó que Candy estaba involucrada en el ataque y se imaginó inmediatamente lo que había sucedido. Sin embargo, creyó inconveniente llamarle a Terry, hasta no escuchar de viva voz de Aisha, lo qué había sucedido.

Esperó a que Elisha saliera de la oficina. Mientras, hablaba con Melina de lo que había sucedido:

- ¿Qué sucedió? – preguntó la bella mujer.

- Elisha sintió el llamado de Aisha y salió corriendo en su búsqueda. No se veía bien lo que acababa de suceder. Los encontramos malheridos en un claro demasiado oscuro del parque. Candy no estaba por ningún lado. Seguramente la policía se hizo de la vista gorda. Es una zona demasiado conflictiva – le contó la italiana a grandes rasgos.

- ¡Han secuestrado a la chica! – dijo de pronto Alyssa.

- Me temo que así ha sido. Deben avisarle a Terrence – expresó con muy poca emoción Melina.

- Debemos estar seguro primero de que no está – la empresaria se dirigió hacia el teléfono y marcó. Dio órdenes de que la buscaran por todo el edificio. Después, trató de contactarla en su apartamento. No obtuvo respuesta. Tuvo un mal presentimiento.

Elisha llegó corriendo justo en ese momento:

- Ha vuelto en sí. ¡Ya está mejor! – dijo mientras veía que Alyssa llegaba hacia él.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó la empresaria un poco ansiosa.

- Secuestraron a Irina. Eran más de diez hombres. Llevaban armas y tenían toda la pinta de pandilleros. Dijo que habían reconocido a la chica. Vayamos con ella – les pidió Elisha.

Todos se dirigieron hacia donde se encontraba la joven y escucharon de primera mano, todo lo que les había acontecido. Alyssa tomó su celular:

- ¿Diga? – respondió con acento inglés su interlocutor al otro lado del teléfono.

- Terry, soy Alyssa, ha pasado algo grave – tomó aire tanto para poder darle la noticia.

Se hizo un silencio en el teléfono. Alyssa prosiguió:

- Candice ha sido secuestrada


Esa noche, la más larga para Terry, se encontraban todos reunidos en la sala del apartamento de Alyssa. Las caras de consternación se reflejaban en cada uno de esos rostros, excepto en los de Alyssa y Ethan.

El actor sostenía en sus manos, la misiva que le había hecho llegar Albert, por medio de un sobre dirigido a su nombre y la empresa que poseía. Solo contenía dos iniciales que Terry conocía perfectamente bien.

En cuanto pudo, se dirigió de regreso a Nueva York.

El viaje se le había hecho eterno y creyó que nunca llegaría.

Al llegar, fue inmediatamente hacia el edificio de Alyssa, pero justo antes de llegar, recibió el mensaje de uno de sus asesores en la empresa de representación artística que poseía:

- Señor McDowell, que bueno que lo encuentro, acaba de llegarle un sobre con carácter de extremadamente urgente. Es necesario que pase por él – le dijo su asistente.

- Puede esperar James. Por favor déjelo en mi oficina. Mañana iré a recogerlo – Terry quería llegar en un abrir y cerrar de ojos a la oficina de Alyssa.

- Me temo que deberá venir por él ya mismo. Tengo órdenes de que un tal Albert necesita que lo lea ya. Espera una confirmación de entrega... personal – al oír esto, desvió su camino y se dirigió de regreso hacia la avenida.

- Llego en una hora – colgó al instante y llamó a la empresaria para ponerle al tanto.

No había querido abrir la carta hasta que todos estuvieran presentes para leerla en voz alta. Elisha les había explicado lo que Aisha le había contactado, y la había encontrado malherida, junto al cadáver del infortunado guardaespaldas.

Terry estaba furioso:

- Yo, lo siento. ¡No pude salvarla! – Aisha estaba desolada, a pesar de haber sufrido horribles golpes y el disparo cerca del corazón. Elisha le dio un fuerte abrazo.

- Cuando llegaron al parque, ¿no notaron algo raro? – pregunto Ethan.

- Al principio no. Sin embargo, muchas pisadas hicieron ponerme a la defensiva. Supe que ya nos seguían, pero... eran demasiados – dijo esto sutilmente. Terry le observó fijamente.

- ¿Por qué decidió salir? ¡Maldita sea, no quería que se expusiera a esto! – expresó desesperado el inglés.

- Le pregunté por qué no estaba en su apartamento. Le recordé que no debía haber salido por lo peligroso de su situación y me dijo que estaba hastiada de estar encerrada y había decidido salir por un momento -respondió con esfuerzos la joven.

- ¡Demonios! Justo cuando decidió hacerlo tiene que suceder esto – apretó con fuerza los puños.

- Uno de ellos preguntó si ella era la chica que buscaban. Seguramente ya la habían reconocido – dijo Aisha recordando al instante la frase.

- ¡La tiene ese maldito! – dijo con rabia Terry – ¡No se lo perdonaré jamás! ¡Tengo que rescatarla! – comenzó a caminar desesperado de un lado a otro.

- Debes tranquilizarte. Piensa en frío. Te ayudaremos a salvarla – habló el detective sereno.

- Debemos conseguir los planos de esa propiedad en Lakewood. Seguramente establecerá contacto contigo para verte. En el secuestro siempre funciona así. Deberás esperar a que se comunique contigo – esto le hizo sentir a Terry una molesta sensación en la espalda.

- ¡Por ella iría al fin del mundo si fuese necesario! – respondió el ojiazul consternado.

- Creo que deberías leernos esa carta – el detective ya se estaba impacientando. Alyssa miraba a todos.

- Tal vez deba hacerlo en privado – respondió desolado el actor.

- Léela por favor.

Terry la sacó del bolsillo y abrió el sobre. Conforme iba leyendo, sentía que una furia le iba llenando de pies a cabeza:

- ¿Sucede algo Terry

"Terrence Grandchester:

¡Vaya! Es realmente intrigante que la vida nos de demasiadas sorpresas. Ahora me entero con sumo desagrado que sigues existiendo, cuando te hacía muerto desde hace mucho tiempo en ese bien actuado incendio.

¡Bravo por tu excelsa actuación, qué derroche de hipocresía y convencimiento!

No cabe duda que siempre fue tu vocación Terry. Actuar para mentir, o de menos, para convencer y hacer que la gente sucumbiera a tus torcidos propósitos.

No descansaste hasta echar a perder los sueños dorados de cierta mujer a la que siempre hiciste sufrir desde aquel maldito día en que te conoció en ese barco.

Más aún, tuviste el descaro de aparecer de nuevo en su vida haciéndola caer en tus sucias mentiras, aun sabiendo que tenías un compromiso con otra.

Disfrutaba tanto el imaginar tu rostro al leer la fatídica noticia de esas dos muertes en Suiza, ¿recuerdas? Por fin, ya no tendría que preocuparme porque aparecieras de nuevo en nuestro camino.

Para cuando leas esta carta, Candy estará aquí, a mi lado.

Le haré pagar una a una sus deudas y esta traición que nunca le perdonaré.

Si te interesa aún recuperarla, te haré llegar las indicaciones para vernos de manera privada, en unos días más.

No vengas con ayuda. Cualquier error de tu parte, costará caro para ella

Quiero verte solo a ti, en el lugar que te indique.

No repetiré mi advertencia.

¡Sólo tú!

Albert Andrey"

Tiró el papel completamente furioso. Tuvieron que contenerlo para evitarle ir en busca de Albert:

- ¡Te vamos a apoyar! – le dijo Nikolas.

- Debemos esperar la siguiente comunicación – dijo seriamente Ethan.

Nikolas observaba a su amigo mientras los demás se quedaban en silencio. La situación se había tornado demasiado peligrosa.

Terry volteó a mirarlos a todos y les agradeció su apoyo:

- Debemos trazar un plan bien definido en cuanto tenga las coordenadas del lugar. Agradezco todo lo que hacen por ayudarme a encontrarla – fue lo único que atinó a decir.

Todos asintieron.

El inglés se retiró. Quería estar solo.

- ¡Te las verás conmigo pronto, Albert! – sentenció mientras se perdía sin rumbo fijo.


[1] Idem