ADVERTENCIA

Esta historia contiene ciertos temas que podrían herir susceptibilidades.

Si consideras que las temáticas de índole sobrenatural (fantasmas, apariciones, demonios, etc.), así como escenas de alto contenido sexual, pudieran incomodarte, perturbarte u ofenderte, te pediría abstenerte de continuar con su lectura. Si decides proseguir, es bajo tu propia responsabilidad.

Este es un fanfiction para público advertido y de muy amplio criterio, no apto para menores de edad.

Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría y pertenecen a sus creadoras Kyoko Mizuky y Yumiko Higarashi.

Historia realizada exclusivamente para fines de entretenimiento y sin ánimo de lucro.


PRIMERA PARTE

Y sabiendo que había allí alguien a quien no podía ver, hablando algo

que no podía oír, se produjo en mí ese terror a la muerte y lo desconocido acompañado de

esa sensación de incapacidad de movimiento que acompaña a las pesadillas.

Extracto del cuento En el metro

E.F Benson

INTRODUCCION

¡Dios mío, me siento muy mal! No veo a mi alrededor. Mi cabeza. Duele mucho. No puedo hablar. ¿Qué me ha pasado? Siento mucha gente rodeándome. Hoy, justo hoy, que dedico como siempre todo el tiempo a pensar en ti. Tu mirada azul, tu rostro, los bellos momentos. ¿Por qué tuvimos que pasar por todo esto? Ahora me doy cuenta que no debí dejarte ir. ¡Cielos!, me siento entre penumbras. Terry, Terry... yo... siempre te amaré... se perdió en el profundo pozo de la inconsciencia.

La joven rubia se desvaneció en los brazos del conductor que la había atropellado ese fatídico veintiocho de enero. Estaba estupefacto debido a lo repentino del incidente:

- ¡Yo... yo no la vi pasar! Apareció de pronto, le toqué la bocina pero no escuchó. ¡No la quería matar! – se puso histérico mientras su mirada se llenaba de lágrimas. Era una hermosa mujer.

La gente comenzó a rodearles. Alguien pidió a gritos que llamaran a una ambulancia:

- ¡Señorita! ¡Señorita! ¿Me oye?, ¡diga algo por favor! – un hombre se había apostado junto al conductor en shock. Tomó dulcemente la cabeza de la chica.

- No reacciona ¡Por favor! ¡La ambulancia! – exigió a todo lo que daba. Algunas mujeres sollozaban, sin saber por qué.

- ¡Está perdiendo mucha sangre! – gritó otra persona, mientras señalaba el enorme charco rojo debajo del esbelto cuerpo.

- Ya llega la ambulancia.

Las enfermeras bajaron rápidamente y ayudaron a acomodar el cuerpo inerte de la joven rubia. Una de ellas la había reconocido pero se contuvo de gritar su nombre en ese momento.

Mientras llegaban al hospital y la atendían de urgencia, un grupo de chicas comentaba lo sucedido.

No podían creerlo.

Era una de sus ex compañeras y una de las mejores enfermeras que habían conocido. Voltearon a ver al hombre que había sido el causante de todo eso. El sujeto estaba perdido debido a la fuerte impresión. Una de las muchachas se acercó a él y le tomó ambas manos:

- No se preocupe. Va a estar bien. Debe tranquilizarse. Fue un accidente – le consoló, mientras el hombre dejaba escapar unas lágrimas. Era un padre de familia y ese día se reuniría con sus hijos para ir a comer, como solía hacerlo. Ya no pudo llegar debido al incidente.

- ¿Cómo se llama ella? – fue lo único que alcanzó a preguntar.

- Candice White – respondió la chica con la voz entrecortada – ella, fue compañera de nosotros en el hospital señor. Trabajó en este hospital hace tiempo - los sollozos del conductor se hicieron más fuertes mientras repetía su nombre.

- ¡Candice White! – repitió mientras se tapaba el rostro con las manos – ¡Dios permita que sobreviva! Espero que su marido me perdone – las palabras tomaron por sorpresa a la joven que le acompañaba.

- ¿Su marido?, pero, Candy no es casada, señor – le aclaró inmediatamente.

- Entonces, ¿quién es Terry? – preguntó confundido y entre sollozos.

Nadie supo decirle algo al respecto.


CAPÍTULO I

Candy contaba con veinticinco años.

Se había consagrado en cuerpo y alma a atender el sanatorio aledaño al Hogar de Pony. Desde aquella ocasión en que se habían sentado a la enorme mesa dispuesta por sus madres para festejar su cumpleaños, había resuelto lo que haría con su vida. Quería retribuir de alguna forma lo que las nobles mujeres habían hecho por ella.

El Tío Abuelo Wiliam le había apoyado completamente con la idea y más aún, le había propuesto que hicieran más grande la escuela.

Aquella noticia le había dejado feliz:

- ¡Gracias, Albert!, ¡Gracias!, Nunca podré dejarte de agradecer lo bueno que has sido conmigo – le dio un beso en la mejilla y un abrazo el día de la inauguración de ambos lugares.

- Candy... siempre has sido un loable ejemplo a seguir. Tienes una enorme capacidad y fortalezas para seguir adelante y no dudaría en ningún momento que podrías hacer un excelente trabajo aquí. ¡Eres una mujer admirable y estoy orgulloso de tenerte en la familia! – le devolvió el abrazo mientras le daba un beso en su frente. La quería como se quiere a una hija.

- Esto nunca lo olvidaré. Dios sabrá recompensarte con creces todo lo noble y bondadoso que eres. ¡Gracias de nuevo! – se despidió y corrió a presidir la ceremonia, al lado de las dirigentes del lugar.

Sus amigas Annie y Paty habían decidido emprender junto a ella el enorme reto, apoyándola con las tareas del Hogar.

Annie había decidido hacerse cargo de los niños más pequeños.

Hacía unos años se había casado con Archie y tenía una hermosa hija llamada Anisha, de cinco años. La pequeña asistía a clases ahí mismo, a pesar de la renuencia de la señora Britter, quien finalmente había terminado por aceptar las decisiones de su hija. Archie había terminado la carrera de administración y apoyaba activamente a Albert en el consorcio Andrey en Chicago. Amaba como nunca a su familia.

Por su parte, Paty daba clases a los más estudiantes más grandes.

Estaba casada con Tom Catwright, el hijo adoptivo del señor Catwrigth, y a quien había conocido en aquel festejo de Candy, hacía muchos años atrás. Habían iniciado una bella amistad que finalmente se había transformado en amor. La pareja llevaba apenas unos meses de feliz matrimonio.

La rubia se había cerrado a toda posibilidad de volver a amar.

La herida profunda hecha en aquella fría noche de invierno, en Nueva York, no cicatrizaba. A pesar de las fuertes presiones familiares, siguió con sus convicciones y decidió que su vida la dedicaría a ayudar a los más necesitados, y que mejor que a través del Hogar, por lo que seguiría soltera. Sus amistades habían preferido no interferir en sus decisiones. Candy seguía siendo tan alegre y jovial como siempre.

Afortunadamente para ella, los Leegan habían decidido partir definitivamente a Europa, después de la guerra mundial. En un principio Elisa y Neal seguían molestándola, pero la súbita idea de este último en expandir las industrias Andrey en Europa, pareció entusiasmarle a Albert, puesto que Neal, a pesar de todo, era un brillante joven con una visión empresarial muy desarrollada. El rubio no dudó en proponerle como representante de su empresa en Suiza, por haber permanecido neutral durante el conflicto bélico. La familia completa había decidido seguir junta.

Tenía poco tiempo de haber conocido a Heather O'Shea, una heredera proveniente de una familia noble de Irlanda, radicada hacía tiempo en Estados Unidos. La Tía Abuela la adoraba por su linaje, cosa que a la chica no le interesaba. Era prometida de Albert y desde la primera vez que se habían conocido, habían congeniado.

Candy y ella eran muy parecidas en muchos aspectos. Ambas poseían un espíritu libre e independiente y no se dejaban menospreciar por el hecho de actuar de manera diferente a las costumbres establecidas de aquella época. Disfrutaban mucho el hecho de estar juntas y compartir momentos en que podían ser ellas mismas.

Heather, al igual que ella, trepaba muy bien a los árboles, lo que les hacía competir seguido. Albert solo las veía divertido. Iban a casarse muy pronto y Candy les ayudaba en los preparativos del magno evento.

Después de esa tarde en que había salido a pasear sola por la ciudad, había ocurrido un terrible accidente, por lo que ahora su futuro era incierto.

Curiosamente, ese día coincidía con el cumpleaños de quien hubiera sido el gran amor de su vida, años atrás.

Le festejó internamente mientras imaginaba que era feliz al lado de ella. Sin embargo, no pudo evitar sollozar de nuevo al recordar la triste despedida. Se recriminaba el hecho de haberle dejado, decidiendo por él y sin haberle permitido hacerlo por sí mismo.

Quizá... las cosas serían diferentes ahora.

- Terry, te deseo un feliz cumpleaños!...mi amor – su verde mirada se perdió entre cientos de recuerdos de adolescencia.

Pensando en él, había cruzado distraídamente una calle sin poder reaccionar a tiempo ante la inminente cercanía del vehículo.

El impacto había sido brutal, lo que le había hecho perder demasiada sangre, haciéndole caer inmediatamente en coma.

Solo un milagro podría salvarla.


Albert sintió que su mundo se desmoronaba al enterarse de lo que había sucedido.

Había recibido la visita de una de las enfermeras que trabajaba en ese hospital, informándole del terrible accidente y del fatal pronóstico:

- Lo siento mucho, señor Andrey, quise venir a informarle inmediatamente de lo que le había sucedido. Candy siempre nos habló de usted mientras trabajó con nosotras, por lo que creí conveniente en enterarle primero que a nadie. ¡No podemos asimilarlo todavía! – no pudo contenerse más y sus lágrimas salieron. Albert se acercó a ella, pasándole un pañuelo.

- Confío en que mi niña saldrá de ésta. Agradezco muchísimo la atención que le han puesto y no quiero que escatimen en nada. Ella necesita el mejor cuidado posible. Es fuerte y sé que saldrá adelante – no pudo ocultar su pesimismo. Desde el punto de vista médico, un coma era una situación difícil a la cual sobrevivir.

- ¿Usted sabe quién es Terry, señor Andrey? – la pregunta sorprendió a Albert.

- ¿Por qué me lo pregunta? – intuyó lo que vendría a continuación.

- El conductor que... la atropelló nos dijo que antes de quedar inconsciente lo único que repetía era ese nombre – secó las nuevas lágrimas que volvían a caer.

- Si le conozco – no quiso decir más Albert. Su corazón se entristeció de pensar que aún le seguía amando. Ella merecía ser feliz.

- Creo que debería avisarle señor, tal vez quería hablar con él antes de que sucediera el accidente – su propuesta aunque descabellada, podría tener razón. Albert se quedó pensativo.

- Gracias por lo que han hecho. Por favor, permítame llevarla de vuelta al hospital, necesito ver a Candy – tomó sus cosas y consternado, salió detrás de la enfermera.

Su corazón se derrumbó al ver a quien consideraba como una hermana, tendida en aquella cama, inmóvil. Se aproximó sentándose en una silla y tomó una de sus manos. El hombre quien antaño aparecía en la vida de Candy para animarla y seguirla apoyando en las situaciones más duras, ahora se encontraba abatido frente a ella, con la frente agachada mientras daba rienda suelta a ese enorme dolor que solo la visible cercanía de la muerte puede dar.

- ¡Candy, mi niña!, ¡No nos dejes, por favor! – su voz desgarró el pequeño cuarto donde yacía la ojiverde.

- Siempre has sido la alegría de los Andrey. Con tu luz iluminaste cada una de nuestras vidas y no puede apagarse tan pronto, ¡Candy!, ¡no nos abandones! – se arrodilló frente a su cuerpo y se aferró a la cama.

Observó su níveo semblante a pesar de mostrar visibles heridas y hematomas por todo el rostro. Parecía dormida y su expresión era de profunda serenidad. Albert le acarició dulcemente la mejilla mientras le daba un beso tierno en la frente. La puerta se abrió en ese momento. Entró el doctor y le pidió un momento a solas. El magnate asintió y se despidió mentalmente de ella:

- ¡No permitiré que mueras Candy! Pondré lo mejor a tu disposición. Quiero ver esa verde mirada de nuevo, animándonos a seguir viviendo – pensó para sí mientras seguía al galeno.

Le llevó a su despacho. El lugar era sencillo y adusto, aunque algunos cuadros de paisajes adornaban las paredes. El mobiliario era bastante discreto. El doctor se encontraba detrás de su escritorio con expresión grave:

- Me temo que no le tengo buenas noticias, señor Andrey. La señorita White ha sufrido un terrible traumatismo a causa del golpe en la cabeza, que aunado a la enorme pérdida de sangre, le han hecho caer en estado de coma. Desgraciadamente, los casos de éxito son demasiado... escasos – su voz, aunque firme, denotaba que tampoco era fácil para el hombre la noticia que estaba transmitiendo.

- Le pido que haga todo lo que esté en sus manos. Los últimos avances médicos, el equipo que necesite. No escatimaré en gastos con tal de verla caminando de nuevo. ¡Se lo suplico, doctor! – la voz del rubio se quebró nuevamente por el triste sentimiento.

- Eso no lo dude. La señorita White ha sido y siempre será considerada como un elemento valioso y un maravilloso ser humano. Hemos recordado sus contribuciones a este hospital, mientras laboró aquí. Estamos haciendo lo más humanamente posible para hacerla salir de este trance. Sin embargo, no quisiera anidar falsas esperanzas. Es mi deber decirle la verdad y el diagnóstico por ahora es incierto. Solo un milagro puede salvarla. Sin embargo, le recomiendo que sus familiares y seres más queridos no se separen de ella. Llévele objetos personales que hayan sido preciados por ella y platíquenle anécdotas positivas – esta última frase le hizo recordar a Albert a cierto personaje, que hacía tiempo no aparecía en la vida de los que le habían conocido.

- Haga lo que esté a su alcance doctor – le hizo una señal buscando saber si ya había terminado y regresó al cuarto donde se encontraba su hija adoptiva.

Estuvo un rato más ahí y después se tuvo que armar de valor para llegar a casa... y dar la desagradable noticia. No iba a ser nada fácil. Había decidido dejar a la joven en ese lugar, puesto que el sanatorio cercano al Hogar, donde trabajaba, no tendría la capacidad necesaria para procurar su bienestar.

Le dio nuevamente un beso a su pequeña y le pidió a una enfermera que se dedicara especialmente a su cuidado. Su salario lo pagaría personalmente él. La joven asintió porque estimaba demasiado a la rubia.

Aparentando un enorme aplomo, Albert salió del hospital rumbo a Lakewood.


- Qué hermoso paisaje. Nunca había visto nada así. Siento demasiada paz en este lugar. El jardín de flores es deslumbrante – se aproximó hacia un claro donde unos botones blancos relucían ante el toque solar. La chica se sorprendió – son Dulce Candy, pero... ¿cómo llegaron aquí? – sus ojos se llenaron de lágrimas.

- Eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras... Candy – la conocida voz sonó a sus espaldas. Sus ojos no daban crédito a lo que veían.

¡Era Anthony!

Lucía completamente diferente, como si se hubiese preparado para recibirla y la rubia se abalanzó sobre él. Estaba más grande, pero su rostro seguía teniendo ese mismo semblante infantil:

- ¿Voy a morir verdad?, ¡Oh, Anthony! ¡Voy a morir! – lloró de nuevo mientras sentía los tibios brazos en su espalda.

- No, todavía no es tu tiempo. Estoy aquí para recordarte que siempre te protegeré – tomó dulcemente su rostro mojado en lágrimas y le dio un tierno beso en la frente.

- ¿Dónde estoy? ¡Explícame! ¿Qué ha sucedido? – volteó a mirar a su alrededor.

- Estás temporalmente aquí para recordar que debes seguir siendo fuerte y valiente; para enfrentar hasta las cosas más difíciles que pudieran quebrantar tu espíritu – la voz de Stear se escuchó detrás de ella. Candy no terminaba de creer lo que estaba sucediendo.

- ¡Stear!, ¡Stear! No sabes cuánto te he echado de menos... si supieras todo lo que me ha sucedido Stear – se arrojó a sus brazos mientras el joven la consolaba.

- Lo sabemos, Candy, sin embargo, no todo es lo que parece ser. Podrás pensar que tu felicidad ha sido postergada y aunque a veces pienses que las cosas no tienen salida o comienzan a aminorar tu fe, recuerda siempre que estaremos ahí para apoyarte – ambos jóvenes la tomaron de cada brazo y la convidaron a pasear por el enorme lugar.

La rubia sintió que su corazón rebosaba de alegría, pero, un leve y apenas perceptible dolor seguía alojado en un lugar muy especial del mismo. Ese dolor tenía nombre y un rostro de ojos tan azules como el mar, más en ese momento, lo ignoró. Estaba con sus seres queridos y no dejaría por nada del mundo, que esa efímera felicidad le fuera arrebatada nuevamente.


La familia Andrey no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Albert había reunido a toda la familia y los llantos de las mujeres se dejaron escuchar. Annie era la más afectada. Había sufrido un desmayo y Paty la atendía junto a Archie. Heather abrazaba fuertemente al millonario mientras la señora Elroy no podía dejar de llorar por ella. Solo George había permanecido impávido, bajando el rostro en señal de solidaridad.

- Debemos ser optimistas y creer que Candy saldrá de este difícil momento, porque sé que lo hará. Ella siempre ha sido una mujer fuerte y no podemos dejarnos abatir por las circunstancias. Les pido a todos y cada uno de ustedes, su colaboración para cuidarla y procurarle todo el cariño posible. Mi niña no debe sentir que está sola – la fuerte sensación en su mano mientras su prometida lo apoyaba, le dio fuerzas para animar a su familia. Candy y ella eran muy parecidas.

- No dudes en que lo haremos, Albert. Yo quisiera estar con ella – habló serenamente la señora Elroy. Quería estar cerca de ella lo más que se pudiera.

- Nos iremos turnando todos, Tía. De día y de noche. No estará sola y le infundiremos bríos, como si estuviese dormida porque sé que despertará pronto – la voz de Archie estaba afectada por el llanto, pero no se dejaría abatir tampoco. Ese milagro tendría que llegar de algún lado.

- Les agradezco muchísimo su apoyo. Creo que tengo una familia maravillosa – Albert sonrió esperanzado, sin embargo, todavía faltaba lo peor. Tom se adelantó.

- Tendré que decirles a la señorita Pony y la Hermana María. Será difícil para ellas – el rubio asintió, insistiendo que él personalmente lo haría.

- Candy saldrá adelante. Estoy segura de ello. Por ahora, queda pospuesta la boda, espero comprendan todos – Heather volvió a abrazar a su prometido, mientras todos acordaban dedicarse exclusivamente al cuidado de la ojiverde.

Al día siguiente, Albert se había presentado temprano en el Hogar de Pony, acompañado de George y Annie. Ambas mujeres habían estallado en llanto al escuchar la horrible noticia:

- Tenemos que ser fuertes. Candy no aprobaría el que estuviésemos así. Por ella debemos ver el futuro con optimismo. Ese milagro tiene que darse. ¡Por favor!, en nombre de ella cuidémosla y haremos que salga de ese trance – la actitud de Annie asombró a todos. La morena hacía gala de un carácter oculto hasta hacía poco tiempo.

- Así es, Annie. Por ella debemos seguir viviendo y procurándole amor y cuidados. No pierdo la fe en que ella vuelva a ponerse de pie y alegrarnos como siempre lo ha hecho hasta ahora – Albert rodeó sus hombros mientras hablaba para todos – cuidaremos de ella como nuestro más preciado tesoro. No voy a permitir que la muerte nos la arrebate – las demás personas asintieron con la cabeza, aún sin dejar de llorar.

- Señor Andrey, le agradecemos de corazón lo que hace por nuestra hija. Haremos lo posible porque ella regrese con bien a su casa. Rezaremos por su pronta recuperación – la Hermana María tocaba su crucifijo mientras se dirigía a Albert.

- Esa es la actitud que debemos tomar. No hay nada que agradecer hermana, es por ese hermoso ser humano que Dios nos ha brindado y que debemos cuidar en este momento. Si me permiten, me retiro. Annie inicia hoy la guardia con su hermana, y así nos iremos turnando hasta que podamos lograr lo que creen imposible – se despidió de ellas y abordó su automóvil en compañía de la morena.

Cuando llegaron al hospital, Albert tomó las manos de Annie y le lanzó una mirada de apoyo.

- Seremos su contacto con este mundo. Necesita oír cosas positivas Annie. Por favor, ¡anímala! – se despidió de ella.

La joven se dirigió al cuarto donde estaba Candy y ahogó un sollozo al verla inerte sobre la cama. Se sobrepuso rápidamente mientras se sentaba a su lado y tomaba su mano delicadamente:

- ¡Hola, hermana!, Te pondrás bien y de eso nos encargaremos todos. Volverás a sonreír – inició su monólogo la ojiazul, tomando la fría mano de aquella a quien consideraba su hermana, mientras tomaba aire y comenzaba a hablarle de lo que acontecía en su vida y en el Hogar de Pony.

Los días se irían sucediendo, mientras una poderosa familia luchaba incansablemente contra un enemigo demasiado complejo y difícil, y del cual ni todo el dinero del mundo podía vencer, si éste terminaba por llevarse a Candy.

El tiempo era su mejor aliado y a la vez su más grande prueba.


Por su parte, Terrence Grandchester seguía cotizándose como el mejor actor de teatro en Broadway.

La compañía Hathaway había visto crecer sus bonos al ver que su estrella principal colmaba cada noche los teatros donde se presentaba. Por el momento, representaban una obra de William Shakespeare, Hamlet, con llenos totales cada noche.

A pesar de su fuerte carácter, el joven actor era una persona dedicada y disciplinada en su trabajo, siendo su único motivo para vivir y seguir adelante. Su vida personal solo le pertenecía a él y no dejaba que nadie más se entrometiera en ella.

Robert era el único que conocía su verdadero pesar.

- Ya pronto descansaremos, Terry. Ha sido una dura jornada para nosotros esta puesta en escena. Es cuestión de un par de semanas más – le comentó, esa tarde en su despacho, Robert al inglés.

- La verdad que sí necesitamos unas vacaciones largas. Ojala y el jefe se apiade de nosotros los pobres actores – sonrió con ganas ante la expresión seria del director.

- Solo espero que ahora si disfrutes tus vacaciones. ¿Saldrás a algún lado? – le preguntó cuidando las palabras. No quería hacerle explotar.

- No lo he pensado. Son varios meses y quisiera aprovecharlos para viajar a Inglaterra. Mi padre me ha invitado a su villa y no he podido hacerlo por los ensayos y presentaciones. Tal vez me quede un tiempo allá – su voz sonaba distante. Hacía tiempo que había limado asperezas con su progenitor por lo que mantenía un contacto constante con él.

- ¿Y Susana? – no pudo evitar preguntar por ella. Había sido testigo de la desdichada relación que ambos llevaban.

- No la llevaré, Robert – respondió con un dejo de fastidio en su voz -. Ahora, si me permites, me retiro. Estoy demasiado agotado y quisiera descansar. Solo restan unas cuantas semanas más y podré estar libre para atender mis compromisos personales – se incorporó de la silla y se despidió rápidamente de él.

Salió del teatro y se dirigió a su apartamento. Hacía años que seguía residiendo en el mismo. Nadie sabía exactamente su ubicación, excepto Robert y su madre. No toleraría que Susana le estuviese buscando ahí. Era su rincón más íntimo. Ahí daba rienda suelta a toda esa pasión y tristeza contenidas en lo más profundo de su alma.

- ¡No puedo olvidarte, Candy!, simplemente... ¡no puedo! – se acomodó en el enorme sillón de la estancia y comenzó a tocar la melodía que inmortalizara solo para ella.

- ¿Qué estarás haciendo? – su mente se perdió en antiguos y anhelados recuerdos. Tenía sus ojos cerrados

Una cálida brisa le llegó de repente.

Abrió los ojos, asombrado.

¡No podía creerlo! ¡Había sentido su olor!

Inexplicablemente, un aroma a rosas comenzó a flotar en el aire hasta desaparecer. Caminó por todo el lugar buscando la causa de lo que acababa de sentir, sin encontrar una razón lógica.

Lo atribuyó a su sugestión:

- Por un momento creí que te vería de nuevo – una lágrima rodó por su mejilla mientras volvía a recostarse en el sillón y seguía tocando su armónica.

Fuera, el viento mecía suavemente los árboles, aunque el invierno era cruel y despiadado.

A Terry no parecía importarle.

Hacía tiempo que sus sentimientos habían quedado congelados y no había vuelto a enamorarse desde entonces.

A sus veintiséis años, la vida le seguía pareciendo absurda y fría. Su existencia encontraba su razón en el escenario. Fuera de él, se consideraba muerto en vida.

Se había quedado dormido en la sala del lugar hasta que un fuerte rayo de sol le dio de lleno en el rostro. Había tenido un sueño hermoso donde Candy y él por fin se encontraban juntos, de nuevo. Se había llenado de esperanza, aunque, no sabía por qué:

- Hacía tiempo que no soñaba contigo, pecosa. Has alegrado este día – sonrió al recordar su hermoso rostro y se dirigió a la ducha.

Su sonrisa se ensombreció un poco al recordar que debía visitar a Susana, como cada tercer día. Hacía tiempo que la chica se había vuelto más déspota y exigente con él. No había momento en que tanto ella como su madre le recordaran su "maldito deber", como él le llamaba:

- ¿En qué momento te volviste así, Susie? ¡Eras tan dulce y tan cariñosa! – le llenó una sensación de pesar. Sabía la verdadera razón.

- Nunca podré amarte. Lo siento – pensó con tristeza mientras se arreglaba para ir a la rutinaria visita.

Salió de su apartamento, en tanto que una joven de verde mirada volvía a pensar en él. No se imaginaba lo que sucedía en ese momento en Chicago.