CAPÍTULO II

Candy se encontraba sola, en un lugar alejado del enorme jardín.

Sus primos habían decidido dejarla por un momento, puesto que debían darle tiempo para meditar sobre lo que estaba pasando. La chica no recordaba nada del accidente y ellos habían considerado prudente el no mencionárselo en ese momento.

- Terry… ¿qué haces ahora? – su verde mirada se cubrió con un ligero manto de tristeza. Cerró sus ojos y pensó en él. Creyó sentir que estaba a su lado.

- Imagino lo feliz que has de estar al lado de…. – no pudo decir el nombre. No atinaba a explicar el por qué de su reacción. Simplemente, no se sentía capaz de pronunciarlo.

La hermosa joven decidió caminar nuevamente por uno de los enormes rosales y acarició un botón carmín.

- Candy, ¿ya estás triste de nuevo? – la voz de Anthony llegó detrás de ella.

- Yo…. – no la dejó hablar. El chico la tomó por el talle y recargó su barbilla en su hombro.

- Lo sé todo. Entiendo perfectamente por qué estás así. Viví cada uno de tus momentos con intensidad, tanto los bellos como los más tristes. Siempre creí que te quedarías a su lado – explicó mientras seguía en la misma posición.

- Las cosas no fueron tan fáciles. Él tenía un deber que cumplir, Anthony. Ella había decidido dar hasta la vida por Terry. Ahí supe comprender lo que por amor era capaz de hacer ella – su voz tenía un rasgo de tristeza. El joven la volteó y la miró detenidamente.

- ¿Por qué no le preguntaste a él lo qué pensaba?, ¿realmente estás tan segura de que la amaba? – su cuestionamiento caló hondo en el pecho de la enfermera.

- Lo creí conveniente. Vi cuando la cargó en sus brazos con ternura y la llevaba de nuevo a su habitación – sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar ese momento. Su compañero las enjugó.

- ¿Crees que realmente es feliz al lado de una mujer… que no ama? – Anthony enarcó una ceja en señal de duda. La chica se sintió inquieta.

- No lo dudo ni por un momento. Sé que hicimos lo correcto – dejó que el rubio tomara su mano y la guiara hacia otro rincón del lugar.

- Cierra los ojos y piensa un momento en él, y en lo que siente en este momento – la chica obedeció.

Una enorme tristeza y soledad invadieron su ser.

Pudo percibir el sonido lejano de una melodía conocida solamente en aquella armónica que le había regalado. El varonil rostro del actor se vislumbró por un momento en su mente, y se dio cuenta que lloraba, externando un sufrimiento enorme:

- Llora….Terry está llorando… ¡oh Dios!, ¡Sufre mucho! – abrió los ojos y soltó el llanto largamente guardado.

- Creo que es hora de que enfrentes a tu pasado, Candy. Ustedes deben darse una oportunidad – la suave voz del joven la reconfortó un poco.

- No sé qué decirte. Yo… nunca he podido olvidarlo y no quisiera pensar cuál será la reacción de… ella – nuevamente no pudo pronunciar su nombre. Era demasiado doloroso.

- El tiempo te lo dirá. Te invito a pasear y a que dejes de pensar ahora en cosas tristes – Anthony le ofreció su brazo y resolvieron ir en busca de Stear.

Candy nunca sabría que Terry había podido sentirla justo en el momento en que ella pensaba en él, mientras la cotidiana escena de tristeza enmarcaba el salón de su apartamento.


Hacía tiempo que la otrora hermosa y dulce Susana Marlowe se había vuelto una mujer amargada.

Los primeros años después de que se separaran esa enfermera - como la llamaba - y Terry, se había volcado en atenciones y mimos hacia él para lograr abrir su corazón, sin éxito.

Por más caricias, cariños, palabras dulces y demás, el joven actor no sonreía ni la miraba como lo hacía con aquella. Se había hartado de no ver resultados hacía tiempo. Su semblante era poco expresivo y severo. Ahora se dedicaba a atosigar con reproches y malos tratos a Terry. Seguía esperando la fecha de la boda.

- ¡Tienes que ceder, Terrence!, no me puedes dejar tan fácilmente – pensaba mientras caminaba por el jardín de la residencia que le había regalado el actor.

Después del desafortunado accidente donde había perdido una pierna, se había enfocado a lograr resarcir en parte su inmovilidad.

Gracias a los avances de aquel tiempo, ahora contaba con una prótesis que le permitía seguir con su vida de forma casi normal y con la que podía moverse a donde quisiera, desechando la molesta silla de ruedas. Se sostenía de su fiel bastón.

A pesar de ser una mujer hermosa, su carácter agrio y sus molestos desplantes, la habían vuelto una persona completamente solitaria. Sólo su madre la soportaba:

- Hija, ¿estás lista?, Terry ya no tarda en venir – su mamá se acercó a ella y la tomó por los brazos. La chica se soltó rápidamente.

- Lo sé, madre. Otra tarde igual que las de siempre. A ver cuánto tiempo se tarda hoy. Imagino lo que me estará contando cuando venga – hizo una mueca de fastidio, sin embargo, no lo soltaría por nada del mundo.

- Hija, debes seguirle presionando con la boda. No es posible que a pesar de tantos años sigan en las mismas – interfirió de nuevo su madre.

- Esa es cosa de él y mía. Nosotros te diremos cuándo será pero por favor, no te metas ¿quieres? – le espetó groseramente la chica. La mujer se indignó.

- Está bien. No te molestaré, pero ojalá y todo salga bien. Porque el tiempo pasa y tú ya te estás quedando – no esperó a escucharla. Se dio la media vuelta y se fue, dejando a la actriz furiosa.

- Ese maldito seguirá encadenado a mí. ¡No te librarás tan fácilmente!, ¡no lo permitiré! – pensó con rabia para sí.

El timbre sonó y la mujer corrió a abrir.

Era él con su actitud tan característica.

Saludó secamente a la señora y se dirigió hacia donde se encontraba la rubia actriz. Tomó aire antes de seguir con la misma situación de siempre:

- ¡Hola, Susie!, He venido a verte – la saludó sin demasiado interés.

- Hola, Terry – contestó sin ganas la chica, mientras seguía de espaldas a él. Ya le daba igual su presencia, pero, seguiría junto a ella.

- ¿Cómo has estado?, Robert nos ha incrementado la carga de trabajo – Terry comenzó a comentarle automáticamente los mismos temas de siempre.

- Me imagino. Ese hombre siempre tan exigente – le contestó mordazmente la rubia, mientras trataba de controlar su rabia.

- Veo que no tienes humor para platicar, mejor me retiro – el inglés se acercó a ella para despedirse y la chica volteó a verlo. Su rostro era la viva imagen de la amargura.

- Ya lo veía venir. Conozco todas tus excusas, creo que hasta has de inventar los diálogos para decir que sostenemos algún tipo de conversación. Tal vez deberías cambiar un poco la rutina – la joven se sonrió con ironía.

- No vine a escuchar tus burlas, Susana. Me voy – el actor se dio la media vuelta y se retiró.

- Haz lo que quieras. Al fin y al cabo, seguiremos unidos, lo quieras o no – la actriz tomó su bastón y se dirigió a su habitación. Necesitaba salir a tomar el aire un poco, aunque estuviese frío.

Su madre intentó disuadirla de salir pero la joven no le hizo caso.

Tomó su abrigo y después salió a caminar al parque cercano a la casa. El cielo oscuro cuajado de estrellas con una enorme luna plateada iluminaba su camino mientras la chica se perdía entre miles de pensamientos. Algunas lágrimas rodaban por su rostro, aunque las enjugaba con agresividad:

- ¡No serás feliz nunca! – llegó a una vieja fuente desolada y se paró frente a ella.

- Veo que estás furiosa – una femenina voz se escuchó detrás de ella.

La rubia volteó extrañada.

Era una mujer muy delgada de cabello negro largo y piel demasiado blanca. Su fría mirada la traspasó haciéndole sentir un enorme escalofrío, sin embargo, no se amedrentó por su presencia. Sus ojos eran oscuros. Era muy bella, sin embargo, demasiado inquietante.

Susana sintió que de aquella mujer emanaba una sensualidad infinita, aunque había algo que le intrigaba:

- Buenas noches, ¿la conozco? – la actriz la miró detenidamente.

- No, querida, sin embargo, puedo percatarme de que no estás bien. ¿Sabes?, una mujer como tú no puede dejar que otros le hagan sentir mal. Debes tener siempre el control de las cosas. Tú dominas a los demás – le dijo la mujer, mientras Susana se quedaba pensativa.

- ¿Por qué me dices todo esto?, ¿acaso lees la mente? – su mirada llevaba un poco de temor. La mujer sonrió.

- No, pero pude escuchar lo que dijiste mientras mirabas a la fuente. Muchas veces tenemos tantas cosas dentro que ni siquiera nos damos cuenta cuando las decimos en voz alta... y otros escuchan. No debes dejar que las emociones te dominen, y mucho menos, cuando son causadas por terceras personas... que no valen la pena – arqueó la ceja mientras la veía.

- Yo no dejo que me dominen – contestó a la defensiva.

- ¿Eso crees?, y entonces, ¿por qué no quieres que sea feliz esa persona? – preguntó inquisitivamente la extraña mujer.

- Porque... solo tiene que serlo conmigo. Es su deber. Yo salvé su vida y me debe mucho por eso – su semblante se volvió amargo.

- Lo tienes a la fuerza por lo que veo – la mujer pudo sentir la furia de su acompañante al decirle eso.

- No me importa, está a mi lado y eso es lo que me interesa – se excusó sin convencimiento.

- ¿Te gustaría tener su amor incondicional? – la pregunta hizo que Susana clavara sus ojos en ella.

- ¿Qué quieres decir? – había sido obvia en su interés.

- Podrías tenerlo a tus pies querida... es cuestión de decisión. Tú tienes la respuesta. Si te interesa, búscame – le extendió una tarjeta, despidiéndose de ella.

La rubia la tomó mientras la mujer se alejaba. Su vestido negro largo y el abrigo del mismo color ondulaban con su cadencioso andar, mientras su cabellera suelta flotaba en el aire. Había dejado impresionada a Susana:

- Qué mujer tan enigmática. Su personalidad es... perturbadora – pensó mientras regresaba a su hogar. Sopesaba las palabras que le había dicho al final.

- Tal vez... haya una manera de poder tenerlo para siempre a mi lado... amándome – el deseo apareció en su mirada.

Ansiaba tanto estar con Terry.

Llegó a su casa y su madre ya estaba en su habitación. Se dirigió a la suya y se encerró. Había mucho que meditar y reflexionar.


En Chicago, los días se hacían largos para la familia Andrey, quienes no perdían la fe en que la joven se recuperara del coma en que se encontraba. Sus familiares no perdían ningún momento para ofrecerse a cuidarla.

Annie era la que más tiempo pasaba con ella. No había momento que dejara en el olvido para irle contando a su hermana lo que acontecía en el Hogar. Esa noche, después de varias semanas del accidente ocurrido, la chica se encontraba en el hospital junto a ella, como siempre:

- Te vas a poner bien, Candy. Te veo mucho mejor ahora. Sé que me escuchas y sabes lo mucho que te queremos y lo que significas para nosotros. ¡Debes regresar! – no pudo evitar derramar unas lágrimas. Tomó con fuerza su mano y la aproximó a su corazón.

- Te estamos esperando y sé que volveremos a disfrutar esos momentos que siempre nos has regalado. ¡Paty y yo te tenemos muchas sorpresas!, ¡te encantarán cuando sepas de qué se trata! – se arrodilló frente a ella y le dio un beso en la frente.

- Hola. Annie, creo que debes ir a descansar – Albert acababa de entrar a la habitación.

- ¡Albert!, pero, ¿qué haces aquí? – la morena estaba sorprendida, puesto que era un hombre demasiado ocupado.

- Quiero estar con ella esta noche. Por favor, espero me comprendas. George te llevará a casa – dejó su abrigo en la mesa y se acercó a la rubia.

- Está bien. Sé que queda en las mejores manos – le volvió a dar un beso a su amiga y se despidió del millonario.

En cuanto salió, Albert se dirigió hacia la venta mientras iniciaba su conversación con ella:

- Hoy tuve mucho trabajo, sin embargo, he estado al pendiente de ti. Te agradará saber que tenemos un patrocinador para el sanatorio. El señor Hills es una excelente persona y se ha interesado en el proyecto de expandir el lugar. Tal vez, más adelante se requiera más personal, y tú debes estar ahí para seleccionarlo... – su voz se quebró por la tristeza, mientras lloraba en silencio.

- Tienes que estar bien. La casa no es lo mismo sin ti. ¡Te necesitamos! – se acercó a ella y hundió su cara entre las manos cálidas de la rubia. Su expresión era tranquila.

Mientras permanecía así, de repente la joven movió una mano y Albert se quedó asombrado:

- ¡Candy! ¡Candy! ¡Te has movido! – gritó de júbilo. Salió en busca del doctor.

Después de que el galeno la había revisado, salió a hablar con el empresario:

- A veces, los pacientes en estado comatoso tienen movimientos involuntarios... lo que no necesariamente significa que se estén recuperando...no quiero darle falsas esperanzas, señor Andrey pero Candy sigue igual desde que llegó – la voz del hombre sonaba fría y distante.

- Yo... creí por un momento que ella estaría de vuelta nuevamente – se sentó deprimido en el sillón de la oficina del hospital.

- Debemos esperar a que muestre signos más visibles de recuperación. Le dejo por ahora, puesto que tengo más pacientes que vigilar. No dude en llamarme si surge algo repentino – le condujo amablemente a la puerta y Albert regresó con su querida hija.

Se sentó nuevamente a su lado y siguió platicándole hasta que se quedó dormido. El sueño le llegó:

Estaba rodeado de todos sus animales y su simpática mofeta se encontraba sobre sus piernas, mientras se refrescaba al abrigo de un árbol. Era un día soleado y el agua cristalina del río refulgía con intensidad, reflejando el brillo del sol. Llevaba el mismo aspecto de antes, cuando era libre y feliz.

- ¿Es un hermoso día no crees? – la conocida voz apareció de repente tras el árbol. Era Candy.

- ¡Candy!, ¡estás bien! – el rubio se incorporó en un impulso y la estrechó entre sus brazos. Ella se dejó hacer.

- Albert, ¡siempre he estado bien! – su cara estaba confundida pero después sonrió como siempre.

- ¡Gracias a Dios! ¡Estás de nuevo aquí, conmigo! – la invitó a sentarse a su lado y conversaron un largo rato.

Después caminaron cerca de ahí y repentinamente dos conocidas figuras aparecieron ahí mismo. Albert no podía creer lo que sus ojos veían:

- ¿Anthony y Stear?, pero... ¿qué sucede? – volteó a ver a Candy y ella sonrió.

- Están conmigo cuidándome... por un momento – la chica corrió hacia sus primos y los abrazó. El rubio no entendía.

Iba a hablar cuando un lejano ruido le llegó de repente.

El magnate despertó y vio que Candy comenzaba a respirar dificultosamente. El rubio salió desesperadamente en busca del doctor.

Un rato después, al verlo salir del lugar, vio que su expresión era de desasosiego. Se acercó a él y habló con voz demasiado grave:

- Su condición ha empeorado. Señor Andrey, sólo un milagro puede salvarla. Estamos haciendo lo que podemos – se quitó el gorro blanco y bajó su mirada. Otras enfermeras se encontraban auxiliando a la paciente.

- ¡No!, ¡no doctor!, ¡por favor!, ¡haga algo! – se pasó las manos por la cabeza desesperadamente. No atinaba a pensar qué podría hacer con tal de verla bien. A su mente llegó una idea. Se tranquilizó como pudo.

- Doctor, ¿es posible, qué si alguna persona que haya sido importante en su vida y estuviera en contacto con ella en este momento, pudiese ocasionar una reacción favorable? – la pregunta tomó por sorpresa al doctor. Sabía que los familiares se aferraban a las ideas más inverosímiles, sin embargo, los tenía que ubicar en su realidad.

- No sabría qué responderle, señor Andrey. No tenemos bases científicas para aceptar lo que me acaba de preguntar. Yo le recomiendo que le dé tiempo al tiempo. Haremos todo lo que sea posible de nuestra parte para ayudar a la joven a superar esta situación difícil – la respuesta no desanimó al millonario rubio.

- Entiendo, doctor, sin embargo, tengo que hacer algo – le dio un abrazo ante el azoro del médico y regresó a la habitación. Candy había recuperado su respiración y aparentemente se había restablecido.

Su mirada azul lucía determinante.

La decisión ya la había tomado y necesitaba viajar cuanto antes.

Se aferraba a su única tabla de salvación y sabía que algo podría hacer por ella. No quedaba mucho tiempo y necesitaba actuar rápido.

- ¡Tienes que mejorar!, así tenga que reencontrarte con tu pasado – se acercó nuevamente a ella y se despidió.

Salió a buscar a la enfermera de turno y le encargó la asistiera por cualquier cosa.

Se dirigió rápidamente a la mansión y se dispuso a descansar. Tenía que arreglar un viaje de emergencia y dejaría a George y Archie a cargo de sus obligaciones.

A la noche siguiente, Albert ya tenía todo listo. Después de dar una ligera explicación aduciendo viajes urgentes de negocios, se despidió de toda su familia y salió hacia la estación de trenes.

Se encontraba ya en su camarote instalado, mientras se preparaba para dormir.

Debía estar descansado para poder afrontar lo que le esperaba. Necesitaría mucho poder de convencimiento para lograr su objetivo. La vida de Candy pendía de un hilo, y él buscaría aferrarla a él, lo más que se pudiera.

Nueva York era el destino de Albert, y cierto actor recibiría la noticia más impactante de su vida.


La noche de la puesta final en escena había sido aclamada con un estruendoso ruido de aplausos.

La compañía Hathaway se había granjeado una excelente reputación en Broadway, y Terrence Grandchester acababa de recibir en ese momento un premio como el mejor actor de Nueva York, por parte de la crítica especializada.

Robert se encontraba al centro del escenario rodeado de todos los actores y dirigía unas palabras a la audiencia. Terry sonreía satisfecho al ver el increíble resultado después de largas jornadas laborales y ensayos agotadores. Se sentía mejor que nunca, más aún, después de saber que Susana y su madre no irían a verlo esa noche:

- Menos mal que no soportaré su molesta presencia, y no vendrán. ¡Esta noche es mía! – sonrió de lado mientras mentalmente dedicaba su triunfo a cierta chica cuyo rostro salpicado de pecas había llenado completamente su existencia.

La gente se encontraba de pie aplaudiendo con demasiado fervor a sus actores favoritos. Los gritos de cientos de féminas asistentes coreaban el nombre del galante protagonista. El joven actor les agradeció con una reverencia y tomando varias de las flores que habían caído el escenario las besó y las aventó a las chicas, provocando más clamores de emoción.

- Terry, tendremos la recepción en casa del alcalde. Te espero fuera para irnos juntos – Robert le dio una palmada en el hombro mientras se alejaban del escenario.

- Sabes bien que no me gustan ese tipo de eventos. No quisiera ir – el actor intentó evadir el compromiso.

- Por favor, solo por esta noche preséntate al evento y te prometo que ya no volveré a insistirte. Además, ya te irás de vacaciones por un largo tiempo. Por favor... amigo – esa palabra desarmó al ojiazul.

- Está bien. Lo haré solo por ti – respondió con cierto fastidio. Se retiró a su camerino.

El inglés se dirigió al lugar para desmaquillarse y despojarse de su traje.

Iba muy pensativo, recordando el pleito que había tenido con la ex actriz unos días antes del estreno, cuando le había comentado que ya sería la última actuación que tendría y se iría a Londres, obviamente, sin ella:

Había asistido a la acostumbrada cita que solía llevar como años antes, para verla.

Iba completamente desmoralizado de sólo saber que tendría que soportar su presencia. Además, su malhumor se había agudizado, a raíz de que había decidido darle más largas a su compromiso.

No la soportaba:

- El próximo fin de semana es la última puesta en escena, Susie. Después saldré de vacaciones y planeo estar con mi padre en Londres por unas semanas, ya sabes que no ha andado bien de salud – analizó con sumo cuidado la reacción de la chica.

- ¿Cuándo saldríamos de viaje? – la actriz le miraba fijamente, presintiendo su respuesta.

- Susie, sabes bien que mi padre no está de acuerdo en que me case con alguien fuera de la nobleza – Terry le había mentido hacía tiempo con el cuento y el Duque se había prestado gustosamente a seguirle el juego. También odiaba a la actriz.

- Te recuerdo que tienes un deber que cumplir. Tu padre debe entenderlo. ¡No fue cualquier cosa perder una pierna por salvar tu vida! – la misma cantaleta empezaba de nuevo y el actor volvía a perder los estribos.

- ¡Ya lo sé!, no tienes que estármelo recordando. Debo seguir atado a tu compañía por siempre, ¡eso me queda muy claro!, pero sabes muy bien que mi padre jamás lo aprobará, ¡entiéndelo de una vez por todas: él no te va a aceptar en su círculo!, así que la decisión está tomada, solo venía a avisarte que me ausentaré del país. Ahora, debo irme, porque tengo muchas cosas que hacer para la última actuación – el ojiazul salió furioso del lugar, dando un portazo y dejando tras de sí una sarta de improperios e insultos por parte de la chica.

Entró inmediatamente al lugar y comenzó su acostumbrada rutina.

Mientras se veía al espejo, pensó en ella:

- ¿Dónde estarás, Candy? – sus ojos enrojecieron a causa de las lágrimas. Contuvo el llanto.

- ¡Te extraño tanto!, sé que nunca lo sabrás, pero, cada uno de mis triunfos siempre será dedicado a ti... mi amor – continuó limpiando su rostro.

Unos golpes a la puerta lo sacaron de sus pensamientos.

- Señor Grandchester, alguien le busca. Dice que es urgente – le dijo uno de los tramoyistas que trabajaba en el teatro.

- No quiero ver a nadie, Edward, su urgencia puede esperar – contestó el actor de mala gana.

El trabajador intentó pasar el mensaje a la persona que quería ver al inglés, pero no pudo. La fuerte voz de Albert le tomó por sorpresa:

- Una situación extrema no puede esperar, Terry. ¡Te exijo en nombre de una buena amistad antigua, que me atiendas por favor! ¡No es grato lo que vengo a decirte! – el magnate entró ante un confundido Edward quien solo les observó y dejó en la más absoluta soledad.

- ¡Albert!, ¿qué haces aquí?, ¡no puede ser!…. tantos años de no verte – no atinó a decir algo más. Dolorosos recuerdos se agolparon en su cabeza.

- Lo sé, Terry, lo sé. Han pasado demasiadas cosas desde la última vez que nos vimos. No tendré tiempo de explicártelo todo, pero por favor, ¡escúchame! – la voz del rubio se quebró por una enorme desesperación. El actor tomó una silla y se sentó junto a él. Le veía con muchos sentimientos encontrados.

- ¡Por favor!, ¿qué es lo que ha pasado?, ¡me intrigas y me asustas! – le miró fijamente, mientras su mente volaba a mil por hora.

- Como sabrás, hace años me presenté oficialmente como William Andrey, el representante de nuestra familia en el país, y tomé posesión de todas las responsabilidades que eso conllevaba. Han pasado muchos años – Albert se tranquilizó y se incorporó para caminar brevemente de un lado a otro. Estaba ansioso. Terry le dejó hablar –. Mi familia ha estado muy bien desde entonces. Te imaginarás que hubo varios eventos, sin embargo, lo que vengo a decirte, es, como ya sabrás, un asunto que concierne a una situación que Candy vive en este momento – volteó a mirarlo fijamente. El semblante del actor se endureció.

- Ese tema ya está acabado para mí, Albert. Creo que pierdes tu tiempo al haber venido hasta acá. Si ella es feliz por su lado, me da mucho gusto, pero… tengo demasiados problemas como para seguir martirizándome con lo mismo – la voz de Terry era de molestia, aunque sabía muy en el fondo, que se moría de ganas por saber lo que Albert le diría sobre ella…su eterno amor.

- No seas duro, ¡esto es algo demasiado grave! No es lo que te imaginas. Candy… mi niña… hace años que decidió entregarse a una loable labor, ayudando a sus madres en el orfanatorio. Imaginarás que seguramente ella está casada y con hijos... pero… no es cierto Terry. Ella sigue soltera y... jamás volvió a tener una relación – Albert le dio la espalda, no quiso que Terry viera la lágrima que corría por su mejilla, la cual enjugó discretamente. Aquella revelación le hizo sentir una extraña sensación de esperanza al actor, sin embargo, lo encubrió.

- Lo que sea, Albert….no me interesa saber nada de ella. Creo que ambos sufrimos mucho por algo que no pudo ser y que a estas alturas, ya no sería viable. Candy y yo ya no tenemos nada en común, y mucho menos que compartir – respondió sin sonar convencido.

La amaba más que a nadie, sin embargo, siempre salía a flote su acostumbrada indiferencia y frialdad al tocar ese asunto, con alguien ajeno a ellos:

- Escucha, el tiempo corre para mí y espero me comprendas. Si después de esto, sigues con la misma actitud, entenderé que la has olvidado y que ya no existe más su recuerdo en tu mente. Me iré y te prometo que jamás en tu vida volverás a saber de nosotros. No ha sido mi intención molestarte. Yo más que nadie conozco todo lo que ella pasó junto a ti y créeme que si la situación en este momento fuera diferente, no habría tenido que venir a pedirte lo que te diré a continuación – el millonario se plantó frente a él y le miró fijamente – Candy… ha sufrido un grave accidente... su vida corre peligro... está en coma y los doctores no me dan muchas esperanzas de vida… he pensado que tal vez…. si tú estuvieras un tiempo con ella, podría tener una reacción favorable….Terry….. ¡Candy se muere y sólo un milagro puede salvarla! Ese milagro… ¡podrías ser tú! – Albert rompió a llorar inconsolablemente mientras la noticia hacía sentir a Terry como si una bomba hubiese explotado cerca de ahí.

Abrió la boca intentando decir algo pero no lo logró. Su mirada se llenó de lágrimas y la sorpresa lo había dejado paralizado. "Accidente…. ella podría morir pronto…. ya no estaría más en este mundo…", pensó mientras miles de emociones le embargaban de súbito.

- ¿Qué le pasó? – su voz se quebró por la triste emoción que le ocasionaba la lamentable noticia. Comenzó a llorar también.

- Un auto la atropelló. Perdió mucha sangre y sufrió un fuerte golpe en la cabeza. Una de sus compañeras llegó a avisarme. El doctor no me da muchas esperanzas y yo….. ¡no quiero perderla!, ¿comprendes?... ¡ella no morirá Terry!, tengo la esperanza de que en ese estado pueda recuperarse por causa de algún estímulo externo – Albert le había seguido narrando la situación mientras las lágrimas corrían por sus mejilla. Estaba desesperado.

- ¡Candy está grave!, ¡Dios mío!, ¡no puedo creerlo!, ¡no, ella no! – el actor se dejó caer de rodillas al suelo. Sentía que su cuerpo no respondía.

- ¡Por favor!, ¡di que la ayudarás! – el magnate le suplicó mientras se hincaba frente a él y le tomaba por los hombros.

Terry le devolvió la mirada mientras sentía que su corazón se llenaba de una angustia enorme.

Su amada pecosa estaba en peligro y quizás…ya no volvería a verla. En su rostro se pintó una fuerte determinación.

- ¿Cuándo partimos? – se incorporó y por un momento, presintió que la vida le daba una nueva oportunidad.