CAPÍTULO III
Albert se encontraba completamente consternado al llegar a Nueva York. No sabía si hacía lo correcto o no, solo estaba seguro de una cosa: tenía que salvar a Candy y haría todo lo posible porque ella reaccionara ante algún estímulo de cualquier tipo. ¡No permitiría que muriera!
Había pasado una muy mala noche y había decidido ir en busca de Terry.
Curiosamente, se había enterado que ese fin de semana sería el último para la puesta en escena de la obra donde el actor participaría. Sin pensarlo dos veces, compró el boleto con la esperanza de poder hablarle en cuanto terminara. No consideró conveniente hablar antes con él para no desconcentrarlo.
- Ojala y puedas aceptar mi ofrecimiento, Terry. Candy no puede morir, no puede morir – pensó para sus adentros, en cuanto el chico le había señalado la butaca que ocuparía durante la función.
Siguió con cierta atención la obra, mientras su mente rememoraba todos esos años pasados en que Candy y Terry compartían muchos momentos juntos.
Terry había estado magistral en su actuación y al final aplaudió aunque sabía que lo difícil aun estaba por venir. Se dirigió rápidamente hacia los camerinos. Cada paso que daba era un segundo menos que la vida le arrebataba para apoyar a la rubia enfermera.
- Partiremos en cuanto estés listo – le había respondido al instante en que el inglés había aceptado tácitamente ayudarle.
- Déjame hablar con Robert. Esto es un asunto de vida o muerte y sabrá comprender. Espera aquí – el actor salió apresuradamente para reunirse con el director.
Albert se quedó en silencio en el lugar. Sabía muy en el fondo que ella se pondría bien. Su fe era demasiado grande. Ella era un ángel y no dudaba que el milagro vendría pronto.
Mientras daba vueltas por el camerino, concentrado en lo que vendría a continuación, la puerta del lugar se abrió, y vio que una bella mujer apoyada en un bastón entraba al lugar.
Era Susana Marlowe.
Albert la vio confundido:
- ¿Quién es usted y qué hace aquí? – preguntó tajantemente la chica.
- Buenas noches, me llamo Albert y soy amigo de Terry – contestó educadamente el millonario. La mujer no le daba un buen presentimiento.
- ¿Dónde se encuentra él? – volvió a inquirir de forma descortés. No se molestó en dar su nombre.
- Salió un momento para ver a una persona. No sabría decirle bien a quién – dijo mientras la miraba detenidamente.
- Ya veo – la rubia salió del lugar ignorándolo y sin despedirse.
"Qué mujer tan prepotente y grosera. No tiene la más mínima educación", pensó el rubio para sus adentros. Tenía una ligera idea de quién era ella. Candy se lo había comentado hacía tanto tiempo:
- Seguramente es la chica que perdió la pierna por salvar a Terry. ¡Pobre! Se ve a leguas que no es feliz – recordó la historia que su protegida le había contado hacía tiempo. La imagen de ella en el hospital le llegó de repente.
- ¡Candy!, te ayudaremos a salir adelante. Confío en que todo salga bien, solo espero que él pueda lograrlo – su mirada se entristeció.
Una serie de gritos le sacaron de sus pensamientos. Volteó hacia la puerta, puesto que las voces se acercaban al lugar donde se encontraba.
Pudo distinguir la voz del actor.
Estaba molesto:
- ¡Te dije que me dejaras en paz, Susana!, ¡no tengo por qué darte explicaciones! ¿no entiendes? – el actor entró a su camerino intentado calmarse. No quería dar una escena desagradable frente a Albert.
- ¡No me puedes dejar así, Terrence!, ¡exijo que me des mi lugar!, ¡soy tu prometida! – le espetó secamente la mujer.
- ¡Basta!, ¡no quiero seguir escuchándote!, ¡me hastías! – Terry le dio la espalda mientras observaba a un incómodo Albert a quien le hizo señas de que le esperara fuera. El millonario les dejó solos.
- ¡Quiero estar contigo en esa cena, Terry!, ¡tengo todo el derecho a acompañarte a los eventos sociales de la compañía!, ¡pronto seré tu esposa!, ¿o es que acaso irás con alguna de tus amantes ocasionales? – sus ojos centelleaban de furia.
- ¡Cállate, estúpida! – Terry no pudo contenerse más y le soltó una sonora bofetada. La chica se llevó la mano a la mejilla llorando.
- ¡Eres un desgraciado!, ¡nunca te perdonaré esto que acabas de hacer! – chilló la actriz mientras trataba de salir a toda prisa del camerino, dando un gran portazo.
- ¡Maldita sea!, ¡la odio, la odio! – Terry dio un puñetazo al clóset de madera del lugar para sacar un poco de su coraje. Albert había entrado sin que se diera cuenta.
- Es ella, ¿verdad?, la mujer por quien dejaste a Candy – preguntó el millonario.
- ¿Por qué, Albert?, ¿por qué las cosas tuvieron que terminar así, si yo la amaba más que a nadie en el mundo? – el inglés se encontraba abatido y la rabia aún se sentía en sus palabras – y ahora, ella se debate entre la vida y la muerte, mientras yo sigo con el infierno que me ha tocado vivir al lado de esta maldita. ¡No la soporto ni un minuto más! – su voz estaba llena de rencor y amargura.
- Debes calmarte, Terry. Siento mucho que las cosas se hayan presentado así. Pero, ahora tengo un asunto urgente que debo atender. ¿Entiendes verdad? – el recuerdo de Candy sobre aquella cama inconsciente le importaba más que otra cuestión en el mundo.
- Tienes razón. He hablado con Robert y pudo entender el por qué no iría a la reunión del alcalde. Podremos partir mañana mismo. Estoy libre de compromisos, solo debo pasar a mi apartamento por algo de ropa – el actor recogió unas cuantas cosas de su camerino y salió del lugar con Albert detrás.
Se dirigieron al apartamento de Terry para hacer una pequeña maleta:
- Puedes quedarte aquí, Albert. Tengo dos habitaciones. Mañana nos vamos temprano a la estación de tren para comprar los boletos – le sugirió Terry.
- Gracias, pero ya estoy instalado en un hotel. Me permití comprar los boletos de regreso. Presentía que me acompañarías a Chicago, así que partimos mañana por la tarde – le confesó el rubio.
- Entiendo, Albert, entonces te veo en el andén, pero déjame llevarte a tu hotel. No es conveniente que pasees sólo por las calles, ya es muy tarde – tomó las llaves de su auto de nuevo y salieron del edificio.
- Gracias, Terry. Gracias por todo ¡Candy se salvará! – el millonario estaba más que agradecido por haber logrado su cometido.
Cuando regresó, soltó a través de sus lágrimas todo ese dolor largamente contenido por causa de un amor reprimido hacía tantos años:
- Vivirás, mi amor. Haré lo imposible porque así sea – se acurrucó en la cama con la almohada entre sus brazos y pensando en ella se durmió.
En Chicago, la familia Andrey se seguía turnando para cuidar de la joven ojiverde. La Tía Abuela se encontraba ese día cuidando de aquella traviesa chica que antaño le diera tantos dolores de cabeza y a quien ahora veía como a una de sus más preciadas nietas:
- Candy, espero hayas perdonado a esta anciana que tantos malos ratos te hizo pasar. Aunque no lo creas, siempre supe que eras una mujer especial y me recordaste que no importaban las adversidades que pudiéramos afrontar, siempre y cuando las hiciéramos con coraje, valentía y determinación. ¡Siempre te admiré mi niña!, más aún, ahora que habías decidido dedicarte a ayudar a los demás, sacrificando aún así tu propia felicidad. ¡Tonta de mí en querer forzar un matrimonio con alguien a quien nunca amarías!, ¡espero puedas perdonarme algún día! – acarició uno de sus rizos con mucha ternura.
- Mis sobrinos no se equivocaron en elegirte como una miembro más de nosotros. ¡Eres una gran mujer, Candy!, pido mucho porque te recuperes pronto. ¡Te necesitamos aún aquí con nosotros! – su monólogo era interrumpido por breves sollozos. A pesar de su expresión adusta y seria, la anciana sentía un enorme cariño por ella.
- ¿Cómo está? – la voz de Archie la interrumpió.
- ¿Qué haces aquí hijo?, debes de apoyar a Albert ahora que no está – le recordó dulcemente la matriarca.
- Quise darme una vuelta rápidamente, Tía. Siempre tengo la impresión de que llegaré y la encontraré despierta y bien – se acercó a la cama y tomó una de sus manos. La acarició por un largo rato.
- Es difícil ver que la alegría de la familia se encuentre en este estado. Postrada en una cama, mientras la incertidumbre sobre su futuro se hace cada vez más agónica y estresante – dijo la señora mientras contenía las lágrimas.
- Debemos seguir teniendo fe y confiando en los médicos. Sé que la atienden muy bien y estoy segura que ella se recuperará pronto. Me sigo preguntando a dónde fue Albert. Me intriga saber que haya salido de viaje tan repentinamente estando Candy grave – el chico soltó la mano de la rubia y se dirigió al enorme ventanal de la habitación.
- Dijo que no tardaría, Archie. Sé que está haciendo todo lo posible por ayudar a nuestra niña – la señora Elroy dio un beso a la joven en la frente y siguió acariciando uno de sus rizos.
Se quedaron en silencio.
Cada uno inmerso en sus pensamientos.
El tiempo transcurrió como de costumbre, hasta que el joven se despidió de ambas mujeres, aduciendo que debía regresar a la oficina.
La anciana se quedó con la chica hasta el anochecer. Paty sería la siguiente en llegar a cuidar a su amiga.
- Buenas noches, Tía Abuela – saludó tímidamente la joven castaña cuando llegó. Le dio un beso en la mejilla.
- Hola, Paty. Veo que cuidarás de mi niña por esta noche. Te agradezco mucho tu atención. Ahora me doy cuenta de lo importante que ha sido ella para todos ustedes – la matriarca sonrió con ternura, mientras observaba a la rubia.
- Gracias a ella pude darle un sentido a mi existencia, señora Elroy. En Londres, Candy se portó como la hermana que nunca tuve y me ayudó a salir adelante en momentos difíciles. Es un gran ser humano y siempre la he considerado como mi más grande confidente. Mi abuela le tiene una estima inmensa – la joven se sentó al lado de la anciana y siguió conversándole de aquellos tiempos que habían compartido juntas. La señora solo sonreía.
Conversaron un momento más y la matriarca se despidió finalmente de ella, encareciéndole la cuidara con ahínco y le hablara mucho para hacerla partícipe de todo lo que acontecía en ese mundo que había dejado y el cual ahora se encontraba desolado y sombrío a raíz de lo que le había sucedido.
- Amiga, tengo mucho que contarte. La escuela no es lo mismo sin ti, sin embargo, los chicos son muy disciplinados y siempre preguntan por su eterno "jefe". Han mejorado mucho y se esfuerzan realmente en seguir aprendiendo. Annie ha hecho lo mismo con los más pequeños. Imagino que ya te lo ha comentado – inició su plática la joven maestra, mientras evitaba en lo posible llorar.
- Tom ha estado al pendiente de ti, Candy. Siempre me pregunta cómo estás, además de darse una vuelta de vez en cuando para saber qué sucede contigo. ¡Debes salir de esta, amiga! – Paty tomó cariñosamente una de sus manos y la llevó a su mejilla. Siguió con su conversación.
La chica había permanecido en ese mismo lugar en compañía de sus primos, sin recordar cuando había llegado ahí.
Había perdido toda noción del tiempo en ese bello jardín, sin embargo, se sentía demasiado bien al lado de ellos:
- Les agradezco su compañía. Realmente me siento muy bien a su lado. Creo que necesitaba un momento de paz y tranquilidad desde hacía tiempo – le confesó la rubia a ambos chicos.
- Siempre estaremos cuidándote, Candy – le reiteró Anthony mientras tomaba una rosa y la ponía en sus manos. Stear sonreía al verlos.
- Velaremos por tu bienestar, querida prima – el ingenioso chico la guió, junto al rubio, hacia un enorme portal que parecía ser una salida. Candy estaba confundida.
- ¿Hacia dónde voy? – preguntó con cierto temor.
- Tu tiempo ha acabado aquí. Debes regresar a cumplir con tu destino. Nunca olvides que te protegeremos, por más que se tornen difíciles las cosas. Debes ser fuerte y pensar que tienes dos ángeles que te cuidarán por siempre – ambos jóvenes se despidieron cariñosamente de ella, mientras la guiaban hacia el portal. La rubia volteó por un instante hacia el camino que le señalaban.
- Pero…. yo…. no quiero irme…. ¿qué sucederá con...? – Candy se calló al voltear y ver que el portal se había cerrado. No había rastro alguno de sus primos.
- ¿Stear? ¿Anthony? – la chica intentó regresar hacia el jardín, pero el lugar se hacía cada vez más y más lejano a la par que caminaba hacia él. Nunca pudo alcanzarlo.
Regresó su mirada hacia el desolado camino que le esperaba. De repente se había quedado en penumbras.
Un escalofrío le recorrió la espalda, y armándose de valor, se internó en aquel sendero. Mientras caminaba, un enorme miedo le invadió, al igual que una inmensa soledad de estar en aquel sombrío lugar.
Repentinamente, una densa oscuridad la rodeó, haciendo imposible su visibilidad. Intentó verse las manos sin éxito. Súbitamente, sintió que uno de sus pies no tocaba piso y cayó en un enorme vacío. Gritó con todas sus fuerzas, mientras se sumía en la inconsciencia.
Una lejana voz le llegó de lejos. La reconoció al instante.
Intentó hablar sin éxito. No podía distinguir donde se encontraba, y sus ojos estaban fuertemente cerrados. No podía abrirlos, sin embargo, su amiga seguía hablando.
Decidió abandonarse a aquella misteriosa sensación.
Paty creyó ver que Candy movía los párpados pero recordó lo que Albert les había dicho hacía tiempo:
- El doctor ha dicho que puede tener movimientos repentinos, sin embargo, eso no significa que ella despierte pronto – el tono de su voz era de desilusión pero a la vez de esperanza. Todos confiaban en que la chica se restablecería.
- Amiga. Sé que has estado escuchándome y que te da mucho gusto que nos esté yendo tan bien. Ya lo verás por ti misma, Candy – la joven se arrodilló y con la mano de la ojiverde en las suyas, dirigió una breve oración hacia el cielo.
La mañana sorprendió a ambas chicas. Una sumida en la inconsciencia y la otra velando su sueño.
Susana se encontraba esa tarde de un humor incontenible. No había podido evitar el ir a buscar a Terry después de la función. Le desconcertó haber encontrado a ese hombre en su camerino.
- Ahora resulta que tiene un amigo del que nunca me había hablado – se dijo para sus adentros con rabia.
- Seguramente le solapa todas sus aventuras con sus "amiguitas" – esto último la sumió en una amargura profunda. Ni siquiera había podido darle un beso.
Desde que el actor le había visto en el teatro, se había dirigido de manera demasiado seria hacia ella y eso no lo toleraría.
Sabía de la cena ofrecida por el alcalde y creía oportuno el momento para poder dar a conocer la noticia de que se casarían pronto. Jamás imaginó que el inglés reaccionaría de manera tan agresiva:
- ¡Maldito seas, Terrence!, ¡nunca te perdonaré ese golpe! – le reprochó internamente. Tenía muchas ganas de vengarse.
Se dirigió a su recámara y sacó la tarjeta de la misteriosa mujer que había conocido tiempo atrás. Leyó su nombre:
Shazia Wicklow
1 West 72th Street, New York, NY
"Podrías tenerlo a tus pies querida", recordó sus palabras.
- Quizá ya sea tiempo de que busque una alternativa para poder casarme con él. Si no ha sido mío por las buenas…. por las malas lo será. Esa maldita enfermera siempre se ha interpuesto en mi camino. Tendré que hacerla a un lado – pensó con una sonrisa maliciosa en los labios.
Buscó la manera de poder salir sin que su madre supiera de la existencia de esa mujer. No sabía por qué, pero sentía que era mejor dejar en secreto su relación con aquella misteriosa mujer y sobre todo, que su madre no se enterara en absoluto, de lo que había ocurrido con Terry en el teatro, días atrás.
Se arregló un poco y al dirigirse hacia la puerta, su madre le cuestionó sobre su salida.
La chica reprimió las inmensas ganas de gritarle que la dejara en paz. Sacando lo mejor de sus habilidades como actriz, contestó con una tierna pero fingida sonrisa:
- Iré a caminar un rato por ahí. Por favor, no te preocupes, mamá. No me tardaré. Trataré de no llegar demasiado tarde – se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. La señora Marlowe sonrió confiando en lo que su hija le decía.
- Ve con Dios, hija. Cuídate mucho y evita los lugares solitarios – le aconsejó con cierta preocupación, algo inusual en ella. Susana solo sonrió.
- ¡Dios!, ¡como si realmente hubiese estado de mi parte! ¡No me importa lo que tenga que hacer, pero Terry será solo mío! – apretó con fuerza las manos y se dirigió en busca de un cochero.
La carroza no tardó en llegar, y al abordarla, la chica le enseño al chofer la dirección. El hombre asintió extrañado, sin embargo, se dirigió hacia donde su clienta señalaba.
Llegaron a un majestuoso edificio de estilo neogótico, con decenas de apartamentos y diez niveles. Tenía una espectacular vista al Central Park a pesar de la una inusual bruma que se había presentado en esa época del año.
Susana se estremeció al reconocer la construcción: el edificio Dakota, un lugar del cual había escuchado las más trágicas historias acerca de sucesos acontecidos dentro del mismo, así como sobre algunos inquilinos que ahí habitaban. Sin embargo, era un lugar demasiado elitista y famoso, donde solamente gente de la clase alta, los hombres más poderosos y de los círculos más selectos de la sociedad, podían vivir.
- ¿Puede esperar aquí? No tardaré, señor – preguntó Susana al cochero. El hombre tenía una expresión de miedo en el rostro.
- Mejor le envío otro cochero. No me gusta este lugar – recibió el dinero que la actriz le daba y salió de ahí, azuzando a los caballos tanto como pudo.
- ¡Qué hombre tan crédulo! – la rubia alzó su porte y se dirigió hacia la entrada del lugar.
Un hombrecillo de mediana estatura y aspecto oscuro salió a recibirla.
- ¿A quién busca, señorita? – preguntó cortésmente, sin dejarla de ver con cierto recelo.
- Busco a Shazia Wicklow. Soy Susana Marlowe – indicó altivamente.
- Permítame – el hombre alzó las cejas en señal de admiración y salió apresuradamente en busca de la inquilina.
Susana se adentró un poco más en el vestíbulo. Paredes de madera oscura, sobre una alfombra color rojo, y rodeada por intrigantes esculturas de formas enigmáticas, le hicieron ir un poco más allá de la puerta de entrada.
Al llegar hacia un estrecho pasillo demasiado oscuro, cuyas escaleras en forma de caracol seguramente conducían al sótano, creyó percibir un tétrico chillido, como si de un recién nacido al que infligían dolor, se tratase. Al instante, los vellos de su piel se erizaron, mientras una gélida sensación recorría su espina dorsal. De pronto, la voz del hombre que la había recibido, la regresó a la realidad, pegándole tremendo susto:
- La señorita Wicklow le espera, bella dama – le dijo detrás.
- ¡Dios mío, vaya que me asustó!, ¡no vuelva a hacer eso, por favor! – la chica se había llevado las manos al pecho.
- Disculpe usted. Por favor sígame – el hombre sonó sarcástico.
Susana le siguió hasta un ascensor que la llevó al quinto nivel.
El pasillo era idéntico al vestíbulo, solo que sin tantas figuras. La condujeron hasta una puerta de madera labrada con extraños signos. Llamaron y la puerta se abrió.
Ahí estaba ella, Shazia:
- Buenas noches. Es un placer verte de nuevo – su melodiosa voz tenía un cierto matiz de una cargada sensualidad que hizo vibrar a la chica.
- Buenas noches, señorita Wicklow – Susana entró al apartamento, mientras escuchaba que la mujer agradecía y despedía al hombre. Cerró y se volteó hacia ella.
- Te has decidido ya, por lo que veo. ¿Te apetece algo de tomar? – se dirigió hacia el bar.
- Un vaso con agua, por favor – la rubia respondió con cierta reserva. Shazia no hizo caso. Le sirvió una copa de coñac y la rubia no alegó, extendiendo la mano para tomarla.
- Ponte cómoda, querida. Creo que tienes mucho que platicar – ambas mujeres se acomodaron en el enorme sillón de la sala. Susana comenzó a platicar la situación tan desgraciada en la que vivía.
Conforme pasaba el líquido por su garganta, la actriz se iba sintiendo muchísimo más relajada y desinhibida.
La mujer le escuchó con demasiada atención, sonriendo en algunos casos, permaneciendo seria en otros. Al escuchar el nombre del célebre actor no pudo menos que esbozar una tenue sonrisa de sorpresa. Al final, después de que la joven acabara derramando sendas lágrimas por su situación, Shazia le tomó una mano de manera afectuosa y se dirigió a ella:
- Te ayudaré, querida, a recuperar lo que te pertenece – sus ojos fulgieron con un matiz tenuemente rojizo. La chica no se percató de ellos.
- ¿Cómo, cómo es que podrías hacer eso? Yo no sé si pueda seguir soportando. Lo amo tanto pero él... sigue pensando en ella – su voz se perdió en un susurro.
- No te preocupes, Susie. Él será tuyo y esta vez, no te quedará la menor duda de que así será. Nuestra… congregación te será de mucha ayuda. Nos apoyamos tanto entre nosotros – su voz sonó demasiado profunda, casi cavernosa, pero Susana se sentía tan a gusto, después de haber contado su historia. No tenía amigas y Shazia le daba mucha confianza. Le gustaba su personalidad.
- Yo…no sé como agradecerte todo lo que haces – la rubia actriz estaba un poco apenada.
- No hay nada que agradecer. Solo deberás seguir al pie de la letra las indicaciones que se te den. Rendimos culto a un personaje... que quizá te parecerá extraño al principio, pero al que terminarás adorando…como todos nosotros. Tendrás la oportunidad de conseguir lo que más deseas si se lo pides y él a cambio exigirá tu devoción y sumisión – no dijo más. La actriz se sentía un poco mareada a causa de la bebida.
- ¿Es que acaso debo pasar por una ceremonia de iniciación? – la actriz dejó entrever una ligera nota de temor pero rápidamente la ocultó. Estaba dispuesta a todo con tal de tener a Terry a su lado.
- Bueno, querida, como en todo, hay reglas que seguir al inicio. Pero no debes preocuparte, puesto que yo te apoyaré... en tus primeros pasos. Me da tanto gusto que te unas a nosotros – Shazia se levantó dándole la espalda, al instante en que una diabólica sonrisa se dibujaba en su rostro, mientras sus ojos parecían retroceder dentro de sus órbitas.
- ¿Puedo preguntar el nombre de la deidad a la que se rinde culto? – inquirió nuevamente la joven actriz.
- Eso… Susie... lo sabrás a su debido tiempo. Por ahora… brindemos por la felicidad que te espera – le tendió nuevamente la mano con otra copa de coñac.
Ambas mujeres siguieron conversando hasta que Susana decidió retirarse. Shazia le dijo que iría un cochero por ella y acompañó a la actriz hasta el mismo. Le dio un suave beso en la mejilla y esperó a que partiera.
En cuanto hubo desaparecido, regresó inmediatamente a su apartamento. No cabía de la felicidad al haber logrado que la chica se uniera a ellos.
- Necesitamos sangre fresca – pensó mientras se peinaba el sedoso cabello negro frente al espejo y su expresión se oscurecía aún más.
Cuando Shazia se incorporó, su imagen seguía ahí, en el espejo, sonriendo malignamente, mientras un destello rojizo reflejado en sus ojos, brillaba con inusitada intensidad.
El joven actor se encontraba en su cama, con el rostro cubierto de lágrimas. No podía creer que Candy estuviese a punto de morir. ¡Su pecosa!, ¡cuántos recuerdos aún latentes en su memoria!
- ¡No puedes morir, Candy! – se aferró más a su almohada de plumas.
Después de intentar en vano dormir, se incorporó y se dirigió a su lugar favorito, con la armónica que siempre hacía de su fiel compañera. Se sentó frente al enorme ventanal que le daba una hermosa vista de una parte de la ciudad. Se perdió en miles de pensamientos:
- Esperanza…es lo que ahora se me ha presentado en el camino. Ojala pudiéramos continuar con lo que el destino nos ha impedido seguir todo este tiempo, pero…la muerte ronda, pecosa. No soportaría que partieras tan pronto. No tendría caso seguir existiendo – la voz interna en su mente le hacía sentir una enorme angustia e incertidumbre.
- Confío en que todo saldrá bien – volvió a tocar la melodía de siempre, en honor a su recuerdo.
La mañana le había sorprendido recostado en el enorme sillón. No supo cuánto tiempo había permanecido ahí, pero sabía que tenía el tiempo justo para levantarse y prepararse para el viaje. Sus hermosos ojos azules mostraban los estragos del enorme insomnio que le había invadido la noche anterior. La sombra de una incipiente barba hacía acto de aparición en su apuesto rostro.
Se dio una ducha y se arregló para desayunar. Contaba ansiosamente los minutos para poder verla de nuevo, aunque en el fondo sabía que no sería nada placentero el reencuentro, con la rubia inconsciente.
Por otro lado, Albert ya se había levantado también. Al igual que cierto inglés, no había podido conciliar el sueño, pensando en lo que estaba sucediendo en Chicago.
Apenas y concebía que hubiese ido a buscar a Terry para hacerlo regresar a una tortuosa senda de dolorosos recuerdos, sin embargo, no escatimaría en lograr que su amada hija regresara del penoso estado en que se encontraba.
- Algo tendrá que hacerla reaccionar. Confío en que Terry la ayude, ¡Oh Dios!, ¿por qué nos ha tenido que suceder esto? – cerró fuertemente los ojos por un momento mientras evitaba derramar lágrimas.
Se dirigió al restaurante del lujoso hotel y tomó un escueto desayuno. Le urgía regresar ya a Chicago. Entre más pronto se diese el contacto, mejor para la rubia, según la idea de Albert. Estaba completamente confiado en que todo saldría bien para su protegida.
El día se le fue ultimando algunos asuntos pendientes que tenía en Nueva York, aprovechando que se encontraba ahí. Ya después enviaría a Archie en su representación para solucionar lo que restaba de los mismos.
Cuando la tarde cayó, se dirigió impacientemente hacia la estación de trenes.
Su vestimenta era elegante y llevaba una gruesa chaqueta, puesto que el frío todavía se dejaba sentir. Estaban ya a mediados de marzo y los días eran muchas veces grises, aunados a las gélidas ventiscas que se dejaban sentir, daban un toque de melancolía a la época.
Había llegado unos minutos antes de lo previsto, por lo que se dedicó a caminar por todo el lugar, hasta que logró divisar la inconfundible figura gallarda del actor.
Terry iba vestido de manera tal que pudiese pasar percibido por la gente, puesto que no quería entretenerse con alguna fan que lo pudiera reconocer. La situación de Candy era su prioridad, por lo que había dado un aspecto diferente a su rostro, dejándose la barba. Llevaba unas gafas oscuras y una boina completaba su atuendo.
- Te agradezco mucho todo esto que haces por ella – el rubio le alcanzó mientras le saludaba con un fuerte apretón de manos.
- Iría hasta el fin del mundo si fuera posible – su voz se sintió como un leve susurro y el rubio sonrió.
- ¿Estarás mucho tiempo fuera de los escenarios? – le cuestionó.
- Por espacio de cuatro meses. La siguiente puesta en escena se tiene prevista para el otoño de este año y necesitamos descansar ya que los ensayos son bastante arduos y pesados. Te prometo que haré todo lo que esté de mi parte para ayudarla – su mirada se volvió sombría y triste. Albert le dio una afectuosa palmada en el hombro.
- Así será, Terry. Mi niña volverá a vivir como antes y todo saldrá bien. Disculpa mi intromisión, pero es una pregunta que no puedo dejar pasar: ¿Qué pasa con esa mujer que llegó esa noche a tu camerino? – le miró fijamente mientras el actor perdía su vista en el suelo.
- Nunca pudimos llevar una relación buena, Albert. Ella…se volvió completamente posesiva y la situación se hizo demasiado difícil. No es la misma Susana de antes, y en parte sé que yo he ocasionado todo esto, sin embargo…no la amo y nunca lo haré. Hemos llevado una relación distante y más de compromisos forzosos, donde yo debo fingir la cortesía y cordialidad cuando llego a verla, y ella finge que se interesa en mí, cuando solo busca mi dinero y una posición económica. Mi padre le dejó en claro hace algunos meses, que no podría aspirar a ser duquesa. No le importa con tal de tenerme a su lado, aún peleando. Yo…siento que ya no soportaré por mucho tiempo amigo – sus puños se cerraron en señal de impotencia y prosiguió – pero no cesaré en mi empeño por hacer que Candy se recupere y pueda rescatar algo de aquel pasado perdido. No puedo creer todavía que se encuentre al borde de la muerte…no soportaría saberla perdida – sus lágrimas luchaban por salir pero el joven actor las reprimió.
El rubio le miró en silencio. El sonido del tren listo para partir les distrajo y abordaron el vagón hasta llegar a sus camarotes. Continuarían la charla ahí. Había solicitado compartimentos privados para poder conversar en completa privacidad.
- ¿Sientes algo por ella? – la pregunta ya era evidente.
- Yo… la sigo amando más que antes. Siempre he pensado en ella. Cada triunfo en mi carrera ha sido dedicado a ella. Albert. No imaginas cuántas noches las he pasado rememorando su recuerdo, mientras toco mi armónica. Candy es el amor de mi vida – le respondió con absoluta sinceridad.
- Gracias nuevamente por esto que haces. Te estaré eternamente agradecido – Albert le agradeció con una enorme sonrisa. Sabía que no era fácil para el actor explicar sus sentimientos, sin embargo, la situación no era nada agradable y la vida de la chica pendía de un hilo.
Continuaron conversando hasta que el sueño les invadió.
Había amanecido cuando el tren arribó a Chicago.
Ambos hombres despertaron mientras en el hospital de Chicago, la situación seguía sin cambio alguno.
