CAPÍTULO IV
Después de aquella última visita de Paty, los cuidados alternados de los miembros de la familia se seguían dando con el mismo fervor de siempre. Tanto la Tía Abuela como Annie se esmeraban en procurarle el mayor cariño y amor posibles a la rubia.
A veces llegaban sus madres del Hogar para poder visitarla y quedarse con ella a cuidarla.
Annie y Paty las apoyaban cuidando a los niños en el orfanatorio, mientras la señorita Pony y la Hermana María vigilaban el sueño profundo de la enfermera. Miles de oraciones habían salido de aquellos labios en aras de verla recuperarse milagrosamente.
Seguían a la espera.
Esa mañana, había llegado Annie nuevamente para velar por su sueño, ya que la noche anterior ambas mujeres habían permanecido en vigilia junto a su cama.
- Deben descansar. Me quedaré hoy con ella, hermanas – les dijo cariñosamente la morena, mientras les ayudaba a ponerse sus abrigos.
- Annie, quisiéramos estar más tiempo con ella – insistió nuevamente la hermana María.
- No, madre. Deben descansar y no quisiera tenerlas enfermas aquí – les respondió amorosamente.
- Está bien, hija. Pero vendremos pronto a cuidarla – puntualizó la señorita Pony.
Las mujeres se retiraron, mientras Annie tomaba el hermoso ramo de flores que había llevado y las colocaba en un elegante florero que le había procurado a su hermana. Las flores multicolores daban un toque de alegría y vida al lugar, así como las colchas y pijamas que le había llevado. Candy necesitaba vida y alegría y no escatimaban en detalles para poder ayudarle.
En cuanto terminó con su tarea, se sentó a un lado y la miró fijamente:
- Hemos tenido mucho trabajo en la escuela, Candy. Los niños aprenden demasiado rápido. Estoy muy orgullosa de mis pequeños alumnos – le contó mientras tomaba una de sus suaves manos.
Prosiguió con su monólogo, mientras una joven rubia observaba todo desde la parte superior del cuarto. No se explicaba cómo es que seguía ahí, en esa misma posición. No recordaba desde cuándo se encontraba ahí. Había sido testigo de todas las muestras de cariño que le habían estado prodigando hacía tiempo. Un tiempo que no acababa por determinar cuándo había iniciado:
- ¡Dios mío!, quiero abrazarlas, Annie, quisiera poder despertarme y decirles cuánto los quiero a todos. Lo agradecida y afortunada que me siento de contar con personas como ustedes a mi lado. No entiendo qué sucede, primero Anthony y Stear y ahora esto. He perdido la cuenta del tiempo que llevo aquí encima, observándoles – le respondió mentalmente a Annie mientras observaba todo lo que sucedía.
Había intentado muchas veces en vano, tratar de moverse, sin éxito alguno. Ya había desistido de la idea. Ni pensar en salir del cuarto. Tampoco lo había logrado.
Annie siguió hablando:
- Anisha se ha convertido en una hermosa nena. Se ha acoplado de maravilla al grupo y tiene varias compañeritas con las que pasa su tiempo. ¡Es realmente adorable! – le narró mientras su mirada se perdía entre la imagen de su hija y de su marido.
- Con Archie hemos estado muy bien. ¿Sabes?, Albert le sigue confiando más responsabilidades y por ahora sigue preparándolo para que lo represente en Nueva York más adelante. Quizá nos mudemos pronto, pero obviamente todo será cuando ya te encuentres bien, hermana. Tu salud ante todo – apretó suavemente la mano contra su pecho.
- Sé de los desagradables recuerdos que te trae esa ciudad, sin embargo, espero que un día te animes a visitarme. Hemos estado pensando en comenzar a buscar maestras que pudiesen suplantarme. Sé que no estás molesta por eso. Eres demasiado buena y noble – le dio un beso en su rosada mejilla.
La hermosa rubia seguía durmiendo plácidamente sin cambio alguno en su aspecto. Estaba mucho más delgada pero su hermosura se había acrecentado. Sus rizos yacían desordenados por toda la almohada mientras su fino rostro presentaba un semblante tranquilo y sereno.
Tal parecía que solo esperaba el beso del príncipe que la rescataría de aquel pesado sopor, como en los cuentos de hadas, solo que, esta vez el final no era feliz y sí demasiado incierto.
Annie retomó la palabra:
- Confío en que encontrarás el amor, Candy. Aún estás a tiempo de hacerlo, porque sé que pronto te levantarás y caminarás con esa alegría tan característica en ti, mientras nos contagias tu hermosa forma de ser. ¡Lo harás amiga! – la voz de Annie se quebró por la emoción, pero se contuvo. Ya no era más una mujer temerosa y llorona. Hacía gala de un fuerte carácter, que a ratos, le sorprendía hasta a ella misma.
Candy no perdía detalle de cada cosa o situación que le comentaban.
Le daba mucho gusto saber que las cosas seguían funcionando a la maravilla, y sobre todo, que su hermana hubiese cambiado su otrora carácter débil. Se sentía demasiado orgullosa de ella:
- Annie, señorita Pony, Hermana María, Tía Abuela, Archie, Albert, todos ustedes, ¡gracias por cuidarme!, tengo una familia maravillosa. Tengo presentes tantas cosas que me han contado, sin embargo…no puedo despertar. Tengo tanto temor de no saber qué sucede conmigo. ¡Quisiera poder expresarlo! – siguió con la vista fija en la joven morena.
- El amor. Es algo prohibido para mí. Hace tiempo que esa palabra se borró de mi vida. El único amor que he tenido…ya no puede ser…y difícilmente encontraré a alguien que lo suplante. No es fácil – respondió silenciosamente.
Una extraña sensación se apoderó del ambiente. El aire se tornó denso como si anticipara algo. Fue demasiado fuerte y la joven se inquietó:
- ¿Qué sucede? – se preguntó extrañada mientras posaba su mirada por toda la habitación.
Justo en ese momento, una pareja de jóvenes hacía acto de aparición en la entrada del hospital.
El dolor en el pecho de cierto inglés le indicó que la situación sería más difícil de lo que presentía.
Entraron en el vestíbulo y recorrieron el largo pasillo.
Fuera, el gélido y glacial viento silbaba con una tonada triste.
Susana se encontraba de vuelta en su mansión, dando un resoplido de rabia. No había ido Terry a darle la acostumbrada visita y había decidido ir al teatro a preguntar por él, puesto que ubicar a su madre, la actriz Eleanor Beaker, le había sido imposible.
Robert la había dejado más molesta:
- Gusto en verte de nuevo, Susana – le saludó un poco serio el productor.
- Igualmente, Robert. Espero que puedas decirme donde se metió mi prometido. Estoy harta de que me siga haciendo sus desplantes – le respondió sin indirectas la joven actriz.
- Sinceramente, creo que siguen cometiendo un error ambos, si me permites darte mi punto de vista. No entiendo porque insisten en seguirse lastimando mutuamente cuando no hay un sentimiento agradable de por medio. Terry simplemente se despidió de mí y se fue – le comentó el hombre sin quitarle la vista de encima. Presentía la actitud que tomaría la chica.
- Eso es algo que no te incumbe. Él ha prometido quedarse conmigo… y se lo haré cumplir. Ahora, ¿me podrías decir a dónde diablos se fue?... no creo que no se haya ido sin decirte nada – la voz exasperada de la chica tensó el ambiente.
- La verdad, Susana…no tengo ni idea. Les pago a mis actores para que hagan su trabajo. No me interesa lo que hagan con sus vidas privadas. Sus vacaciones ya estaban planeadas y lo que hagan son su tiempo libre es problema de ellos. Si me permites, tengo mucho que hacer. Que tengas buen día – le replicó con molestia el señor Hathaway, mientras le daba la espalda y se perdía en la vista de su ventana.
- ¡Dime a dónde se largó ese maldito!, ¡exijo que lo hagas!, ¡no soportaré que me vuelva a hacer a un lado! – gritó alterada la ojiazul.
- Ya te dije que no sé. No me grites. No es mi culpa que tu prometido no te tome en cuenta para sus decisiones – aquella última frase caló hondo en el orgullo de la mujer y salió a toda prisa de ahí, apoyada en su bastón.
- ¡Maldito seas, Terrence, pero te aseguro que esto no se quedará así! – pensó con rabia para sus adentros mientras regresaba a su residencia.
La chica había llorado amargamente por él de nuevo.
Su madre había intentado infundirle ánimos, sin éxito alguno. La muchacha la había corrido de la habitación donde se encontraba. Su corazón estaba lleno de amargura debido a la indiferencia del actor hacia ella, y su odio por Candy se iba acrecentando cada vez más.
- Esa maldita mujer nunca ha podido salir de su mente – pensó con demasiado rencor.
De repente, recordó la extraña reunión sostenida en casa de Shazia. Rememoró con nitidez la conversación, y la promesa de la mujer para conseguir lo que se propusiera, por medio de esa secta a la que pertenecía.
Por motivos obvios, ocultó a su madre todo contacto con la inquietante chica, diciéndole que era una nueva amiga a la que comenzaría a visitar, para estudiar la Biblia.
La señora Marlowe había tomado con beneplácito la noticia, con la esperanza de que la actriz cambiara su actitud, además de su condición de mujer creyente.
Le dijo que quería conocerla, pero la actriz se las ingenió para darle largas a dicho encuentro, dando el más inverosímil argumento que se le pudo ocurrir. Había decidido verla cuanto antes para saber cómo podría ingresar a ese grupo:
- Tengo que salir. Quedé de verme con Shazia para nuestra acostumbrada reunión. Probablemente pase la noche con ella. Te pido por favor no te preocupes, ya que estaré bien – la joven se había arreglado dispuesta a salir.
- Hija, por favor, si ves que es demasiado tarde al salir, mejor quédate con tu amiga. Así permaneceré más tranquila. Ojala y algún día la pueda conocer – le dijo su madre.
- Quizá, madre. Por ahora, espero que por fin pueda tener paz y tranquilidad en mi vida – esto último lo dijo con cierto sarcasmo, que pasó desapercibido a ojos de su madre.
- Me da mucho gusto que por fin te acerques a Dios. Verás que te hará mucho bien ¡Te amo tanto, Susie! – le dijo, mientras depositaba un cálido beso sobre la frente de su hija. La chica sonrió perversamente.
- Así será, mamá, así será – se despidió rápidamente de su madre y salió rápidamente en búsqueda del cochero.
El carruaje se perdió entre las oscuras calles de la ciudad. El edificio Dakota se encontraba retirado de ahí.
Susana había tomado una decisión que cambiaría el curso de su vida... y pondría a prueba la de otros.
Shazia se encontraba ya lista, aún antes de la hora indicada en la que Susana llegaría.
Había mandado a limpiar el departamento para recibir a su invitada. Los hermosos pero a la vez lúgubres cuadros con temas como la tristeza, la soledad y la desesperación, colgaban de las paredes impecablemente limpias. El mobiliario elegante había sido lustrado y las pesadas cortinas de terciopelo vino habían sido cambiadas por unas púrpuras que daban un aire denso al lugar.
Shazia se había esmerado en su atuendo. Lucía un vaporoso vestido negro que le llegaba hasta los pies, con un ceñido escote que resaltaba su generoso busto y su breve cintura. Sus brazos iban descubiertos, mientras una discreta gargantilla de brillantes pendía de su suave cuello. Su cabello lo llevaba suelto, lo que le daba un aire demasiado sensual. Su rostro lucía un discreto maquillaje.
La exuberante mujer se movía por todo el apartamento, cerciorándose de que todo estuviese listo. Sólo había decidido conservar a una de las domésticas que le ayudaba, para que estuviese al pendiente de lo que su invitada quisiera tomar o cenar.
En lo que su huésped llegaba, la joven se dirigió a una de las habitaciones del inmenso lugar y revisó que todo estuviera en orden.
Ahí tenía un enorme altar, con la escultura dorada de un personaje demasiado peculiar, de aproximadamente dos metros: era un busto cuya efigie era la de un apuesto hombre de cabellos rizados y un rostro fino. Dos discretas y delgadas protuberancias sobresalían de su frente, mismas que se encontraban confundidas entre el rizado cabello de metal.
Bajo el busto había un improvisado altar con dos enormes cirios negros y una enorme bandeja de plata.
Una mesa trapezoidal, de un metro de altura y dos más de largo, se ubicaba frente a la escultura, donde podía verse un enorme cáliz plateado, así como una caja del mismo metal, de tamaño mediano y una campana de la misma medida.
El sitio tenía un aroma, que sin ser desagradable, era sumamente penetrante, dulzón y espeso.
A espaldas de la figura se adivinaba un gong y una enorme espada de piedras preciosas y extraños signos esculpidos, colgaba de la pared.
El piso era de parquet, sin embargo, un enorme pentagrama invertido se encontraba dibujado justo al centro y frente a la figura del hombre. El cuarto se encontraba completamente sellado y no tenía ventanas. Las paredes eran un poco gruesas, como impidiendo que entraran o salieran sonidos del mismo.
La chica sonrió al verificar que todo se encontraba en orden. Seguramente Susana querría conocer al supuesto ser que le ayudaría en sus deseos y quería mostrarle dónde y cómo sería su iniciación posterior.
Solo le faltaba confirmar la fecha del evento, puesto que todos los demás miembros de la congregación ya estaban enterados del interés de Susana en pertenecer a su grupo. El líder estaba demasiado contento por semejante acontecimiento.
El hombre había levantado la copa en señal de triunfo, ante Shazia:
- Dices que quiere pertenecer a nuestra orden, ¿verdad? – preguntó mientras llevaba un líquido escarlata a su boca.
- Es una mujer hambrienta de venganza. Está llena de maldad y es justo lo que necesitamos. Arioch estará más que contento de contar con... sangre nueva – respondió la mujer mirándole fijamente. Habían reído ambos al enterarse del nombre del amor imposible de la muchacha. Quién lo hubiera imaginado.
- Me gustaría conocerla antes. Me has dejado intrigado por su personalidad – sonrió discretamente mientras enfocaba su vista en Shazia.
- A su tiempo, querido. Habrá muchas celebraciones por llevar a cabo. Además, debe conocer las condiciones para poder obtener su venganza sin ningún problema – puntualizó la chica, mientras acariciaba su suave cuello, en pose seductora.
Alexei Gaskell era un hombre de cuarenta y cinco años. Era un millonario empresario dedicado al negocio de los textiles. No tenía familia y llevaba más de diez años metido en esa extraña orden, donde había vendido su alma a las tinieblas, con tal de poseer una inmensa riqueza.
Actualmente era el líder y guía del selecto grupo, conformado por apenas una decena de personas. No era un culto masivo. Todos eran conocidos y amigos, llenos de un sentimiento en común: la ambición, sin importar sobre quién debían pasar. Muchas veces su sed de conseguir lo que se proponían, no tenía límites, y la venganza era parte de su método para obtener lo que anhelaban.
Había aceptado a Susana Marlowe, debido a las referencias sobre ella.
Una actriz entre sus filas era algo único. Sabía que era una mujer de cuidado y sin escrúpulos.
El timbre sonó y Dena, la doméstica, se dirigió con paso rápido a abrir.
Era Susana:
- Buenas noches, vengo a ver a Shazia – le dijo mirándola despectivamente de arriba a abajo.
- Pase, por favor. Ella le espera en la sala – dijo la chica mirando hacia el suelo. No se dio cuenta de la observación despreciativa de la actriz hacia ella, o más bien, la ignoró.
La joven se dirigió hacia el lugar y vio a la exuberante hembra que le esperaba en el salón. Se saludaron con discretos besos en las mejillas y se acomodaron sobre los sillones repletos de cojines de plumas.
- Me da mucho gusto que te nos unas, Susana ¿Cómo has estado? – hizo una seña rápida con la mano a Dena para que les llevara el servicio.
- Quiero entrar cuanto antes a su culto ¡Necesito tener a Terry a mi lado ya! – la actriz fue directo al grano, ante la sonrisa de Shazia.
- Primero debes conocer lo que somos y las condiciones... - fue interrumpida por el llanto de la rubia.
- ¡Ya no soporto esta maldita situación! Me ha vuelto a dejar. Se fue sin decirme a dónde iba ¡Maldita sea la hora en que tuvo que haberla conocido! No me importa lo que tenga que firmar o aceptar, tienes ya mi consentimiento pero... ¡por favor! ¡Ayúdame a tenerlo a mi lado! – suplicó la ojiazul, mientras llevaba sus manos a su rostro y lloraba desconsoladamente.
- Está bien, querida. Te vamos a ayudar. Quizá no veas resultados pronto, sin embargo, te garantizo que ese hombre tarde o temprano regresará a ti reconociendo que solo tú le puedes dar esa felicidad que se empeña en buscar en otro lado – la mujer se acercó al a rubia y le acarició el cabello suavemente.
- ¡Lo que sea, pero no quiero que sea feliz en otra parte!, menos al lado de... ella – su mirada se tornó furibunda. Deseó con toda su alma que su contrincante desapareciera para siempre de ese mundo.
- Tranquilízate, Susie. Verás que todo este mal trago pasará – la rodeó con sus brazos para calmarla.
- ¿Cuándo podría tener mi ceremonia de iniciación? – preguntó insistente la actriz.
- Muy pronto pequeña, muy pronto – Shazia se incorporó y tomó el teléfono que se encontraba cerca de ellas.
Esperó a que le respondieran al otro lado de la línea, mientras miraba de reojo a su nueva amiga. Una viril voz respondió al otro lado. Sin decir su nombre, Shazia le dio la noticia sin rodeos:
- Está lista. Quizá podría ser este próximo fin de semana – dijo con voz armoniosa.
La mujer siguió hablando por instante más, asintiendo a todo lo que le decían. En cuanto terminó, se dirigió de nuevo hacia la joven, quien ya se había tranquilizado un poco, aunque aún había rastros de llanto en su rostro:
- Este sábado te daremos la bienvenida al grupo. Te explicaré lo que debes hacer – Shazia se sentó junto a ella y comenzó sus indicaciones.
En ese momento, un fuerte viento comenzó a soplar afuera, y la tormenta se desató. Curiosamente, solo fue en el sector donde se ubicaba el enigmático edificio. El resto de la ciudad permaneció en completa calma.
Susana no se dio cuenta de eso.
La imagen que se le reveló ante sus ojos lo dejó al borde de la desesperación.
- ¡Candy!, ¡Candy!, ¡mi amor! ¡No es posible! – se lanzó hacia el borde de su cama y se hincó mientras daba rienda suelta a su dolor, hundiendo su rostro entre las manos de la chica, quien se encontraba ajena a lo que sucedía... aparentemente.
Él se aferró a esa cama con todas las fuerzas de su alma. La miraba consternado mientras sus cansados ojos azules estaban llenos de lágrimas:
- ¡Tienes que salir pecosa!, ¡no te puedes ir! – Terry sintió un vuelco en el corazón al pensar en la palabra muerte.
- He venido para cuidarte... y nunca volver a separarme de ti – volvió a hundir el rostro en sus manos.
Dos pares de ojos le observaban minuciosamente. Annie le miraba incrédula y a la vez confundida, volteando a ver a Albert tratando de entender qué sucedía. El millonario le hizo una señal dando a entender que le diría después. Escucharon la letanía del actor. Annie no pudo evitar las lágrimas al ver aquel cuadro.
Se acercó sigilosamente a Terry y le puso una mano en su hombro. Él volteó a mirarla:
- Ella se pondrá bien. Siempre ha sido una chica fuerte. Me da mucho gusto saber que también estás dispuesto a cuidarla – le dijo con cariño. Annie era consciente de que su amiga no era rencorosa y suprimió todos los malos pensamientos que había albergado hacia ese hombre.
- Yo... sé que todos ustedes me odian por lo que pasó hace tiempo, Annie... créeme que para mí las cosas tampoco han sido fáciles – le dijo con voz queda el actor. Su mirada se perdió entre infinitos recuerdos.
- No tienes porque pensar eso. Jamás supimos a ciencia cierta qué fue lo que sucedió, sin embargo, sé que mi hermana nunca te guardó odio o rencor – la chica se hincó a su lado y le tomó una de las manos, brindándole fortaleza. Terry la desconoció.
- Annie... yo... nunca pude olvidarla. Ella ha sido y será el único amor de mi vida. Pero... ahora... su vida corre peligro. Me siento mal de tener que volver a verla en este estado – volvió a romper en llanto mientras bajaba la cabeza en señal de derrota.
- Por ella tenemos que ser fuertes. Hemos estado cuidándola desde entonces y espero que también tú lo hagas, y sé que así será. Por algo has regresado – Annie unió la mano del ojiazul con la de Candy y las juntó fuertemente. Cerró los ojos en señal de oración, mientras Terry la observaba con tristeza.
- Estaré fuera del teatro por unos meses. Me dedicaré a cuidar de ella. No los defraudaré. Mi pecosa tiene que despertar – le comentó mientras Annie sonreía con complacencia.
- Esa es la actitud que debes tomar, Terry. Por favor, platícale cosas positivas. Cuéntale lo mucho que ha sido importante ella en tu vida. Necesita rodearse de un ambiente positivo y amoroso. Sé que ella te escucha – le recomendó la amiga de Candy, haciendo que recordara su inseparable armónica al instante.
- Te agradezco infinitamente tus palabras. Veo que te has convertido en otra mujer, verdaderamente admirable y valiente – reconoció Terry, mientras la observaba.
- Es parte de su legado. Candy ha significado cosas positivas en nuestras vidas y se lo estamos retribuyendo. Ve a descansar y en la noche te quedas con ella – Annie le hizo seña a Albert de que se lo llevara pero fue interrumpida.
- Me quedaré desde ahora, Annie, si no te incomoda. Quiero estar cerca de ella... siempre – esto último lo dijo más para sí.
Annie volteó a ver a Albert y este asintió la cabeza. La chica comprendió y se preparó para salir. Se despidió de los dos hombres y besó cariñosamente a su hermana. Las últimas palabras de ésta hacia Candy volvieron a sacar un par de lágrimas a Terry:
- Un ángel siempre está rodeado de otros ángeles, hermana. La luz te ha estado rodeando desde siempre y ahora se vuelve más intensa. Sabes a lo que me refiero. Te quiero – le dijo mientras tomaba sus manos.
Salió del lugar, dejando a la pareja de amigos, solos:
- Ha cambiado mucho, Annie. No esperaba encontrármela con esa actitud. Sé que su novio no ha podido perdonarme – le dijo Terry mientras volvía a acercarse a la cama de la rubia.
- Su marido, querrás decir. Se casaron hace varios años y tienen una pequeña llamada Anisha. Con respecto a tu otro comentario, Archie sabrá entender la decisión que tomé – respondió Albert mientras tomaba una silla y se sentaba frente a ellos. No dejaba de mirarla.
- ¿Por qué, Albert?, quisiera saber, ¿por qué hiciste todo esto?, aún sabiendo que tuvimos una separación demasiado difícil. Creí que me odiarías al igual que los demás. Que siempre sería criticado por haber sido tan débil al no haber luchado por ella – apretó los puños recordando esa fatídica noche fría en aquel turbio hospital.
- Solo ustedes dos conocen sus verdaderos motivos, Terry. Personalmente, no he querido pensar en las razones que tuviste para no buscarla. Ella siempre fue reservada al respecto, y me dediqué a apoyarla en sus decisiones. No la cuestioné jamás sobre los motivos que tuvo para dejarte ir, sin embargo, tuve noticia del infortunado accidente de esa mujer... que ahora es tu infierno. Lo siento mucho, sin embargo, confío en que mi pequeña reaccione y sé que todos aquellos que hemos compartido momentos únicos a su lado, podemos ayudarla a salir de ese estado. Tú siempre has sido parte importante de ella. No quiero dejar que mi Candy se quede sin saber lo que realmente sigues sintiendo por ella, y que sé podría ayudarla bastante a recuperarse – Albert le miró fijamente.
- ¿Qué quieres decir?, acaso aún... – su frase la interrumpió. Tenía miedo de saber la verdad. No sabía por qué.
- No te lo podría afirmar. Candy jamás volvió a tener relación alguna con otro hombre. Sus motivos tuvo. Espero que eso pueda ayudarte a desentrañar el enorme misterio que representa para nosotros su corazón – el empresario se incorporó de su silla y se acercó a él.
- Cuídala como lo más preciado que tienes en tu vida. Tiene que salir de esa cama. Ahora, si me permites, me retiro. Te quedarás con ella por este día y hasta mañana vendrá alguien a hacerte relevo. También debes descansar. Hazlo por ella – Albert fue interrumpido por el actor.
- Quiero cuidarla todo el tiempo, Albert. Alguien podría hacerlo una parte del día, pero déjame estar con ella el mayor tiempo posible... por favor – le suplicó el ojiazul y Albert se quedó pensativo.
- Te daré una respuesta después. Me retiro – tomó sus cosas y salió del hospital.
Terry se quedó junto a Candy por el resto de la tarde. No se cansaba de observarla:
- Siempre has estado en mi corazón, desde aquella noche en que te fuiste... – comenzó a narrarle todo lo que había sido su vida, desde que se habían alejado. Necesitaba dejarle en claro que nunca la había olvidado.
A ratos sacaba su armónica y se ponía a tocar su inmortal melodía.
Sabía muy en el fondo que Candy le escuchaba con atención.
- ¡Cielos!, Albert... ¿qué has hecho? – preguntó la rubia mientras veía la escena desde arriba. No daba crédito a lo que veían sus ojos.
En cuanto entró Terry a la habitación, junto a su padre adoptivo, pudo darse cuenta que Annie les miraba con demasiado recelo, sin embargo, al instante se controló. Sabía que se encontraba confundida al igual que ella.
Intentó gritar, sin obtener éxito alguno. No podía llorar ni sentir emociones tristes. La paz y tranquilidad que le rodeaban eran inmensas. Pero la sorpresa seguía plasmada en su rostro:
- ¿Cómo?, ¡Terry!, ¿y ella?... ¿qué haces aquí? – quería moverse, saltar hacia él y cuestionarle todo lo que había guardado durante todos esos largos años.
Con actitud azorada escuchó la conversación entre los tres, y después entre el rubio y Terry.
Comprendió finalmente que el amor de Albert hacia ella era infinito, al haber decidido ir en búsqueda del actor. No podía creerlo.
Simplemente, no podía.
Ahora, se estaba enterando de la historia por sus propios labios, después de aquella triste separación. Se desengañó completamente al darse cuenta que el inglés se había sumido en una vida llena de amarguras y atavismos, sufriendo lo indecible, al estar cumpliendo con un deber impuesto:
- ...ha sido un infierno el mundo que me rodea junto a ella, Candy. Nunca me ha perdonado el que aún siga amándote – escuchó la confesión de Terry sin poder creerlo. ¡La seguía amando!
- ...cada éxito personal, cada triunfo, siempre ha estado coronado por tu recuerdo, pecosa... – la joven enfermera comenzó a imaginar los teatros repletos de gente aplaudiendo a su ídolo. Sin embargo, la imagen actual de aquel exitoso artista, era la de un hombre completamente abatido, cuya vida era sostenida por constantes sufrimientos y problemas.
- Terry... yo... tampoco he dejado de pensar en ti. Todos los días he dedicado una oración pidiendo por tu bienestar, pero... no eres feliz. ¡Quisiera poder consolarte! – Candy le observó con infinita melancolía. Cuánto hubiera dado por poder estar junto a él y abrazarlo, mientras aspiraba su aroma único.
Cerró los ojos y se trasladó hacia ese único momento en que había podido sentir sus labios.
Escocia.
Cuántos recuerdos seguían nítidos en su mente.
- ¿Candy?, ¡Candy!, ¿me oyes? – la voz de Terry la regresó a la realidad. Pudo ver que su propio rostro estaba mojado. Al parecer había llorado – ¡estás llorando, mi amor!, ¡por favor!, ¡escúchame! – tomó con delicadeza su rostro y esperó en vano a que despertara. Las lágrimas siguieron resbalando por la sonrosada mejilla de la enfermera y de súbito, cesaron.
- ¡Sé que me estás escuchando!, donde quiera que te encuentres, sé que me oyes ¡Te amo, Candy!, ¡y te vas a poner bien!, iré por un doctor – el inglés se incorporó de la cama y se dirigió apresuradamente al pasillo.
Candy le observó salir del cuarto mientras miraba su propio cuerpo inerte. Seguía sin poder moverse:
- Es imposible que me pueda mover. Sin embargo, ahora comprendo toda la verdad – pensó mientras deseaba con todo su corazón, tener la oportunidad de poder decirle lo mucho que le amaba y lo que le hacía falta.
