CAPÍTULO VI
Mientras el líder de los Andrey atendía a unos socios en su despacho, Archie le esperaba en el cuarto contiguo para darle unos informes.
El joven estaba de pie frente al enorme ventanal, mientras hacía el recuento de lo que había sucedido, desde que Candy había tenido el accidente.
Pensó inmediatamente en la presencia de Terry. Había evitado topárselo en el hospital, sin embargo, por estar hospedado en la mansión de los Andrey lo veía seguido y no cruzaban más allá de un corto saludo cuando se topaban.
No podía evitar pensar en su amiga y aunque la visitaba cuando Terry no estaba con ella, seguía sin aceptar del todo que su compañía la reanimara. No ahora, que había pasado ya demasiado tiempo y la chica seguía sin reaccionar.
El ruido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos.
Era Albert.
Lucía agotado, sin embargo, lo saludó con una sonrisa:
- Hola, Archie ¿Has traído el reporte financiero de la empresa francesa? – le preguntó mientras se acomodaban frente a la mesa ovalada. Archie se situó frente a él.
- Aquí lo tienes completo, Tío. La empresa es sólida económicamente y tiene ya algo de experiencia en las exportaciones de telas. Sus acciones están subiendo como la espuma. Quizá valdría la pena considerar invertir un poco en ellas – le dijo el joven, mientras mostraba una carpeta con más documentos. Albert sonrió con aquiescencia.
- Veo que han hecho un buen trabajo ustedes. Lo someteré a juicio del consejo de asesores jurídicos. Necesito conocer los términos legales bajo los que firmaríamos. Déjame la información aquí – le señaló Albert el escritorio que estaba al lado de la mesa ovalada.
Mientras Archie hacía acomedidamente lo que se le ordenaba, la secretaria privada de Albert entró intempestivamente en el lugar:
- Señor Andrey, tengo una llamada urgente para usted. Quise rechazarla, pero sabiendo que era del hospital, no dudé en pasársela – le dijo mientras veía que el rubio se abalanzaba sobre ella.
- ¡Dígame qué le dijeron, señorita! – le exigió el magnate tomándola de los hombros.
- Están en la línea señor. No me han dicho nada. Creo que es mejor que hable directamente con ellos – respondió un poco asustada por la reacción, la chica.
Albert saltó literalmente hacia el escritorio de la mujer y tomó el auricular. Su corazón comenzó a latir desbocadamente:
- Albert Andrey al teléfono – dijo, cerrando los ojos, y pidiendo porque no le dieran la fatal noticia.
- Señor Andrey, soy el doctor O'Neill. Tengo que darle una noticia: la paciente... acaba de salir del coma – Albert lloró sin parar, no prestando demasiada atención a lo que dijo posteriormente el galeno. "Se ha recuperado, Candy está fuera de peligro", se dijo internamente. Dejó que el hombre siguiera con su conversación. - ... necesito verlo si puede hoy mismo para explicarle que es lo que procede a continuación. ¿Tiene tiempo? – él contestó inmediatamente. Tomó nota de la hora en que lo veía y colgó.
Dejó escapar un enorme suspiro y se percató de que estaba en la oficina. Volteó, y vio detrás a Archie, quien le veía confundido y a su secretaria, cuyos ojos se encontraban llenos de lágrimas. Seguramente había intuido de qué era la noticia:
- ¡Candy... ha despertado! – exclamó el millonario, mientras su voz se quebraba por la emoción. Archie se acercó a él.
- ¿Qué dices?, ¿se ha recuperado? – se había quedado de repente, sin palabras.
- Tengo que ir al hospital en la tarde, pero no puedo más. Señorita Rosy, por favor, cancéleme las reuniones personales para este día. Mande a George en mi representación si no puede con alguna ¡Tenemos que ir al hospital ya! – ordenó el rubio, mientras la secretaria tomaba nota de lo que debía hacer.
- Tío, creo que debemos avisar a la familia y a las madres de Candy sobre lo que ha sucedido – le recordó repentinamente Archie.
Albert miró fijamente a Archie:
- ¡Cielos!, ¡lo había olvidado!, tienes razón. Debemos ir primero al Hogar y de ahí vamos a Lakewood – el rubio le hizo señal de que se apresuraran a partir.
Salieron del edificio y se dirigieron al auto de Albert. Durante el camino fueron comentando lo que había por hacer después de la buena nueva que habían recibido.
El millonario estaba feliz, como en mucho tiempo no lo había estado:
- Debemos seguir cuidando de ella. El doctor me dijo que necesitaría rehabilitación y quizá tenga que continuar con las visitas médicas. No quiero que vuelva a tener un problema de salud serio. ¡Quiero verla ya! – exclamó alegre.
- Pronto, tío. Primero debemos avisarle a los demás. Todos querrán saber que ya se encuentra mejor – respondió Archie, sin poder dejar de pensar en la reacción de Candy al ver a Terry cerca de ella.
La habitación era un caos total.
Las enfermeras y el médico llevaban ya algunas horas entrando y saliendo de la habitación. La situación discurría en un constante ir y venir de medicamentos y aparatos de revisión.
Ajeno a todo eso, cierto joven de ojos azules veía pasar a la gente, sin atención.
Se encontraba demasiado atribulado, puesto que acababa de tener un reencuentro no vaticinado. Estaba sentado frente al cuarto donde se encontraba hospitalizada Candy.
El personal médico lo había sacado del lugar para proceder a la revisión de la chica y para evitar que tuviese algún problema secundario, por el estado en que le había encontrado recientemente. Sus gritos de preocupación y alegría habían alertado a la gente que iba pasando por ahí y el personal que atendía a Candy había optado por alejarlo:
- En un momento el doctor hablará con usted, joven – le dijo una de las enfermeras que lo había acompañado al pasillo del hospital, donde debía esperar a que todo terminara. Su expresión era sombría.
Recordaba lo que había acontecido esa tarde después de haber llegado e iniciado con su actividad habitual. Esta vez, llevaba unos fragmentos de "Romeo y Julieta" para leerlos en voz alta, a Candy:
Había dejado su elegante saco sobre la mesa, y en un principio, le comenzó a hablar de lo que había acontecido ese día, en la casa Andrey. Después, prosiguió con eventos pasados en su vida, durante todo ese tiempo que no se habían visto.
Mientras tomaba una de sus manos y acariciaba su mejilla, le había vuelto a reiterar lo mucho que la amaba. Con voz seductora, le dijo que nunca volvería a separarse de ella. No ahora que la posibilidad de volver a compartir un sentimiento se le presentaba.
Después de darle un suave beso en su frente, Terry se dirigió hacia la ventana, e imaginando que había un balcón enfrente, comenzó a hacer la representación de la obra teatral, que tantos significados representaban para ambos.
Estuvo así por un lapso de tiempo indeterminado. No supo cuánto había durado, sin embargo, todo ese rato, había cerrado los ojos para concentrarse en su papel, y comenzar su interpretación.
Durante una pausa a su actuación, volteó a mirarla, y casi se va de espaldas al percatarse que un par de ojos verde esmeralda lo veían, ¿con asombro?, ¿incredulidad?, ¿tristeza?, ¿decepción?, ¿reproche?
Terry no supo descifrar el sentimiento que le embargaba en ese momento.
Candy lo observaba fijamente. Quizá tenía tiempo que había estado haciéndolo. No había rastro alguno de emoción en su mirada. Solo lo veía fijamente.
- ¿Candy?, ¿Candy?, ¿me escuchas?, ¿cómo te sientes?, ¿tienes rato despierta? – el actor se fue sobre la chica de inmediato al ver que ella estaba consciente.
En un acto involuntario la abrazó fuertemente y soltó el llanto, agradeciendo a Dios que por fin, después de tanto tiempo, ella ya había despertado. La observó reiteradamente, y después salió como loco a gritar pidiendo ayuda.
Regresó a la cama donde yacía la chica, y vio que ella seguía observándolo fijamente. Terry volvió a hablar:
- ¿Candy?, ¿por qué no hablas, mi amor?, ¡dime algo!, ¡por favor, te lo suplico! – le dijo mientras se sentaba en el borde del camastro y tocaba su rostro dulcemente.
- ¿Me recuerdas verdad?, ¿esa noche en el Mauritania?, ¿el Colegio San Pablo? ¿Escocia?, ¿recuerdas quién soy? – preguntó nuevamente Terry, de manera ansiosa.
Con actitud sosegada, separó su mano de la de Terry lo que ocasionó un pinchazo de dolor en el corazón de éste. Siguió con la mirada puesta en él. Frunció el ceño, como si estuviera esforzándose en recordar algo. El inglés creyó que la chica había perdido la memoria:
- Soy Terry, Candy. He vuelto – volvió a hablar, esta vez, sin intentar tomar sus manos, para evitar asustarla.
La joven enfermera ladeó un poco su cabeza y después de un incómodo silencio, finalmente habló, con voz pausada y lenta:
- ¿Qué me ha pasado? – hizo una señal de confusión.
- Tuviste un accidente – respondió sin alterarse el ojiazul.
- Y tú, ¿qué estás haciendo aquí? – volvió a preguntar, esta vez, de manera seria.
Terry no pudo contestar porque en ese momento, entraron en tropel un grupo de enfermeras y el doctor en turno.
Le habían sacado de la habitación.
La última pregunta lo había sumido en una miserable sensación, sin saber cómo reaccionar.
No esperaba que ella le recibiera con alegría, después de todo lo que había pasado, pero, su actitud, distaba de ser mucho la que él creía, tomaría al verlo ahí. Le había dolido que rechazara su contacto, que le tomara con... indiferencia.
A pesar de lo que había sucedido, Terry no se movió del lugar. Quería hablar con el doctor, para saber cómo se encontraba, y si el simple hecho de verle ahí, le había alterado en algo.
Oyó que la puerta se abría y el doctor aparecía en ese momento:
- ¿Gusta acompañarme a mi despacho, señor Grandchester? – le preguntó el hombre.
Terry imploró internamente porque no fueran a decirle algo negativo sobre el estado de Candy. Peor aún, que había tenido una mala reacción, debido a que se había dado cuenta de su presencia ahí. Una situación que seguramente le había ocasionado alguna emoción, aunque no sabría si era positiva o negativa. El galeno se lo diría.
Llegaron a una oficina de tamaño regular y el hombre le señaló una silla frente al austero escritorio. El inglés obedeció automáticamente.
- Puede describirme, ¿cómo fue el despertar de Candy? – preguntó el doctor, mientras se inclinaba hacia él, poniendo sus antebrazos sobre el escritorio.
Terry le contó todo lo que había sucedido, sin ocultarle nada. Después de terminar con su narración, se quedó callado:
- La joven se encuentra increíblemente estable. No presenta signos alterados ni síntomas anormales aparentes que son propios del accidente que tuvo hace unas semanas. Esto es algo incomprensible, puesto que los pacientes al dejar ese estado, tienen ciertas secuelas, mismas que no veo en Candy. Sin embargo, debemos esperar a que los estudios médicos así nos lo indiquen. Por lo tanto, permanecerá por espacio de una semana más en el hospital, amén de que debe recuperar la movilidad completa de su cuerpo, a pesar de haber estado recibiendo los masajes que se dan a pacientes en ese estado. No recuerda nada del auto que la atropelló, pero sí ha conservado la memoria, lo que indica una ausencia de amnesia. La chica puede recordar – esto último caló hondo en el pecho del joven, pero lo disimuló.
- ¿Puede tener alguna complicación grave, doctor?, es decir, ¿algún problema ulterior debido al fuerte golpe que recibió? – preguntó Terry, sin dejar de pensar en su mirada.
- Precisamente para eso estarán los estudios médicos, señor Grandchester. Queremos examinarla exhaustivamente a fin de poder descartar cualquier anomalía relacionada con el accidente – respondió tranquilo el hombre.
- ¿Puedo verla, doctor? – contuvo el enorme nerviosismo que la inmediata respuesta del doctor le provocaría.
- Sólo por un breve momento. En lo que usted está con ella, hablaré con su padre adoptivo para darle la noticia – en ese momento, Terry recordó que ni siquiera había llamado a Albert para contarle sobre lo sucedido.
Después le explicaría el motivo.
El actor se dirigió de nuevo hacia esa habitación. Mientras caminaba, sentía que el pasillo se le hacía cada vez más largo. Su mirada iba clavada en el piso.
Al llegar a la puerta, se paró por un momento y tomó aire, mientras cerraba los ojos. No sería fácil, sin embargo, estaba dispuesto a afrontar de una vez por todas, lo que ella haría o diría, al verlo ahí.
Tocó a la puerta y una extraña voz le dijo que pasara. Era la enfermera que verificaba el suero de la joven.
Con un ademán, la chica lo saludó, al verlo entrar, mientras volvía a revisar rápidamente a Candy. Dijo algo que el actor no escuchó, ya que la figura de Candy se ocultaba detrás de la enfermera, a la par que ese nervioso aleteo en el estómago se hacía cada vez más intenso. Ni siquiera había sentido eso la primera vez que se había parado frente a un público, en el teatro.
La mujer los dejó solos y Terry pudo ver por fin el rostro de Candy. Tenía los ojos cerrados. Aparentemente, se había dormido.
El inglés se sentó en la silla frente a ella y le observó por un momento, sin decir nada. Una mar de emociones iba y venía como un remolino, por su estómago. A la vez quería que le viera, y a la vez no.
Después de permanecer así por un rato, Terry se dirigió hacia la ventana y su mirada se perdió en el enorme jardín que aparecía ante sus ojos. Se hundió en miles de pensamientos:
- Es un hermoso jardín – escuchó decir a sus espaldas.
- Ya lo creo. He tenido oportunidad de recorrerlo y es un espacio de paz y tranquilidad tanto para pacientes como para los que trabajan aquí – replicó el inglés.
- Cuánto tiempo ha pasado... ¿desde que llegué aquí? – preguntó ella, mientras el actor se volteaba a verla. Se había incorporado en su cama, recargándose en los inmensos almohadones que tenía detrás de él.
- Casi un mes. La verdad, desconozco el tiempo exacto. Me enteré después de lo que te había sucedido – dijo el actor, mientras se preparaba mentalmente para los reproches y reclamos por parte de ella.
Candy tenía una actitud demasiado serena. Lo veía sin demostrar emoción alguna. Eso era lo que más alteraba a Terry. Así que decidió tomar la iniciativa en el asunto:
- ¿Me... recuerdas? – preguntó temeroso, aunque después se reprochó internamente por cuestionarle eso. Era obvio que le recordaba. El doctor ya le había dicho que no tenía amnesia.
- Sí. Sé quién eres... Terry. Yo... agradezco que te hayas molestado en venir a verme al hospital. No entiendo por qué lo hiciste, sin embargo, te doy las gracias por tomarte el tiempo de venir hasta acá. Imagino que has de tener mucho trabajo en... el teatro – la rubia no mencionó la ciudad. Sin embargo, el tono en la voz era excesivamente... serio. Quizá frío.
- Estoy de vacaciones por unos meses, Candy. Curiosamente, me enteré de lo que te había pasado, el último día de la representación teatral. Por eso, aproveché de venir a ver a una vieja amiga – Terry se quedó con las ganas de decir más. Lo había creído prudente.
Sorpresivamente, Candy comenzó a llorar. Esa situación hizo que Terry corriera a su lado, y la tomara suavemente de la cabeza para recargarla en su cintura, debido a la posición en que ella se encontraba.
- ¿Por qué lloras? – peguntó Terry, conteniendo las lágrimas ante ella. Quería saber qué la había puesto así.
- Porque sé que Albert ha hecho todo esto por verme bien. Nunca pensé que sería capaz de hacerte venir. ¡No entiendo por qué lo hizo puesto que tú... ya tienes una vida hecha allá! – respondió la rubia, sembrando una enorme confusión en el actor.
- ¿Albert?, ¿me hizo venir? Candy, explícate por favor. No entiendo qué me dices. – no esperaba que ella lo supiera. ¡Era imposible!
Los sollozos de la joven fueron aminorando, hasta que pudo controlarse y hablar. Su mirada se posó en el azul profundo de los ojos del actor:
- Sé que Albert fue a buscarte con la esperanza de que reaccionara. Eso indica que seguramente pensaba que moriría. También sé que todos se han turnado para poder cuidarme desde ese accidente, del que no recuerdo nada. Me han tenido al tanto de lo que ha sucedido en el Hogar y en la mansión de Lakewood – respondió mientras sus cejas se arqueaban, queriendo contener el llanto.
- Pero... ¡Candy!, ¿cómo es que sabes todo eso? – el actor estaba estupefacto ante todo lo que acababa de escuchar.
La respuesta de la chica lo dejó pasmado:
- Porque siempre estuve aquí, observándolos.
Varias semanas habían pasado desde que Susana había incursionado en ese grupo y se había dedicado completamente a pasar todo el tiempo posible con Shazia.
Aprovechaba las sesiones grupales, para pedir con ahínco porque cualquier cosa o persona que entretuviera a Terry, se terminara rápidamente.
Había estado insistiendo frecuentemente a la compañía teatral, sobre el posible paradero del actor. No había escatimado en sobornos a personal del lugar para poder saber al menos una pista de dónde pudiera encontrarse.
Se había topado sin querer con Eleanor Baker, la madre del inglés, en una exclusiva boutique del centro de la ciudad, y la había atosigado con preguntas, hasta que la veterana actriz había terminado por contestarle de manera muy arrogante:
- ¡Deja en paz a mi hijo!, ¡entiende que nunca será feliz contigo! – le dijo, mientras la hacía a un lado, esquivándola con desprecio. No era para menos.
- ¡Eso nunca, Eleanor!, ¡ya veremos quién tiene la última palabra! – respondió con sonrisa torcida la joven.
Había llorado amargamente en brazos de su única amiga, y ésta le había planteado la posibilidad de hacer el pacto con su deidad, más agresivo:
- ¿Por qué no das como ofrenda, la vida de los seres queridos más allegados a tu prometido? – le propuso Shazia, mientras su mirada se volvía seria.
- ¿Qué quieres decir? – Susana le veía confusa.
- Pues, tal vez, podrías intentar pedir que la venganza inicie tomando la vida de las personas que sean las más apreciadas por ese hombre. Por ejemplo... su madre – replicó con crueldad la mujer – podemos hacer una ceremonia de petición especial. Sabes que tienes mi apoyo para que consigas lo que te propongas Susie. No es justo que sigas sufriendo por culpa de ese... tipo.
- ¡Estoy segura que ella sabe dónde está Terry pero me odia!, ¡la maldita me odia!, ¡todos los que la conocieron me odian! – gritó con rencor la rubia.
- ¿La conocieron?, te refieres... ¿a esa enfermera de la que me hablaste? – inquirió con la ceja enarcada Shazia.
- Exactamente. ¡Esa maldita mujer!, ¡la odio!, con gusto Terry daría la vida por ella pero ni siquiera sé si lo sigue amando. Pertenece a una familia adinerada y no dudo que ya se encuentre casada y con hijos. Primero, necesito saber que Terry no está con ella, y tal vez... tienes razón... si algo pasara a su madre, no dudaría en aparecer pronto – sonrió con malicia, mientras sus azules ojos se cerraban en señal de molestia.
Shazia se levantó del cómodo sillón donde se encontraban ambas, y caminó de un lado a otro, meditando un poco:
- Tal vez podríamos preparar una ceremonia esta semana. Quizá, si sacrificamos a un inocente, las cosas podrían funcionar mejor de lo que se esperaría – volteó a mirarla. Susana se quedó confundida.
- ¿A qué te refieres con el sacrificio de un inocente? – preguntó, deseando internamente no conocer la respuesta.
- Necesitaremos sangre de una criatura inocente, Susie. Para que me entiendas mejor... necesitamos un bebé. Si realmente quieres que las cosas marchen rápido, debes apresurarte a conseguirlo. Será nuestro regalo a Arioch – explicó a grandes rasgos.
- ¿Qué?, ¿un bebé?, ¡no puede ser que hables en serio! – gritó Susana, sorprendida.
- Pues entonces querida, confórmate con lo poco que recibirías sin ofrecer algo que valga la pena a cambio – le respondió de manera tajante, la mujer.
Susana le sostuvo la mirada. Por su mente cruzaron las escenas de desprecio que Terry había tenido con ella. Su corazón se endureció al recordarlo. Hasta su madre se daba el lujo de hacerla a un lado. ¡No! ¡No lo soportaría!:
- Te prometo que tendrás lo que necesitas – su voz sonó ajena a ella. En el fondo sabía que cometía un grave error, pero fue más grande su odio y el deseo malsano de tener al actor, sin importar las consecuencias.
Shazia sonrió complacida:
- Cuando dispongas de lo que necesitamos, avísame y haremos un verdadero sacrificio. Te garantizo que tu amado regresará a buscarte, y se arrepentirá de haberte tratado así – sentenció amenazante.
Eleanor Baker había ido a ver a Robert Hathaway, para poder platicar de lo que había acontecido en la vida de Terry, desde que habían terminado las representaciones teatrales. Tenía ya varios días de no saber nada sobre su hijo, y quiso cerciorarse de que, al menos, Robert tenía noticias suyas:
- Lamento informarte de que no tengo noticias de tu hijo, Ely. Todo lo que sé, ha sido por ti. Terry nunca me dio detalle de lo que haría con su tiempo libre – le habló con cariño el director.
- Entiendo. Le había pedido que te contactara de vez en cuando aunque fuese para saludar. Veo que la situación en Chicago no ha avanzado. Lo último que supe es que aquella chica seguía en el mismo estado. No había mejoría. Ojalá se recupere pronto, pero el no tener respuestas de él, me vuelve loca. Estoy pensando en ir a visitarlo – le confesó Eleanor, mientras se revolvía nerviosa en su asiento.
El hombre se había percatado de eso, pero esperó a que su propia iniciativa la hiciera hablar. Siguió conversando sobre Terry:
- Quizá sería bueno que pudieras ir a Chicago, Ely, tu hijo debe necesitar mucho apoyo en este momento. Sé lo importante que fue para él esa joven, y no dudo que se encuentre sufriendo por su situación. No estás trabajando por ahora – Robert respaldó su propuesta.
- Me topé con esa maldita mujer hace poco, Robert – le dijo en clara referencia a Susana - la verdad, me tiene demasiado preocupada. No sé si decirte esto, y apelo a tu sentido común y escepticismo, sin embargo, cuando el objetivo es hacer daño, créeme que puedo imaginar una cantidad inverosímil de formas de lograrlo – la mujer habló rápidamente, dejando más confundido al empresario.
- ¿Me explicas más lo que acabas de decir?, no entendí – se sentó frente a ella, demasiado interesado.
Eleanor alzó su mirada. Lucía demasiado preocupada. Sus manos temblaban levemente, y para contenerse, se apoyó sobre el escritorio del hombre, y colocó sus manos debajo de su barbilla. Tomó un poco de aire y prosiguió:
- Me he enterado, por medio de terceras personas, que Susana anda metida en un grupo de turbia procedencia – inició la actriz su narración.
- ¿Grupo? – inquirió intrigado Robert.
- Sabes bien, o habrás oído hablar de que algunos artistas se inmiscuyen en asuntos esotéricos y oscuros para lograr éxito y fama en la vida – Eleanor cuidó cada una de sus palabras.
- ¿Asuntos esotéricos?, Ely, ¿de qué estás hablando? – cuestionó el hombre, con el semblante serio.
- ¿Sabes algo del edificio Dakota? – la pregunta tomó por sorpresa a Robert.
- ¡Quién no conoce su historia!, cuántos locos y desviados no cometieron atroces actos y crímenes ahí, hace mucho tiempo atrás, aunque ahora, cueste una fortuna vivir dentro de esas paredes. ¡Puro millonario excéntrico! – sonrió, imaginando lo que ella le diría a continuación.
- Pues, me he enterado que Susana frecuenta mucho a una mujer del lugar y por referencias que me han dado, pertenecen a un culto demasiado peculiar. No me han dicho qué hacen o a qué se dedican, por lo reservado de la secta, pero no tengo buen presentimiento, Robert. Esa mujer está loca y no descarto que recurra a alguna de esas sectas con tal de lograr que Terry se quede con ella – su voz dejó sentir un leve temblor. Tal parecía que la actriz se encontraba temerosa. El hombre tomó sus manos para reconfortarla.
- ¡Por favor, Ely!, esas cosas son puras tonterías. Eso no existe. Son puros embustes e inventos de unos cuántos con tal de sacar beneficio económico o simplemente, por pura ignorancia. ¡No creas en eso! – le pidió dulcemente.
- Me vas a decir que estoy loca, pero, desde hace tiempo, llevo una enorme angustia en el pecho. No sé por qué, es como si presintiera que dentro de poco, algo malo ocurrirá. Temo por mi hijo ¡No permitiré que esa arpía le haga daño!, he dado órdenes a esta persona para que me tenga al tanto de lo que haga – su mirada se perdió en algún punto de la mesa. Hablaba más para sí.
- ¡Eleanor Baker!, ¡cómo es posible que te dejes llevar por temores infundados!, no puedes permitir que esto te afecte. Si Susana anda en eso, será mejor hablar directamente con ella y hacerle ver que está cometiendo un grave error... – le interrumpió bruscamente la mujer.
- ¡No!, ella lo negará. No lo dirá tan fácilmente, pero sé que no aceptará lo que te acabo de decir. ¡Por favor!, no se lo comentes a nadie más, ni siquiera a su madre. Estoy segura que ella tampoco sabe. Veré que puedo hacer por eso – la actriz se incorporó de su asiento y se despidió de Robert.
- ¡Ely!, ¡no digas locuras!, ¡no puedes creer en esas cosas!, las sectas son un medio de manipulación, pero, que realmente sean eficaces para hacer daño, ¡es una reverenda tontería! ¡Mejor, haz lo posible por reunirte con tu hijo pronto!, deja de pensar en esas cosas. Si te tranquiliza saberlo, no comentaré nada a Susana. Seguro es un medio más para llamar la atención de Terry. Es una mujer demasiado caprichosa ¡No debes preocuparte! – el hombre se acercó a ella y la tomó de los hombros, infundiéndole tranquilidad.
- Tienes razón, Robert. Dejaré de pensar en eso. Iré con mi hijo en cuanto pueda. Gracias por guardarme el secreto – Eleanor se retiró inmediatamente del lugar.
En cuanto hubo salido, Robert se quedó pensativo, sobre lo que acababa de decirle la mujer.
Sabía que algunos artistas eran capaces de todo con tal de sobresalir. Conocía de referencias lejanas, la existencia de algunos grupos de culto, pero, nunca había imaginado que la rubia actriz estaría inmiscuida en uno de ellos. Decidió investigar por su propia cuenta, sin decirle nada a nadie.
- Veremos hasta dónde llegas, Susana.
La mansión de Lakewood era una manifestación de las más diversas exclamaciones de felicidad y júbilo, después de la feliz noticia que acababa de dar Albert.
- ¡Quiero verla! – fue el grito unánime de todos los que se encontraban reunidos ahí.
El millonario no cabía de la enorme alegría que sintió al momento de decirles que Candy ya había despertado. En la casa se encontraban Heather, la Tía Abuela y el personal doméstico que también estimaba a la chica.
Archie había ido a hacer lo propio, al Hogar. Querían hacer partícipes del gran evento a todos. Después de aquellos oscuros e inciertos días, por fin, la tendrían de regreso en Lakewood. Annie era la más emocionada de todos ellos:
- ¡Candy está bien!, ¡Dios mío me has escuchado!, ¡por fin! – la morena se llevó la mano al pecho, mientras sendas lágrimas escurrían por su rostro.
Paty se acercó a abrazarla, llorando al igual que ella, mientras daba un interno agradecimiento. Sus horas de preocupación habían quedado en el pasado.
La señorita Pony y la hermana María se unieron a la algarabía de los demás. Pidieron a Archie las llevaran de favor al hospital:
- ¡Por favor!, ¡queremos verla!, ¡llévanos con ella! – suplicó la anciana, con voz emocionada.
- Tendremos que ver qué dicen los doctores. Las llevaré ahora a la mansión Andrey para que puedan organizar la manera en que la cuidarán estos días que vienen – sugirió Archie.
Después de haber arreglado rápidamente los pendientes en el Hogar y delegando la responsabilidad de cuidar a los niños, tanto a las enfermeras del sanatorio como a uno de los chicos mayores, el grupo de mujeres abordó el vehículo de los Andrey y se dirigió hacia la mansión.
Al ver a todos reunidos en la casa, Albert tomó la palabra:
- He podido hablar con el doctor y ha autorizado visitas rápidas de cinco minutos, esto con la finalidad de evitar que ella se canse. Espero puedan comprenderlo. Esa fue la condición del doctor para que podamos verla hoy mismo.
- ¿Y quién se quedará con ella esta noche, Albert? – preguntó Heather. Todos se quedaron callados.
- Eso lo veremos más tarde. Por ahora, preparémonos para ir al hospital – dio instrucciones para que abordaran los vehículos disponibles.
Al llegar, se dirigieron inmediatamente hacia el despacho del doctor, con Albert al frente.
El galeno les dio instrucciones y les condujo hacia la habitación. Albert dejaría que primero entraran sus madres y después las jóvenes. Quería hablar con Terry, por lo que él entraría hasta el final.
Al llegar al cuarto, todos se acomodaron en el pasillo de manera cortés y educada para evitar hacer desorden y las primeras en entrar fueron las dirigentes del Hogar de Pony.
Terry salió, saludándolas gentilmente.
Se dirigió rápidamente hacia Albert y lo jaló lejos de ahí:
- ¿Cómo sucedió todo? – comenzó a escuchar con interés el relato del actor.
- Albert... hay algo que debo decirte. Por eso te he separado de los demás. No quiero que se enteren – volteó a mirar de reojo a las demás personas que esperaban ver a la rubia.
- ¡Terry, me preocupas!, ¿qué pasó?, ¡explícate! – le preguntó ansioso.
Cuando terminó de oír lo que el inglés le acababa de comentar, no pudo menos que sentirse realmente confundido:
- ¿Ella nos vio?, ¿dice que todo el tiempo estuvo viéndonos?, ¿no será producto de su imaginación?, ¿o que le hayas insinuado algo y ella sacara sus conclusiones? – se cruzó de manos, mientras tomaba con una su barbilla. Estaba pensativo.
- También pensé lo mismo pero me dio muchos detalles que, sería imposible, hubiera conocido por referencia mía. Inclusive, pensé que quizá la enfermera le había dicho algo, pero conocía perfectamente las causas por las que me fuiste a buscar a Nueva York. ¡Estoy realmente intrigado!
- Tengo que hablar con ella cuanto antes. ¡No debe saberlo nadie más! – Albert intentó dirigirse al cuarto, pero el actor lo detuvo.
- Ya lo hice yo. No te preocupes ya que me aseguró no diría nada. Me preocupa que no haya reaccionado ante mi presencia, Albert. Quizá ella ya me olvidó – su mirada triste se perdió en algún punto imaginario de la pared.
- No pienses eso. Toma en cuenta que sufrió un golpe muy fuerte y era obvio que su recuperación no sería rápida – Terry le interrumpió.
- El doctor no se explica el hecho de que se encuentre demasiado bien, para venir saliendo de un coma. Es comprensible que su cuerpo resienta todo este tiempo en que estuvo en ese estado, sin embargo, en todos los demás aspectos, su recuperación ha sido sorprendente – exclamó el joven - si hubieses observado su expresión al verme. Era sin emoción, vacía. Sinceramente, me siento mal, Albert. No sé qué pensar. Creo que esta noche, me iré a descansar a casa. Alguien más podrá suplirme – su tono de voz era de derrota.
- No debes preocuparte. Yo lo arreglaré. Sé que tus temores son infundados. Verás que te desengañarás muy pronto. Pero si acepto que por esta noche te vayas a descansar, puesto que has estado casi siempre aquí. Alguien más la cuidará, así que no te preocupes – le dio una palmada afectuosa en un hombro y regresaron al cuarto.
Terry se despidió de la gente que esperaba ver aún a Candy y se retiró.
Ninguno comprendió porque lo hacía y lo miraron con asombro, sin decir nada.
Sólo Annie, quien le observaba detenidamente, podía entender lo que sentía. Sabía que su hermana no había reaccionado como él lo esperaba. Tendría que hablar con ambos. Esperó a que los demás terminaran con su visita.
Mientras, en el cuarto, Candy se encontraba recostada, viendo desfilar ante sus ojos, a sus seres más queridos. No pudo evitar las lágrimas al ver a sus madres entrar primero a verla:
- ¡Hermana María, señorita Pony!, ¡les agradezco tanto sus cuidados!, ¡son las mejores madres del mundo! – les dijo, mientras recordaba la sugerencia de Terry.
- ¡Hija!, ¡siempre hemos estado al pendiente de ti!, ¡no sabes que felices nos hacer verte bien!, ¡después de tanto tiempo! – la voz de la hermana se quebró por el llanto y no pudo menos que abalanzarse sobre ella y abrazarla dulcemente. La anciana sonreía demasiado emocionada.
- Siempre te hemos estado visitando, Candy ¡Nunca dejamos de pedir a Dios por tu recuperación!, ¡esto es un milagro! – añadió la anciana.
Candy las observaba con los ojos llenos de lágrimas. Sabía que sus seres queridos la habían estado cuidando.
¡Ella lo había visto!, sin embargo, solo Terry conocía su secreto. El solo hecho de pensar en él le hizo sentir un vuelco en el corazón. Al instante, lo apagó.
Siguieron dándose las visitas cortas de sus amigos: Annie, Paty, Heather, la Tía Abuela, Archie, su pecho estaba lleno de hermosas sensaciones. No podía dejar de agradecer al cielo, el hecho de estar rodeada de todos ellos.
¡Los amaba tanto!
Finalmente, después de que todos hubiesen pasado, recibió la visita más especial para ella, su padre adoptivo, Albert. El rubio la estrechó dulcemente entre sus brazos, mientras ambos lloraban por encontrarse así, después de un momento demasiado difícil:
- ¡Mi niña!, ¡mi Candy! ¡Gracias a Dios que estás bien! – era lo único que atinaba a decir el magnate.
- ¡Albert!, ¡te agradezco tanto, todo lo que has hecho por mí! – la voz de Candy era de infinito agradecimiento.
- Nos tenías preocupado, pequeña. No sabes, cuántas noches en vela pasamos pendientes de ti, y mira, hemos sido recompensados – el rubio tomó su barbilla, mientras se sentaba frente a ella, al borde de la cama. Sabía que no disponía de mucho tiempo.
- Albert, sé y estoy consciente de todo lo que hiciste para verme bien. ¡Yo los quiero tanto! – sonrió levemente mientras le veía.
- Candy, hay algo que quisiera preguntarte: ¿te molestó ver a Terry aquí? – necesitaba saberlo ya.
- Albert... yo... no sé qué pensar al respecto. Todo esto ha sido demasiado para mí. Nunca imaginé que Terry estaría aquí... después de tantos años de no vernos. Sin embargo, le he agradecido igualmente el que hubiese pasado parte de su tiempo conmigo. Es un gesto que nunca olvidaré – su semblante se había transformado. Albert la observaba cuidadosamente.
- Pero... ¿qué sucede, Candy?, sabes que puedes confiar en mí. ¿Acaso te desagrada el hecho de verlo nuevamente? – volvió a insistir el ojiazul.
- En lo absoluto. Tú mejor que nadie sabes y conoces lo que llegué a sentir por él. Es solo que... me cuesta creer que haya estado aquí... cuidándome. No sé qué pensar – respondió no muy convencida Candy.
- ¿Aún lo amas? – Albert fue directo.
Ella alzó su mirada y la desvió para no verlo. Sabía la verdad en el fondo de su corazón, pero...no quería revelarla. No sabía por qué. Se quedó callada y en ese momento, el doctor entró:
- Es hora de que descanse la paciente – anunció su llegada al dirigirse a ella.
- ¡Doctor!, muchas gracias nuevamente por todo y por permitirnos verla aunque sea un ratito – le dijo Albert, levantándose de la cama.
- Necesita descansar, señorita Andrey. Creo que el peligro ha pasado, pero debemos seguirla vigilando – el hombre se acercó a ella y comenzó a revisarla de nuevo.
Se despidieron amorosamente, como hermanos, mientras Albert le decía que Annie haría la guardia esa noche. La mirada confusa de Candy le hizo entender al rubio que esperaba la compañía de cierto inglés. Sin embargo, consideró dejar las cosas así, por ese momento.
Se retiró con los demás chicos, encareciéndole a la chica su absoluto cuidado y tenerle ampliamente informado de cualquier cosa que sucediera.
Candy permanecía ajena a lo que sucedía fuera de su habitación. Seguía pensando en la expresión desilusionada de Terry, al ver su reacción. No sabía por qué lo había hecho. No quería lastimarlo. "Sabes que nunca he dejado de amarte Terry. Debemos hablar en cuanto pueda salir de aquí. No es justo que sigamos sufriendo por lo mismo", resolvió, mientras un suave toque se oía a la puerta.
Era Annie.
Su hermana la cuidaría y eso la puso feliz:
- ¡Tanto tiempo de no vernos, Candy! – la chica se acercó a ella.
La rubia sonrió devolviendo el mismo gesto de alegría. Muy en su interior, hubiese deseado que Terry se hubiera quedado.
Sabía que los sentimientos no podían esconderse.
