CAPITULO VII

A la noche siguiente, al salir de su habitación se dio cuenta de que se hallaba solo. Recorrió el pequeño apartamento en busca de Candy pero no la vio cerca. Vio la escueta nota sobre la mesa que le hizo sonreír.

"Regreso por la noche. Espero verte despierto. Te extrañé tanto.

Besos.

C.W"

Pasó nuevamente frente a la recamara de la chica y una repentina curiosidad le invadió. Se asomó en el quicio de la puerta y permaneció ahí, observando cada femenino elemento que formaba parte de la decoración. Tan sencilla y a la vez distinguida, tal como lo era su personalidad. Cada rincón del cuarto olía a ella y eso provocó una ligera excitación en él.

Decidió salir rápidamente en busca de su habitual alimento, esperando regresar antes que ella. Por primera vez en su vida, sintió renacer en su pecho un sentimiento parecido al de la esperanza. "Abrazarla, hacerla mía para siempre", el solo hecho de imaginarlo le ponía de buen humor. Tal vez por fin la soledad se alejaría de su existencia y aunque anduviese eternamente en la oscuridad, tendría la luz del amor iluminando su camino.

Recorrió uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, atrayendo a un solitario delincuente que se preparaba para asaltar a un distraído transeúnte que se aprestaba a pasar cerca de él. Mientras se alimentaba, su mente iba afinando los últimos detalles para darle a conocer su propuesta aunque también se prepararía para la eventual negativa que llegase a recibir de su parte. Debía respeto a su persona ante todo y sería incapaz de forzarla a hacer algo que no quisiese.

Al regresar, se percató de que la luz de la sala estaba encendida, indicándole claramente que su chica ya estaba de vuelta. Con una increíble agilidad, trepó hasta la otra habitación y se coló por la ventana. Iba a abrir la puerta de su cuarto cuando oyó voces fuera, en la sala. Con extrañeza, agudizó su oído y escuchó la conversación.

Era la rubia y un desconocido:

- Me cuesta creer lo que me estás diciendo, Candy. ¿Marcharte así, dejando toda una carrera y una vida establecidas aquí? – Allen se quedó tan sorprendido como aquel hombre que cuestionaba a la mujer.

- Por favor, no lo hagas más difícil. He decidido darte a conocer uno de los planes más importantes de toda mi vida y no entiendo el por qué de tu negativa. Hasta ahora, creí tener una afinidad contigo al ser el único miembro de la familia que vivía libre sin ataduras ni convicciones. ¿Qué ha sucedido contigo, Albert?

- Es difícil para mí el digerir esta repentina decisión. He debido venir a visitarte porque hace mucho que te alejaste de nosotros, Candy. Hasta la Tía Abuela ha preguntado por ti, desde que te vimos por última vez. ¿Qué te ha sucedido? ¿Acaso todo esto es por alguien?

- Sí, he conocido a un hombre maravilloso que me ha hecho creer de nueva cuenta que el amor es posible en mi vida. ¿Hay algo de malo en eso? ¡Por favor, Albert! ¿Te das cuenta? Tengo meses de no pensar en el mismo tema de siempre – percibió cierta ansiedad en ella.

- ¡Vaya! Ahora sí que me has dejado sorprendido. Estuve en Nueva York la semana pasada y he hablado con Terry. Se ha divorciado y ha pensado en venir a visitarte. Candy, él nunca ha dejado de amarte y eso fue una de las causas de su separación. Quiere una segunda oportunidad y ha pedido mi consentimiento para cortejarte. Yo accedí al saber que aun seguías sola y triste, desde que se separaron. Creí que estaban hechos el uno para el otro y desconocía este significativo detalle al no haberte visto durante todos estos meses. ¿En verdad ya no sientes nada por él?.

- Ese pasado ha quedado en el baúl de los recuerdos, Albert. Nunca dejaré de reconocer la importancia y el impacto que Terry tuvo en mi vida, pero hasta hace poco me di cuenta que estaba desperdiciándola llorando por lo irremediablemente perdido. Él nunca volvió a contactarme y yo no hice nada por saber de su vida. El destino me tenía preparada otra sorpresa – la voz de la chica era de una increíble serenidad.

- No puedo creerlo, Candy. Has dejado de sentir algo por él. ¡Eso es... asombroso!

- Te lo suplico, Albert. No vuelvas a mencionarlo. Si tienes contacto con él, dile que he dejado todo en el pasado y que debe arreglar su vida por sí mismo. Por mi parte, ya tengo planeado lo que haré con la mía y pierde su tiempo si insiste en venir a Chicago; de hecho, planeo irme muy pronto de la ciudad, mas de lo que te imaginas.

- ¿Qué significa eso, Candy?

- Te lo haré saber en su momento.

- No sé qué responderte, Candy. Creo que perdí el instante en que cambiaste tu personalidad radicalmente y me siento mal por ello pero no te detengo en tu decisión. Sabes que siempre podrás contar conmigo en todo lo que necesites. Tampoco quiero dejarte de ver y espero reconsideres el venir de visita, aunque sea ocasionalmente. Haré saber a Terry de tu partida, aunque me gustaría solicitarte una última petición: quisiera conocerle, Candy. Quiero conocer a aquel hombre que ha sido capaz de transformar tu vida. ¿Sería eso posible?

- Lo pensaré.

Allen escuchó los murmullos de despedida y esperó con impaciencia a que el desconocido se retirase. Al oír que la puerta principal se cerraba, se atrevió a salir de su habitación. Candy le vio y de inmediato se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente:

- ¡Yo... lo siento mucho Allen! ¡Ha venido sorpresivamente!

- No te preocupes, pequeña. De forma involuntaria escuché tu conversación, Disculpa mi atrevimiento.

- ¡No quise alejarle de esta forma, pero no habría otra salida!

- Acepto encontrarle y hablar con él, Candy. Es lo menos que podría hacer y está en todo el derecho de solicitarlo, después de todo, es tu padre adoptivo. Debe saber qué está sucediendo en tu vida.

Ella le observó con incredulidad y después le besó con dulzura:

- No me interesa ver a Terry. Quiero dejártelo en claro. Hace mucho que dejé de pensar en él. Ahora hay otra persona en mi corazón – y la rubia se lo demostró con creces.

Las horas que siguieron a ese instante fueron dedicadas al amor por lo que permanecieron encerrados en la habitación de Allen hasta pasada la medianoche. Fue una entrega apasionada y sin miramientos. Ambos se juraron amor eterno en cientos de formas y posturas, haciendo que la rubia alcanzara el clímax en varias ocasiones. Al final, ambos se desplomaron, fatigados y felices después de la ardua sesión amorosa.

Con las mejillas aun sonrojadas y la respiración entrecortada a causa del excitante encuentro, ambos iniciaron la conversación:

- ¿Has decidido algo en especial?

- Quisiera trabajar en algún hospital al norte del país. Quizá podríamos radicar en Canadá. El turno nocturno no me incomodaría en absoluto. Lo que menos quiero es estar cerca de la familia Andrey. Odio tener que estarles dando explicaciones y seguir aguantando la intromisión de ciertas personas en mi vida. Por fortuna, Albert ha comprendido esa parte, aunque me duele tener que alejarme de él, del hogar y de todas las personas que han sido importantes para mí, pero ante todo, debo cuidar de ti.

- Hay otra cosa que debo recordarte, Candy. Eres sensible al tiempo dada tu condición humana. Mientras pasen los años, tu cuerpo irá resintiéndolo hasta que ya no pueda mas, dejándome solo la posibilidad de observarte. Existe una opción radical a todo lo que has estado planeando.

La rubia se incorporó de la cama para observarle de frente. Su semblante se había transformado por completo:

- Sé a dónde quieres llegar, Allen. También he considerado tu propuesta, sin embargo, me da mucho miedo. Tú me hablas de un mundo cruel y perverso en el cual te has movido siempre y yo no podría vivir así. Va contra mi forma de ser. Espero puedas comprenderlo también. Prefiero mil veces vivir una vida corta al lado de la persona que amo y que contribuya a mi felicidad en ese periodo, a terminar cansándome de ti conforme transcurran los años. Si para una pareja habitual, el estar casados mucho tiempo de por sí es difícil, no quiero imaginarlo en la inmortalidad. Me cuesta comprenderlo – las palabras le entristecieron sobremanera pero lo disimuló.

- Podría alimentarte con mi sangre, ayudándote a vivir más tiempo del habitual, pero no es una solución eterna, Candy. En algún momento tu vida terminará.

- Lo he decidido de esa forma. ¿Lo puedes comprender?

- No podrás siquiera tener hijos, por si más adelante deseas uno.

- Tengo a mis niños del orfanato. Eso es más que suficiente.

- Tiene razón Albert – la enfermera le observó, confundida.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque desconozco el momento en que te convertiste en esa mujer tan segura de sí misma y que reconozco, me ha cautivado por completo.

El compromiso fue pactado con un último acto amoroso.

Posteriormente, Allen pudo conocer a Albert durante un encuentro intimo, en la cual aclaró dudas y dejó más que en claro el por qué su hija adoptiva se había enamorado de él. Le prometió seguir en estrecho contacto y darle noticias de su protegida donde quiere que estuviese.

Unas semanas después, al realizar las gestiones correspondientes en sus asuntos personales, la pareja pudo partir hacia el norte del continente no sin antes de que Candy efectuase la última visita a su amado hogar para despedirse de sus madres y los niños prometiendo que volvería en cuanto pudiese.

Cuando el tren partía del último pueblo americano para internarse en territorio canadiense, envió una despedida mental hacia cierto personaje de profundos ojos azules que había sido una parte vital de sus tiernos años adolescentes. Allen apretó su mano en señal de apoyo. Los celos desaparecieron de su existencia desde que la había hecho suya.

Era la despedida de una mujer madura que ya había podido encauzar su destino hacia la felicidad, tal como se lo había prometido aquella fría noche de invierno en Nueva York.

Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.