CAPÍTULO X

Terry y Albert se encontraban en la estación de trenes, esa tarde en que Eleanor debía partir. El actor no quería dejar ir a su madre. Había pasado todo el día al lado de ella, y aprovechaba cada instante para abrazarla y demostrarle su cariño. La rubia se dejó consentir por su hijo.

- Madre, ¿es necesario que te vayas? – dijo aprensivamente Terry.

- Debo atender ciertos asuntos en Nueva York, pero quise darme una escapada para saber cómo estaban y veo que todo ha resultado bien. Más de lo que esperabas. Me da gusto y espero recibir pronto la noticia anhelada – insinuó su madre con tono picaresco.

- Creo que debes arreglar tu situación primero – le recordó súbitamente Albert.

- Lo sé. He tomado la decisión, y quizá pronto tenga que regresar a Nueva York. Por fortuna, todavía me quedan vacaciones y las aprovecharé para arreglar de una vez por todas la situación con Susana – su mirada azul se ensombreció. Recordó aquella tarde en que se había reunido con las amigas de Candy.

- Todo saldrá bien. Ella entenderá que no puede tenerte amarrado a la fuerza. Yo te ayudaré – Terry iba a replicar pero Eleanor puso un dedo en sus labios. El silbido de la máquina indicaba que ya pronto partiría.

La mujer abrazó con todas sus fuerzas a Terry y se despidió amistosamente de Albert. Abordó inmediatamente el tren.

Después de que partió, ambos hombres se dirigieron de regreso a la mansión. Albert habló con tono serio:

- ¿Qué piensas hacer con esa muchacha? – inquirió con voz preocupada.

- No puede obligarme a nada. Mi estúpido orgullo y sentido del honor los he dejado de lado, al tratarse de mi felicidad al lado de Candy. No dejaré que esta vez, alguien más decida nuevamente por mí. Esto quedará arreglado muy pronto, Albert. No debes preocuparte. Esa mujer entenderá que yo no la amo – respondido el actor decidido a luchar por el amor de su vida.

- Me gusta oírte hablar así, Terry – el rubio abordó su auto y partieron hacia la mansión en Lakewood.

Llegaron a la propiedad y Terry corrió en busca de Candy. La chica se encontraba en el portal, sentada sobre una banca. Observaba las rosas, perdida en sus pensamientos. El inglés no quiso interrumpirla, por lo que se dedicó solo a observarla. La tenue luz de la casa, iluminaba escasamente el jardín.

Permaneció así por unos minutos, cuando sintió una molesta sensación. Como si alguien le observara con coraje. Volteó a su alrededor y no vio a nadie. La sensación aumentó y decidió ir por Candy. Sintió una imperante necesidad de protegerla.

- ¡Terry!, ¿qué haces aquí? – la voz de la rubia lo regresó a su realidad. Cambió su semblante para no preocuparla.

- No quise interrumpirte. Sentí que querías estar sola – respondió Terry mientras observaba de reojo a su alrededor – ¿nos vamos pecosa?, ya es tarde – le tendió su brazo y ambos regresaron a la mansión. El joven seguía sintiendo la intensa mirada sobre él, pero no volteó.

Permanecieron un buen rato, en compañía de la Tía Abuela, Heather y Albert. Mientras tomaban una ligera cena, habían conversado sobre temas variados, riendo la mayor parte del tiempo. Parecía que Candy iba mejorando cada día más con respecto a su salud. La tranquilidad había regresado a la casa y a la familia.

Cuando la pareja se encontró sola, por un breve momento, la situación fue aprovechada por Terry, para hablar con ella:

- Me da mucho gusto saber que te encuentras mucho mejor – aclaró un poco su garganta y prosiguió – voy a ir al grano contigo: ¿qué has pensado después de…lo que sucedió entre nosotros? – la miró profundamente. La chica se sintió hipnotizada por el profundo mar reflejado en sus ojos.

- Terry…no sé que responderte en este momento. Creo que me dejé llevar por mis impulsos y… - fue interrumpida.

- No fueron tus impulsos, pecosa. Sé lo que sientes por mí y no quieres aceptarlo – le aclaró el inglés. Candy, al escucharle llamarle así, sintió que lo amaba como nunca; tan arrogante y presumido. Lo conocía demasiado bien. Siguió con su postura.

- No sé a qué te refieres, Terrence – vio el dolor reflejado en su mirada al llamarle así por lo que suavizó su tono – aunque, tienes razón. Creo que mis sentimientos aún están confundidos – bajó su vista al suelo. No quería demostrarle tan fácilmente lo que sentía. Su presencia le turbaba en demasía.

Sintió como la jalaban de su talle y cuando reaccionó, se vio frente a su rostro, y entrecerró los ojos, disfrutando de su cálido aliento. No podía soportarlo más, ¡simplemente no!

La cercanía fue evidente, mientras iba sintiendo su respiración cada vez más cerca de su cara. Finalmente, los labios se juntaron en un casto beso mismo que fue transformándose en un contacto apasionado.

De repente, los labios de Terry comenzaron a recorrer su rostro y llegaron hasta el nacimiento de su cuello. Cuando sintió esos deliciosos mordiscos en sus lóbulos, sintió que sus piernas no responderían más. Se sujetó a sus hombros y siguió disfrutando del contacto.

- Candy… ¡dime que no me amas! ¡Dime que no quieres saber nada de mí! ¡Dime que me has olvidado! Pero por favor, di lo qué sientes por mí. Vine por ti porque nunca pude olvidarte, porque…porque…te amo y, ¡no puedo vivir más sin ti! – le confesó con entrecortada voz, mientras una exquisita sensación recorría la espalda de la rubia. No se esperaba esa reacción de su antiguo compañero de colegio.

Candy no respondió. Abrió los ojos y le observó detenidamente. Esta vez se acercó a él y comenzó a besar a un sorprendido Terry. Siguieron así por un rato hasta que habló:

- ¡Yo también te amo, Terry! ¡Nunca te he apartado de mi mente! – esa frase hizo sentir al actor, que alcanzaba la gloria. ¡Su pecosa le seguía amando! Sintió que lloraría de felicidad pero se contuvo. La abrazó fuertemente, sujetando su cabeza con fervor y pasión. Siguió besándola.

De repente, el rostro serio de Annie llegó fugazmente a su mente.

Se separó lentamente de la rubia y pegó su frente a la suya, mientras observaba los labios rojos e hinchados por el contacto amoroso:

- Candy, no sabes lo feliz que me hace saber que me amas. Por un momento, ¡creí que te habías olvidado de mí! – habló con emoción presa de una incontenible alegría.

Ella le vio con demasiada ternura. Ahí pudo comprobar lo gris que había sido la existencia de Terry hasta esa noche. Recordó esos monólogos en el hospital, haciéndole ver cuánto le amaba. Escuchó al aristócrata con atención:

- Debo irme a Nueva York. Tengo que solucionar un problema allá. No quiero unirme a ti sabiendo que tengo esa pesada carga en mi consciencia. Ella entenderá – vio que el semblante de la rubia se tornaba serio.

- ¿Qué quieres decir? – su voz era un susurro. El inglés se apresuró a aclararle las cosas.

- Quiero que seas mi esposa, pero haré la petición de la manera más hermosa y especial que te mereces y eso será cuando por fin haya hablado con Susana. Espero me comprendas – posó su mirada sobre ella.

- ¿Tu esposa? Terry…yo…no sé qué decirte. Sé que debes hablar con ella y no te detendré. Antes de ilusionarme de nuevo…por nada…prefiero dejarte ir y ya sabrás por ti mismo, si algún día regresarás. No adelantemos hechos basados…en ilusiones – aquello fue un golpe bajo para los sentimientos de Terry, sin embargo, el saber que aún lo amaba le hizo tomar fuerzas por ella.

- Lucharé por ti. Te demostraré ese carácter que desconoces en mí y así me enfrente al mismo demonio, vendré por ti – le prometió con determinación.

En ese instante, un fuerte viento comenzó a sentirse fuera de la casa. Los cristales de las ventanas emitían un molesto sonido. Se podía percibir un espeluznante silbido. Un estrepitoso ruido salió de la cocina, como si varios platos y vasos de vidrio hubiesen estallado en ese instante, haciendo saltar a ambos del susto. La pareja salió de la estancia en que se encontraban y se dirigieron al lugar donde se había originado el ruido. No encontraron absolutamente nada. Terry recorrió cuidadosamente el lugar, mientras tomaba la mano de Candy. Su mirada se frunció en señal de confusión.

- Vayamos a descansar – le dijo Candy, aguantando el susto que le había ocasionado el evento.

- Está bien. Te acompañaré a tu cuarto – salieron de la cocina, no sin antes de que Terry echara un último vistazo.

Todo siguió en perfecta normalidad.

Cuando se encontró solo en su habitación, meditó lo que había acontecido ese día. "Ella me ama, ¡Dios mío, gracias!", sonrió feliz de saber que muy pronto sus sueños se harían realidad. "Susana tendrá que escucharme. No la amo, y no pienso atarme a ella", al terminar de pensarlo, el viento silbó de manera espeluznante. Un escalofrío recorrió la espalda de Terry.

Trató de conciliar el sueño, pero no pudo. Una serie de pesadillas lo agobiaron toda la noche: el rostro diabólico de Susana le perseguía por todas partes.

El sol se estaba levantando cuando apenas había comenzado a dormir.


Robert Hathaway daba vueltas, consternado, en su oficina. Karen se encontraba junto a él. Un detective se acababa de marchar. Susana Marlowe habían desaparecido hacía varios días, hecho que fue denunciado por sus empleados. Las noticias no eran nada buenas y el empresario estaba confundido:

- ¡Rayos, Karen! ¿Qué está sucediendo con esas mujeres? – volteó a verla con el semblante realmente alterado.

- No sé, Robert. Nunca fui amiga cercana de Susana y mucho menos de su madre, pero no dejo de estar intrigada por lo que les ha sucedido ¿Por qué ellas? – la actriz se llevó una de sus manos a su barbilla, como si tratase de hacer memoria.

- Quisiera irme a asomar a la casa de Susana pero seguramente está cercada por la policía. Desgraciadamente, no tengo conocimiento de sus amistades o demás familiares. Es raro que nadie haya venido a reclamar su desaparición. ¡Cielos! ¿Qué les pasó? – regresó a su silla y se sentó frente a la joven, quien en ese momento lucía una larga cabellera negra.

- No te metas en problemas. Deja que la policía se encargue de eso y solo limítate a esperar. Al menos no están involucradas más personas, por cierto, ¿qué ha sucedido con Terry? – la pregunta recordó al empresario que el actor no sabía nada de lo que había sucedido. Eleanor le había avisado que llegaría pronto.

- Terry está fuera de la ciudad…y creo que no es recomendable decirle por ahora cómo están las cosas. De eso me encargaré en su momento – miró su reloj y recordó que tenía una reunión con empresarios de un banco. Se despidió de la chica y salió rápidamente.

Cuando se hubo desocupado, se dirigió en su auto hacia la residencia de las Marlowe. Aparcó el auto cerca del lugar y se quedó un momento ahí dentro, meditativo. La tarde ya estaba cayendo.

La propiedad lucía sombría y abandonada, bordeada por cintas amarillas colocadas por la policía para evitar el acercamiento de curiosos. Sabía de antemano que los sirvientes ya no laboraban ahí por lo que la casa se encontraba vacía. Siguió con la vista fija en ella. Realmente su curiosidad se había acrecentado a raíz de los extraños eventos y del comentario de Eleanor Baker.

Con la mirada pensativa, comenzó a hacer memoria de las murmuraciones que se decían sobre la pertenencia de ricos y famosos a organizaciones espirituales. No era un tema muy extendido y el carácter netamente privado prevalecía siempre al tratar de saber quién o qué tipo de personas se acercaban a buscar "ayuda" en esos lugares. Recordó a Aleister Crowley, el llamado "mago negro", cuya organización ocultista Astrid Argentum poseía una siniestra fama debido a las misteriosas prácticas que ahí se hacían. Varios de sus conocidos pertenecían a la organización de la que él había establecido la más larga de las distancias.

El tiempo había pasado y no se dio cuenta hasta que se percató de que el sol ya se había ocultado. Salió del vehículo y comenzó a caminar hacia la parte trasera del lugar. La luz era escasa y anduvo con cuidado hasta que llegó a la parte posterior. Había un enorme patio y las puertas que daban hacia la entrada de la casa aparentemente estaban cerradas. El viento comenzó a soplar, revolviendo su cabellera y ocasionando que el hombre se ciñera más la chaqueta para abrigarse. Un leve rechinido y el golpeteo incesante de una ventana cercana le indicaron que se encontraba posiblemente abierta.

Robert saltó sin problemas la barda, tomando en cuenta que era mucho más baja de lo que esperaba y se internó en ella. Llegó hacia la ventana y trató de meterse a través de la misma, sin embargo, al momento de acercarse al marco, misteriosamente, una de las puertas cercanas que daba al interior se abrió. El hombre se quedó confundido, y se acercó a ella. Su intuición le gritaba fuertemente que no entrara, pero la ignoró.

El empresario se introdujo en la casa y buscó entre la densa oscuridad algún objeto que le permitiera iluminar la estancia donde se encontraba. Finalmente, pudo dar con una pequeña lámpara y la encendió. Afortunadamente, todavía había corriente eléctrica. Al tener luz, recorrió rápidamente con la mirada el lugar.

Era la cocina.

Pudo comprobar que todo estaba en orden. Sabía que la servidumbre había cumplido con sus labores el último día que había estado ahí. Se dirigió al resto de la propiedad. Apagaba y encendía luces de lámparas pequeñas para no llamar la atención. Consideró que no le tomaría más que unos cuantos minutos asomarse.

Anduvo por la sala, la biblioteca y los cuartos de la parte baja, sin encontrar nada interesante. Pudo constatar las huellas de la presencia policíaca y se reprochó por haberse inmiscuido de manera ilegal. Decidió que no tardaría mucho y corrió velozmente hacia las recámaras principales.

Al salir de la que probablemente pertenecía a Edna, sin encontrar algún objeto significativo, buscó la habitación de Susana. Por fin la halló: el póster de Romeo y Julieta donde se encontraban ella y Terry pendía de la pared. Se dirigió hacia el enorme armario y aprovechó lo más que pudo la escasa luz para buscar algún indicio que hubiese dejado Susana. Revisó los cajones más próximos y solo pudo sentir ropa y más ropa.

- ¡Diablos! No hay nada que pueda decirme algo de las reuniones secretas de Susie – dijo un poco en voz alta.

Repentinamente, un escalofrío recorrió su espina dorsal, mientras sentía una mirada clavada sobre su espalda. Volteó hacia la puerta de entrada y no vio nada anormal. Sonrió nervioso y prosiguió con su búsqueda.

Un ligero resoplido le desconcentró. Nuevamente volteó y no logró encontrar algo. El sonido comenzó a aumentar. Era como si una enorme bestia estuviese al acecho. Robert comenzó a sentirse más y más nervioso. Su cuerpo sudaba mientras el vaho salía de su boca a causa del inexplicable frío. Apagó la luz y la oscuridad le envolvió completamente. Sabía que algo no andaba bien.

"Debí haberme ido a casa, ¡qué estupidez venir aquí!", se maldijo, mientras se dirigía hacia la salida.

El resoplido se oyó por todas partes y súbitamente, cambió. Ahora era un fuerte gruñido, como si de un perro se tratase. El hombre estaba ya demasiado asustado. A cada paso que daba, era como si "eso" le siguiera detrás. Sabía que las Marlowe no acostumbraban mascotas en su casa.

Su memoria tan ágil pudo ayudarle a encontrar las escaleras y dirigirse hacia la cocina. Durante todo el trayecto no quiso voltear, pese a que su molesto acompañante seguía detrás de él.

Por fin, después de un tiempo, a su gusto eterno, llegó a la puerta abierta. Los vellos de su piel estaban completamente erizados y juraba que sus cabellos estaban igual. Corrió como pudo hasta la barda y la saltó. Sin voltear, huyó hasta su auto. El intenso miedo seguía recorriéndole por completo.

Abordó el vehículo y antes de encenderlo, miró por última vez hacia una enorme ventana. Su mirada se abrió denotando el inmenso espanto al darse cuenta de lo que ahí había: una extraña figura humana se encontraba parado justo al medio de la misma, con las ropas desgarradas y la piel cayéndole a jirones. Su rostro era espeluznante. Los ojos rojos y su boca se torcían extrañamente en una mueca de burla, dándole un aspecto demasiado macabro.

Robert arrancó el auto y salió disparado de ahí. Jamás olvidaría lo que acababa de ver.

- Eleanor tenía razón. ¡Dios mío! Susana, ¿qué hiciste? Debo hablar con la madre de Terry – pensó en voz alta.

Tan metido iba en sus pensamientos que se dio cuenta, demasiado tarde, que había ido a parar a un lugar ubicado a las afueras de Nueva York. El temido edificio Dakota llegó a su mente. Precisamente la denominación se debía a su lejanía de la ciudad. Se encontraba conduciendo en esa solitaria avenida.

Había escasas construcciones cercanas.

Sus manos se aferraron al volante, preso de los nervios. Trató de reconocer el lugar donde se encontraba. Solo la escasa luz de su auto iluminaba su camino.

Una maltrecha figura femenina apareció intempestivamente frente a su auto, lo que le hizo dar un tremendo volantazo para evitar arrollarla, yéndose de frente hacia un árbol solitario que se erguía a un costado. El golpe fue tan fuerte que Robert permaneció con la cabeza sobre el volante. La sangre manaba abundantemente de su cabeza.

- ¡No puede ser, no puede ser cierto! ¡Dios mío, ayúdanos! – repitió en un susurro. De repente, se perdió en la inconsciencia.

La mujer, cuyas ropas desgarradas y rostro malherido resaltaban a la luz de los faros y que acababa de ver el empresario teatral, era ¡Edna Marlowe!


Annie y Archie se encontraban cenando en compañía de su pequeña hija.

Era parte del ritual familiar el que permaneciesen un instante más platicando acerca de los eventos cotidianos que acontecían al interior de cada una de sus vidas. Los orgullosos padres amaban ver a su hija hablar y expresarse como si fuese toda una señorita.

- Karla me ha invitado a la fiesta de cumpleaños, mami, yo quiero ir. Van a haber muchos amigos y pastel – les pidió la nena mientras ponía esa simpática expresión que hacía maravillas para que sus padres le diesen permiso.

- Ya sabes que todo depende de cómo te portes esta semana, Anisha. Ven acá – su padre le extendió los brazos y la niña corrió gustosa a acurrucarse en ellos. Archie la estrechó con fuerza.

- Claro que podrá ir, mi amor, pero tu padre tiene razón. Debes de portarte muy bien para conseguirlo – Annie comenzó a levantar la mesa y se dirigió a la cocina para dejarle todo listo a su empleada.

Se dirigieron un rato a su estudio y finalmente, Annie se quedó con su hija en su habitación, leyéndole un libro. Era el cuento de la Bella Durmiente. La ojiazul siguió con su narración:

- Mami, ¿tú crees en fantasmas? – la pregunta desconcentró completamente a la mujer.

- ¿Por qué me preguntas eso, cariño? – Annie se colocó frente a ella, de tal manera que pudiese verla con atención.

- Hace unos días vi un fantasma en el salón de clases y me dio mucho miedo – pudo notar cierta tensión en el cuerpo de su hija. Annie la abrazó.

- No pudo haber sido un fantasma, mi amor. Esas cosas no existen. Seguramente te confundiste y viste la sombra de alguien más. ¿Estabas sola? – su dulce voz logró tranquilizar a la pequeña.

- No, mamá, estaba con ustedes. Esa tarde que se desató la lluvia muy fuerte. Lo vi pasar frente el salón de clases de mi tía Candy – Anisha miró fijamente a su madre.

- Fue un error, corazón, nosotros también lo hubiéramos visto. Los fantasmas no existen y eso debes de metértelo en esa cabecita – la morena le señaló la sien y comenzó a acariciarla para calmarla.

- Mami… si los fantasmas no existen, entonces ¿qué son esas sombras oscuras que se mueven? – su mirada expresaba aún un poco de temor.

- Anisha, creo que debes dejar de pensar en eso. No existen, no son reales y la próxima vez que veas uno, ignórale. Seguramente es el reflejo de algún objeto o inclusive, alguien más que se encuentre ahí cerca – esta vez Annie fue un poco más seria. Su hija se calló.

- Quiero que sigas leyendo mi cuento – la nena se acurrucó en su cama y se cubrió con el cobertor hasta que se fue quedando dormida.

Annie observó amorosamente a su hija y se retiró apagando la luz.

Archie ya le esperaba en su habitación. La chica se despojó de sus ropas y se enfundó en su elegante bata satinada. Terminó de desmaquillarse y asearse y se metió en las cálidas sábanas donde su marido la esperaba ardientemente.

Después de haber hecho el amor, la chica yacía sobre el pecho de Archie, tratando de recuperar el aliento. Sus manos trazaban imaginarias figuras sobre la piel de su esposo. Era el momento de comunión íntima. La ronca voz de Archie la sacó de sus pensamientos:

- ¿Cómo ha estado Candy? – preguntó mientras acariciaba su espalda.

- Ha ido mejorando considerablemente. Hemos hecho turnos para apoyarla en su rehabilitación y esperamos que muy pronto ya se encuentre caminando. Creo que la alegría ha regresado a su vida. Lo admito, desde que Terry apareció de nuevo – su marido volteó a verla al instante.

- ¿Por qué lo dices, Annie? ¿Tú crees que aún ella siga sintiendo algo por él? Ese arrogante no merece tenerla – su voz tenía un tono de molestia.

- Candy lo sigue amando y no podemos luchar contra eso. Tal vez, deberían de darse una nueva oportunidad, claro está, con ciertas condiciones – la joven sintió la mirada confusa de su marido – he hablado con él y sabe que no podrá seguir con sus planes si no pone fin a sus asuntos pendientes en Nueva York. He tenido el apoyo de Heather y Paty y al parecer, lo ha comprendido. Nos ha dado su palabra de solucionarlo cuanto antes. Nos reunimos hace unos días – se apresuró a hacer la aclaración.

- Debiste haberme consultado. Tenía que estar presente en esa reunión. ¡Tampoco permitiré que le vuelva a ver la cara!

- Todo pasará, mi amor. No debemos preocuparnos. Terry partirá muy pronto y esperamos que pueda luchar nuevamente por ella. Ahora durmamos – Annie se acomodó nuevamente junto a él, tratando de conciliar el sueño.

Archie no pudo hacer lo mismo.

"No te acercarás a ella mientras no estés libre, Grandchester. De eso me encargo yo", fue su último pensamiento antes de quedarse dormido, cuando la noche ya estaba muy entrada.


Karen Klaise daba vueltas nerviosamente en el teatro ese día. Se encontraba junto a Cinthya Hathaway, la esposa del empresario teatral. Acababa de recibir la terrible noticia del desafortunado accidente.

- Dios mío, no hay nadie a quién avisarle. No tengo idea de dónde se pueda encontrar Terry y su madre no aparece por ningún lado. He dejado muchos mensajes en su casa y no responde – su mirada se encontraba perdida en lo qué debía hacer.

- Mi esposo sigue inconsciente. Los doctores dicen que el golpe fue muy fuerte. Había perdido mucha sangre. No comprendo qué hacía en ese lugar – sus sollozos eran pausados. La mujer estaba demasiado afligida.

- No entiendo que sucedió, señora Hathaway, su esposo dijo que iría a una junta de negocios y después iría a casa – de repente, una idea cruzó por su mente. Su sospecha no la compartió con la mujer que le acompañaba.

- Señora, ¿me permite un momento?, iré a buscar unas cosas a casa y podría reunirme con usted en el hospital más tarde – la esposa del empresario aceptó tácitamente y Karen se despidió de ella.

Salió del teatro y se dirigió a su departamento.

Necesitaba tranquilizarse antes de tomar una decisión. Le preocupaba Susana y tenía intención de ir a su casa. "Quizá fue, a pesar de que le pedí no lo hiciera", se preparó un té y se quedó sentada en su mesa. Su mente trataba de analizar la situación.

El ruido del teléfono le ocasionó un enorme sobresalto. Se dirigió velozmente a contestar. "¡Gracias a Dios!", pensó mientras oía al otro lado a Eleanor Baker, reportándose a su llamada. Le explicó a grandes rasgos lo que había sucedido, mientras la veterana actriz no dejaba de sollozar.

Quedaron de verse más tarde.

- Señora Baker, nuestro jefe andaba últimamente muy preocupado por las Marlowe. Es como si la tierra se las hubiese tragado. La última vez que vimos a Susana, fue en la estación de policía. Estaba muy mal físicamente, y mi intuición me señaló que algo ocultaba. Estaba demasiado incómoda. No creo que haya pasado la última noche en que fue vista su madre, en su casa – las palabras de Karen hicieron mella en su interlocutora.

- Creo saber la causa de todo esto, Karen – le confió en voz baja la madre de Terry. Estaban en un restaurante, alejadas del resto de la gente. Ambas lucían gafas oscuras.

- ¿De qué habla?, no entiendo – la jovencita frunció las cejas.

- Susana está inmiscuida en una secta y con propósitos nada buenos – la respuesta de Eleanor dejó intranquila a la actriz.

- ¿Secta?, perdóneme señora Baker, pero no comprendo eso ¿Podría ser más explícita por favor? – enarcó una ceja en señal de interés.

Cuando la madre de Terry hubo acabado con su explicación, Karen no pudo menos que quedarse callada.

- ¿Cómo sabe todo esto? – no entendía por qué ella hablaba con tanta seguridad.

- Porque una de mis empleadas tiene un familiar contratado por una misteriosa mujer quien vive ahí y que ha visto a Susana frecuentarla mucho. Esta chica tiene sus sospechas sobre las actividades clandestinas de su patrona – fue la primera vez que Eleanor confesaba quién era su fuente de información.

- ¿Qué piensa hacer? – Karen estaba demasiado intrigada.

- Debo esperar a que Robert se recupere. Estoy segura que lo que le sucedió tiene relación con Susana – finalizó su conversación, mientras su mano temblaba al llevar a taza de café a sus labios.

Un par de miradas masculinas las observaban de reojo. Ambos hombres asintieron, mientras se levantaban de sus sillas y pagaban la cuenta. Sus trajes eran oscuros, pero a nadie más pareció importarle, excepto a ambas actrices, quienes les vieron acercarse a ellas:

- ¿Es usted la famosa actriz Eleanor Baker?, ¡realmente es hermosa y muy talentosa! – uno de ellos la aduló, incomodando a la rubia.

- Gracias por su cumplido ¿Me permiten?, debo tratar algo importante con mi amiga – respondió seria.

- Sólo quise felicitarla por su gran talento, bella dama, no debí importunarla. Disculpe si la he incomodado – el galante hombre le hizo una reverencia y se alejó. La voz de la actriz lo detuvo.

- Está bien, señor. Le pido una disculpa. No quise ser grosera – la actriz se mostró más complacida y le sonrió. El hombre respondió de la misma manera. Se retiró con su compañero, quien había permanecido como simple espectador ante la situación.

Alexei salió del restaurante, junto a Fisher y soltó una sarcástica risa, por la casual situación. Su acompañante le observó inquieto:

- ¡Es una lástima!, siendo tan bella y famosa, con miles de actividades en que ocuparse y que sepa de nuestro secreto. Shazia deberá hablar con su doméstica. Tal vez sea otro trofeo para nuestro benefactor. En cuanto a Eleanor, su destino ya está decidido – su mirada era malsana y perversa. Fisher no hizo comentario alguno.