CAPÍTULO XI

Candy se encontraba inmersa en sus pensamientos, admirando las rosas de Anthony. A pesar del fuerte frío, las rosas seguían manteniendo su bella apariencia. Habían pasado ya algunos días desde que Eleanor Baker se había regresado a Nueva York.

Había estado tratando más a Terry y aunque no podía negar lo bien que se la pasaba entre sus brazos, no dejaba de sentir esa fuerte incertidumbre en su pecho. "¿Qué sucedería con ella?", daba incesantes vueltas al asunto. El inglés ya había dejado en claro que quería compartir su vida al lado de ella, algunos días atrás:

- Candy, ¿aceptas ser mi novia? – la pregunta había sido respondida con un apasionado beso.

Annie y Paty le iban a visitar con frecuencia, para tenerla al tanto de lo que sucedía en el orfanato. Le intrigaba sobremanera la manera en que su hermana reaccionaba cada vez que tocaba el tema de Terry. Realmente la había desconocido, cuando la última vez que se habían reunido, Annie había sido demasiado directa con respecto a su postura:

- Terrence debe arreglar sus problemas primero antes de comprometerse. No lo olvides – el tono fue demasiado severo. Candy intuyó que su amiga no tenía mucha confianza en él. Decidió no confrontarla. Tenía razón.

Una voz la sacó de sus cavilaciones.

Era Terry.

Lucía demasiado sombrío. Se preocupó al instante:

- ¡Por Dios!, ¿qué ha pasado? – Candy intentó incorporarse pero el actor la detuvo.

- Debo regresar cuanto antes a Nueva York. Pude conseguir el boleto para hoy en la noche. Quise venir a despedirme. Yo… prometo venir pronto para pedir tu mano – los ojos de la rubia se abrieron de sorpresa al escuchar lo último.

- Creo que debemos darle tiempo a todo ¿No parece que vas muy rápido? – contuvo la fuerte emoción como pudo - ahora dime, ¿qué sucedió? Sabes que puedes confiar en mí – tomó su mano y el inglés la observó detenidamente.

- Robert Hathaway ha sufrido un grave accidente. Tengo que regresar, mi madre me acaba de avisar. Quisiera llevarte conmigo pero… hay situaciones que deben quedar resueltas. Te amo Candy y confío en que todo saldrá bien – posó sus labios sobre los de ella. Candy cerró los ojos, respondiendo a sus intenciones. Se había quedado preocupada. Se sintió mal por ocultarle lo de Susana pero era mejor así.

- Prométeme que me tendrás al tanto de lo que suceda. ¿Se encuentra estable el señor Hathaway? – Terry sonrió ante su pregunta. Su pecosa realmente era adorable.

- Él está fuera de peligro, Candy, mi madre no me ha dicho más y debo ir a verlo. Me comunicaré frecuentemente contigo – le respondió con ternura, aunque no dejaba de inquietarse por lo que sucedía en Nueva York.

Pasaron el resto del día juntos, procurándose mimos y cariños, aunque el actor no dejaba de pensar en la situación de su gran amigo.

Cuando llegó el momento, se despidió de toda la familia Andrey y se dirigió a la estación de tren en compañía de Albert y Candy. Heather y Annie le habían recordado su promesa y deseado de buena manera, que todo se solucionara sin contratiempos.

Antes de abordar el tren, y permaneciendo solos un momento, mientras Albert disimuladamente se alejaba de ellos, le había vuelto a refrendar a su pecosa, la promesa de regresar por ella.

- Estaremos en contacto seguido, mi amor. ¡No sabes cuánto me harás falta!, pero, me voy feliz de saber que una nueva oportunidad se nos presenta – tomó sus manos y las besó delicadamente.

- Terry, siento que esto es un sueño del cual no quisiera despertar; sin embargo, necesito saber que nada te ata a ella. Por favor, no dejes de enviar noticias tuyas, y sobre todo, dale mis mejores y sinceros deseos al señor Hathaway. No dudes en acudir a mí por cualquier cosa que necesitases – cerró los ojos mientras Terry la besaba fervientemente.

El silbido del tren les indicó que ya debían separarse.

- ¡Gracias por todo, Albert! Prometo regresar pronto por ella. ¡Eres un gran amigo! – le dio un fuerte abrazo.

- No tengo más que agradecerte a ti por haber aceptado venir y cuidar a mi niña. Jamás esperé que aceptases a la primera. Que te vaya bien, Terry – se despidió con la mano. Candy se quedaba triste.

Subió al vagón no sin antes dedicar una última mirada a su hermosa pecosa.

- Regresaré por ti, mi amor, y cuando lo haga, será para convertirte en mi esposa – pensó mientras levantaba su mano. Después, se dirigió a su camarote privado y permaneció ahí hasta que se quedó dormido.

Sus pesadillas giraron en torno a una Susana con el rostro deformado por la rabia mientras juraba vengarse de él.

- ¡Te arrepentirás Terrence Grandchester! ¡Te juro que te arrepentirás!

Al instante, un macabro personaje, con la piel hecha jirones y el rostro de rasgos animales, aparecía de la nada, colocándose al lado de ella y dejando salir una espantosa carcajada que retumbaba por todo el lugar.

- ¡Me quedaré con su alma! – repetía incesantemente.

Terry despertó sobresaltado y bañado en sudor. Trató de relajarse e intentó dormir de nuevo, sin éxito. Estaba demasiado sobresaltado por las grotescas imágenes.

Ansiaba llegar ya a Nueva York.


"Él se encontraba caminando sobre un inmenso parque lleno de frondosos árboles. La tarde había caído y la fantasmagórica niebla comenzaba a emerger de todas partes. Continuó marchando a paso lento, dudoso de saber cuál camino tomar, puesto que no podía divisar claramente por dónde había llegado a ese lugar.

A lo lejos, podía divisar el techo de un edificio. Por su estilo, dedujo que era una construcción antigua. "Es tan lejana", pensó mientras se dirigía a ella. El frío le calaba hasta los huesos. Se abrigó hasta el cuello y metió sus manos en sus bolsillos. Seguía tratando de recordar cómo había dado con ese misterioso paraje.

Un murmullo imperceptible le llegó por detrás, como si marchara a su mismo paso. La fuerte sensación de sentirse observado le subió hasta la nuca, haciéndose insoportable. No quería voltear ya que su sexto sentido le indicaba que lo que había detrás de él no era algo placentero. Echó a correr, a la par que el murmullo se fue tornando en un chillido agudo. Su espina dorsal se tensó mientras sentía que el ruido taladraba sus sienes.

Al ver que nunca pudo alcanzar la distante casa, desesperanzado, volteó para enfrentar a lo que hubiese ahí, haciéndole compañía.

Lo que vio, jamás lo olvidaría:

Era la madre de Susana, Edna, tratando de alcanzarle. Su vestido estaba muy sucio, como si se hubiese revolcado en el lodo. Los cabellos estaban completamente enredados y llenos de una sustancia oscura. El semblante de su rostro era demasiado pálido y contenía trazas de suciedad. Los ojos parecían salirse de sus órbitas, expresando un incontenible terror. Una lengua de tamaño anormal salía de sus labios.

Robert sintió que sus piernas lo clavaban al suelo, impidiéndole moverse. No sabía si gritar o reír de la fuerte impresión que le ocasionaba el verla. La mujer continuó avanzando hacia él, hasta que se situó a escasos centímetros de su persona. Seguía levantando los brazos como queriendo tocarlo.

Unos gélidos dedos rozaron la mejilla del empresario y comenzó a gritar histérico."

- ¿Qué quieres de mí? ¡No me hagas daño! – cubrió su rostro con las manos mientras lloraba.

- Al parecer ha reaccionado. Enfermera, suministre el tranquilizante – la voz del doctor le llegó desde muy lejos. Robert se sentía demasiado vulnerable y débil.

- ¿Dónde estoy? – su voz temblorosa se calló al instante en que el medicamento comenzaba a surtir efecto.

- Está usted bien, señor Hathaway. Se encuentra en el hospital ¿No recuerda nada de lo que sucedió?, solo mueva la cabeza – el hombre habló pausadamente, al percatarse de que el empresario estaba ya más tranquilo. Robert negó con esfuerzos.

- Descanse por el momento. Regreso en un instante – el doctor se alejó mientras una enfermera tomaba sus signos vitales.

Fuera, una nerviosa Eleanor se abalanzó hacia el galeno en cuanto le vio salir de la habitación de Robert. Karen se encontraba con ella, así como la señora Hathaway:

- Acompáñenme a mi despacho – el doctor las guió gentilmente.

Ya estando dentro, el doctor habló:

- Sus signos se encuentran estables. Ha recuperado la consciencia, sin embargo no recuerda lo del accidente. Permanecerá aquí por espacio de unas semanas, tanto para recuperarse de las heridas como para descartar cualquier anomalía relacionada con la cabeza. No deben seguir preocupadas. Le acabamos de dar un sedante puesto que se encontraba un poco intranquilo, seguramente por la impresión – no detalló más la situación para no alertarlas.

- ¿Cuándo podremos verlo? – la señora Hathaway estaba inconsolable.

- Quizá mañana pueda estar en posibilidades de hacerlo. Sólo les pediría que no le hablen acerca de lo que sucedió. Lo menos que lo alteren, mejor – las mujeres escucharon atentamente cada una de las indicaciones del médico.

Cuando se hubieron quedado solas, Eleanor le pidió que pasaran esa noche, juntas. La señora Hathaway propuso que rezaran por que Robert se restableciera completamente. La actriz sugirió un ambiente lleno de velas blancas, inciensos variados, e imágenes esotéricas. Se inclinaba por la magia blanca.

Muy dentro de su pecho, la actriz pedía que su hijo llegara con bien. La desaparición de las Marlowe no le daba buen presentimiento. Su empleada le había comentado que la actriz no había sido vista en casa de esa mujer últimamente y eso la tenía bastante intranquila.

Al llegar a la casa de la célebre artista se dispusieron a tomar una cena rápida, decorar el ambiente y después, comenzaron a orar.

El destino de Robert era incierto.


Annie y Paty se encontraban preparando sus clases del día, cuando fueron interrumpidas por una conocida voz:

- ¡Buenos días, chicas! – una simpática rubia había hecho acto de presencia de forma sorpresiva.

- ¡Candy! – gritaron al unísono.

- No me digan, sé que comenzarán a llamarme a atención, pero pude conseguir hacerles una visita de cortesía – les guiñó un ojo de manera pícara.

- Todavía estás en tu silla de ruedas. Debes descansar lo más que puedas, el doctor dijo … - Annie fue interrumpida por su inquieta amiga.

- Por favor… no me digan lo qué debo hacer. Ya estoy cansada de estar inactiva en la mansión. Quiero estar con mis niños. De menos, poder leerles un libro, como solía hacerlo antes. Quiero pedirle a la hermana María y a la señorita Pony que por este día, me deje hacerlo con los más chiquitos – justo en ese instante, las generosas mujeres hacían acto de presencia. La miraron con infinita ternura.

- Hija, nada nos da más gusto que tenerte aquí, y aunque te pidamos que regreses, sabemos que no lo harás. Así que te daremos permiso de permanecer aquí, pero bajo la vigilancia de una de nosotras – le advirtió la más grande de ellas.

La chica no podía estar más que feliz.

El día se le fue prácticamente entre los mimos y cariños de sus amados alumnos. Anisha había pedido expresamente que la pasaran ese día por única vez, para estar al lado de su tía favorita, a pesar de la negativa de su madre, quien terminó por desistir al saber lo mucho que su hija amaba a su hermana.

Por la tarde, ya de vuelta en casa, sus amigas estuvieron con ella. Paty creyó que el momento de compartirle su alegría ya había llegado:

- Candy, tengo algo que decirte – la rubia se quedó seria y Annie se mordió los labios para no reír.

- ¿Te sucede algo? – Candy se acercó, en su silla de ruedas, a ella.

- Vas a ser tía dentro de siete meses – le soltó repentinamente su ex compañera de colegio.

La enfermera abrió los ojos desmesuradamente al comprender lo que su amiga le confesaba. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas al saber lo importante que era ese momento para Paty. Le extendió los brazos y la otra chica corrió hacia ella:

- No sabes cuan feliz me hace escuchar eso, Paty. ¡Cielos!, ¿y estás cuidándote?, debes tener un chequeo mensual con el médico y llevar una alimentación sana. También debes de estar muy tranquila y relajada … - Candy se deshizo en una serie de comentarios y recomendaciones, retomando su postura profesional, mientras sus amigas sonreían ante sus palabras. .Le habían echado de menos. Realmente era una gran amiga y compañera.

- ¡Claro que sí!, antes de preocuparte por mí, primero debes cuidar esa salud. El bebé y yo estaremos bien. Tom está que salta de la felicidad. Habíamos estado intentando tener un hijo y, gracias a Dios, esta vez se dio – se sonrojó un poco al confesarles sus ansias de tener un bebé.

Los abrazos y muestras de cariño de Annie y Candy le hicieron sentir que realmente eran sus hermanas. Las tres lloraron un breve instante, para terminar riendo después y haciendo planes sobre lo que el futuro les deparaba a cada una de ellas.

- ¿Qué sucedió con Terry?, ¿finalmente, pudieron arreglar sus diferencias? – la pregunta de Paty ocasionó cierto sobresalto en Candy y una molestia encubierta por parte de Annie.

- Él ha regresado a Nueva York. Tuvo una emergencia y hemos dejado la situación para platicarla posteriormente – la ojiverde centró su mirada en Annie. La reacción de esta última era muy… natural.

- ¿Te ha dicho si planea arreglar su situación con esa mujer?, antes de volver a acercarse a ti, debe asegurarte que está libre – Paty intercedió por Annie. Candy fingió no haberse dado cuenta.

- Creo que es algo apresurado hablar de eso, amigas. Es lo mismo que pienso sobre su compromiso. Me ha prometido hacerlo sin embargo, he preferido no ilusionarme – su mirada la traicionó. La tristeza había asomado inmediatamente. La morena se dio cuenta al instante.

- Esperaremos a que solucione las cosas y después decidiremos lo que sigue. ¿Para qué nos preocupamos ahora? – la mirada esmeralda se posó fijamente en ella, pero no se inmutó.

- ¿Te molesta que hablemos de Terry? – la rubia la miró fijamente.

- En absoluto. Sin embargo, creo que ya suficientes estragos ha causado en tu vida como para que vuelvas a sufrir una vez más, Candy. No me odies por esto, pero le he advertido que no podrá acercarse a ti a menos que compruebe el rompimiento de ese compromiso. Si le interesa luchará por ti – la fría voz fue como si hiciera despertar abruptamente a la rubia de un letargo.

- Creo que entiendo su preocupación. Estoy de acuerdo con ustedes en que primero debemos esperar a que se desarrollen los acontecimientos, pero me gustaría dejar en claro que mi vida es solo mía y no permitiré que decidan sobre ella – puntualizó de manera firme, desatando la reacción de sorpresa en sus interlocutoras. El silencio se hizo pesado. La voz de Archie rompió el incómodo momento.

- ¿Qué tenemos aquí?, veo que tienen demasiado consentida a mi querida prima. ¿Cómo estás? – el chico se inclinó para darle un cariñoso abrazo y se volvió hacia su esposa para saludarla con un apasionado beso.

Annie respondió como si nada hubiese pasado.

Finalmente, Candy sabía lo mucho que la quería y el interés por verla bien. No la había sentido molesta ni se tomó el comentario a título personal. Paty no volvió a comentar nada y desviaron el tema a asuntos triviales. El pesado ambiente se evaporó, dando paso a singulares risas y parloteos donde Archie era el más animado, compartiéndoles anécdotas divertidas del trabajo.

Albert se les unió más tarde junto a Heather, quien ya había comenzado a tener un rol laboral en la empresa de su prometido y la inminente preparación de la boda salió a relucir al instante:

- Debemos seguir escogiendo los arreglos y la decoración del salón. Había pensado en el jardín de la mansión. Las Dulce Candy darían un hermoso toque al evento. Para el verano, estarán en su apogeo junto a las demás flores Heather – la rubia se quedó pensativa, imaginando la fiesta.

- Eso puede esperar. Primero, necesitamos que te recuperes y segundo, creo que el novio debe decirme cuándo es que se planea llevar a cabo nuestra boda – Heather volteó a mirar divertida a un sonrojado Albert.

- ¡Cielos!, ¡amor mío, perdóname!, he estado tan atareado con tantas cosas, que ni siquiera hemos precisado la fecha de la boda – le dio un suave beso en los labios mientras rodeaba su breve cintura con sus manos. El ligero carraspeo de Archie les recordó que estaban frente a otras personas.

Cuando volteó a verlos a todos, la carcajada se generalizó y el empresario no pudo menos que compartirla con ellos. Internamente, se sentía rebosante de felicidad al ver que su protegida se encontraba fuera de peligro. "Terry sabrá luchar por ella. Estoy seguro que regresará a buscarla", pensó mientras observaba a la rubia.

En una parte muy oculta de su alma, Candy sintió una breve inquietud, al pensar en Susana. Su intuición no estaba errada.

El escalofrío recorrió su espalda, a la par que un mal presentimiento se instalaba en su mente.


En cuanto hubo llegado a la estación de tren, Terry se dirigió velozmente hacia la casa de su madre. Internamente rogaba porque todo saliera bien. Quería a Robert como a un padre. "Dios mío, protégelo", rogó en su interior, mientras el cochero iba a todo lo que podía por las calles ruidosas de Nueva York.

Al llegar ante la enorme puerta de entrada de la residencia, despidió al cochero y se metió inmediatamente a la casa. La servidumbre ya había iniciado sus labores y comenzó a llamar a su madre:

- ¡Hijo! ¡Estás bien! ¡Gracias a Dios! – la actriz salió a su paso y se acercó abrazándolo como si fuese un niño.

- ¡Madre!, ¿cómo está?, ¿puedo verlo? – sus ojos se arrasaron de lágrimas. Vio que se acercaban Karen y la esposa de su amigo.

- Fuimos ayer al hospital. Gracias a Dios todo salió bien. El choque le ocasionó numerosas heridas pero se ha estabilizado. Llegamos anoche para rezar por él. Tenía tanto miedo de que te pasara algo – la actriz dejó escapar unas lágrimas, mientras Terry trataba de tranquilizarla.

- Terry, Susana y su madre han desaparecido. La policía no ha podido encontrarlas – las frases de Karen, taladraron sus oídos. Sintió un leve mareo al escuchar eso. "No, no ahora cuando debo solucionar ese compromiso", su mirada se dirigió confundida hacia ella.

- ¿Qué ha sucedido? – su voz se escuchó casi en un ahogo. No tenía un buen presentimiento.

- Hijo, no quise importunarte. Sabía que tenías muchas cosas por arreglar en Chicago. Edna desapareció después de que te fuiste. El mismo día que Susana levantó la denuncia ante la policía, ella también desapareció – le contó desordenadamente las cosas.

Karen interrumpió a la actriz y comenzó a narrar con detalle lo que había sucedido. Incluyó las sospechas de Robert y la insistencia en irse a asomar a su casa.

Terry las observó contrariado.

Se sintió acongojado de ver a la esposa del empresario inconsolable. Tuvo que buscar un lugar donde sentarse. Sus manos sudaban y la angustia recorrió todo su ser. "Justo ahora que Candy está bien y me ha dicho que no ha podido olvidarme. ¡Pero qué desgracia! ¡Susana, eres un lastre!", sintió que el coraje le iba llegando de a poco pero se controló.

Lo primordial ahora era la salud de Robert.

- ¿La policía ha dado alguna pista hasta ahora? – preguntó a Karen.

- Aún no saben qué les ha sucedido. El detective a cargo no ha podido averiguar nada de ambas mujeres. Tu mamá no ha querido decir nada de ese lugar al que asistía Susana. Creo que ha sido lo mejor, puesto que no tenemos evidencia para afirmar algo así. Antes de que lo preguntes, Robert fue puesto al tanto de la situación por la señora Baker – respondió inmediatamente Karen.

- ¿Es posible qué sigas creyendo en esas cosas, mamá? – el actor no pudo evitar su molestia. Se arrepintió al ver que su madre lloraba inconsolablemente. Al abrazarla, sintió el temblor de todo su cuerpo.

- Cálmate, madre, ¡por favor!, todo va a salir bien. Estoy seguro que ha de ser una treta de alguna de ellas. No puedo fiarme de que no tengan que ver detrás de todo esto. Ahora, quiero ir al hospital a ver a Robert. Iré a ducharme y me llevarán al hospital – el inglés le dio un beso en la mejilla a Eleanor y se dirigió presuroso a su recámara.

Después de que todos estuviesen listos, salieron rumbo al nosocomio. Terry llevaba el alma en un hilo. Todos iban en silencio, cada cual metido en sus pensamientos. El camino se le hizo interminable.

Ya en el hospital, el doctor les recibió con el semblante un poco serio:

- El señor Hathaway tuvo una crisis muy fuerte anoche. Los dolores fueron demasiado intensos, lo que le provocó una alteración cardíaca. Tuvo un conato de infarto – los gemidos ahogados se dejaron sentir. El hombre siguió como si nada – por ahora se encuentra estable. Les daré permiso de verlo por un breve momento. Espero entiendan – el médico les observó serenamente.

- ¿Mi esposo va a morir? – la voz de la señora Hathaway se escuchó por fin, después de tanto tiempo.

- Esa pregunta… no se la podría contestar con sinceridad. Hemos estado al pendiente de él y confiamos en que saldrá adelante. Su esposo es un hombre fuerte y esperaremos a que se reponga pronto – las palabras del médico sonaron en un lejano eco, mientras el inglés sentía que se hundía en esa incómoda silla.

- Quiero verlo, doctor – exigió de improviso.

- Creo que corresponde a su esposa verlo primero, señor Grandchester, ¿no cree usted? – la cara llorosa de la noble mujer le hizo entrar en razón.

- Esperaré mi turno, doctor – no dijo más.

Conforme fueron pasando las horas, la incertidumbre sobre su futuro se fue haciendo cada vez más grande. Cuando por fin pudo verlo, se acercó hacia él en un intento de poder abrazarlo. Soltó las lágrimas largo tiempo contenidas. Le habló cariñosamente.

El hombre estaba inconsciente:

- ¡Saldrás de esta amigo!, no nos puedes dejar solos. La compañía te necesita. Eres el único que puede hacerla seguir adelante. Eres irremplazable, Robert – la voz entrecortada hizo que el empresario abriera con gran esfuerzo los ojos.

- ¡Terry, eres tú!, ¡gracias a Dios que te encuentro, Susana…! – fue interrumpido por el actor.

- Ahora no, Robert. Sé lo que ha sucedido pero no debes de pensar en eso ahora. Debes recuperarte primero. No debes alterarte – le pidió cariñosamente.

- ¡No!, Terry debes… escucharme – la voz entrecortada y pausada de Robert delataba el fuerte dolor que sentía por todo el cuerpo – la vi… Edna está… muerta… Susana… se ha… involucrado… con un grupo criminal…y seguramente…está muerta también…su casa…yo…lo sentí…algo…habita ahí…tiene que ser detenido… ¡por Dios! – las lágrimas salieron a raudales de aquel maduro rostro, mientras los quejidos iban en aumento y Terry, asustado, llamó urgentemente a las enfermeras. Eleanor y la señora Hathaway entraron intempestivamente al cuarto al verle salir alterado. Dos enfermeras se acercaron rápidamente a verificar el estado del paciente y una de ellas salió corriendo. La situación se había salido de control.

Grandes gemidos salieron de esa garganta, mientras Robert, ahora con los ojos desorbitados, gritaba el nombre de Terry. El inglés tomó una de sus manos para hacerle sentir su cercanía:

- Encomiéndate a Dios… Terry…. Esa mujer… ha cometido… algo grave. Debes rezar… por su… alma… trataré de cuidarte… dondequiera… que esté – volteó a ver a su esposa quien se acercaba a él justo en ese momento hablándole con la poca fuerza que le quedaba -. ¡Te…amo! – envolvió su mano con la suya libre y una serie de sonidos agonizantes salieron de su ser. El doctor llegó justo en ese instante y pidió que se retiraran.

Terry y las demás mujeres hicieron caso omiso, siendo testigos de los sumos esfuerzos del equipo médico para salvar la vida del infortunado empresario. Observaron, como el cuerpo de Robert se relajaba completamente.

El doctor, apesadumbrado, se dio la vuelta para comunicarles la fatal noticia:

- Lo siento mucho. Acaba de fallecer – agachó la cabeza en señal de condescendencia.

Los gritos de las mujeres llenaron toda la habitación mientras la señora Hathaway se abalanzaba sobre su esposo, pidiéndole amorosamente que se levantara. Eleanor no pudo más y se desmayó, siendo auxiliada por una enfermera, mientras Karen se acercaba a sostener a Terry, quien yacía de rodillas sobre el piso, con la mirada perdida. Sus puños se encontraban cerrados en señal de rabia.

- ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? – gritó desgarradoramente, mientras volteaba con coraje hacia el techo.

Mientras sentía el abrazo reconfortante de Karen, en su mente apareció la imagen de Susana Marlowe.

- ¿Qué hiciste, Susana? – apretó los labios y lloró desconsoladamente junto a su compañera de escena.

La venganza se había cobrado su segunda víctima.


Albert recibió la noticia con demasiado pesar y la transmitió a Candy en su momento. La rubia, quien ya podía sostenerse por sus propios medios, pidió a Albert ir a apoyar a Terry en esos momentos difíciles, pero se topó con la reticencia de su protector, y con justa razón:

- No te encuentras del todo bien, Candy. No puedes dejar las terapias repentinamente, pero te prometo que en cuanto te encuentres más estable n iremos a ver juntos a Terry. Entiende pequeña – Albert le pidió con demasiada ternura en su voz, mientras la chica lloraba impotente de no poder auxiliar al inglés.

A partir de ahí se había sumido en un profundo silencio, interrumpido a veces por las noticias que de Nueva York le llegaban. Para no decepcionar a sus amigas, encubrió la tristeza que tenía, apoyando en el preparativo de la boda de Albert. Heather se encontraba feliz junto al resto de su familia y no quiso opacar esa alegría por saberse desposada pronto.

Reprimió los cargos de conciencia por la situación de Susana y su madre. Había procurado informarse un poco por lo que los periódicos decían. Siendo una persona famosa en su tiempo, los tabloides sensacionalistas no dejaban de sacar morbosas noticias para regocijo de la gente que gustaba de ellos. Se manejaban varias hipótesis extendiendo sus mordaces comentarios a Terry. Habían intentado involucrarlo en la desafortunada situación, pero su equipo de abogados lo había podido deslindar de todo tipo de responsabilidades. Desistió un tiempo después, de seguir leyendo sobre ellas. Su amor le diría lo que había sucedido en realidad.

Había hablado varias veces con Terry, quien le había dicho que la situación no era del todo buena, sin embargo, iba resignándose a la pérdida de su gran amigo. Candy le recordaba cuánto lo amaba para poder transmitirle fortaleza y serenidad, en tan difícil situación. La había puesto al tanto de todo el papeleo que había llenado para motivos del incidente de las Marlowe, así como lo referente a la pospuesta obra teatral que dirigiría Robert. La compañía tenía un futuro incierto, y Terry se había ofrecido a seguir al frente de la misma. No dejaría desaparecer el lugar que con tanto esfuerzo había hecho crecer el fallecido empresario.

Cuatro meses después…

La boda de Albert había sido todo un éxito.

Después del arduo trabajo de preparación, Candy se sentía completamente aliviada. Heather había lucido radiante y hermosa, enfundada en ese bello vestido de color inmaculado, cuya elegancia y sobriedad hicieron lanzar palabras de exclamación a los asistentes. La recepción fue de lo mejor. La orquesta hizo bailar a la gente, después de haberles hecho degustar finos platillos y probado el exquisito pastel.

Annie, Paty y ella habían sido las damas de honor de la chica, y se veían realmente deslumbrantes en sus vestidos rosas, mientras regalaban pequeños obsequios a los presentes, con motivo del enlace matrimonial. Paty lucía ya un abultado vientre por el embarazo y su rostro irradiaba de felicidad. El corte del vestido le había favorecido para hacerle lucir elegante y distinguida. Se desvivieron en atenciones hacia los invitados.

De lejos, un grupo de hombres las observaban insistentemente. Archie, Tom y Terry veían de lejos a las chicas, mientras intercambiaban impresiones de la fiesta, y se reían a causa de la insistencia de la Tía Abuela para que los novios bailaran el vals principal ante la concurrencia. Albert se notaba completamente resignado.

Terry se sentía mucho más tranquilo.

Habían sido duras semanas, poniendo a prueba su fortaleza emocional. En ese momento, se encontraba completamente sereno puesto que había logrado pedir la mano de Candy ante Albert, en una discreta ceremonia, donde había colocado el solitario brillante sobre la mano de su amada. Las lágrimas asomaron a los ojos de ambos, mientras Albert y la Tía Abuela daban su completo visto bueno ante la unión de los jóvenes.

Soltó una suave exhalación, mientras recordaba lo que había vivido en Nueva York:

"Los funerales de Robert habían sido discretos y no se había notificado a la prensa para no empañar el triste momento. Jamás olvidaría lo que su amigo había hecho por él. Al ir viendo las paladas de tierra sobre el féretro, lloró inconsolablemente al lado de su madre. Nunca volvería a verlo. Los días subsecuentes se había abocado a acompañar a su madre en los rezos que había organizado en su nombre.

Estuvo al tanto de las pesquisas policiales, con respecto a la desaparición de las Marlowe. Acalló las disparatadas ideas de su madre sobre esa supuesta secta en la que se encontraba, y esperó en vano a que le llegaran noticias de su paradero. Su madre le había hecho prometer que nunca iría a casa de Susana y lo cumplió. Tenía una incómoda sensación al pensar en ella. Los inquietantes sueños cubiertos de lava ardiente y cuerpos calcinados habían cesado sin razón.

Cuando estuvo libre de todos los pendientes que había en Nueva York, pudo finalmente regresar a Chicago, como se lo había prometido a su pecosa, meses atrás. El contacto con ella se había hecho intenso y eso le había infundado de esperanzas y ánimo para salir avante de toda esa carga pesada que llevaba sobre sus hombros. Su madre le había apoyado en todo, y su padre había estado al pendiente de lo que sucedía en su vida. Por fin comenzaba a atisbar una luz entre la oscuridad que había invadido en su vida.

El momento largamente ansiado, al obtener el sí definitivo de Candy para unirse a él, le supo a gloria. Observó embelesado a su ahora prometida, contento de saber que ahora ya no habría impedimento alguno para casarse con ella. Ni siquiera el mal recuerdo de Susana le había fastidiado, empañando el feliz acontecimiento. Ahora solo restaba esperar a que ese maravilloso día llegase."

Regresó al instante de la boda de Albert y siguió departiendo con los alegres invitados. Había limado asperezas con Annie, Paty y la propia Heather, quienes habían dejado de juzgarlo al saber la tragedia por la que acababa de pasar. Se sentía completamente en paz.

El tiempo siguió su inexorable camino.


El grandioso y ansiado día de la boda de Terrence Grandchester y Candice Andrey llegó.

La bella silueta femenina lucía espectacular bajo ese blanco vestido satinado. El espeso velo cubría su virginal rostro. Sencillamente, Candy se veía hermosa en toda la extensión de la palabra. La iglesia estaba desbordante tanto de gente como de arreglos florales blancos. Se había organizado un trabajo impecable en cuanto a la organización y logística del magno evento

Las palabras del sacerdote al momento en que los unía eternamente fueron música para sus oídos. La besó castamente frente a todos y se dirigieron a celebrar el comienzo de una nueva vida.

El banquete había sido de lo más elegante y los eventos fueron largamente comentados en la prensa local de sociales de la ciudad.

Sus amigas lucían emocionadas, mientras Paty lucía ya un avanzado estado de gestación. Había hecho desistir a Candy de posponer la boda hasta que ella tuviera a su bebé, pero la joven, consciente de que la felicidad de la rubia no podía esperar, tuvo que exigirle firmemente que no lo hiciera. Sabía que de un momento a otro su hijo nacería y no quería preocuparla. Tom siempre estaría con ella.

Esa noche, la primera de muchas que compartirían, Terry condujo a su flamante esposa hacia el lecho matrimonial que compartirían. Sabía que aquella sería una nueva experiencia para su amada y le haría guardarlo como el momento más memorable de su vida. La cargo en brazos, mientras cerraba las puertas tras ellos. La depositó sobre la cama y comenzó a besarla suavemente, repitiendo incesantemente cuánto la amaba. Ella simplemente se dejó conducir.

Rodaron sobre la cama, hasta que ella quedó encima de él. La vista era espectacular: sus ensortijados cabellos caían desordenadamente sobre su cuerpo mientras sus senos se movían al ritmo alocado de sus caderas. Terry la atrajo hacia sí y siguió acariciando su cuerpo. Los gemidos iban en aumento hasta que llegó el momento sublime de ese encuentro en el que Terry inundaba con su simiente su interior y repetía su nombre diciendo cuanto la amaba. Se quedaron así por un rato, fatigados, pero a la vez, plenos.

- Te amo como no te imaginas, pecosa – susurró en su oído, cuando hubo recobrado el aliento.

- Yo también te amo, Terry. Soy la mujer más feliz del mundo – le respondió con voz serena.

La noche siguió cobijando la continua demostración amorosa, donde por una parte, una pareja de jóvenes iniciaba un nuevo camino después de un trágico accidente que había vuelto a cruzar sus destinos, y por otra, alguien los maldecía en ese justo instante.


¿Cuántos días han pasado?, ¿semanas, meses?, ¿dónde estoy? ¡Me han secuestrado!

Estoy embarazada de ese maldito hombre. Me ha engañado. Ellos habían prometido ayudarme a conseguir lo que quería, sin embargo, él tenía su plan ya previsto. Estoy castigada de nuevo y ahora, encerrada en este inmundo cuarto, en la más completa soledad.

No alcanzo a divisar ventana o puerta alguna. El catre es demasiado incómodo y la comida sabe mal. Me la dan por una rendija, como si fuese un prisionero ¡Púdranse en el infierno! Alguien vendrá a rescatarme.

Las lágrimas no acaban nunca. He tratado de darme calor con mis brazos pero el frío me ha entumecido el cuerpo ¡Madre, me haces mucha falta!

La fría piedra de los muros palidece junto al gélido estado de mi alma. Todo por culpa de esa zorra que lamentablemente sobrevivió al accidente. Me han dicho que se han casado ya. Finalmente, nunca pudiste cumplir tu promesa.

¡Estúpida! ¡Tenías que haber muerto! ¡Solo así podrías haberme dejado en paz!

¿Por qué, Terry? ¿Por qué te empeñaste en seguirla amando, cuando yo te ofrecía mucho más amor que el que ella habría podido darte? ¿No te diste cuenta que realmente yo demostré cuánto te amaba? ¿Te imaginas lo que sufrí en ese instante en que quise huir cobardemente al intentar tirarme al vacío? ¿Acaso, nunca pudiste siguiera esforzarte en mirarme como una posibilidad de encontrar el amor?

¡Deseo de corazón que nunca alcances la felicidad! ¡Esto nunca te lo perdonaré! ¡Todo esto lo he hecho por ti y nunca me diste siquiera una oportunidad! ¡No te dejaré en paz y jamás podrás librarte de mí!

Estoy cansada de patear y gritar.

Nadie me oye.

Si te hubieras quedado conmigo… cumpliendo tu promesa, esto no estaría pasándome. Es tu culpa todo lo que estoy viviendo. He hecho mucho por ti. Sin mi ayuda, no hubieras sido un actor reconocido. Hubiese dado hasta mi vida esa tarde en que te salvé de morir y, ¿qué tengo a cambio?, ¡nada! ¡Ni siquiera una mísera mirada de compasión o cariño!, ¡cuánto hubiese dado por sentirme entre tus brazos y escucharte decir palabras amorosas!, ¡cuántas tardes desperdiciadas arreglándome con esmero para que reconocieses mi esfuerzo de parecer más atractiva a tu vista!, pero nunca te diste cuenta dada tu obsesión con ella.

¡Maldito seas, Terrence Grandchester!

¡Te odio!

Me encargaré de que no tengas ni un solo día de paz ni tranquilidad al lado de esa estúpida enfermera.

¡Lo pagarán y muy caro!