SEGUNDA PARTE

Como el maldito y fugaz destello de explosiones solares que sólo

impresionan borrosamente los ojos de los ciegos, el comienzo del horror

pasó casi inadvertido: de hecho fue quedando olvidado en la locura de lo que

vino después, y quizá no lo relacionó de ningún modo con el horror mismo.

Extracto de la novela El Exorcista

William P. Blatty

CAPÍTULO XII

Once años después…

Era una bella tarde veraniega y el jardín lucía lleno de infantes por todos lados. Había un área reservada para que jugaran los pequeños con diversas actividades a fin de entretenerlos. Los globos multicolores colgaban por todas partes. La cálida brisa corría a ratos por todo el lugar. Los mayores se encontraban reunidos en pequeños grupos para platicar de temas variados.

De repente, una femenina voz llamó la atención de todos:

- ¡Ya empezaremos pronto! – gritó lo más que pudo, entre la algarabía y las pisadas infantiles que corrían en tropel hasta llegar a la enorme mesa redonda, ubicada al centro del lugar.

Las voces comenzaron a entonar el feliz cumpleaños al unísono.

FELIZ CUMPLEAÑOS A TI, FELIZ CUMPLEAÑOS A TI, FELIZ CUMPLEAÑOS, FELIZ CUMPLEAÑOS A TI

Los aplausos no se hicieron esperar mientras una hermosa nena, de largo cabello castaño rizado y hermosos ojos verdes partía un delicioso pastel, junto a su hermano gemelo, de cabellera más lacia y un poco más clara que la de su hermana. Poseía unos bellos ojos azules.

Cada uno había tomado un cuchillo y lo deslizaron cuidadosamente ayudados por sus padres para comenzar a partir las rebanadas.

Cumplían diez años.

Sus emocionados padres les dieron un fuerte abrazo a cada uno, mientras les hacían entrega de una enorme caja de regalo.

Nicole les observó confundida:

- ¿Es para los dos? – su hermana le dio un codazo.

- Ya lo creo que sí, tonto – se abalanzó sobre la enorme caja, seguido de cerca de su hermano.

- No se peleen – la dulce voz de su madre los distrajo por un momento.

Nicholas tomó el enorme lazo multicolor y lo jaló mientras Nicole ayudaba a abrir la tapa.

Dentro, había un juego completo de esquí y una muñeca casi del tamaño de la niña junto a un hermoso vestido rosa; el mismo que había visto unos días atrás, cuando visitaba, junto a su madre, una exclusiva boutique. Se había enamorado de él desde que lo había visto. Tenía un enorme listón satinado por detrás y varias flores blancas sutilmente esparcidas por todas partes. El borde era de encaje blanco y con una crinolina que daba un aire candoroso al atuendo.

Luego vinieron los regalos de los demás niños y los gemelos estaban rebosantes de felicidad.

Su prima Anisha, quien ya contaba con dieciséis años, sonreía divertida, al lado de Tommy, de once años, hijo de Paty y Tom Cartwright, quien se acomodaba en uno de los extremos. Aunque era un chico demasiado tranquilo, no podía evitar pensar que ya estaba demasiado grande como para jugar con niños más pequeños que él.

Los padres de ambos departían alegremente con otros invitados, mientras Annie y Paty cuidaban de sus hijos más chicos, Archie y Alistear respectivamente, quienes retozaban con otros pequeños, inmersos en sus mundos fantásticos.

Albert y Heather tenían dos lindas niñas, Kelly y Marian, de ocho y seis años respectivamente, aumentando las posibilidades de los chicos Grandchester para jugar y pasar un buen rato, aunque estuviesen más grandes que ellos. Sí que había crecido la familia Andrey.

Terry y Candy observaban la feliz escena de sus hijos viendo sus regalos.

La madurez se reflejaba en sus rostros.

Él ya era un actor consolidado en su país y hacían giras internacionales en las cuales cosechaba críticas en cualquier teatro donde se presentara. Radicaban en Chicago, por insistencia de Candy en seguir al cuidado del hogar y porque Terry había decidido dar continuidad a la empresa de su amigo Robert, en esa ciudad, después de la trágica muerte de Eleanor.

Un rasgo de tristeza cruzó sus ojos al pensar en ella.

Su madre había muerto poco tiempo después del nacimiento de los gemelos:

"Los restos de Edna Marlowe habían sido descubiertos en un lote baldío a las afueras de Nueva York, unas semanas después de su boda. Al parecer había sido estrangulada y nunca pudieron dar con los culpables. De Susana jamás tuvieron noticia. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Él había estado un poco al pendiente de las averiguaciones, pero finalmente, terminaron por desistir del intento de búsqueda.

No había datos precisos.

El tiempo pasaba y Eleanor seguía obsesionada con sus sospechas.

Su doméstica le había dicho que su prima había desaparecido misteriosamente al igual que las otras mujeres. Se dio parte a la policía, quien descubrió el cadáver colgando en el lugar donde vivía sola. Una escueta nota indicaba que se había suicidado. Ni Eleanor ni la muchacha lo creyeron y la actriz decidió investigar por su cuenta, a espaldas de su hijo.

En una ocasión había decidido ir a asomarse por la antigua casa donde vivía Susana y aunque no entró, le había parecido ver en una de las ventanas de la planta alta, a un grotesco personaje masculino de intrigante porte altivo y tenebroso. Eleanor permaneció horrorizada frente a la mansión, mientras gritaba como trastornada al ver que el hombre solo la observaba a ella, a la par que el escalofrío recorría toda su espina dorsal.

Un cochero que pasaba por ahí la reconoció, llevándola a un hospital debido a la crisis nerviosa que presentaba. Terry acudió de inmediato a verla y por un momento, creyó que su madre estaba perdiendo la cordura.

La salud de Eleanor comenzó a debilitarse cada vez más sin razón aparente, hasta el grado de no poder pararse más de su cama. Casi no probaba bocado y sus nervios la tenían alterada tanto a ella como al resto de la familia. Se anunció su retiro del mundo artístico para evitar el escarnio de la prensa amarillista.

Terry se había sumido en una desesperación profunda. Candy se encontraba embarazada y hacía lo posible por animarlo. Su padre, el duque de Grandchester, había procurado pasar el tiempo máximo posible al lado de ella. Desconocía a esa mujer que había amado tiempo atrás.

Cuando sus hijos hubieron nacido, se los llevó a Eleanor, quien ya vivía enclaustrada en su casa, rodeada de artículos mágicos - de los más inverosímiles, sorprendiendo tanto a Candy como a él, al ver en su departamento, una gran cantidad de dagas, espadas, espejos, cálices así como pentagramas y peor aún, presa de alucinaciones demoníacas -, para que los conociera.

Al tomarlos entre sus brazos, sonrió amorosamente. Ese fue el único momento de lucidez que vio en su madre.

Semanas después, la actriz fallecía en su habitación a causa de un infarto. El funeral pasó desapercibido para el mundo del espectáculo, por petición expresa de su hijo".

Con el transcurso del tiempo, comenzaron a pasar el verano en Lakewood, donde los gemelos compartían mucho de su tiempo libre en el antiguo orfanato donde había vivido su madre. Justo en ese momento, los chicos cumplían años y quisieron celebrarlo ahí. Realmente, eran la estampa de una familia feliz, a pesar de las tragedias sufridas hacía tiempo atrás.

Nicole Grandchester era la viva imagen de su madre, aún teniendo los cabellos del mismo color al de su padre. Por su parte, Nicholas, su hermano, era la estampa de su padre. En cuanto a carácter, eran diametralmente opuestos. Nicole era más rebelde y desafiante, mientras que su hermano era dulce y generoso, como lo era Candy. A pesar de esos contrastes, ambos chicos adoraban a sus padres, aunque la niña no era muy afecta a mostrar sus sentimientos, pareciendo fría y distante.

- ¡Gracias!, ahora sí podré aprender a esquiar este invierno próximo. ¡Me encantaron, me encantaron! – Nicholas se acercó a su madre y le dio un fuerte abrazo.

- ¿Y yo, estoy pintado? – le recriminó dulcemente su padre, mientras su hijo le daba un abrazo y todos reían.

Candy miró a su hija. Nicole sostenía el vestido, perdida en sus pensamientos:

- ¿No te gustó, Nicky? – la voz de su madre la arrancó de su silencio.

- Me ha encantado, mamá. Simplemente, no creo que lo tengo en mis manos en este instante. Yo… les doy las gracias por esto – se acercó a su madre y la besó levemente.

"Igual que Terry", pensó Candy mientras la estrechaba en sus brazos.

Después se acercó a su padre y lo abrazó.

Terry comprendía lo difícil que era para su hija mostrar sus sentimientos. Él era así. Le dio un beso en la frente y la pequeña enseñó a sus demás amigas y tías sus regalos. Todas aplaudieron emocionadas. Abrazó a Anisha, con quien se sentía a gusto cuando la chica hacía de niñera para estar con ellos al encontrarse sus padres de viaje, o fuera debido a algún evento.

La fiesta transcurrió entre juegos, risas y buenos deseos por todos los asistentes. Candy estaba agradecida con todos sus amigos. A lo largo de todos esos años habían sido su más grande apoyo y nunca la habían dejado sola. Pensó con tristeza en la señorita Pony, quien había fallecido un par de años atrás. Había sido un golpe muy fuerte para ella. Su esposo la había acompañado en esos momentos tan dolorosos. La vida debía continuar.

Terry esperó a que la fiesta terminara para poder estar a solas con su familia. Necesitaba dar una noticia a Candy y no quería hacerlo frente a los demás.

En la noche, mientras los gemelos dormían, Candy y Terry hacían apasionadamente el amor.

A pesar de haber pasado tanto tiempo, la llama de la pasión seguía encendida en ellos. Habían alcanzado la plenitud de diferentes formas y la ojiverde se había convertido en una experta amante. La fogosidad de su marido la había contagiado, volviéndola más atrevida. Disfrutaban como nunca sus encuentros sexuales, reiterándose el gran amor que les unía. El objetivo no tardó en llegar, al culminar en una inmensa explosión placentera que les mantuvo paralizados por un breve instante. El sudor de ambos cuerpos y la agitada respiración llenaron el cuarto de su esencia.

Permanecieron recostados hasta que recuperaron el aliento:

- Eres maravillosa, Candy. Lo mejor que me ha pasado en la vida – la ronca voz varonil le hizo arrancar una sonrisa.

- Soy esto gracias a ti, Terry. Creo que nuestro matrimonio nos ha hecho crecer y en mucho – le dio una suave caricia sobre su pecho, con la yema de sus dedos.

- Los gemelos han disfrutado mucho de sus regalos y la fiesta – dijo el ahora empresario teatral.

- Realmente creo que estuvieron muy consentidos. Nicky no podría creer lo de su vestido. Se verá hermosa – el rostro de Candy se iluminó al pensar en sus hijos.

- Ya lo creo, Nicholas ahora no dejará de pedir que lo llevemos a esquiar en cada invierno – Terry rió recordando la insistencia de su hijo, después cambió el rumbo de la conversación – hay algo que quiero decirte Candy. Me han ofrecido un proyecto teatral demasiado interesante. Se han interesado en la compañía de Robert y quieren asociarse conmigo, apoyando una obra en Londres. Será una representación de Shakespeare, Romeo y Julieta – la añoranza asomó a su tono. Candy permaneció un poco seria.

- Eso implica el tener que mudarnos ¿verdad? Quieres que nos vayamos a vivir allá, ¿es así? – la rubia se había incorporado drásticamente. Al parecer la noticia no le había gustado.

- ¿No te gustaría radicar allá? Mi padre se pondría feliz. Ya está muy anciano y quisiera estar con él sus últimos días – esto último ablandó a su esposa. Ya había perdido a su madre. Su padre no tardaría en morir. Casi no veía a sus hijos. Quizá Terry tenía razón.

- Tengo que dejar el orfanato a cargo del personal indicado. Necesito tiempo, Terry, ¿cuándo planeas irte? – su voz era un susurro. Su mente se llenó de muchos pensamientos.

- Antes de que empiece la escuela. Quisiera que mis hijos estudiaran allá – Terry observó atentamente la reacción de su mujer.

- Tenemos que hablar con los chicos y con los demás. Albert se pondrá triste pero lo entenderá. También tienes que estar con tu padre – la rubia le dio un beso y se levantó dirigiéndose al cuarto de sus hijos. Era una rutina.

Terry se quedó pensativo. Esperaba más renuencia por parte de Candy pero no fue así. Había que comenzar a arreglar todos sus pendientes a marchas forzadas para poder viajar pronto. Hablaría con Albert.

Cerró los ojos pensando en Inglaterra y el brillante futuro que le deparaba.

Agradeció internamente a un ser todopoderoso por estar siempre a su lado, dándole una familia increíble y pidiéndole su bendición para lo que le esperaba.

Dedicó unos minutos al recuerdo de Eleanor y Robert.

Estaba profundamente dormido cuando Candy regresó.


La hermana María se encontraba junto a Annie y Paty. Escuchaban en silencio lo que Candy les explicaba. No imaginaban que su gran amiga volvería a alejarse del hogar. La ojiazul estaba demasiado triste por eso, pero entendió que su esposo tenía todo el derecho de pasar tiempo con su padre y crecer profesionalmente:

- Te vamos a extrañar mucho, Candy – Paty derramó unas lágrimas mientras las enjugaba rápidamente.

- Yo también las echaré mucho de menos, hermana. Terry ha decidido adelantar el viaje este verano, para que Nicky y Nicholas puedan estudiar allá en otoño. Debemos comenzar a delegar responsabilidades y creo que la persona más indicada para tomar mi lugar serán Annie y Paty – dijo a grandes rasgos. Sus amigas asintieron en silencio.

- Menos mal que las clases ya están a punto de finalizar. Podré despedirme de mis queridos niños y mis compañeros de trabajo, en el sanatorio. Mis hijos lo han tomado con mucha filosofía. Nicholas está muy entusiasmado con la idea de conocer otro país, Nicky solo aceptó sin objetar nada. Le duele más no volver ver a Anisha – vio que Annie sonreía.

- Hemos estado pensando en enviar a Anisha al Colegio San Pablo, Candy. Lo habíamos decidido para el año entrante, pero quizá, podría adelantarse. Creo que tu hija se sentiría mejor si la mía le acompaña en el difícil trance de adaptarse a un nuevo país. Además, podría quedarse con los chicos si ustedes tuvieran que salir. Ya sabes que los gemelos adoran a mi hija – la propuesta de Annie le interesó en demasía y prometió que hablaría con Terry, a la par que su amiga lo haría con su hija. Los recuerdos del San Pablo le hicieron sonreír.

- Cualquier cosa que llegases a necesitar Candy, sólo hazlo saber – le dijo Paty mientras se acercaba a abrazarla. Realmente se sentía triste por su pronta partida.

- No deben ponerse tristes, chicas. Saben que soy muy sentimental y me harían más difícil la despedida. Les encargo muchísimo este lugar. Hermana María, siempre estaré al pendiente de todos ustedes. Prometo venir durante las próximas vacaciones de verano para estar con ustedes. Me van a hacer mucha falta – la emoción quebró su voz y dejó escapar el llanto sosegadamente.

- No dejes de escribirnos, hija – la dulce voz de la hermana María le hizo abrazarla involuntariamente. Les echaría mucho de menos.

Prosiguieron con las actividades correspondientes. La tarea era ardua y Candy necesitaba trabajar a marchas forzadas para poder viajar pronto al lado de su familia.


Albert y Archie se encontraban reunidos en el despacho del edificio Andrey, revisando documentos que el contador les había llevado para su análisis. El consorcio seguía creciendo y antes de dar un paso más en su expansión, era necesario verificar las finanzas de la empresa.

Después de un largo rato trabajando, ambos se dieron una breve pausa. Albert ya sabía de la partida inminente de los Grandchester y la hizo saber a Archie:

- No puedo menos que desearles lo mejor, Albert. No quisiera que se fueran pero cuando las oportunidades se presentan, no hay que desaprovecharlas – dijo el más joven de ellos.

- Yo también, Archie. No puedo detenerlos, además, Terry tiene razón en quedarse junto a su padre el tiempo que le resta. Creo que ya se encuentra muy enfermo. Los extrañaré mucho – el rubio se quedó pensativo.

- Imagino que para Candy ha de ser demasiado duro. Ha pasado mucho tiempo con nosotros y sus hijos igual. Al menos espero que nos visite cada verano. Hemos planeado mandar a nuestra hija al Colegio San Pablo el año entrante y aunque me da tristeza pensar que se nos va, sé que contará con la compañía de ellos estando allá. No se sentirá sola – pensó en voz alta mientras Albert le veía confundido.

- No sabía que pensaban enviarla allá, ¿Anisha está de acuerdo? – cruzó elegantemente la pierna mientras se acomodaba para verle mejor.

- Está muy emocionada. Es joven y está a la expectativa de conocer el viejo continente. No le da miedo, al contrario, es una chica muy valiente. La admiro por eso. Annie está igualmente triste pero también apoya a su hija en lo que quiera. Cuando le planteamos la idea, aceptó enseguida – Archie posó sus manos sobre la mesa. Sonrió dejando entrever algunas líneas de expresión. El tiempo era inflexible y había comenzado a mostrar su paso a través de las expresiones antaño juveniles.

- ¡Vaya!, me da gusto que estén apoyando la idea de enviarla. Quizá no sería mala idea que adelantaran el proyecto, aprovechando que Candy y su familia se van este año – la idea dejó meditativo a su interlocutor.

- Lo platicaré con Annie. Mi hija estará más que feliz de saber que seguirá viendo a los gemelos. ¡Los adora! – volvió su vista a uno de los documentos y le sugirió a Albert que continuaran.

De regreso en casa, Archie volvió a escuchar de labios de su esposa la noticia de la partida de los Grandchester. Su hija estaba presente y permanecía en silencio. Finalmente, Annie le habló:

- Anisha, estaba pensando en la posibilidad de adelantar tu viaje a Londres, aprovechando que Candy y Terry se mudan para allá. ¿Qué opinas cariño? – le preguntó dulcemente su madre.

- ¿En serio?, ¿de verdad?, ¡encantada de la vida! – la reacción asombró a sus padres.

- Creíamos que estarías triste por dejar tu hogar, hija – le comentó con cierta diversión su padre. La chica se sonrojó.

- Lo siento. Si es cierto que les echaría mucho de menos, pero ¿se imaginan lo que es conocer Europa? ¡cielos, sería increíble! – su mirada se perdió entre imágenes de París y Roma. La oportunidad era tentadora.

- Eso significa que… - la chica interrumpió a su madre.

- ¡Sí!, podría irme con ellos antes para preparar mi entrada al Colegio San Pablo el año próximo. No estaría con desconocidos. Mis niños estarían conmigo. Saldríamos a caminar y conocer. ¡Qué emoción! – la voz del pequeño Archie le llegó por detrás.

- ¿Te vas a ir, An?, ¿me quedaré solo? – la pregunta hizo cambiar la expresión de la jovencita.

- ¡No digas eso, Archie, jamás te abandonaría!, esto ya lo habíamos platicado antes. Nos vamos a ver en el verano y te mandaré muchas cartas. Te echaré mucho de menos, pero también, quizá podrías visitarme pronto, ¿no creen? – mientras su hermano se acomodaba en su regazo, Anisha volteó a ver a sus padres.

- Tal vez, hija. Por ahora, si has decidido adelantar tu viaje, tendremos que arreglar tus cosas antes para que no te agarren las prisas – Annie trató de disimular su tristeza. El momento de la despedida estaba latente, sin embargo, se sentía aliviada al saber que podría contar con el apoyo de los Grandchester. Archie pensaba lo mismo por su parte.

La familia cenó entre conversaciones y emociones por el viaje repentino. Sólo el pequeño Archie se rehusaba a ver partir a su hermana. Sus padres le habían prometido que lo llevarían seguido con sus demás primos. Además Tommy siempre jugaba con él. Quizá, después del todo, no estaría triste. Tenía amiguitos con quien jugar y pasar buenos momentos.

Anisha estaba muy emocionada. Londres esperaba y ella estaba lista para afrontar lo que viniera.


Con el transcurrir de las semanas, la familia Grandchester parecía estar en la locura total.

Terry viajaba seguido a Nueva York para ultimar detalles del viaje y finiquitar los asuntos pendientes que tenía con la empresa en esa ciudad. Aunque no estaba físicamente ahí, varios compromisos legales le seguían atando en el lugar, por lo que su prioridad fue acabar con sus pendientes.

Su representante legal le había asegurado que ya tenían una residencia temporal a donde llegar en Inglaterra, donde vivirían mientras estuviese vigente el proyecto de asociación empresarial. Terry había rechazado la oferta de su padre de permanecer en su mansión, debido a que deseaba evitar rencillas y roces con sus hermanastros y la esposa del duque.

- Es una hermosa mansión antigua con un estilo clásico. Tiene amplios jardines y muchas habitaciones donde su familia estará muy bien atendida. Ya hemos contratado a la servidumbre que estará a sus órdenes para lo que ustedes deseen – le aseguró el eficiente señor Arthur Mills.

- ¿Está amueblada? – preguntó con interés el actor.

- Completamente, señor Grandchester. En cuanto supimos que sus hijos estarían viviendo ahí, se mandó a acondicionar un área de juegos especialmente para ellos. Queremos que pasen momentos únicos – el sonriente hombre mostraba su enorme felicidad.

- Muy bien. Creo que Candy no tendrá que batallar para acondicionar el lugar. Si tiene jardines, ya lo creo que mis hijos tendrán suficiente espacio donde jugar – su mirada se enterneció al pensar en ellos. Instantes después finalizaba los asuntos pendientes en Nueva York, y se preparó para retirarse a su hotel. Partiría al día siguiente.

Al salir de la oficina, Terry decidió regresar a la antigua casa, propiedad de su madre. Ésta había sido vendida hacía un par de años, por consejo de Candy. Debía romper todo lazo con su pasado y todos los objetos personales de su difunta madre, pasaron a formar parte de su tesoro familiar. "Madre, ¡cuánto te echo de menos!", pensó para sí, con infinita tristeza, mientras se enfilaba a su destino.

Caminó un poco por el lugar, disfrazado como era su costumbre, y repentinamente, el casi olvidado recuerdo de Susana asaltó su mente. "¿Qué habrá sucedido con ella?", se preguntó en silencio, mientras paraba un cochero que se acercaba.

Había decidido, súbitamente y sin razón aparente, ir a ver la residencia donde habitaban las Marlowe. Después de obtener el parte policíaco donde se cerraba el caso por falta de pruebas y la imposibilidad de dar con el paradero de la ex actriz le fue propuesta la posibilidad de quedarse con la propiedad. Intentó venderla sin éxito alguno. Nadie quería permanecer en el tenebroso lugar.

Al divisarla a lo lejos, a la vez que rememoraba parte de tantos dolorosos recuerdos, le pidió al hombre que le dejara cerca. Quiso caminar un poco, para despejar su mente, mientras su estómago saltaba debido a una ligera inquietud. Lo atribuyó al hecho de regresar a ese lugar, testigo de innumerables peleas y tragedias.

La casa seguía en el mismo estado. Había cambiado solamente el color, pero lo demás seguía igual, como si nada hubiese sucedido. La tarde ya estaba cayendo y el calor daba paso a una ligera brisa fresca. Terry se aproximó hasta el enorme portón de hierro y caminó lentamente, observando el interior del lugar.

No supo por qué, pero un escalofrío estremeció su espalda, conforme iba pasando su mirada por el jardín. Su mente se perdió en amargos recuerdos. En una de tantas, mientras miraba distraídamente la casa, creyó percibir una sombra en uno de los extremos del jardín. Enfocó bien su vista para darse cuenta, finalmente, de que había sido su imaginación.

Un repentino viento se dejó sentir, mientras la molesta sensación volvía a recorrer su espalda. "No entiendo por qué vine", se reprochó internamente. Al voltear por última vez hacia la casa, vio que una las habitaciones tenía la cortina abierta. Terry pensó en acercarse más, pero por miedo desechó la idea, por lo que atravesó la calle para esperar un cochero.

Mientras éste aparecía, mantuvo su vista fija en esa ventana, el viento arreció.

Negros nubarrones se acumularon indicando que se venía una fuerte tormenta. Terry pidió al cielo que pasara pronto el cochero. Un ligero movimiento en la cortina atrajo su atención. No había luz, sin embargo pudo ver que había una figura en el marco de la ventana.

Le costaba identificar si era mujer u hombre.

El ruido de un carruaje aproximándose le distrajo por un instante y cuando volteó a ver, la figura había desaparecido. Frunció el ceño debido a la confusión. Abordó el vehículo y echó un último vistazo hacia la casa. El conductor inició su camino de manera lentamente anormal, pero de esto último, Terry no se percató. Un relámpago centelleó en el oscuro firmamento, mientras tenía su cabeza volteada hacia el lugar

Lo que vio a continuación le dejó paralizado:

En medio del jardín, se encontraba la silueta de una mujer. Llevaba un vaporoso vestido negro, que la cubría de cuello a pies, cuyos brazos desnudos contrastaban con el fondo del mismo, delineando su delgada figura. El rostro difuso era tan blanco como la tiza. Conforme se fue haciendo visible la imagen, debido al destello del relámpago, reconoció el largo cabello rubio y la mirada de odio y amargura sobre él.

Una diabólica sonrisa asomó a sus labios.

Despavorido, gritó al hombre que apurara al caballo. Negó varias veces con la cabeza lo que acababa de ocurrir. Prometió jamás volverse a parar por ahí. Un sabor amargo inundó su boca, mientras el frío subía hasta su nuca. No le contaría a nadie sobre lo que habría acontecido esa tarde. Se convenció de que su imaginación le había jugado una mala treta.

¡No era posible!

¡La horrible aparición era Susana Marlowe!


La bella rubia se encontraba jugando con sus hijos, después de haber finalizado con sus deberes. Nicholas estaba demasiado extasiado por conocer un nuevo país, mientras su hermana mostraba una total indiferencia a la plática que sostenían con su madre:

- Mami… ¿prometes llevarme a conocer el Big Ben?, ¿y el palacio real?, me dijiste que habían estudiado tú y mi papá en un colegio en Londres, y que había un zoológico, ¿me vas a llevar? – el pequeño inundó de preguntas a su madre mientras se recargaba juguetonamente en su regazo.

- ¡Qué tonto eres!, ¿en serio te asombra todo eso? – la seca expresión de la niña hizo levantar la mirada de Candy.

- ¿No quieres vivir allá, Nicky?, habíamos hablado de esto antes, y dijiste que no habría problema cariño – su voz fue muy dulce.

- No me refiero a eso, pero es que… ¡es increíble que Nic se siga comportando como un bebé! ¡Por Dios, Nicholas!, es obvio que te van a llevar a "descubrir" esos lugares, ¿tienes que hacer tanto ruido por eso? – la chiquilla puso una expresión "madura", lo que hizo entender a Candy la intención. Ella crecía y pronto dejaría de ser una niña para convertirse en toda una señorita.

- Entiendo, mujercita. Veo que a usted ya no le interesan mucho estos asuntos "infantiles". Quizá querrás ayudarme en algunas faenas "caseras". A partir de ahora, ya podrás limpiar tú sola tu cuarto. Y te vestirás tú sola también. Debes empezar a ser autosuficiente – la aguda mirada verde se posó sobre ella. Nicole no supo esconder su reacción. No esperaba eso. Era obvio.

- Pero… ¿eso qué tiene que ver?, tenemos servidumbre. ¿Ahora pretendes imponerme un castigo por mi comentario?, ¡no es justo! – antes de que Candy reaccionara, su hija salió corriendo denotando su enorme molestia.

La rubia se quedó sorprendida por el cambio de actitud de su hija. Nunca le había hecho comentarios así. Tenía que hablar con ella, pero el característico ruido de su esposo llegando a casa la desconcentró.

Terry se encontraba parado en el recibidor de su residencia, con la maleta a un lado mientras llamaba a su familia. Candy salió a su encuentro. Tenía una semana de no haberlo visto debido a ese repentino viaje a Nueva York y le esperaba esa tarde. Nicholas se le adelantó, abrazando fuertemente a su padre:

- ¡Papá! ¡Papá! ¡ya estás aquí! – la enorme algarabía hizo reír al actor, mientras besaba a su hijo en la frente. Lo abrazó como nunca. Realmente necesitaba estar con ellos.

- ¡Hola, mi amor! ¡Has llegado con bien! – Candy le dio un suave beso en los labios mientras Terry respondía con singular ahínco. Su hijo seguía colgado en sus brazos.

- ¿Dónde está, Nicole? – la pregunta cambió la expresión de la rubia.

- Acaba de retirarse a su recámara. Tuvimos una breve discusión – la mujer bajó la mirada un poco.

- Nicky cree que ya no es una niña, papá. Me ataca diciéndome que yo soy un bebé solo porque quiero ir al zoológico en Londres. ¡Es una tonta! – exclamó su hijo un poco enojado.

- ¿No está de acuerdo en ir a Inglaterra? – volteó a ver a su esposa, confundido.

- Digamos que, no está de acuerdo en comenzar a tener más responsabilidades. Simplemente le sugerí que si ya se sentía mayor, quizá podría hacer cosas por ella misma. Explotó rápidamente. Terry, nuestra hija ha crecido y yo… no me he dado cuenta – el actor dio un beso en la frente a su mujer. Sabía que Candy se reprocharía su actuación frente a su hija.

- Que preparen la cena, mi amor. Iré a hablar con Nicole – bajó a su hijo y se dirigió a las escaleras.

Su hija se encontraba sentada frente a la ventana, llorando amargamente por lo que había sucedido. "Ella no me entiende. Siempre tengo que festejar los caprichos de mi hermano, pero cuando yo intento decir algo, finalmente sale con una crítica", se lamentó, mientras limpiaba las lágrimas que rodaban por su mejilla. Un leve toque a la puerta le hizo recobrar la compostura.

Nadie la vería llorar:

- ¿Puedo pasar, bella dama? – la galante voz de su padre le hizo sonreír. Él era su verdadero cómplice.

- ¡Papá! – se arrojó a sus brazos, mientras se mordía los labios para no llorar.

- ¿Cómo ha estado mi bello ángel? – el actor miró profundamente a su hija, mientras ella contestaba tímidamente.

- Bien. ¿Cómo te fue en Nueva York? – se aguantó las ganas de preguntar por el acostumbrado obsequio que su padre siempre le llevaba cada vez que salía. Ya era grande y no debía dejarse llevar por sus impulsos "infantiles".

- Muy bien, Nicky. ¿Estás segura que todo está bien? – su padre alzó una ceja.

- Veo que mi madre te ha puesto al tanto. ¡No es justo!, yo solo digo lo que pienso, ¿y qué recibo a cambio?, ¡órdenes y más ordenes!, ¡no lo tolero! – sus manitas se estrujaron en señal de rabia y Terry la abrazó, tratando de tranquilizarla.

- Mi amor…cielo…mi vida…, no tienes por qué pensar que tu mamá te impone cosas. Ella te ama con locura y jamás te ordenaría hacer algo que no quieres. Sin embargo, creo que debes respetar a tu hermano. Tengo entendido que ya no quieres ser tratada como una niña. Es lógico, ya eres toda una bella damita. Tu madre sólo intentaba darte más independencia para que tú organizaras tus cosas personales sola. No lo veas tan drásticamente. Ahora, regálame una sonrisa y acompáñanos a cenar ¿quieres? – Terry extendió la mano a su hija y la llevó al enorme comedor donde ya esperaba el resto de su familia. El semblante de Nicole había cambiado.

Todos comieron en silencio, mientras Terry les conversaba sobre lo que había acontecido en Nueva York, y la familia pasó por un momento agradable.

Al tocar el punto de la casa, los ojos de sorpresa de todos se posaron sobre él. Obviamente, el más entusiasmado fue Nicholas, mientras su hermana reprimía la expresión de fastidio al verle en ese estado:

- ¿Tiene grandes jardines, papá?, ¿podré jugar con mi bicicleta?, ¡ya quiero conocerla! – el niño se removía inquieto en su silla, presa de una inmensa emoción. Su hermana le observaba con cara de resignación.

- No me habías dicho que ya estabas tratando de conseguir una casa, mi amor. ¡Vaya que es grandioso encontrarla ya amueblada! – exclamó con sorpresa Candy, mientras miraba de reojo a su hija.

- Me han dicho que es de un estilo clásico antiguo y efectivamente, es muy grande. Si Anisha decide venirse con nosotros, no sufrirá por problemas de espacio. Además, tendrá una cómplice con la cual descubrir ese lugar – Terry volteó a ver a su hija, quien había permanecido callada hasta ese momento.

- ¿Anisha?, ¿qué quieres decir con eso? – estaba confundida a la vez que sus ojos se iban abriendo enormemente. ¡Ya había entendido! - ¿irá a vivir con nosotros?, ¿es cierto eso? – ahora fue el turno de Nicholas para desquitarse.

- ¡Ya compórtate, hermana!, ¡no son expresiones propias de una señorita! – al instante Nicky fulminó con la mirada a su hermano, mientras sus padres reían por sus ocurrencias. Lógicamente, la niña fue la menos divertida. Reprimió las ganas de desquitarse frente a todos. Lo ignoró por completo.

- Claro que sé, Nicky. Anisha iniciará la escuela en Londres, en el mismo colegio donde estudiamos nosotros. No estarás tan sola en esa ciudad, hija – la suave voz de su madre llevaba cierto tinte de tristeza. La niña se sintió culpable. Candy podía ser exigente y estricta, pero siempre la había colmado de mimos y cariños. Se prometió internamente no ser tan dura con ella. Finalmente, era su madre.

- ¿Quieren ver sus regalos? – Terry rompió el incómodo silencio que se había formado, esbozando una sonrisa mientras sus hijos gritaban afirmativamente.

No cabía duda que el actor hacía gala una vez más de su capacidad histriónica.

Después de haber entregado los obsequios a sus hijos, y haber amado como nunca a su pecosa, Terry se encontraba intranquilo y presa de un horrible insomnio esa noche. Llevaba un par de horas sentado en la biblioteca de su casa, tratando de concentrase en su lectura, para olvidar la horrible sensación que le había invadido un día antes de regresar a Chicago.

"¡Maldita sea!, ¡qué mala jugada de mi mente!, ¿por qué diablos tuve que ir a ese tétrico lugar?", el empresario puso sus codos sobre sus rodillas, mientras llevaba su cabeza a sus manos, mesándose los cabellos de manera nerviosa. El sudor perlaba su frente, haciéndole sentirse intranquilo.

- ¡No era real!, ¡no! – decía en un susurro, mientras se llevaba las manos a los oídos.

- No pudo haber hablado. Ella está desaparecida. Seguramente decidió marcharse a otro lado. ¡No está muerta! ¡No! – su voz temblaba de miedo.

Decidió regresar a su habitación. Antes, revisó a sus hijos. Ambos dormían plácidamente. Se metió a su cama y buscó el calor del cuerpo de Candy. En un acto reflejo, la adormilada rubia lo abrazó, mientras susurraba algo que el actor no pudo entender. Una voz se repetía incesantemente en su mente. Trató de tranquilizarse para no despertar a su esposa. La mañana estaba ya casi entrando cuando el inglés se entregó a un sueño apacible. La frase desapareció justo instantes después de cerrar los ojos, sin embargo, la intranquilidad había hecho mella en su espíritu:

"¡Regresaré!", la tétrica y antinatural voz de Susana se había dejado sentir por todas partes, mientras el cochero le llevaba de vuelta a su hotel.