CAPÍTULO XVI

Al día siguiente de lo sucedido, Candy permaneció alejada de su hija por no querer amedrentarla con su presencia. De por sí se sentía mal de haberse presentado con esa actitud a merendar, como para seguir afectando a Nicole al estar cerca de ella. Terry había pedido el día para cuidarla.

La rubia había preparado a su hijo y se había ido a dejarlos a la escuela, junto a Anisha. Su esposo se había quedado con Nicole, quien seguía todavía en cama.

- ¿Qué tiene mi hermana? – Nicholas se había preocupado al saber que no iría a la escuela.

- Le dio un resfrío, hijo. Anoche se levantó por un vaso de leche y al parecer había una ventana abierta. Tiene fiebre y debe quedarse a reposar – le contestó su madre, ocultando su tristeza al recordar el rechazo de la gemela.

- ¿No es nada grave, tía?, si quieres, puedo pedir el día también para atenderla – Anisha se ofreció sinceramente pero Candy rechazó diciendo que todo estaba bien.

Al llegar a la escuela, mientras el chofer les esperaba, Candy le dio un beso a Nicholas. Aprovechó para entrar al colegio a reportar a Nicole enferma y de ahí se dirigió a dejar a Anisha.

De regreso en su residencia, vio que Terry y su hija ya se encontraban a la mesa tomando desayuno. El humor de Nicole había cambiado por completo. No hizo ningún comentario y se limitó a saludarlos escuetamente para después dirigirse a su habitación.

- ¿Te vas a quedar conmigo, papá? – Nicole estaba feliz de ser el centro de atención de su padre.

- Así es, mi amor, pero antes que nada, vas a ir con tu madre y le vas a pedir una disculpa por tu actitud hacia ella. ¿Lo recuerdas? – el ligero tono de reproche hizo bajar la mirada de la niña.

- Tienes razón. Me porté muy grosera. Creo que iré ahora. Le diré lo mucho que la quiero – antes de que Terry dijera algo, la niña ya se encontraba camino hacia la habitación.

Nicole tocó levemente a la puerta y la llorosa voz de su madre le pidió que entrara. La gemela entró y la vio recostada, con las cortinas cerradas y el rostro desencajado. Candy la observó sin decir nada:

- Mami... yo… vengo… a pedirte una disculpa por lo de anoche – la vocecita fue casi un susurro. Su madre habló al instante.

- ¿Te he hecho algo, Nicky?, ¿hay algo que debiera saber que hice mal contigo?, ¡si realmente vienes a disculparte, explícame qué te sucede! – la voz de la mujer se quebró en un lastimero llanto, mientras Nicole sentía que su corazón se desgarraba de ver a su madre así. Muchas veces la odiaba y otras la amaba al instante. "No entiendo lo que me sucede", respondió internamente.

- Mamita… sé que he tenido una mala actitud. Sé que has de estar harta de escucharme decir lo mismo. Lo único que te puedo decir, es que después de todo lo que hago, me siento culpable, me siento mal por la actitud tan fea que tengo. ¡Creo que soy una persona muy mala!, ¡nadie debería acercarse a mí!, tal vez, sería mejor que me alejaran de ti para no hacerte sufrir – la niña seguía en su lugar, a la par que su sufrimiento se iba haciendo más evidente.

- ¿Cómo puedes decirme eso, hija?, ¿sabes cuánto significas para mí?, ¿tienes idea de lo mucho que te amo?, prefiero morir a verte alejada de mí. ¡Cielos!, ¡te amo tanto Nicky y tú… parece que me odias! – Candy se sentó en la cama, mientras daba rienda suelta a todo ese dolor. Nicky corrió a su lado y la abrazó.

- ¡No llores, mami!, ¡perdóname!, ¡no quise hacerte sentir tan mal!, ¡no te odio! – la gemela se aferró a su cuello, llorando con ella. Las dos se quedaron en silencio por un rato.

- ¡Promete que me dirás cualquier cosa que te haga sentir mal!, ¡quiero que sepas que puedes confiar en mí y que estoy contigo para apoyarte y entenderte!, ¡Nicky, soy tu amiga!, ¡pero por favor, no me digas esas cosas tan dolorosas! – Candy acarició durante todo ese tiempo los traviesos rizos, mojándolos con sus lágrimas.

- ¡Te lo prometo, mami!, ¡trataré de hallar todo eso que me molesta y te lo diré!, pero por favor, ¡no llores! – le dio muchos besos por el rostro de aquella pecosa, y se acomodaron en la cama para permanecer abrazadas, hasta que el sueño les venció.

Terry había ido a asomarse al cuarto, y al ver la tierna escena, decidió no interrumpir. Se dedicó a prepararse para el papel, y arreglar cuestiones relacionadas con la nueva empresa a la que se había asociado.

La servidumbre parecía no existir en esa casa. El actor se había percatado de que cada uno de los empleados hacía sus labores en perfecto silencio.

Theresa vigilaba cada detalle del trabajo efectuado, sin inmiscuirse en el mundo de ellos, los Grandchester. A pesar de su apariencia dura y fría, era una mujer muy amable.

Aprovechó de verla pasar por ahí, para hacerle algunas preguntas sobre el lugar:

- ¿Esta casa tiene mucho de haber sido construida, señora Straub? – la pregunta ocasionó que la mirada de la mujer se ensombreciera.

- No tengo ese dato, señor Grandchester. Llegamos aquí poco antes de que ustedes lo hicieran. No conocía este sector – respondió a secas el ama de llaves.

- ¿Qué me dice de los vecinos?, ¿conoce a alguien más de por aquí? – insistió nuevamente Terry. La mujer negó con la cabeza.

- Señor, siento no tener mucha información al respecto de esta propiedad. Aprovechando este momento, quisiera preguntarle algo: ¿habría problema alguno si decidimos venir todos los días, de entrada por salida a su casa? – aquello intrigó a Terry sobremanera.

- ¿Le molesta nuestra presencia, Theresa? – su voz estaba muy seria.

- ¡Oh no, no, no!, ¡de ninguna manera!, ¡no piense eso, señor! Ustedes son muy buenas personas. Es solo que, creemos que necesitan un tiempo solos para acoplarse a su nueva vida. No quisiéramos ocasionar problemas en momentos familiares tensos – Terry entendió la inquietud de la mujer. Se habían dado cuenta de la actitud de su hija.

- No me ocasionan ningún problema. Si desean dormir en sus hogares, y creen que es lo mejor, adelante. ¿Tienen forma de venir para acá? – se quedó meditando la situación. La mujer contestó.

- Estaremos aquí antes de que su familia despierte señor Grandchester. No vivimos lejos de la casa. De hecho, todos somos vecinos – respondió sonriente la madura mujer.

- Entonces, así será – el sonido del timbre, los hizo voltear al mismo tiempo.

El ama de llave se apresuró a abrir la puerta principal, mientras regresaba nuevamente a notificar la llegada del reverendo Folsom.

Terry se quedó extrañado por su visita pero le recibió con una enorme sonrisa.

Arriba, Candy dormía con la paz reflejada en su rostro, no así su hija.

Nicole permanecía con los ojos muy abiertos.

Miraba fijamente hacia la puerta.

Había despertado justo en el instante en que el padre entraba a su casa.


- ¡Buenos días, señor Grandchester!, ¡es una sorpresa encontrarlo aquí!, ¡creí que estaría ensayando para su obra! – el religioso extendió su mano, mientras Terry acudía servicial a recibirlo, ayudándole a quitar su abrigo, mientras lo acomodaba en la sala.

- ¡Buen día, padre!, ¡qué gusto verlo por aquí!, ¿cómo le ha ido? – el actor le hizo una seña a Theresa de que les llevara algo para tomar y se sentó frente a él, colocando el tobillo sobre su rodilla para acomodarse.

- Quise pasar a saludar a su esposa. Me había hecho un breve comentario con respecto a sus hijos. Está interesada en nuestro programa de catequesis y consideré prudente explicarle un poco al respecto. Espero no haber interrumpido. Creí que se encontraría sola. Tengo entendido que sus hijos ya entraron a la escuela – el reverendo fue general en su explicación. Presentía algo raro en el ambiente pero lo disimuló.

- Le agradezco mucho su interés, padre. Mi hija está un poco enferma y por eso decidí quedarme junto a Candy para cuidarla. En cuanto a los ensayos, han sido pocos pero constantes. Igor está contento con mi desempeño – contestó sonriente Terry.

- Lo siento mucho, Terrence. No imaginé que Nicky estuviese indispuesta. No quiero ser impertinente. Creo que será mejor que me retire. Vendré otro día – el hombre se iba a levantar de su asiento pero Terry se lo impidió.

- No diga eso. No interrumpe ningún momento. De hecho, Candy duerme ahora junto a mi hija y quizá podría explicarme a mí un poco eso de la catequesis. Mi esposa no me ha mencionado nada al respecto. Tal vez iba a hacerlo después de hablar con usted para saber mi opinión – fueron interrumpidos por Theresa, quien llevaba el servicio de té. Después de haber servido las tazas y dejado algunas galletas, prosiguieron con la charla.

- Entiendo, señor Grandchester. Nuestras clases son dadas por religiosas que aman trabajar con niños. Se dan los sábados de diez a doce de la mañana y después se les da un breve paseo por los jardines para compartir historias bíblicas hechas exclusivamente para los pequeños. Pasan un buen rato – el reverendo sacó unos folletos y los extendió al empresario.

- ¡Vaya!, pues no dudo que mis hijos puedan disfrutar del curso bíblico. ¿Tienen buena afluencia? – Terry hojeó los documentos.

- Efectivamente. Sería una oportunidad para sus hijos de hacer más amistades. Inclusive, su esposa puede acompañarlos y convivir con las demás madres, mientras esperan a que termine la catequesis. Tal vez podría hacer por igual, más amistades – el reverendo se llevó la mano al cuello, en un impulsivo acto de buscar su crucifijo. La acción le tenía demasiado extraño, pero lo ocultó ante Terry quien, al parecer, no se había dado cuenta.

- Creo que sería una buena idea. Candy me ha estado acompañando al teatro por no estar sola aquí, y quizá, sería muy benéfico el estar ocupada un rato. ¿Tienes algún tipo de actividades caritativas o de beneficencia, durante la semana? – posó su mirada azul sobre la figura del padre.

- Claro que sí. Si a su esposa le gusta participar en obras benéficas, no dude en que tenemos muchas actividades a realizar. Coméntele y cualquier cosa que necesite, háganmela saber – expresó el hombre muy sonriente.

De repente el sacerdote se quedó callado, al observar en dirección a las escaleras.

Terry volteó al instante, para percatarse de que su hija les observaba, quizá hacía largo rato. No la habían sentido llegar.

El actor rompió el silencio:

- Mi amor, ¿hace cuánto que nos observas?, mira quién ha venido a visitarnos ¡Ven aquí! – abrió los brazos a Nicole, quien se acercó con paso lento hasta donde estaba Terry y se recargó en su hombro. Miraba fijamente al padre.

- Buenos días, reverendo Folsom. ¡Qué sorpresa verlo aquí! – le saludó escuetamente. Su voz intentaba demostrar una falsa alegría de verlo ahí. Esto no pasó desapercibido por el padre, no así por Terry quien seguía abrazando a su hija, aparentemente sin haber notado la situación.

- ¡Hola, Nicky!, supe que estabas enfermita. ¿Ya te sientes mejor? – el reverendo ignoró la actitud de la niña.

- Así es. Me siento mucho mejor – respondió con cierto recelo. Su padre le observó, confuso.

- ¿Tu mamá ya despertó amor? – Terry desvió la conversación y Nicole asintió al instante.

- Sabe que hay visitas y se está arreglando. Iré por ella – calló y se acercó a darle un abrazo al hombre. El acto tan sorpresivo le dejó menos que intrigado.

- Me ha dado gusto verlo, padre. Espero encontrarlo más seguido. Aquí es muy bien recibido – la gemela se dio la vuelta y subió a la habitación de su madre, mientras el reverendo la perdía de vista.

Al quedarse solos, Terry retomó la conversación. Se notaba algo tenso por lo que estaba sucediendo:

- Me disculpo por mi hija. Últimamente no ha tenido buenos momentos. Creo que el período adolescente se va acercando padre, y nos impondrá duras pruebas. Mi bebé no es así – fue lo único que atinó a decir Terry.

- No se preocupe, señor Grandchester. He podido corroborar lo que dice. Platiqué un momento con ella durante la velada anterior y he podido cerciorarme de que es una buena chica. Tiene razón, la juventud enfrenta muchos desafíos y cuando menos se lo esperan los padres, ya se ven envueltos en ella, al liar con los hijos – respondió tranquilamente el padre, mientras Candy hacía su entrada a la sala. Lucía muy bella, sin embargo, el reverendo no dejó de observar los rastros de llanto en su rostro.

- ¡Padre, qué gusto verle por aquí! – estrechó su mano mientras se sentaba al lado de su esposo. Nicole ya no estuvo presente.

- ¡Igualmente, Candy!, quise pasar a saludarle y me topo con la sorpresa de que la familia se encuentra reunida aquí. A todo esto, espero que su hija se restablezca pronto. Creo que no fue oportuna mi visita. Ya he explicado a su esposo lo referente a la catequesis que le había interesado antes – el padre vio la sorpresa reflejada en los ojos de la rubia.

- ¡Muy bien!, ya lo tenía considerado. Creo que lo pensamos al mismo tiempo, mientras conversábamos. Siéntase como en su casa. No ha interrumpido nada – la respuesta de Candy dejó pensativo al actor, pero no comentó nada.

- Muchas gracias por sus palabras, señora Grandchester, pero será mejor que me retire. Sabe dónde localizarme en caso de tener alguna inquietud ¡Qué tengan un buen día y que su hija se recupere! – sin dar pie a que la pareja hablara, el padre ya se encontraba rumbo a la puerta, mientras tomaba su abrigo negro para salir de la casa. Terry y Candy le siguieron. Nicole se había quedado en su cuarto.

- Padre, creo que iré a visitarlo pronto, quizá en estos días. Podré conocer su iglesia. Siento mucho que tenga que retirarse tan pronto pero aquí siempre será bien recibido – Candy salió airosa de la situación tan embarazosa. Intuyó que su hija estaba tras todo eso. Hablarían con ella después. Ese día quería dedicarlo a pasarlo en familia con Nicole.

A la par que el padre salía de la puerta y se dirigía a su auto despidiéndose, Candy y Terry se introdujeron nuevamente en su residencia. El hombre se metió al vehículo y lo puso en marcha.

Al pasar de cerca por el jardín lateral, vio la pequeña figura de Nicole, jugando cerca de la fuente. La gemela se volteó inmediatamente para despedirlo con una gran sonrisa, que momentos antes no había mostrado en la sala. El reverendo agitó su mano, extrañado.

Sabía que había algo inquietante en la hija de los Grandchester.

Se concentró en conducir y al parar frente a la casa contigua, lanzó una última mirada hacia la misma, distinguiendo esta vez, una figura en una de las ventanas de la parte alta. Ralentizó el motor del vehículo y observó con más atención.

El escalofrío recorrió su espina dorsal, mientras gruesas gotas de sudor comenzaban a empapar su frente:

¡La mujer se parecía demasiado a Susana Marlowe!


A final del día, los miembros completos de la familia, incluida Anisha se encontraban en la sala, compartiendo un bello momento familiar. Nicole había recobrado su alegría habitual y participaba activamente de las conversaciones. Candy y Terry no cesaban de observar las actitudes de su hija:

- ¡Hermanita, te extrañé mucho!, ¡es bueno saber que ya estás mucho mejor!, mira que bajar sin tu bata a tomar leche en la noche podría ser peligroso. A la próxima me dices y te acompaño – Nicholas estaba preocupado por su gemela, y se sentía feliz de que en ese instante hablara con él, preguntándole por su día. Había quedado de tratar más a sus demás amigos: Bryan, Adam y Scott.

- ¡Gracias, Nick!, prometo que te despertaré por si necesito algo – la chica rió levemente.

- Nicky, también cuentas conmigo para lo que necesites. Ya sabes que eres mi mejor amiga – An le habló con mucho cariño. Estaba sentada tras ella, mientras Nicole se recargaba en su pecho.

Se encontraban poniendo en orden algunas decoraciones que hacían falta en esa parte de la casa. Las había comprado Candy unas semanas atrás:

- Estaba pensando si podríamos pasar un fin de semana con su abuelo. Tiene una casa de campo a las afueras de la ciudad con un enorme terreno y caballerizas que podrían interesarles chicos – la respuesta fue instantánea. Los gemelos gritaron de alegría.

- ¡Papá!, ¿podré subirme a un caballo?, ¿lo dices en serio? – Nicole estaba pasmada. Jamás en su vida se había subido a uno. En Chicago se lo tenían restringido. Supo que no le daban buenos recuerdos a su madre. El tío Anthony había fallecido a consecuencia de eso.

- ¡Yo quiero ir!, ¡quiero ir!, ¡papá!, yo también me subiré a un caballo ¿verdad? – Nicholas se dejó caer a las rodillas de su padre contento.

- ¡Claro que sí!, ¡por cierto, cuando estén allá deberán obedecer todas mis indicaciones! – volteó a ver a Candy, quien había dejado asomar el temor a sus ojos. Terry le guiñó un ojo, en señal de que todo estaría bien.

- ¡Yo también espero poder aprender a cabalgar! – Anisha se integró a los planes de la familia. Todos asintieron.

- ¡An, claro que sí!, verán que pasaremos un rato divertido y mi padre estará más que contento de verlos – le contestó mientras pensaba en su padre. Había pasado mucho desde la última vez que lo habían visto.

- Amor, quisiera que no lo hicieran durante mucho rato. Prométeme que los vigilarán – Candy habló pausadamente, recordando aquella vez en que su marido le había ayudado a superar ese antiguo miedo. A pesar de todo, seguía evitando cabalgar y había decidido no enseñarle a sus hijos, por el momento.

- No te preocupes, Candy. Soy un buen jinete y mis hijos no estarán solos. ¡Te lo aseguro! – le dio un beso en los labios. Nicole les observó profundamente. Los interrumpió.

- Papá, ¿puedo ir a mi recámara?, quisiera poner en orden mis cosas para ir a la escuela mañana y estudiar un poco. No quiero atrasarme con los deberes – su semblante, a pesar de ser sonriente, denotaba una leve frialdad.

- Ve, Nicky. Estaré aquí con los demás. Si quieres, tu mamá puede ir contigo a ayudarte – miró a la rubia quien sonrió al saber que estaría a solas con su hija.

- Está bien papá. Quiero que mi mami me ayude con mis cosas – la voz fue de lo más tierna y angelical. Se acercó a Candy y le dio la mano.

Ambas mujeres salieron del lugar, dejando a Anisha y Nicholas con Terry. Al llegar a la habitación de Nicole, esta se volteó para ver a su madre y sonrió.

Abrió la puerta y la invitó a entrar:

- ¿Por dónde comenzamos? – Candy se acercó al armario y comenzó a buscar el uniforme de su hija.

- Mami, ¿puedo preguntarte algo? – Nicole se había sentado en su mesita escolar, agarrando sus dibujos y viéndolos de forma distraída.

- Lo que quieras, mi amor. Sabes que puedes confiar en mí y yo en ti, corazón – la rubia dejó el uniforme sobre la silla y se sentó al borde de la cama, cerca de su hija.

- ¿Cómo se conocieron mi papá y tú? – la pregunta hizo sonreír a Candy. Cuando eran más pequeños, les habían narrado de manera general, la forma en que se habían encontrado.

- Fue en un barco rumbo a Inglaterra, Nicky. Era una hermosa y fría noche brumosa. Lo vi recargado fuera, mientras se perdía en la vista nocturna del mar. Supe que era el amor de mi vida – la añoranza asomó a sus labios. Su hija escuchaba con atención – después, nos volvimos a encontrar en la escuela. A todo esto, tu papá siempre me molestó por mis pecas. Le encantaba sacarme de mis casillas con sus comentarios tan burlones. ¡Era tan adorable!... en la escuela compartimos muy buenos y malos momentos. Creo que es una de las épocas más hermosas que conservo de mi temprana juventud. Después, tuvimos que separarnos, en la búsqueda interna de nuestro futuro personal. Él regresó a Nueva York sin acabar la escuela y yo hice lo propio unos días después. Creo que el ambiente de la escuela era muy superficial y no podía estar en un lugar así. Ya estando en Chicago, ingresé a la escuela de enfermeras. Fueron tiempos duros de enseñanzas severas. Conocí gente maravillosa mi amor… - terminó de contar la historia y se quedó callada, observando a su hija.

- ¿Te fuiste tras mi padre?, ¿habían acordado verse después?, ¡y te quejas de que soy una rebelde! – Nicole dejó exclamar un ligero silbido mientras Candy reía divertida.

- Lo admito, cariño. Fui un poco atrevida. No seguí a tu padre. Después de varios acontecimientos, volvimos a coincidir en Chicago, cuando tu padre se presentaba en una obra de teatro. Lo vi por unos momentos. Intentamos cruzarnos pero finalmente no pudimos vernos, sino hasta que lo alcancé a despedir en el tren, cuando ya se iba de la ciudad – omitió el desagradable encuentro con Susana Marlowe.

- ¿Y después? – Nicole ya había posado la mirada sobre su madre. Estaba muy interesada. Demasiado.

- Bueno. Mantuvimos correspondencia por carta y me mandó un boleto a Nueva York, para que lo fuera a ver al teatro en Broadway. Tuvimos que despedirnos por compromisos contraídos por tu padre antes de mi llegada, pero tiempo después, él me fue a buscar. El dichoso compromiso había sido cancelado. Nos casamos y eso es todo – la rubia estaba muy sonriente, relatando la historia y recordando tantas cosas bonitas y a la vez difíciles. No se percató que las manos de su hija estaban cerradas de rabia.

- ¿Qué compromiso, madre?, ¿acaso, mi papá tenía otra mujer? – las preguntas encendieron una alarma interna. No se esperaba que su hija le cuestionase eso. La observó seriamente.

- Nicky, cuando seas más grande te explicaré con más detalle lo que sucedió. Por ahora, cambiemos de tema cariño. Si quieres, acomoda tus cuadernos en lo que yo te pongo en orden la mesita – Candy se acercó a ella y vio que su hija sonreía de forma muy extraña. Su actitud la dejó contrariada pero lo disimuló.

- Como quieras, mamá. Tal vez, mi papá podría responder esa pregunta ¿No crees? – le dio la espalda a su madre y se volvió a sumir en silencio.

La mujer no contestó.

Sintió que una molestia recorría todo su ser pero hizo un gran esfuerzo para contenerse de no explotar ante semejantes preguntas.

Dirigió su vista a los papeles sobre la mesa y comenzó a acomodar los colores junto a los dibujos. Mientras se movía de forma autómata, sus ojos se clavaron en uno de las láminas. Era un hospital con bolitas de nieve. El día no tenía sol. En lo alto, estaba dibujada una mujer de cabello rubio.

La rubia sintió que la sangre se le congelaba, conforme iba viendo las pinturas: una escalera y la imagen de su padre; la misma mujer rubia, ahora apoyada en el costado de un barco; un escenario con algo parecido a luces encima y el mismo cuerpo femenino de rubia cabellera, debajo.

Candy pasó cada vez más rápido los dibujos, hasta que la mano de su hija se los arrebató. Cuando volteó a mirarla, tenía los ojos rasados de lágrimas.

Sin decir nada, salió corriendo del cuarto y se encerró en el suyo.

Terry iba subiendo con su hijo cuando la vio salir alterada.

Sin hacer comentario alguno, se quedó un rato con Nicholas, hasta que se aseguró de dejarlo ocupado en sus deberes. Dejó a su hija para el final y se metió a su recámara para hablar con su esposa. Anisha se había quedado en la biblioteca, leyendo alguno de sus libros.

- Candy, ¿te sientes bien, amor? – se acercó a ella y la abrazó. La rubia lloraba.

- No entiendo a Nicole. No la comprendo. Algo le pasa a mi hija, Terry. A ratos está bien conmigo y otras, simplemente creo que le gusta humillarme. ¡No sé cómo comportarme con ella, no lo sé! – escondió su rostro en su pecho, mientras Terry sentía que su hija estaba ya sobrepasando ciertos límites. Le dio un beso en la frente y salió sin decir nada.

Abrió la puerta de la habitación de Nicole, encontrándola acostada sobre su cama.

Estaba furioso:

- ¡Creo que ya te has pasado, jovencita!, ¡ahora mismo me vas a explicar qué sucedió aquí! – Terry tomó una de las sillas del cuarto y se sentó enojado frente a ella. La niña saltó del susto.

- ¡No he hecho nada, papá!, estábamos hablando tranquilamente y de repente vio los dibujos sobre mi mesa. Se puso a llorar y se los quité para que no se sintiera triste. No dijo nada y salió corriendo – Nicole se defendió.

- ¡Así que esas tenemos!, ¡dame esos dibujos! – exigió casi gritando su padre.

Nicole tomó temblorosamente los papeles y los extendió a su padre. Terry los observó intrigado. Analizó con detalle cada forma, cada color y después de un largo rato de silencio, volvió a posar su vista en ella:

- ¿De dónde sacaste estas imágenes? – su voz se había apagado.

- Son cosas que se me ocurren, papá y luego las sueño. ¡Te juro que no le dije nada a mamá!, ¡estábamos bien!, ¡me contó cómo se habían conocido! – su hija soltó el llanto, mientras se dejaba caer de rodillas al piso, indefensa. Sus manitas agarraban el borde de su falda del miedo.

- ¡Exijo que te pongas el pijama y te metas a tu cama! – la orden inesperada de su padre la desconcertó, pero obedeció.

Terry estaba alterado. Se llevó los dibujos y los colores de la habitación. Sin despedirse, por primera vez en toda su vida de ella, cerró con un fuerte portazo. Nicole se quedó llorando.

La niña no pudo dormir.

Las horas pasaron y todo estaba en total silencio. Se sentía muy mal. Se paró de su cama y se asomó a la ventana. La casa abandonada tenía luz en uno de los cuartos.

Con sumo cuidado, se asomó al pasillo. Todo estaba oscuro. Salió sin hacer ruido y se dirigió a la recámara de sus padres. Se oían voces. Nicole decidió pegar la oreja a la puerta y escuchó la conversación:

- ¡No entiendo cómo es que pudo haberse enterado! – su padre estaba muy molesto - ¡maldita sea!, ¿quién diablos le dijo? Tal vez Anisha sepa algo. Annie pudo haberle dicho todo eso, o inclusive Archie, ya ves que el "elegante" siempre me odió – la voz de su madre le calló.

- ¡No los metas en esto!, ¡te exijo que los respetes!, Anisha jamás me ha dicho algo. Annie no es de esas personas indiscretas. ¡Meto las manos al fuego por ellos!, seguro lo escuchó de alguna compañera en la escuela. Eres una figura pública, ¿se te ha olvidado? – la mujer sonaba sarcástica.

- ¡Ahora resulta que la culpa es mía, Candy!, ¿yo soy culpable de que mi hija sepa cosas que no debería saber?, ¿es eso lo que insinúas? – su padre se oía bastante alterado en tanto que su madre lloraba.

- ¿Qué está sucediendo, Terry?, ¡en Chicago éramos felices! Mis hijos estaban bien. Nuestra familia se encontraba bien.

Nicole dejó de escuchar.

Al darse la vuelta, le pareció ver que algo se introducía en el cuarto del fondo. Cuando se limpió los ojos, ya no había nada.

Al llegar a su recámara, la puerta de Anisha se abrió:

- ¡Nicky!, ¡ven! – le abrió los brazos y se volvieron a meter al cuarto de la muchacha. Acababa de subir de la biblioteca.

- ¡Se están peleando por mi culpa, An!, ¡siempre hago las cosas mal!, ¡soy una niña mala! – la gemela volvió a llorar mientras Anisha la abrazaba.

- He escuchado todo, Nicky. Gritaban mucho y me paré a ver qué sucedía. Abrí la puerta y te vi ahí escuchando. Volví a cerrar. ¡Cielos!, ¡hasta mis padres y yo salimos a relucir!, ¿qué hiciste? – la miró fijamente.

La pequeña le narró todo lo que había acontecido con lujo de detalle y Anisha se quedó pensativa.

Justo cuando iba a hablar, llamaron a la puerta. La joven se apresuró a abrir.

No había nadie.

Extrañada, cerró y al darse vuelta, el golpe volvió a escucharse. Nuevamente, el pasillo estaba vacío. Ya no volvieron a escuchar el sonido. Lo atribuyeron al viento o a la imaginación. Era lo que menos les importaba.

Se acomodaron en la cama y poco a poco se fueron quedando dormidas.


Los rostros de la familia eran de verdadero desencanto. Candy decidió no bajar a desayunar aludiendo aun fuerte dolor de cabeza.

Terry, Nicole y Anisha comían a fuerzas en un intento por bajar los caldeados ánimos que predominaban en la casa.

El único que parecía ajeno a todo era Nicholas. Estuvo tan parlanchín como siempre.

Cuando se hubieron retirado de la casa, la rubia aprovechó para bajar y quedarse un rato en la cocina. Permaneció acompañada de las empleadas y les ayudó por un rato.

Después, se dirigió a la parte superior donde estaban los cuartos, y comenzó a verificar que estuviesen en orden. Le dolió entrar a la habitación de Nicole, pero finalmente lo hizo. La cama estaba hecha y lo demás estaba impecablemente acomodado en su lugar. Una breve nota estaba sobre la mesita.

Era la letra de su hija:

"Mami:

Perdóname por lo que sucedió anoche. No creí que te sentirías mal por mis dibujos. Nunca imaginé que te molestaría el saber que tengo esa habilidad. Papá me ha quitado los colores y así ya no podré volver a molestarte con mis pinturas. Espero que estés tranquila mamá. No quise ofenderte por eso.

Te quiero mucho aunque no lo creas…

Nicole G."

Candy lloró al leer el mensaje de la gemela.

Movió la cabeza en señal negativa.

Amaba tanto a su hija, sin embargo, seguía sin entender su comportamiento tan extraño. Siguió con su inspección, hasta llegar a los últimos cuartos que estaban desocupados. Tuvo la repentina curiosidad de entró en cada uno de ellos, hasta llegar al cuarto donde había estado Nicole aquella noche, en que se había enfermado.

Al abrirlo, vio que todo estaba en orden.

Dio una vuelta por el lugar.

Era una recámara bastante amplia. Tenía una cómoda de manera negra y estilo antiguo. La cama tenía una cabecera labrada. Las figuras eran demasiado abstractas. Las dos mesas de noche poseían cada una, su lámpara de lectura. El empapelado de las paredes era de rosas y espinas, apenas perceptibles al ojo.

Su mirada se clavó en el armario de una de las paredes. Se veía demasiado amplio. Lo abrió y lo vio vacío excepto en una de las repisas escondidas al fondo del mismo. Parecía un compartimento para joyas u objetos de valor. Al introducir su mano, palpó un objeto y lo sacó.

Era una foto deteriorada por el tiempo.

Candy la tomó entre sus manos y la observó. Era una niña aparentemente más chica que su hija y se encontraba sentada. Los rasgos de su cara le eran vagamente familiares. Había dos iniciales detrás:

C.G.

No tenía año.

- Señora Grandchester, ¿quisiera ir a verificar la comida? – la voz apacible del ama de llaves le hizo saltar, casi tirando lo que acababa de hallar. No la había sentido llegar.

- ¡Dios mío!, Theresa me ha pegado un susto terrible. No vuelva a hacerlo por favor. ¿Tiene rato parada ahí? – Candy se llevó la mano al pecho, mientras trataba de tranquilizarse.

- Discúlpeme, señora. La estaba buscando por toda la casa y vi esta puerta abierta. Deduje que se encontraba aquí. Acabo de asomarme – Theresa echó un rápido vistazo a la foto. No dijo nada.

- En un momento bajo. Gracias por avisar – la rubia esperó a que la mujer se retirara para seguir observándola.

La guardó en el buró de su recámara y se dirigió a la cocina para supervisar la comida.

Sus hijos llegarían más tarde. Terry le había llamado diciéndole que llegaría en la noche. Nuevamente, Candy sintió una incipiente punzada de los celos al pensar en esa actriz, aunque después se olvidó del asunto.

Puso atención en el personal que le apoyaba en las labores domésticas.

Las demás empleadas parecían no estar presentes. Las encontraba muy silenciosas y discretas. Era lo mejor. Terry le había dicho que no dormirían ya ahí, lo que la tenía más tranquila. Las cosas en su casa no se encontraban del todo bien y no quería testigos molestos.

Regresó a la habitación y se encerró dispuesta a leer.

El día estaba un poco nublado. Se asomó por la ventana y vio el jardín con la fuente que no le gustaba.

Su hija jugaba seguido ahí.

Nicole.

Los dibujos llegaron a su mente.

Terry se los había llevado con intenciones desconocidas por ella. "¿Cómo te enteraste de eso Nicky?, justo cuando me preguntabas sobre tu padre y nuestra historia", pensó para sí, mientras se alejaba del ventanal y se acomodaba en su cama, con uno de sus libros.

Prosiguió con su lectura.

Estuvo sumergida un rato cuando un ligero ruido le llegó. Era como si la casa tuviese un problema de tuberías. El sonido era metálico. Extrañada, se asomó al pasillo y paseó su vista por todas partes. Era un ruido hueco. Dejó su libro y se dirigió hacia la cocina. Las empleadas parecían no haber oído nada. Le preguntó a Theresa y obtuvo la misma respuesta.

Dejó de prestarle atención y regresó a su habitación.

Al encerrarse de nuevo, lo volvió a escuchar. Esta vez más fuerte.

Intrigada, fue siguiendo el sonido, hasta detenerse frente a la misma recámara donde había estado. Abrió la puerta y el silencio la envolvió. Todo estaba en estado normal.

Al no volver a percibirlo, regresó a su recámara. Permaneció ahí todo el rato, leyendo y esperando a que sus hijos regresasen.

Después de dejar su libro, pasó la tarde observando con precaución la fotografía. Intentó recordar ese rostro.

Nunca lo logró.


Terry estaba muy cansado por lo que había acontecido la noche anterior en su casa.

Había tirado los dibujos cerca del teatro así como los colores. Tenía que hablar seriamente con Nicole. Si quería llamar la atención, esa no era la manera.

Charles le hablaba y prestaba poca atención.

Estaba muy consternado por la súbita muerte del otro actor. Por fortuna, la situación se había manejado con mucha discreción, impidiendo la filtración de la noticia a la prensa. Menos mal que los anuncios tenían a la gran estrella de Broadway en cartelera, relegando a actor sustituto al fallecido Brandon.

Por su parte, Igor había solicitado no volver a hacer comentarios sobre la misteriosa llamada que había recibido. Ahora solo se concentraba en seguir los ensayos para que todo saliese a la perfección. Le había solicitado a Charles que no cargara mucho el trabajo a Terry para evitar cualquier problema con su desempeño en el escenario. El estreno estaba programado para el diez de noviembre y ya se encontraban a principios de octubre. El tiempo pasaba muy rápido.

- ¿Has revisado los papeles de la creación de la empresa?, mis abogados me han dicho que ya está todo en orden, Terry. Con esto podemos dar por finiquitado el asunto de la creación definitiva de Hathaway & Burlington – la voz de su socio, lo rescató de sus recuerdos.

- Sí, Charles. Ya todo está arreglado. Creo que estoy un poco estresado por el trabajo. Igor, he decidido que ensayaré aquí y no en mi casa como lo había solicitado. Con eso podría terminar de acoplarme al grupo y en especial con Clarissa, ya que será mi compañera – le indicó el actor al ruso.

- ¡Excelente!, era justo lo que te iba a pedir. Ya falta muy poco y quiero que mis actores luzcan lo mejor de sí. Si te consideras listo para iniciar hoy, solo dime – le sugirió el director.

El histrión aceptó por lo que llamó a casa diciendo que llegaría tarde. El escenario se encontraba adaptado para los ensayos. Se sentó en las butacas esperando a entrar a escena. Algunas veces Clarissa le hacía compañía mientras esperaba su turno. Ella y Terry habían hecho química y no cesaban de conversar y reír. Eran muy buenos compañeros.

Mientras el actor ensayaba su papel, Charles e Igor le observaban fascinados. Su desenvolvimiento actoral era por demás, sorprendente y confiaban en que las localidades tendrían buena venta. Los anuncios publicitarios ya estaban listos y se veían en varias partes de la ciudad. Al parecer, la obra estaba creando expectación en Londres, y se hablaba de una función especial para la monarquía británica.

Los ensayos se extendieron hasta altas horas de la noche. Habían quedado demasiado extenuados. Igor era muy exigente a la hora de dirigir por lo que las emociones debían estar magistralmente transmitidas durante cada diálogo o acción. La etapa fuerte estaba por comenzar, por lo que el ruso les advirtió de que las horas necesarias podrían ser más de las contempladas.

Charles se retiró temprano.

Cuando hubieron terminado, Terry se dirigió a su camerino para cambiarse. Se encontraba solo, al momento en que un suave golpe a la puerta lo sacaba de su rutina. Le faltaba ponerse la camisa, por lo que su escultural torso estaba a la vista. Si algo era evidente en el actor, era su disciplina para ejercitarse y conservarse en forma. Había logrado inculcar el gusto en su esposa y esperaba hacerlo en sus hijos. Su rostro, aunque maduro - sin mostrar demasiadas señales del paso del tiempo - era mucho más atractivo y aunado a su corta cabellera castaña, le daban un aire cautivador y juvenil a la vez. Definitivamente, Terrence Grandchester era muy guapo y perfecto para seguir siendo Romeo:

- Pasa, ya casi acabo – el actor se puso la camisa sin desabotonar. Al voltear vio a Clarissa quien lo observaba un poco sonrojada. No esperaba verle así.

- Hola, Terry. Vine a despedirme. Ya es muy tarde y debo buscar un taxi. ¡Estuviste fabuloso!, me ha dado mucho gusto trabajar contigo. Creo que tengo bastante por aprender – la voz de Clarissa era candorosa y a la vez muy fina. Bajó un poco el rostro y antes de salir fue detenida por el actor.

- Si gustas, puedo llevarte en mi auto. Faltaba menos. No me gustaría que te arriesgases a estar por ahí sola, expuesta sólo Dios a quién sabe cuántos peligros – le ofreció con sinceridad Terry.

- Muy bien, entonces te espero afuera – sin pensarlo dos veces, la chica salió.

Terry terminó de cambiarse mientras pensaba en el rostro de la chica.

Realmente era la actriz ideal para Julieta.

Aparentaba ser muy jovencita, a no ser por el sensual contorno de sus labios carmín y sus enigmáticos ojos de color incierto lo que le daban un aire provocador. Imaginó que tendría muchos admiradores. Sonrió pensando en la época donde era perseguido e idolatrado por sus fans. Solo Candy se había ganado su corazón.

Pensó en ella y su mirada se ensombreció. Las cosas se estaban poniendo más difíciles y con quien menos se esperaba que fueran: Nicole.

Tomó sus cosas y se dirigió a la salida. La actriz ya lo esperaba. Abordaron juntos el vehículo mientras iban conversando y haciendo bromas y apreciaciones sobre sus personajes.

Cuando llegó a la casa, por la hora, su familia ya estaba dormida. Tuvo cuidado de no hacer ruido para evitar despertarlos. La servidumbre ya no vivía ahí, por lo que pudo dejar sus cosas en la sala, mientras se deshacía de la molesta corbata y el saco. Después los llevaría a su recámara.

Al abrir la puerta del cuarto de sus hijos, los vio profundamente dormidos. Dio un beso a Nicholas, quien sonrió entre sueños y después fue a ver a Nicole.

La pequeña dormía volteada hacia la ventana. Parecía estar perdida en un sueño profundo. Terry se acercó a ella y la observó detenidamente. Habló en un susurro:

- Te quiero mucho, mi amor. No me gusta verte así. Trata de controlarte – acarició una de sus mejillas y la arropó. La niña no se movió.

Al llegar a su recámara, vio a Candy sentada, leyendo. Le esperaba, al parecer hacía varias horas.

Estaba seria:

- Creí que no llegarías tan tarde – le dijo en tono de un ligero reproche. El actor comenzó a ponerse el pijama mientras le iba narrando su día.

- Mi amor, el estreno ya es pronto y sabes bien que son momentos de mucho trabajo. No puedo cortar el trabajo de la compañía por mí. De hecho, este mes será igual. Candy, espero tu comprensión. Además, pasé a dejar a Clarissa a su casa. La pobre se va en taxi, ¿puedes creerlo?, ¡es muy arriesgado! – las palabras fueron como pequeños piquetes en el corazón de la rubia. Sin hacer comentario alguno, dejó su libro sobre la mesa y apagó la luz.

- ¿Qué pasó? – Terry la abrazó por detrás pero ella no volteó.

- Hasta mañana, Terry – ya no volvió a hablar más y su esposo estaba demasiado cansado como para discutir.

Otro espantoso sueño llegó a su mente y después de mucho rato, se perdió en la inconsciencia.

"¡Ayúdame!, ¡por favor!, ¡no dejes que se acerque a ella!", la infantil voz salió de ese cuarto.

Candy estaba parada justo tras la puerta, indecisa de abrir. El llanto era continuo.

La rubia la abrió y la pudo ver.

Era la misma pequeña de la foto.

Estaba frente a su cómoda, observándose en el espejo. Sus ojos estaban hinchados, mientras sus manos se extendían en dirección al mismo. Al parecer no había notado su presencia.

- ¿Quién eres? – preguntó la ojiverde sobresaltada por la escena.

La niña no volteó a verla, confirmando las sospechas de Candy.

Se colocó a un lado e intentó llamar su atención. Al tocar su hombro, observó que la pequeña se había quedado callada. Su mirada seguía fija en el espejo y Candy hizo lo mismo. Lo que vio hizo que pegara un grito:

El reflejo del espejo le mostraba a una mujer muy parecida a Susana Marlowe, llevando de la mano a una niña. Ambas estaban de espalda a ellas. La rubia sostenía una filosa daga en su mano izquierda mientras que con la otra llevaba a la pequeña.

En una de esas, la niña volteó hacia ella, mientras la rubia permanecía de espaldas. Candy no pudo dejar de gritar.

Ahora se había transformado en Nicole y quien ahora, parecía observarla con un gran odio al momento en que pronunciaba unas palabras que ella jamás hubiese esperado escuchar de su propia hija:

- ¡Es tu culpa, madre!, ¡eres culpable de haberle destruido la vida!

Cerró los ojos para alejar la horrible visión y al abrirlos volvió a observar a la misma chiquilla de la foto, quien le gritaba desesperadamente:

- ¡Ayúdame!, ¡ella es mala!, ¡no dejes que se acerque!, ¡sácame de aquí! – ahora extendió sus brazos hacia la rubia. El espejo había recobrado su habitual reflejo.

Candy no pudo más y perdió el conocimiento."

Cuando despertó, todo estaba en completo silencio.

Terry aún dormía apaciblemente, denotando que no había sufrido alteración alguna durante su sueño. Como la mañana se anunciaba ya pronto, decidió levantarse para comenzar sus actividades cotidianas y preparar a sus hijos para la escuela. Sin hacer ruido, salió de la alcoba. Los sirvientes todavía no llegaban. Se metió a la cocina y comenzó a preparar el desayuno.

La pesadilla no fue compartida con su esposo.

La relación de pareja comenzaba a mermar.