CAPÍTULO XIX

Candy se levantó muy temprano para ayudar a sus hijos a ir a la escuela.

Había podido dormir finalmente, después de haber dado vueltas por un largo rato. Intuyó que su marido también lo había hecho, aunque creía haberlo sentido despierto en algún momento.

Se acercó a Terry para despertarlo, pero al verlo profundamente dormido, no quiso molestarlo. Repentinamente, decidió que investigaría por su cuenta y después se lo haría saber. Además, la urgencia de ver al reverendo Folsom era demasiada. Optó por dejarlo descansar.

Necesitaba desahogarse con alguien ajeno a su familia. Se sentía sola en esa ciudad.

Después de arreglarse, se dirigió a la habitación de Nicole, quien se encontraba todavía dormida. Candy la observó por un breve instante, mientras varios pensamientos cruzaban su mente. "¿Qué te sucede mi amor?, me tienes realmente preocupada", pensó mientras besaba suavemente su frente.

Su hija siguió dormida.

La rubia se paseó brevemente por la habitación para buscar su uniforme y su mochila, en lo que despertaba la niña. Tenía que ir a buscar a Nicholas por igual. Al divisar lo que estaba buscando, volteó a ver de nueva cuenta a Nicole para levantarla. Casi se va de espaldas al verla parada al lado de su cama, mientras la observaba en profundo silencio:

- ¡Cielos, Nicky!, no sentí el momento en que te levantaste mi amor – exclamó a la vez sorprendida y asustada la ojiverde, mientras llevaba las manos a su pecho de forma instintiva.

- Lo acabo de hacer, mami – le respondió sin emoción alguna. Candy se quedó intrigada.

- ¿Cómo te sientes?

- Bien. Pude dormir sin problemas.

- Arréglate en lo que voy a buscar a tu hermano, ¿quieres? – le señaló el uniforme y salió rápidamente en busca de su otro hijo. No sabía por qué pero la necesidad de permanecer alejada de la niña le había conminado a actuar de esa forma. Era como si le temiese.

Cuando salió al pasillo, se sintió más tranquila.

Mientras entraba en el cuarto de Nicholas y lo despertaba para llevarlo a la escuela, pensó en la extraña conducta de su hija. Tal parecía como si hubiese flotado para incorporarse de su cama. Le había dado miedo verla ahí, tan callada.

El gemelo despertó tranquilamente y obedeció a su madre al vestirse rápidamente, en lo que Candy se apresuraba a hacerles el desayuno. Esperaba que Theresa se encontrase ya en la cocina, ayudando a las demás empleadas.

- Buenos días, señora Grandchester – saludó Diana, mientras cortaba unas frutas para decorar los platos de los niños.

- Buenos días chicas. ¿Han visto a Theresa? – preguntó, mientras tomaba unos vasos para servir el jugo de naranja.

- Es muy raro, señora. Cuando nos levantamos, no la vimos por ninguna parte. Dejó una carta en su habitación y creímos necesario dársela – explicó Lydia, quien miró de reojo a su compañera. Aquello extrañó a la rubia.

- Quizá tuvo algún imprevisto. La leeré después – Candy se quedó pensativa pero el ruido de los gemelos bajando por las escaleras la desconcentró y se apuró a llevarles su desayuno. Lo sucedido con Theresa lo vería después. Dejó la carta sobre el desayunador.

Nicholas y Nicole se sentaron a la mesa para tomar sus alimentos, mientras Candy les observaba en silencio, con una taza de café. No cesaba de observar a su hija. Actuaba tan normal como siempre. Su voz la distrajo de sus pensamientos:

- ¿No irá mi papá a la escuela, mami? – preguntó inocentemente la niña.

- Me alcanzará más tarde, Nicky – mintió Candy, sin saber por qué.

- ¿Ya te sientes mejor? – Nicholas veía a su hermana con cierto recelo. Como si le tuviese miedo, y aquello no pasó desapercibido a ojos de su madre.

- Sí. Me siento de maravilla. No entiendo qué fue lo que sucedió, pero créeme. Estoy muy bien.

- Nicky se pondrá bien hijo. Esta semana iremos a ver a su doctor y confiaremos en que todo estará mejor. ¿No es así hija?

- Así será… mamá, me iré a lavar los dientes – Nicole se levantó, seguida por su hermano, dejando a la rubia pensativa.

Al llegar a la escuela, Nicholas se dirigió a su salón, mientras la gemela iba acompañada por Candy al suyo. La profesora todavía no se presentaba, por lo que dejó a la niña en el lugar y se disculpó aduciendo que iría a ver a la directora.

En el camino se topó con ella.

Sorprendida, la mujer la invitó a que la siguiera a su despacho. Ya en la privacidad de su oficina hablaron:

- ¡Es una agradable sorpresa tenerla aquí, señora Grandchester!, ¿a qué debo el honor de su visita? – preguntó la directora, mientras se acomodaba en su escritorio, y Candy se colocaba frente a ella.

- Me apena tener que visitarla en estos momentos tan delicados, señora Varney. Quisiera saber algunas cosas sobre mi hija. Últimamente no se ha sentido muy bien – la rubia hizo una descripción general del problema de Nicole, sin entrar en detalles.

- Me cuesta creer lo que me está diciendo en este momento, señora – la mujer no pudo evitar expresar su sorpresa ante lo que estaba escuchando – sin embargo, me gustaría decirle que Nicole se ha caracterizado por ser una alumna digamos, muy retraída. No tiene amistades aquí, por lo que siempre se encuentra sola. En los recesos gusta de alejarse, y entiendo que pueda refugiarse en la biblioteca o en los jardines del colegio. No ha dado problemas en la clase, que yo sepa. Mucho menos por nervios o de salud. La consideramos una chica muy sana – puntualizó, mientras Candy la observaba confundida.

- Hay algo más que me gustaría saber. Mi hija nos ha comentado que frecuenta a una profesora de la escuela llamada Sue. Me gustaría conocerla ya que consideramos, ha ejercido una enorme influencia en Nicky – le expresó la ojiverde con sincero interés.

- ¿Sue?, ¿profesora?, ¿podría darme el nombre completo de esta persona, así como el grado en el que enseña? – la directora estaba completamente extrañada.

- No tenemos más datos sobre esta maestra, sin embargo, Nicole la ha estado mencionando últimamente. Dice que trabaja aquí y que platica con ella en sus recesos. Mi esposo y yo estamos muy preocupados por nuestra hija y creemos que esta persona le ha estado influenciando negativamente. Por desgracia, mi marido no pudo venir pero me gustaría que acordara una reunión con esta profesora para poder verla otro día, de ser posible, señora Varney, mañana mismo – la petición había dejado callada a su interlocutora. Candy preguntó si se encontraba bien.

- Señora Grandchester, disculpe mi reacción, es solo que… no sé qué decir. No tenemos a ninguna Sue en nuestra plantilla de profesores y mucho menos sabemos que tiene contacto con su hija, además, la propia Nicole no nos ha dicho nada. Le comento que cuando una profesora es buscada por alguna alumna, tiene el deber de comunicarlo a la dirección, precisamente para saber si hay algún problema con la niña. Podría llamarle en este momento para que nos aclare esta situación. No entiendo por qué tenía que inventar esto Nicky – aquello fue demasiado para Candy. Las lágrimas resbalaron involuntariamente, por sus mejillas.

- Lo siento mucho, señora Varney. No quise importunarla. Por favor, discúlpeme pero ahora… debo retirarme – la rubia salió apresuradamente del despacho antes de que la mujer la detuviera, y se dirigió hacia el automóvil que le esperaba. Jerome, el empleado, se limitó a seguir órdenes y no preguntó qué le sucedía, al verla tan alterada.

- Lléveme a la iglesia del reverendo Folsom, por favor – Candy no volvió a hablar. Permaneció con la vista fija en la escuela, hasta que dobló el auto.

"Nos has mentido Nicky. ¡Cielos!, ¡has inventado todo!, ¿qué diablos le diré a Terry?", las lágrimas siguieron cayendo hasta que llegó al lugar indicado por ella.

Salió apresuradamente del auto y se dirigió a la entrada del sagrado recinto, deteniéndose por un momento, en una de las bancas ubicadas a las afueras del lugar. Sentada sobre ella, dio rienda suelta a su dolor, mientras observaba al cielo, como si buscase una señal de su presencia en ese doloroso instante.

No pudo contener más las lágrimas y el llanto apareció. Se sentía completamente sola.


Terry soñaba…

Se encontraba en su camerino alistándose para la gran representación de Romeo y Julieta esa noche en el teatro londinense. Su esposa y sus hijos le verían desde un palco estratégico reservado para ellos, acompañados de Charles y su esposa. Igor le observaría en la primera fila, junto a su inseparable Cécile.

El actor estaba de pie frente a su espejo dándose los últimos toques de maquillaje, y después se dirigió al armario de donde colgaba su impecable traje. Le tomó unos minutos vestirse, cuando el golpe a su puerta le indicó que ya era hora de salir a escena.

Aspiró profundamente y se dirigió hacia el largo pasillo que le conduciría al escenario principal. Al arribar, pudo sentir la imponente presencia del público. Divisó a su familia en el palco asignado, y mentalmente les dedicó su representación, dándose tiempo de admirar lo bella que lucía su esposa, quien no podía ocultar su emoción al verlo actuar de nuevo.

Los demás actores se encontraban en sus posiciones, mientras interpretaban sus roles correspondientes. Al entrar Terry en escena, las palmas de la emocionada concurrencia se dejaron sentir, pero gracias a su férrea disciplina y absoluto control no se desconcentró, prosiguiendo así con su papel. El silencio regresó de nuevo.

La obra siguió hasta llegar a la escena donde un enamorado Romeo, se encontraba con la mirada fija sobre el balcón de su amada. Todo había transcurrido en perfecta normalidad. El experimentado actor recitó sus líneas en espera de la aparición de la actriz, cuando repentinamente se fue la luz.

Intrigado, Terry observó a su alrededor y se percató de que la oscuridad lo cubría por completo. Ni siquiera podía ver sus manos. Frunció las cejas en señal de confusión, por lo que decidió esperar un poco más. Sin embargo, cayó en cuenta del profundo silencio que lo rodeaba:

- ¿Hay alguien ahí? – alzó un poco la voz.

No obtuvo respuesta.

- ¿Clarissa?, ¿Igor?, ¿Candy? – el ojiazul volteó desorientado, tratando de escuchar algo, sin éxito alguno.

- ¿Qué está sucediendo? – esta vez gritó con todas sus fuerzas a la par que un inexplicable eco rebotaba por todo el lugar.

Terry caminó un par de metros, cuando las brillantes luces se encendieron inesperadamente, cegándolo por unos instantes. Mientras tallaba sus ojos para acostumbrarlos a la luz, pudo percibir murmullos. Cuando enfocó su vista, vio que el público seguía ahí, sin embargo, lucía diferente. Los semblantes eran serios, graves, como si estuviesen atestiguando una situación peligrosa. Buscó a su familia, pero solo pudo encontrar a Nicholas y Anisha, acompañados de una misteriosa niña de cabello rubio lacio y largo, sentada sobre una silla de ruedas, y quienes le observaban fijamente. Charles había desaparecido al igual que Igor con sus respectivas acompañantes.

Volteó a buscar a sus compañeros actores, y vio que todos se encontraban reunidos en un solo punto, justo a un costado del balcón donde aparecería Julieta. Las caras le eran completamente desconocidas y las figuras se encontraban envueltos en túnicas negras. Vio a una mujer de cabello oscuro y de aspecto inquietante, entre ellos. Se quedó confundido y habló, mientras sus alarmas internas se dispararon haciéndole sentir el peligro inminente:

- ¿Qué ocurre? ¿Podría alguien explicármelo por favor? – preguntó en tono molesto mientras su corazón saltaba a mil por hora, pensando en Candy y Nicole.

Una estruendosa carcajada femenina sonó desde el balcón, sobresaltando al actor, quien alzó su mirada extrañado. La difusa figura fue tomando forma, conforme se iba acercando a la terraza. Terry tuvo que ahogar un grito de espanto al ver quién era la mujer:

- Bienvenido a esta representación tan especial, Terrence Grandchester. Te estábamos esperando – la chillona voz de Susana Marlowe rebotó por todo el lugar, de manera antinatural.

La rubia actriz se dejó ver por completo. Lucía extremadamente hermosa. Su vestido de gasa oscura acentuaba su bien formado cuerpo, mientras sus dorados cabellos caían en cascada hasta su cintura. Sus labios carmesí sonreían enigmáticamente; sus brillantes ojos azules se encontraban posados sobre él:

- Creo que estás buscando a tu encantadora esposa y a tu hermosa hija, ¿no es así, querido? – preguntó en tono burlón.

- ¿Qué les hiciste, maldita arpía? – vociferó Terry, volteando de nuevo a su alrededor tratando de localizarlas. El público seguía callado.

- Pronto lo sabrás. Mientras tanto, será conveniente que te sientes. Lo mejor de la función está por comenzar y tú serás el espectador principal – las luces se fueron de nuevo.

Terry gritó de impotencia al sentir que una fuerza inexplicable se apoderaba de él, conduciéndolo hacia el centro del escenario, donde una imprevista y solitaria butaca le esperaba. Era como si le hubiesen clavado en la silla puesto que no podía moverse.

Estaba de espaldas al público.

El escenario se iluminó mostrando una escenografía completamente diferente: un altar trapezoidal de proporciones enormes se encontraba colocado frente a él, cubierto de tela morada y varios artefactos sobre la mesa, de los cuales solo pudo percibir un cáliz plateado con una forma grotesca indefinida. Una imponente serie de seis cirios negros se encontraban colocados en cada costado del mismo.

Los misteriosos "actores" se habían enfundado en su oscura capucha, cubriendo su rostro. Se habían apostado en dos filas perpendiculares a los cirios, dejando al aterrado espectador suficiente espacio libre para ver el frente del mismo. Las luces bajaron de intensidad, dejando una iluminación opaca y amarillenta. La silueta de Susana emergió detrás del altar, mientras sonreía de forma perversa:

- Tienes una hija muy inteligente, Terry. ¡Me asombra lo parecida que es a su madre!, ha sido un verdadero placer conocerla – comentó mordazmente la mujer.

- ¡No descansaré hasta destruirte, estúpida!, ¡no toleraré que hayas puesto tus asquerosas manos sobre ella! – amenazó Terry, mientras intentaba moverse, sin poder lograrlo.

- Tan parecidas físicamente y tan diametralmente distintas de carácter. Tenemos cosas en común Nicky y yo, Terry: las dos odiamos a su madre… y ahora… podré verla muerta, ¡por fin! – recalcó con amargura -. ¡Tú ocasionaste todo esto! ¡No te imaginas cuánto he esperado este momento! – sentenció la viperina lengua de la actriz. Hizo una señal y detrás de ella aparecieron dos hombres sosteniendo a una inconsciente Candy. La colocaron sobre el altar, mientras los cirios se encendían misteriosamente solos.

- ¡Candy!, ¡Candy, responde!, ¡Candy! – gritó desesperadamente su esposo, pero no hubo respuesta. La mirada azul se endureció y regresó a Susana.

- ¡Esto lo pagarás muy caro, Susana! – amenazó de nuevo el enojado actor.

- Espera y verás que yo no haré nada aún… querido – sonrió malignamente y volvió a hacer la misma seña.

La infantil figura apareció detrás de su padre.

Nicole llevaba un vestido negro de terciopelo con un moño del mismo color, atado a su cintura. Su mirada se topó con la de él pero no lo reconoció, a pesar de que Terry le había llamado. Era como si su hija se condujese de forma autómata mientras caminaba hacia el altar, colocándose al lado de Susana. Esta rió divertida al ver la inquietante escena.

- ¡Qué empiece la función! – ordenó Susana, mientras los demás comenzaban a entonar un misterioso y a la vez tétrico canto.

El coro fue creciendo más y más hasta que Terry se percató de que el público contribuía cantando la misma tonada, al momento en que intentaba voltear desesperadamente a su alrededor. Hasta ese instante, se dio cuenta de que no había vuelto a reparar en Nicholas y Anisha, quienes le observaban, ahora con los ojos llenos de lágrimas, al igual que los de esa desconocida niña. La impotencia se apoderó de él, y los suyos se humedecieron por igual. Regresó el rostro hacia el escenario.

Las luces cedieron el paso a las mortecinas llamas de los cirios, mientras Susana y Nicole se acercaban al inerte cuerpo de Candy, quien yacía sobre el altar. Los cánticos fueron aumentando en intensidad conforme se iban aproximando a la rubia.

Repentinamente un pesado silencio envolvió el ambiente, a la par que Nicole y Susana observaban fijamente a Terry.

- Siempre esperé este momento… querido. ¡Por fin veré destruida a tu estúpida familia! – las palabras calaron hondo en el actor.

Cuando iba a replicar, vio que su hija empuñaba un objeto con ambas manos.

Al percatarse de la filosa daga que sostenía entre ellas, dejó escapar un profundo grito, mientras asistía aterrorizado al trágico momento en que Nicole la dejaba caer sobre el pecho de su esposa, bañando de sangre el infantil rostro.

Despertó sobresaltado a la par que el teléfono sonaba insistentemente.

Se dio cuenta de que su esposa ya no estaba con él y de mal humor contestó, mientras mentalmente reclamaba a Candy el hecho de no haberlo despertado para llevar a sus hijos a la escuela y hablar con la directora sobre Nicole. "Ya me darás una buena explicación pecosa", la voz de Charles lo regresó al momento:

- Terry, buenos días, ¿cómo está tu hija?, creí que irías con Candy al colegio – le externó con cortesía el hombre. El actor le explicó en términos generales lo que había sucedido, aparentando estar sereno.

- Al parecer no pude despertar a tiempo y seguramente mi esposa no quiso importunarme. De todas maneras, le alcanzaré en cuanto pueda – fue interrumpido por su socio.

- Disculpa por esto que te voy a pedir pero espero me entiendas: he recibido órdenes de adelantar la representación. La familia real quiere ver la obra en una función privada, ya que se han enterado de que estarás presente en el evento. Creo que entiendes mi urgencia de avanzar lo más que se pueda con los ensayos mi amigo. Sé que tu hija está pasando por una situación difícil y que hoy tenías un asunto urgente que atender en la escuela, sin embargo, esto ha venido a complicar más las cosas. Te necesitamos aquí lo más pronto posible. Un representante vendrá a afinar detalles dentro de un par de horas y como sabrás, no puedo cancelarle a la nobleza inglesa – aquello dejó impactado al ojiazul. "¡Diantres!, justo ahora que todo se me ha complicado", pensó para sí.

- Te veré allá de inmediato. Confiaré en que Candy pueda acudir en mi representación a las terapias de mi hija y a la escuela –respondió sin estar muy convencido.

Una hora más tarde, ya se encontraba reunido en el teatro con dicho representante, su socio e Igor, organizando la presentación exclusiva.


Nicole se encontraba en la oficina de la directora, con la cabeza gacha.

Le extrañó no ver a su mamá en el lugar, justo cuando habían quedado con sus padres de ir con ella a la escuela y conocer a Sue.

La mujer le miraba seriamente, mientras volvía a repetirle de nueva cuenta su encuentro con la misteriosa maestra. No entendía a dónde quería llegar la señora Varney:

- ¿Dices que es en la parte trasera donde están los almacenes viejos el lugar en que has visto a la profesora? – inquirió de nuevo la directora.

- Sí. Puedo llevarla, si gusta, a los salones donde enseña. He visto a varios alumnos pasar por ahí – Nicole se extrañó al ver la cara de incredulidad de su interlocutora.

La directora intercambió un par de miradas rápidas con Connie, la secretaria particular que se encontraba en ese momento junto a ellas y después asintió:

- Llévame por favor hacia ese dichoso lugar, Nicky – la mujer se levantó mientras la pequeña las guiaba hasta el lejano salón.

Cuando iban caminando, un repentino viento gélido se dejó sentir. La señora Varney tomó de los hombros a la niña, mientras su secretaria, en un acto reflejo, se santiguó.

Después de pasar los almacenes viejos y adentrarse en el sucio pasillo que llevaba a las supuestas aulas, Nicole se percató de que no se habían topado con una sola alma en todo el recorrido, hecho que la había dejado confundida.

"Esto es muy raro. Todas las veces que he venido con Sue he oído y visto a gente caminar por aquí. Algo extraño está sucediendo", la voz de la mujer la sacó de sus pensamientos:

- ¿Falta todavía?, porque este lugar no se visita desde hace mucho tiempo – la niña pudo percibir cierto temor y ansiedad en la pregunta.

- Ya casi llegamos. Es al final de este pasillo – les señaló la última puerta de lugar donde se encontraban.

- Señora Varney, esta parte de la escuela no está en funcionamiento desde hace varios años. Creo que la señorita Grandchester se encuentra confundida – añadió Connie, quien se encontraba ya asustada.

- No estoy mintiendo. Ahora mismo las llevaré con la profesora y podrán confirmar que todo lo que digo es cierto. ¡No soy una mentirosa! – les espetó Nicole, mientras el frío viento recrudecía sin razón aparente. Podía verse el vaho en sus alientos.

Finalmente llegaron al desierto salón de clases.

Las paredes estaban muy sucias, y los pupitres se encontraban arrinconados en una esquina del salón. La mesa de la profesora estaba llena de polvo y no había rastros de papeles ni nada por el estilo. El lugar estaba desierto, al parecer, desde hacía mucho tiempo atrás:

- ¡Maldita sea!, no puede ser posible, ¡yo la he visto aquí!, ¿dónde estás, Sue?, ¡te decías mi amiga y no apareces ahora que más te necesito!, ¡eres una mentirosa! – gritó encolerizada la chiquilla, mientras sus acompañantes la observaban sin dar crédito a sus ojos.

- ¡Esas no son maneras de hablar, Nicky!, ¡además, no toleraré que sigas diciendo mentiras tan graves como éstas!, ¡si buscas pretextos para evadir tu responsabilidad ante tu mal comportamiento, estás muy lejos de lograrlo!, ¡en este momento nos regresamos al salón y estarás castigada durante los recesos!, no podrás salir del salón de clases y encargaré a tu maestra que te deje trabajos extracurriculares para que aprendas a decir la verdad ¡No tolero a la gente mentirosa en esta escuela! – aquello fue demasiado para Nicole, quien tuvo una espantosa reacción.

- ¡Váyanse al diablo, malditas cerdas!, ¡por mí pueden hacer lo que quieran!, ¡no me importa si me creen!, ¡sé que digo la verdad y ustedes son unas estúpidas que no pueden ver más allá de sus narices!, ¡hagan lo que quieran, que no pienso cambiar! – antes de recibir la reprimenda por su respuesta salió corriendo, dejándolas solas en el derruido salón.

- ¡Espera, Nicole!, ¡te exijo que te detengas! – la señora Varney gritó en vano.

La chiquilla se había esfumado de repente y el viento parecía no ofrecer tregua a su frío contacto.

No les quedó de otra más que caminar de regreso a la oficina. Inesperados murmullos femeninos y risas infantiles les llegaban desde lugares imposibles de identificar. Por un momento, la señora Varney pudo sentir que "algo" había tocado su hombro, pero al voltear, no pudo ver quién era. Su secretaria iba ya muy espantada y solo atinaron a elevar un par de plegarias, rogando por lograr salir de ahí, sin ver "cosas" que las pudiesen alterar más de lo que estaban.

- No entiendo cómo es que Nicky pudo haber dado con este lugar. Es muy peligroso para un alumno el andar deambulando por aquí – comentó la secretaria.

- Le quiero pedir que se refuerce la vigilancia sobre los pasos de la niña en esta escuela. No quiero que la dejen sola en ningún momento. Algo raro está sucediendo aquí y necesito estar al tanto de sus actividades tanto dentro como fuera de sus clases – le solicitó firmemente la directora.

La mujer asintió, y justo en ese momento escucharon un agudo lamento femenino detrás de él. Con el pánico desencajando sus rostros, huyeron y no descansaron hasta haber llegado a su despacho. Acordaron no comentar a nadie sobre lo que había sucedido.

Cuando por fin se tranquilizaron, se dirigieron en busca de Nicole. La hallaron en su salón de clases, mientras participaba en una actividad escolar junto a sus demás compañeros.

La pequeña les sonrió burlonamente.


Anisha despertó a medio día, con la enorme e imperiosa necesidad de poder hablar con alguien.

Creyó que encontraría a su tía de regreso en casa pero se dio cuenta de que estaba sola con los empleados. Había decidido que ese día no iría a clases, puesto que no se sentía del todo bien, y porque quería ayudar a sus tíos, pero fue en vano.

Bajó a la cocina, después de haberse arreglado, para tomar su desayuno y salió a caminar un rato por los alrededores de la casa. Evitó por completo el área de la misteriosa y atemorizante casa abandonada.

Posteriormente, regresaba a su habitación para arreglarse cuando oyó un lejano ruido al final del pasillo, en el último cuarto; era como si arrastrasen una silla. Sintió que un leve temor recorría su ser, sin embargo, se sobrepuso y decidió irse a asomar por si había alguien ahí.

Al entrar en el cuarto el ruido cesó.

La joven encendió la luz debido a la escasa visibilidad que tenía y vio que todo estaba en orden. Su curiosidad le hizo revisar a fondo la habitación y llegó hasta donde estaba el armario. Lo abrió encontrándolo vacío y al correr las puertas para cerrarlo se percató de un pequeño detalle: había una hendidura casi imperceptible en una de las esquinas del clóset, justo en el piso, lo que hizo a la chica acercarse para observarla con detenimiento. Su dedo meñique cabía a la perfección y pudo sentir el aire que se colaba por ahí. Comenzó a separar las tablillas del parquet y dio con una parte hueca, por dentro del mismo. Palpó la superficie y por un instante, sintió que su mano tocaba un peldaño. Extrañada, la introdujo más y encontró un empolvado libro.

La muchacha lo limpió un poco con el borde de su vestido y vio que no tenía título. La portada era de color café claro y mostraba una breve línea con dos iniciales escritas a mano: C.G.

Lo hojeó al azar y supo que pertenecía a un infante, debido a lo tosco de los trazos y las faltas de ortografía. Tal vez una niña. Lo cerró con la firme intención de leerlo en la soledad de su alcoba.

Volvió a colocar las tablillas en la misma posición para evitar que se dieran cuenta de lo sucedido y regresó su recámara. Se acostó sobre su cama y abrió su misterioso descubrimiento. Conforme fue leyendo, sus ojos se fueron abriendo cada vez más. No había fechas precisas:

Me llamo Carrie, vivo en Nueva York, y no tengo amigos.

Lucie, la joven que me cuida, me ha regalado este cuadernillo y espero poder tomarlo como mi más secreto confidente. Ella es una buena muchacha y me ha enseñado a leer y escribir. No me grita ni me maltrata a pesar de que la veo muy poco. Disfruto mucho de su compañía. Me cuenta cuentos y me gusta sentir sus manos tan suaves sobre mi cabello cuando me peina.

Mamá jamás lo ha hecho con el mismo cariño. De hecho, siempre me ha mantenido alejada del mundo exterior, encerrada en este pequeño cuarto que mi padre ha dispuesto para mí. Dicen que es por mi bien ya que mi estado de salud es muy frágil. Desde que nací no puedo caminar. Mis piernas están paralizadas y por más que lo he intentado, no puedo dejar esta tediosa silla de ruedas.

Me despido, querido diario. Serás de ahora en adelante mi nuevo amigo, además de Lucie. Espero poder contarte muchas cosas pronto.

Los pasajes se fueron dando sin un orden fijo y continuo. A menudo relataban aspectos tristes de su pequeña dueña. Anisha lloraba por momentos al leer la triste redacción infantil. Se enteró de que sus padres la maltrataban seguido y juraba que los castigos físicos eran frecuentes, debido a las constantes alusiones a dolencias de su cuerpo, sobre todo en la cabeza y las piernas, como si la apaleasen de manera frecuente:

Nuevamente estoy castigada.

He querido leer mis cuentos, pero mamá ha venido a arrebatármelos otra vez. Dice que tendremos que mudarnos. Ya ha sucedido varias veces. Estuvimos en Atlanta, en Detroit, en California, y ahora, regresamos a Nueva York. Creí que sería definitivo. Ya estoy cansada.

Tengo ganas de ir a la escuela, pero mi condición física no me lo permite. Además, mis padres no se preocupan por mí. Ni siquiera se han dado cuenta que aprendí a escribir desde hace varios meses. Mis libros han sido mis únicos compañeros.

Lucie ha desaparecido. Desde hace tres semanas no viene. Quizá papá la ha corrido finalmente de la casa. Todo el tiempo le llamaban la atención y mamá la odiaba porque a veces él la observaba muy seguido.

Me tengo que ir querido diario.

Anisha siguió leyendo por un rato más hasta que decidió parar. Sin embargo, varios nombres hicieron fijar su atención en la página. La narradora había hablado de su mamá, quien había sido actriz en el pasado.

Su nombre era Susana Marlowe.

Carrie había expresado en su diario aquellos momentos en que su madre hablaba sola sobre su imaginaria vida al lado de un actor, del que solo recordaba el nombre, ya que aparentemente, nunca lo había conocido: Terrence Grandchester.

La hija de Annie ahogó un grito de sorpresa y cerró el diario, mientras volteaba hacia su puerta temiendo que alguien llegase repentinamente. "¡Esto es increíble!", pensó con sorpresa la muchacha.

Se quedó meditando sobre la idea de entregalo a su tío pero la imagen de Nicole apareció en su mente. "Con tantos problemas, seguramente no me hará mucho caso. Además, ni siquiera sé si lo que se cuenta ahí sea cierto. Tal vez, su mamá era alguna fanática de mi tío y en sus fantasías lo pudo haber nombrado", cerró el cuaderno y lo ocultó bajo un montón de ropa, en uno de los armarios de su recámara. Le dio miedo volver a abrirlo, así que meditaría muy bien antes de continuarlo.

No le había gustado nada todo aquello.


El reverendo Folsom se encontraba esa mañana atendiendo a unas religiosas que estaban encargadas de repartir despensas alimenticias entre los feligreses en condiciones económicas deplorables.

Después de las exequias fúnebres del padre de Terry, tuvo que salir de viaje por algunos días al interior de Inglaterra, visitando pueblos alejados para tratar varios asuntos con las sacristías aledañas, por lo que ese día estaba de regreso en su capilla, poniendo al día sus pendientes.

Al término de su reunión con las religiosas, se quedó por unos momentos, solo.

Su austera oficina se encontraba en absoluto orden, después de despedir a las mujeres.

El mobiliario era algo antiguo, labrado en madera oscura. El estante repleto de libros religiosos ya desgastados tanto por el paso implacable del tiempo así como las pinturas de ángeles y santos daban un ambiente antiguo al lugar. Su característico abrigo negro colgaba de un viejo perchero, al lado de la puerta.

La amplia ventana daba hacia uno de los jardines laterales del sagrado recinto y el religioso se dirigió a ella, con las manos cruzadas por detrás. Su mirada fue atraída instantáneamente hacia la imagen de una mujer sentada sobre una de las bancas mientras limpiaba su rostro con un pañuelo blanco. Intentó reconocerla, sorprendiéndose después, al saber de quién se trataba:

"¿Candice Grandchester?", extrañado, salió apresuradamente en busca de la inesperada visitante. La rubia no se percató de su presencia hasta que le vio cerca de él.

Con la mirada enrojecida le dirigió una débil sonrisa.

El reverendo le ofreció un pañuelo y se sentó a su lado. La tomó de ambas manos mientras la miraba con sincera preocupación:

- Señora Grandchester, ¿qué le sucede?, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarle en algo? – se quedó callado al ver como la mujer volvía a estallar en sollozos.

- ¡Lo siento mucho, padre!, ¡no quise importunarle de esta manera!, ¡solamente quería estar sola un momento! – respondió con voz entrecortada Candy.

- Hija, vayamos adentro. Quiero que sepas que estoy dispuesto a escucharte y ayudarte en la medida de mis posibilidades – la tomó suavemente de un brazo y la ayudó a incorporarse de la banca. La ojiverde se dejó guiar.

Se dirigieron a la oficina del religioso y ahí se quedaron en silencio durante un largo rato. El hombre dejó que Candy se desahogara todo lo que le fuese posible. Pudo sentir el enorme dolor que le embargaba. Cuando se hubo calmado, por fin pudo hablar:

- Padre, me siento muy sola. No sé qué hacer. Desde que llegamos a Londres, la situación familiar se ha vuelto insoportable… - y comenzó a narrarle todo lo que había acontecido. Cuando llegó al punto donde explicaba lo que sucedía con su hija, se percató del semblante de extrañeza del padre. Hasta ese momento, la rubia no había tocado el tema de Susana Marlowe.

- ¿Podría ser más específica con respecto a Nicole? – se acercó aún más hasta quedar frente a ella. Conforme iba escuchando, su ansiedad fue aumentando.

- Siento que mi hija me odia. No entiendo cómo fue que desarrolló esa aversión hacia mí. ¡Es mi adoración y me duele en el alma que me rechace de esa manera!, ¡simplemente, no lo soporto! – Candy habló con rabia y se percató de la confusión en el reverendo.

- Explíquese, ¿Nicky le odia?, no lo entiendo, francamente – el hombre estaba muy interesado en el caso.

- Se ha comportado de forma muy agresiva, insultante y humillante. ¡Oh cielos!, ¡creo que le he quitado su valioso tiempo! ¡será mejor que me retire! – la mujer se paró abruptamente e intentó salir pero el religioso fue más rápido.

- Por favor, le invito a que se tranquilice. Quiero que sepa que cuenta conmigo para lo que se le ofrezca y nada me da más gusto que ayudar a la gente que no se siente bien. Le ruego se siente y sepa que cuenta con mi absoluta confianza para escucharla. Estoy en la mejor disposición de ayudarle. No me quita el tiempo señora Grandchester – sabía que necesitaba oír más sobre lo que sucedía en la familia Grandchester.

Candy se dejó conducir de nuevo a la silla donde se encontraba y su mirada se perdió en la vista que le otorgaba el enorme ventanal. Repentinamente, comenzó a hablar. Su interlocutor no la interrumpió. La postura pensativa de la esposa del actor lo tenía sumamente intrigado:

- No he hablado con nadie de todo lo que le diré a continuación, – su mirada se distrajo con un punto perdido en la mesa - a veces creo que me he estado imaginando todo esto y que en algún momento despertaré y tendré a mi familia de siempre conmigo. Siento que vivo en una constante pesadilla, donde mi esposo se ha enfrascado en su trabajo y mis hijos… bueno, mi hija... creo que ella me detesta realmente – las lágrimas volvieron a escurrir por las mejillas.

- No diga eso, Candice. Su hija sería incapaz de eso siendo usted tan amorosa y cariñosa, ¿por qué piensa eso?

- Hace tiempo que Nicole ha tenido cambios abruptos de personalidad; a pesar de que siempre ha sido una niña rebelde y arriesgada, tengo la impresión de que sus actitudes no son las mismas. Todo inició un poco antes de que llegáramos a Londres. Hasta ese entonces se había conducido de forma aparentemente normal. Después, se volvió distante, agresiva, desafiante, inclusive, ofensiva y mentirosa ¡Cielos!, ¡no puedo acercarme a ella sin sentir su indiferencia y su coraje hacia mí!, ¡me duele en el alma sentir sus desprecios cada que intento estar junto a ella!, y a veces creo que mi mente me hace malas jugadas, ya que he notado esto cada que estoy con su padre. Es como si tuviera celos de mí – la verde mirada se posó suplicante sobre la figura masculina que le escuchaba.

- Lo siento mucho. No imaginaba que tuviera este tipo de situaciones en su familia. Es extraño, ya que la última vez que fui a visitarles, usted estaba con su hija y todo parecía ir tan bien – la rubia le interrumpió.

- Padre, créame que no miento cuando le digo que mi hija ha cambiado completamente. Hace poco fuimos testigos del evento más espantoso que jamás hubiera imaginado: en plena noche, nos despertó un horrible grito y al entrar en su cuarto, nos dimos cuenta que sucedía algo espantoso. Ella estaba completamente fuera de sí, mientras sus cosas... – cerró los ojos, en un esfuerzo por contener las lágrimas. Respiró hondo y continuo – Sé que esto le costará creerlo pero, vimos como todos los objetos de su cuarto se movían solos y lo peor, que mi hija se comportaba como una demente. Cuando intenté acercarme a ella, recibí un fuerte golpe en el rostro padre. Su fuerza era anormal, y los insultos… - en ese instante se calló y volteó a ver al hombre, cuyo semblante era de confusión. Se dio cuenta que había hablado tan rápido y sin muchos detalles...

- ¿Podría ser más explícita?

- Creo que he hablado de más, padre. Ya es tarde y debo retirarme. Le agradezco que me haya escuchado. Lo necesitaba realmente. Quizá en otro momento podré continuar con esta conversación. Tengo actividades que atender – Candy se levantó y le dirigió una mirada de agradecimiento. Ya no quiso seguir tocando el espinoso tema. Él respetó su decisión aunque por dentro se sentía ansioso de conocer más detalles de lo sucedido a la niña.

- Me ha dejado muy intrigado con lo que me cuenta. Nada me daría más gusto que poder orientarla o ayudarla. Estimo mucho a su familia y sobre todo a Nicky. No quisiera que siguieran sufriendo por esta situación. No olvide tener presente a Nuestro Señor en sus plegarias. Él podrá ayudarle en este difícil momento. Sabe que puede venir a verme cuando así lo necesite – intentó reprimir su enorme curiosidad.

- Sinceramente, no me siento bien. Por favor, acepte mi disculpa, tal vez pueda verlo otro día, cuando me encuentre de mejor ánimo.

- Puede venir cuando guste, Candice. No dude en contactarme si así lo viera necesario. Considéreme su amigo – le extendió la mano en señal de despedida y la mujer salió antes de que él pudiese decir más.

El chofer le abrió la puerta y se dirigieron de regreso a la casa.

Entró tan repentinamente que no se percató de la ausencia del personal y no se dio cuenta de la presencia de su sobrina, quien se encontraba completamente absorta en su lectura, ya que le urgía estar sola. El profundo dolor emocional que sentía en ese instante la tenía al borde del llanto. Se dirigió hacia su recámara y ahí se encerró hasta quedarse dormida, dejando en el olvido el asunto de la carta.

No se percató de la silla de ruedas vieja y vacía que yacía al fondo, justo en el umbral de aquel último cuarto, que fungía como solitaria espectadora fantasmal de su sufrimiento.

De manera inexplicable, la misteriosa silla se introdujo nuevamente en la lejana habitación.


Por la noche, mientras Anisha y los niños se encontraban sentados a la mesa, tomando la merienda, Terry hizo acto de aparición con aspecto cansado. Algo atrajo su atención.

Un misterioso sobre blanco se hallaba sobre una de las mesitas ubicada en la entrada.

Estaba dirigido a él y Candy sin presentar datos del remitente. Extrañado por la elegante y a la vez lejanamente conocida caligrafía, lo abrió:

"Estimados señores Grandchester:

Sé que les causaré algunos problemas debido a esta decisión repentina que he decidido tomar. Una pariente lejana, ubicada en Irlanda ha enfermado súbitamente y ha tenido a bien contactarme para irla a apoyar. Debido a lo precaria de su situación, tuve que salir inmediatamente a verla. No he notificado a mi hija aún, pero al momento de que usted reciba esta carta, ella habrá hecho lo mismo ya. Siento mucha pena de tener que renunciar de esta manera, pero apelo a su buena comprensión sobre lo que acaba de suceder. Ella vive sola y no tiene medios para sostenerse. Le solicito atentamente que no avise a la policía de mi situación, para no generar preocupaciones innecesarias. Le ruego tome mis disculpas por los contratiempos que he debido ocasionarles.

Gracias por todas las atenciones recibidas

Theresa Straub"

Cuando terminó de leer, se quedó aún más serio. Ni siquiera se había enterado de la ausencia de Theresa. Ya lo explicaría después a su esposa. Guardó el sobre junto a los documentos que llevaba en su portafolio. Oyó las risas de sus hijos en la mesa.

Dejó el pesado abrigo sobre uno de los sillones y se dirigió hacia donde se encontraban ellos. El aparente sombrío semblante hizo callar a los chicos, quienes conversaban animadamente sobre su día, aunque al instante la cambió:

- ¡Hola papá! – saludaron divertidos los gemelos, al mismo tiempo.

- Tío qué tal – Anisha reprimió sus nervios y el actor no se dio cuenta de aquello.

- Hola a todos, ¿cómo les fue en este día? – preguntó mientras se acercaba a sus hijos dándoles un beso en la frente.

Se sentó al lado de ellos y esperó a que sirvieran su comida. Enfatizó la mirada sobre su hija pero ésta actuó como si nada:

- ¿Hay algo que deba saber, Nicky? – la criatura lo observó en completa calma.

- No, papá. Mamá entró a la escuela pero no me llamaron en ese momento – no dijo más, aunque en el fondo sabía de la reprimenda que le esperaba al enterarse por medio de la directora, de lo sucedido en el colegio.

- ¿Qué dijo tu madre después? – preguntó seriamente Terry.

- Ya no la volví a ver. Al parecer se fue inmediatamente después de hablar con la señora Varney. Llegamos hace rato de la escuela pero ella sigue en su recámara. Creo que está dormida - al oír esto, el actor se quedó pensativo.

Después de merendar, pasó un rato haciendo los deberes escolares con sus hijos y esperó a que se prepararan para ir a la cama.

Le intrigó el hecho de que en todo ese rato la rubia no estuviera presente.

"Seguramente ha estado llorando. Algo supo en el colegio", pensó al momento de leer un cuento a sus vástagos para que durmieran. La expresión angelical en el rostro de su hija mientras ponía atención a lo que les decía, le conmovió ante el solo hecho de pensar en la remota posibilidad de la presencia de una enfermedad mental.

Se quedó sólo con Nicole.

La pequeña estaba feliz de tener a su papá en ese instante con ella. Le contó acerca de sus cursos y de lo feliz que estaba al saber que ya no se sentía mal, como en días anteriores:

- Nunca he querido ofender a mamá. En la mañana estaba muy seria y esperé en vano a que me llamaran a la oficina de la directora. Tal vez no la encontró… - el sorpresivo llanto de su hija le enterneció - ¡no soy mala papi!, ¡no es mi intención hacerles sentir mal todo el tiempo!, ¡no entiendo qué me sucede!, a veces, hay cosas que hago sin que yo sea consciente – el hombre la abrazó mientras besaba su frente. Ocultó el incidente con la directora y su secretaria.

- No eres mala, hija, sin embargo, nos consternan tus reacciones tan agresivas. No eras así antes y sé que es tu mamá quien más te altera. No nos mientas, Nicky. Por favor, no ocultes lo que sientes. Vas a cooperar con el psicólogo en las terapias y me vas a tener al tanto de cómo estás, ¿entendido?, te quiero mucho y estoy muy preocupado por ti. No lo tomes a mal – la arropó en el grueso cobertor rosa y se despidió con un último beso – que descanses.

El empresario teatral salió de la habitación y se topó con Anisha en el pasillo, quien se dirigía a su cuarto con paso lento. Ambos cruzaron una mirada y Terry habló antes de que la joven pudiera retirarse:

- ¿Sucede algo, An?, te noto preocupada – la chica apretó sus manos en señal de nerviosismo. La había sorprendido mientras pensaba en su misterioso descubrimiento.

- Nada, tío. Debo leer mucho y me siento un poco angustiada; es todo – dijo no muy convencida.

- Te deseo mucha suerte. Si tienes problemas con algo, sólo dilo, ahora me retiro, estoy muy cansado.

Terry entró en su cuarto y se preparó para dormir.

Se escurrió delicadamente en las sábanas y Candy no se movió.

Intrigado, se acercó a ella para cerciorarse de que realmente estaba dormida. Su pecho se movía suavemente al compás de su suave respiración. Intuyó que se encontraba fatigada y no quiso despertarla, aunque se dio cuenta de que se había acostado sin desvestirse. "Pecosa dormilona, ni siquiera te pusiste tu bata", pensó para sus adentros el actor, mientras se acomodaba al lado de ella. Ya hablaría al otro día con ella acerca de lo sucedido en el colegio.

Se perdió en sueños sin sentido.