CAPÍTULO XXI

El actor conducía de regreso hacia su residencia, pensando en la velada que acababa de pasar su familia junto al religioso.

Durante el camino hacia la iglesia, habían estado platicando amenamente y le había extendido una invitación especial para el día del estreno al público que ya estaba prácticamente a dos semanas de llevarse a cabo.

La nobleza inglesa los esperaba el próximo fin de semana y el evento lo había sumido en una vorágine de ensayos que apenas y le permitían descansar y pasar algunos breves momentos con su familia. Ese día había sido uno de los escasos instantes en los que podría disfrutarlos durante todo el día.

Él y su esposa habían llevado a sus hijos a un museo y de ahí habían ido a tomar un chocolate con galletas dulces, para complacer los infantiles paladares, rememorando junto a su esposa algunos eventos del pasado en el que ambos se habían conocido en aquel colegio. Trató de no entrar en detalles para evitar afectar a Nicole, quien parecía hipnotizada en ese momento, al oírle narrar sus anécdotas.

De regreso en su hogar, con la comida esperando por su esposa quien había decidido visitar al religioso después de la salida familiar, quiso pasar la tarde armando rompecabezas con sus hijos, en espera de su regreso. Nicholas estaba muy contento y participativo, en tanto que su hermana hablaba sin parar. Había vuelto a ser su hija de siempre y daba gracias al cielo de que los episodios violentos no hubieran vuelto a repetirse.

Hasta que el padre Folsom les visitó esa tarde.

Terry había sentido miedo al ver la mirada de su hija clavada en el religioso, cuando éste había llegado a la casa. El odio y la rabia eran bastante evidentes y temió que en algún momento, la gemela se le fuera encima a golpes. La personalidad de Nicole se había transformado por completo, cosa que no ocurría desde aquel escabroso incidente.

Se había disculpado con el padre durante todo el camino y el hombre se lo había tomado con cierto humor. Se sentía apenado.

Había enfilado el vehículo justo hacia la calle donde vivía y se percató de la densa oscuridad que le envolvía. "¡Qué raro!, cuando salí estaban encendidas", pensó mientas observaba las lámparas apagadas. Se guió con los faros del auto.

Iba acercándose a la casa abandonada, cuando vio a una persona caminando con paso lento como si estuviese herida y al momento de pasar a su lado se llevó el susto de su vida, al reconocer a la figura que andaba vagando: era la desaparecida ama de llaves, quien había volteado a verle con el semblante aterrado.

El empresario se descontroló debido al miedo y a la impresión, por lo que perdió de vista el camino y se fue de lleno contra una barda aledaña a la mansión en ruinas; frenó aparatosamente para poder evitar el accidente y el vehículo se salió del camino, yendo a quedar frente a la entrada del desolado y abandonado lugar.

Descendió del auto de inmediato, tratando de localizar a la mujer que había mirado minutos atrás, pero no la halló. Extrañado, volteó a todas partes, sin localizar rastros de alguien más, cerca de él.

- ¡Theresa! – llamó repetidas veces, pero la mujer ya no estaba - ¿Hay alguien ahí? ¿Se encuentra usted bien? ¡Theresa! – preguntó, tratando de vencer el miedo. Dio un breve recorrido cerca de la abandonada mansión pero no percibió nada fuera de lo normal, sólo un ligero viento que había levantado la seca hojarasca, formando algunos remolinos justo frente al oxidado portón de la abandonada propiedad.

Asustado, regresó rápidamente a su auto y emprendió la marcha rumbo a su casa.

No descansó hasta poner un pie dentro y sentirse seguro dentro de ella. "¡Nuevamente me he dejado llevar por un estúpido temor! ¡Lo he imaginado todo!", se recriminó enojado y se dirigió a su recámara para descansar, puesto que al día siguiente le esperaba una dura jornada de trabajo. Se convenció de que todo había sido producto de su fatigada mente, debido a la cantidad de situaciones difíciles que habían sucedido recientemente en su vida y la de su familia, aunque aún tenía miedo.

Al entrar, vio a Candy, quien le esperaba sentada en su cama, con un libro en la mano. Su rostro reflejaba una alegría forzada. Terry dejó de lado su nerviosismo, intuyendo que se encontraba triste:

- ¿Te has disculpado ante el reverendo por la actitud de Nicky? – preguntó preocupada.

- Sí. Sinceramente, no entiendo qué sucedió si minutos antes no se había quejado de dolor alguno. Creo que debe ir a la iglesia para borrar esa impresión errónea que pudiese llegar a tener del padre Folsom. Me preocupa que le responda de manera muy descortés – Terry se quitó la ropa y se enfundó el pijama. Luchaba por dominar el temblor de su cuerpo frente a ella.

- La semana entrante empezaré a visitarlo un poco más seguido. Me ha hecho mucho bien hablar con él. Fue por eso que hoy lo invité a cenar aprovechando que estaríamos todos reunidos, pero no imaginé que Nicky reaccionara así. Tomaré en cuenta tu sugerencia y la llevaré en estos días a la iglesia para que recapacite un poco y le tenga más confianza – explicó Candy, un poco triste.

- ¿Me he perdido de algo en este rato? – el actor le dio un tierno beso en su frente.

- En absoluto. Creo que la situación ha regresado a su curso y salvo alguna que otra llamada de atención por cosas ligeras, los niños se están adaptando finalmente a su nuevo hogar – su esposa no entró en detalles con respecto al evidente distanciamiento entre ella y su hija.

- ¿Te comentó algo la niña después de que salimos? – el hombre trató, en vano, de no pensar en la imagen de la figura que había visto momentos antes.

- Nada. Los gemelos se durmieron rápidamente y Anisha se retiró de inmediato, con la excusa de que debía estudiar. Hace tiempo que la noto triste. Nicole ya no acude a ella como solía hacerlo. Sé que mi sobrina sufre a causa de esto pero también entiende perfectamente el estado en el que se encuentra mi hija – explicó sin muchas ganas la rubia.

- Las terapias han dado un poco de resultado, ¿no crees, Candy? – expresó un optimismo poco convincente. Afortunadamente para él, su esposa no se había dado cuenta de su estado de ánimo.

- Al menos no se han repetido los episodios tan… violentos – el cuerpo de la rubia se estremeció al pensar en ello.

- Debemos confiar en el psicólogo, pecosa. ¿Tú crees que siga viendo a esa misteriosa mujer?, ya no la ha mencionado. Quizá terminó de entender que está creciendo y necesita rodearse de gente real; además, no ha vuelto a indagar sobre nuestras vidas y eso me ha aliviado bastante – el actor la estrechó más contra él y se quedó pensativo.

- Tienes razón, Terry. Espero que todo vaya mejorando.

Candy se fue quedando dormida poco a poco y su esposo sonrió.

"¿Qué sucedió?, ¿Por qué tuve que imaginar a Theresa ahí? ¡Diablos!, no ha habido noticias de ella; tal parece que se la hubiera tragado la tierra. Además, ella misma dejó constancia de las razones de su ausencia. Seguramente, fue una mala jugada de mi mente. Nicky nos ha puesto a prueba a todos y la obra me tiene demasiado cansado. Creo que la fatiga me está ocasionando serios problemas. Hablaré con Charles para que nos disminuya el ritmo de trabajo", pensó mientras el sueño le iba venciendo por igual.


Los días transcurrieron rápidamente y el día de la siguiente consulta llegó.

Era un lluvioso jueves y la esposa de Terry se hallaba en espera de que el doctor Jaffrey atendiera a su hija. Tenía planeado llevarla hacia la iglesia con el fin de asistir a la misa de ese día, después de la terapia. Ya tenía un par de días participando en algunas labores caritativas de la parroquia, debido a la aparente mejoría de su hija. El padre Folsom se hallaba contento con su aportación. Pasaban buenos momentos platicando.

Nicky se hallaba sumida en la lectura de un libro infantil.

La secretaria las observaba por ratos y la rubia trataba de perderse en una de las tantas revistas que estaban encima de la pequeña mesa de centro. No se habían dirigido la palabra en todo el rato, vaticinando el ya inminente cambio de humor de la chiquilla.

- Adelante – la voz del hombre las hizo regresar al momento.

Se introdujeron silenciosamente al lugar, con una breve sonrisa.

Nicole se sentó en el confortable sillón de espaldas a su madre y Candy permaneció cerca del escritorio del galeno. Tenía el rostro serio y se concentró en las reacciones de su pequeña, frente a las preguntas del doctor:

- ¿Cómo te has sentido en estos días?

- Bien – dijo a secas.

- ¿Qué tal son tus amistades en la escuela? ¿Ha ido mejoran la situación? Me habías comentado que ya te sentías más tranquila últimamente – el doctor Jaffrey sacó su cuaderno y empezó a hacer anotaciones.

- Todavía no tengo amigas. Prefiero irme a la biblioteca a estudiar – la infantil voz se volvió grave.

- ¿Alguna razón en particular? Habíamos platicado de tu integración a las actividades extracurriculares y la posibilidad de crear algún grupo de amiguitas.

- No me interesan ya. Son demasiado… bobaliconas – al decir esto se rió y Candy no supo por qué sintió un fuerte escalofrío en la espalda.

- Vaya. Interesante. ¿Podrías ser más clara con lo que acabas de decir? – el hombre se inclinó un poco más hacia ella, al percibir el retroceso en la actitud infantil.

- Simplemente, pierden el tiempo en tonterías. ¡Todavía juegan con muñecas! – volvió a reír discretamente. La rubia desconoció a su hija. "Jamás la había oído expresarse así, hasta ahora", su temeroso corazón latía desesperadamente.

- ¿A ti que te gusta hacer, Nicky? – la voz monótona del hombre hizo que la chiquilla bostezara a ratos.

- Me gusta pintar y leer. También me divierte el platicar con gente más grande que yo – Nicole no vio la expresión en el rostro de su madre.

- ¿Y qué de tus amistades mayores? – la mirada del psicólogo se agudizó aún más.

- Ya no hay nada de eso. Todo era parte de mi imaginación, ¿no es así? – la gemela le lanzó una mirada de odio al desconcertado hombre.

- Creo que aquí hay un malentendido, Nicole. Nunca he afirmado tal cosa, ¿qué ha sucedido recientemente? ¿Querrías compartirlo conmigo? Creí que ya éramos buenos amigos. Esperaba que te sintieras mucho mejor en Londres y que ya tuvieras más vida social.

La pequeña permaneció callada con la vista en el piso y el psicólogo hizo una discreta seña a Candy de que esperara un poco más. Las infantiles manos se estrujaban unas a otras mientras que una expresión de rabia se iba dibujando en el rostro de la gemela.

- ¡No quiero hablar! – el grito fue anormalmente profundo, haciendo sobresaltar a los presentes.

Repentinamente, un inexplicable olor nauseabundo emergió desde alguna parte del consultorio lo que obligó al doctor Jaffrey, ayudado por la rubia, a dirigirse inmediatamente hacia las ventanas y abrirlas de par en par, mientras los dos adultos llevaban un pañuelo a su nariz para tratar de evitarlo.

Era como si hubiese decenas de animales muertos alrededor de ellos.

El hedor se volvió aún más penetrante y Candy se inclinó debido a las enormes ganas de vomitar. Jamás en su vida había experimentado tan desagradable sensación.

Así como había iniciado el pútrido aroma, había desaparecido.

Al incorporarse de nuevo, se dirigió instintivamente hacia su hija pero se quedó helada al ser testigo, junto al psicólogo, de otro evento sobrenatural: uno de los pisapapeles del escritorio salió volando en dirección hacia ella. El hombre alcanzó a derribarle antes de que el objeto se incrustase en uno de sus ojos. Algunos muebles se deslizaron de un lado a otro del consultorio, haciendo que la pareja buscara protegerse de algún posible accidente.

- ¿Se encuentra bien, señora Grandchester?

- ¿Qué está pasando? – la rubia tenía el pavor en la voz al recordar la grotesca escena reciente, que acababa de suscitarse.

Ambos se voltearon hacia la niña.

Se encontraba sentada en una esquina del enorme sofá, observándoles fijamente. Se le veía enojada y confundida:

- ¿Nicole, te sientes bien? – el doctor Jaffrey se acercó a ella para tratar de tranquilizarla y revisarla.

- ¿Piensan que yo ocasioné esto, verdad? ¿Qué fue mi culpa, no es así?

- Nicky... yo.

- ¡Déjenme sola!

Su voz volvió a ser profunda, lo que les ocasionó un fuerte escalofrió en la espalda. Después, soltó una estruendosa carcajada que le hizo doblarse a causa del esfuerzo. Parecía haber perdido la razón.

- Por favor, espere fuera, señora Grandchester – la voz del doctor le pareció tan lejana, hasta que se dio cuenta de que era empujada por éste fuera del lugar. La secretaria entró inmediatamente a una señal suya y la dejaron sola, en la salita de espera.

"¿Qué fue eso?, ¡Dios mío!, ¿Qué le sucede a mi Nicky?". Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, mientras trataba de contener el llanto. Se sentía asustada… y sola. El tiempo que transcurrió hasta que el doctor se asomó para notificarle del estado de su hija, se le hizo una eternidad.

Caminó ansiosamente durante un largo por todo el lugar. Pensó en Nicholas, en Terry, en Anisha.

- Señora Grandchester – al oír que le llamaban, pudo jurar que había dado un enorme salto hasta la puerta del doctor. Lucía extremadamente cansado.

- ¿Qué sucedió, doctor?, ¡deme una explicación, se lo suplico!, ¡ya no aguanto más!, ¿qué tiene mi hija? ¿Qué acaba de suceder en su consultorio? – se abalanzó hacia él y lloró inconsolablemente.

Por encima de su hombro, pudo ver a la niña dormida sobre el sofá, mientras que la secretaria la observaba con cierto temor.

- No… sabría explicar lo que vi esta tarde. ¿No había tenido este tipo de experiencias en estas últimas semanas? Tuve que darle un sedante. Creí que todo iba avanzando – el hombre la empujó hacia fuera de nueva cuenta y cerró la puerta tras suyo.

- Sus actitudes habían mejorado y mucho. De hecho, creí que las terapias ya comenzaban a surtir efecto y pensé que ya estaba saliendo de todo aquello pero… ¡cielos!, ¡esa cosa...iba hacia mí... y el olor...! – la mujer extrajo el pañuelo y se lo llevó al rostro.

- Tendré que solicitarle unos días para hacer revisar a su hija en el hospital nuevamente. Me gustaría descartar cualquier lesión interna, ¿entiende señora? – las frases le parecieron tan lejanas y no sintió esperanza alguna de que la gemela mejorase con eso.

- Necesito hablar con mi marido. No sé cómo reaccionará cuando le comente lo de… hoy – las imágenes del estreno llegaron a su mente. "Justo en este momento, cuando él necesita estar concentrado en su personaje", el recuerdo del religioso se le presentó como una luz al final del túnel.

- Por ahora le recetaré un medicamento que ayudará a tenerla bajo control, en caso de que se presente la misma situación. Sé que usted fue enfermera, así que le pediré redoble la vigilancia sobre el estado de Nicole y no dude en llamarme si sucede algo inusitado. Espero la respuesta a mi petición tan pronto como la tenga – el galeno se volteó para dirigirse a su escritorio y Candy entro detrás de él.

"Creo que sé a dónde iremos después", pensó con determinación y esperó a que su chofer le ayudara a cargar a su hija.

Sabía que debía ir por Nicholas y Anisha, pero consideró más urgente la condición de la gemela, por lo que pidió las llevaran directamente a la iglesia.

Al salir del edificio donde se localizaba el consultorio, Candy tropezó con una mujer de baja estatura y complexión frágil. Sus ojos se clavaron en los suyos y ambas se disculparon con una sonrisa. En ese instante, el chofer salió sosteniendo el cuerpo de Nicole, cubierto por su saco y la dama la observó sin poder evitar su miedo.

Candy ya se dirigía hacia la puerta trasera, cuando fue detenida por ella:

- ¿Es su hija? – señaló hacia el cuerpo que acomodaba delicadamente Jerome, en la parte trasera.

- Sí, es mi pequeña. Discúlpeme, tengo prisa – la rubia abrió la puerta pero las palabras de la mujer hicieron que se detuviera en seco.

- Su enfermedad no es curable con métodos médicos. Es una perturbación espiritual. Tome mi tarjeta – hurgó en su pequeña bolsa y extrajo una para dársela. La rubia la guardó sin verla, en el suyo, debido a la prisa. Ya necesitaba retirarse – Su hija corre peligro señora. Puedo sentirlo – la mujer parecía hipnotizada por la visión de Nicole dormida.

- ¿Qué quiere decir?, ¿Quién es usted?, ¿Qué es lo que busca al decirme eso?, ¡Aléjese de nosotros! – el temor y el estrés de lo que estaba sucediendo, hicieron que Candy hablara sin un orden preciso.

La dama se quedó en silencio.

La esposa de Terry, al ver su actitud, se molestó y sin decirle nada, se introdujo desesperadamente en el auto, dejando sola a la señora que acababa de topar.

Ésta siguió el auto con la mirada hasta perderlo de vista. Sus ojos reflejaban el miedo al ver partir el coche.


La hija de Annie estaba recostada en su habitación, recordando lo poco que había leído de aquel cuadernillo. Lo tenía en su taburete y lo tomó de nuevo, sin alcanzar a abrirlo.

Su mano temblaba.

Imaginó con horror y tristeza todo lo que probablemente habría acontecido a la pequeña. Lo peor era que no había tenido el valor de abordarlo con sus tíos. Menos ahora, con la situación de Nicky. Volvió a esconderlo.

Estuvo jugando un buen rato con Nicholas, para después salir hacia el jardín con él y caminar un poco, sintiendo el renovador efecto del aire fresco en su rostro, decidiendo después, armar un enorme rompecabezas en el cuarto de juegos.

Evitaron tocar el incómodo tema de Nicole, así como del miedo que sentían al seguir viviendo en ese tenebroso lugar.

Después, cada uno se refugió en su habitación, para hacer sus respectivos deberes. Los empleados ya se habían retirado a sus moradas.

Sobre Theresa seguían sin saber nada.

Ella había estado investigando por su cuenta y pudo enterarse de la vida de la desconocida Susana Marlowe. Afortunadamente, había pasado algo de tiempo en la biblioteca central de la ciudad, en la sección de hemerografía, consultando los periódicos de aquella época.

El encargado del lugar la había mirado de forma extraña.

Le había costado el haberse saltados varias horas de clase, pero su curiosidad era mucho más fuerte.

Consultó varios diarios americanos y de manera sorpresiva, se topó con algunas notas sobre su fugaz trabajo actoral en algunas obras de Shakespeare. Confirmó la relación que había sostenido con Terry, lo que le hizo recordar lo escrito en aquel cuadernillo.

La noticia de su desaparición le daba vueltas en la cabeza, sobre todo, al haber leído las conjeturas sobre su posible deceso y su inesperada relación con esa banda delictiva. Necesitaba saber más sobre la ex actriz.

Sabía que sus tíos podían darle información de primera mano, pero no se animaba a pedírsela, puesto que debía justificarse y no quería hablar aún de su descubrimiento. Además, le sobresaltaba el anormal comportamiento de Nicole, a quien ya prácticamente había dejado de tratar. La desconocía por completo.

Un ruido la distrajo de sus pensamientos: alguien se encontraba caminando sobre el pasillo y creyó que era alguno de los empleados o Nicholas, por lo que esperó a que llamaran a su puerta. Comenzó a sentir frío, mucho, como si se encontrase dentro de un congelador. Podía ver el vaho de su aliento y se aterró por completo, por lo que se dirigió hacia la calefacción, comprobando que esta funcionaba en absoluta normalidad.

Al voltear hacia la puerta, ahogó un grito de pánico al verla abierta y la silueta de Nicholas pasando, justo en ese instante, frente a su habitación. Su instinto protector le hizo correr tras el niño y seguirlo. Se dirigía hacia la última habitación del fondo:

- Nick, aléjate de ahí – pero el pequeño parecía no oírla. Caminaba como si estuviese hipnotizado.

Anisha se desesperó y le siguió hasta verle plantarse frente a la puerta de ese cuarto que tanto miedo le daba y de donde había obtenido ese cuadernillo. El frío era ya insoportable lo que hizo que su cuerpo temblara involuntariamente:

- Nicholas, ¿qué sucede, mi amor? – preguntó con el miedo entrecortando su voz.

El niño volteó a mirarla, y ella, al ver su rostro, dio un paso hacia atrás, espantada: el rostro era blanco como la tiza y los ojos lucían sin vida, vacíos; los labios se torcían en una malsana sonrisa y la expresión de su cara era de diversión. Le señaló hacia el interior del cuarto, y antes de que la chica dijera algo, se introdujo rápidamente en él y la puerta se cerró estrepitosamente.

Dio un grito tan fuerte y cerró los ojos.

Al abrirlos, se dio cuenta que se hallaba de nuevo en su recámara, acostada sobre su cama en la misma postura en la que se encontraba antes. Todo se encontraba en absoluta y perfecta normalidad, como si solo hubiese sido una pesadilla. "Pero estoy segura de que no fue un sueño", ni siquiera sentía frío y la puerta estaba cerrada.

La mansión se hallaba en silencio y se dirigió rápidamente hacia su ventana que daba al jardín, donde observó la inquietante fuente con el gnomo al centro y la fachada de la casa abandonada contigua.

Nuevamente el escalofrío recorrió su espalda y decidió salir en busca de Nicholas. Al atravesar el umbral de su puerta, un fuerte ruido metálico retumbó por toda la mansión.

- ¿An? – la voz del niño le hizo abalanzarse sobre él y meterlo de nueva cuenta a su recámara.

- ¡Gracias al cielo que estás bien!, ¡Qué susto me has dado!, – lo abrazó en su regazo y evitó contarle sobre el angustioso sueño que acababa de tener. Su corazón latía a mil por hora y su frente estaba sudorosa. Su cuerpo temblaba sin que pudiese controlarlo.

- ¿Qué es lo que suena, An?, ¡No me gusta! – Nicholas se aferró a ella con todas sus fuerzas. El ruido era ensordecedor.

- Seguramente algún problema con las tuberías Nicholas, pero estoy contigo, mi amor. No debes de tener miedo. En estas casas grandes, es normal escuchar este tipo de ruidos – la explicación fue más para tranquilizarlo que para creérsela.

- ¡No quiero seguir viviendo aquí!, ¡Este lugar me asusta!, No me siento a gusto. Esas voces, los sueños, todo lo que hemos pasado. ¡Tengo miedo! – se sentaron sobre la cama mientras ella aún lo abrazaba. Trató de calmarlo, estrechándolo aún más entre sus brazos.

- Veremos que se puede hacer, Nic. Porque a mí tampoco me gusta. Por ahora, no podremos decir nada ya que no nos creerían; además, Nicole tiene toda la atención por su comportamiento y tal vez, no sea conveniente que digamos lo que hemos presenciado, cariño. Tus padres andan nerviosos y creo que esto lo haría más difícil para ellos. Lo que podremos hacer, es permanecer juntos lo más que se pueda y si tuviéramos que quedarnos solos, tendremos que idear la manera de poder salir de esta casa mientras no haya nadie aquí. Presiento que algo peor está por suceder – profetizó la joven, mientras su primo la observaba. Después, se quedaron callados al percatarse de que el ruido se había extinguido.

Esperó a que el niño se relajara y se durmiera. Ella se quedó atemorizada y pensativa:

- ¿Dios mío, qué sucede?, ¿Por qué estamos viendo todo esto?, ¿Qué tiene esta maldita casa? – se recostó, con el pánico en la cara, al lado de Nicholas. Sus lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

Esperó a que el sueño llegara pronto.

Las inmensas ganas de volver a Chicago le llegaron de repente.

Ya no le gustaba estar ahí con los Grandchester y quería ver a su familia. Regresar a lo que había vivido antes, en completa calma, pero, Nicholas le preocupaba. Era su única confidente y no se perdonaría el que el gemelo se quedase solo, cuando toda la atención la tenía su hermana en ese momento. Sabía que si le pedía a Candy llevárselo de regreso a América, resultaría en una rotunda negativa de su parte.

"¿Qué hago Dios mío?, ¡Ilumíname por favor!, tengo miedo, ¡no quiero dejarte Nicholas!, pero no sé qué hacer…", con todos esos pensamientos, finalmente se fue quedando dormida.


Los actores se hallaban completamente agotados.

Habían estado ensayando sin parar desde que habían llegado y si acaso, se habían detenido para poder tomar sus alimentos y de ahí proseguir.

Igor estaba ansioso puesto que no tenía noticias aún del vestuario para el estreno y eso le tenía muy molesto. Charles, el asociado de la empresa teatral, se había enclaustrado en su oficina atendiendo llamadas y confirmando la presencia de los histriones a la importante función.

Terry, había intentado convencer al director y su socio de que disminuyeran la carga laboral en vano, recibiendo a cambio la misma respuesta con la justificación de la importancia sobre un buen desempeño ante la realeza británica. Estaban a horas de la función y Charles les había solicitado un último esfuerzo. Había prometido que la recompensa sería benéfica para los actores y la compañía.

A pesar del tremendo cansancio físico y mental, seguía dando lo mejor de sí en cada expresión, en cada frase, en cada escena actuada y el director estaba más que encantado con la disposición de su actor consentido.

Los noveles artistas se acercaban constantemente a él para pedirle alguna ayuda o sugerencia con respecto a sus respectivos personajes y él, gustoso, accedía a mostrarles sus mejores técnicas de actuación.

En un momento de pausa, Terry se había ido a su camerino para descansar un poco y poder regresar con más fuerzas al escenario. El evento angustiante que había atestiguado esa noche frente a la casa abandonada había quedado grabado en su mente como si hubiese sido fruto del cansancio.

El recuerdo de Nicole llegó a su cabeza y le mantuvo pensativo durante todo ese rato. Su socio le alcanzó instantes después:

- Terry, ¿puedo hablar contigo? – preguntó detrás de la puerta. Ante el asentimiento del actor, entró.

- ¿Algún problema, Charles? – el empresario se incorporó cansinamente de su lugar y esperó la respuesta. Su semblante se había tornado serio.

- No quisiera entrometerme en tu vida familiar. Estoy consciente de que hemos tenido una carga de trabajo por demás, excesiva y que debemos estar más que preparados para la función especial que daremos este sábado, pero, dejarte saber, que cuando así lo requieras, puedes contar conmigo para apoyarte en lo que necesites, ahora que tu hija está un poco… indispuesta – la actitud del hombre aparentaba un poco de arrepentimiento. Terry se sintió un poco mal, al recordar aquella noche en que había enviado a su hijo y su sobrina, a su casa, debido a la hospitalización de Nicole.

- Entiendo a lo que te refieres. Ella… ha mostrado una mejoría, aunque seguimos intentando comprender el por qué ha estado comportándose de esa forma. Últimamente, ha estado muy cariñosa y solícita conmigo, tal y como había sido, antes de que llegáramos a Londres – sus palabras ocasionaron que Charles clavara la mirada en él.

- ¿Te arrepientes de haber venido? – la pregunta fue certera, pero sincera.

- En absoluto, sin embargo, a veces pienso, que quizá debí haber tomado a mi familia un poco más en cuenta y fue mi hija la que resintió todo este gran cambio que estábamos realizando. Siempre ha sido rebelde pero jamás había tenido este tipo de actitudes. Mi esposa sufre muchísimo y a veces ha hecho comentarios que me dejan entrever la angustia de saber que todo esto ha sucedido gracias a mi afán de mudarnos de país – el inglés se había sincerado repentinamente, frente a su socio.

Tenían muchos años de conocerse y habían forjado una gran amistad y alianza, aunque había hechos que no eran tan fáciles de abordar, como el de Nicole. Dado que Charles se había enterado aquella noche en que partían con la gemela al hospital, sobre el problema que padecía, Terry consideró necesario el hablar con su amigo sobre su situación, tan compleja, aunque decidió dejar de lado los aspectos sobrenaturales que había presenciado junto a su familia. Hasta él dudaba de lo que sus ojos habían visto.

Lo que más le importaba en aquel instante, era la salud mental de su hija.

- Siento mucho enterarme de todo esto hasta ahora. Sé que lo has manejado con suma discreción y agradezco la confianza que depositas en mí. No tenía idea de la dimensión del problema de Nicole. Después de la obra, puedes tomarte la semana libre hasta un día antes del estreno oficial, ¿qué piensas de ello?; tienes razón, tu hija te necesita y antes que todo, primero está tu familia. De todas formas, las audiciones para escoger y preparar a tu sustituto siguen en curso. El actor estará disponible cuando así lo desees, Terry – el ofrecimiento le tomó por sorpresa y sonrió en señal de agradecimiento. Confiaba en que lo más difícil ya estaba pasando y podría estar más tiempo junto a Candy y Nicole. Realmente, le necesitaban.

- Gracias, amigo. Te lo haré saber con oportunidad. Ahora, continuemos con el ensayo – se dirigieron de nueva cuenta al escenario para proseguir con los preparativos del estreno. Terry se sentía más tranquilo.

Ignoraba lo que acontecía esa misma tarde, en su familia.


El vehículo estaba estacionado cerca de la iglesia y Candy se hallaba a la espera de que el sagrado recinto se desocupara. Su hija seguía inconsciente y la sostenía en su regazo.

Jerome, quien había permanecido en silencio durante todo el trayecto, no pudo evitar la pregunta:

- ¿Es grave lo que tiene la señorita Nicole? – con discreción, la observó por el espejo retrovisor.

- No sabría decírtelo, Jerome.

Candy se quedó callada, intentando tragar el dolor que sentía al recordar el comportamiento de su hija. Las inesperadas palabras de la mujer aún resonaban en sus oídos. Observó el tranquilo semblante de Nicole.

Los agonizantes minutos de espera por fin tuvieron su recompensa. La gente había comenzado a salir en grupos. La rubia se ocultó hábilmente para evitar que la vieran.

Jerome le indicó el momento en que podía salir y así lo hizo. Puso un pie fuera mientras el chofer tomaba el cuerpo de Nicole y se introducían por la parte trasera de la iglesia. No quería llamar la atención de la gente, al ver que su hija iba cubierta de pies a cabeza.

Llegaron hasta la puerta y tocaron suavemente. Una religiosa les observó con cierta desconfianza pero la rubia fue más rápida:

- Necesito ver al padre Folsom – la mujer les dejó pasar y les condujo hasta la oficina del religioso, quien se encontraba en esos momentos, ausente.

- Se encuentra levantando el altar. No tomará mucho tiempo – les dejó solos.

Jerome depositó suavemente el ligero cuerpecito sobre una de las sillas mientras Candy retiraba el saco de su hija. Grande fue su sorpresa, al encontrarse con la profunda mirada de Nicole, quien aparentemente, tenía rato de haber despertado. Olvidó la precisión del doctor Jaffrey sobre el sedante que le habían aplicado, debido a lo desesperante de la situación. Estaba en completo silencio:

- ¿Cómo te sientes, mi amor? – la amorosa voz de su madre pareció no surtir el efecto deseado sobre ella.

- ¿Por qué me has traído aquí? – había cierto temor en la infantil voz cuando se percato del lugar en el que se encontraban.

- Tenía que hablar con el padre Folsom, cariño – la respuesta fue para medir la reacción de la niña.

- ¿Era necesario que yo viniera también? – el reproche tomó por sorpresa tanto a Candy como a Jerome.

- Pasó algo en el consultorio, Nicky. ¿Lo recuerdas? – su madre desvió el rumbo de la conversación. La expresión de Nicole cambió radicalmente al de la niña de siempre. Comenzó a llorar.

- ¿Qué me pasa, mami?, ¿por qué siento esto?, yo… - sollozó antes de hablar –, solo recuerdo que estaba recostada en el sofá, respondiendo al doctor y me dormí. ¿Sucedió algo malo? – ahora era Candy la que lloraba junto a ella.

- Me tienes preocupada, cariño. Quiero que sepas que siempre estaré contigo y te ayudaré en lo que pueda – en ese instante entró el reverendo.

- Buenas tardes, señora Grandchester, joven, Nicky. ¡Qué agradable sorpresa el verles aquí! – el padre se acercó amistosamente a ellos.

- Esperaré fuera – el chofer se despidió con una leve reverencia y salió del lugar, para dejarles solos.

La oficina se había quedado en silencio.

El cura se levantó para pedir bebidas de chocolate y regresó hacia ellas, sonriendo a la gemela. Prestó atención a las trazas de llanto en ambos rostros, pero se reservó comentario alguno:

- Espero te guste nuestra especialidad, Nicky. La hermana Josephine es una excelente cocinera y el chocolate espumoso es una delicia. Generalmente, pone algunas galletas artesanales, sobre todo, cuando ve niños por aquí. ¿Te gusta la idea? – le guiñó un ojo, en complicidad y Nicky sonrió divertida.

- Mi dulce favorito es el chocolate. Mamá a veces cocina un delicioso pastel para nosotros y yo le ayudo a decorarlo, ¿verdad, mami? – la niña contó varias anécdotas que había pasado al lado de ella y Candy la escuchó sorprendida y a la vez triste. "No quiso hablar en la terapia. ¿Qué sucede con ella?", pensó en el reciente acontecimiento.

- Creo que ya somos dos, Nicky. A mí también me encanta el chocolate. De hecho, sucede que a veces, a la hermana se le pierden las galletas que cocina. Sinceramente, no sé cómo puede ser eso posible – el padre hizo una expresión pícara y ambos soltaron la carcajada. La rubia estaba absolutamente contrariada.

La religiosa llegó en ese momento con las bebidas y las pastas, dejándoles a solas después.

- ¿Cómo va todo con su marido, señora Grandchester? – el reverendo no quitaba la vista de la niña, quien estaba absorta tratando de terminar con su chocolate.

- Ha estado bastante ocupado, padre. Han habido varios imprevistos y créame que ha estado bajo mucha presión. Tratamos de hacerle la situación en casa más llevadera – respondió, sin tocar sus alimentos. Nicole la volteó a ver y con la mirada suplicante le pidió permiso para tomarlos ella. Su madre asintió.

- Usted, ¿cómo ha estado? – el reverendo hizo una señal de comprensión al haber notado el rastro de las lágrimas en sus ojos.

- Quería pedirle una disculpa por participar muy poco en las actividades de la iglesia. Todo se ha debido a… cierta situación. Creo que es un lugar hermoso – cambió radicalmente de tema y sus manos se revolvieron un poco inquietas. El religioso la observó sin decir nada.

- ¡Esto está delicioso! – exclamó Nicole, quien había manchado sus labios con la espuma del chocolate. Aquello ocasionó una ligera sonrisa en el padre.

- Creo que ya nos lo has demostrado bastante, Nicky – dijo divertido.

En un inexplicable acto impulsivo, la pequeña se arrojó a los brazos del reverendo, recargando su cabeza en el hombro. El buen hombre solo atinó a corresponderle mientras que veía confundido a Candy:

- ¿Te puedo ayudar en algo, pequeña?

- Me siento en paz con usted, padre – las frases de Nicole fueron serias y la rubia mordió su labio inferior para evitar romper en llanto. No la comprendía en absoluto.

- ¿Quieres dar un paseo para conocer la iglesia? – el hombre buscó la mirada aprobatoria de Candy. Ella asintió levemente.

- Podría ir sola. Mi madre quiere hablar con usted y no dudaría en acercarme a la hermana Josephine para pedirle información, si la llegase a necesitar – Nicole tomó uno de sus rizos y lo acarició con su mano, como si estuviese a punto de cometer una travesura.

- Está bien, nena. Trata de no acabarte todas las galletas. Aquí yo soy el que las hace desaparecer – reprimió una ahogada risa y la gemela le siguió.

Cuando la vieron salir tras la puerta, Candy soltó las lágrimas largamente contenidas mientras el padre la observaba en silencio, esperando a que se desahogara:

- ¿Podría contarme por fin sobre lo que le aqueja, Candice? – el reverendo Folsom se inclinó, en un acto humanitario, hacia ella y escuchó la narración de su interlocutora.

Conforme fue escuchando lo sucedido, la ansiedad le fue invadiendo poco a poco. Las grotescas imágenes del pasado desfilaron una y otra vez, en su mente.

- ¿Padre, me ha oído? – su interlocutora estaba un tanto confundida con su silencio.

- Discúlpeme, Candice. Un viejo recuerdo me llegó de repente. ¿Estaría de acuerdo en que tuviera una plática a solas con su hija? – se llevó la mano a la cabeza, en señal de nerviosismo. Candy lo atribuyó a la naturaleza de su narración.

- ¿Podría ser pronto?

- Tal vez, pasando el estreno de la obra de su esposo. ¿Asistirán los gemelos al evento? – la rubia movió afirmativamente la cabeza.

- Terry ha preparado todo para que estemos presentes en un lugar especial. Quizá podría buscarlo durante la semana en la iglesia junto a mi hija, aprovechando alguna actividad por las tardes, en la que pudiera estar presente Nicky – propuso con expresión dubitativa.

- Sería una buena idea. Podría hablar con ella aquí mismo, en lo que usted se une a las demás religiosas – la cita quedó acordada para ese entonces.

Fueron interrumpidos por la algarabía de la gemela, quien había entrando entonando una alegre melodía, sosteniendo un pequeño ramito de flores blancas en sus manos. Los dos adultos se sonrieron al verla en ese estado y posteriormente, ambas se despidieron de él.

El padre regresó a su oficina y ahí permaneció hasta tarde, cuando una asustada mujer llegó corriendo hasta él haciéndole saltar de su escritorio: era la hermana Josephine, quien se encontraba asustada. Ambos se dirigieron apresuradamente hasta el altar, en donde una profanación acababa de ser realizada:

El rostro de una de las vírgenes de madera tenía el rostro completamente rayado, probablemente hecho con una de las tablillas del piso de alguna de las oficinas. Una inscripción rojiza se hallaba al pie de la misma, cubierta de heces, aparentemente humanas.

Aquello ocasionó un inmenso escalofrío en la espalda del religioso, conforme la fue leyendo:

He vuelto, padre.

S.M.

Un fuerte mareo se apoderó del reverendo Folsom y ya no supo más de sí.

Se había desvanecido.