CAPÍTULO XXVI

La noche del estreno oficial había llegado.

Las luces del escenario se apagaron para dar paso al desarrollo de la obra shakesperiana que se estrenaba esa noche frente a un numeroso auditorio. La gente aplaudió fervientemente cuando el célebre actor Terrence Grandchester arribó al escenario, en su primera escena.

El maquillaje había cubierto por completo los estragos del sufrimiento personal que cargaba a cuestas, a causa del estado de salud de su hija y de todo lo que había descubierto en semanas anteriores, tanto en ese diario, como en la reciente sesión espiritista.

A lo largo de los últimos días, había hecho gala de una extraordinaria voluntad y fuerza para concentrarse en su papel. Su esposa temía que la fuerte carga emocional de lo vivido le produjese algún serio problema, pero no fue así. Los ensayos habían servido como una válvula de escape del infierno en que se había convertido su entorno.

La obra transcurrió en completa calma hasta su desenlace.

Los asistentes aplaudieron a rabiar y vitorearon con ahínco tanto a los actores como a la compañía, por tan grandiosa actuación. Fue Igor quien dio las palabras de agradecimiento a los asistentes a nombre de todos los miembros de la obra, para evitar a Terry la penosa necesidad de hacerlo, dados los problemas personales que le aquejaban en ese instante.

Decenas de flores rojas cayeron al escenario y varios de los artistas se acercaron presurosos a recogerlas. Algunas voces femeninas se volcaron en elogios y palabras de admiración hacia Terry, quien les sonreía forzadamente. Se habló después de una fiesta para celebrar la primera representación.

Todos gritaron de gusto menos él y su socio.

A lo lejos, detrás del telón, Charles supervisaba que todo se llevase a cabo tal y como estaba planeado. No dejaba de pensar en todo lo que había atestiguado y escuchado últimamente. Los sentimientos de culpa le asaltaban a ratos por haberles enviado a esa mansión aparentemente normal, a pesar de que su amigo había insistido en que, finalmente, al tratarse de Susana, el destino era inevitable.

El terrible secreto que encerraba la sombría mansión en la que residía, había sido parcialmente desvelado ante sus ojos, gracias a Jaya, la esposa de su asistente, cuando minutos después de terminada la reunión, él, Igor y Terry, habían irrumpido en esa solitaria habitación secreta donde pasaron horas buscando los restos humanos de una niña, hasta hallarlos dentro de uno de los muros.

La policía ya tomaba cartas en el asunto, siendo notificada a la par del descubrimiento del diario, por lo que sólo restaba confirmar la identidad del cadáver aún a pesar de que la evidencia apuntaba a que se trataba de la hija de Susana Marlowe.

Anticipaba la visita a Terry del odiado detective por lo que, escudado en el compromiso artístico, éste había solicitado de manera expresa que no se le buscara hasta después de la obra. Por fortuna, no había tenido aún contacto con ese hombre.

El empresario no cesaba de sorprenderse al ir atando cabos con la última información proporcionada por esa peculiar mujer; aunque viendo las cosas, lo primordial era devolver la paz y tranquilidad que tanto habían afectado a todos los miembros de su familia, a como diera lugar.

El remordimiento le perseguía de manera constante.

Sus manos temblaron por un momento, al dirigirse hacia uno de los oscuros pasillos que daban a las oficinas generales, a donde había asistido en busca de su agenda. Un súbito miedo se apoderó de él conforme se iba adentrando en ese solitario pasillo del inmenso teatro, sin embargo, la necesitaba para poder hacer anotaciones sobre algunos pendientes que debía saldar para la siguiente semana. Ahora, se arrepentía de haber tomado la oficina que se hallaba al final de todas.

Al pasar por donde se encontraban los camerinos, pudo distinguir una silueta alta, dada la escasa iluminación del lugar. La figura parecía corresponder a la de un hombre, aunque no estaba seguro. Trató de vencer su miedo y se acercó a la misma:

- ¡Hey!, ¿le puedo ayudar en algo? – su voz sonó amistosa.

La sombra se movió y caminó hacia él, tan silenciosamente como si flotase. Charles sintió que su corazón estallaría del susto:

- Busco a Terrence Grandchester – era un hombre. No fue sino hasta que estuvo frente al empresario, que pudo observar su rostro. Nunca le había visto.

- Me llamo Charles Burlington, soy el socio de la persona a la que busca – extendió su mano temblorosa.

- Soy Albert Andrey, encantado. He estado buscando a su familia pero no les he visto por ningún lado, creí que estarían aquí. Les he querido dar una sorpresa – el magnate americano sonrió con sencillez disipando todo sentimiento de miedo de su interlocutor.

- Su familia no ha podido asistir. Tal vez sea conveniente que le lleve directamente con Terry. Él le dará todos los detalles – las palabras de Charles transformaron por completo el semblante de Albert.

- ¿Sucede algo grave?

No tuvo respuesta. Se limitó a seguir al socio de su amigo a quien halló platicando con algunas personas. Una incierta sensación en su interior le puso en alerta. Charles le pidió esperar en un rincón del teatro.

- Discúlpennos caballeros, necesito hablar con el señor Grandchester - Charles se acercó con paso presuroso y rescató al actor.

Al estar a solas con él, le señaló hacia donde estaba Albert y Terry se llevó una enorme sorpresa al verle ahí:

- ¡Santo cielo, Albert!, ¡no puedo creerlo!, ¡me da mucho gusto verte! – Terry le dio un aprensivo y rápido abrazo, para conducirle posteriormente hacia su camerino, intentando sonar convincente, aunque por dentro fuese lo contrario. Las cosas se iban haciendo cada vez, más complejas.

- Quise sorprenderles aprovechando que debía atender algunos asuntos de mi empresa en Londres. Todos les envían saludos, sobre todo Annie y Archie, quienes están ansiosos por ver a su hija. Por cierto, te felicito por tu distinguida actuación. Siempre será un placer verte sobre los escenarios. ¿Dónde están mis sobrinos y Candy? – Albert se calló al ver el compungido rostro del actor.

- Tenemos que hablar – la voz de Terry se apagó.

- ¿Les pasó algo? – el rubio se alarmó ante su actitud.

El sombrío ambiente que les rodeaba se hizo aún más denso mientras Terry meditaba sobre la forma en que le comentaría acerca de la espantosa situación en la que se encontraba su familia y sobre todo, Nicole.


Un hombre se hallaba postrado sobre su escritorio en aquella austera oficina, rodeado de pilas de papeles por doquier, tratando de hilar algunos acontecimientos que hasta ese momento le estaban complicando su trabajo de investigación.

El hallazgo del aún desconocido cadáver en casa de los Grandchester venía a complicarle el panorama. Eran tantas las preguntas que surgían en su cabeza.

Aún recordaba el comentario de la esposa del actor relacionado con Susana Marlowe y su posible hija, pero dada la reiterante negativa del actor a ser interrogado antes del estreno oficial, había debido aplazar la visita hasta que éste estuviera disponible.

Jack Walker estaba molesto consigo por no haber podido llegar más allá, cuando había intentado entrevistarse con el médico que trataba a la primogénita de la familia, como alternativa a su investigación. Éste se había disculpado aduciendo una interminable junta y al final, había terminado por mandar a su secretaria a notificarle que sería imposible verle.

El detective no quiso volver a insistir, aunque aprovechó la oportunidad para escabullirse dentro del nosocomio, con la esperanza de conocer a la primogénita de los Grandchester, siendo descubierto por una enfermera que había adoptado una actitud defensiva hacia él, al oírle preguntar por esa paciente. Aunque había tratado de disculparse tardíamente por su impulsiva conducta, la mujer le sacó del hospital, con la petición de no volver a presentarse a no ser que le acusaran de algún tipo de acoso hacia la pequeña hija del célebre histrión.

Antes de que la situación pasase a mayores a ojos de su supervisor y dada la falta de avances en la línea que investigaba, decidió hacer una fugaz visita a la casa de la familia Grandchester con la esperanza de poder obtener algún nuevo dato que le llevase a aclarar un poco más la confusa situación, aprovechando el estreno de la obra previsto para esa noche.

No habría nadie en el lugar y él tendría oportunidad de investigar a profundidad el sitio.

En caso de que encontrase a alguien, se había propuesto llegar con la actitud más amistosa posible para evitar otro altercado con los acongojados padres basándose en el apoyo emocional que él estuviese dispuesto a brindar, dentro de sus posibilidades.

Tomó su grueso abrigo, dado el gélido clima que predominaba ya en esos días y enfiló hacia la mansión, en su viejo auto. Iba pensando en el argumento que les daría para poder tener más detalles e irlos hilando.

Durante el camino, observó a lo lejos las nubes negras que se iban arremolinando como presagio de una inminente y fuerte tormenta, esa fría noche. Blancos destellos en el oscuro firmamento le incitaron a aumentar un poco la velocidad del vehículo.

Al llegar a la solitaria avenida residencial que daba hacia la mansión de los Grandchester un ligero escalofrío recorrió su espalda sin saber el origen de la incómoda sensación. Paseó su mirada sobre la fachada de las aisladas casas hasta que llegó a su destino.

El auto se detuvo frente a la lujosa reja cerrada y el detective se quedó pensativo, mientras observaba hacia la casa. "Al parecer, no hay nadie presente", pensó al abrir la puerta del auto y acercarse a echar un vistazo.

El ligero silbido del viento y las gruesas gotas de lluvia le obligaron a regresar de nueva al vehículo. Esperó a que amainara un poco la tormenta para emprender el viaje de regreso. Se maldijo a sí mismo. Todo había sido en vano.

Por el rabillo del ojo atisbo un breve movimiento, como si algo se ocultase rápidamente de su vista. Al voltear, su mirada se topó con la derruida fachada de la casa contigua. Aquella donde se habían dado los trágicos acontecimientos algunos años atrás.

El detective Walker encendió su auto y se aproximó a la sombría mansión en ruinas.

Por un segundo, creyó haber visto a alguien saltar hacia su interior. Con sus sentidos en alerta y la mano en un costado, empuñando fuertemente su arma, descendió del auto y llegó hasta la vieja cerca de metal oxidado, guiado por las luces de su vehículo. Había algunos alambres circulares de púas esparcidos alrededor, por lo que tuvo cuidado al cruzarlos, a pesar de la escasa visibilidad que tenía con su vieja lámpara de mano.

La lluvia había menguado un poco.

- ¿Quién está ahí?

El ruido del viento colándose por las ventanas rotas hizo crujir la madera, sobresaltando al policía. El hombre volvió a hacer la pregunta y un pesado silencio le envolvió.

La falta de luz evidenciaba la nula visibilidad hacia el interior de la casa y decidió alejarse. "Podría haber sido algún animal. Debo retirarme, este lugar no es seguro", meditó pero en ese instante, un fuerte vuelco en el estomago le hizo detenerse en seco.

Un leve murmullo llegó a sus oídos. Aparentemente había alguien en uno de los costados del enorme jardín repleto de hojas y troncos muertos. Al irse acercando, divisó un pequeño montículo cubierto de más hojas y basura. Otra vez, escuchó un susurro.

Al prestar atención en el sonido, comprendió que era un quejido femenino que provenía de aquella parte.

Se puso en máxima alerta y llego hasta el desolado sitio apuntando con el arma hacia todas partes.

Gritó de nuevo.

Un nauseabundo olor llenó sus fosas nasales, haciéndole retroceder momentáneamente, en un intento por contener las fuertes náuseas. Con sumo esfuerzo venció el asco que le invadía y llegó hasta dicho montículo, esparciendo con los pies un poco de hojas y observando en su interior una figura humana en avanzado estado de descomposición. Un enjambre de moscas sobrevolaba por encima del cuerpo.

Con el pie sacudió uno de los brazos al mismo instante en que su corazón comenzaba a latir descontroladamente.

Emergieron lombrices del interior del destrozado tórax. El rostro era una masa sanguinolenta y los escasos jirones de piel y sangre seca se hallaban esparcidos alrededor del mismo, poniendo en evidencia la saña con la que había sido asesinada esa persona. Algunos mechones de cabello blanco enmarcaban el aún visible rostro femenino.

- ¡Dios mío! – el detective retrocedió un poco, en un afán por evitar las enormes ansias de vomitar. Aquello había sido demasiado para él.

Decidió ir de inmediato a la comisaría para notificar el hallazgo del cadáver en la abandonada mansión. Posteriormente, uno de los policías que participaba en el traslado del cuerpo, reconoció casi instantáneamente la identidad de la persona.

Casualmente, esa misma mañana, ese oficial había recibido a una joven que buscaba a su madre, después de varias semanas de no tener noticias de ella. Le había dejado una fotografía suya para efectos de su búsqueda.

El detective Walker se llevó las manos a la cabeza en una señal de desesperación y sorpresa al ver la fotografía que su colega le extendía.

La situación estaba tornándose cada vez más confusa y complicada:

Se trataba de Theresa Straub, el ama de llaves de los Grandchester.


Candy se hallaba esa noche en el hospital junto a su hija, quien le observaba en absoluto silencio, haciéndole sentir incómoda. Había desistido de acompañar en el estreno a su marido, dada la peculiar situación que quejaba a su hija.

El rostro de Nicole lucía demacrado y con tono macilento, en donde resaltaban las enormes ojeras productos de días de insomnio completo. Sus labios se habían resecado y su mirada era vacía, sin vida. Había perdido peso a pesar de los esfuerzos que realizaba el personal médico para hacerla comer.

Era alimentada a través del suero intravenoso.

En vano había intentado hablar con su hija, lo que había acentuado aun más la sensación de rechazo hacia ella. Se sentía derrotada e impotente ante la indiferencia de Nicole para con ella. A pesar de todo, no había desistido en las visitas al nosocomio para continuar asistiéndola en lo que pudiese.

Una enfermera entró en ese momento haciéndole olvidar un poco su pena. Era una mujer de edad madura y de rasgos orientales. Llevaba una jeringa y se acercó a la niña, entablando una breve conversación con su madre:

- Buenos días, señora Grandchester, ¿cómo le ha ido?

- Hola – la respuesta fue corta y sin ánimo de proseguir. La enfermera prosiguió como si nada pasase.

- Esta vez Nicky no se ha portado muy bien que digamos. Le he insistido en que debe alimentarse para que pueda salir lo más pronto de aquí. Debe de ser aburrido no poder jugar con sus amiguitas y pasar menos tiempo en la escuela. Tiene que ser fuerte para poder curarse y salir pronto – las palabras fueron dirigidas a la pequeña, quien no mostró reacción alguna.

- Mi amor – Candy se colocó a su lado y le dio un beso en la frente. Acarició un poco sus rizos y le sonrió. Nicole permaneció igual.

- Esperemos que muestre una pronta mejoría, señora. Es una pena que una criatura tan bella e inocente viva una situación así, tan difícil. Rezaré y pediré a Dios Nuestro Señor que vele y cuide por ella. En Su Misericordia y Compasión nuestros problemas encuentran refugio y solución. Todo saldrá bien.

- Saldré por un café. Regreso en un momento.

Ante el asentimiento de la enfermera, Candy se dirigió hacia la pequeña cafetería del lugar.

Se acercó al enorme ventanal del lugar y observó el jardín, rememorando aquellos días cuando todo era paz y felicidad en aquel hospital de Chicago. El recuerdo de Mary Jeanne le hizo sonreír.

¡Cuánto hubiera dado por tenerla a su lado en aquellos duros instantes!

Ubicó una pequeña mesa en una de las esquinas del local y esperó a terminar con su bebida, mientras observaba a las escasas personas que entraban y salían de la cafetería, de manera constante. Por primera vez en mucho tiempo, añoró los antiguos días en los que laboraba en un ambiente como aquel. Las imágenes de Flammy, Nancy y el doctor Martin llegaron a su cabeza, haciéndole llorar.

¡Qué diferente era todo en ese entonces!

Involuntariamente, su pasado desfiló en su mente recordando la fuerza que la había sacado adelante en esos tiempos aciagos en los que la tragedia parecía acecharle a cada paso que daba, demostrándole su propia fortaleza.

"¡Y ahora todo parece tan complicado! ¡Dios mío, ayúdame! ¡A veces creo que no podré continuar!", pensó con infinita tristeza. Los rostros de Stear y Anthony parecieron reflejarse en el oscuro vidrio a medida que ella les iba rememorando.

Algo en su interior llenó su corazón de esperanza, haciéndole creer que no todo estaba perdido. Alguna solución tendría que presentarse tarde o temprano. Le costaba creer que la vida misma se ensañaría con ella después de todas las pruebas que había enfrentado a lo largo de su corta existencia.

Decidió regresar a lado de su hija.

Al entrar en la habitación, intentó entablar una conversación con ella de nueva cuenta:

- ¿Cómo te sientes, mi amor? – arregló un poco los castaños bucles desordenados. Su mirada expresaba el ferviente amor que le profesaba, aún a pesar del evidente rechazo hacia su persona.

- ¡Quiero irme de aquí! – el sorpresivo grito le hizo dar un brinco del susto.

- Nicky, pronto pasará todo este mal rato. Sólo debes cooperar con los médicos, cariño. Te hemos estado preparando una sorpresa para cuando salgas del hospital – su madre intentó apaciguar la rabia de su hija.

- ¿Por qué, mami? ¿Por qué me pasa todo esto? – la chiquilla lloró inconsolablemente ante la incrédula expresión de su madre quien creyó reconocer por un fugaz instante, a su Nicole de siempre. La alegría renació en su pecho.

- ¡Mi amor! ¡No sabemos lo qué te ocurre! ¡Todavía esperamos una confirmación del doctor! ¡Me duele tanto verte en este estado! – la estrechó en su pecho y acarició la cabecita -. ¿Qué sientes, mi vida? ¿Qué te ha hecho actuar así?

- Mami, yo... no quiero que pienses que te odio. Sé que te he dicho cosas muy feas y que sufres por mi culpa. Yo... te amo tanto, es sólo que a veces... – paró por un momento, como si meditase lo que estaba a punto de decir – son pensamientos que llegan a mi cabeza y me hacen actuar de esa manera, sin que yo pueda evitarlo. En otras ocasiones, es como si cayera en un profundo sueño, olvidando lo que hago. Creo que debo decirte la verdad. Hay algo importante que necesitas saber – le observó con determinación, intrigando a la rubia.

- ¿Qué quieres decir, Nicky?

- Cuando veníamos hacia Londres, conocí a una mujer rubia en el barco... – y la niña le narró con lujo de detalle todo lo que había vivido desde entonces. Desde su primer encuentro con Sue hasta la última aparición de la siniestra mujer en el hospital. Cuando le narró lo acontecido en la casa abandonada, su madre no pudo evitar las lágrimas al confirmar hasta que punto había sido envenenado el corazón de su hija.

- Nicky, cuando yo me casé con tu padre, él ya se había separado de Susana. Ustedes no habían nacido siquiera cuando los problemas con ella comenzaron. Te ha mentido en todo este tiempo.

- ¡Mami, perdóname por haber dudado de ti! ¡Muy en el fondo sabía que no eras mala! ¡Soy una tonta! ¿Cómo pude creerle? – se aferró a su talle con desesperación, rompiendo el corazón de la mujer.

- ¡No podías saberlo, cariño! ¡No es tu culpa! ¡No te martirices por eso!

La madre estaba aterrada y a la vez furiosa al oír todo aquello. Tenía tantas ganas de desquitarse con alguien por saber que su hija había sido utilizada y a la vez herida en esa situación tan estresante. Su sangre hirvió de coraje al recordar a la antigua ex actriz. "¡Esto nunca te lo perdonaré, Susana!", pensó mientras abrazaba a Nicole.

No supo cuánto tiempo pasó, hasta que notó a su primogénita dormida. Con ternura la arropó y la recostó sobre la cama, mientras observaba con ternura el infantil rostro dormido.

Una enfermera entró a verificar que todo estuviera bien.

Candy la dejó hacer mientras se alejaba hacia la ventana, meditando sobre todo lo que acababa de escuchar. Era tan doloroso todo aquello. Reprimió las lágrimas al ver que la otra persona seguía ahí.

- Aparentemente todo está bien – la muchacha se acercó a su lado mientras tomaba una charola con medicamentos.

- Ojalá pueda salir pronto de aquí.

- No pierda la fe, señora – Candy sonrió levemente.

- ¡A veces es tan difícil!

- Es una jovencita muy fuerte. No dude en su fuerza. Saldrá adelante.

Un ligero movimiento en la cama de la paciente les hizo voltear.

Nicole tenía las manos en el cuello. Su respiración se agitaba de manera alarmante. Buscó con desesperación, a su madre:

- ¡Ma…má!

La frase salió entrecortada y Candy se abalanzó sobre su hija en un intento por ayudarla.

Los gritos de las mujeres aumentaron al salir volando sorpresivamente por los aires, como si hubiesen sido expulsadas de un certero golpe. Ambas fueron a dar de bruces contra la pared y la puerta se cerró con estrépito.

- ¡Dios santo! ¿Qué está pasando?

La niña luchaba contra algo invisible que le estaba atacando. Sus manos se alzaban hacia la nada, en un vano esfuerzo de separar aquello que le estaba asfixiando.

La temperatura en el ambiente había bajado considerablemente.

- ¡Ayu... da! – el grito apenas y fue perceptible por su madre, quien haciendo acopio de una extraordinaria fuerza, volvió a acercarse a ella para poder auxiliarle.

- ¡Aquí estoy, mi vida! ¿Qué te sucede? – la rubia observó, con horror, como los labios de la chiquilla se iban tornando morados a causa de la dificultad para respirar. Su angustiante mirada llena de lágrimas se posó sobre ella y con esfuerzos, habló:

- ¡Es... ella!

- ¿De qué hablas, Nicky?- lo que escuchó a continuación, la dejó helada:

- ¡... Sue! – la niña se desmayó, dejándole alarmada.

- ¡Nicky! – Candy dejó salir un grito de espanto al ver lo que ocurría con su hija.

- ¡Qué alguien nos ayude! – la enfermera corrió hasta la puerta, pero ésta nunca pudo abrirse.

Los objetos y muebles que se hallaban alrededor de ellas comenzaron a moverse y flotar por sí mismos.

Ambas observaron con horror, como el cuerpo de Nicole se iba levantando apoyándose solamente en sus talones, permaneciendo en un ángulo de 45 grados durante algunos segundos, completamente rígido -algo humanamente imposible -, tiempo que a ambas mujeres les pareció una eternidad. Al final, se desplomó sobre la cama, como si fuese una muñeca de trapo.

La puerta se abrió de un golpe.

Era el doctor Pavlov, quien había entrado apresuradamente, seguido de otra enfermera. Por unos segundos, había alcanzado a atisbar lo que Nicole había hecho. Enarcó una ceja, confundido, mientras se acercaba a revisarla.

- Se ha desmayado. Hace mucho frío aquí. Necesito que me traigan lo siguiente – y el doctor dio indicaciones a la asistente profesional. Después, se acercó a Candy quien lloraba inconsolablemente.

- Necesito que salga en este instante. La veré en mi consultorio en unos minutos – la tomó de los hombros y la guió hacia la puerta.

La esposa de Terry asintió en completo silencio, como autómata.

El médico se acercó de nueva cuenta a la chiquilla, quien ya era auxiliada por la asistente y la auscultó minuciosamente. Su respiración se fue normalizando gracias al oportuno cuidado y observó con curiosidad su enferma apariencia.

Pasado un par de horas, la niña fue despertando lentamente, con un rictus de dolor en el rostro:

- Nicole, ¿te sientes mejor? – ella no respondió.

Estaba intrigado.

- ¿Qué sientes?

Le siguieron interminables minutos de incómodo silencio. La mirada de la niña parecía la de una demente perdida en sus pensamientos.

- ¿Nicole? ¿Me oyes? – el médico pasó una lucecita por los ojos, en espera de alguna reacción. Se volteó hacia la enfermera.

- Necesito que vaya por un sedante.

La mujer asintió y él esperó pacientemente a que le respondiera.

Nada.

- ¡Nicole! ¡Responde!

De manera sorpresiva, la hija del célebre actor volteó a verle. Su expresión lucía vacía, sin vida.

- No podrá ayudarme. Estoy tan perdida al igual que su sobrina – respondió como autómata.

- ¿De qué hablas?

- Aquella chica que tuvo un horrible accidente y a la que usted no pudo salvar. Será lo mismo conmigo. Voy a morir – su mirada perdida se detuvo en un punto imaginario de su cama.

Con la contrariedad en el rostro, iba a decir algo pero la enfermera entró en ese instante, para administrarle un sedante. Cuando se cercioró de que efectivamente se había quedado dormida, el doctor Pavlov se encerró en su despacho para discutir con Candice Grandchester sobre el anormal estado de su hija.

Le había dejado contrariado lo que acababa de atestiguar.

- Siento la demora. ¿Se siente mejor? – trato de ocultar su nerviosismo y su enojo.

- ¿Qué le pasa, doctor? – su madre sacó un pañuelo y secó las abundantes lágrimas.

- Esto fue un ataque prolongado de histerismo. Siento que haya sido parte de este incómodo momento. Creí que ya estaría controlado – el psiquiatra matizó sus palabras.

- Por favor, deme una razón comprensible. Se lo suplico, ¡ya no soporto esta situación! – las fuerzas de la rubia se debilitaron, dejándose caer sobre el escritorio del médico.

- Tendremos que seguir tomando más muestras de sangre y continuar con otras pruebas para descartar una lesión física en el cerebro – su vista se concentró en la reacción de la mujer.

- ¿Y eso también aplica a todo lo que sucede a su alrededor? ¡Es increíble! Han hecho lo que han querido con ella y seguimos igual o inclusive peor que al principio. ¡Esto ya es demasiado! – le gritó desesperadamente.

- Señora Grandchester, le prometo que éstas serán las últimas pruebas que le hagamos. Si pasado esto, vemos que sigue mostrando este tipo de comportamiento, entonces, tendremos una junta con usted y su esposo para exponerle el caso y la sugerencia que podríamos darle, pero hasta ese entonces, por favor, confíe en nosotros – el hombre tomó afectuosamente su mano, hablando lo más tranquilamente posible para seguir obteniendo su autorización, aunque en el fondo, ni siquiera él mismo podía dar una explicación convincente a lo que estaba sucediendo.

- ¡Me duele ver a mi bebé en esa condición! ¡Me siento impotente de no poder ayudarla! ¡Ya no sé qué mas hacer!

- Por favor, Candice. Seamos pacientes y créame que su hija se ha convertido en una prioridad para todos nosotros.

- ¿Podría quedarme esta noche a su lado?

- No es recomendable.

- Por favor. Aunque duerma en otro cuarto. No me quiero alejar de ella.

- Lo siento, pero no es posible.

- Al menos déjeme esperar a que venga mi marido por mí.

- El tiempo que sea necesario pero no puede estar en el cuarto con su hija. La situación podría volverse delicada. Confíe en nosotros. Hay algo que quiero preguntarle – cambió de tema mientras aclaraba un poco su garganta antes de proseguir-. ¿Usted sabía algo sobre mí, antes de que me contactara?

- No. Fue su psicólogo el que recomendó sus servicios. Depositó sus esperanzas en usted para que pudiese curar a mi hija. Él me dio sus datos de contacto. ¿Por qué lo pregunta?

- Porque hay algo que me tiene inquieto en este momento. Verá, yo soy casado y tengo familia desde hace varios años. Mi mujer tiene una hermana que acaba de tener una pérdida irreparable: su hija falleció hace seis meses en un accidente automovilístico y hemos tratado de recuperarnos de su pérdida. Tenía veinte años – sin entrar en detalles, la mirada del médico se ensombreció al recordar la cruel referencia.

- Lo siento mucho, doctor Pavlov, no lo sabía. Mi sincero pésame. ¿Por qué me comenta esto tan doloroso? – Candy no alcanzaba a comprender hasta donde quería llegar.

- Porque Nicole lo sabía – se guardó la manera en que se lo había comentado.

Ambos se quedaron en silencio.


- ¡Tío Albert! – un adormilado Nicholas se arrojó a los brazos de Albert.

- ¡Qué gusto verte, Nick! ¿Cómo estas, hijo? – le devolvió el saludo su tío, con una breve caricia en la cabeza.

El gemelo le narró rápidamente algunas de sus aventuras junto a sus nuevos amigos y lo mucho que extrañaba su antigua vida en América. Su expresión se transformó o en un rictus de tristeza cuando recordó a su hermana y Albert no la pasó por alto.

- No estés triste, cariño. Anisha se encuentra aquí y estoy seguro que te consiente demasiado. Por cierto, ¿donde está ella?

Volteó hacia la puerta de la sala y divisó la delgada figura de la hija de Annie, enfundada en su pijama. Enormes ojeras y rastros de llanto fue lo que percibió en su rostro, a pesar de la débil sonrisa que asomaba a sus labios.

- ¿Acaso no piensas saludar? Tus padres están ansiosos por verte de nuevo. Te echan mucho de menos – se calló al verla llorando.

Terry, quien había permanecido en silencio todo ese momento, creyó oportuno intervenir.

- Tal vez sea mejor que descanses un poco, An. Ya es muy tarde y deben dormir. Hemos pasado días muy complicados.

Regresó hacia la sala, acompañado de Albert.

- Por fin podremos hablar. Creo que la situación de mi hija se ha agravado. Candy acaba de llamar del hospital… – las frases se quedaron en el aire ante un Albert asustado.

- ¿Qué le ha pasado a Nicole? ¡Por Dios, necesito saber qué está sucediendo, Terry!

- Tranquilízate, te contaré la verdad, pero antes, necesito que manejes esta situación en estricta confidencialidad. Ni siquiera los demás miembros de tu familia deben saber lo que esta sucediéndonos en este instante – el rubio se quedó aun más confundido.

- ¿Nicole está gravemente enferma?

- Desde que llegamos a Inglaterra, mi hija cambió radicalmente su forma de ser. Lo atribuimos a la rebeldía propia de su edad, sin embargo, las cosas fueron empeorando. En un principio, Candy intentó acercarse lo más amigablemente a ella, pero la rechazó por completo. Era como si la sola presencia de su madre acrecentara su coraje y tal vez su odio, hacia ella. En la escuela hubo algunos incidentes que pusieron de manifiesto su mala conducta y aunque su madre ha intentado por todos los medios, de conocer lo que sucede con nuestra hija, no hemos tenido respuesta alguna. Hemos debido recurrir a ayuda médica y por el momento la atienden un psicólogo y un psiquiatra. Recientemente comenzó a tener alucinaciones y ahora hasta una amiga invisible se ha metido en su mente, haciéndole inventar cosas. Lo que no me queda claro es la forma en que Nicky ha podido tener información relacionada con nuestras vidas pasadas – el angustiado padre habló sin un orden preciso, sin embargo, no fue interrumpido – Mi hija ha manifestado situaciones anormales que nos han hecho temer lo peor, Albert: que mi Nicole sufra de una desviación mental. Realmente, la desconocerías si la vieras en este instante.

- Terry, no tenía idea de lo que estaban sufriendo en este instante. Las cartas de Candy han sido tan diferentes cuando me cuenta como lo están pasando aquí. ¡No imagino el sufrimiento que ella ha estado ocultando durante todo este tiempo! – el rubio se colocó al lado del actor y le dio un afectuoso golpe en el hombro – pero creo que no alcanzo a comprender del todo. Has dicho que tu hija se transformó al llegar a Inglaterra. ¿En qué te basas para afirmar eso?, además no entiendo eso de que conoce de tu pasado.

- Discúlpame, Albert, creo que fui muy rápidamente. Debí haberte explicado el inicio de esta situación que involucra a Susana Marlowe – la sola mención de ese nombre hizo abrir al magnate los ojos desmesuradamente.

Terry le fue explicando con más tranquilidad los acontecimientos que se habían originado desde la travesía en barco antes de llegar a Inglaterra hasta el instante en que habían decidido internar a Nicole. Su interlocutor no pudo ocultar su sorpresa ante todo lo que estaba escuchando.

En ese preciso momento, la puerta de la biblioteca se abrió intempestivamente. Era Charles quien iba llegando del evento, con el semblante de preocupación:

- ¡Llegó un policía al teatro, Terry! Habló con uno de los tramoyistas y lo refirieron conmigo. Me buscó en la recepción – habló atropelladamente.

- ¿Le pasó algo a mi esposa o mi hija? – el actor se abalanzó nervioso sobre él.

- No. Es algo relacionado con esa maldita casa abandonada. Le expliqué que no estabas presente en la fiesta. Me temo que no son buenas noticias.

- ¿Sigue molestando ese estúpido detective a mi familia? – el histrión vociferó, mientras Albert trataba de tranquilizarle.

- Encontraron hace unas horas, un cadáver en el interior de esa casa. Al parecer, se trata de tu ex ama de llaves, Theresa.

Aquello fue demasiado para el esposo de Candy, después de todas las presiones a las que se había visto sometido.

Su mente le envolvió en una absoluta oscuridad.

Charles permaneció a su lado mientras Albert salía apresuradamente de la casa.


Candy estaba sentada frente a la puerta de la habitación donde se hallaba su hija.

El doctor había terminado de explicarle el siguiente procedimiento que llevarían a cabo con ella y aunque intentó entender y creer que todo saldría bien, no logró hacerlo. Su mente divagaba entre tantas preocupaciones y los macabros hechos que había atestiguado horas antes.

Esperaba a que su marido pasara a buscarle. "¿Dónde estás? Estoy tan cansada", la imagen de Terry llegó a su mente justo en el instante en que imploraba por un poco de consuelo en esos angustiantes momentos.

Decidió relajarse y puso su mente en blanco, conteniendo las enormes ganas de llorar.

Ocultó su rostro con sus manos.

- ¿Candy?

La voz resonó en su cabeza e intentó reconocerla.

Al levantar la mirada y dirigirla hacia la persona que le buscaba, soltó un pequeño grito de sorpresa mientras se lanzaba a su encuentro:

- ¡Albert!

La rubia repitió su nombre tantas veces sin atinar a decir algo más. Se desahogó en el regazo masculino hasta que sintió desfallecer. Él la sostuvo y la dirigió hacia la silla más próxima.

Su hija adoptiva le observaba, incrédula:

- ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué no nos avisaste? ¡Oh, cielos!, ¡han pasado tantas cosas desde la última vez que nos vimos! ¿Y mi marido? – le buscó rápidamente con la mirada y su rostro contrariado se dirigió al de Albert.

- Terry decidió quedarse en casa ya que llegó agotado, Me permití venir a buscarte después de que me describiera lo que está sucediendo. Lo siento mucho; jamás creí que Nicky pudiera pasar por una situación tan difícil. Tienen que ser fuertes – el empresario la tomó de las manos y la observó fijamente – su hija les necesita más que nunca en este momento, y la fe que tengan en su pronta recuperación le hará salir de esta enfermedad.

Candy clavó su mirada en él y respondió con el temor desencajando su rostro:

- ¿Te ha descrito Terry lo que ha pasado?, es decir, ¿los detalles? – el joven abuelo William asintió y trató de transmitirle la mayor tranquilidad posible, pese a los turbulentos acontecimientos que se estaban suscitando frente a él.

- Eso no significa que debas perder las esperanzas y aceptar tu derrota. Nicole sigue presente y es su deber como padres, traerla de vuelta a casa.

Las palabras del hombre le hicieron reflexionar por un instante, sin embargo, las acciones anormales de la gemela regresaron a su mente como un doloroso estallido de recuerdos:

- ¡Esa mujer intenta dañar a mi hija y no puedo ayudarla! ¡Ya no sé qué más hacer para evitarle tanto sufrimiento! – la mujer rompió en sollozos de nuevo. Albert la dejó desahogarse un poco más y retomó la palabra.

- Estaré a tu lado, Candy. He dispuesto lo necesario para que mi presencia no sea necesaria por ahora en Chicago. Heather permanece tranquila con mis hijas y Archie ha quedado al mando de todo, – la rubia le miró con recelo – no te preocupes, nadie allá conocerá la situación de Nicky, ni siquiera mi esposa. Esto se manejará con mucha discreción y estaré aquí para apoyarte. Te lo prometo, pequeña – al verla en tan lamentable estado, decidió no comentarle por el momento, la fatal noticia que acaba de recibir su marido.

En ese instante, una enfermera salió de la habitación y la rubia se acercó al cuarto, en un vano intento por ver, aunque fuese por un minuto, a su hija:

- Está sedada, señora Grandchester. Debería retirarse a descansar. Nicole se encuentra en muy buenas manos y usted debe recobrar las fuerzas para seguirla cuidando… - fue interrumpida.

- ¡Necesito verla, por favor, sólo un momento!

La mujer echó un vistazo a su alrededor y al percatarse de que el pasillo se hallaba libre, asintió con la cabeza:

- Solo un par de minutos.

La pareja se introdujo rápida y silenciosamente en el lugar. La iluminación era escasa debido a la tenue luz de la pequeña lámpara de buro que se hallaba al lado de Nicole.

La pequeña yacía dormida con el semblante pálido. Enormes ojeras rodeaban sus ojos. Su respiración se hallaba agitada. Candy y Albert se colocaron a un costado de la cama, permaneciendo en silencio mientras le observaban.

Se dieron cuenta de la glacial temperatura que cubría el cuarto, al cubrirse ambos con los brazos, buscando un poco de calor. Podían ver el vaho de sus alientos y la rubia corrió de inmediato hacia la ventana, con la intención de cerrarla pero se detuvo al instante, al notar que ésta ya lo estaba.

Ambos cruzaron miradas por un instante.

Se acercaron a la pequeña, percatándose de la fuerte fiebre. Como buena enfermera, Candy se preocupó al intuir que la misma iría en aumento y corrió en busca de una.

La muchacha les indicó con una señal que se retiraran por lo que la pareja se dirigió hacia la puerta de salida. La acongojada madre sintió un fuerte sobresalto por el hecho de tener que dejar sola a su primogénita.

Su padre adoptivo la abrazó afectuosamente.

Al llegar a casa, se dedicó a velar por la salud de su marido, quien reposaba aún en la recámara después de lo sucedido.

Ya estaba muy entrada la mañana cuando ella decidió dormir un poco.


Al día siguiente, la familia se hallaba reunida en la enorme mesa de madera labrada, tratando de poder concentrarse en el desayuno. Mariah y Charles habían procurado el más esmerado cuidado de los acongojados Grandchester, en tanto que un pensativo Albert trataba de entender lo que sucedía con ellos.

La tristeza se había apoderado de él después de haber visto el estado en que se encontraba Nicole.

Terry también había decidido callar ante su mujer sobre la noticia relacionada con Theresa, aunque sabría que pronto debía afrontarla, sobre todo con la inminente presencia del detective Jack Walker rondándole, acechante.

La noche anterior, después del desmayo, había sido llevado a su recámara, por su socio, donde posteriormente, su amorosa esposa le cuidaría, aunque al final había terminado furioso al oír de labios de ésta todo lo descrito por Nicole. Sentía que estaba llegando al límite de su paciencia.

Candy le había pedido que se calmara frente a Nicholas, quien parecía ser el único que no estaba afectado por todo aquello.

A pesar del sombrío ambiente y los rostros de dolor de sus demás familiares, el niño parecía abstraerse por completo de la dramática situación que le rodeaba, refugiándose en sus fantasías; cargaba con algunos de sus juguetes e improvisaba imaginarios mundos con ellos, riendo y parloteando. Después de mucho tiempo, la noche anterior había estado libre de pesadillas por lo que su semblante lucía en ese instante, relajado y mucho más tranquilo.

Sus padres admiraban la entereza con la que hacía frente a la situación de su hermana, a quien seguía queriendo a pesar de su trastornada personalidad. Muestra de ellos eran los preocupantes comentarios cuando preguntaba sobre su evolución así como su expreso deseo de ir a visitarle muy pronto.

- ¿Te gustaría ir al zoológico, Nick? - Albert rompió el silencio, tratando de disfrutar la feliz respuesta de su amado sobrino.

- ¿Puedo ir? ¡Quiero conocerlo! ¿También estará Ann con nosotros? – todos esbozaron tímidas sonrisas sonrieron espontáneamente ante el bombardeo de preguntas.

- ¡Claro que puede ir también! Sé que también se divertirá mucho – el rubio dirigió una mirada a su sobrina, quien sonrió tímidamente.

- Podrían ir el próximo fin de semana. Cuando era joven, me encantaba pasar mis ratos libres en ese lugar cuando estudiaba aquí, en Londres – el actor olvidó por un momento su malhumor y las malas experiencias recientes, rememorando los días felices de su juventud, al lado de ella.

- ¿En verdad? – Nicholas estaba fascinado ante aquella revelación.

- Sí, cariño. Creo que si mal no recuerdo, ahí conocí a tu mamá – dijo con una leve sonrisa ante el inminente pellizco de su esposa-. ¡Ouch!

- ¡Terry! No era la única que trepaba árboles, ¿lo recuerdas? También tú lo hacías y creo que mucho mejor que yo. En ese caso, se podría decir que ambos coincidimos ahí si la memoria no me falla – el gracioso comentario ayudó a aligerar el pesado ambiente que les rodeaba.

- ¿Es verdad? ¿Por qué entonces nos llamas la atención cuando queremos subir a uno? ¡No es justo! - el gemelo hizo un tierno puchero que arrancó ligeras sonrisas a más de uno.

- Así es, Nick. Lo reconozco y por cierto, mi técnica es mejor que la de tu madre – su padre le guiñó un ojo, aparentando hablarle en secreto.

Al final, todos rieron de buena gana, permitiéndose un breve instante de felicidad aunque la infantil pregunta volvió a regresarles a la dura realidad.

- ¿Qué tal si vamos todos?

Los Grandchester ya no podían disponer de su tiempo sin conocer la verdadera condición médica de su hija. Se sentían mutilados al no tenerla a su lado.

- Hijo, tu hermana necesita de nosotros y no podemos dejarla sola. El tío Albert estará con ustedes todo ese rato. Espero comprendas lo que te estoy diciendo – Nicholas asintió tristemente, ante la explicación de su mama. Anisha acarició su espalda, en un intento por reconfortarlo.

- Trataremos de divertirnos todos, Nick. No te pongas así. ¿No te pone feliz pasar un día completo conmigo? Llevaré unos emparedados para tener un lindo picnic después, ¿qué piensas?

El chico sonrió al imaginar la agradable escena. Se dedicaron a tomar el desayuno y hablar de temas triviales, en donde Nicholas acaparó la atención de todos con sus comentarios y ocurrencias, aunque un comentario hecho por el niño les dejó intrigados.

- Hay algo que quisiera decir – la voz del gemelo había tomado un matiz serio y todos posaron sus miradas sobre él, expectantes – He vuelto a soñar a Carrie. Esta vez, ha sido una imagen muy diferente. Ella ahora es feliz.

- Nick, ahora no, por favor... – Terry fue silenciado cariñosamente por su vástago.

- Me he enterado que han decidido no decirnos nada de lo que pasa con mi hermana – sus padres y su tío le observaron con gran sorpresa - sin embargo, yo sé que están haciendo todo lo posible por ayudarle, el ejemplo más claro fue el descubrimiento de esa niña rubia, en nuestra casa – sus ojos enrojecieron por el llanto, al momento en que se le quebraba la voz - y solamente quería transmitir su mensaje de agradecimiento hacia ustedes. Carrie ya se encuentra en paz y me ha pedido que no dejemos de creer en Dios.

- Hijo... todavía no sabemos si se trata de ella – Candy se acercó a estrecharle entre sus brazos y lloró en silencio.

- Yo sé que es ella, mami, pero no deben preocuparse. Todo saldrá bien. Además, también mis tíos Stear y Anthony están apoyándonos desde donde están. Dicen que mi hermana se curará pronto y que al final todo volverá a ser como antes, sin dejar de perder la fe. Me dijeron que ya te lo habían pedido hacía mucho tiempo atrás, cuando tuviste ese accidente. ¿Acaso te pasó algo muy feo, mamá?

La ojiverde se quedó helada al oír aquello.

- ¿Cómo es posible?

Albert y su marido le observaron, inquietos.

- Creo que debemos parar esta charla. Nick, ¿podrías traer el postre? – el actor paró bruscamente la conversación de su hijo. Éste al ver que no le darían una respuesta precisa, optó por asentir con la cabeza y correr hacia la cocina.

- Terry, yo... ¿Cómo lo supo? ¡Dios mío!

- Evita alterarte frente a nuestro hijo. Estoy consciente de que esto es algo... imposible, pero por favor, no aumentes su curiosidad, ya que nos veríamos en el peligroso momento de tener que llegarle a contar todo nuestro pasado y no estamos para eso – le dio un beso en la nariz y enjugó sus lágrimas con el borde de su suéter.

- Saldré con ellos de forma frecuente para ir aligerando un poco la carga emocional. Anisha, sé que deseas regresar a Chicago lo más rápido posible, pero por ahora, te pido que nos apoyes con Nicholas y sobre todo, que no se sienta solo ni vulnerable ante una eventual recaída de su hermana. ¿Comprendes?

- Dalo por hecho, tío. Ahora más que nunca procuraré estar a su lado, todo el tiempo.

Minutos después, cuando los adultos se hallaban reunidos en la biblioteca de Charles, la plática giró en torno a la complicada situación.

- Ese detective te va a exigir una explicación, Terry – le comentó su socio.

- Tengo en mi poder la carta en donde explicaba que partiría en un viaje de tiempo indefinido. No pueden inculparme por un crimen que de entrada, yo no cometí.

- Contactaré a mi despacho de abogados en la ciudad. No podrán responsabilizarte por nada. Me aseguraré que la situación de tu hija no sea divulgada en sus informes policiales. El doctor Pavlov nos apoyará en este proceso.

Las palabras de Albert no le tranquilizaron del todo.