CAPÍTULO XXIX
La casa se alza imponente y atemorizante ante sus ojos, cobijada por una fría noche sin estrellas ni luna.
No se atreve siquiera a acercarse al desvencijado portón de entrada. La imagen de los árboles carentes de hojas cuyos troncos oscuros se elevan al cielo como fantasmales brazos le inspira un profundo terror. El derruido aspecto de las ventanas estremece su corazón.
Muy en el fondo de su ser intuye que ese lugar ha sido escenario de los más horrendos actos abominables que su limitada mente infantil puede alcanzar a imaginar. Quizás monstruos o espectros que vagan interminablemente entre los pasillos y cuartos de su macabro interior acechan a cada instante, esperando su incursión en sus entrañas.
Una ráfaga de viento levanta un montículo de hojarascas secas, silbando a su paso.
Él, parado frente a aquella sobrecogedora estampa, no cesa en su firme decisión de permanecer lejos de tan peligroso lugar.
Intenta alejarse de ahí pero sus pies no responden. Las piernas están clavadas al frío suelo y sólo le queda soportar el estoico paso del tiempo, esperando recuperar la movilidad y salir huyendo.
Sucede lo contrario.
Pasados unos minutos, su cuerpo se dirige involuntariamente hacia la entrada de la mansión abandonada.
Sus ojos no pueden más del miedo que le invade. Intenta gritar pero al abrir sus labios, no sale sonido alguno de su garganta.
Sus manos tocan el frío cerrojo de la maltratada puerta y lo corre, introduciéndose con paso lento, sintiendo el crujir de ramitas y hojas bajo sus pantuflas.
Recorre con la vista su alrededor y sólo puede percibir la densa oscuridad... y la presencia de un ser maligno que le acecha en el interior de la sombría residencia.
Su cabeza, aturdida por la impresión, no le deja pensar con claridad mientras se ve repentinamente inundada de decenas de incomprensibles imágenes grotescas, que van desde espantosas reuniones de gente encapuchada cuyos rostros no puede observar, hasta el cuerpo inerte de una mujer rubia sobre una mesa cubierta de profundas heridas y sangre, que le hacen difícil la tarea de poder reconocerla.
El trayecto hasta la entrada principal transcurre en un agónico lapso de tiempo.
Aprieta sus manos en senial de frustración por no poder defenderse de aquellos hilos que le manejan, cual títere sobre un tétrico escenario.
El gélido clima ha enfriado su cuerpo, entumeciéndolo.
Sus pies le llevan hasta el último peldaño de la escalera que conduce a la puerta y al intentar huir de ahí, ésta se va abriendo lentamente.
La oscuridad es tal que le cuesta adaptar sus ojos a la misma, sin embargo, la "cosa" que le maneja le conduce sin ningún problema hasta el recibidor principal de la construcción.
Puede observar las ventanas sucias de marcos derruidos en cuyo reflejo puede ver las monstruosas formas de los árboles que se ubican en el exterior. El frío que le rodea no es muy diferente del que acaba de sentir estando fuera.
Su mirada recorre rápidamente el lugar y se detiene sobre la sucia chimenea que asemeja una negra boca amenazante que parece querer engullirle en su interior. Quisiera escapar con todas sus fuerzas pero no puede. Le tienen atrapado. O al menos esa es la sensación que tiene.
Para ese entonces, su vista se va acostumbrando paulatinamente a la falta de luz y puede distinguir un sofá de dos plazas en un muy lamentable estado. Su cuerpo se dirige hacia ese punto y se estremece aún más al sentir el mojado y frío forro del mueble en su trasero y sus piernas. Hasta ese punto se da cuenta de que ha estado temblando durante todo ese tiempo.
Después de un largo rato, escucha ruidos en el segundo piso. Son breves pisadas que se deslizan rápidamente hasta el borde de la escalera. Las mismas que ahora van descendiendo rítmicamente y se detienen justo en la entrada del recibidor.
Sus ojos alcanzan a distinguir una pequeña figura. Tal vez es una niña dado los largos cabellos despeinados que puede observar. El escalofrío recorre su espalda al presentir que pronto presenciará alguna horrorosa visión por lo que los cierra fuertemente, deseando que todo aquello sea sólo una pesadilla.
Al abrirlos nuevamente, puede ver una pálida cara de mujer que le observa con el rostro casi pegado al suyo, sonriendo maliciosamente mientras sus ojos anormalmente amarillos le miran con coraje.
No puede más y por fin grita con todas sus fuerzas.
Una mano tapa su boca.
Nicholas había estado soñando.
Sus cabellos mojados del sudor se pegaban a su frente por el tétrico sueño y trató de recuperar el ritmo normal de su agitada respiración, mientras la mano que cubría su boca aflojó su tacto. Cuando recuperó un poco el aliento, volteó a ver al misterioso personaje que le acompañaba.
Nicole.
Su delgada figura permanecía de pie frente a él en absoluto silencio, envuelta en su pijama rosa con motivos infantiles.
A pesar de que había transcurrido algunas horas desde que la había visto esa misma mañana en tan agresiva actitud, a Nicholas se le hizo como si hubiesen pasado muchos años desde la última vez en que había convivido con la verdadera Nicole de siempre.
La niña se alejó de él en dirección hacia la puerta con paso lento, no apartando la vista en ningún momento de su hermano.
El gemelo juntó las cejas en señal de confusión y antes de que pudiera detenerle, la vio cruzar el umbral y desaparecer en la oscuridad del pasillo.
Se dio cuenta de lo entrada que estaba la noche al divisar el firmamento por la ventana de su alcoba. Alcanzó a percibir algunos copos de nieve y por un segundo, se sintió contento.
Encendió la lamparilla de su buró y se calzó las pantuflas. A pesar de que la calefacción funcionaba irradiando calor en su pieza, su cuerpo titiritaba de frío y miedo. Tomó la gruesa bata de su pijama amarilla y se introdujo en el pasillo.
No había nadie en el pasillo.
La puerta de su prima Anisha estaba cerrada.
Se asomó al cuarto de sus padres y confirmó que éstos todavía no llegaban. "Ahora recuerdo que desde que llegamos de la tienda, papá y mamá ya habían salido. ¿Dónde estarán?", se preguntó mientras volteaba la cabeza hacia la habitación de su hermana, misma que se hallaba alejada del resto de los cuartos.
Llegó al cuarto de su tío Albert y también comprobó que la puerta estaba cerrada. Apoyó la oreja y escuchó la fuerte respiración del hombre.
"Todos duermen" concluyó mientras se dirigía con el temor en el rostro, hasta la habitación de su hermana.
La puerta estaba entreabierta y una mortecina luz salía del interior, iluminando un poco el perímetro del pasillo en el que se encontraba. Oyó una serie de ruidos semejante a arañazos.
Intrigado, se acercó al quicio y desde ahí echó una furtiva mirada hacia el cuarto de Nicole.
Sobre la cama estaba sentada su hermana, atada de manos hacia la cabecera de la cama y envuelta en la misma pijama rosa con que la había visto momento antes. La gemela estaba despierta y observaba en su dirección. "Tal vez fue mi imaginación y ella nunca estuvo en mi cuarto. Todo fue un mal sueño", trató de convencerse a sí mismo mientras la miraba.
Por un momento, creyó que su cara no mostraba síntomas de que estuviese realmente enferma; si acaso lucía una tez pálida y estaba mucho más delgada dados los pocos alimentos que ingería. Lo que llamó poderosamente su atención fueron los ojos. Si antes chispeaban con la alegría propia de una niña que disfrutaba de la vida, ahora sólo reflejaban tristeza, desolación... y podía jurar que hasta cierto miedo.
- ¡Nick! ¡Suéltame, por favor, te lo suplico! ¡Me duelen las muñecas!
La voz de Nicole no había cambiado en nada. Nicholas nunca había deseado abrazar tanto a su hermana a lo largo de su corta vida, como en ese instante en que se veía completamente indefensa y frágil.
- ¿Quién te ha atado? ¿Por qué te tienen así? – preguntó con recelo.
- ¡Por favor, Nick! ¡Dicen que me he vuelto agresiva pero yo no recuerdo nada! ¡Ya no aguanto estas cintas! ¡Te lo suplico! – gruesas lágrimas cayeron sobre sus mejillas y aquello enterneció a su hermano quien se acercó lentamente hasta colocarse a su lado.
- Se ven difíciles de deshacer. ¿Ha sido papá o tío Albert quien las puso?
- ¡Eso no importa ahora! ¡Arráncalas que me duelen mucho! ¡Mira, inclusive ya me están lastimando!
El niño observó otra vez con atención y pudo percibir unos hilillos de sangre en la muñeca derecha. "¡Cielos! ¡Realmente debe de ser muy doloroso!", pensó para sí.
- Déjame buscar algo con que cortarlas.
- Sobre el tocador de mamá hay unas tijeras muy grandes. Las usa para sus bastidores de costura. Esas bastarán. Corre – lo peculiar de su comentario nunca llamó la atención de su hermano quien estaba más urgido en soltarla.
- ¡Regreso rápido!
Ya con el filoso objeto en las manos, el gemelo comenzó a rasgar los gruesos jirones de tela y después de un largo intento, logró deshacer la primera correa. Nicole dio un suspiro de alivió al ver su mano liberada.
- ¡La otra, Nick! ¡Eres un buen chico! Creo que eres el único que realmente me comprende, ¿sabes? Todos aquí piensan que estoy loca y que debería estar en un manicomio pero tú eres diferente. Tú me entiendes y sé que haces todo esto porque me quieres... como yo a ti – la madurez en sus palabras pasó desapercibida a oídos de Nicholas quien se hallaba concentrado, tratando de deshacer la segunda correa.
- ¡Ya quedó!
Al final, ya que la chiquilla había sido liberada, se dedicó a ayudarle a limpiar sus pequeñas heridas mientras ella no se cansaba de agradecerle tan loable gesto. Por fortuna, no eran muy profundas y con el debido cuidado sanarían muy pronto.
- ¿Cómo te sientes, Nicky? – la tímida voz de su hermano rompió el incómodo y pesado silencio que les había envuelto desde que le había ayudado a soltarse.
- Mejor que nunca. Siento como si hubiera transcurrido mucho tiempo desde la última vez en que pude sentirme tan libre – sonrió enigmáticamente.
- ¿Tienes un poco de hambre? Kim hizo unas galletas de chocolate muy ricas. ¿Quieres un poco?
- ¡Por favor! ¡Tengo mucha hambre! – dijo con júbilo.
El gemelo la observó comer desesperadamente de la bandeja, después de haberle servido una generosa porción de galletas y un enorme vaso de leche. Tal parecía que su hermana no se alimentaba en meses.
- No comas tan rápido. Podrían ocasionarte dolores de estómago.
La niña no le respondió, inmersa en su tarea. Al final, dejó la bandeja de lado y se dedicó a caminar un poco por su habitación.
- ¿Cuándo fue que nos cambiamos? ¡Ni siquiera recuerdo cómo era mi cuarto antes!
- Hace poco. Estuvimos viviendo en casa de Charles y su esposa mientras tú... bueno... esperando a que salieras del hospital pero pasó el tiempo y no lo hacías por lo que nos cambiamos antes. ¿Te gusta? Anisha lo decoró pensando en ti. ¡Te echábamos tanto de menos, Nicky! – le expresó el gemelo con sincera alegría.
- Y yo a ustedes. ¡Qué diferente es al hospital! Sufrí mucho al estar encerrada ahí. Ya quería estar en casa con mi familia – el énfasis que hizo en las dos últimas palabras estremecieron a Nicholas sin comprender el por qué de su reacción tan incómoda. Alejó la extraña sensación de su mente.
- An compró unas cosas para comenzar a decorar el árbol. ¿Quieres verlos? Por fin podremos estar juntos como antes. Si quieres, puedo ayudarte a escribir tu carta a Papá Noel. Debes apresurarte ya que vendrá dentro de muy poco, Nicky.
Nicholas vio a su hermana acercarse al enorme armario que contenía su ropa y zapatos. Abrió las puertas de par en par permaneciendo unos segundos en silencio y observando hacia el interior. Mientras estaba de espaldas a él, la escuchó hablar:
- No será necesario escribir la carta, Nick. Hace tiempo que he ido consiguiendo lo que más deseo y hoy, gracias a ti, podré cristalizar la parte final de mis deseos. Ven aquí. Quiero mostrarte algo.
Se volvió conforme extendía la mano hacia él, invitándole a acercarse al armario.
El niño, temeroso y a la vez extrañado ante el comentario, obedeció al llamado de su hermana. Cuando los dos voltearon hacia el clóset, Nicholas pudo ver una enorme caja de regalo con un grueso moño de color rojo sobre los zapatos. Intrigado, observó a su hermana con el semblante confundido y ésta le indicó que lo tomase.
Lo abrió rápidamente y reconoció al instante la caja del automóvil de colección que había visto horas antes en la tienda.
Asustado, lo tiró al piso dando al mismo tiempo que daba un salto hacia atrás pero fue detenido por Nicole.
- ¿No te agradó, Nick? Creí que había llamado tu atención. Es un regalo exclusivamente para ti – dijo con tono inocente.
- Nicky, esto no me está gustando. ¿Qué te sucede?
Algo extraordinario sucedió en ese instante:
El interior del armario fue transformándose gradualmente en un profundo pozo negro haciendo desaparecer al instante los objetos que había en su interior. Un gélido viento emergió de la siniestra oscuridad volviéndose cada vez más fuerte y Nicholas sintió que su cuerpo estaba siendo absorbido por aquel monstruoso hueco. Sin pensarlo dos veces se aferró a su hermana en un intento por evitar ceder ante el inusitado fenómeno paranormal; ella le observaba con los ojos carentes de emoción.
La chiquilla se abrazó a él y sin que éste pudiera evitarlo, se impulsaron juntos hacia el oscuro pozo, desapareciendo instantáneamente.
Los gritos del gemelo jamás fueron escuchados.
- Mañana iré con Jaya a esa casa y procederé a iniciar el exorcismo menor. Tengo fe en que al menos eso impedirá que ese malvado espíritu siga alimentándose de toda la energía negativa acumulada en su interior. No olvidemos que esa secta ofrecía sacrificios rituales al demonio y que varias almas siguen vagando dentro, condenadas al sufrimiento eterno. Susana es una de ellas. Cuando la policía les capturó, ella ya no era la misma. Su alma había sido corrompida desde hacía mucho tiempo atrás y ni siquiera deseo imaginar todo lo que ofreció durante esas misas negras a cambio de su venganza. ¡Pobre mujer! ¡Dios se apiade de ella y pueda proveerle el eterno descanso que en realidad se merece!
- ¿Hay algo en lo que podríamos ayudar? – preguntó Terry, inquieto.
- No por el momento. Sólo estrechen la vigilancia sobre Nicole y no dejen de orar a Nuestro Señor que Él será quien guíe y proteja sus pasos. No deben bajo ningún motivo, acercarse a ese lugar maldito. Es por su seguridad. Jaya y yo estaremos tratando de contener la presencia de Susana – el reverendo había terminado de guardar los objetos que necesitaría dentro de la caja, incluyendo el sobrepelliz y la estola morada.
La hermana Josephine había llegado con una bandeja de café y algunas galletas. La pareja apenas y pellizcó la comida.
- Padre, quisiera hacerle una pregunta, ¿ha tenido usted contacto últimamente con ese detective?
- No, Terrence, pero no debería preocuparse. Ya sus abogados se han puesto en contacto conmigo y me han dado indicaciones al respecto. No tienen de qué inquietarse. No pienso comentarle nada sobre la situación de su hija ni de lo que ha sucedido últimamente.
- Gracias por esto, padre. Así tendré algo menos en qué pensar. Han sido unas semanas bastante desalentadoras. Sólo esperamos a que nos indique cuando debería visitar a mi hija. Sigue comportándose de una forma muy agresiva y desde que llegó del hospital se ha vuelto más evidente su rechazo hacia mi esposa. Estamos descorazonados con su actitud. Ya no sabemos qué más hacer con ella – el actor se llevó las manos a la cabeza mientras Candy ponía la suya sobre su hombro, en señal de respaldo.
- No se separen nunca. El mal trata de dividir para vencer, basándose en argucias y mentiras para lograr su objetivo. No le den el gusto. Si Susana busca eso no podrá lograrlo siempre y cuando demuestren que el amor entre ustedes es más fuerte que cualquier malsana intención. A pesar de que Nicole demuestre una actitud a la defensiva, Candice, debe de permanecer lo más serena y tranquila posible. Muy en el fondo, su hija la ama, tal y como ha sido siempre, es sólo que ahora ha sido influenciada por la rabia que inunda a esa maquiavélica mujer. No le permitiremos salirse con la suya. Estamos de su lado.
- Me duele en el alma ver el estado en que se encuentra mi pequeña. No quiere comer ni cooperar y sus insultos son tan hirientes que a veces quisiera desaparecer de aquí, padre. ¡Perdóneme por decirle estas cosas tan graves pero ya no sé qué más debería hacer! – Candy lloró inconsolablemente mientras su marido volteaba a verla y la recargaba contra su fuerte pecho, en un intento por calmarla.
- El mal nunca vencerá al bien. No nos permitamos ni un momento de derrota. No pierdas la fe, hija mía. Dios está de nuestro lado y esa es la mejor arma que tenemos. ¡No te des por vencida!
- ¿Cree usted que Nicole tenga alguna reacción cuando realice ese exorcismo?
- Podría ser muy probable. No la dejen sola en ningún momento. Si han decidido atarla, no permitan que les convenza de liberarla. Podría volverse más agresiva y eso tendría no muy agradables consecuencias. Su integridad física está en primer lugar antes que todo.
Las campanadas del reloj en el despacho del religioso les hizo caer en cuenta del tiempo transcurrido desde que habían llegado a la iglesia.
- Ya es muy tarde, padre. Debemos irnos. Estaremos al pendiente de lo que necesite. He dejado la obra por un tiempo indeterminado por lo que estaremos a sus órdenes por si se le ofrece algo.
Terry y Candy se incorporaron del sillón en el que estaban y se despidieron cariñosamente del reverendo Folsom. Éste estrechó su mano con fuerza y les regaló un rosario y un ejemplar de la Biblia para que oraran desde su hogar.
Antes de partir, la rubia regresó a darle un afectuoso abrazo:
- ¡No nos abandone, por favor!
Patrick sintió que su corazón se sobrecogía al escuchar las implorantes palabras. Pensó con rabia en los frustrados intentos de conseguir un permiso del Obispo para iniciar el ritual. Sentía que una crisis de fe hacia su institución religiosa hacía acto de presencia y se cobijó en el amor de Dios para contrarrestar tan lamentable pensamiento.
- No están solos en esto, Candice – susurró para sí al verles salir de su despacho.
La pareja se dirigió al coche y partió hacia su hogar.
Candy observaba por la ventana, perdida en sus pensamientos. Los copos de nieve que caían le transportaron sin querer a Lakewood, justo en aquel triste día cuando Terry acababa de dejar el Hogar de Pony. Su propia figura llorando bajo el padre árbol mientras gritaba el nombre de su amado le hizo derramar algunas lágrimas. Sacudió un poco la cabeza para alejar tan difícil recuerdo.
- ¿Qué pasa, pecosa?
El cariñoso mote con el que su marido se había dirigido a ella la regresó al presente.
Ese presente que unos meses atrás, todavía le brindaba la mayor de las alegrías al sentirse amada por su familia, disfrutando de los soleados días veraniegos en su país natal. Aquellos momentos en que solían salir los fines de semana para disfrutar de algún picnic a orillas del lago o simplemente tumbarse en el fresco pasto y abrazar a sus hijos, recargada en el pecho de su esposo.
¡Qué diferente era todo en ese entonces!
- Pensaba en lo bien que lo pasábamos en Chicago. En todos esos momentos que compartíamos con toda la familia, cuando no existía estos problemas – respondió con cierta amargura.
Terry se hizo a un lado del camino abruptamente sobresaltando a su esposa, quien le miró asustada.
- ¡No sabes cuánto me he reprochado todo lo que ha sucedido desde que llegamos aquí! ¡Es mi culpa! ¡Me ha quedado más que claro! ¡Cuántas veces quieres que te lo siga diciendo! ¿Quieres que me hinque y te pida perdón por esto? ¡Haría con gusto eso y más si todo eso pudiera curar a nuestra demente hija! ¡No eres la única que sufre! ¡Maldita sea! – enojado, dio un sonoro puñetazo al tablero del vehículo mientras escondía el rostro en el volante para soltar el llanto largamente contenido. Era tan fácil pasar de la serenidad a la histeria.
- Mi amor, yo... no quise que lo tomaras como reproche. ¡Perdóname! – balbuceó la rubia en un desesperado intento por tranquilizarle. Se acercó a él y se recargó en su hombro.
Permanecieron así durante largo rato. El mordaz frío les hizo recapacitar del lugar en el que se encontraban y Terry decidió poner en marcha el auto para llegar lo más pronto posible a casa.
- Lo siento – le lanzó una rápida mirada y cada uno regresó a sus pensamientos, en silencio.
Al cruzal el umbral de la puerta principal del edificio, la rubia tuvo cierta sensación de malestar en el pecho pero se calló ante Terry, quien lucía tan serio desde que habían tenido el breve altercado momentos antes. Sentía las manos tan frías aún a pesar de la calefacción central. Estaba intranquila.
- Iré por un vaso con agua, ¿necesitas algo? – su marido aventó con fastidio el grueso abrigo sobre el primer sillón que estaba a su alcance y se dirigió hacia la cocina ante la negativa de ella.
- Me cambiaré la ropa y después echaré un vistazo a los niños. Te espero en la habitación.
Inmersa en el recuerdo de los recientes acontecimientos, Candy caminó sobre el oscuro pasillo con la vista clavada en la pared, buscando el interruptor de las lámparas. No fue necesario, al ver entreabiertas tanto la puerta del cuarto de Nicholas como la de Nicole cuya escasa luz iluminaba mortecinamente su camino.
Extrañada, se asomó al cuarto de su vástago y vio la cama deshecha sin indicios de su presencia. "¿Dónde se habrá metido?", se preguntó al ver la lamparita de su buró encendida y buscar por toda la habitación. Sin querer, su corazón aceleró inexplicablemente los fuertes latidos a la par que se dirigía hacia la alcoba de la gemela, corroborando la misma situación.
No había nadie ahí.
Dio un sonoro grito que pudo haberse oído hasta la misma calle, alertando de inmediato a los demás habitantes del lujoso condominio.
- ¡Dios mío! ¿Qué sucede mujer? – su esposo ya se encontraba a su lado al escucharla gritar, con el semblante asustado.
- ¡No están! – la rubia sólo alcanzó a señalar el interior de la recámara donde horas antes había estado su hija, atada y sedada.
- ¿Cómo es eso posible? ¿Quién soltó a Nicole? – el actor sintió que el piso desaparecía bajo sus pies haciéndole caer en un abismo sin fondo, al confirmar la ausencia de sus hijos.
- ¡Terry! ¡Candy! ¿Qué pasó? – Albert salió corriendo, todavía adormilado y tratando de acomodarse la bata.
- ¡Los niños no están en casa! – chilló la pobre madre, presa de la desesperación y al borde de la locura.
La pareja corrió en tropel hacia los demás rincones del condominio ante la mirada confundida del magnate americano y una Anisha confundida que apenas iba saliendo de su habitación. No entendían nada de lo que veían.
- ¿Dónde se pudieron haber metido? – gritaba la ojiverde mientras recorría la cocina y la sala, en tanto que Terry se lanzaba al resto de los cuartos aún vacíos.
- ¡Iré al sótano! – gritó Albert corriendo desesperadamente hacia el sitio indicado.
Nada.
Buscaron en todos los rincones visibles y ocultos: en las habitaciones vacías, en los armarios, debajo de los muebles, de las camas, en los estantes de la cocina, el cuarto de lavado, sin resultados.
- ¡Mis hijos han desaparecido! ¡No! – Candy soltó un sonoro alarido de dolor que estremeció a los demás presentes y se desvaneció en medio de la sala. Anisha reaccionó al instante y después de localizar el botiquín se dedicó a asistir a su tía.
Albert y Terry, por su parte, decidieron recorrer todo el edificio, sin obtener tampoco éxito alguno, evitando en lo posible hacer un escándalo para no alarmar a los vecinos, sin antes haber agotado todos los posibles lugares de búsqueda. Al no obtener resultados, regresaron a casa, descorazonados.
Ya cuando se hubieron tranquilizado un poco y que la hija adoptiva de los Andrey hubo recuperado el conocimiento, se dedicaron a tratar de esclarecer lo sucedido:
- Después de las compras que hicimos en el centro, permanecí con Nick en su habitación, platicando y jugando, cuando comprobamos que ustedes no estaban aquí – narró la hija de los Cornwall entre llantos -. Cenamos juntos y al final le leí un cuento del libro que tanto le gusta. En todo ese rato, nunca nos acercamos al cuarto de Nicole porque sabíamos que estaba indispuesta. Así nos lo hizo saber una de las mucamas. Tío Albert llegó después y se quedó con nosotros para platicar un ratito ya que el niño estaba muy cansado. ¡Les juro que no lo dejé solo hasta que me cercioré de que efectivamente estaba dormido! – expresó consternada, ante el afectuoso apretón de manos del histrión quien le observaba sin perder detalle alguno.
- ¿Y estás muy segura de que no escuchaste ruidos después de eso?
- ¡No! – dijo con firmeza -. Me encerré en mi recámara y jamás sentí que ocurriese algo extraño. También estaba muy cansada y me dormí casi al instante – las miradas de los angustiados padres se dirigieron hacia el rubio.
- En mi caso, fue lo mismo. Al terminar la entrevista que tenía con el apoderado de mi empresa aquí, decidí venirme lo más pronto posible ya que necesitaba revisar el estado de Nicky. Anisha ha dicho todo. Platiqué un momento con ellos y después me dirigí hacia la recámara de la niña, quien estaba profundamente dormida. Mientras leía algunos documentos financieros, la estuve acompañando durante largo rato, antes de que el sueño me venciera. Jamás despertó en todo ese tiempo y tampocó escuché algo fuera de lo común. La sirvienta del último turno me fue a despertar para notificarme que se retiraba. Ahí fue cuando regresé a mi habitación y me dormí hasta que les escuché gritar.
- ¡Dios mío cuida a mis hijos! ¡No permitas que les suceda algo malo! – la rubia apretujó con rabia el ya de por sí húmedo pañuelo, en un intento por descargar un poco de tensión que amenazaba con hacer trizas sus nervios.
- ¡Tendremos que ir a la policía! – Terry se levantó, inquieto y se acercó al ventanal, esperando poder ver a la preja de niños aparecer de pronto entre la intensa bruma invernal.
- Déjame hablar primero con el director general de la policía de Londres. Hace tiempo le ayudé en algunas cuestiones personales y se puso a mi disposición para asistirme en lo que necesitara. Deberemos recurrir a su contacto ya que la policía no los buscará hasta pasadas las veinticuatro horas de su desaparición. Como comprenderán, eso es algo que no podemos esperar a que suceda. La nieve está llegando y dos niños pueden estar en peligro al andar en la calle en tan peligrosas condiciones. Me encargaré personalmente de todo.
Albert se dirigió hacia el teléfono y comenzó las interminables llamadas mientras los demás se daban ánimos y trataban de calmarse, logrando al final obtener el ansiado favor del buen hombre que tendría bien a ayudarles. Anisha les había llevado un té tranquilizante en un afán por suavizar un poco el tenso ambiente que predominaba en el lugar.
Cuando el par de policías que llegó minutos después del lamentable incidente se hubo retirado del apartamento con el objeto de iniciar las investigaciones correspondientes, Terry y Albert decidieron buscar por su cuenta en la ciudad mientras Candy y Anisha permanecían en casa, pasando la noche más estresante de toda su existencia.
La madrugada había llegado cuando los dos hombres regresaron, sin noticias de los pequeños.
La mujer se despertó abruptamente ahogando un gemido de dolor en su garganta.
Volteó a ver a su esposo quien dormía apaciblemente y sin preocupaciones. Le envidió por un leve momento, al cerciorarse de que nada le molestaba en tan relajadora actividad. Le dio un cariñoso beso en la frente y se levantó.
Le dolía la cabeza demasiado por lo que se dirigió hacia la cocina en busca de un vaso con agua para tomar su medicamento. Había tenido un sueño bastante intranquilo.
"¿Qué querían decirme esas personas?", las imágenes de dos jóvenes y una mujer aún seguían presentes en su mente. No los había visto nunca en su vida y sin embargo, tenía muy en claro que debía ayudarles.
Le habían advertido de un peligroso evento.
- ¡No dejes que les haga daño! – le dijo implorante, la rubia y atractiva mujer de edad madura. Sostenía en sus manos un retrato y ella había podido reconocer el rostro del actor Terrence Grandchester.
- Finalmente pudo salirse con la suya. Haremos lo posible por contrarrestar su mala influencia. Necesitaremos tu ayuda. No merecen seguir sufriendo – había dicho un chico, podría decir casi un niño, de cabello rubio y ojos tan azules como el cielo.
- No hay tiempo que perder. No temas que estaremos con ustedes – había añadido un tercer muchacho de cabello castaño y gafas oscuras, un poco más grande que el otro chiquillo.
- No comprendo de qué hablan. Lo siento. Denme alguna señal. ¡Se los suplico!
- Despierta, Jaya y lo sabrás – instantes después había escuchado un par de agónicos lamentos y había despertado al instante.
Se sentía tan confundida, sin embargo, una extraña preocupación se había alojado en su corazón.
Al terminar su taza de té, se dirigió hacia su pequeño altar y elevó varias plegarias, como habitualmente solía hacerlo, sólo que esta vez, había hecho énfasis en incluir en sus oraciones a la familia Grandchester y en pedir apoyo en la peligrosa tarea que le esperaba aquella misma noche.
Un par de horas después, ya arreglada y lista para acudir al llamado del reverendo Folsom, decidió encerrarse en el estudio para hacer algunas consultas específicas. Su mirada se detuvo instintivamente en su inseparable bloc de notas que siempre le acompañaba en las sesiones espiritistas.
Como si cayese bajo el influjo de algún hechizo, tomó un lapiz y dejó que su mano se deslizara libremente por la blanca superficie dando rienda suelta a los pensamientos que circulaban sin un preciso orden en su mente.
En un inicio, el lápiz inició una cadencia de movimientos sin rumbo fijo, trazando líneas y curvas indefinidas cubriendo toda la hoja del bloc. Jaya cambió de página mientras su mirada inexpresiva se perdía en cualquier punto del lugar. Parecía estar en trance.
En su mente, grotescas imágenes aparecieron repentinamente:
Vio a los hijos del célebre actor presas del miedo mientras corrían entre los interiores de una casa abandonada, en un claro intento por escapar de algo que les perseguía. Jaya fue incapaz de distinguir la identidad de aquel ser, sin embargo, el simple hecho de percibir que el par de criaturas se encontraba en peligro le hizo regresar a la realidad.
Posó la mirada sobre el papel y con horror se percató de la frase escrita en caracteres grandes y desesperados:
¡AYÚDALOS!
La señora Saltzman se mordió el labio inferior en franca señal de nerviosismo a la par que su mente volaba en decenas de ideas revueltas relacionadas con aquellos pequeños.
"Debo ir a la Iglesia", fue lo último que alcanzó a pensar cuando terminaba de vestirse y tomar el bolso con sus objetos personales, enfilando hacia el sagrado recinto rogando al Altísimo le diera la oportunidad de encontrar al reverendo Folsom.
Su marido aún seguía durmiendo cuando la mujer llegó con el aliento jadeante hasta el atrio del lugar mientras una religiosa le indicaba de que esperase al padre.
Patrick Folsom no esperaba a nadie aquella mañana.
Se había despertado muy temprano dada la intranquilidad que le invadía. Lo había atribuido a los últimos sucesos que había estado viviendo, sin embargo, al notificarle de la presencia de Jaya en la iglesia, no pudo menos que sentirse desbordado de preocupación.
Había pasado gran parte de la noche en vela, sumido en oraciones y ayuno implorando por la intercesión de Dios para que le ayudase a salir de aquel escabroso asunto.
Todo eso no le auguraba un buen presentimiento.
- ... entonces no habrá tiempo que perder. Debemos irnos en este instante. Prepararé el auto y nos dirigiremos a esa casa. No quisiera ni imaginar lo qué está ocurriendo en este instante en su interior – resolvió con rapidez en tanto que la médium le seguía de cerca.
Ya en el vehículo, ambos se dirigieron una significativa mirada tratando de darse ánimo y fortaleza por lo que estaban a punto de vivir:
- No debes permitir, hija mía, que los hechos que pudiesen presentarse te alejen de tu misión. Haremos las oraciones como corresponde y tu me secundarás cuando te lo pida. A estas alturas será mejor iniciar directamente con el exorcismo. Es muy importante que no creas nada de lo que veas ni oigas, ¿sí? – el reverendo intentó transmitir un poco de su serenidad a la mujer, quien temblaba como una hoja.
- Cuente conmigo, padre. Pondré todo de mi parte para salvarlos. Lo que usted pida o necesite, sólo hágalo saber. Le ayudaré en lo que sea necesario.
- Vayamos entonces.
Enfilaron hacia la sombría casa, inmersos en el más absoluto de los silencios. El día parecía haberse puesto de acuerdo al cubrir la ciudad de un triste manto gris poniendo de manifiesto que el sol no les acompañaría en tan lúgubre tarea.
Antes de entrar a la avenida principal de la ciudad que guiaba directamente hacia la zona residencial donde antes vivían los Grandchester, un sonido fuerte les alertó de que el neumático no andaba del todo bien.
Patrick detuvo el vehículo a un lado del camino y descendió para verificar que todo estaba en orden.
- La llanta se ha averiado, Jaya. Tendremos que buscar un mecánico o parar algún taxi que nos acerque a la casa– expresó con cierta sonrisa. "No podrás detenernos", pensó para sí mientras la mujer se acercaba a él, leyendo de manera instantánea su mente.
- Tal parece que no nos quieren cerca de aquel lugar, ¿no es así, padre? – expresó sin apartar la vista del neumático averiado.
- Llegaremos contra todo pronóstico desfavorecedor. Haré una llamada a la sacristía y daré órdenes de que vengan por él. Seguiremos a pie. Espero no le moleste mi decisión.
- Entre más pronto lleguemos, mejor padre. No hay tiempo que perder. Por mí no se preocupe.
Patrick Folsom tomó la caja entre sus manos y se aseguró que el auto quedase bajo llave. Se encaminó hasta la calle de comercios más próxima, en busca de algún teléfono público, con una pensativa Jaya que le seguía detrás.
Después de hacer la llamada correspondiente, se dirigieron hacia la concurrida avenida en busca de un taxi, sin tener éxito alguno para hallar uno vacío. Tal parecía que la suerte no estaba de su lado en aquel momento.
Continuaron caminando en dirección a la zona residencial, cuando un bocinazo les sacó del mutismo en el que se hallaban. Una patrulla se había acercado a ellos.
- ¿Padre Folsom? – era el detective Jack Walter.
- Hola oficial – no pudo evitar su desagrado al verle frente a él, justo en tan inoportuno momento.
- ¿Necesitan que los lleve a algún lado? – el hombre no quitó la mirada de Jaya. Aquello había sido un golpe de suerte para él y no desaprovecharía la oportunidad de sacar algo de ventaja, después de que su asunto particular se complicase aún más.
- Le agradezco mucho su atención pero no será necesario. No queremos quitarle su tiempo y nosotros tenemos situaciones urgentes que atender. Si me disculpa... – fue interrumpido abruptamente.
- ¿De casualidad su urgencia tiene que ver con la desaparición de los gemelos Grandchester? Imagino que a estas alturas ya deben de estar enterados, ¿no es así? Desaparecieron de su hogar ayer por la noche. Hemos estado buscándoles desde entonces, sin que podamos tener noticias de su paradero.
El reverendo Folsom detuvo su paso al igual que Jaya, quienes no pudieron ocultar su conmoción al escuchar la terrible revelación. Jack tuvo que reprimir una sonrisa de triunfo, para no asustar a sus potenciales testigos. Necesitaba urgentemente desenmarañar aquel embrollo que ya empezaba a alterarle los nervios.
- ¿De qué demonios está usted hablando? – sintió que sus manos temblaban debajo de la cama, haciendo que ésta se tambaleara. La mujer se acercó a asistirle.
- ¿Pueden subir, por favor? Estamos en un lugar público y no quiero que seamos motivo de miradas indiscretas – el oficial les señaló la puerta trasera del auto y la pareja asintió de forma mecánica ante el inesperado ofrecimiento.
Ya dentro, ambos no dejaban de observar con preocupación y temor al oficial.
- Iremos a un lugar más tranquilo. ¿Les parece bien mi oficina?
- ¡No! Quiero decir... vayamos a una zona más solitaria – el nerviosismo del religioso no pasó desapercibido a ojos del policía.
- ¿Podría ser quizá, algún lugar cercano a la casa donde vivían los Grandchester hasta hace poco? Me da la impresión de que se dirigían hacia aquel sector. Creo, padre, que ya es tiempo de que me ayude a resolver este problema. Sé que ustedes me ocultan algo y ha llegado el momento de que me lo revelen. Hay dos criaturas desaparecidas y desconocemos su suerte – la férrea mirada que le dirigió Jack a Patrick fue determinante.
- Está bien, oficial, sin embargo, de una vez le advierto que lo que usted pueda llegar a observar a partir de este momento, puede no ser nada agradable. Desconocía el lamentable hecho que acaba de mencionar. Hasta ayer en la noche en que coincidí con los Grandchester en la iglesia, era de mi conocimiento que todo lo relacionado con sus hijos estaba bien. Ahora veo que debemos apresurarnos.
- ¿Hacia dónde quiere llegar, padre Folsom? Le recuerdo que si no colaboran conmigo podría acusarles de obstrucción a la justicia. No quisiera verme en la penosa necesidad de... – la firmen orden del religioso le hizo dar un breve salto sobre su asiento.
- ¡No hay tiempo que perder! ¡Vayamos a la casa abandonada que se encuentra al lado de la antigua residencia de los Grandchester! Ahí le explicaré todo.
Con una cínica sonrisa en los labios, Jack Walter se dirigió hacia el lugar indicado, mientras el oscuro firmamento parecía cubrir de negros presagios la gélida ciudad.
En el oscuro cuarto, una maléfica mirada azul esboza una socarrona sonrisa. Las grietas de los resecos labios dejan escurrir unas gotas de sangre mientras vigila a dos inconscientes niños quienes yacen tirados frente a ella.
Las acartonadas y moradas manos se frotan con satisfacción al saber que pronto...muy pronto... vendrá el esperado reencuentro.
La figura encorvada como araña y de flacos miembros deformados, se desplaza silenciosamente hasta colocarse al lado de Nicholas a quien ve con sumo desprecio. Después, observa a Nicole quien se revuelve presa de pesadillas de las que no puede despertar.
Acerca el rostro al de la niña y deposita un beso en su frente.
"Es una lástima que tengas que morir", piensa antes de evaporarse en una oscura mancha y esconderse entre las ropas de la hija de Terry.
La venganza estaba a punto de culminar.
