Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Me desperté sobresaltada y necesité varios minutos para recordar dónde estaba; atrapada en la biblioteca. El libro que había elegido para leer descansaba abierto sobre mis piernas y mi cabeza había caído sobre el reposabrazos de una silla. Mi cuello crujió cuando me incorporé y me masajeé una contractura. El reloj de pared sobre el mostrador de salida decía que eran las dos y cuarto.

¿Por qué nadie estaba preocupado por mí? ¿Me buscaban? Quizá lo estaban haciendo. En los lugares equivocados. ¿Todos habrían pensado que había ido a la hoguera? ¿Y que había decidido irme a casa desde allí?

Mis padres me matarían. Nunca era fácil convencerlos de dejarme pasar el fin de semana en la cabaña con las chicas. Tuve que negociar mucho. Mi madre es abogada y es demasiado buena haciendo que vea las cosas a su modo, así que siempre voy primero a mi padre. Además, él trabaja en casa (creando el eslogan o el jingle perfecto para su negocio. Son sus palabras, no las mías), así que él es el que está disponible para hacer pedidos. Una vez que lo tengo de mi parte, normalmente podemos convencer juntos a mi madre. La negociación había sido algo así:

—Papá, ¿puedo ir a la cabaña de Angela este fin de semana?

Él separó su silla del escritorio para enfrentarse a mí.

—¿Cuál suena mejor?: «Tommy's, porque todos los días son días de donuts».

—Ah. Cada día es un día de donuts. No he recibido el mío hoy, aún.

—O —levantó un dedo—, «Tommy's, son calientes y frescos».

—¿Quién es caliente y fresco? Suena como si estuvieras hablando de una casa llena de chicos de una fraternidad o algo así.

—Tienes razón, necesito la palabra donuts ahí, ¿verdad? —Volvió a girar en su silla y escribió algo en su ordenador.

—¿Entonces? ¿Puedo ir este fin de semana?

—¿A dónde?

—A la cabaña de Angela.

—No.

Lo rodeé con mis brazos y apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Por favor. Sus padres van a estar allí y ya lo he hecho antes.

—Todo el fin de semana es demasiado.

Le sonreí mientras ponía mi mejor cara de súplica.

—Estaré bien. Lo prometo. No saldré el próximo fin de semana. Me quedaré aquí y ayudaré en casa. —Sabía que estaba viniéndose abajo, pero aún no lo tenía—. Y pasaré tiempo con Emm la próxima vez que esté en la ciudad.

—Te gusta estar con tu hermano, Bella. ¿O no?

Reí, eso era cierto.

—La compañía de tu madre tiene una cena en unas semanas. Así que vendrás con nosotros. Si eres capaz de lidiar con un fin de semana en la cabaña, deberías ser capaz de lidiar con la cena.

Nada podría haber sonado peor. Pero así eran los acuerdos para mí, hacer una concesión a cambio de algo que deseaba más.

—De acuerdo.

—De acuerdo —repitió él.

—¿Puedo ir?

—Tengo que hablar con tu madre, pero estoy seguro de que no habrá problema. Ten cuidado. Lleva tu teléfono. Tus reglas para el fin de semana: sin alcohol, sin drogas y nos llamas cada noche.

—Las dos primeras serán difíciles, pero, definitivamente, puedo con la tercera —bromeé y lo besé en la mejilla.

—Muy graciosa —dijo él.

Llamarlos cada noche. No los había llamado esa noche. No los llamaría la siguiente. Eso lo pondría en modo padre por completo. Llamaría a mis amigos. Si antes no habían comprendido por qué no estaba allí, se darían cuenta de que me habían dejado atrás en alguna parte del camino. Alguien sumaría dos más dos. Seguramente, mis padres no volverían a dejarme salir de casa después de esto, pero al menos alguien me encontraría.

Me dolía la cabeza, así que fui hasta la fuente que estaba fuera de los baños. Al menos tenía agua. Y nada más. Nada más. Negué con la cabeza.

Esos eran los pensamientos equivocados. Alguien me encontraría pronto. Si no era esa noche, sería por la mañana, cuando abriera la biblioteca. No podía recordar a qué hora abría la biblioteca los sábados. ¿A las diez? Ocho horas más. Fácil.

Estaba empezando a hacer más frío. Encontré un termostato en la pared, pero estaba cerrado. El edificio parecía demasiado exagerado con la seguridad.

A la distancia, pude apenas distinguir un sonido rítmico. Llegaba una música de algún lado. Corrí hasta la puerta y vi un grupo de personas caminando por la acera, riendo. Tenían un teléfono, o iPod, o algo, que brillaba en la oscuridad y reproducía música tan fuerte como para que yo la escuchara. Golpeé el cristal y grité. Ninguno de ellos se dio la vuelta ni se detuvo. Ni uno miró alrededor como si hubiera escuchado el rastro de un sonido. Volví a golpear y a gritar más fuerte. Nada.

«Escuchar música demasiado fuerte hace daño a los oídos», dije al apoyar la frente sobre el cristal. Fue entonces cuando vi un papel debajo de mí, pegado a la ventana. Lo despegué y leí: «La biblioteca permanecerá cerrada a partir del sábado 14 de enero hasta el lunes 16 de enero, en conmemoración del día de Martin Luther King Jr.».

¿Cerrada todo el fin de semana? ¿Los tres días? ¿Estaría allí encerrada durante tres días más? No. No podía hacer eso. No podía estar sola en un edificio enorme durante tres días. Esa era mi peor pesadilla.

Mi corazón latía tan de prisa que sentí que estaba presionando mi pecho.

Mis pulmones no se expandían como deberían. Sacudí las cadenas que sujetaban los picaportes de la puerta principal. Tiré de ellas con todas mis fuerzas.

«Dejadme salir».

Una voz dentro de mi cabeza me sugería que me calmara antes de que todo empeorara. Todo iba bien. Así que, estaba atrapada en una biblioteca, pero iba bien. Podría leer y hacer ejercicio por las escaleras y mantenerme ocupada. Había un montón de distracciones en aquel lugar.

En mi nuevo estado de calma, escuché algo a mis espaldas. Pasos sobre la madera.

Me volví, apoyé la espalda contra la puerta. Y entonces vi la sombra de una figura en las escaleras, con un objeto metálico que destellaba en una mano.

Un cuchillo. No estaba sola después de todo. Y definitivamente no estaba a salvo.